Archivo de Abril, 2010

El camino correcto

asamblea

El domingo pasado tuvimos una clara demostración de la vocación democrática de la oposición venezolana. Y si vemos este primer paso, en el camino correcto, desde una perspectiva política y de principios, puede esperarse que en septiembre próximo se configurará una Asamblea Nacional mucho más democrática, en primer término porque tendrá un carácter plural, y realmente será representativa, en la medida en que muchos aspirantes a diputados se han sometido ya a la prueba electoral el último domingo de abril.

El Parlamento, por su propia condición de foro público con representación disímil, cumple una enorme función en materia de libertad de expresión y de acceso a la información pública. En sus orígenes, la libertad de expresión que se estableció en la Inglaterra del siglo XVII, tenía por objetivo proteger el debate parlamentario, de allí viene la idea de que los legisladores gocen de un fuero especial. En el seno del parlamento no sólo se discuten y aprueban leyes, asunto de por sí neurálgico, sino que se da cuenta en dicho espacio del devenir nacional. Si funciona correctamente, el debate parlamentario es una suerte de pulso político. Claro, para que eso ocurra deben existir distintas corrientes representadas en la Asamblea Nacional. La representación monolítica, con salvadas excepciones, que se ha vivido en los últimos años, en Venezuela, atrofió severamente una de las principales tareas parlamentarias: el debate plural sobre el país.

Viendo el tema, como hemos dicho desde una perspectiva de la libertad de expresión, es políticamente correcto que la oposición arme su estrategia en torno a la recuperación de su espacio natural dentro de la Asamblea Nacional, y en ese sentido las elecciones del domingo son una primera y muy positiva señal.  Fue un enorme error, jugar la carta de la abstención como ocurrió en 2005. Es difícil entender aquella decisión, pues si lo que se quería era contrarrestar los afanes controladores y hegemónicos de Hugo Chávez y su proyecto político, en realidad se le hizo un enorme favor a éste al dejarle vacía la cancha. Así ocurrió hace cinco años, y eso le permitió al chavismo no sólo controlar la Asamblea Nacional, para aprobar leyes afines al régimen –como de facto sucedió- sino también –y es igualmente grave- le otorgó el poder para controlar al resto de poderes públicos. No puede olvidarse que los funcionarios al frente de entidades como Tribunal Supremo, Fiscalía General, Contraloría General o Defensoría del Pueblo, son designados en votaciones que tienen lugar en el seno del parlamento.

Además de las funciones de legislar o de nombrar a las cabezas de otros poderes públicos, el Parlamento es un lugar estratégico para hacer veeduría del poder ejecutivo. Actualmente dicha función también está olvidada, pero los nuevos diputados que sean electos en septiembre deberán recuperar la práctica de escudriñar qué hace el gobierno con los fondos públicos, que son de todos. Una de las funciones claves de la Asamblea Nacional es justamente solicitar información al Estado y hacerla pública para que todos los ciudadanos sepamos qué se hace y con quién con los fondos públicos.

Que no quepan dudas, recuperar la presencia opositora en el parlamento es prioridad para este 2010.

Algo está mal

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Ineludible abordar el asunto de la “Guerrilla Comunicacional” que lanzó recientemente el gobierno de Hugo Chávez. Varios amigos europeos, preocupados por el devenir venezolano, me escribieron abochornados sobre el asunto. Les cuesta imaginar que un gobierno con dominio de los otros poderes públicos, tras 11 años de gestión y luego de consolidar una hegemonía mediática, especialmente en la radio y la televisión del país, deba recurrir a seis docenas de adolescentes “para contrarrestar las mentiras mediáticas y la desinformación”. Algo está mal, sin duda alguna, o estamos ante el mayor chiste de los muchos que puede exhibir este gobierno.

