El silencio de Brasil

Escribo desde Brasilia, la capital de Brasil. La asistencia a la cuarta Conferencia Interamericana de Comunicación, que se realiza aquí, me permitió este viaje gracias a una generosa invitación de la Universidad de Brasilia. La pregunta de rigor apenas se conoce la nacionalidad de quien escribe es ¿qué está pasando en Venezuela? Es una pregunta que flota en el ambiente y no sólo entre académicos brasileños, sino que también entre los ciudadanos de a pie. La prensa local sigue recogiendo los acontecimientos que tienen lugar en Venezuela, así que el tema está presente.

Algunos de los académicos brasileños con los que he conversado comparten mi punto de vista: Brasil podría tener un papel más activo en la crisis venezolana, en consonancia con sus pretensiones de ser considerada una potencia mundial. Incluso algunos asoman que sería Brasil el país que tendría tal peso que el gobierno de Nicolás Maduro no podría descalificar, y por la tradición de su cancillería tener el equipo profesional para una efectiva mediación entre los actores de gobierno y oposición. Esos mismos colegas consideran que esta crisis, vista desde afuera, no muestra salidas claras y por tanto deben construirse con la intervención de un tercero que pueda ser aceptado por las partes.

Me pregunto por qué Brasil ha optado por el silencio en relación a Venezuela. Tengo dos posibles respuestas. La más rápida tiene que ver con los intereses económicos que están en juego. Venezuela tiene una deuda que ronda los 2.000 millones de dólares con empresarios brasileños y hoy en día las grandes obras de infraestructura que están en marcha en Venezuela tienen como ejecutores a empresarios brasileños, los cuales –hay que recordarlo- llegaron al país de la mano del entonces presidente Lula da Silva y que se han mantenido en el tiempo.

Es una característica de la llamada política realista el peso que tienen los intereses económicos en las decisiones diplomáticas. Eso explica porque ante algunas crisis, eso que llamamos la comunidad internacional se orienta hacia un lado u otro. El trasfondo de muchas decisiones en la arena mundial está en el campo de las inversiones e intereses económicos.

Sin embargo, no creo que ese silencio de Brasil ante lo que viene ocurriendo en Venezuela se deba exclusivamente a razones económicas. Me parece son razones de política interna las que en este momento prevalecen en la diplomacia de Brasilia. A mediados del año pasado Brasil también vivió una serie de protestas encabezadas por sectores medios, urbanos y conectados a las redes sociales. No se registró la fuerte represión que tiene lugar en Venezuela, pero no es ese el meollo.

Es difícil pensar que un Estado pueda darle legitimidad a una protesta ciudadana, cuando corre un riesgo similar. La atención global que despertará Brasil este año, con motivo del Mundial de Fútbol, posiblemente sea el escenario de nuevas protestas ciudadanas, pues en el fondo se cuestionan los brasileños de a pie las inmensas inversiones estatales para este campeonato, mientras que la situación económica interna se ha deteriorado o estancado. Las cuentas que puede estar sacando el gobierno de Dilma Rousseff es que darle reconocimiento hoy a esas protestas de calle en Venezuela, puede ser cuchillo para su garganta en el mediano o incluso en el corto plazo.

Así también se orienta la diplomacia, sacando cuentas del impacto interno de las decisiones que se tomen en política exterior. Siendo así las cosas, Brasil se mantendrá al margen de lo que ocurra en Venezuela, al menos en lo inmediato.

@Infocracia

De los medios a las redes

El proceso que venía incubándose largamente mostró de forma cruda sus consecuencias en esta crisis, a partir de las protestas de los sectores medios urbanos en el país. La televisión, y aquí vale hablar de este medio en su conjunto, dejó de contarle a la sociedad lo que ocurre en Venezuela. En la radio el proceso es más diverso, con excepciones notables de emisoras o circuitos que se mantienen en la arena informativa, mientras que la prensa escrita por un lado recibe está crisis dentro de su propia agonía por la falta de papel para imprimir, al tiempo que este momento de conflictividad revaloriza los esfuerzos digitales que venían haciendo –de forma desigual- los medios tradicionales de Venezuela. En un período corto de tiempo quedó en claro la mutación: cada vez menos –para el sector medio que es el principal consumidor de información- los medios son la fuente y con mayor fuerza se apela a las redes sociales como referencia para explicar o contar lo que está pasando en el país. Eso, obviamente, trae algunos problemas.

