Archivo de Mayo, 2012

La campaña de Capriles

Hace algún tiempo me soltaron la siguiente frase: ningún venezolano está conforme con el manager de su equipo, y es más, en realidad cree que podría hacerlo mejor en tal posición. En las últimas semanas han surgido los más disímiles comentarios acerca de la efectividad de la campaña electoral del aspirante de la alternativa democrática, Henrique Capriles Radonski. Si apartamos la guerra sucia del gobierno y nos quedamos con los puntos de vista de quienes sí apoyan a Capriles, en el fondo parece repetirse la máxima que se aplica en los casos del béisbol, todos los que comentan, critican o cuestionan la campaña de Capriles Radonski, se creen con mejor conocimiento o experiencia u olfato político que quienes la están dirigiendo realmente. Podríamos decir que todo venezolano además de ser un manager de béisbol en potencia, también se asume como jefe de una campaña electoral.

Cuando se dictan cursos de comunicación política, un aspecto básico está relacionado con a quién va dirigida una campaña electoral. Una fórmula sencilla resume el desafío una de campaña en estos ítems: a) generar incertidumbre en los contrarios; b) ganarse a los indecisos y, c) mantener las adhesiones de la base que me apoya. Cualquier manual de comunicación política y campañas electorales, con diferentes matices, termina concluyendo esto.

Desde mi punto de vista, una vez que Capriles Radonski obtiene un voto mayoritario, en realidad deberíamos decir arrollador, en las filas opositoras durante las primarias del 12 de febrero, su principal desafío estaba orientado a ganarse a los indecisos y a ser un rostro visible y una figura cercana entre el electorado. Esa enorme franja de indecisos o de venezolanos que puntualmente han votado por Chávez, sin ser parte de la base dura del chavismo, son los que en realidad decidirán la votación el día 7 de octubre de 2012.

Entonces, esa franja de votantes es el público meta del mensaje de Capriles, es a quienes el candidato debe hablar en este momento, con el fin de poder revertir las tendencias de opinión pública. Sobre este punto conviene recalcar que las encuestas más serias del país dan un margen de entre 6 y 10 puntos a favor de Chávez, un aspecto que es factible revertir dado el enorme número de venezolanos que al ser consultados por las encuestadoras se ubican como indecisos. Por otro lado, la estrategia de Capriles de salir a recorrer el país casa por casa, lo coloca en un escenario donde su adversario no puede competir en este momento, y por tanto eso le otorga la posibilidad de brindar un mensaje único.

Decir en este momento que la estrategia del casa por casa de Capriles ha fallado es un tremendo error, puesto que los efectos reales de esta estrategia –que en mi opinión es correcta- sólo podrán verse en el mes de julio, cuando los sondeos recojan el impacto entre la gente de tal acción.

Otro error es pretender que Capriles Radonski sea lo que no es. Es decir, muchas voces se exaltan pidiendo que el abanderado de la alternativa democrática salte al ring para responder a las provocaciones del chavismo, en los mismos términos. El contundente triunfo de Capriles el 12 de febrero fue también una clara señal del electorado opositor: no queremos otro gallito de pelea que se parezca a Chávez. Por razones que las sabiondas encuestas no han podido explicar, la masa opositora convencida optó claramente por un discurso moderado, pese a que en la lista de opciones tenía tres posibilidades que ofrecían radicalismo con distintos matices (María Corina Machado, Pablo Medina y Diego Arria).

Si Capriles y su equipo de campaña leyeron correctamente los resultados del 12 de febrero, entonces su campaña no puede ahora apostar por la confrontación y la polarización con el chavismo, escenario que –por cierto- le daría mucho más posibilidades a Chávez de triunfar. Si sólo nos guiamos por la intensidad con que la campaña de Capriles es analizada, cuestionada o descuartizada en los programas de Venezolana de Televisión (VTV), entonces podría decirse que va por buen camino.

