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¿Quién ganó el 14 de abril?

Hemos tenido las elecciones presidenciales más reñidas de los últimos 40 años en Venezuela. Es un resultado que tiene varias lecturas. El chavismo celebra que Nicolás Maduro sea presidente electo. Sin embargo, puertas adentro debe ocurrir una procesión ya que a pocos días de los comicios se nos dijo, con cifras de encuestadoras pagadas por el gobierno, que Maduro le llevaba una ventaja de 15 puntos a Henrique Capriles Radonski. En el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) deben estar preguntándose cómo hizo el candidato oficialista para ver mermado su capital político de forma tan acelerada en pocos días. El pronunciado descenso del voto chavista, en comparación con los resultados del 7 de octubre, plantea más de una interrogante en relación a la posibilidad de que esta corriente pueda ser hegemónica (o incluso mayoritaria) en la vida nacional en el mediano y largo plazo.

En relación con los resultados del 7 de octubre, el chavismo perdió 685 mil votos. Es una cifra importante, si tenemos en cuenta la masiva y costosa campaña propagandística que vimos a partir de la muerte de Hugo Chávez. No hubo un traspaso automático de voto. Maduro, como ingenuamente planteó, tampoco tuvo el fuelle político para alcanzar la anhelada meta de los 10 millones de votos, y a la luz de estos resultados tal cifra será una quimera para el oficialismo. Si Maduro hizo disminuir en 685 mil votos al chavismo, esta cifra de forma casi que automática se desplazó hacia el candidato de la Mesa de la Unidad democrática (MUD). Capriles vio crecer el caudal electoral en 679 mil votos este 14 de abril.

El crecimiento del voto opositor en Venezuela venía siendo paulatino, pero sin hacer mella –al menos claramente- en la base de votos del chavismo. Esto ha ocurrido el día domingo y es, desde mi punto de vista, el principal acontecimiento de la jornada. Se trata de venezolanos que siendo chantajeados con las misiones o beneficios sociales, acosados por las milicias de distinto tono y bombardeados por la campaña propagandística sistemática del gobierno, optaron por cambiar de bando. Es la señal de que se está produciendo un cambio político de envergadura en Venezuela. Los cambios políticos, es bueno recordarlo, tienen tiempo de incubación. El triunfo electoral de Chávez en 1998, por ejemplo, puede adjudicarse a la crisis del sistema bipartidista que ya tenía hitos en la década de los 80 con la devaluación y el caracazo.

Las elecciones del 14 de abril, por otro lado, dejan sobre el tapete algunos aprendizajes. Al candidato de la MUD le fue mejor con una tarjeta única, sin colores partidistas, en la cual se sintieron identificados muchos más venezolanos. Hubo, en esta ocasión, una marcada movilización ciudadana que en algunos casos sencillamente se “auto-organizó” dada la falta de tiempo y de recursos que caracterizó a la campaña de Capriles Radonski. Se trata de venezolanos a los que debe mantenerse activados en redes ciudadanas y partidistas. El país no se acabó con estas elecciones, y menos aún la lucha política democrática. Ante regímenes que controlan la totalidad de las instituciones no hay salidas fáciles, ni mágicas.

El resultado termina de arrojar lo que ya veníamos sosteniendo con antelación. El país está partido en dos partes bastante iguales. Incluso me atrevo a sostener que la votación de la MUD y de Capriles habría sido más alta de no haber ocurrido todos los abusos que tuvieron lugar el domingo con el voto asistido, con el chantaje a los votantes, etc. Muchos venezolanos no pudieron votar de forma libre, y sencillamente ante esa realidad no podemos mirar para otro lado. La lucha democrática y electoral tiene allí un enorme desafío.

Las encuestas son una fotografía del pasado y no siempre reflejan lo que va a ocurrir el día de la verdad. Este 14 de abril eso quedó en evidencia. En cuestión de días Capriles Radonski, con una campaña titánica, logró reducir al mínimo una brecha que era de 15 puntos en promedio. Para eso se hacen las campañas, para cambiar realidades.

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El poder del voto

No es la primera vez que usamos este título. En los últimos años, en  diferentes espacios de la vida pública, hemos defendido el poder del voto en Venezuela, incluso en momentos en que sectores de la sociedad decidieron no participar en las elecciones. El uso de este título de forma intencional obedece a que los debates en el país parecen estar signados por preguntas que cíclicamente se repiten. Mucha de la dirigencia política, en la Venezuela actual, no parece contar con fuelle y decisión para mirar sus decisiones, y así evitar la repetición de experiencias desastrosas. En octubre de 2005 la interrogante que se vivía en un amplio sector de la sociedad tenía que ver con acudir a votar o dejar de hacerlo en las elecciones de una Asamblea Nacional.

Prevaleció, entonces, la tesis de que dejando de votar se deslegitimaba al gobierno. En aquel momento muchos opositores seguían aferrados a la tesis del fraude en el referéndum del 2004. El resultado fue la desmovilización: estábamos ante un fraude tan sofisticado que aún esperamos las pruebas de la estafa.

