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Globovisión en clave de telenovela

Hace algunos años, cuando Teodoro Petkoff y Javier Conde me propusieron escribir semanalmente sobre medios, democracia y libertad de expresión en las páginas de Tal Cual, debo confesar que tuve el temor de que me faltaran temas algunas semanas para llenar las respectivas cuartillas que escribimos bajo el título de Infocracia. Les dije a ambos, un poco para cuidarme las espaldas, que cuando no hubiese material local pues comentaría hechos de otras latitudes. Esto último, en verdad, ha sido la excepción.

Empezamos con la columna la primera semana del año 2007 y ya aquel año fue intenso en la temática con la decisión oficial de no renovarle la concesión a RCTV. El gobierno del presidente Chávez, y ahora con el sr. Maduro a la cabeza, se ha  encargado durante los últimos años de proporcionar material diríamos que de sobra. De hecho, al momento de escribir este artículo me preguntaba sí debía volver sobre lo que ya parece una telenovela, el caso Globovisión, o si abordar la nueva estrategia oficial de invitar a empresarios a encuentros cara a cara, que ahora también se extiende para el sector empresarial de medios. El canal de noticias sigue teniendo muchas aristas, mucha tela para cortar como dice el refrán popular.

En un arco importante de tiempo un tema recurrente de esta columna ha sido el canal Globovisión. La semana pasada, en una carta pública que le dirigimos a Vladimir Villegas, dimos cuenta de las preocupaciones que precisamente desde el año 2007 hemos venido sosteniendo en torno a este medio de comunicación. Alertar a la opinión pública sobre la estrategia oficial de desgaste con juicios, multas y procedimientos (junto a ataques y agresiones) que siguió el chavismo desde 2007 para silenciar a Globovisión, de ninguna manera debe entenderse como una solidaridad automática para todo con lo que este medio de comunicación ha hecho en su óptica editorial e informativa. Puestos a elegir entre dos males, un gobierno que quiere silenciar todo vestigio de crítica en la escena pública, y un medio de comunicación parcializado con la oposición que le limitó en su capacidad de explicar lo que ha venido ocurriendo en el país, pues nuestra opción ha sido clara y lo seguirá siendo: debe defenderse a Globovisión o a cualquier otro medio que intente ser sancionado, en castigo por su línea editorial.

Por esa razón me conté entre los venezolanos que tuvo una bocanada de esperanza (sí, esperanza) el día en que se dijo que un periodista con capacidad de crítica (pero sobre todo de autocrítica) como Villegas asumiría la dirección general de Globovisión. Tranquilo, Vladimir, no es ésta otra carta pública, pero no puedo dejar de mencionar que si me guió por tus declaraciones públicas, apostando a un “periodismo plural”, era de esperar una renovación periodística saludable en el canal de noticias. La abrupta salida de Villegas, sin siquiera asumir el cargo formalmente, por razones relacionadas claramente con el manejo informativo de Globovisión no puede llenar sino de desesperanza e incertidumbre. La asunción de Juan Domingo Cordero como director general interino (a la sazón es el presidente) evidencia que las diferencias con Villegas fueron realmente de peso y que se manifestaron muy a última hora, tanto que este hombre de negocios con experiencia nula en materia de medios asumió temporalmente el cargo. La no aparición, de forma inmediata como ameritaba el caso, de un sustituto para Vladimir Villegas refleja cabalmente la particularidad del perfil de quien asuma tal responsabilidad.

Mi amigo Alberto Barrera Tyszka seguramente podría generar un guión para una telenovela con el tema Globovisión, debido a elementos como la novedad, lo inesperado y una creciente expectativa. Aunque muchos venezolanos ya auguran cómo terminará la historia, igual la siguen paso a paso sin perder un ápice de interés. En medio de las exequias del presidente Chávez se anuncia la venta del canal, el propietario saliente mantiene un discurso de padre protector sobre el personal que labora en la planta, se anuncia la venta pero sólo se concretará precisamente al día siguiente de unos esperados comicios presidenciales, efectivamente se concreta la venta y los nuevos dueños insisten en asegurar que no son testaferros, se anuncia con bombos y platillos a un director general externo en decisión políticamente aplaudida, horas antes de que asuma este director general dice que no será un jarrón chino y renuncia, el otro director –éste sí conductor de un espacio en el mismo canal- asume y sus colegas dicen al aire que lo está haciendo incluso sacrificando su salud, los dueños compran un canal abiertamente opositor con una decena de procedimientos abiertos y aseguran que nada cambiará… Puede usted añadir otras líneas a esta historia. Así está Globovisión, así está el país.

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Madurismo como sinónimo de endurecimiento

La confirmación oficial de la muerte del presidente Hugo Chávez, junto a la rápida realización de elecciones presidenciales el pasado 14 de abril, terminó de colocarnos como país en una nueva etapa de la vida nacional. Si bien el señor Nicolás Maduro intenta recalcar la continuidad entre el gobierno de Chávez y su propio ejercicio del poder, y acuña la infeliz idea de ser el “primer presidente chavista”, en realidad las cosas han cambiado, de forma radical y a pasos acelerados en muy corto tiempo. El autoritarismo de Chávez estuvo siempre matizado por su enorme magnetismo y vínculo emocional con el pueblo. Los resultados del 14-A desnudan a un régimen que en cuestión de días pierde amplio respaldo popular, de un Nicolás Maduro comunicacionalmente descolocado y a veces díscolo en su mensaje, pero en el fondo con una estrategia clara: incentivar la conflictividad, avivarla, para mostrar entonces lo que ya ha repetido varias veces, su “mano dura”. ¿Qué debemos entender por mano dura?

