Los dioses se olvidaron de la ciudad

Por Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

El sociólogo norteamericano Richard Sennet ha realizado una serie de investigaciones sobre los resultados del nuevo capitalismo que comenzaron con “El declive del hombre público” y que aun no han concluido. Todas esas indagaciones ansían algunas respuestas sobre un fenómeno preocupante, cual es que la evolución de las sociedades desarrolladas que trae consigo la nueva economía no concede espacios, ni tiempos o contextos suficientes a la construcción de la ciudad como un espacio de interés colectivo. Y eso que Occidente lleva dos milenios apreciando con perplejidad la labor de aquellos doscientos años que se conocieron como la edad de oro de Atenas. Grecia nos legó la ciudad y el esfuerzo de la ciudadanía como el espacio donde se elabora la libertad, la responsabilidad y los derechos. Sin la ciudad nada de esto tiene sentido porque el hombre se ve descoyuntado por una dicotomía abrumadora que lo descuartiza entre las relaciones sociales en gran escala que ocurren en derredor del trabajo, y la precaria y progresivamente insignificante vida privada.

No estamos obviando cierta preocupación que han desarrollado las empresas por su entorno, y que hemos dado en llamar Responsabilidad Social. Estamos refiriéndonos a una situación más problemática que promover la ecología o ratificar la larga tradición a la que alude Peter Drucker cuando afirma que es incontrovertible el aporte de los líderes privados en el fomento de las artes, la ciencia y la cultura. No está mal que nos preocupemos de la suerte del mono de margarita o del bagre de Chacaíto, especies que ahora mismo están en peligro crítico de extinción. Lo que quisiera resaltar es el fracaso rotundo que hemos tenido hasta ahora para que los gerentes entiendan que al lado de la suerte del venado de margarita o del ñángaro se encuentra también la posibilidad del ocaso del sistema de derechos y libertades que definen la vigencia o no de la democracia.

Sennet advierte sobre la pérdida de interés en las organizaciones intermediarias que pueden terciar entre los formuladores de políticas públicas y las expresiones pluralistas de la sociedad civil organizada. Drucker llama la atención sobre el deber que tienen las empresas de resolver las contradicciones entre el entorno y los fines de la empresa, dilemas no siempre sencillos que debían ser tratados sin las evasivas propias del “peloteo” burocrático y sin las simplezas que casi siempre son producto de la falta de análisis. El sabio decía al respecto que si el problema era muy serio, algo debía hacerse para resolverlo, y que si el gerente obstruía la solución, entonces había que pensar en remover ese obstáculo con el fin de tener como resultado el menor daño posible.

Sigue en pie la incógnita propuesta por Sennet. ¿Quién se encarga de la ciudad como ethos de las libertades? ¿Quién financia y soporta las instituciones mediadoras que dan la batalla para que no se extinga el derecho, y por lo tanto tenga sentido la pervivencia del cardenalito? En la solución que hemos asumido se esconde un inmenso fracaso social que parte de la escuela y se proyecta hasta las academias avanzadas de administración, porque esa batalla la estamos perdiendo por mengua e incomprensión de la complejidad del asunto. ¿Cuánto cuesta la defensa del sistema de libertades? Eso debería poder ser parte del balance social de cualquier empresa.

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