Mirando con necesaria retrospectiva crítica, aquella decisión del 2005 fue un enorme error. El Parlamento no terminó deslegitimado y con una votación escuálida -en el verdadero sentido de la palabra- se consolidó un cuerpo legislativo rojo, rojito. Cuánta diferencia habría hoy si en la Asamblea Nacional una bancada opositora se hubiese plantado ante la designación de lacayos en los poderes públicos del país allá por el año 2007. La deslegitimidad de un régimen no se logra quedándose en casa, con los brazos cruzados. Dejándole los espacios de poder legítimo (como el Parlamento o la presidencia) a un gobierno que quiere acaparar todo el poder, no se le debilita, sino que se logra precisamente el efecto contrario. Hugo Chávez logró controlar la vida institucional no sólo porque esa era su intención; lo alcanzó porque la agenda opositora a favor de la abstención se lo facilitó. Hay que llamar a las cosas por su nombre.

En los últimos años se ha consolidado en Venezuela una alternativa democrática que ha tenido, sabiamente, la ruta electoral como una alta prioridad. La presencia de un cuerpo de diputados en el seno de la Asamblea Nacional hoy (gracias a que se acudió a votar en 2010) es lo que ha impedido –por ejemplo- una nueva concesión de poderes habilitantes al jefe de Estado o incluso tratar de llevar adelante una nueva enmienda de la constitución. La tenaz resistencia de los alcaldes y gobernadores opositores electos con el voto popular es una clara demostración de que sí se puede llevar adelante una gestión a pesar de la adversidad, puesto que están gobernando teniendo en contra al Estado central.

Nuevamente cobra vigencia, a tan pocos días de los comicios del 14 de abril, la revisión de la tesis de dejarle el terreno libre al gobierno. ¿Cuál es la opción para hacerle frente? En la práctica se reducen a dos opciones: votar o dejar de hacerlo.

En un sistema que se dice participativo, pero que en la práctica es el Estado el que norma y controla los espacios de participación ciudadana, el único poder del ciudadano termina reducido al voto. Se trata de cada persona y su conciencia sobre lo que está en juego, sobre lo que quiere para el país. Cada uno de nosotros tiene un poder. Dejar de ejercerlo, lejos de deslegitimar al gobierno, afecta a los ciudadanos, y de eso ya hemos tenido malas experiencias en el pasado reciente de Venezuela. Hay que salir a votar el 14 de abril.

@Infocracia

Hugo Chávez, un balance preliminar

La muerte de Hugo Chávez pone punto final a su vida, como ser humano, pero en términos político-comunicacionales conviene preguntarse si implica el cierre de un ciclo gubernamental que en su momento denominamos la presidencia mediática. Si se revisa la historia contemporánea de América Latina no encontramos puntos de comparación en lo que hizo el presidente venezolano en materia mediática. Se trató del uso intenso y extendido de los medios de comunicación, especialmente radioeléctricos, sin precedente alguno por parte de un mandatario. Chávez supo potenciar su carisma personal y lo convirtió en una política de Estado, con lo cual la principal fortaleza de la gestión comunicación de su gobierno resultó ser su propia figura.

Chávez ha muerto pero deja, entre otras herencias, un modelo comunicacional que va más allá de su persona. Si bien la figura personal del jefe de Estado fue el pivote de los mensajes gubernamentales en todos estos años, esto también fue posible al establecimiento de un modelo hegemónico en el campo comunicacional, que por lo demás le sobrevive.

Aún cuando Chávez ya no esté las cadenas prosiguen de forma abusiva y arbitraria. Los días recientes han sido una muestra de cómo se manejan las cadenas nacionales de radio y televisión sin una genuina política de Estado, poniendo los mensajes de transmisión obligatoria a favor de una parcialidad política. Es previsible suponer que Nicolás Maduro, en su rol de presidente y buscando el voto popular, haga un uso reiterado de este mecanismo, ya que eso le permitiría monopolizar la palabra pública. En esta primera etapa, dentro de la estrategia oficial de mitificar a Chávez, las cadenas girarán en torno al enaltecimiento del líder, para pasar seguidamente a estar al servicio de la campaña electoral que buscará perpetuar en el poder al chavismo.

Los medios de comunicación del Estado serán la correa de transmisión en el proceso de mitificar a Chávez. A partir de 2007, especialmente, se puso en evidencia el culto a la personalidad en los medios de comunicación de carácter oficial. La totalidad de las obras de gobierno se presentaban, sencillamente, como inspiradas u ordenadas por Chávez, al tiempo que las alocuciones presidenciales se repetían de forma incesante en la programación radioeléctrica oficial. Durante los meses de ausencia presidencial, mientras era tratado en Cuba, la política de la radio y televisión gubernamental insistió en mantener viva la imagen de Chávez mostrándole en acción con imágenes de archivo, con lo cual la audiencia hasta podría formarse la idea de que el comandante era quien seguía mandando. En el proceso de mitificación en marcha se exaltará cada una de las decisiones/acciones de Chávez, se explotarán los testimonios populares que evidencien la fuerte conexión caudillo-pueblo y cada una de las determinaciones oficiales se presentarán como inspiradas por el líder. El papel de la televisión oficial, un sistema también sin puntos de comparación por el número de medios administrados por el Estado y creado por Chávez, será determinante en este proceso.

