Globovisión en clave de telenovela

Hace algunos años, cuando Teodoro Petkoff y Javier Conde me propusieron escribir semanalmente sobre medios, democracia y libertad de expresión en las páginas de Tal Cual, debo confesar que tuve el temor de que me faltaran temas algunas semanas para llenar las respectivas cuartillas que escribimos bajo el título de Infocracia. Les dije a ambos, un poco para cuidarme las espaldas, que cuando no hubiese material local pues comentaría hechos de otras latitudes. Esto último, en verdad, ha sido la excepción.

Empezamos con la columna la primera semana del año 2007 y ya aquel año fue intenso en la temática con la decisión oficial de no renovarle la concesión a RCTV. El gobierno del presidente Chávez, y ahora con el sr. Maduro a la cabeza, se ha  encargado durante los últimos años de proporcionar material diríamos que de sobra. De hecho, al momento de escribir este artículo me preguntaba sí debía volver sobre lo que ya parece una telenovela, el caso Globovisión, o si abordar la nueva estrategia oficial de invitar a empresarios a encuentros cara a cara, que ahora también se extiende para el sector empresarial de medios. El canal de noticias sigue teniendo muchas aristas, mucha tela para cortar como dice el refrán popular.

En un arco importante de tiempo un tema recurrente de esta columna ha sido el canal Globovisión. La semana pasada, en una carta pública que le dirigimos a Vladimir Villegas, dimos cuenta de las preocupaciones que precisamente desde el año 2007 hemos venido sosteniendo en torno a este medio de comunicación. Alertar a la opinión pública sobre la estrategia oficial de desgaste con juicios, multas y procedimientos (junto a ataques y agresiones) que siguió el chavismo desde 2007 para silenciar a Globovisión, de ninguna manera debe entenderse como una solidaridad automática para todo con lo que este medio de comunicación ha hecho en su óptica editorial e informativa. Puestos a elegir entre dos males, un gobierno que quiere silenciar todo vestigio de crítica en la escena pública, y un medio de comunicación parcializado con la oposición que le limitó en su capacidad de explicar lo que ha venido ocurriendo en el país, pues nuestra opción ha sido clara y lo seguirá siendo: debe defenderse a Globovisión o a cualquier otro medio que intente ser sancionado, en castigo por su línea editorial.

Por esa razón me conté entre los venezolanos que tuvo una bocanada de esperanza (sí, esperanza) el día en que se dijo que un periodista con capacidad de crítica (pero sobre todo de autocrítica) como Villegas asumiría la dirección general de Globovisión. Tranquilo, Vladimir, no es ésta otra carta pública, pero no puedo dejar de mencionar que si me guió por tus declaraciones públicas, apostando a un “periodismo plural”, era de esperar una renovación periodística saludable en el canal de noticias. La abrupta salida de Villegas, sin siquiera asumir el cargo formalmente, por razones relacionadas claramente con el manejo informativo de Globovisión no puede llenar sino de desesperanza e incertidumbre. La asunción de Juan Domingo Cordero como director general interino (a la sazón es el presidente) evidencia que las diferencias con Villegas fueron realmente de peso y que se manifestaron muy a última hora, tanto que este hombre de negocios con experiencia nula en materia de medios asumió temporalmente el cargo. La no aparición, de forma inmediata como ameritaba el caso, de un sustituto para Vladimir Villegas refleja cabalmente la particularidad del perfil de quien asuma tal responsabilidad.

Mi amigo Alberto Barrera Tyszka seguramente podría generar un guión para una telenovela con el tema Globovisión, debido a elementos como la novedad, lo inesperado y una creciente expectativa. Aunque muchos venezolanos ya auguran cómo terminará la historia, igual la siguen paso a paso sin perder un ápice de interés. En medio de las exequias del presidente Chávez se anuncia la venta del canal, el propietario saliente mantiene un discurso de padre protector sobre el personal que labora en la planta, se anuncia la venta pero sólo se concretará precisamente al día siguiente de unos esperados comicios presidenciales, efectivamente se concreta la venta y los nuevos dueños insisten en asegurar que no son testaferros, se anuncia con bombos y platillos a un director general externo en decisión políticamente aplaudida, horas antes de que asuma este director general dice que no será un jarrón chino y renuncia, el otro director –éste sí conductor de un espacio en el mismo canal- asume y sus colegas dicen al aire que lo está haciendo incluso sacrificando su salud, los dueños compran un canal abiertamente opositor con una decena de procedimientos abiertos y aseguran que nada cambiará… Puede usted añadir otras líneas a esta historia. Así está Globovisión, así está el país.

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Carta a Vladimir Villegas

La pregunta, que por mi condición de estudioso de medios, se hizo recurrente en los últimos días tiene que ver justamente con tu designación Vladimir como director del canal de noticias Globovisión. ¿Qué opinas de la entrada de Villegas a Globovisión? Me han preguntado con frecuencia. Debo decirte que estás posiblemente en una de las posiciones que serán más observadas en este tiempo en Venezuela. La trama compleja que se teje entre los medios de comunicación y el poder político-económico no es un asunto nuevo en el país ni exclusivo de Venezuela, pero sin duda aquí adquiere algunas características particulares.

Vladimir, llegas a dirigir la única ventana de expresión televisiva que claramente tenía una orientación abiertamente crítica hacia el régimen, en un momento en el cual los propietarios salientes terminaron siendo doblegados para deshacerse del medio. Llegas a dirigir un canal de noticias con una trayectoria claramente de oposición, que deberá llevar su propia transición cuando en el país se observa lo que sin duda es una transición: por primera vez en 14 años se reconstituye una nueva mayoría gracias al voto popular y al liderazgo de Henrique Capriles Radonski. Mayoría política que, por cierto, está siendo invisibilizada y descalificada de forma recurrente por el aparato de propaganda oficial que dirige nada menos que tu hermano Ernesto.