La red social informativa por excelencia, Twitter, sobrepasa largamente los 3 millones de usuarios en Venezuela. Eso hace que su penetración social no sea masiva, partiendo que somos unos 30 millones de venezolanos. La televisión está en el 99 por ciento de hogares y la radio en el 100 por ciento, la lectoría de periódicos en Venezuela ha sido tradicionalmente baja. La prensa es leída y tiene un peso en aquellos que se denominan formadores de opinión, y luego al ser replicada por los medios radioeléctricos bajo el formato de los programas matutinos que fundamentalmente hacen su agenda a partir de lo que trae la prensa escrita.

Volvamos al Twitter.  Esta red social es usada fundamentalmente por gente joven. 3 de cada 4 usuarios venezolanos está por debajo de los 35 años. Eso la convierte en una suerte de burbuja etaria y social, ya que sus usuarios son principalmente jóvenes, universitarios, de sectores medios, urbanos. En el seno de las redes sociales pareciera que el gobierno de Nicolás Maduro vive sus últimos días, y si bien en este momento muchos usuarios de éstas han desnudado la represión gracias a sus fotografías y videos, y eso es sumamente importante, se trata de un relato incompleto. Y eso no lo podemos olvidar. El relato de lo que está ocurriendo, según las redes sociales, efectivamente ocurre pero no es todo lo que ocurre en el país. Olvidarse de ese detalle puede llevar a extrapolar y exagerar el impacto, significación y alcance de la protesta en el país.

El carácter de burbuja que tienen las redes sociales, encapsuladas muy claramente en un sector social, unido al control político sobre la televisión, la falta de penetración de la televisión por cable y la tradicional ausencia de lectoría de prensa especialmente en los sectores populares, hace que para una parte importante del país (algo así como el 50 por ciento) no tenga una versión distinta a la que ofrece de forma reiterada Nicolás Maduro.  Por si fuera poco, Maduro multiplicó sus apariciones en cadena nacional de radio y televisión. Durante el año 2013, en promedio, Maduro habló  una media hora diaria en cadena, mientras que entre el 12 y 26 de febrero estuvo una hora y 54 minutos, diarios –en promedio-. Efectivamente la gente se cansa de tanta habladera, pero la alta aparición, sin posibilidades de cambiar de canal en los sectores más pobres, junto a la repetición de palabras claves para interpretar lo que está pasando nos colocan ante un sector social importante (por sus dimensiones) que sólo tiene una verdad parcial y que tiene serias dificultades de contrastar lo que dice la voz oficial.

Ante todo esto, comunicacional e informativamente, tenemos otra dificultad propia de las nuevas plataformas: La multiplicidad de relatos sobre un mismo hecho. Los medios tradicionales tienen la virtud (cuando cumplen cabalmente con el deber ser periodístico) de organizarle a su audiencia los sucesos, juntar varios relatos para hacer una historia periodística, jerarquizar, etc. La multiplicación de voces que ha generado esta crisis en Venezuela, de miles de personas informando, enviando fotografías, compartiendo puntos de vista, con una ausencia notable del jerarquizador tradicional (la televisión) hacen que sea muy difícil saber a ciencia cierta qué está pasando hoy en Venezuela, salvo que usted siga siendo lector fiel de la prensa escrita. Tenemos fragmentos, pero estamos lejos de tener una historia. Eso explica, en este contexto, como se ha multiplicado la búsqueda de información de ciudadanos venezolanos, residentes en su país, de las noticias que tienen sobre Venezuela los medios internacionales.

@Infocracia

Nadie vendrá a salvarnos

No es la primera vez que traigo a colación la película “Hotel Ruanda”, para extrapolar escenas de ese filme, altamente recomendable, y hacer un contrapunto con la realidad de Venezuela. En las últimas semanas, al calor de las protestas de los sectores medios urbanos –principalmente- saltó de nuevo a la palestra el tema del papel de la “comunidad internacional” en una eventual resolución de la crisis política en nuestro país. Para muchos de quienes estaban involucrados en las manifestaciones de las últimas semanas, parecía un asunto central las reacciones de otros países. Con el paso de los días, nuevamente, ya que no es la primera vez que ocurre, quedó reflejado que la fulana comunidad internacional no tendrá un papel más allá de la observación, y que en el fondo si apostamos por un cambio democrático, eso lo tendremos que labrar internamente los venezolanos.

Sobre este tópico versa la película Hotel Ruanda, sobre la cual habría que volver una y otra vez. Como buen filme, el eje de la historia parece estar en el protagonista. Estamos ante un ruandés proeuropeo que desde su ocupación de gerente hotelero vive una metamorfosis personal –diríamos que espiritual-, para devenir en héroe de carne y hueso, que se sobrepone a sus miedos y creencias, y termina convirtiendo el hotel más lujoso de Kigali en un verdadero campo de refugiados, salvador de centenares de vidas humanas.