Otro aspecto que no cambiará en el corto plazo, si nos guiamos por los reiterados señalamientos de Elías Jaua hacia los medios privados durante los funerales de Chávez, será la permanencia en el tiempo de una sistemática campaña para descalificar a quienes ejercen la crítica pública desde el espacio mediático. Chávez instauró una suerte de escuela en el alto gobierno que opera de forma sencilla y eficaz. Cualquier entuerto oficial rápidamente se presenta como obra de una matriz mediática de la derecha, y eso tendrá más fuerza ahora, en el discurso gubernamental, en la medida en que la ineficiente gestión pública se escudará detrás de la mitificación de Chávez, que como cualquier mito terminará convirtiéndole en un hombre infalible.

Finalmente, en medio del deceso de Chávez se ha evidenciado, una vez más, la alineación del resto de poderes públicos con el poder ejecutivo. En materia de medios y libertad de expresión el modelo que dejó la presidencia de Chávez en manos de sus herederos políticos deja casi ningún espacio ante el cual acudir para contraponerse a los desafueros gubernamentales. El Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía General de la República y la Defensoría del Pueblo, que podrían jugar un genuino rol de contrapeso y en esa dirección canalizar acciones para que exista un genuino clima de respeto al libre flujo de opiniones e informaciones, en realidad terminan siendo el cerrojo institucional en aras de consolidar el modelo político comunicacional.

Chávez ya no está, pero la presidencia mediática o ahora deberíamos decir el gobierno mediático del chavismo, está vivo.

@Infocracia

¿Opacidad informativa?

Los buenos amigos y colegas Marcelino Bisbal y Alfredo Álvarez, con percepciones disímiles sobre el asunto, han terminado por darme el tema para este texto. Hablamos del tratamiento informativo que ha dado el gobierno venezolano a un problema de Estado, y hay que decirlo así, como ha sido la enfermedad del presidente Hugo Chávez, con el siguiente correlato: la singular desaparición de la escena pública del mandatario. Algo digno de esa campaña que circula por Internet, que muestra parodias de la vida nacional, bajo el título “Sólo en Venezuela”.

Lamentablemente para la vida institucional de la república estamos atravesando una coyuntura que, debe decirse, sólo ocurre en Venezuela, puesto que ni siquiera en Cuba –espejo en el cual se mira el régimen- tuvo lugar una prolongada incertidumbre y manejo comunicacional, como el que ha tenido Venezuela, cuando ocurrió la también inesperada afección de salud de Fidel Castro, que le impidió seguir en el poder. En pocos días se cumplirán tres meses de lo que ha sido el último mensaje emitido a viva voz por el presidente Chávez. Esto tuvo lugar el 8 de diciembre, antes de regresar a Cuba e internarse en el más prolongado silencio que se conozca en la historia contemporánea de América Latina. Se trata del primer caso de un presidente que estando ausente –lo cual es público y notorio- se le reconoce como mandatario en ejercicio y cuyo sequito insiste en colocarle en plena facultades. Sólo en Venezuela.

El país está en manos de instituciones manejadas con intereses particulares. Esto es lo único que pueda explicar que los dos poderes que tenían un rol clave ante la ausencia presidencial por razones de salud, como son –según la Constitución- tanto la Asamblea Nacional como el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), mantengan la política de que el presidente será juramentado cuando él pueda, o peor aún, que sería el propio Chávez el que debe decidir si está facultado o no para asumir el poder. Sólo en Venezuela.

La estrategia político-institucional de los últimos meses, como ha sido costumbre dentro de las líneas de acción de la “Revolución Bolivariana”, ha estado acompañada de una sistemática campaña propagandística, alguna de la cual se nos quiere presentar a los venezolanos bajo el empaque de información. Los partes oficiales, repetidos una y otra vez, sin que en verdad arrojaran luces sobre las reales condiciones de salud de Chávez, junto a consignas revolucionarias al final de cada informe televisado, que al tener como vocero a un ministro (Ernesto Villegas) deberían estar revestidos del tono de un mensaje de Estado. No ha sido información, entonces, sino propaganda.