La siguiente pregunta que me han hecho de forma reiterada en los últimos días es si te conozco o si soy amigo tuyo, Vladimir. Mi respuesta es invariable. No somos amigos, te he visto en contadas ocasiones, no recuerdo que me hayas hecho alguna entrevista por ejemplo, pero en general tengo una buena opinión de tu desempeño como periodista, especialmente cuando decidiste regresar a la trinchera periodística tras tu paso por el gobierno. Te defino como un tipo de izquierda que piensa con cabeza propia. Eso te convierte en un bicho raro en nuestro país, dado el contexto de alineaciones políticas e ideológicas diríamos que automáticas con el que se vive el presente venezolano, incluso por el sector pensante de la sociedad.

Una anécdota que me tocó personalmente me confirmó tu vocación tolerante, a fin de cuentas demócrata. Estando tú aún en funciones como vicecanciller un periodista te buscó la lengua, en un programa de radio, en torno a la condición de “agente del imperio” que se me endilgaba a mí en una campaña feroz desde los medios oficiales. Fuiste categórico, aún siendo funcionario, para desmarcarte y sostener que si bien yo era (y sigo siéndolo) un crítico del chavismo, eso no me hacía menos venezolano. No te expresé nunca mi agradecimiento, lo hago ahora, y justamente me animé a contar esta vivencia personal para poner de relieve tu condición de una persona con independencia de criterios. Esto es bastante relevante en la medida en que tu designación como director de Globovisión se entiende como una “jugada política” de parte de los nuevos propietarios del medio, que si bien pueden apostar a cambios en el canal de noticias, tales transformaciones no deben ser bruscas. A fin de cuentas Globovisión es un negocio y los nuevos dueños no habrán comprado un medio de comunicación para acabar con éste.

Por allá por el período 2007-2008, una vez que cesó la señal de RCTV, sostuve muchas discusiones con colegas especialmente extranjeros y con más de un corresponsal internacional. En general prevalecía la idea de que se iba a producir un cierre automático de Globovisión tras la salida al aire del canal de Quinta Crespo. Desde entonces sostuve que no creía, con total sinceridad, que el gobierno de Hugo Chávez repetiría una estrategia que tuvo costos altos tanto a nivel interno como externo. En el año 2009 escribí que contra Globovisión se aplicaría una estrategia de desgaste (sanciones, inspecciones, procesos judiciales y tributarios, ataques contra sus periodistas e instalaciones), que en el fondo buscaría variar la línea editorial de este medio. En ese momento también hice públicas mis opiniones en las que planteaba que la mejor defensa que podría tener Globovisión ante la maquinaria del Estado era precisamente ser un canal plural, en el cual el chavismo crítico y el ciudadano de a pie (sin importar su bandera política) encontraran también un altavoz para sus posiciones y cuestionamientos. Terminar colocándose como el canal de la oposición no le hacía bien a Globovisión, ni entonces ni ahora.

Recapitulo todas estas consideraciones, Vladimir, porque justamente llegas a la dirección de Globovisión en un momento de cambios y sobretodo de expectativas. El que hagas llave con Leopoldo Castillo ha sido interpretado precisamente como una decisión política. Y aquí cabe acotar que el manejo gerencial de un medio de comunicación en la Venezuela actual, es a fin de cuentas es una decisión política. Tu tarea no será fácil, desde mi punto de vista lo que tienes por delante es el tremendo desafío de seguir informando, en una sociedad en la cual el Estado hace mucha propaganda y brinda poca información, al frente de una medio que justamente deberá contribuir a cimentar un nuevo centro político, en el cual confluyan diversidades políticos e ideológicas. Si tienes éxito en tu gestión, y logras mantenerte en el tiempo (otro desafío sin duda), habrás hecho una enorme contribución a Venezuela. Yo, en lo personal, te doy un voto de confianza.

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Goebbels y la propaganda

Entre los documentos recuperados por las autoridades norteamericanas en el Berlín del año 1945, hay cerca de 6.800 páginas de un manuscrito sin duda dictado por Goebbels, el ministro de Propaganda, escrito en forma de diario que abarca, en diversos lapsos, el período entre el 21 de enero de 1942 y el 9 de diciembre de 1943. Todo cuanto se supone, en resumidas cuentas, es que el manuscrito refleja, más o menos fielmente, la estrategia y la táctica propagandística de Goebbels, y es una orientación conveniente con respecto a sus voluminosos materiales propagandísticos. Para escribir estas líneas resultó indispensable la revisión del texto de Leonard W. Doob. En español forma parte de un compendio que hizo Miquel de Moragas en 1993 (Sociología de la comunicación de masas. III Propaganda política y opinión pública), pero fue publicado originalmente con el título  “Goebbel´s Principles of Propaganda”, en Public Opinión Quarterly, 1950.