El Madurismo, entonces pasa a ser un sinónimo de endurecimiento en la lógica neoautoritaria, según Tulio Hernández, o de autoritarismo electoral, según Ángel Álvarez. La popularidad, que fue la coartada perfecta para Chávez en la dinámica de imponer un modelo personalista en el ejercicio del poder, rápidamente termina suplantada por la mano dura de Maduro. Quien ejerce el poder no sólo debe mostrarse duro ante la oposición democrática, sino que también debe parecerlo puertas adentro en un Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más desunido que nunca por la ausencia del líder y la rápida pérdida de la herencia electoral que recibió Maduro de Chávez. Las fuerzas democráticas unidas en torno a una tarjeta única de la MUD, estrategia claramente positiva, se impusieron en las urnas al PSUV. Pese a la estrategia comunicacional costosa y prolongada de reconectar al líder ausente con la masa de votantes, no hubo un traspaso automático de votos y el país presenció, al contrario, el fortalecimiento de un liderazgo democrático. Enorme desafío tiene ahora este liderazgo en la construcción de estrategias para hacer frente a la lógica de endurecimiento del Madurismo.

En materia de medios y libertad de expresión tenemos señales sumamente preocupantes de cómo hará el Madurismo en su apuesta por permanecer en el poder. La primera, y desde mi punto de vista la más grave, tiene que ver con las acciones para silenciar o censurar el mensaje de Henrique Capriles Radonski. Cuando era difícil imaginar un uso más pervertido de las cadenas de radio y televisión, que ya Andrés Izarra había potenciado como palanca de la hegemonía comunicacional, nos topamos entonces con el triste papel de Ernesto Villegas al frente del Ministerio de Comunicación e Información. Lo que ocurrió en los últimos días en Venezuela no tiene precedentes ni siquiera en los desmanes de los últimos 14 años. Por un lado, se utilizó un mensaje estatal de carácter obligatorio para toda la radio y televisión del país para tergiversar las palabras de Capriles Radonski, en el afán de colocarlo como el autor intelectual de unos hechos de violencia, cuyo origen igualmente es sumamente dudoso. Al día siguiente, cuando el agraviado que es un líder nacional cuestionó el uso de esa cadena, la reacción del gobierno es censurar su rueda de prensa y meterle otra cadena. No con un mensaje novedoso o necesario para los fines públicos del Estado, sino que sencillamente se repite por toda la red de radio y televisión del país los mismos contenidos del día anterior. 24 horas después igualmente se le impide a Capriles que se dirija al país, en la hora previamente señalada, porque quien ejerce el poder transmite una nueva cadena desde Maracaibo.

Maduro y Villegas serán recordados, tristemente, por utilizar lo que es un recurso público (la cadena de radio y televisión) para impedir que un líder político nacional pueda ejercer libremente su derecho a expresarse, y limitar seriamente el derecho de los venezolanos de acceder a puntos de vista diferentes, es decir plurales, tal como lo establece sin cortapisas la constitución vigente.

La otra estrategia utilizada para censurar a Capriles han sido las amenazas contra los canales de televisión, con el fin de impedir que las ruedas de prensa o intervenciones del líder de la MUD sean transmitidas. Se intenta impedir que el pueblo conozca puntos de vista disidentes, simple y llanamente. Se han dado amenazas directas, como la cadena del sr. Maduro el 18 de abril en la cual emplazó públicamente a Televen para que éste canal dejase de transmitir a Capriles; igualmente se mantiene una soterrada guerra de nervios contra los otros canales privados nacionales y regionales, con llamadas amenazantes varias veces al día del propio Pedro Maldonado, director de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) cada vez que un medio osa “pegar” su transmisión para poner al aire a Henrique Capriles.

El Madurismo, también en materia de medios y libertad de expresión, es un claro sinónimo de endurecimiento y por tanto retroceso para Venezuela.

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Mis héroes personales

En los días de semana santa tuve la oportunidad de estar en algunos municipios del estado Lara, especialmente en zonas rurales. Allí me encontré con muy diversas personas, jóvenes y no tanto, campesinos y maestras, activistas políticos de largo aliento y noveles en estas faenas. A todos les unía, pese a las diferencias notables, el llamado hecho por Henrique Capriles Radonski de movilizarse de cara a las elecciones presidenciales del venidero 14 de abril. Muchos de ellos pasaron a ser mis héroes personales.