Cinco años sin RCTV

Se cumplen cinco años de la salida del aire de RCTV. El 27 de mayo de 2007 dejó de existir RCTV en la señal de la televisión abierta de Venezuela, y de forma simultánea se produjo la aparición de TVES. Difícil no hacer una lectura que parta de estas dos experiencias comunicacionales. Con la salida de RCTV la sociedad venezolana, y especialmente los sectores más pobres, perdieron una opción informativa y editorial crítica del gobierno, una posibilidad de entretenimiento y, sobre todo, perdieron el control sobre la pantalla de televisión. La decisión sobre RCTV, que tuvo enormes costos políticos para el gobierno, a nivel interno e internacional, marca un antes y un después en materia de medios, especialmente radioeléctricos.

Si se observa lo ocurrido en estos años, no hay señales de que el gobierno desee bajarle el tono a la confrontación con los medios, y al contrario parece haber comprendido que el camino no es sacar una señal del aire, tal como hizo con RCTV. El camino hacia la hegemonía delineada por el ministro Andrés Izarra parece explorar otros senderos. Posiblemente Globovisión simbolice en este período el nuevo esquema: se trata de una guerra de baja intensidad, con acciones judiciales, tributarias, vociferantes amenazas y negación de acceso a las fuentes oficiales. Cuando se conjugan todos estos elementos el resultado es que si se mantiene el canal de noticias en el aire, pero pagando un costo elevado por mantener una voz crítica. Ejercer la crítica pública, una parte sustantiva de la libertad de expresión, provoca disgusto en las autoridades.

El cese de RCTV en la televisión abierta y su exitosa incursión en el cable (hasta enero de 2010), junto al desastre político-comunicacional que ha representado TVES, deja al desnudo la incapacidad que tiene el gobierno venezolano para llevar adelante una propuesta televisiva que se conecte con las mayorías. Es una notable paradoja para una administración que pone un énfasis evidente en lo mediático, y que dice enarbolar las banderas populares.

Los primeros años de TVES, por otro lado, demuestran la maniobra política de quienes eran los principales voceros del gobierno en esta materia en el pasado reciente: William Lara y Jesse Chacón. Se le ofreció al país un canal de servicio público, con altos niveles de calidad y participación. En realidad tenemos una experiencia que hasta es menos vista que Venezolana de Televisión (VTV), que nada tiene de servicio público y que en materia informativa lo que hace es reproducir lo que hace VTV. Lo que sí sirve TVES es para reproducir incesante propaganda oficial. La finalidad, entonces, no era potenciar la televisión de servicio público. Lo importante era silenciar la voz de RCTV y con esa determinación enviar un mensaje al conjunto de medios del país.

El gobierno de Hugo Chávez se ha llenado de medios, especialmente televisivos: creó Vive, ANTV, Ávila TV, Telesur, compró lo que era CMT, colocó a TVES en la señal que ocupaba RCTV, repotenció a VTV y Radio Nacional de Venezuela. ¿Cuál es el resultado efectivo de este proceso?, hay menos diversidad, menos pluralidad, pero no ha significado mayores niveles de audiencia, ni siquiera entre aquellos venezolanos que comparten el proyecto político bolivariano. La gente, sencillamente, se ha rebelado ante la imposición mediática gubernamental y ha optado, en los distintos estratos socioeconómicos, por otras alternativas, distintas a la pantalla roja, rojita. La salida de RCTV de la televisión abierta no se debió a razones legales o para encaminarnos a una televisión de calidad. La decisión debe verse en el marco de una estrategia mayor para consolidar un universo mediático gubernamental, que si bien no logra niveles de audiencia importantes, sí representa pérdidas concretas para la pluralidad, para la diversidad de opciones en la TV de la Venezuela actual. A todas luces, es un retroceso democrático lo que se vive en la pantalla. Pasamos del control comercial que ejercieron otrora Venevisión y RCTV, a un control gubernamental, con intenciones de hacerse hegemónico.