Imposible que el protagonista se aislara de lo que ocurría en las afueras del hotel que regentaba: casi un millón de personas fueron aniquiladas en un verdadero genocidio cometido por la etnia hutu que cobró mortífera revancha contra los que siempre habían gobernado el país, los miembros de la etnia tutsi. Efectivamente, los tutsis impusieron su dominio sobre lo que conocemos como Ruanda desde hace unos cinco siglos, pese a ser una minoría en relación con el número de habitantes hutus. Hace pocas décadas, cuando Ruanda y Burundi, hasta entonces una sola nación colonizada por Bélgica, lograron su independencia, el poder imperial en retirada azuzó las rivalidades históricas entre las etnias, mientras las transnacionales europeas aprovechaban de implementar un modelo empresarial: hacer también de los conflictos un negocio.

Los hutus y los tutsis en su aspecto físico prácticamente no se diferencian, y en la vida real existían muchas familias entrelazadas. El protagonista de la película, basada en una historial real, es hutu, mientras que su esposa, sus vecinos y luego los centenares de personas que salvó eran todos tutsis. Para cometer las matanzas se acudían a ciertos barrios, se apelaba a la identificación en la que sí constaba la etnia, y sobre todo, resultaba vital la delación. Por encima de todos los ruandeses, estaban las bocinas de una emisora de radio, hoy cuestionada y enjuiciada en instancias internacionales en la vida real; desde allí se alentaban los odios, se daban argumentos históricos y étnicos a favor de la matanza, y lo que es peor aún, se señalaban objetivos concretos, a través de la descalificación de personas o entidades, a los que se les colocaba el cartel del otro, del que hay que aniquilar.

Es también el filme un crudo retrato del papel, inoperante y atrapado en arreglos políticos que a veces poco tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, de entidades como la Organización de Naciones Unidas. La constatación de que la salvación no vendrá desde el extranjero (no vendrán a salvarnos, dice el protagonista) y que sólo está en sus propias manos la posibilidad de salvarse, constituyen punto de quiebre en la historia cinematográfica, y terminan siendo catalizador para una acción que finalmente logra sus objetivos: quienes lograron cobijarse en el hotel salieron con vida de Ruanda.

Mientras escapaban rumbo a Tanzania dejaban detrás una contraofensiva tutsi sobre Kigali. Ésta terminaría siendo, según reportes de prensa, tan sanguinaria como la matanza hutu, y devino en cruel metáfora para aquellos que buscando aniquilar al otro también acabaron devastados.

@Infocracia

25 años del Caracazo

El aniversario 25 de los sucesos del Caracazo pone de relieve muchas de las contradicciones que tiene el proyecto chavista en materia de derechos humanos. El señor Maduro ha decretado como no laborable este jueves 27 de febrero, “en honor a los caídos”, pero esos “caídos” y sus familiares aún siguen esperando justicia. El Estado venezolano no ha cumplido con las víctimas de aquellos sucesos, desoyó las medidas que formaron parte de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y lo peor, no se ha castigado cabalmente a los autores materiales e intelectuales de esa masacre. El chavismo, con 15 años teniendo un control de los poderes públicos, y por tanto capacidad institucional para hacer justicia, sencillamente sólo hace un uso político del Caracazo, a su conveniencia, tal como lo ha demostrado Maduro en esta oportunidad.

La conmemoración de un cuarto de siglo, sin que se haya establecido real justicia, contrasta con esta declaración oficial de “día no laborable” que sólo tiene por finalidad desmovilizar la protesta de universitarios y sectores medios de la sociedad venezolana. El objetivo de Maduro no es rendirle tributo a las víctimas, si ello fuese cierto estaría tomando otras acciones desde el Estado, en lugar de promover un largo feriado, de casi una semana, a partir del 27F con los días de carnaval e incluso el primer año del anuncio oficial sobre la muerte de Hugo Chávez, el miércoles 5 de marzo. Esta decisión gubernamental desnuda una vez más la falta de compromiso genuino del chavismo con los derechos humanos fundamentales. Son éstos, a fin de cuentas, una pieza de uso dentro de su estrategia política para permanecer en el poder. Los derechos humanos se usan cual plastilina para ajustarlos a la necesidad política del momento por parte del proyecto bolivariano.