Bajo criterios estrictamente propagandísticos se han introducido elementos en la agenda pública. Por un lado, la enfermedad del presidente se ha usado de forma recurrente en los últimos meses para “tapar crisis comunicacionales”. Es decir, la difusión de elementos relacionados con la salud de Chávez no han obedecido necesariamente al momento que atraviesa el enfermo, sino a la oportunidad política, especialmente para desplazar el foco de la atención sobre problemas serios y que afectan la vida de la gente en nuestro país (devaluación, desabastecimiento, crisis eléctrica). En el fondo, y hay que decirlo, sabemos prácticamente nada de cómo está realmente Chávez, de cómo está su organismo. Nada sabemos sobre sus condiciones físicas y mentales para volver al poder, y menos aún si estará en condiciones para tomar la decisión de separarse voluntariamente del poder. Nada sabemos de quien se dice nos gobierna, pero aún así detenta el poder, y se nos dice que ello es gracias al voto popular.

Llegamos así al meollo del asunto. El presidente Chávez, en una de sus contadas apariciones públicas después de obtener el voto mayoritario de la gente el 7 de octubre de 2012, reconoció que había ido a la campaña en contra de las órdenes de sus médicos. Que hizo una campaña a media máquina porque no estaba curado del todo. Todo ello, obviamente, echó por tierra sus anuncios electorales: estoy curado del todo, decía mientras pegaba saltos con los músicos pagados por el régimen en aquellos actos en los que intentaba emular el vigor de Henrique Capriles Radonski. Tomando solamente lo dicho por Chávez en uno y otro momento no hay otra conclusión. El presidente mintió para lograr su reelección. No dijo la verdad, e incluso colocó la campaña electoral por encima de los cuidados médicos que debía tener.

Difícil creer que hoy se nos diga la verdad. La opacidad informativa tal vez sea, entonces, una forma de mentir.

@Infocracia

La fe de vida

La divulgación de las primeras imágenes del presidente Hugo Chávez, tras algo más de dos meses de ausencia por su tratamiento médico en Cuba, ha generado varias lecturas. Hace escasamente una semana un buen amigo del chavismo de base, aquel que comulga con el proyecto social del jefe de Estado sin estar en la rosca de la corrupción, me preguntó en plano de confianza: ¿será que Chávez sí está vivo? Desde mi punto de vista la difusión de estas primeras imágenes, en compañía de sus dos hijas –muy sonrientes ellas, por cierto- no es otra cosa que brindarle al país, y posiblemente al mundo chavista, una prueba de vida. Que el paciente sostenga un ejemplar del periódico Granma no es otra cosa que ratificar que Chávez está vivo. Eso tiene efectos de diverso orden en el mundo político venezolano.

Parto de la premisa de creerle, en esta ocasión, al gobierno. Nos quiere mostrar que Chávez está vivo y doy crédito de ello. Sin embargo, resultan sumamente contradictorios los mensajes que envió el gobierno de forma simultánea. Por un lado el ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas, confirma lo que ya se conocía informalmente, el jefe de Estado tiene problemas para respirar, debe estar asistido en esa función vital, y por tanto también su voz está afectada. Aún cuando eso es lo que se nos dice por vía oficial, en la foto se muestra a Chávez respirando sin ninguna asistencia. ¿A quién debemos creerle? O sencillamente se apela, dentro de la estrategia comunicacional del gobierno, a aquel viejo axioma muy válido en la comunicación política: una imagen vale más que mil palabras. Finalmente es la foto la que le dio, en cuestión de segundos, la vuelta al mundo y es lo que finalmente quedará grabado de este momento que vive el presidente Chávez y en consecuencia nuestro país. Todo ello en la medida en que la política venezolana gira en torno a Chávez, aún cuando éste se encuentre ausente.

Tras más de dos meses de haber sido sometido a una intervención quirúrgica en Cuba, que sería la cuarta operación en cosa de año y medio, que sea sólo ahora en que se muestren las primeras imágenes de Chávez nos habla de la gravedad y las complicaciones que ha enfrentado el presidente en estos meses. La foto sólo nos arroja una pista que trata de apuntalar la siguiente idea: ya pasó lo peor. Los rostros sonrientes de las hijas de Chávez simbolizan no sólo alegría, sino en este caso muy particular esperanza. De otra forma no se entiende que la lectura del aburridísimo Granma vaya a generar tales sonrisas en medio de una habitación que suponemos es un cuarto de hospital.

Las imágenes de Chávez, los vagos e imprecisos comunicados de Villegas en torno a la salud del presidente, sin embargo no terminan de responder las preguntas de fondo: ¿Podrá volver el presidente Chávez al ejercicio del poder? Y tal vez la más crucial ¿Cuándo? Tras más de dos meses el acceso a la información sobre el real estado de salud del jefe de Estado sigue marcado por el secretismo, que no tiene otra finalidad que razones de orden política-electoral, tal como quedó al descubierto a fines de 2012. El presidente Chávez y su equipo le mintieron al país durante la campaña electoral asegurando que se encontraba completamente curado del cáncer, con el objetivo de alcanzar la reelección. El propio Chávez confesó, después del 7 de octubre, cuando ya las cartas estaban echadas, que hizo una campaña a media máquina y en contra de las recomendaciones de sus médicos. Sin embargo, en sus mensajes como candidato que perseguía el voto popular, Chávez evitó decir la verdad.