Finalmente, el caso de RCTV debe llamarnos la atención en otro aspecto, también menguante en la vida democrática venezolana. Es un principio universalmente aceptado, la necesidad de que haya una justicia independiente para que se garantice la igualdad y se eviten los abusos de quienes ejercen el poder. El proceso legal que ha acompañado a la salida de RCTV de la señal abierta, deja serias dudas sobre nuestro sistema de justicia. Los distintos recursos que presentó la planta se respondieron, en muchas ocasiones, de forma extemporánea por los tribunales incluyendo el Tribunal Supremo de Justicia. La máxima instancia judicial del país, por otro lado, acogió un amparo de personas que intentaban impedir la salida de RCTV, le dieron la vuelta a esos argumentos y los usaron para justificar el nacimiento de TVES. Una cabriola jurídica inaudita. Entretanto, los equipos de RCTV están en una suerte de préstamo forzoso, sin mecanismos legales para lograr su devolución o bien alcanzar una compensación económica por el uso que la señal de TVES hace de los mismos, cinco años después. Una muy clara señal de cómo funciona la justicia en Venezuela.

Estos años, tras la salida de RCTV de la televisión abierta, ha sido un período de muchos aprendizajes sobre las intenciones oficiales en materia de medios y comunicación.

Puede seguirnos en Twitter: @infocracia

Medios y política

Partimos de una constatación más que evidente. La presencia de los medios en la escena política venezolana ha tenido un nivel protagónico en la última década. Son puntos significativos de este período la parcialización mediática con las banderas de la oposición, y tenemos hechos que pasaran a la historia de forma lamentable como el silencio informativo de abril de 2002 y la saturación informativa de los días del paro. De años más reciente destaca como gran telón de fondo la estrategia oficial de consolidar una hegemonía mediática estatal.

Cuando se revisa la literatura en éste ámbito, se constata que tal posicionamiento político (y que tiene su contracara en la a todas luces excesiva parcialización del canal del Estado), no es nuevo ni necesariamente exclusivo de Venezuela. Los medios están en la escena política de nuestros días, son un actor más, con responsabilidades específicas por su naturaleza, pero es impensable que en un contexto de polarización, en el cual también las entidades públicas se alinearon con una causa partidista, ofrezcan una mirada aséptica sobre lo qué pasa en el país del cual son parte.

Hace algunos años, en el completo trabajo que recoge la historia contemporánea de nuestros medios impresos, Eleazar Díaz Rangel constató que la prensa había sido colocada en el centro de la arena pública. Los dueños entrevistados, antes de que comenzara el gobierno de Hugo Chávez, eran ya conscientes de que estaban siendo empujados a otras dimensiones, esencialmente políticas, en su quehacer. Esto se veía alimentado con el debilitamiento institucional y la desazón ciudadana con los partidos tradicionales.

No pocas veces, en los últimos tiempos, muchos venezolanos se han interrogado sobre el por qué tanta polarización en el seno de nuestra sociedad. Por razones de espacio no se puede abundar en dicho tema, pero sí nos resulta paradigmático revisar otros momentos de conflictividad en el país y ver qué papel habían tenido los medios. De nuevo apelamos a Díaz Rangel, que ha sido un acucioso observador del siglo XX venezolano.

“Casi todos los periódicos estuvieron divididos entre gobierno y oposición. Apenas hubo espacio para el término medio. No podían, por esas razones, informar con equilibrio sobre lo que ocurría en el país; no podían ser un espejo de la realidad. En verdad, la imagen que reflejaban era una imagen empañada, distorsionada, bastante incompleta”. No está hablando el autor de los medios en la actual coyuntura, su mirada es al período que va desde 1936 a 1948, un momento igualmente crucial de la vida democrática nacional. En aquel contexto la polarización mediática era más que evidente.

Para finalizar retomo unas palabras de Tulio Hernández que me parecen esclarecedoras de la doble dimensión mediática en nuestro tiempo. Le cito: “Los medios, hay que decirlo, son un actor político en la medida en que intervienen de manera decisiva y abierta en la toma de decisiones políticas de la sociedad. Pero los medios tienen una condición muy peculiar, pues además de ser un actor político, por demás legítimamente, son los narradores de lo que los demás actores políticos hacen, realizan o confrontan entre sí”. Para cumplir a cabalidad con tal misión, en la que se juegan su credibilidad, y ésta –según nos recuerda el Tulio- no es solamente un factor de mercado sino una función fundamental de soporte de la democracia, es necesario que el ejercicio de esa función se cumpla con un mínimo de calidad, transparencia y respeto a los derechos de las audiencias.

