Un nuevo camino
Como era de esperarse, el presidente Chávez no ha querido admitir la derrota que está reflejada gracias a sus propias palabras. El jefe de Estado había dicho que demolerían a los candidatos opositores y puso como meta un mínimo de 110 diputados. El resultado estuvo lejos de una demolición oficialista, mientras que la cifra de diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que llega a ser de 98, obligará a los diputados identificados con Chávez a legislar los asuntos neurálgicos en compañía de otras agrupaciones políticas. No habrá más aplanadoras del partido oficial al menos en asuntos como las leyes de carácter orgánico, la adjudicación de poderes especiales al presidente, así como en la designación de los representantes de otros poderes públicos (Tribunal Supremo de Justicia, Fiscalía General, Defensoría del Pueblo y Contraloría General, entre otros). Tendremos una Asamblea Nacional que gracias a su condición diversa podrá recuperar su papel de poder fiscalizador del poder ejecutivo, como sucede en todas las democracias.
La jornada del 26 de septiembre, por otro lado, ha ratificado la polarización que existe en el país, aunque con algunos cambios que merece la pena comentar. En primer lugar, se reafirmó –por el número de votos- que el eje opositor es fuerte en estados como Nueva Esparta, Miranda, Distrito Capital, Carabobo, Zulia y Táchira. La sorpresa ha sido sumar a ese eje opositor al estado Anzoátegui y en menor medida a Sucre. La influencia de Chávez sigue siendo claramente la primera fuerza en los estados menos poblados del país y en los que no hay grandes ciudades. Las siete ciudades más grandes del país son principalmente opositoras, si nos guiamos por el número de votos. Esto es conveniente reiterarlo porque con estos comicios ha quedado al desnudo el desequilibrio del sistema electoral venezolano. Un mayor número de votos, no ha significado en todos los casos un mayor número de diputados.
La votación del Parlamento Latinoamericano, la única que resultó con carácter nacional, evidencia un país partido en dos partes bastante iguales. El chavismo ha dejado de ser la mayoría aplastante del pasado, tiene un enorme chance de ser una fuerza política significativa en Venezuela, pero parece que debe prepararse para dejar de ser la aplanadora de otros tiempos. La oposición, por su parte, ha logrado tener una presencia importante gracias a su unidad, y eso debe ser una suerte de enseñanza para el futuro próximo, especialmente cuando se tiene en horizonte los comicios presidenciales de 2012. El único chance ganador que tendrán las fuerzas democráticas es actuar con un candidato único de cara a la elección de un nuevo presidente.