El gobierno de Hugo Chávez cuenta, en la actualidad, con el mayor número de medios masivos a su disposición que poder ejecutivo alguno haya tenido en la historia de Venezuela. Tampoco hay casos similares en el resto de América Latina, ni siquiera en Cuba donde el Estado controla todas las comunicaciones. La gran paradoja oficial es que si bien ha crecido el número de medios gubernamentales eso no ha significado una mayor audiencia para el discurso oficialista, y al contrario lo que hemos tenido es una merma en términos de sintonía. El caso emblemático lo constituye el canal 2 de la televisión abierta en Venezuela. Cuando esa señal era usada por RCTV, más allá de las críticas que puedan hacerse a la calidad de su programación, el canal punteaba en la audiencia; una vez que se produce el proceso de estatización de dicha señal, y es colocada la programación de TVES hay una caída tan pronunciada que hasta el propio presidente Chávez llega a expresar “TVES ni siquiera es vista por los chavistas”.

En el fondo estamos ante un asunto de estética, de calidad en la producción. El gobierno ha sido eficaz en amedrentar o cerrar medios usando diferentes vías, pero ha sido incapaz de exhibir en la pantalla, una vez que se apropia de ella, una programación que se conecte con el alma del venezolano. De esa forma acumula señales, que obviamente achican de forma notable la pluralidad, pero de forma notable no logran enganchar a la gente. Así tenemos los casos de TVES, Telesur, Ávila TV, Asamblea Nacional TV, Vive TV, la excepción parece ser VTV que ha logrado consolidarse como espacio del chavismo más radical y comprometido con el proceso. Sin embargo, su audiencia es mínima si se le compara con otros canales nacionales.

De esa forma, anunciar una guerrilla comunicacional por parte del gobierno, lo que en realidad evidencia es el fracaso de un modelo de comunicación que ha buscado la hegemonía y no ha logrado la conexión emocional con la audiencia. Con el aparato comunicacional que tiene el Estado hoy día, admitir que ha perdido la batalla de la opinión pública, que es a fin de cuentas lo que simbolizan estas docenas de muchachos, es un asunto neurálgico. La nueva ministra de Comunicación e Información, Tania Díaz, tiene ante sí un desafío que a estas alturas luce inalcanzable: la opinión que prevalece en la calle es bastante negativa hacia la gestión oficial, y unos muchachos vociferando en un vagón del metro de Caracas no podrán revertirla, a menos que haya un giro radical en la administración pública, lo cual –francamente- luce poco menos que improbable tras de 11 años de proceso.

Asfixiar la crítica

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Hemos sostenido que en materia de medios, la estrategia oficial no cesa en su objetivo: aniquilar, por diferentes vías, las voces críticas.

En materia de medios privados la historia ha sido compleja. El Gobierno no desea que se le critique en el espacio mediático, e, incluso, el presidente Chávez cree que una baja en su popularidad no se debe a su propia inoperancia, sino que se le achaca a las campañas mediáticas.

Para lograr el objetivo final, que no es la estatización absoluta del espacio mediático (como ocurrió en Cuba), sino doblegar a los medios independientes y críticos, se han puesto en marcha varios mecanismos. El más obvio es el cierre, pero éste tiene consecuencias políticas, especialmente en el orden internacional, que a veces son difíciles de manejar por el Gobierno. El doble blackout que se impuso sobre RCTV es una clara demostración de ello. El cierre de las 34 estaciones de radio y televisión en julio pasado levantó la protesta hasta de entidades como la Unesco, que más bien han optado por tener un bajo perfil ante las actuaciones del Gobierno venezolano.

El cierre, entonces, se ha jugado como una carta emblemática, pues no sólo ha marcado al Gobierno ante la opinión pública internacional, sino que dichas decisiones también terminaron teniendo un peso simbólico para el conjunto del ecosistema de medios: el Gobierno puede llegar al punto de cerrar un medio, mejor modero mi línea editorial para sobrevivir, parece haber sido el mensaje que entendieron ­y aplicaron­ decenas de radiodifusores y algunos propietarios de plantas de televisión.

