Una poderosa bestia instintiva

A Ibeyise Pacheco, la autora…

La incongruencia nos amalgama. Así somos. Debo la frase a mi amiga Rosamaría con quien conversaba recientemente sobre la extraña sensación que me había dejado el leer un libro excepcional. Sangre en el diván, un trabajo de investigación periodística escrito por Ibeyise Pacheco y editado por Grijalbo, es un libro cuya lectura me dejó envuelto en un asco que todavía no logro exudar completamente. El hecho sucedió aquí como una sucesión de displicencias que por más de treinta años celebramos colectivamente.

Llega una madre y decide entregar la salud de su hija en las manos de un médico célebre. Daba confianza haber lidiado antes con presidentes y demás celebridades. Y mucho sosiego debía producir que en su largo currículo (que ahora sabemos era en parte inventado) había un rectorado, una candidatura presidencial y un largo protagonismo en la fundación de la nueva era socialista. No podía imaginar que toda esa alharaca de títulos y relaciones no era otra cosa que una inmensa trampa. El mismo que había encarado a la generación boba era ni más ni menos un asesino con buena facha y peores costumbres, abusador contumaz, ultrajador insaciable, que de repente se vio cogido por una nueva época en la que las redes sociales son el mecanismo para un ajusticiamiento veloz e inapelable. Queda la duda, empero, que haya sido la única vez. Pero fue la última.

Poco interesa el detalle. Lo que me produce grima es la posibilidad de una celebración tan larga. Lo que me estorba es que por más de treinta años él se haya regodeado, invicto, por el reconocimiento nacional. Lo que me parece insoportable es que él mismo haya sido el mejor trofeo de una sociedad de cómplices, incapaz de dar la cara por la decencia, inhabilitada para enfrentar un monstruo tan elemental, soez e instintivo como demostró ser.

Sin embargo, el infausto hecho no deja de proporcionarnos enseñanzas invaluables. La primera es casi una venganza ideológica. El psiquiatra nunca renegó de su comunismo. Lo fue hasta el final, con lo que esa versión de hombre bueno y nuevo que por esa misma razón es miembro del partido socialista unido o del rancio partido comunista es una vulgar falacia propagandística. La segunda es una advertencia contra nuestra tendencia a celebrar las apariencias sin hacernos preguntas incómodas. El libro deja el amargo sabor de una comunidad científica y social que supuestamente no sabía nada de lo que estaba pasando, pero aun así lo sabían, como compartiendo un secreto. La tercera es esa incapacidad atávica que hace del venezolano un ser propenso a inclinarse incondicionalmente frente al poder.

El psiquiatra exhibía el poder y las relaciones como un amuleto. Se presentaba como el médico infaltable en la cama de los ricos y famosos. Y éstos se prestaban a una relación de adulancia en la que lo menos importante era la idoneidad profesional. Hablaba bonito, escuchaba buena música, bebía buen vino y se presentaba como un amante exquisito. Frente a estos atributos, poco importaba que sus métodos terapéuticos fueran decimonónicos y fraudulentos. Por cierto, no creía en Dios, por lo menos no en el nuestro, porque en su relato deja colar una atracción irresistible por la enfermedad, la mutilación y la muerte, a las que pagaba constantemente el diezmo debido.

Pero volvamos a nosotros. Me aterra que tengamos tan pocos anticuerpos hasta el punto de tener que convivir en complicidad con el mal. Entre nosotros puede prosperar el mal que asesina, miente sin escrúpulos y no deja de tentarse por el poder absoluto para obligarnos a transitar una locura aún  más colectiva. Me estremece que alternemos la bulla dicharachera con el silencio más absoluto. Y que así como ocurrió lo que relata Ibeyise, a nuestro lado viva el corrupto, el trasgresor, el violador de los derechos humanos, el juez que no hace justicia o el militar que se solaza cada vez que puede echar gas del bueno a manifestantes desarmados. Es el mismo silencio, porque esa raza de criminales tiene vecinos, asiduos y relacionados que van a sus fiestas y se toman sus güisquis, sin preocuparse por nada, porque nosotros estamos dispuestos a pasar por debajo de la mesa una y mil veces para no pasar por el mal rato del “hasta aquí”.

Hay gente que no tiene ética. Esa frase se puede leer en el libro de Ibeyise. Sin embargo quién sabe si no estaba únicamente referida al psiquiatra sino que también puede atribuirse a todos aquellos que no nos sentimos capaces de trazar la raya que separa lo correcto de lo que no es, asumiendo por esa decisión todos los costos que se deban pagar, so pena de pasar por el infierno de la incongruencia y el amargo sabor de sentirnos culpables por estimular esa bestia instintiva que todos llevamos por dentro.

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