Equipos y poder
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
“…quia pulvis es et in pulverem reverteris…”
Genesis, 3,19
El poder corrompe. Y no hablamos solamente de la versión sencilla de aquel que se agarra unos reales que no son suyos. Es algo peor. Es la corrosión del carácter que intima a cometer el supremo error de no considerar de ninguna manera un argumento alternativo al propio. El poder corrompe porque deja de considerar que el otro, sus experticias, sus juicios y sus tesis son al menos factibles. El principal error del poderoso es su propia ceguera.
Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, concibió el ejercicio del poder como la necesidad de atender al bien universal como si fuera el propio fin; para ello pensó que era indispensable el buen gobierno con el fin de mantener lo obtenido, y si era posible, aumentarlo. Es por eso que en las Constituciones de su orden religiosa previó la figura de un poderoso líder, el “Prepósito General” al que sin embargo no le permitió la soledad. El ejercicio de este cargo nunca podrá estar al margen de la presencia cercana e inobjetable de cuatro asistentes nombrados por la Congregación General, cuya principal función es “decir y hacer cuanto sintieren ser” acerca de su capacidad para ejercer el gobierno de la institución. El santo sabía que no tenía demasiado sentido dejarlo solo porque a pesar de todas las prevenciones morales y de formación, cualquiera iba a correr el peligro de una rápida corrupción. Ya para el siglo XVI había demasiada historia recorrida como para que los más acuciosos estuvieran claros sobre la necesidad del balance de poder y la duda constante y sistemática sobre las decisiones tomadas en solitario.
La adulancia también corrompe el buen gobierno. Es natural querer oír loas y no críticas, y de eso se encargan los que caen en la tentación de la aquiescencia automática. Es el trabajo que algunas veces se hace desde las líneas de reporte para satisfacer esas ansias que tienen todos los poderosos de sentirse reconfortados por el apoyo fiel y leal de los que los rodean, pero cayendo en un tipo de relación confusa cuya principal víctima es la verdad. Cuando la adulancia se convierte en el signo de la relación de trabajo, cualquier opinión no alineada se convierte en la justificación de una paranoia que a veces trae como resultado la ruina de las instituciones. El adulante y el adulado siempre están a un paso de cometer el crimen de aniquilar la diversidad y el sano ejercicio del pluralismo, virtudes organizacionales que son las únicas garantías de un buen desempeño de los equipos de trabajo. Los líderes siempre deberían dudar de los halagos.
Un buen gerente está consciente de los efectos del poder en su carácter, y de las consecuencias de la adulancia en su buen juicio. Por eso organiza su gestión a través de equipos de trabajo en los que el poder esté balanceado, y haya un reconocimiento incondicional a la experticia de cada integrante. En los buenos equipos la disensión es posible y nadie tiene la razón por anticipado. Las ideas se exponen sin miedo, las críticas se presentan sin que haya temor por consecuencias indeseables, y luego que se toma una decisión, se implemente sin que nadie se guarde bajo la manga el poder del veto posterior, o esa capacidad para arrebatar cuando se pierde que a veces es tan común. El poder, decía San Ignacio de Loyola, deben ejercerlo aquellos comprometidos personalmente con el bienestar del colectivo. Vale la pena recordarlo para no caer en el bache de creer que es para sojuzgar a los demás, para resolver problemas de autoestima, o para ganar.
Pero el poder está allí, como la manzana del Edén, confrontando a todos los que lo ejercen, reflejando lo que cada uno realmente es. Tal vez por eso valga la pena la advertencia que el escritor sagrado hace al vanidoso y que encontramos en el Capítulo 3 del Libro del Génesis: siempre concluimos volviendo a ser el polvo originario que todos fuimos alguna vez.
Víctor Maldonado C
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