Pasamos a ver algunos de los principios de Goebbels. La propaganda debe ser planeada y ejecutada por una sola autoridad: Este principio seguía la línea de la teoría nazi de la centralización autoritaria, y también la del ansia de poder que sentía Goebbels. Pensaba que un sola autoridad -él- debía realizar tres funciones: a) Emitir todas las directrices de la propaganda: Todo fragmento de propaganda debía expresar un contenido político, y la política quedaba bien clara en las directrices. b) Explicar las directrices de la propaganda a los funcionarios importantes y mantener su moral: Si no se facilitaba una explicación acerca de la política propagandística a aquellos funcionarios que, formal o informalmente, cumplían las directrices, no cabía esperar que actuaran con eficacia y buena gana. c)  Supervisar las actividades de otras agencias que tengan consecuencias propagandísticas: “Yo creo -dijo Goebbels a Hitler- que, cuando se crea un ministerio de Propaganda, todas las cuestiones que afecten a la propaganda, las noticias y la cultura dentro del Reich y en las zonas ocupadas deben estar subordinadas al mismo”.

La propaganda debe afectar a la política y a la acción del enemigo: La propaganda era considerada como un arma de guerra, aunque Goebbels nunca empleó el término “guerra psicológica” ni el de “guerra política”. Aparte de socavar la moral del enemigo, creía que la propaganda podía afectar a la política y acciones de los jefes enemigos de cuatro maneras: a) Suprimiendo el material propagandístico capaz de facilitar al enemigo informaciones útiles. b) Difundiendo abiertamente propaganda cuyo contenido o tono conduzca al enemigo a sacar las conclusiones deseadas. c) Incitando al enemigo a revelar informaciones propias de carácter vital. d) Absteniéndose de toda referencia a una actividad que perjudique al enemigo cuando ella pudiera desacreditar tal actividad.

Para ser percibida, la propaganda debe suscitar el interés de la audiencia y debe ser transmitida a través de un medio de comunicación que llame poderosamente la atención. Este principio se explica por sí mismo, en Venezuela el medio que reúne mayor audiencia es la televisión. Sólo la credibilidad debe determinar si los materiales de la propaganda han de ser ciertos o falsos: La postura moral de Goebbels en el diario era bien decidida: él decía la verdad y sus enemigos contaban mentiras. Para el maestro nazi de la propaganda “las mentiras eran útiles cuando no podían ser desmentidas”.

Los posibles efectos de la comunicación determinan si los materiales propagandísticos deben ser censurados: Goebbels no tenía el menor escrúpulo respecto al uso de la censura. “La política de las noticias -aseveró- es una arma de guerra; su propósito es el de hacer la guerra y no el de dar información”. La política usual consistía en suprimir materiales considerados como indeseables para el consumo alemán, pero emplearlos simultáneamente en propaganda exterior si eran apropiados al respecto. La propaganda negra debe ser empleada con preferencia a la blanca cuando esta última sea menos creíble o produzca efectos indeseables. Por propaganda “negra” Goebbels entendía aquel material cuya fuente quedaba oculta para la audiencia.

La propaganda debe estar cuidadosamente sincronizada: Goebbels siempre se enfrentaba al problema táctico de sincronizar su propaganda con la mayor eficacia. Por ello se planteaba que a) La comunicación debe llegar a la audiencia antes que la propaganda competidora. b) Una campaña propagandística debe comenzar en el momento óptimo. c) Un tema propagandístico debe ser repetido, pero no más allá del punto en que disminuya su efectividad. La propaganda debe etiquetar los acontecimientos y las personas con frases o consignas. Para alcanzar tal objetivo: a) Deben suscitar las respuestas deseadas que la audiencia posee previamente. b) Deben poder ser aprendidas con facilidad. c) Deben ser utilizadas una y otra vez, pero sólo en las situaciones apropiadas. d) Deben ser a prueba de efectos bumerang.

Finalmente, para Goebbels la propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, especificando los objetivos para el odio. Goebbels tuvo pocas satisfacciones positivas que ofrecer a los alemanes durante el período de adversidades abarcado por el diario (1942-43). Esta técnica, en general, consistió en desplazar la agresividad alemana hacia algún grupo marginal. Los objetivos favoritos del odio eran los “bolcheviques” (como llamaba a los comunistas de la entonces Unión Soviética) y, obviamente, los judíos.

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Madurismo como sinónimo de endurecimiento

La confirmación oficial de la muerte del presidente Hugo Chávez, junto a la rápida realización de elecciones presidenciales el pasado 14 de abril, terminó de colocarnos como país en una nueva etapa de la vida nacional. Si bien el señor Nicolás Maduro intenta recalcar la continuidad entre el gobierno de Chávez y su propio ejercicio del poder, y acuña la infeliz idea de ser el “primer presidente chavista”, en realidad las cosas han cambiado, de forma radical y a pasos acelerados en muy corto tiempo. El autoritarismo de Chávez estuvo siempre matizado por su enorme magnetismo y vínculo emocional con el pueblo. Los resultados del 14-A desnudan a un régimen que en cuestión de días pierde amplio respaldo popular, de un Nicolás Maduro comunicacionalmente descolocado y a veces díscolo en su mensaje, pero en el fondo con una estrategia clara: incentivar la conflictividad, avivarla, para mostrar entonces lo que ya ha repetido varias veces, su “mano dura”. ¿Qué debemos entender por mano dura?

El Madurismo, entonces pasa a ser un sinónimo de endurecimiento en la lógica neoautoritaria, según Tulio Hernández, o de autoritarismo electoral, según Ángel Álvarez. La popularidad, que fue la coartada perfecta para Chávez en la dinámica de imponer un modelo personalista en el ejercicio del poder, rápidamente termina suplantada por la mano dura de Maduro. Quien ejerce el poder no sólo debe mostrarse duro ante la oposición democrática, sino que también debe parecerlo puertas adentro en un Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más desunido que nunca por la ausencia del líder y la rápida pérdida de la herencia electoral que recibió Maduro de Chávez. Las fuerzas democráticas unidas en torno a una tarjeta única de la MUD, estrategia claramente positiva, se impusieron en las urnas al PSUV. Pese a la estrategia comunicacional costosa y prolongada de reconectar al líder ausente con la masa de votantes, no hubo un traspaso automático de votos y el país presenció, al contrario, el fortalecimiento de un liderazgo democrático. Enorme desafío tiene ahora este liderazgo en la construcción de estrategias para hacer frente a la lógica de endurecimiento del Madurismo.