Ejercer posiciones públicas a favor del cambio democrático, como es mi caso, desde el ámbito universitario de Caracas no constituye ninguna proeza. Es una gesta la acción política ejercida por hombres y especialmente mujeres desde el mundo rural venezolano, en donde la mano del Estado se siente con mayor fuerza, en donde el chavismo no es una abstracción sino que es la presencia diaria en el rostro de los vecinos, en donde portar una franela o una gorra que te identifique políticamente con la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) es en sí mismo todo un desafío. Se trata de defender un punto de vista que va en contravía de la posición dominante en poblados o caseríos en donde “todo el mundo se conoce”, y en los cuales la ayuda oficial que viene del gobierno central es manejada por caciques locales que aplican el pase de factura sin contemplaciones. Defender allí la bandera del cambio es una proeza.

En la mayoría de los lugares en los que estuve, alejado de los centros urbanos, ocasionalmente encontré algún afiche o valla a favor de Capriles Radonski. Toda esa propaganda, escasa debe decirse, era del año pasado. También del año pasado era la publicidad oficial, ésta sí abundante e invariablemente con el rostro de Hugo Chávez. En los centros urbanos como Duaca, Carora y Quibor ya comenzaba a evidenciarse la nueva ola propagandística que prácticamente coloca el voto por Nicolás Maduro como un acto de fe. Montaña adentro, la campaña de este 2013 no parece haber llegado en términos de imágenes. La gente, sin embargo, está movilizada, también en las filas del chavismo, que además aceita su maquinaria para acarrear votantes. Emoción versus maquinaria, ese será nuevamente el dilema en el cual se moverán las cosas el 14 de abril.

La gente con la que me encontré en estos pequeños poblados, mis héroes personales, precisamente se sintieron convocados con el mensaje de Capriles Radonski cuando aceptó la candidatura. Un detalle nada banal. La posibilidad de que el mensaje del candidato de la MUD pudiera conectarse con estos activistas en zonas rurales sólo fue posible por la transmisión de canales privados de cobertura nacional como Televén y especialmente Venevisión. Al hablar con muchos de ellos constaté que si bien Globovisión es una excelente plataforma para la difusión del mensaje opositor, su influencia es limitada o casi nula una vez que se acaba el asfalto.

Motivados y sin recursos, así están mis héroes personales. La red organizativa de la MUD sencillamente no alcanza hasta esos caseríos, y la corta campaña electoral impondrá algunas decisiones que impedirán llegar a todo el país. La propuesta de activar mini-comandos de campaña, autoconvocados y autofinanciados, parece la respuesta correcta para enfrentarse al grosero uso de los recursos públicos por parte del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En esa onda estaban los venezolanos con los que me encontré en los días de semana santa, movilizándose con lo que tienen a su alcance, asumiendo que la propagación del mensaje del cambio no es un asunto exclusivo de los partidos y organizaciones que hacen vida en la Mesa de la Unidad Democrática.

Si alguna tarea pendiente tiene la clase media profesional que opta por la alternativa democrática es justamente darle apoyo, brindarle soporte, a estos venezolanos que se atreven a enarbolar la bandera del cambio en lugares donde el viento electoral sopla en contra, muy en contra. Allí es donde justamente se hará la diferencia.

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Campaña corta y mediática

Si nos guiamos por el propio lenguaje oficial, incluso al que apeló el presidente Chávez en lo que fue su última alocución pública, la situación sobrevenida de su fallecimiento colocó al país ante una nueva elección presidencial. Se trata de la campaña electoral más corta de la historia democrática de Venezuela, aquella que arranca en el año 1958. Formalmente, según el cronograma del Consejo Nacional Electoral (CNE), la campaña debe extender por escasos 10 días, después de semana santa, la realidad no dice que ya estamos en plena campaña. 10 días o incluso 30 sería en cualquier caso un lapso muy estrecho para desarrollar una campaña electoral con todas las de la ley, al menos en lo que ha sido la tradición política venezolana.

Lo inusual de esta situación sobrevenida, junto al corto tiempo de que disponen los dos principales candidatos, le otorga a este período una característica singularmente dramática. Todo se gana o se pierde en cuestión de días. En las campañas cortas, según reza el librito de la comunicación política, un error puede tener consecuencias desastrosas, sin mucho tiempo de hacer parches o remiendos.

La corta duración de la campaña, en la cual no hay posibilidad de hacer visitas pueblo por pueblo, como sí pudo llevarlo adelante Henrique Capriles Radonski en 2012, hace de ésta una campaña netamente mediática. En esta oportunidad, para seguir con la lógica que hemos visto en el arranque de Capriles Radonski, no hay oportunidad de tener encuentros cara a cara, sino que debe apelarse a las concentraciones o mítines y convertir a éstos en un evento mediático. Además de la cobertura que reciben sus actos, en esta oportunidad el candidato de la Mesa de  la Unidad Democrática (MUD) ha concedido muchas más entrevistas que en el pasado, tanto con medios regionales como con medios de alcance nacional. Requiere proyectar su mensaje en corto tiempo y los medios masivos de comunicación son el canal para ello.