Hago un ejercicio de memoria sobre estos sucesos que marcaron, con tantas víctimas, a la sociedad venezolana. El Caracazo me encontró como periodista de Radio Fe y Alegría en Caracas, en un momento en el cual orientábamos a esa estación a un trabajo con las comunidades populares. De esa forma, y diría que naturalmente, quienes allí laborábamos comprendimos que debíamos darle la voz al pueblo, hacer realidad un eslogan que por entonces marcaba la vida de la Iglesia católica y de las emisoras radiales vinculadas al mundo eclesial de base. En cierto momento, cuando arreció la represión, la mayoría de medios radioeléctricos por censura oficial o por autocensura sencillamente dejaron de reportar los graves acontecimientos. ¿Le suena familiar al lector esta situación?

Terminó siendo Radio Fe y Alegría una voz solitaria, que sacaba llamadas al aire, denunciaba las violaciones a los derechos humanos y se hacía solidaria con las víctimas. Todos los sucesos del Caracazo, que me tocó vivir de cerca como periodista, se resumen en mi memoria en un solo episodio. Una llamada desesperada, de una señora en El Valle, pidiendo auxilio mientras el traqueteo de las armas de fuego se oian en un segundo plano. “Nos están masacrando desde Fuerte Tiuna”, clamó la señora. Aquella voz anónima es mi recuerdo personal del Caracazo.

Hoy quienes están en el poder olvidaron a aquellas víctimas. A 25 años del Caracazo familiares de víctimas mantienen intacta su frustración porque no hay una sola sanción judicial de carácter condenatorio, emitida por un tribunal venezolano, por estos hechos y aún los restos de las víctimas desaparecidas no han sido plenamente identificados y entregados a sus deudos.

Me hago eco de lo señalado por la organización no gubernamental COFAVIC: Ninguna democracia de las Américas ha tardado 25 años en dar a conocer a los autores intelectuales y materiales de una masacre de las dimensiones del Caracazo y mucho menos han sido tan ineficientes para identificar los restos de los desaparecidos. Esa deuda de la justicia venezolana sigue pendiente por falta de voluntad política para buscar una respuesta que toque todos los intereses que sean necesarios y de satisfacción a la verdad.

@Infocracia

Saldo en rojo

Venezuela requiere de balances, de documentación fundamentada que ayuden a explicar esta suerte de memorial de agravios en lo que ha devenido la mecánica nacional. En casi cualquier ámbito de la vida venezolana (agricultura, industria, comercio, universidades, etc) se ha producido una dinámica, generada desde el Estado, para socavar las bases de ese sector y ponerlo contra la pared, literalmente. No se trata de una metáfora.  El ámbito de los medios de comunicación y la libertad de expresión refleja claramente, en este momento, el resultado de una política de Estado que sistemáticamente fue acorralando el libre flujo de opiniones e informaciones. Se trata de una política de Estado porque se ha sostenido en el tiempo, ha involucrado a diversas instancias y generó medidas y acciones oficiales de diverso calibre a lo largo de los años.

Este propósito de hacer un balance, de pasar revista a lo sucedido en la década y media que gobernó Hugo Chávez en Venezuela guió a una veintena de autores, bajo la coordinación de Marcelino Bisbal, para producir el volumen “Saldo en rojo”. Comunicaciones y cultura en la era bolivariana”, que fue editado a fines de 2013 por la Universidad Católica Andrés Bello con el patrocinio de la Fundación Konrad Adenauer. Se dice fácil y rápido, pero en verdad se está ante un libro indispensable para entender la lógica gubernamental que de forma recurrente fue cerrando espacios a lo diferente, fue castigando la crítica pública y además fue ampliando su propia capacidad comunicativa.

Se trata de una radiografía hecha a partir de una diversidad de autores, principalmente académicos, también periodistas e intelectuales, todos signados por el objetivo de hacer un balance en temas conectados con el ámbito: cadenas nacionales de radio y televisión, legislación en medios, discurso presidencial sobre la libertad de expresión, legislación y presupuesto culturales, entre otros. La amplitud temática, junto a un lenguaje no experto, y teniendo un tópico de tanto interés público, hacen de este libro un ejemplar para un público diverso. A fin de cuentas, cualquier venezolano interesado en los asuntos públicos encontrará en estas páginas una documentada reflexión sobre lo ocurrido en medios y libertad de expresión en el período 1999-2012.

Si bien el gobierno de Nicolás Maduro en verdad le ha dado continuidad a Chávez, al ser su heredero, ya habrá tiempo de hacer un balance de su gestión. En “Saldo en rojo” está el balance necesario de la prolongada gestión gubernamental de Chávez en comunicación y cultura. Esta revisión ayuda a entender cabalmente cómo esta invisibilidad del otro país, que hoy padecemos en el madurismo, ha sido un resultado construido por la política de hegemonía oficial, que claramente se delineó a partir de 2007 y que tuvo un momento de clímax con el cese de la señal de RCTV por la televisión abierta de Venezuela. Chávez no sólo tuvo su propio magnetismo mediático, un populismo mediático, sino que al entender la dinámica de los medios fue estableciendo controles paulatinos sobre las empresas privadas del sector para entronizar su voz y su imagen.