En materia de medios y libertad de expresión tenemos señales sumamente preocupantes de cómo hará el Madurismo en su apuesta por permanecer en el poder. La primera, y desde mi punto de vista la más grave, tiene que ver con las acciones para silenciar o censurar el mensaje de Henrique Capriles Radonski. Cuando era difícil imaginar un uso más pervertido de las cadenas de radio y televisión, que ya Andrés Izarra había potenciado como palanca de la hegemonía comunicacional, nos topamos entonces con el triste papel de Ernesto Villegas al frente del Ministerio de Comunicación e Información. Lo que ocurrió en los últimos días en Venezuela no tiene precedentes ni siquiera en los desmanes de los últimos 14 años. Por un lado, se utilizó un mensaje estatal de carácter obligatorio para toda la radio y televisión del país para tergiversar las palabras de Capriles Radonski, en el afán de colocarlo como el autor intelectual de unos hechos de violencia, cuyo origen igualmente es sumamente dudoso. Al día siguiente, cuando el agraviado que es un líder nacional cuestionó el uso de esa cadena, la reacción del gobierno es censurar su rueda de prensa y meterle otra cadena. No con un mensaje novedoso o necesario para los fines públicos del Estado, sino que sencillamente se repite por toda la red de radio y televisión del país los mismos contenidos del día anterior. 24 horas después igualmente se le impide a Capriles que se dirija al país, en la hora previamente señalada, porque quien ejerce el poder transmite una nueva cadena desde Maracaibo.

Maduro y Villegas serán recordados, tristemente, por utilizar lo que es un recurso público (la cadena de radio y televisión) para impedir que un líder político nacional pueda ejercer libremente su derecho a expresarse, y limitar seriamente el derecho de los venezolanos de acceder a puntos de vista diferentes, es decir plurales, tal como lo establece sin cortapisas la constitución vigente.

La otra estrategia utilizada para censurar a Capriles han sido las amenazas contra los canales de televisión, con el fin de impedir que las ruedas de prensa o intervenciones del líder de la MUD sean transmitidas. Se intenta impedir que el pueblo conozca puntos de vista disidentes, simple y llanamente. Se han dado amenazas directas, como la cadena del sr. Maduro el 18 de abril en la cual emplazó públicamente a Televen para que éste canal dejase de transmitir a Capriles; igualmente se mantiene una soterrada guerra de nervios contra los otros canales privados nacionales y regionales, con llamadas amenazantes varias veces al día del propio Pedro Maldonado, director de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) cada vez que un medio osa “pegar” su transmisión para poner al aire a Henrique Capriles.

El Madurismo, también en materia de medios y libertad de expresión, es un claro sinónimo de endurecimiento y por tanto retroceso para Venezuela.

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El canal de Maduro

Durante la breve campaña electoral (2-11 de abril) que condujo a la elección presidencial en Venezuela este 14 de abril, el presidente encargado Nicolás Maduro no hizo uso de las cadenas nacionales de radio y televisión. Se trató de una respuesta ante las presiones de diverso tipo que se ejercieron y terminó siendo un aspecto resaltante de la campaña. En los días previos a la campaña oficial Maduro tuvo un promedio de 26 minutos diarios de cadenas nacionales de radio y televisión.

Tras el día de la elección y en clara demostración de cómo las cadenas nacionales de radio y televisión no se usan para fines de Estado, sino de una parcialidad política, el señor Maduro ha hecho uso reiterado de este mecanismo, incluso para sacar del aire declaraciones del líder opositor Henrique Capriles Radonski.

Volvamos a la campaña. Si bien el señor Maduro durante esos breves días no apeló a las cadenas nacionales de radio y televisión, tuvo en la señal de Venezolana de Televisión (VTV) una vitrina comunicacional sin límites. Debe recordarse que VTV es la principal señal del Estado con cobertura total del territorio nacional, sus transmisiones durante la campaña –además- fueron replicadas por la red oficial de radio y televisión.

Entre el 2 y 12 de abril, VTV transmitió 4.226 minutos de alocuciones e intervenciones del candidato oficial y escasamente le dedicó 23 minutos al aspirante de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Henrique Capriles Radonski. Maduro, en promedio, habló 6 horas y 24 minutos cada día de la campaña a través de la señal oficial, cuyo eslogan es “el canal de todos los venezolanos”. Sin embargo, la campaña dejó al descubierto un uso absolutamente desequilibrado por parte de esta televisora. Debe decirse, lamentablemente, que no es algo nuevo pero en ésta ocasión resultó más parcializado que nunca.

Junto a la ausencia de cobertura para los actos e intervenciones de Capriles Radonski, a través de la principal televisora del Estado venezolano, hubo una cobertura sesgada. Los propios periodistas de esta planta se referían a Maduro como “el candidato de la patria” y al aspirante de la MUD como “el candidato de la derecha”, de forma recurrente en sus transmisiones periodísticas.