Un cambio significativo es que se ha diversificado la vocería del comando “Simón Bolívar” al incorporar a una figura de carácter político y no técnico como jefe de campaña, en este caso Henri Falcón. La insistencia de Pedro Carreño y los diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), en su cacería por destituir a Falcón de la gobernación de Lara se afincará, obviamente, en estas cortas semanas que nos separan del 14 de abril. Entretener a Falcón con citaciones ante la Asamblea Nacional es una clara estrategia de distraer en otros asuntos a un vocero de peso y aliado fuerte de Capriles Radonski en esta contienda. Más allá de las comparecencias de Falcón ante la Comisión de Contraloría del Parlamento, resulta positiva la diversificación de vocería política. Desde mi perspectiva hace falta más presencia mediática de Ramón Guillermo Aveledo para saldar un grave problema de la campaña de 2012 y para aprovechar los extraordinarios dotes de comunicador que tiene el coordinador de la MUD.

La breve campaña en la que está el país, por otro lado, confronta a Nicolás Maduro con la necesidad de ser reconocido como heredero de Chávez y que ese sentimiento, de duelo que hoy embarga a millones de venezolanos, se transforma para su causa en movilización y convicción política. Según el manual de comunicación política las conexiones emocionales líder-pueblo no se traspasan de forma automática y por esa razón Maduro debe recordar a cada instante que está puesto allí, ante la tarea de conducir al país, debido a Chávez y sólo a Chávez. Está haciendo lo correcto desde un punto de vista comunicacional. Eso posiblemente suene a disco rayado en el mediano y largo plazo, pero en esta coyuntura electoral, a escasas semanas del fallecimiento del jefe de Estado Maduro debe consolidar nacionalmente su condición de heredero y legitimarse, primero ante el chavismo y luego ante el país entero, como el legítimo sucesor de Chávez. Para ello, obviamente, requiere de los medios de comunicación.

Maduro goza de un legado que le dejó Chávez. Un sistema de medios administrados por el Estado que sencillamente están abocados a la propaganda y un modelo de comunicación presidencial que tiene una tremenda palanca en las cadenas nacionales de radio y televisión. Son absolutamente discrecionales: la duración o el momento en que se hacen las cadenas dependen exclusivamente de la voluntad del presidente de la república. Es, en un momento como éste, una formidable herramienta en la estrategia de Maduro de consolidar su imagen en todo el país. Tiene a su disposición los medios oficiales y las cadenas, y los va a usar de forma intensa en esta campaña.

Esta campaña es -ya lo es- la más peleada desde 1998. Mediáticamente desequilibrada sin duda alguna, y posiblemente la más dura.

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¿Opacidad informativa?

Los buenos amigos y colegas Marcelino Bisbal y Alfredo Álvarez, con percepciones disímiles sobre el asunto, han terminado por darme el tema para este texto. Hablamos del tratamiento informativo que ha dado el gobierno venezolano a un problema de Estado, y hay que decirlo así, como ha sido la enfermedad del presidente Hugo Chávez, con el siguiente correlato: la singular desaparición de la escena pública del mandatario. Algo digno de esa campaña que circula por Internet, que muestra parodias de la vida nacional, bajo el título “Sólo en Venezuela”.

Lamentablemente para la vida institucional de la república estamos atravesando una coyuntura que, debe decirse, sólo ocurre en Venezuela, puesto que ni siquiera en Cuba –espejo en el cual se mira el régimen- tuvo lugar una prolongada incertidumbre y manejo comunicacional, como el que ha tenido Venezuela, cuando ocurrió la también inesperada afección de salud de Fidel Castro, que le impidió seguir en el poder. En pocos días se cumplirán tres meses de lo que ha sido el último mensaje emitido a viva voz por el presidente Chávez. Esto tuvo lugar el 8 de diciembre, antes de regresar a Cuba e internarse en el más prolongado silencio que se conozca en la historia contemporánea de América Latina. Se trata del primer caso de un presidente que estando ausente –lo cual es público y notorio- se le reconoce como mandatario en ejercicio y cuyo sequito insiste en colocarle en plena facultades. Sólo en Venezuela.

El país está en manos de instituciones manejadas con intereses particulares. Esto es lo único que pueda explicar que los dos poderes que tenían un rol clave ante la ausencia presidencial por razones de salud, como son –según la Constitución- tanto la Asamblea Nacional como el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), mantengan la política de que el presidente será juramentado cuando él pueda, o peor aún, que sería el propio Chávez el que debe decidir si está facultado o no para asumir el poder. Sólo en Venezuela.

La estrategia político-institucional de los últimos meses, como ha sido costumbre dentro de las líneas de acción de la “Revolución Bolivariana”, ha estado acompañada de una sistemática campaña propagandística, alguna de la cual se nos quiere presentar a los venezolanos bajo el empaque de información. Los partes oficiales, repetidos una y otra vez, sin que en verdad arrojaran luces sobre las reales condiciones de salud de Chávez, junto a consignas revolucionarias al final de cada informe televisado, que al tener como vocero a un ministro (Ernesto Villegas) deberían estar revestidos del tono de un mensaje de Estado. No ha sido información, entonces, sino propaganda.