De la canalla bolivariana

Desde hace algún tiempo la estrategia comunicacional del gobierno bolivariano apunta a la existencia de una presunta “canalla mediática” en el país, esto con el fin de desprestigiar a la crítica pública, necesaria en toda democracia. Si se revisa un poco de historia, en realidad, los regímenes que persiguen o castigan la crítica son a los que puede llamársele de tal forma. Hace algún tiempo, en estas mismas páginas, citábamos el caso de la persecución del macartismo en los Estados Unidos de los años 50. La película de George Clooney, Good luck and Good night, es un vivo retrato de cómo se atacaba la libertad de expresión con el pretexto de perseguir la amenaza del comunismo. Tal estrategia fue posible no sólo porque desde el poder político se desatara aquella cacería de brujas, sino que logró dividendos gracias a los cómplices que operaban desde dentro del propio mundo artístico, periodístico e intelectual. Y esto no es un aspecto menor, como puede verse en un Tiempo de Canallas, como le bautizó Lillian Hellman, en su libro, a aquella época realmente detestable.

El libro de Lillian Hellman, resulta de necesaria lectura en estos tiempos,  y en especial es recomendable el prólogo que le antecede, escrito por Garry Wills, el cual es imprescindible contexto para entender el testimonio que luego brinda la dramaturga estadounidense. Si Wills da una mirada panorámica sobre las implicaciones político-institucionales de la cacería de brujas, que desató en su obsesión anticomunista el senador McCarthy; Hellman, por su parte, brinda el crudo testimonio de una de las víctimas de aquella persecución contra intelectuales, periodistas y gente de la farándula de Hollywood. La escritora fue llamada a declarar, y aunque se enfrentó valientemente a los legisladores, igual terminó estigmatizada en aquellas sesiones que tuvieron lugar en el Congreso de Estados Unidos en 1952, cuando el macartismo vivía su apogeo. No está demás recordar que Charles Chaplin, recientemente recordado alrededor del mundo, debió abandonar Estados Unidos por la persecución de entonces.

El punto de partida de la persecución fue una lista de señalados por tener lazos políticos o culturales con la entonces Unión Soviética. En el caso de Hellman, ella había estado de visita en varias ciudades invitada por el gobierno comunista, en un momento en que Washington mantenía una alianza con éste, en el marco de la II Guerra Mundial. Vino la paz y los órganos de seguridad estadounidenses marcaron la pauta de la amenaza latente que significaban los comunistas, y en especial la idea de un enemigo interno: los propios ciudadanos de ese país. La dramaturga había estado de visita en suelo comunista, y aunque luego escribió artículos críticos sobre ese sistema y mantuvo una clara independencia de criterios, terminó siendo llevada ante el Comité que encabezaba McCarthy.

Su citación se basó en el testimonio de un hombre que ella ni siquiera conocía, pero que la acusó de asistir y compartir en reuniones de una célula comunista. La suerte estaba echada en esos casos, la cacería de enemigos internos tomaba cualquier pretexto para llevar al banquillo de los acusados a directores de películas, actrices o actores, dramaturgos o novelistas. El miedo se reproducía a niveles abominables como para que floreciera el falso testimonio. Cada quien intentaba salvar su pellejo.

La dramaturga, sin erigirse en heroína, se pasea en las páginas del libro sobre los dilemas que acompañaban a quien era señalado entonces: colaboraba para zafarse y terminaba hundiendo a otros, no hablaba y aparecía como culpable ante la opinión pública, o se negaba a asistir a las sesiones y lo esperaba la prisión. En aquel tiempo, además, la citación representaba una suerte de cuarentena, pues la mayoría de gente conocida –fue el caso de Hellman- terminaba dándole la espalda al señalado, y finalmente estigmatizado.

La estigmatización del otro, junto a la existencia del enemigo interno, estrategias muy usuales en la Venezuela gobernada por Hugo Chávez, son la verdadera canalla.

Andrés Cañizález

Twitter: @infocracia