Un ejemplo emblemático de cómo opera VTV en su rol de canal propagandístico lo tuvimos el día 15 de abril, un día después de las elecciones. A primera hora de la tarde Capriles Radonski ofrece explicaciones sobre su decisión de solicitar el reconteo de votos y anuncia un plan de protestas cívicas (el derecho a la protesta pacífica está contemplado en la constitución nacional, por cierto). Mientras lo que dice Capriles Radonski lo transmite Globovisión, en VTV se colocan imágenes de hechos violentos del período 2002-2003. Apenas termina la transmisión de Capriles, que VTV nunca transmite, una “periodista” sale al aire por el canal oficial y le pregunta al diputado oficialista Darío Vivas “qué opinión le merece el llamado a la violencia fascista que acaba de hacer el candidato derrotado de la derecha”. Con preguntas de ese tono me es difícil considerar periodista a la persona que hizo la pregunta. Me reservaré su nombre.

En los días posteriores al 14 de abril, VTV ha mantenido sistemáticamente una operación propagandística de descrédito hacia Capriles Radonski, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y la solicitud ciudadana de revisar voto a voto. Ha presentado hechos de violencia (que deben ser investigados para establecer responsabilidades) automáticamente como obra de la oposición. “Guarimba caprilista”, así bautizó el “canal de todos los venezolanos” a la manifestación ciudadana de la mitad de la población de este país.

Anclados en los códigos del período 2002-2003, al igual que el señor Maduro, VTV juega a promover la violencia cuando desconoce el peso político que hoy tiene la MUD gracias al voto popular. Su programación periodística, como lo señalamos en la campaña de octubre cuando hicimos seguimiento detenido a sus programas de opinión, resulta tan sesgada que ni siquiera le da voz y visibilidad a los aliados del gobierno (PCV, Redes, Tupamaros, etc). Durante el “madurismo” esto se ha exacerbado.

En las próximas semanas, es de esperarse, VTV seguirá promoviendo sin límites al señor Maduro, casi seguramente con la inauguración de obras que ya fueron inauguradas (operación mentira), como hemos visto en días recientes, y lo peor es que junto a esto se hará más intenso el linchamiento moral de la dirigencia opositora. Mario Silva debe estar feliz, ha logrado que su inefable programa termine impregnando a toda la programación del principal medio del Estado.

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¿Quién ganó el 14 de abril?

Hemos tenido las elecciones presidenciales más reñidas de los últimos 40 años en Venezuela. Es un resultado que tiene varias lecturas. El chavismo celebra que Nicolás Maduro sea presidente electo. Sin embargo, puertas adentro debe ocurrir una procesión ya que a pocos días de los comicios se nos dijo, con cifras de encuestadoras pagadas por el gobierno, que Maduro le llevaba una ventaja de 15 puntos a Henrique Capriles Radonski. En el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) deben estar preguntándose cómo hizo el candidato oficialista para ver mermado su capital político de forma tan acelerada en pocos días. El pronunciado descenso del voto chavista, en comparación con los resultados del 7 de octubre, plantea más de una interrogante en relación a la posibilidad de que esta corriente pueda ser hegemónica (o incluso mayoritaria) en la vida nacional en el mediano y largo plazo.

En relación con los resultados del 7 de octubre, el chavismo perdió 685 mil votos. Es una cifra importante, si tenemos en cuenta la masiva y costosa campaña propagandística que vimos a partir de la muerte de Hugo Chávez. No hubo un traspaso automático de voto. Maduro, como ingenuamente planteó, tampoco tuvo el fuelle político para alcanzar la anhelada meta de los 10 millones de votos, y a la luz de estos resultados tal cifra será una quimera para el oficialismo. Si Maduro hizo disminuir en 685 mil votos al chavismo, esta cifra de forma casi que automática se desplazó hacia el candidato de la Mesa de la Unidad democrática (MUD). Capriles vio crecer el caudal electoral en 679 mil votos este 14 de abril.

El crecimiento del voto opositor en Venezuela venía siendo paulatino, pero sin hacer mella –al menos claramente- en la base de votos del chavismo. Esto ha ocurrido el día domingo y es, desde mi punto de vista, el principal acontecimiento de la jornada. Se trata de venezolanos que siendo chantajeados con las misiones o beneficios sociales, acosados por las milicias de distinto tono y bombardeados por la campaña propagandística sistemática del gobierno, optaron por cambiar de bando. Es la señal de que se está produciendo un cambio político de envergadura en Venezuela. Los cambios políticos, es bueno recordarlo, tienen tiempo de incubación. El triunfo electoral de Chávez en 1998, por ejemplo, puede adjudicarse a la crisis del sistema bipartidista que ya tenía hitos en la década de los 80 con la devaluación y el caracazo.

Las elecciones del 14 de abril, por otro lado, dejan sobre el tapete algunos aprendizajes. Al candidato de la MUD le fue mejor con una tarjeta única, sin colores partidistas, en la cual se sintieron identificados muchos más venezolanos. Hubo, en esta ocasión, una marcada movilización ciudadana que en algunos casos sencillamente se “auto-organizó” dada la falta de tiempo y de recursos que caracterizó a la campaña de Capriles Radonski. Se trata de venezolanos a los que debe mantenerse activados en redes ciudadanas y partidistas. El país no se acabó con estas elecciones, y menos aún la lucha política democrática. Ante regímenes que controlan la totalidad de las instituciones no hay salidas fáciles, ni mágicas.

El resultado termina de arrojar lo que ya veníamos sosteniendo con antelación. El país está partido en dos partes bastante iguales. Incluso me atrevo a sostener que la votación de la MUD y de Capriles habría sido más alta de no haber ocurrido todos los abusos que tuvieron lugar el domingo con el voto asistido, con el chantaje a los votantes, etc. Muchos venezolanos no pudieron votar de forma libre, y sencillamente ante esa realidad no podemos mirar para otro lado. La lucha democrática y electoral tiene allí un enorme desafío.