Bajo criterios estrictamente propagandísticos se han introducido elementos en la agenda pública. Por un lado, la enfermedad del presidente se ha usado de forma recurrente en los últimos meses para “tapar crisis comunicacionales”. Es decir, la difusión de elementos relacionados con la salud de Chávez no han obedecido necesariamente al momento que atraviesa el enfermo, sino a la oportunidad política, especialmente para desplazar el foco de la atención sobre problemas serios y que afectan la vida de la gente en nuestro país (devaluación, desabastecimiento, crisis eléctrica). En el fondo, y hay que decirlo, sabemos prácticamente nada de cómo está realmente Chávez, de cómo está su organismo. Nada sabemos sobre sus condiciones físicas y mentales para volver al poder, y menos aún si estará en condiciones para tomar la decisión de separarse voluntariamente del poder. Nada sabemos de quien se dice nos gobierna, pero aún así detenta el poder, y se nos dice que ello es gracias al voto popular.

Llegamos así al meollo del asunto. El presidente Chávez, en una de sus contadas apariciones públicas después de obtener el voto mayoritario de la gente el 7 de octubre de 2012, reconoció que había ido a la campaña en contra de las órdenes de sus médicos. Que hizo una campaña a media máquina porque no estaba curado del todo. Todo ello, obviamente, echó por tierra sus anuncios electorales: estoy curado del todo, decía mientras pegaba saltos con los músicos pagados por el régimen en aquellos actos en los que intentaba emular el vigor de Henrique Capriles Radonski. Tomando solamente lo dicho por Chávez en uno y otro momento no hay otra conclusión. El presidente mintió para lograr su reelección. No dijo la verdad, e incluso colocó la campaña electoral por encima de los cuidados médicos que debía tener.

Difícil creer que hoy se nos diga la verdad. La opacidad informativa tal vez sea, entonces, una forma de mentir.

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Seguimos sin saber

Los medios de comunicación nacionales internacionales le dieron en los últimos días un enorme despliegue en sus espacios a la situación política e institucional en Venezuela. No es para menos. La inefable decisión del Tribunal Supremo de Justicia dejando en el terreno de “¿quién sabe?” todo lo relacionado con la juramentación de Hugo Chávez como presidente, para un nuevo período de gobierno, junto a las estrambóticas intervenciones en el seno de la Asamblea Nacional, que dejan igualmente sin efecto un límite de tiempo para que el comandante regrese al país, son sin duda claras expresiones de la anomia institucional del país. Pero vayamos más allá de todo esto, que es sin duda importante, para mirar un asunto que no puede seguir evadiéndose. Los venezolanos seguimos sin saber. Así de sencillo.

Un país entero tiene año y medio de sostenida desinformación y ocultamiento de la verdad en torno a la salud del jefe de Estado. El resultado no podía ser otro que la coyuntura en la que estamos, un país y sus instituciones signadas por la incertidumbre. ¿Tendremos presidente? ¿Cuándo vendrá? ¿Pero sí viene? Todo esto tiene un peso mucho más importante en un modelo de gobierno presidencialista como el nuestro y en particular en experiencias mesiánicas de ejercicio del poder, que es un asunto central que ha caracterizado a estos 14 años. Este período si puede definirse como algo es como “la era Chávez”.

Tengo serias dudas de que muchos de los diputados que levantaron la mano en la Asamblea Nacional para extender por tiempo indeterminado la permanencia de Chávez en Cuba, sepan realmente cuál es el real estado de salud del paciente habanero. Siguieron una línea política y punto. Tampoco unos cuantos magistrados del TSJ de la todopoderosa Sala Constitucional tendrán información exacta sobre las dolencias del comandante. La desinformación no sólo la padecemos los ciudadanos comunes y corrientes, que ya es grave dada las implicaciones de problema de Estado que hoy tiene la salud de Chávez, sino que también arropa a amplias esferas del propio poder chavista.

Paralela a esta desinformación sistemática se ha lanzado una clara campaña propagandística para mitificar a Chávez. La línea principal es lograr la identificación de cada persona con Chávez, asumiendo que Chávez no sólo es una persona de carne y hueso (que hoy convalece en Cuba) sino una identidad política con tintes religiosos. La suerte de juramento que leyó Nicolás Maduro este jueves al concluir el acto público apunta en esa dirección. Se informa menos y se glorifica más.

Sobre este asunto del derecho a saber, del derecho a la información y la salud de los jefes de Estado, ha aparecido oportunamente un pequeño pero documentado y responsable ensayo hecho por la Alianza Regional por la Libre Expresión e Información, de la cual por nuestro país forma parte Transparencia Venezuela. Además de trazar algunas referencias históricas de otros contextos, el documento analiza los recientes casos de Venezuela, Paraguay, Argentina y Colombia. Este documento puede verse en el sitio web http://www.transparencia.org.ve La discusión central está precisamente en el terreno que nos afecta a los venezolanos, ¿tenemos derecho a saber sobre la salud del presidente o éste puede escudarse en su derecho a la intimidad?

En diversos textos he sostenido, a tono con lo que viene siendo la tendencia política y jurídica internacional, que los personajes públicos (y especialmente aquellos electos por el voto popular) terminan teniendo menos esfera privada, y esto es especialmente relevante en enfermedades que como en el caso de Chávez lo ha alejado del poder en pleno cambio de un período a otro.

Según la norma constitucional de Venezuela un camino a seguir sería la designación de una junta médica que evalúe a Chávez y determine si efectivamente podrá volver o no al poder. Por razones políticas esto no tendrá lugar y es otra manera de negarnos la información a los ciudadanos.