En muchos sentidos este libro es una suerte de documento histórico. Su carácter de compendio precisamente adquiere fuerza con una detallada cronología que cierra el volumen. Se trata, por primera vez, de un recorrido cronológico por el largo mandato de Chávez y su impacto sobre los medios y la libertad de expresión, a partir de decisiones y acciones que le impactaron negativamente.

Como bien lo expresara Ángel Alayón, editor del portal Prodavinci, en la presentación del libro “Saldo en Rojo. Comunicaciones y cultura en la era bolivariana”: El uso de los medios de comunicación para la perpetuación del poder es la negación de la democracia. La democracia requiere medios libres, donde lo plural sea el signo. El poder que desea perpetuarse requiere de medios donde las ideas incómodas estén ausentes y a las críticas se les moje la pólvora: medios libres de oponentes, libres de alternativas.

Periodismo ocioso

A propósito de la cortina de humo lanzada en contra de la televisión privada, para desviar la atención sobre las responsabilidades medulares que tiene el Estado (y por el tanto el gobierno de Nicolás Maduro) en materia de seguridad ciudadana y control de la violencia y delincuencia, algunas entrevistas que me hicieron en estos días me ayudaron a corroborar que uno de los males de nuestro periodismo es la ausencia de perspectiva.La mayoría de los periodistas con los que conversé en estos días sencillamente reproducían de forma acrítica la tesis oficial, algunos apelaban a declaraciones de fuentes como la OMG (organización muy gubernamental) “Periodistas por la verdad” y otros optaban por el sarcasmo. En lo que la mayoría coincidía era en la ausencia absoluta de investigación previa sobre el tema. Un asunto imperdonable porque todos al final pretendían rebatir la tesis oficial, pero ninguno se tomó el sencillo ejercicio de “googlear”, al menos eso, sobre la temática para hacer preguntas pertinentes sobre si los contenidos emitidos por la televisión efectivamente tienen incidencia en el aumento de las criminalidad y la violencia, una tesis peregrina que desde la perspectiva oficial le traslada a un tercero (los medios) una responsabilidad primaria del Estado.Con estas prácticas periodísticas se puede entender, entonces, porque un gobierno que apela de forma tan manida a los “seudo-eventos” y a la culpabilización de otros puede tener éxito en marcar la agenda mediática y pública.

Maduro encadenado

Durante el año 2013 vimos la consolidación de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela. Por razones que no analizaremos acá, la discusión sobre su legitimidad es un asunto sencillamente opacado en el panorama político actual. Una razón primordial, más allá de las explicaciones políticas e institucionales, para que Maduro se entronizara como jefe de Estado debe buscarse en la dimensión mediática. Para decirlo rápido, el aparato comunicacional del Estado junto al control sobre los medios privados, especialmente de televisión, resultaron factores determinantes para esa consolidación del madurismo en el poder.

La herencia de Hugo Chávez no consistió solamente en dejarle un partido, un apoyo incondicional de sus militantes o el control sobre el Estado, sino que también le dejó el monopolio de la palabra pública, un asunto crucial en cualquier acción política en las sociedades contemporáneas. El poder de Maduro está cimentado en su presencia mediática, potenciada en 2013, junto a la invisibilidad de las voces disidentes y en particular el eclipse mediático que pesa sobre Henrique Capriles Radonski.

Esta preeminencia de la dimensión comunicacional como acción de gobierno, es lo que explica que en estos meses de 2013 tuviésemos a Maduro con un promedio de exposición televisiva de dos horas diarias, sí, 120 minutos –en promedio- cada día. Si asumimos que una jornada laboral promedio ronda las ocho horas, el jefe de Estado le dedica una cuarta parte de su tiempo como gobernante a mostrarse en tal función a través de la pantalla chica. Ha sido una estrategia que debe verse más allá del papel mediático que tuvo en su momento Chávez. Maduro necesitaba que el país le conociera y le aceptara, y eso es lo que ha ocurrido en 2013. Ya dirá el tiempo por venir si tendrá la capacidad de mantener el barco a flote, en medio de lo que será un tormenta económica de grandes magnitudes, pero logró su objetivo. Pasadas las elecciones municipales de diciembre, que se presentaban un desafío importante, Maduro salió victorioso. Con la economía hecha pedazos, pero en el poder. Y definitivamente, ganó tiempo.