Las encuestas son una fotografía del pasado y no siempre reflejan lo que va a ocurrir el día de la verdad. Este 14 de abril eso quedó en evidencia. En cuestión de días Capriles Radonski, con una campaña titánica, logró reducir al mínimo una brecha que era de 15 puntos en promedio. Para eso se hacen las campañas, para cambiar realidades.

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El poder del voto

No es la primera vez que usamos este título. En los últimos años, en  diferentes espacios de la vida pública, hemos defendido el poder del voto en Venezuela, incluso en momentos en que sectores de la sociedad decidieron no participar en las elecciones. El uso de este título de forma intencional obedece a que los debates en el país parecen estar signados por preguntas que cíclicamente se repiten. Mucha de la dirigencia política, en la Venezuela actual, no parece contar con fuelle y decisión para mirar sus decisiones, y así evitar la repetición de experiencias desastrosas. En octubre de 2005 la interrogante que se vivía en un amplio sector de la sociedad tenía que ver con acudir a votar o dejar de hacerlo en las elecciones de una Asamblea Nacional.

Prevaleció, entonces, la tesis de que dejando de votar se deslegitimaba al gobierno. En aquel momento muchos opositores seguían aferrados a la tesis del fraude en el referéndum del 2004. El resultado fue la desmovilización: estábamos ante un fraude tan sofisticado que aún esperamos las pruebas de la estafa.

Mirando con necesaria retrospectiva crítica, aquella decisión del 2005 fue un enorme error. El Parlamento no terminó deslegitimado y con una votación escuálida -en el verdadero sentido de la palabra- se consolidó un cuerpo legislativo rojo, rojito. Cuánta diferencia habría hoy si en la Asamblea Nacional una bancada opositora se hubiese plantado ante la designación de lacayos en los poderes públicos del país allá por el año 2007. La deslegitimidad de un régimen no se logra quedándose en casa, con los brazos cruzados. Dejándole los espacios de poder legítimo (como el Parlamento o la presidencia) a un gobierno que quiere acaparar todo el poder, no se le debilita, sino que se logra precisamente el efecto contrario. Hugo Chávez logró controlar la vida institucional no sólo porque esa era su intención; lo alcanzó porque la agenda opositora a favor de la abstención se lo facilitó. Hay que llamar a las cosas por su nombre.

En los últimos años se ha consolidado en Venezuela una alternativa democrática que ha tenido, sabiamente, la ruta electoral como una alta prioridad. La presencia de un cuerpo de diputados en el seno de la Asamblea Nacional hoy (gracias a que se acudió a votar en 2010) es lo que ha impedido –por ejemplo- una nueva concesión de poderes habilitantes al jefe de Estado o incluso tratar de llevar adelante una nueva enmienda de la constitución. La tenaz resistencia de los alcaldes y gobernadores opositores electos con el voto popular es una clara demostración de que sí se puede llevar adelante una gestión a pesar de la adversidad, puesto que están gobernando teniendo en contra al Estado central.

Nuevamente cobra vigencia, a tan pocos días de los comicios del 14 de abril, la revisión de la tesis de dejarle el terreno libre al gobierno. ¿Cuál es la opción para hacerle frente? En la práctica se reducen a dos opciones: votar o dejar de hacerlo.

En un sistema que se dice participativo, pero que en la práctica es el Estado el que norma y controla los espacios de participación ciudadana, el único poder del ciudadano termina reducido al voto. Se trata de cada persona y su conciencia sobre lo que está en juego, sobre lo que quiere para el país. Cada uno de nosotros tiene un poder. Dejar de ejercerlo, lejos de deslegitimar al gobierno, afecta a los ciudadanos, y de eso ya hemos tenido malas experiencias en el pasado reciente de Venezuela. Hay que salir a votar el 14 de abril.

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Mis héroes personales

En los días de semana santa tuve la oportunidad de estar en algunos municipios del estado Lara, especialmente en zonas rurales. Allí me encontré con muy diversas personas, jóvenes y no tanto, campesinos y maestras, activistas políticos de largo aliento y noveles en estas faenas. A todos les unía, pese a las diferencias notables, el llamado hecho por Henrique Capriles Radonski de movilizarse de cara a las elecciones presidenciales del venidero 14 de abril. Muchos de ellos pasaron a ser mis héroes personales.

Ejercer posiciones públicas a favor del cambio democrático, como es mi caso, desde el ámbito universitario de Caracas no constituye ninguna proeza. Es una gesta la acción política ejercida por hombres y especialmente mujeres desde el mundo rural venezolano, en donde la mano del Estado se siente con mayor fuerza, en donde el chavismo no es una abstracción sino que es la presencia diaria en el rostro de los vecinos, en donde portar una franela o una gorra que te identifique políticamente con la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) es en sí mismo todo un desafío. Se trata de defender un punto de vista que va en contravía de la posición dominante en poblados o caseríos en donde “todo el mundo se conoce”, y en los cuales la ayuda oficial que viene del gobierno central es manejada por caciques locales que aplican el pase de factura sin contemplaciones. Defender allí la bandera del cambio es una proeza.