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Tres R para la oposición

Hace algún tiempo atrás el presidente Hugo Chávez planteó que el gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) deberían asumir el desafío de las tres R: revisión, rectificación y reimpulso. Si el chavismo, como se ha comenzado a autoidentificarse el movimiento que respalda al jefe de Estado y ejerce funciones gubernamentales, las puso en práctica es harina de otro costal, como se dice popularmente. Hoy nos parece apropiado tomar esta idea y proponerle a la MUD y al mundo político opositor de Venezuela que aplique las 3 R. No se trata, desde mi punto de vista, de abandonar la lucha política democrática, y al contrario tiene sentido más que nunca; pero los resultados de las elecciones regionales representan un serio revés.

La celebración de estos comicios en una fecha que incitaba a la abstención, junto al desánimo que ronda a sectores opositores después del triunfo de Chávez el 7 de octubre, a lo que se suma el claro ventajismo en el uso de los recursos públicos en favor del PSUV, son elementos que sin duda ayudaron a inclinar la balanza a favor del chavismo. Sin embargo, la MUD y la dirigencia opositora no fueron sorprendidas, se trataba de condiciones adversas en las que se asumió participar. Tener hoy un discurso que descargue las responsabilidades de la derrota en el electorado deja al descubierto una dirección política con poca capacidad autocrítica. Si se participa en un proceso en el cual de antemano la competencia se produce en desventaja, el desafío para los dirigentes es ver cómo paliar y/o superar tales condiciones.

El asunto no es que hubo alta abstención, un aspecto que todos preveían y que sin duda el gobierno propició porque le beneficiaba, sino en que falló la estrategia opositora que no logró mover a la gente. Se trata tanto de un asunto emocional (cómo ganarme a cada elector y convertirlo en potencial activista) como de racionalidad política (qué capacidad tengo de identificar y movilizar a los sectores que votarán por mi propuesta). El problema después de una seria derrota como la que se registró el 16D, entonces, no es sostener que la gente no salió a votar y justificar los magros resultados en esa tendencia, sino que el quid es ver qué cosas hice y en qué falló mi estrategia que no logró quebrar esa alta abstención prevista.

Otros dos elementos que deben considerarse tienen que ver con el “castigo” que dejó en evidencia esta votación. Cuatro estados en los cuales la oposición era gobierno (Zulia, Táchira, Carabobo y Nueva Esparta) se perdieron. ¿Qué nos dicen estos resultados específicos? La respuesta a esta interrogante debe venir de la MUD y la dirigencia de los partidos opositores. ¿Por qué en un estado como Mérida, en el cual se ganó el 7 de octubre, dos meses después se pierde? Otra pregunta que flota en el ambiente.

No se trata de una cacería de brujas, pero no puede pasarse la página tan rápidamente sin revisar en qué se falló, en tomar correctivos para rectificar lo que se hizo mal o empezar a hacer lo que no se está haciendo, y finalmente todo ello debe ser la base de un reimpulso para los sectores democráticos nucleados en torno a la MUD. El 2013, tal como se perfila ahora, será un año de incertidumbre en muchos sentidos. En tal contexto cobra mayor relevancia contar con una oposición democrática que unida marque la pauta. De eso se trata el asunto de las 3 R, a fin de cuentas de tomar un reimpulso. ¿Quién duda de que eso es lo que necesita hoy el mundo opositor de Venezuela?

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Estado, enfermedad y derecho a saber

El presidente Hugo Chávez ha confirmado, por fin, lo que era ya un asunto ampliamente comentado. Se desprenden varios asuntos de su cadena del pasado sábado antes de partir a Cuba para una nueva intervención quirúrgica debido al cáncer. Como hemos sostenido en otras columnas, relacionadas con este tema, la salud de un jefe de Estado –cuando está en funciones- no es un asunto privado. En realidad las condiciones de bienestar o enfermedad de un presidente en ejercicio del poder pasan a ser un asunto de Estado, como ha quedado claro finalmente según las palabras del propio presidente Chávez.

El mandatario no está seguro de que pueda incluso concluir este mandato y por tal razón dejó sobre la mesa de forma muy clara y categórica la opción de que Nicolás Maduro no sólo asuma temporalmente la presidencia –si hay una ausencia absoluta-, sino de que también sea el candidato del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) si se hace necesario convocar nuevas elecciones. Todos estos eran asuntos que el presidente Chávez se negaba a poner sobre el tapete de la opinión pública. Detengámonos en algunos aspectos que se derivan del mensaje presidencial.

Lo primera y más obvio es que el presidente no le habló claro al país durante la campaña electoral. Resulta paradójico que el pueblo venezolano haya electo a Chávez cuando este sostenía a los cuatro vientos que estaba totalmente curado y que había vencido al cáncer. Apenas triunfó el mismo presidente comentó que había hecho la campaña literalmente a media máquina porque su salud no se lo permitía y lo peor, Chávez admitió que hizo la campaña contraviniendo las indicaciones de sus médicos.