Decíamos al inicio que el vaivén del péndulo ha jugado entre el cierre y la asfixia, en materia de medios en Venezuela durante estos largos años que hemos denominado “la era Chávez”. La asfixia, al contrario del cierre, opera de forma más sutil y con efectos realmente perversos. Veamos, por ejemplo, lo que viene ocurriendo en el campo de la asignación de publicidad oficial. En varios países de América Latina se ha venido avanzando hacia mecanismos que hagan transparente la entrega de fondos públicos para publicitar la obra de un gobierno. En general, prevalece la idea de que no hay una obligación oficial en otorgar publicidad estatal a todos los medios, pero, al mismo tiempo, al ser un bien público, no se puede usar el mismo para discriminar, por razones políticas, por ejemplo. Justamente, en sentido contrario a lo que se discute en la región actúa el gobierno de Hugo Chávez. No sólo discrimina políticamente, sino que lo dice sin tapujos: no les damos avisos a los medios golpistas, bramó, por ejemplo, hace algún tiempo un ex viceministro del Minci.

La discriminación con publicidad oficial que se aplica en Venezuela tiene efectos muy negativos, porque, además, en nuestro país el Estado es el principal anunciante. En los últimos años creció el aparato oficial al sumar empresas de todo tipo, y, al mismo tiempo, fueron desapareciendo importantes empresas que otrora anunciaban de forma masiva.

La asfixia se amplió este año con el asunto del papel para imprimir los periódicos, que fue sacado de la lista de dólares preferenciales, lo cual constituye un duro golpe para las finanzas de los impresos, sector en el cual ­por cierto­ han perdurado las críticas a lo largo del tiempo, sin tantos vaivenes como se han detectado en la radio y/o la televisión. El objetivo es acabar con cualquier atisbo de crítica en los medios.

Todo vale para lograrlo.

El canal del PSUV

t_20080604_cilia_138En materia de medios de comunicación administrados por el Estado, Venezuela atraviesa su peor momento. Los principales medios en radio y televisión, tales como Radio Nacional de Venezuela o Venezolana de Televisión, están puestos para la defensa a ultranza del régimen, y para cumplir con dicha tarea no dudan en apelar a la descalificación o la mentira, cuando se habla de los sectores y actores opositores, o aplican la mordaza entre los propios seguidores del proceso, cuando hay señales de disconformidad o expresiones de crítica.

Los medios bajo el chavismo, salvo excepciones como es el caso de Aporrea, han logrado invisibilizar las voces críticas, bajo el mismo esquema que operó en la revolución cubana: hacer las críticas en público le hacen el juego al enemigo, y el proceso está en permanente riesgo. Eso llevó a un nefasto proceso de anquilosamiento en el debate político de Cuba, que se profundizó también en la medida en que Fidel Castro se convirtió en el líder único y por tanto única voz de la revolución.

Hoy día, en Venezuela en los espacios oficiales de radio y televisión prevalece, en el peor sentido, un pensamiento único, que se ha consolidado con el pasar de los años y que tiene expresiones como la censura que le aplican a las voces oficiales cuando osan cuestionar, tal ha sido el caso en diversos momentos de Patria Para Todos (PPT) o del Partido Comunista de Venezuela.

Por otro lado, se ha fundido el rol del comunicador-entrevistador con el del dirigente oficialista, así están los casos de la periodista devenida en vocera del partido de gobierno, Vanessa Davies, o del dirigente partidista que pasa a la cancha comunicacional, como lo es Aristóbulo Izturiz. Un caso y otro hablan de cómo se sobreponen los intereses del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) a los intereses de la nación, que legítimamente debería representar el canal Venezolana de Televisión (VTV). Esta fusión de figuras con cargos simultáneos en una y otra cancha, lleva a intencionales confusiones: ¿cuándo habla el líder del partido y cuándo lo hace el conductor del espacio televisivo? A fin de cuentas el resultado es el mismo: VTV es el canal de la dirección del PSUV, y en esa medida asfixia la diversidad de puntos de vista que actúan dentro del proyecto político chavista.