En la mayoría de los lugares en los que estuve, alejado de los centros urbanos, ocasionalmente encontré algún afiche o valla a favor de Capriles Radonski. Toda esa propaganda, escasa debe decirse, era del año pasado. También del año pasado era la publicidad oficial, ésta sí abundante e invariablemente con el rostro de Hugo Chávez. En los centros urbanos como Duaca, Carora y Quibor ya comenzaba a evidenciarse la nueva ola propagandística que prácticamente coloca el voto por Nicolás Maduro como un acto de fe. Montaña adentro, la campaña de este 2013 no parece haber llegado en términos de imágenes. La gente, sin embargo, está movilizada, también en las filas del chavismo, que además aceita su maquinaria para acarrear votantes. Emoción versus maquinaria, ese será nuevamente el dilema en el cual se moverán las cosas el 14 de abril.

La gente con la que me encontré en estos pequeños poblados, mis héroes personales, precisamente se sintieron convocados con el mensaje de Capriles Radonski cuando aceptó la candidatura. Un detalle nada banal. La posibilidad de que el mensaje del candidato de la MUD pudiera conectarse con estos activistas en zonas rurales sólo fue posible por la transmisión de canales privados de cobertura nacional como Televén y especialmente Venevisión. Al hablar con muchos de ellos constaté que si bien Globovisión es una excelente plataforma para la difusión del mensaje opositor, su influencia es limitada o casi nula una vez que se acaba el asfalto.

Motivados y sin recursos, así están mis héroes personales. La red organizativa de la MUD sencillamente no alcanza hasta esos caseríos, y la corta campaña electoral impondrá algunas decisiones que impedirán llegar a todo el país. La propuesta de activar mini-comandos de campaña, autoconvocados y autofinanciados, parece la respuesta correcta para enfrentarse al grosero uso de los recursos públicos por parte del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En esa onda estaban los venezolanos con los que me encontré en los días de semana santa, movilizándose con lo que tienen a su alcance, asumiendo que la propagación del mensaje del cambio no es un asunto exclusivo de los partidos y organizaciones que hacen vida en la Mesa de la Unidad Democrática.

Si alguna tarea pendiente tiene la clase media profesional que opta por la alternativa democrática es justamente darle apoyo, brindarle soporte, a estos venezolanos que se atreven a enarbolar la bandera del cambio en lugares donde el viento electoral sopla en contra, muy en contra. Allí es donde justamente se hará la diferencia.

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Campaña corta y mediática

Si nos guiamos por el propio lenguaje oficial, incluso al que apeló el presidente Chávez en lo que fue su última alocución pública, la situación sobrevenida de su fallecimiento colocó al país ante una nueva elección presidencial. Se trata de la campaña electoral más corta de la historia democrática de Venezuela, aquella que arranca en el año 1958. Formalmente, según el cronograma del Consejo Nacional Electoral (CNE), la campaña debe extender por escasos 10 días, después de semana santa, la realidad no dice que ya estamos en plena campaña. 10 días o incluso 30 sería en cualquier caso un lapso muy estrecho para desarrollar una campaña electoral con todas las de la ley, al menos en lo que ha sido la tradición política venezolana.

Lo inusual de esta situación sobrevenida, junto al corto tiempo de que disponen los dos principales candidatos, le otorga a este período una característica singularmente dramática. Todo se gana o se pierde en cuestión de días. En las campañas cortas, según reza el librito de la comunicación política, un error puede tener consecuencias desastrosas, sin mucho tiempo de hacer parches o remiendos.

La corta duración de la campaña, en la cual no hay posibilidad de hacer visitas pueblo por pueblo, como sí pudo llevarlo adelante Henrique Capriles Radonski en 2012, hace de ésta una campaña netamente mediática. En esta oportunidad, para seguir con la lógica que hemos visto en el arranque de Capriles Radonski, no hay oportunidad de tener encuentros cara a cara, sino que debe apelarse a las concentraciones o mítines y convertir a éstos en un evento mediático. Además de la cobertura que reciben sus actos, en esta oportunidad el candidato de la Mesa de  la Unidad Democrática (MUD) ha concedido muchas más entrevistas que en el pasado, tanto con medios regionales como con medios de alcance nacional. Requiere proyectar su mensaje en corto tiempo y los medios masivos de comunicación son el canal para ello.

Un cambio significativo es que se ha diversificado la vocería del comando “Simón Bolívar” al incorporar a una figura de carácter político y no técnico como jefe de campaña, en este caso Henri Falcón. La insistencia de Pedro Carreño y los diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), en su cacería por destituir a Falcón de la gobernación de Lara se afincará, obviamente, en estas cortas semanas que nos separan del 14 de abril. Entretener a Falcón con citaciones ante la Asamblea Nacional es una clara estrategia de distraer en otros asuntos a un vocero de peso y aliado fuerte de Capriles Radonski en esta contienda. Más allá de las comparecencias de Falcón ante la Comisión de Contraloría del Parlamento, resulta positiva la diversificación de vocería política. Desde mi perspectiva hace falta más presencia mediática de Ramón Guillermo Aveledo para saldar un grave problema de la campaña de 2012 y para aprovechar los extraordinarios dotes de comunicador que tiene el coordinador de la MUD.

La breve campaña en la que está el país, por otro lado, confronta a Nicolás Maduro con la necesidad de ser reconocido como heredero de Chávez y que ese sentimiento, de duelo que hoy embarga a millones de venezolanos, se transforma para su causa en movilización y convicción política. Según el manual de comunicación política las conexiones emocionales líder-pueblo no se traspasan de forma automática y por esa razón Maduro debe recordar a cada instante que está puesto allí, ante la tarea de conducir al país, debido a Chávez y sólo a Chávez. Está haciendo lo correcto desde un punto de vista comunicacional. Eso posiblemente suene a disco rayado en el mediano y largo plazo, pero en esta coyuntura electoral, a escasas semanas del fallecimiento del jefe de Estado Maduro debe consolidar nacionalmente su condición de heredero y legitimarse, primero ante el chavismo y luego ante el país entero, como el legítimo sucesor de Chávez. Para ello, obviamente, requiere de los medios de comunicación.