Sin que haya llegado la fecha de la toma de posesión para el nuevo período de gobierno y forzado por la gravedad del cáncer, el jefe de Estado coloca sobre la mesa precisamente el escenario de que eventualmente no pueda gobernar para el lapso que fue elegido. Desde mi perspectiva efectivamente el presidente es un ser humano y tiene el derecho a ser tratado por médicos especializados, incluso en el exterior como ha venido haciendo. Empero el caso reviste un problema ético, ya que viene a corroborar la falta de transparencia oficial en relación con la enfermedad. Ha sido una opacidad intencional para evitar las consecuencias políticas que tendría este tema en las urnas el pasado 7 de octubre. No compro la idea de que el presidente sólo supo ahora de la gravedad del cáncer, que incluso requiere una nueva intervención quirúrgica. Guiándonos por el discurso de los últimos meses lo que parece haber ocurrido es un manejo político-electoral de esta dolencia. ¿Cuántos venezolanos le habrían votado sabiendo que en verdad no estaba curado?

En el fondo de todo este caso, y eso también lo hemos planteado desde hace año y medio, está de forma destacada el derecho a saber de los venezolanos, de los ciudadanos. Si la enfermedad, como finalmente se ha admitido, impacta el manejo del Estado en esa misma medida es un asunto que nos compete a todos. La opacidad reinante se ha manifestado de diversas formas. No sabemos los ciudadanos efectivamente dónde está alojado el cáncer del presidente Chávez ni cuáles órganos ha afectado, menos aún se conoce la magnitud de la enfermedad. La falta de información, como política de Estado, se refleja también en no brindar detalles sobre el centro médico específico en el cual ha sido intervenido Chávez en Cuba, ni sabemos nada sobre sus médicos tratantes.

Esto contrasta notablemente con la política informativa que siguieron presidentes afines a Chávez como Fernando Lugo de Paraguay o Cristina Fernández de Argentina, y más recientemente Juan Manuel Santos de Colombia. Todos estos jefes de Estado sufrieron enfermedades que requirieron intervenciones quirúrgicas, todos brindaron información pormenorizada y sus médicos actuaron como voceros. Nada de eso ha ocurrido en Venezuela en este año y medio en el cual el presidente no sólo ha estado enfermo sino que ha usado políticamente el tema.

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Votar o votar

La proximidad de las elecciones para escoger gobernadores y diputados de Consejos Legislativos regionales, para las cuales restan escasos días, nos coloca a los venezolanos de nuevo ante la necesidad de reflexionar sobre la defensa de los espacios democráticos, cuando estamos bajo un régimen que entiende el ejercicio del poder en términos hegemónicos. Algunos analistas plantean que el 16 de diciembre no sólo están juego los cargos de elección en los estados de Venezuela, sino que en el fondo lo que estará en juego será la velocidad de las transformaciones institucionales que quiere llevar adelante el gobierno del presidente Hugo Chávez.

Si el mapa del país amanece rojo rojito el día 17 es plausible pensar en una aceleración de lo que viene llamándose “Estado comunal”, que no es otra cosa que la desaparición de entes como gobernaciones y alcaldías. En ese sentido, ceo que contar con gobernadores que no sean militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ayudará a mantener un relativo equilibrio en el reparto del poder, que hoy es desigual sin duda alguna, pero que podría empeorar si los venezolanos que adversan a Chávez optan por la abstención. En el cuadro político y electoral actual es necesario votar. No hacerlo, para los sectores de la oposición democrática, significaría dejarle la cancha sin adversarios a un régimen que tiene ya intenciones hegemónicas.

Por una mala estrategia opositora, en el año 2005, hubo un importante retroceso democrático en Venezuela. No está de más recordar esa mala hora en el momento actual, a pocas semanas de concurrir nuevamente a las urnas. Desde sus inicios el gobierno del presidente Chávez tuvo pretensiones de controlar al resto de poderes. Según el diseño institucional que emanó de la Constitución de 1999, las autoridades de los poderes públicos tales como Tribunal Supremo de Justicia, Consejo Nacional Electoral o Fiscalía General, son escogidos en el seno de la Asamblea Nacional. Desde ese punto de vista el espacio legislativo es un espacio políticamente estratégico para mantener un cierto equilibro de poder en Venezuela. La tesis abstencionista de 2005, que según los líderes opositores de entonces generaría el descrédito del gobierno, en realidad alimentó con creces la lógica de imposición hegemónica. La oposición no tuvo ni voz ni voto en el Parlamento entre 2005 y 2010 lo cual le permitió al gobierno no sólo controlar a la Asamblea Nacional, sino que desde allí se designó también a las cabezas de los otros poderes.

En este año 2012, debe decirse con claridad, la tesis abstencionista no proviene de la dirigencia política ahora reunida en el seno de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Hay desaliento en el venezolano común, que además se refuerza con ciertas matrices de opinión que alimenta el gobierno y opositores que cumplen la función de tontos útiles. El pasado 7 de octubre efectivamente Henrique Capriles Radonski no se impuso en las urnas, más que Chávez triunfó el ventajismo de usar los recursos del Estado para garantizar la reelección presidencial. El escenario es diferente para el 16 de diciembre, ya que se ha evidenciado que no hay un traslado automático de votos chavistas a favor de los gobernadores y alcaldes. Pero tal diferencia no significa que las cosas estén fáciles para los actores democráticos. La diferencia en muchos estados estará sencillamente en la movilización de la gente para ir a votar. No tenemos dilema en Venezuela, no creo que haya otra opción que ir a votar el 16 de diciembre si realmente deseamos construir un cambio.

