El pueblo no los lloró
Con una clara vocación estatista y nacionalista, que se expresa en una serie de nacionalizaciones y la expulsión del capital foráneo, Velasco Alvarado tuvo una piel muy sensible a las críticas que provenían del mundo periodístico y así a menos de un mes de haber asumido el poder ordena la clausura de diarios como Expreso, Extra, La Tribuna, y el semanario Caretas. Además, se dicta un estatuto de la libertad de expresión, que en lugar de garantizarla, colocaba una serie de “parámetros” que terminarían siendo cortapisas para el libre flujo de opiniones e informaciones. En 1970, usando recursos fiscales y tributarios, es cerrado el diario La Tribuna, ligado al APRA y enemigo del régimen militar. Ya ese año los diarios Expreso y Extra son intervenidos por cooperativas de trabajadores de esos medios, de reciente data, y con evidente respaldo gubernamental. Ese año concluye con una nueva ley que convierte al Estado en accionista mayoritario, con 51 por ciento, de los medios radioeléctricos del país. Los tres años siguientes fueron igualmente de escaramuzas, cierres temporales, autocensura y evidente control estatal a través de una oficina de información que era dirigida por militares.
El 27 de julio de 1974, sin embargo, es la fecha más lamentable. A través de un decreto el Estado decide la expropiación de los principales medios impresos de Lima. Velasco Alvarado justifica tal determinación dada la necesidad de que los medios reflejen y acompañen el proceso de cambios políticos que se venían produciendo, del cual –a su juicio- estaban distanciados por su condición oligarca. Efectivamente el país había cambiado, se había producido una revolución en el aparato productivo y en el mundo agrícola, especialmente fuera de la capital peruana, aunque con resultados dispares. Bajo el argumento de que finalmente los desposeídos atenderían el derecho a la información de las mayorías, cooperativas ad hoc se hacen cargo de los medios expropiados y de esa forma los campesinos toman las riendas de El Comercio, los maestros de Expreso, los obreros de La Prensa y los intelectuales de Correo. En realidad delegados gubernamentales llevaron la dirección de estos medios. El control absoluto de la información devino en desinterés del público y descrédito del propio gobierno militar, que ya sin Velasco Alvarado a la cabeza debió abrir paso, necesariamente, al retorno de la democracia. La primera decisión de Beláunde cuando regresa al poder, en 1980, fue revertir la medida que afectó a los medios.
Los años de Velasco Alvarado, en relación con la prensa, terminaron siendo reveladores de serias contradicciones sociales y políticas en el seno de la sociedad peruana. La primera tiene que ver con el papel de los periodistas en todo este proceso. Las decisiones que emanaban desde el poder, para un sector del gremio periodístico, eran claramente violatorias de la libertad de expresión y del derecho a la información, empero para otro sector estaban en la línea correcta dada la vocación socialista del gobierno con la cual comulgaban. Eran años de mucho debate ideológico y si bien Velasco Alvarado antes de llegar al poder no tenía trayectoria política de izquierda, se rodeó de colaboradores que apuntaban en dicha dirección, con lo cual ganó una base de apoyo importante. Como otros sectores sociales de Perú, los periodistas también se dividieron ante las decisiones gubernamentales.
Finalmente, y para ello recurro a palabras que le escuchado en más de una ocasión al respetado periodista peruano Ricardo Uceda, “cuando los medios de comunicación fueron expropiados, el pueblo no los lloró”. A su juicio, esto sucedió por tres factores: los grandes medios no reflejaban la diversidad social e ignoraban informativamente a las mayorías, una parte de la población no sentía que los medios ayudaran en el ejercicio ciudadano para reivindicar derechos y, sin duda la más simbólica, para muchos peruanos todo el debate sobre la libertad de expresión era visto como un asunto que no les pertenecía, y por tanto nada perdían con las restricciones.