El resultado en la pantalla pública se ha logrado de forma menos traumática. El modelo, además, se ha reproducido en decenas de expresiones radiales, televisivas, impresas y/o digitales. El comandante-presidente habla, y el resto, sean ministros o militantes de base, escucha. No hay espacio para el cuestionamiento o la crítica, salvo cuando la hace el propio jefe de Estado. La negación del debate y la participación son señales muy preocupantes para un régimen que dice defender el protagosnismo popular.

En el pasado, incluso dentro de la propia “Era Chávez”, Venezolana de Televisión se distinguía con el eslogan “el canal de todos los venezolanos”, y hoy en día ni siquiera podría sostener que es el canal de todos los que están con el proceso chavista, sino que es la señal de aquellos que optaron por seguir al líder de forma acrítica. Es el canal de los complacientes con Chávez.

Chavismo sin libre expresión

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El asunto de la libertad de expresión en Venezuela no es un asunto que se limita a los ataques contra un medio o los juicios que se han abierto contra periodistas. Es importante no perder de vista que este derecho humano es justamente de todos los seres humanos y no sólo de aquellos que están vinculados a las labores mediáticas. La complejidad de la libertad de expresión y sus restricciones en nuestro país igualmente se relacionan con muchos ámbitos de la vida política nacional, y en la actual coyuntura no parece ser sólo un problema para aquellos que se oponen al presidente Hugo Chávez y su proyecto político. Un asunto soslayado en la realidad venezolana tiene que ver con las restricciones a la libertad de expresión en el propio universo del chavismo.
Una arista del problema la puso sobre el tapete la carta del gobernador del estado Lara, Henri Falcón, cuando decidió separarse del PSUV. Según Falcón, un problema crucial para su gestión como gobernador, comprometido con el proyecto chavista, es que justamente se carecía de espacios para el debate y la confrontación de ideas en el seno del chavismo. No es el partido oficial una instancia de debate político y muy por el contrario, parece ser una instancia repetidora de lo que dice el jefe de Estado. El propio presidente Chávez no propicia la libertad de expresión. Si nos guiamos por las transmisiones de radio y televisión en las que supuestamente está ocurriendo algún congreso o debate público, lo que tenemos en realidad es una larga perorata del presidente Chávez. Tampoco su programa “Aló, Presidente”, que en su origen era un espacio para que el mandatario escuchase al pueblo, es una demostración de la libre expresión del chavismo; cada vez que algún participante de base se sale del guión preestablecido se ve la cara de nerviosísimo del presidente para cortar la participación y volver al libreto: el presidente habla, las bases del chavismo y los ministros escuchan.
Otro mecanismo que fácilmente permite palpar las restricciones a la libre expresión de quienes apoyan al presidente Chávez puede verse en la pantalla del canal VTV, que muy lejos está en ser el canal de todos los venezolanos. De forma recurrente cuando los partidos minoritarios de la alianza oficial, como son Patria Para Todos (PPT) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), hacen críticas a la forma de gobernar, de forma casi automática resultan censurados en la pantalla oficial. VTV sólo le da espacio a los chavistas que están resteados de forma acrítica con el régimen. Cualquier atisbo de crítica es castigado con la desaparición mediática.
La reciente dimisión del general Müller Rojas a la dirección del PSUV reafirma la tendencia que se ha fortalecido en los últimos años: la incapacidad que tiene el presidente Chávez de escuchar, aún a sus más allegados colaboradores. En una ocasión el arzobispo de Coro, monseñor Lückert, calificó de autista al gobierno, por esa incapacidad de oír. Poco puede esperarse de un presidente autista, que no oye ni siquiera a sus seguidores y colaboradores, y que además tiene una marcada obsesión por oírse a sí mismo hablar en radio y televisión, en unos largos monólogos. La libre expresión está restringida, también en el chavismo.