La guerra es comunicacional
En primer lugar cabe preguntarse cuál es la finalidad de la puesta en escena de Colombia ante el Consejo Permanente de la OEA, a escasos días de que el presidente Álvaro Uribe culmine su mandato. Las pruebas presentadas por Bogotá, que no deben minimizarse, por cierto, parecen apuntar no sólo a denunciar esa connivencia del gobierno venezolano y la guerrilla de las FARC, sino que dicha acción parece ir más dirigida contra el presidente electo Juan Manuel Santos. La gravedad de lo denunciado por el gobierno de Colombia no puede hacernos pasar por el alto este detalle: tales pruebas ya estaban en manos del presidente Uribe por algún tiempo. No parece ser casualidad que las mismas se usen públicamente en momentos en que Santos, sin haber asumido la presidencia, ya estaba colocando como prioridad recomponer los lazos con Chávez.
El show que tuvo lugar en la OEA dinamitó lo que se estaba negociando, la presencia de Chávez en la toma de posesión de Santos. Y aquí cabe acotar que el nuevo presidente colombiano viene de ejercer como ministro de defensa, y por tanto puede deducirse que él también conocía al detalle el conjunto de pruebas sobre esa relación FARC-Chávez, sólo que colocado en los zapatos de jefe de Estado electo su política parece orientarse hacia un mayor pragmatismo al menos en lo que tiene que ver con el eje Caracas-Bogotá. Simbólicamente Uribe le deja una herencia a su sucesor y delfín, que le recuerda que debe diferenciarse pero no olvidar su corresponsabilidad en lo ocurrido en los últimos ocho años.
La reacción venezolana ante el show colombiano en la OEA fue montar un show mediático que tuviese mayor resonancia. La ruptura de relaciones diplomáticas pasó a copar, rápidamente, la agenda informativa y si se revisan los titulares de la prensa latinoamericanos de los últimos días, ese es el tema que prosiguió copando interés, mientras que la denuncia sobre un problema de fondo quedó francamente soslayada. Lo que hemos tenido es principalmente un enfrentamiento comunicacional, para dominar la agenda, cuestión en la cual el presidente Chávez ha demostrado una enorme habilidad. Cuenta, además, el jefe de Estado con una dosis de suerte personal, tal como lo develaron Alberto Barrera y Cristina Marcano en su biografía del líder. En esta ocasión el escándalo de la denuncia en la OEA y la siguiente ruptura de relaciones le han venido como anillo al dedo para desviar la atención informativa de problemas centrales que le impactan negativamente porque desnudan la ineficiencia y corrupción oficiales. Es una ganancia para el gobierno la perdida de relevancia informativa de problemas tales como la comida podrida que se cuenta por miles de toneladas y el racionamiento eléctrico que literalmente prosigue. Inflamar el nacionalismo y victimizar al líder (por potenciales planes de magnicidio) será parte de la receta discursiva oficial. Estamos en guerra, pero es netamente comunicacional.