Con tales precedentes, desde mi punto de vista, debe leerse con sumo cuidado el asunto éste de la divulgación de las imágenes del presidente Chávez junto a sus dos hijas. Tal hecho ha ocurrido cuando de forma paralela la maquinaria comunicacional del gobierno se ha encargado de mostrarnos a un Nicolás Maduro en plenas funciones, incluso en pleno vuelo. Y nada de esto resulto casual. Tal como lo hemos señalado, si en algo es exitoso este gobierno es en materia de su política comunicacional.

Tal como hemos recordado días atrás, hace algunos años Ignacio Ramonet bautizó a la televisión como la máquina de producir acontecimientos. Según la tesis de este intelectual, tan avenido al chavismo, la televisión no sólo tiene la capacidad de reseñar lo que ocurre, sino que en la medida en que puede imponer agenda pública, en esa misma medida coloca y posiciona temas, obliga a los ciudadanos a hablar de ellos. En dos platos, construye acontecimientos. Esa misma lógica, tan negativa en la denuncia del Ramonet de años atrás, tiene lugar hoy en día y especialmente en este tiempo de ausencia del presidente Hugo Chávez. Durante los dos meses y algunos días de silencio de Chávez, sus herederos no han tomado ninguna decisión de gobierno de envergadura (salvo la devaluación, que a todas luces resultaba inevitable), pero sí han tenido una capacidad evidente para manejar la agenda de la discusión pública. Se trata de un gobierno que construye acontecimientos.

@Infocracia

Seguimos sin saber

Los medios de comunicación nacionales internacionales le dieron en los últimos días un enorme despliegue en sus espacios a la situación política e institucional en Venezuela. No es para menos. La inefable decisión del Tribunal Supremo de Justicia dejando en el terreno de “¿quién sabe?” todo lo relacionado con la juramentación de Hugo Chávez como presidente, para un nuevo período de gobierno, junto a las estrambóticas intervenciones en el seno de la Asamblea Nacional, que dejan igualmente sin efecto un límite de tiempo para que el comandante regrese al país, son sin duda claras expresiones de la anomia institucional del país. Pero vayamos más allá de todo esto, que es sin duda importante, para mirar un asunto que no puede seguir evadiéndose. Los venezolanos seguimos sin saber. Así de sencillo.

Un país entero tiene año y medio de sostenida desinformación y ocultamiento de la verdad en torno a la salud del jefe de Estado. El resultado no podía ser otro que la coyuntura en la que estamos, un país y sus instituciones signadas por la incertidumbre. ¿Tendremos presidente? ¿Cuándo vendrá? ¿Pero sí viene? Todo esto tiene un peso mucho más importante en un modelo de gobierno presidencialista como el nuestro y en particular en experiencias mesiánicas de ejercicio del poder, que es un asunto central que ha caracterizado a estos 14 años. Este período si puede definirse como algo es como “la era Chávez”.

Tengo serias dudas de que muchos de los diputados que levantaron la mano en la Asamblea Nacional para extender por tiempo indeterminado la permanencia de Chávez en Cuba, sepan realmente cuál es el real estado de salud del paciente habanero. Siguieron una línea política y punto. Tampoco unos cuantos magistrados del TSJ de la todopoderosa Sala Constitucional tendrán información exacta sobre las dolencias del comandante. La desinformación no sólo la padecemos los ciudadanos comunes y corrientes, que ya es grave dada las implicaciones de problema de Estado que hoy tiene la salud de Chávez, sino que también arropa a amplias esferas del propio poder chavista.

Paralela a esta desinformación sistemática se ha lanzado una clara campaña propagandística para mitificar a Chávez. La línea principal es lograr la identificación de cada persona con Chávez, asumiendo que Chávez no sólo es una persona de carne y hueso (que hoy convalece en Cuba) sino una identidad política con tintes religiosos. La suerte de juramento que leyó Nicolás Maduro este jueves al concluir el acto público apunta en esa dirección. Se informa menos y se glorifica más.

Sobre este asunto del derecho a saber, del derecho a la información y la salud de los jefes de Estado, ha aparecido oportunamente un pequeño pero documentado y responsable ensayo hecho por la Alianza Regional por la Libre Expresión e Información, de la cual por nuestro país forma parte Transparencia Venezuela. Además de trazar algunas referencias históricas de otros contextos, el documento analiza los recientes casos de Venezuela, Paraguay, Argentina y Colombia. Este documento puede verse en el sitio web http://www.transparencia.org.ve La discusión central está precisamente en el terreno que nos afecta a los venezolanos, ¿tenemos derecho a saber sobre la salud del presidente o éste puede escudarse en su derecho a la intimidad?

En diversos textos he sostenido, a tono con lo que viene siendo la tendencia política y jurídica internacional, que los personajes públicos (y especialmente aquellos electos por el voto popular) terminan teniendo menos esfera privada, y esto es especialmente relevante en enfermedades que como en el caso de Chávez lo ha alejado del poder en pleno cambio de un período a otro.

