Archivo de Julio, 2011

Independencia para la plena libertad de expresión

Es insoslayable abordar el nuevo contexto que vive la libertad de expresión en los países de América Latina en los que ocurrió una transformación radical, en la última década. Es necesario rescatar esta mención a los cambios políticos que se viven en nuestro países y cómo se relacionan con el ejercicio de la libertad de expresión. En no pocos casos, quienes ocupan hoy los más altos cargos de representación popular ejercieron un rol opositor o disidente. El discurso de transformaciones radicales del sistema político logró imponerse en las urnas gracias precisamente a la existencia de un clima de libertad de expresión y opinión. Se trata de una enorme enseñanza que no debería obviarse cuando se han cambiado los roles políticos.
La defensa de la libertad de la libertad de expresión y de pensamiento, desde una posición principista, no levanta la bandera sólo para defender las expresiones con las que se comulga. Se trata precisamente de lo contrario, se trata de garantizar el ejercicio pleno para las ideas y opiniones que no se comparten. No hay unas expresiones buenas y otras malas, como muchas veces se nos quiere hacer ver desde la lógica del populismo mediático que parece imperar en países como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, entre otros.
El problema de fondo no es de contenidos, sino del espacio y la libertad de expresarse, sin retaliaciones o sanciones por tener un punto de vista disidente o contrario a la visión imperante. Obviamente, no podemos perder de vista la necesidad de establecer claramente responsabilidades por lo que se dice. Pero ello es muy diferente a la posibilidad de que un ente o instancia oficial establezca qué debe decirse o qué no.
Lo anterior no es una reflexión al azar. Desde nuestra perspectiva, allí radica la esencia del artículo 13.3 de la Convención Americana de Derechos Humanos. Se trata de impedir que a través de la vía indirecta se establezcan mecanismos para premiar a aquellos con quienes comulgo, y castigar a quienes critican o tienen puntos de vista incómodos.
El continente americano cuenta con una particularidad notable. De forma pionera se abordó la cuestión de las vías o mecanismos indirectos que pueden restringir la libertad de expresión. Como bien lo señaló la Opinión Consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, referida la Colegiación de Periodistas, que data de 1985, la Convención es original en dichos aspectos, pues ni la Convención Europea de Derechos Humanos ni el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, abordan explícitamente el asunto de las vías indirectas. Debe entenderse, entonces, que se enfatizó de forma particular dicha amenaza en nuestro Continente. Como también nos precisa la Opinión de la Corte, la prohibición expresa de estos mecanismos indirectos viene a continuación, en la Convención, de las restricciones permitidas, lo cual sugiere una clara determinación de evitar limitaciones indebidas.
Por otra parte, el artículo 13.3 no sólo trata de las restricciones gubernamentales indirectas, sino que también prohíbe expresamente “controles… particulares” que produzcan el mismo resultado. Esta disposición debe leerse conjuntamente con el artículo 1.1 de la Convención, en cuyos términos los Estados Partes “se comprometen a respetar los derechos y libertades reconocidos (en la Convención)… y a garantizar su libre y pleno ejercicio a toda persona que esté sujeta a su jurisdicción…” Por ello, la violación de la Convención en este ámbito puede ser producto no sólo de que el Estado imponga por sí mismo restricciones encaminadas a impedir indirectamente “la comunicación y la circulación de ideas y opiniones”, sino también de que no se haya asegurado de que la violación no resulte de los “controles… particulares” mencionados en el párrafo 3 del artículo 13.
Es conveniente volver sobre el voto de quien entonces era juez de la Corte Interamericana, el buen amigo y destacado jurista Pedro Nikken en relación a esta interpretación del artículo 13. Desde su punto de vista, la existencia de gremios de periodistas débiles, sin posibilidades de defender la independencia profesional de sus afiliados, “puede ser el contexto adecuado para que a través de controles particulares se establezcan los medios indirectos, prohibidos por el artículo 13.3”. Debe irse un poco más adelante en el voto de Nikken para saber de qué controles particulares está hablando, pues alerta sobre contextos en los que el poder de unos pocos empresarios de la prensa, no dejen provecho especial para la comunidad en el goce del derecho a la libertad de expresión y de pensamiento.
Hoy la independencia del periodismo, como elemento sustantivo para garantizar un derecho pleno a la información de la ciudadanía, enfrenta tanto viejos retos como nuevos desafíos. Junto a los intereses de particulares, especialmente de conglomerados empresariales, debe hacerse frente a Estados que también apuntan a controles en contra de un ejercicio pleno de la libertad de expresión.