Las cifras sobre la presencia televisiva de Maduro en 2013 pueden verse en la sección del cadenómetro de la iniciativa Monitoreo Ciudadano a través de la web en http://www.monitoreociudadano.org o en Twitter @cadenometro. La aparición televisiva de Maduro tiene dos facetas: Entre el 1 de enero y 31 de diciembre de 2013 Nicolás Maduro habló 169 horas en cadena nacional de radio y TV, lo cual equivale a 28 minutos diarios. Las cadenas nacionales de radio y televisión le permiten al jefe de Estado monopolizar la palabra pública. Ninguna otra voz, ningún otro mensaje puede transmitirse por toda la radio y televisión de Venezuela mientras existe una cadena.

La televisión por suscripción, que llega a la mitad del país, no se encadena ciertamente, pero temo que hacia allí pueda apuntar una estrategia que sencillamente busca ir cercando el mundo comunicacional de forma paulatina, como de hecho ha ocurrido.

Maduro suma más horas en cadenas que Chávez. En 2012 el número de horas de cadenas fue de 145, lo cual implica que en 2013 hubo un aumento de exposición a través de este mecanismo coercitivo.

La otra estrategia es el uso de la señal del Estado Venezolana de Televisión (muchas veces retransmitida por otros canales): Entre el 1 de junio y el 31 de diciembre Maduro habló 295 horas a través de la señal de VTV, eso quiere 94 minutos diarios, algo más de hora y media. Mientras Maduro tiene todo ese espacio, la dirigencia de la alternativa democrática está reducida a reseñas de un minuto en los noticieros de televisión. Se trata de una asimetría sin igual en el terreno mediático.

La alternativa democrática, y aquí me incluyo junto a cada ciudadano demócrata de este país, debemos repensarnos comunicacionalmente. Maduro reforzará su control sobre los medios tradicionales y las activas redes sociales sólo llegan a un 10 por ciento de los venezolanos. Se trata de un enorme desafío.

@Infocracia

Mónica Spear en clave de síndrome

En medicina, un síndrome es un conjunto de síntomas o signos que conforman un cuadro clínico. Esta rápida definición nos sirve para referirnos al asesinato de la ex miss y actriz venezolana Mónica Spear y su pareja. Como pocos hechos violentos de los últimos años este caso pone en evidencia el nivel de enfermedad que padece la sociedad venezolana. Veamos algunos de los síntomas.

La vida vale poco o nada en Venezuela. El primer síntoma está clarísimo. Los venezolanos están expuestos a una violencia sin sentido que les puede costar la vida, según sea el estado de ánimo de los victimarios o su grado de drogadicción. Efectivamente la violencia desatada antecede al chavismo (yo personalmente ubico el punto de quiebre con el caracazo de 1989), pero también es cierto que en esta década y media hemos tenido una errática política para enfrentar lo que es de lejos el más agudo problema de la sociedad venezolana, con ramificaciones (causas) en otros como la pobreza, la carencia educativa y el deterioro del mercado de trabajo formal. Mónica Spear y su pareja pierden la vida por una cámara fotográfica y otros objetos personales de menor valor, este dato nos habla claramente del poco valor de la vida en nuestro país.

La muerte de unos ciudadanos es más importante que otros. Este síntoma ataca por igual a ciudadanos y gobernantes. Venezuela está en el top de los 5 países más violentos del mundo y posiblemente la multiplicación de las muertes violentas, especialmente por armas de fuego, ha insensibilizado a los venezolanos de a pie y ha corroído la capacidad de respuesta oficial. Lo cierto del caso es que ocurren en el país miles de muertes cada año, se trata de víctimas sin rostros, de las cuales sólo sabemos algo si el hecho resultó muy cruento, de resto las víctimas de la violencia son sólo una cifra, un número. Los venezolanos perdimos nuestra capacidad de estremecernos como sociedad y responder con indignación ante cada muerte sin sentido. El caso de Mónica Spear lo que nos arroja en la cara, a todos, es nuestra falta de sensibilidad con las víctimas cotidianas, aquellas que no son estrellas de la pantalla chica y que sencillamente sólo sus familiares cercanos le lloran. Asimismo, tras este trágico suceso, diferentes ministros y altos funcionarios ratificaron que se aplicaría todo el peso de la ley. ¿Qué otra cosa podrían hacer? El asunto es que ese peso de la ley cae pocas veces, en verdad; el país, así como tiene una alta tasa de homicidios, tiene también un registro muy alto de casos en los que no se aplica todo el peso de la ley y sencillamente quedan impunes las muertes. Este factor es determinante. ¿Será que para que el Estado se active y resuelva los casos las víctimas tienen que ser famosos o celebridades? Esta combinación de síntomas, que tienen expresiones en una sociedad insensibilizada y un estado claramente sobrepasado por el problema de la violencia, son desde mi punto de vista los que mejor reflejan la gravedad de la enfermedad que padece crónicamente Venezuela.