Según la norma constitucional de Venezuela un camino a seguir sería la designación de una junta médica que evalúe a Chávez y determine si efectivamente podrá volver o no al poder. Por razones políticas esto no tendrá lugar y es otra manera de negarnos la información a los ciudadanos.

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Sobre el modelo personalista

Hace un año, exactamente, escribíamos sobre el mensaje personalista que estaba muy presente en el discurso público del presidente Hugo Chávez. Hace un año, en lo que es su más extensa alocución televisada (la intervención del 13 de enero ante la Asamblea Nacional) Chávez en unas 10 horas de discurso pronunció en 586 ocasiones la palabra “yo”. Nada de esto es casual, en realidad es un asunto central de la vida político e institucional de los últimos 14 años. Con la llegada de Hugo Chávez al poder, en febrero de 1999, no sólo se puso fin al modelo partidista que fraguó Rómulo Betancourt sino que se dio inicio a un modelo absolutamente personalista de ejercer el poder. La crisis que se vive en este momento, en torno a la toma de posesión de este 10 de enero, es claro reflejo de lo que ocurre con este tipo de modelo político. Mientras el líder está no hay problema, ya que éste copa la escena pública, el gran problema surge en qué hacer cuando está ausente.

Las elecciones presidenciales del 7 de octubre se inscriben dentro de esa línea. El chavismo sólo tenía posibilidad de imponerse electoralmente si el candidato era Chávez. Esa razón le llevó a desarrollar una campaña electoral pese a que los médicos le recomendaron lo contrario, como lo comentó el propio Chávez con posterioridad. Fue una campaña a media máquina, pero a fin de cuentas se explotó la imagen del jefe de Estado a todos los niveles y usando todos los medios de comunicación. La dicotomía realidad-imagen pareció borrar fronteras en la estrategia comunicacional del gobierno en pos de la reelección, ya que la principal imagen de Chávez fue una de hace varios años y no la del Chávez ya afectado por la enfermedad.

En estas semanas del presidente en Cuba, sometido a operaciones y tratamiento médico, hay otra vuelta de tuerca comunicativa. Chávez está presente en todo, con producciones ad hoc de corta duración que lo muestran tal como si estuviese gobernando, y su voz estuvo entonando el himno nacional en diferentes actos públicos, incluyendo la juramentación de gobernadores ligados al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Si se omitieran los partes médicos, que no tienen a ningún médico como vocero, en la señal gubernamental se haría creer que Chávez sigue gobernando, cuando en verdad ha estado en un difícil trance de salud.

En un análisis que hicimos de varios años de las intervenciones de Chávez en su programa “Aló, Presidente”, el cual está recogido en el libro “Hugo Chávez: la presidencia mediática” (Editorial Alfa, 2012), constamos que con el presidente estamos ante el tema del personalismo porque de forma inevitable el presidente se refiere a sí mismo en diferentes contextos.  La frase “yo he decidido” está muy presente en la expresión y mensajes del mandatario: “Yo ordené una investigación sobre todo eso y quiero resultados, porque hicimos una asamblea con los vecinos, yo fui hasta allá, somos vecinos además ahí de Miraflores. Después hicimos un Acto en el Teatro Municipal se expuso el proyecto y yo aprobé creo que 8 Mil Millones de Bolívares para ese proyecto y no se ha hecho nada en tres años (“Aló, Presidente”, 19.09.2004).

En ese estudio constatamos que el “yo” representa un 64 por ciento de los mensajes cuantificados, pero sí se le suman los referidos a Chávez, cuando el presidente habla de sí mismo en tercera persona, entonces se tendría un 74 por ciento. Es decir, en tres de cada cuatro ocasiones en las cuales el presidente está hablando de políticas públicas se menciona a sí mismo.

El presidente Chávez con frecuencia funde su historia personal con la de eventos nacionales, pese a que él personalmente no tuvo participación alguna en éstos últimos. Esta es otra expresión de un personalismo que raya en el narcicismo tal como ha sostenido Herbert Koeneke.

Justamente hace un año sosteníamos que hay un enorme peligro para la gobernabilidad democrática cuando las decisiones públicas, con impacto en toda la sociedad, estén marcadas por un sello personalista del gobernante. Hoy la crisis tiene este sello.

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Tres R para la oposición

Hace algún tiempo atrás el presidente Hugo Chávez planteó que el gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) deberían asumir el desafío de las tres R: revisión, rectificación y reimpulso. Si el chavismo, como se ha comenzado a autoidentificarse el movimiento que respalda al jefe de Estado y ejerce funciones gubernamentales, las puso en práctica es harina de otro costal, como se dice popularmente. Hoy nos parece apropiado tomar esta idea y proponerle a la MUD y al mundo político opositor de Venezuela que aplique las 3 R. No se trata, desde mi punto de vista, de abandonar la lucha política democrática, y al contrario tiene sentido más que nunca; pero los resultados de las elecciones regionales representan un serio revés.