El cine como metáfora del país

La realidad del país, las noticias que se reciben de amigos y de los propios medios de comunicación nos hacen volver sobre una película que hace algunos años atrás marcó un hito, también en materia de taquilla. Se trata de la realización de Jonathan Jakubowicz, “Secuestro Express”, que con excelencia fílmica y crudeza narrativa nos confronta con el país, a través de una historia que podríamos catalogar casi que cotidiana, y a través de ella ofrecernos un retrato de época, de los días que corren en Venezuela.

Ajenos como estamos a la crítica cinematográfica, la aproximación a “Secuestro Express” tiene más de lectura en clave social actual. No es de obviar, sin embargo, que estamos ante la película venezolana que más será vista internacionalmente, debido a que los derechos de exhibición los adquirió una importante firma estadounidense del sector. La resonancia que tuvo este filme contrasta, sin que se pueda establecer allí una relación causa-efecto, con los bajos costos de su producción. Como ha sucedido con otras expresiones de lo que podríamos llamar un nuevo cine latinoamericano, el uso de cámaras digitales de video significó un abaratamiento radical de costos y le abrió las puertas a una nueva estética, que si bien aborda temas locales tiene una clara influencia estadounidense en el ritmo narrativo.

La propia realización de la película de forma independiente, sin apoyo del Estado o de alguna firma mediática o comercial distinguida, nos habla del producto ante el cual estamos: es un ejercicio creativo que se permite escudriñar en problemas y prejuicios de orden social con bastante libertad, con una mirada cuestionadora acerca de la “convivencia” caraqueña.

Me parece significativo resaltar dos elementos que están muy presentes en el filme: la (in)comunicación y lo invivible de la ciudad. Ambos factores, como podemos imaginar, están relacionados no sólo en la historia de la película, sino que son asunto central en nuestra vivencia como sociedad, en los días que corren.

Por la complejidad (como en la vida misma) de los personajes es difícil definir los roles de buenos y malos, a los que estamos acostumbrados en las películas. En realidad hay de todo en ellos, y así uno de los más duros delincuentes podría ser al mismo tiempo modelo de padre consecuente y preocupado. En el fondo, el dilema está entre aquellos que se pueden comunicar, los que tienen la capacidad de colocarse en el lugar del otro, muy a pesar de los roles que están jugando en la historia, y como contra partida están aquellos que sólo apuestan a su propia salvación, sin importarles el destino de los demás. Esa (in)comunicación que tan claramente relata “Secuestro Express”, por las mutuas incomprensiones de clase (por llamarles de algún modo), se vive de forma más dramática en la inconexión social real, palpable, que no es anécdota de película, pero que ésta retrata de forma cabal.

Lo que persiste en la Venezuela actual es un mutuo posicionamiento que excluye la posibilidad de colocarse en el lugar del otro, y la falta de conocimiento sobre la vida de ese otro termina siendo llenada por prejuicios. Desde las elites económicas se sigue mirando a los pobres como si todos fuesen delincuentes, mientras que desde los sectores populares persiste la creencia de que si alguien es rico es porque le robó recursos al país. Como consecuencia de ese juego de mascaras, que impide llegar al fondo real de nuestros problemas como nación y encontrar una nueva manera de convivencia más apegada a lo que somos, se ha instalado un modelo político que justamente exacerba tales posiciones.

Volviendo a la película, otro elemento significativo tiene que ver con lo invivible que resulta Caracas, tanto para los que tienen recursos como para los excluidos. Para unos la vida citadina es sinónimo de rejas, sistemas de seguridad y paranoia cuando se está en las calles, para otros la capital representa una vida dura, sin trabajos estables e ingresos de subsistencia, envueltos en la violencia que arroja un parte de guerra cada fin de semana. La capital con sus fuertes contrastes sociales, que simbolizan los barrios pobres colindando con las más exclusivas urbanizaciones, ejemplifica la inviabilidad de un modelo de convivencia, que a todas luces parece agotado. En la constitución de nuevas formas de armonía social, si coincidimos en que lo actual no es viable, tiene un peso el rol de Estado, pero más relevante es el papel ciudadano que cada uno de nosotros pueda tomar. “Secuestro Express” nos presenta una metáfora del país, y aunque hace varios años que se estrenó la pregunta de fondo sigue latente ¿qué estamos dispuestos a hacer para cambiar esta realidad?.
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