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Ser mayoría, un desafío ineludible

Escribo al calor de las 16 excelentes intervenciones que durante dos días tuvieron lugar en la Universidad Católica Andrés Bello, en el seminario sobre la construcción de mayorías en Venezuela. Se trató grosso modo de una lectura post 7 de octubre, necesaria, pero que no se quedó sólo en el lamento de lo que pudo haber sido y no fue. Se trató en verdad de una muy ajustada y plural radiografía sobre dónde estamos parados y cuáles son los desafíos que tenemos por delante, como sociedad, pero especialmente quienes comulgamos con una visión democrática pluralista. Lo que a continuación escribo son algunas de las ideas que me quedaron resonando después de contarme entre los asistentes a este seminario, cuya organización estuvo a cargo del amigo Marcelino Bisbal y un calificado grupo de colegas ucabistas.

La conexión emocional. Un primer asunto tiene que ver con la propia naturaleza de la actual mayoría en Venezuela, que tiene como líder indiscutido a Hugo Chávez. Si bien se reconoce que el mecanismo de reparto de la renta entre los venezolanos más pobres tiene claros efectos político-electorales, lo principal es pasearse por la naturaleza de lo que en líneas gruesas podemos llamar la conexión emocional con el líder. No hubo consenso sobre la condición de liderazgo religioso de Chávez, un concepto que estado muy presente en la vocería pública de Oscar Schemel, director de Hinterlaces, pero eso no hace mella en los efectos reales que tiene en la vida nacional la conexión emocional Chávez-pueblo. La construcción de una nueva mayoría requiere de liderazgos alternativos (en plural, sí en plural), que en primer lugar deben ser genuinos. No se trata de calcar la relación que sostiene el jefe de Estado con los más pobres, sino construir un nuevo lazo emotivo-político.

El trabajo político. En general flotó en el ambiente del seminario reconocer la tarea titánica que tuvo Henrique Capriles Radonski durante los meses de la campaña electoral. Sin embargo, hubo una opinión unánime a favor de fortalecer un trabajo político cotidiano (y no sólo en el período preelectoral) como un mecanismo claro de construir una nueva mayoría. Cabe acotar que cuando Capriles anduvo por muchos poblados alejados de los centros urbanos, los ciudadanos coincidían en señalar que en los últimos años había estado ausente el liderazgo político nacional en dichas poblaciones. Lo que fue el asunto central de la campaña del candidato opositor, casa por casa y luego pueblo por pueblo, debe ser la tarea cotidiana de los actores políticos. Para ello es necesario crear redes humanas (y no sólo redes sociales sobre la base de las nuevas tecnologías) e incluso físicas (casas de partidos con vida propia en cada ciudad o pueblo de Venezuela).

Corazón y periferia. La alternativa democrática se enfrenta a varios dilemas en su tarea ineludible de ser la mayoría. Guiándonos por los resultados electorales, en este momento la mayoría de votos del chavismo provienen de los sectores populares y al contrastar que tras muchos anuncios oficiales los pobres siguen siendo mayoría en términos demográficos, una línea de acción obvia pasa por construir una relación cercana con los sectores populares. Sin embargo, en el seminario se habló de otras maneras de contar con una mayoría: construir un corazón desde la periferia, juntando a sectores minoritarios, que separados no podrían tener peso político determinante, pero que al ser parte de un conglomerado, con una identidad político sí pueden cambiar la correlación. No hay una suerte de fórmula mágica y única para ser mayoría. Esta es mi particular reflexión.

La mayoría no se decreta, se construye. Ser mayoría, insisto, es un desafío. No es algo que se decreta o que cae del cielo, cual regalo divino. Y el término desafío lo utilizamos en relación con el verbo desafiar, que a fin de cuentas fue un asunto transversal del seminario si nos guiamos por las definiciones de la Real Academia: “Contender, competir con alguien en cosas que requieren fuerza, agilidad o destreza” o “Enfrentarse a las dificultades con decisión”. Todo esto nos implicará la construcción de una nueva mayoría en Venezuela. Es una tarea compleja y urgente. Va más allá de una elección, aunque debamos mantenernos sin falta en el terreno electoral; necesitamos fortalecer a los partidos políticos, pero no sólo ellos harán la tarea ya que debe trabajarse con las organizaciones sociales en sus diferentes vertientes; las redes sociales (Twitter, Facebook) son importantes hoy día, pero no suficientes ya que necesitamos encontrarnos cara a cara los venezolanos de a pie y seguir definiendo cómo responder ante problemas transversales de nuestra sociedad.

Ser mayoría es indispensable pero en sí no garantiza condición democrática, como lo vivimos con la mayoría actual que tiene pretensiones hegemónicas para imponer una ideología, un modelo. Una nueva mayoría tendrá la tarea prioritaria de incluir a todos y construir un proyecto compartido de país.

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