La celebración de estos comicios en una fecha que incitaba a la abstención, junto al desánimo que ronda a sectores opositores después del triunfo de Chávez el 7 de octubre, a lo que se suma el claro ventajismo en el uso de los recursos públicos en favor del PSUV, son elementos que sin duda ayudaron a inclinar la balanza a favor del chavismo. Sin embargo, la MUD y la dirigencia opositora no fueron sorprendidas, se trataba de condiciones adversas en las que se asumió participar. Tener hoy un discurso que descargue las responsabilidades de la derrota en el electorado deja al descubierto una dirección política con poca capacidad autocrítica. Si se participa en un proceso en el cual de antemano la competencia se produce en desventaja, el desafío para los dirigentes es ver cómo paliar y/o superar tales condiciones.

El asunto no es que hubo alta abstención, un aspecto que todos preveían y que sin duda el gobierno propició porque le beneficiaba, sino en que falló la estrategia opositora que no logró mover a la gente. Se trata tanto de un asunto emocional (cómo ganarme a cada elector y convertirlo en potencial activista) como de racionalidad política (qué capacidad tengo de identificar y movilizar a los sectores que votarán por mi propuesta). El problema después de una seria derrota como la que se registró el 16D, entonces, no es sostener que la gente no salió a votar y justificar los magros resultados en esa tendencia, sino que el quid es ver qué cosas hice y en qué falló mi estrategia que no logró quebrar esa alta abstención prevista.

Otros dos elementos que deben considerarse tienen que ver con el “castigo” que dejó en evidencia esta votación. Cuatro estados en los cuales la oposición era gobierno (Zulia, Táchira, Carabobo y Nueva Esparta) se perdieron. ¿Qué nos dicen estos resultados específicos? La respuesta a esta interrogante debe venir de la MUD y la dirigencia de los partidos opositores. ¿Por qué en un estado como Mérida, en el cual se ganó el 7 de octubre, dos meses después se pierde? Otra pregunta que flota en el ambiente.

No se trata de una cacería de brujas, pero no puede pasarse la página tan rápidamente sin revisar en qué se falló, en tomar correctivos para rectificar lo que se hizo mal o empezar a hacer lo que no se está haciendo, y finalmente todo ello debe ser la base de un reimpulso para los sectores democráticos nucleados en torno a la MUD. El 2013, tal como se perfila ahora, será un año de incertidumbre en muchos sentidos. En tal contexto cobra mayor relevancia contar con una oposición democrática que unida marque la pauta. De eso se trata el asunto de las 3 R, a fin de cuentas de tomar un reimpulso. ¿Quién duda de que eso es lo que necesita hoy el mundo opositor de Venezuela?

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Estado, enfermedad y derecho a saber

El presidente Hugo Chávez ha confirmado, por fin, lo que era ya un asunto ampliamente comentado. Se desprenden varios asuntos de su cadena del pasado sábado antes de partir a Cuba para una nueva intervención quirúrgica debido al cáncer. Como hemos sostenido en otras columnas, relacionadas con este tema, la salud de un jefe de Estado –cuando está en funciones- no es un asunto privado. En realidad las condiciones de bienestar o enfermedad de un presidente en ejercicio del poder pasan a ser un asunto de Estado, como ha quedado claro finalmente según las palabras del propio presidente Chávez.

El mandatario no está seguro de que pueda incluso concluir este mandato y por tal razón dejó sobre la mesa de forma muy clara y categórica la opción de que Nicolás Maduro no sólo asuma temporalmente la presidencia –si hay una ausencia absoluta-, sino de que también sea el candidato del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) si se hace necesario convocar nuevas elecciones. Todos estos eran asuntos que el presidente Chávez se negaba a poner sobre el tapete de la opinión pública. Detengámonos en algunos aspectos que se derivan del mensaje presidencial.

Lo primera y más obvio es que el presidente no le habló claro al país durante la campaña electoral. Resulta paradójico que el pueblo venezolano haya electo a Chávez cuando este sostenía a los cuatro vientos que estaba totalmente curado y que había vencido al cáncer. Apenas triunfó el mismo presidente comentó que había hecho la campaña literalmente a media máquina porque su salud no se lo permitía y lo peor, Chávez admitió que hizo la campaña contraviniendo las indicaciones de sus médicos.

Sin que haya llegado la fecha de la toma de posesión para el nuevo período de gobierno y forzado por la gravedad del cáncer, el jefe de Estado coloca sobre la mesa precisamente el escenario de que eventualmente no pueda gobernar para el lapso que fue elegido. Desde mi perspectiva efectivamente el presidente es un ser humano y tiene el derecho a ser tratado por médicos especializados, incluso en el exterior como ha venido haciendo. Empero el caso reviste un problema ético, ya que viene a corroborar la falta de transparencia oficial en relación con la enfermedad. Ha sido una opacidad intencional para evitar las consecuencias políticas que tendría este tema en las urnas el pasado 7 de octubre. No compro la idea de que el presidente sólo supo ahora de la gravedad del cáncer, que incluso requiere una nueva intervención quirúrgica. Guiándonos por el discurso de los últimos meses lo que parece haber ocurrido es un manejo político-electoral de esta dolencia. ¿Cuántos venezolanos le habrían votado sabiendo que en verdad no estaba curado?