El reciclaje de la delincuencia. La ausencia de mecanismos efectivos tanto para sancionar a los victimarios como para reinsertarles en actividades productivas hace de la violencia delincuencial un ciclo en permanente funcionamiento en Venezuela. La mayoría de los involucrados en el asesinato de Mónica Spear exhiben una suerte de prontuario, pero aún así estaban en libertad. La reclusión que hayan tenido o que tendrán a partir de ahora no será garantía de que retomarán una senda productiva en actividades lícitas, sino todo lo contrario. Todo este cuadro tiene además como telón de fondo la simbiosis con el imaginario político. Del caso de Mónica Spear en mi mente lo que quedó dando vueltas es la imagen de “Adolfito”, uno de los victimarios, en una imagen fotográfica previa al asesinato, allí luce en pose de victoria teniendo como telón de fondo los afiches de las campañas electorales de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro. Una simbología de este tiempo, de esta sociedad enferma.

Carta a Gustavo Dudamel

Estimado maestro. Posiblemente en lo que más he pensado a la hora de escribirte esta carta es el tono que debería llevar la misma. Una rápida revisión de publicaciones internacionales te asignan la categoría de “genio” y te imaginarás que es difícil tutear a una persona con tales credenciales. Pero en Venezuela, lo recordarás muy bien, ese tuteo es parte sustancial de una cultura igualitaria de mucho arraigo en distintos estratos sociales. Hecha esta aclaratoria, estimado maestro, paso al meollo del asunto.

En los últimos días la propaganda oficial ha sido profusa en resaltar tu presencia como figura principal en lo que se anuncia como la gran reinauguración de la Flor de Venezuela, la instalación que representó a Venezuela en la Feria de Hannover (2000) y que durante casi una década reposó en contenedores, hasta que se logró su instalación definitiva en lo que sin duda es el nuevo corazón de Barquisimeto, tu ciudad (y la mía también). La Flor, como se le llama a secas, legalmente le fue concedida a la gobernación de Lara y todo estaba sin problemas mientras que Henri Falcón militaba en el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Pero como te habrán llegado las noticias, el PSUV no perdona a quienes disienten de la línea oficial y una muestra de ello es que de tantas alcaldías envueltas en caso de corrupción en los días navideños sólo metieron presos a cuatro ex alcaldes, precisamente a cuatro personajes que se habían apartado del PSUV en las elecciones que ocurrieron en diciembre último. Volvamos a la Flor, estimado maestro.

La Flor de Venezuela le fue arrebata a la gobernación de Lara, y no encuentro un sinónimo que ablande ese verbo, pero eso fue lo que ocurrió, en verdad. De la mano de Andrés Izarra, a quien conoces muy bien, se construyó una campaña mediática (como esas que el gobierno dice ser víctima) para hacer ver que las instalaciones de la Flor estaban abandonadas, descuidadas y alejadas del pueblo. Como visitante frecuente de la Flor en los primeros meses de 2013 puedo dar fe, y tienes mi palabra estimado maestro, que ello no fue cierto. Obviamente no se pudieron colocar las especies originales mostradas en Hannover, porque después de 10 años en contenedores nada quedó de ellas. Esto último sí es verdad pero la responsabilidad debe buscarse en los funcionarios que custodiaron esa instalación una vez que se desmontó en la ciudad alemana y durante los largos años que estuvo a la deriva. La Flor de Venezuela que fue arrebatada por el gobierno central a un gobierno regional legítimo era un espacio cultural abierto a la comunidad, con diversidad de expresiones culturales en su seno y con planes específicos de potenciar su impacto.

Te cuento todo esto porque seguramente tú, estimado maestro, en tus viajes por el mundo no tendrás posibilidad de seguir el día a día de lo que ocurre en nuestra patria. Lo cierto del caso es que con tu presencia vendrás a refrendar un arrebato, vendrás a Barquisimeto a ratificar que se le pueden quitar instalaciones a un gobierno regional o municipal sencillamente para castigar la disidencia política. Todo esto te parecerá exagerado, y lo entiendo, no es lo que observas en tus viajes por el mundo occidental que te aplaude a rabiar. En esas sociedades, que hoy se rinden ante tu música existe la separación de poderes, un asunto negado públicamente por quienes serán tus anfitriones, cuando encabeces el acto que legitimará el arrebato de la Flor de Venezuela.