Maduro goza de un legado que le dejó Chávez. Un sistema de medios administrados por el Estado que sencillamente están abocados a la propaganda y un modelo de comunicación presidencial que tiene una tremenda palanca en las cadenas nacionales de radio y televisión. Son absolutamente discrecionales: la duración o el momento en que se hacen las cadenas dependen exclusivamente de la voluntad del presidente de la república. Es, en un momento como éste, una formidable herramienta en la estrategia de Maduro de consolidar su imagen en todo el país. Tiene a su disposición los medios oficiales y las cadenas, y los va a usar de forma intensa en esta campaña.

Esta campaña es -ya lo es- la más peleada desde 1998. Mediáticamente desequilibrada sin duda alguna, y posiblemente la más dura.

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Globovisión, símbolo de una época

La venta de la mayoría de acciones del canal Globovisión al empresario Juan Domingo Cordero, por parte de Guillermo Zuloaga, debe ubicarse en un contexto más amplio. No se trata obviamente de cualquier transacción empresarial. Desde mi punto de vista simboliza claramente una época, ésta del chavismo, y envía un mensaje muy claro a los medios de comunicación con línea editorial crítica. La venta forzada del canal de noticias ha sido el resultado de una sistemática campaña de hostigamiento gubernamental, que se agudizó con mucha claridad a partir del cierre de RCTV en 2007.

Por aquel año de 2007 sostuve más de una discusión con colegas del mundo comunicacional de Venezuela y de América Latina. Desde mi punto de vista, entonces y ahora, era claro que el gobierno había aprendido la lección en relación con el alto costo político que le representó el cierre de RCTV, tanto a nivel interno como en el exterior. Ese caso fue llevado hasta sus últimas consecuencias por una empecinada determinación del presidente Chávez, que para aquel momento recién había sido reelecto y contaba además de la base de apoyo popular con unas perspectivas económicas pujantes. El cierre de RCTV fue catalizador para la irrupción pública del movimiento estudiantil y tuvo un impacto en la primera derrota electoral del régimen, a propósito de la propuesta de reforma constitucional.

Así las cosas, no era previsible que el gobierno de Chávez repitiera la misma fórmula y optara por cerrar Globovisión. Se ensayó, y los hechos vienen a demostrarlo, un nuevo esquema: un hostigamiento sistemático de bajo o mediano impacto (sin que una medida implicara en sí el cierre) pero colocando sobre las finanzas, operaciones y personal de este medio de comunicación una carga tan alta que finalmente lo hizo inviable.

Dos hechos recientes simbolizan la estrategia oficial que ahora rinde sus frutos. A mediados del año pasado el canal de noticias fue obligado a pagar una multa equivalente a algo más de dos millones de dólares por presuntamente “generar zozobra” cuando informó de lo ocurrido en la cárcel de El Rodeo (año 2011). El proceso de apelación que introdujo Globovisión terminó con una decisión aún peor, según el Tribunal Supremo de Justicia si el canal no pagaba la multa de forma perentoria iban a ser embargados sus bienes por el triple del monto original. El canal pagó, obviamente bajo protesta.

El otro hecho ocurrió hace escasas semanas y ya lo abordamos de forma extensa en un artículo anterior, se trata de la Televisión Digital Terrestre (TDA). Globovisión, sin justificación alguna que pueda explicarse técnicamente, fue excluida de la parrilla de canales en el nuevo sistema digital. Tal medida oficial, implicaba el rezago tecnológico del canal y su segura desaparición en 2020, cuando cesen las transmisiones analógicas en el país. A esto se unió el vencimiento próximo de la concesión, una habilitación para poder operar cuyo otorgamiento y revocatoria es manejado con absoluta discrecionalidad por parte de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones. CONATEL no tiene reglas de juego claras y transparentes en el manejo de la concesiones, con lo cual los medios radioeléctricos del país están en una situación de debilidad jurídica-administrativa.

Cada vez que asisto a un congreso o seminario internacional los colegas de otros países me preguntan: ¿hay libertad de expresión en Venezuela? Mi respuesta, invariable y que además se refuerza con el caso de Globovisión, apunta a señalar que sí, que en Venezuela se pueden expresar las voces críticas pero cada vez por un menor número de medios a su alcance. Además, la clara evidencia de que en el país la libertad de expresión está en franco retroceso no sólo se puede medir por el número de medios críticos del gobierno que están activos, sino por el costo que se le pone a quienes ejercen la crítica pública. Efectivamente Globovisión no ha sido cerrado de forma directa por el poder ejecutivo, pero se encontró otra forma de sancionar al medio por mantener una línea editorial cuestionadora del régimen.

La carta de Guillermo Zuloaga a los trabajadores del medio es tal vez el más duro testimonio de los costos que conlleva mantener una voz disidente en ésta época en Venezuela. La inviabilidad del medio, a lo cual se refiere la misiva, no tiene que ver con un mal modelo de negocios; la inviabilidad en este caso es consecuencia de las sanciones directas e indirectas que en los últimos años impuso el gobierno de Hugo Chávez a Globovisión. Este caso, con seguridad, será digno de estudio por los expertos de libertad de expresión en América Latina. Un régimen que no tolera la crítica pública logra castigar a un medio y ha sido tan eficaz la estrategia que hasta puede presentarla como una simple transacción empresarial.

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