En el fondo de todo este caso, y eso también lo hemos planteado desde hace año y medio, está de forma destacada el derecho a saber de los venezolanos, de los ciudadanos. Si la enfermedad, como finalmente se ha admitido, impacta el manejo del Estado en esa misma medida es un asunto que nos compete a todos. La opacidad reinante se ha manifestado de diversas formas. No sabemos los ciudadanos efectivamente dónde está alojado el cáncer del presidente Chávez ni cuáles órganos ha afectado, menos aún se conoce la magnitud de la enfermedad. La falta de información, como política de Estado, se refleja también en no brindar detalles sobre el centro médico específico en el cual ha sido intervenido Chávez en Cuba, ni sabemos nada sobre sus médicos tratantes.

Esto contrasta notablemente con la política informativa que siguieron presidentes afines a Chávez como Fernando Lugo de Paraguay o Cristina Fernández de Argentina, y más recientemente Juan Manuel Santos de Colombia. Todos estos jefes de Estado sufrieron enfermedades que requirieron intervenciones quirúrgicas, todos brindaron información pormenorizada y sus médicos actuaron como voceros. Nada de eso ha ocurrido en Venezuela en este año y medio en el cual el presidente no sólo ha estado enfermo sino que ha usado políticamente el tema.

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Votar o votar

La proximidad de las elecciones para escoger gobernadores y diputados de Consejos Legislativos regionales, para las cuales restan escasos días, nos coloca a los venezolanos de nuevo ante la necesidad de reflexionar sobre la defensa de los espacios democráticos, cuando estamos bajo un régimen que entiende el ejercicio del poder en términos hegemónicos. Algunos analistas plantean que el 16 de diciembre no sólo están juego los cargos de elección en los estados de Venezuela, sino que en el fondo lo que estará en juego será la velocidad de las transformaciones institucionales que quiere llevar adelante el gobierno del presidente Hugo Chávez.

Si el mapa del país amanece rojo rojito el día 17 es plausible pensar en una aceleración de lo que viene llamándose “Estado comunal”, que no es otra cosa que la desaparición de entes como gobernaciones y alcaldías. En ese sentido, ceo que contar con gobernadores que no sean militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ayudará a mantener un relativo equilibrio en el reparto del poder, que hoy es desigual sin duda alguna, pero que podría empeorar si los venezolanos que adversan a Chávez optan por la abstención. En el cuadro político y electoral actual es necesario votar. No hacerlo, para los sectores de la oposición democrática, significaría dejarle la cancha sin adversarios a un régimen que tiene ya intenciones hegemónicas.

Por una mala estrategia opositora, en el año 2005, hubo un importante retroceso democrático en Venezuela. No está de más recordar esa mala hora en el momento actual, a pocas semanas de concurrir nuevamente a las urnas. Desde sus inicios el gobierno del presidente Chávez tuvo pretensiones de controlar al resto de poderes. Según el diseño institucional que emanó de la Constitución de 1999, las autoridades de los poderes públicos tales como Tribunal Supremo de Justicia, Consejo Nacional Electoral o Fiscalía General, son escogidos en el seno de la Asamblea Nacional. Desde ese punto de vista el espacio legislativo es un espacio políticamente estratégico para mantener un cierto equilibro de poder en Venezuela. La tesis abstencionista de 2005, que según los líderes opositores de entonces generaría el descrédito del gobierno, en realidad alimentó con creces la lógica de imposición hegemónica. La oposición no tuvo ni voz ni voto en el Parlamento entre 2005 y 2010 lo cual le permitió al gobierno no sólo controlar a la Asamblea Nacional, sino que desde allí se designó también a las cabezas de los otros poderes.

En este año 2012, debe decirse con claridad, la tesis abstencionista no proviene de la dirigencia política ahora reunida en el seno de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Hay desaliento en el venezolano común, que además se refuerza con ciertas matrices de opinión que alimenta el gobierno y opositores que cumplen la función de tontos útiles. El pasado 7 de octubre efectivamente Henrique Capriles Radonski no se impuso en las urnas, más que Chávez triunfó el ventajismo de usar los recursos del Estado para garantizar la reelección presidencial. El escenario es diferente para el 16 de diciembre, ya que se ha evidenciado que no hay un traslado automático de votos chavistas a favor de los gobernadores y alcaldes. Pero tal diferencia no significa que las cosas estén fáciles para los actores democráticos. La diferencia en muchos estados estará sencillamente en la movilización de la gente para ir a votar. No tenemos dilema en Venezuela, no creo que haya otra opción que ir a votar el 16 de diciembre si realmente deseamos construir un cambio.

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