Había pensado, estimado maestro, en guardarme estas líneas pero repentinamente recordé algo. Cuando el gobierno le arrebató la señal a RCTV, y no encuentro un sinónimo, lo primero que puso al aire el nuevo canal gubernamental TVES fue justamente a ti, dirigiendo una orquesta, en un concierto preparado para la ocasión. Ten cuidado, estimado maestro, tu genialidad como músico no será salvoconducto cuando sea la hora de evaluar tu conducta como ciudadano y demócrata (que lo eres) de Venezuela. Por más memorable que sea un concierto tuyo, éste no puede borrar lo que en efecto ocurrió. Me despido, estimado maestro, en esta ocasión no iré a disfrutar de tu música.

@Infocracia

¿Qué esperar del 2014?

El año 2013, tal como lo sostuvimos en un texto publicado en este mismo espacio hace algunos días, fue un período duro para la libertad de expresión y el derecho a la información en Venezuela. Nos gustaría tener una visión optimista del año que está por comenzar, sin embargo partiendo de lo sucedido en estos meses difícilmente puede pensarse en un cambio drástico de las condiciones político-comunicacionales de la Venezuela gobernada por Nicolás Maduro. Este tiempo navideño, propicio para los buenos deseos, puede ser aprovechado para desearle a la sociedad venezolana –y a cada uno de nosotros, como ciudadanos de este país- un clima político favorable a la tolerancia, al respeto de las diversas opiniones y a favor del trabajo en libertad de una prensa crítica. Básicamente se trata de desearle a Venezuela un ejercicio democrático pleno, en el cual el derecho a expresarse e informarse resulta crucial.

Sin embargo, al poner los pies sobre la tierra todo parece apuntar a un período de tensiones, dificultades y restricciones para 2014. No hay señales de que las cosas vayan a cambiar de forma radical en relación al cómo se dieron en 2013. Desde mi punto de vista continuará un control político, ejercido desde la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), sobre el sistema radioeléctrico, eso implicará no sólo sanciones directas contras las emisoras de radio y televisión sino la muy perniciosa práctica de las llamadas telefónicas, una suerte de censura sutil, que comenzó a ejercerse de forma rutinaria en el año que está concluyendo. Los canales nacionales de televisión fueron doblegados para que modificaran su línea editorial, en un proceso que venía en práctica desde tiempo atrás, pero que bajo el gobierno de Maduro alcanzó una clara expresión con el blackout que sufren hoy los líderes de la alternativa democrática. La invisibilización de las voces opositoras en los medios radioeléctricos de alcance nacional seguirá en 2014 y posiblemente se agudizará, especialmente en momentos delicados como aquellos que vamos a vivir en materia económica.

En los meses finales de 2013 quedó en evidencia la intención oficial de controlar la prensa escrita, que ha sido una suerte de última frontera en la cual aún se ejerce, mayoritariamente, un periodismo crítico en Venezuela. El chantaje con la asignación de divisas para las importaciones de papel periódico, junto al uso recurrente de juicios –que en su mayoría quedan estancados, pero aún así son una amenaza- y procedimientos administrativos de diversa índole para castigar o sencillamente hacerle la vida más complicada a los medios impresos, serán un asunto cotidiano en 2014. No puede obviarse que el discurso público desde el poder ha convertido a los medios impresos en “enemigos” del gobierno, con llamados directos del presidente Maduro para que se le haga un boicot, por ejemplo a El Nacional. Una línea de acción futura contra la prensa escrita podría incluir en 2014 una ley de prensa, que en diversas ocasiones voceros oficiales han destacado como necesaria.

Avizoro para este 2014 una acción gubernamental para controlar la información económica, incluso desde sus propias entidades tales como el Banco Central de Venezuela (BCV) o el Instituto Nacional de Estadística (INE). El manejo que se presentó en relación con la difusión del índice inflacionario del pasado mes de noviembre, constituye desde mi punto de vista una señal de algo que puede convertirse en rutina. Es de esperar un “maquillaje” gubernamental de las cifras oficiales junto a una dinámica de generar “seudo-eventos”, con una eficacia política como lo demostró con la “guerra” al comercio iniciada en las semanas finales de noviembre.

El presidente Maduro seguirá con su política de apropiarse del espacio público de forma recurrente con el uso abusivo de las cadenas de radio y televisión. Sobre esto ya habíamos alertado que cualquier jefe de Estado posterior a Chávez difícilmente limitaría este mecanismo que le permite proyectar una voz única sobre toda la nación, se trata de un poder comunicacional sin par.

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