La batalla de las pulgas
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
A mediados del siglo pasado un corresponsal de guerra de la CBS llamado Robert Taber hizo un símil entre las estrategias de la contrainsurgencia y el éxito que algunas veces tienen los sifonápteros en su lucha por vivir y reproducirse. Para él “la guerrilla combate la guerra de la pulga, y su enemigo militar sufre las desventajas que sufre un perro: demasiado que defender; y tener que tratar con un enemigo demasiado pequeño y excepcionalmente ágil, que está por todas partes. Si la guerra se prolonga demasiado —esta es la teoría— el perro sucumbe al agotamiento y anemia sin nunca haber encontrado algo que morder o rascar con sus garras”.
En este tipo de batallas vitales lo más importante es que ninguno de los bandos esté especialmente confundido. La confusión es una perturbación del sentido de realidad que hace que se tomen unas cosas por otras. Por eso es esencial que ni el perro se sienta pulga, ni la pulga perro. El desconcierto es precisamente el principal problema que se enfrenta en las batallas políticas. El gobierno, por ejemplo, no termina de entender que es el hegemón a quien le corresponde defenderse del reto de la sociedad democrática convertida en alternativa de gobierno. Y a ésta le cuesta entenderse dentro del rol de la insurgencia, para colmo en circunstancias asimétricas de poder. Se le hace difícil aceptar que le ha tocado el decoroso papel de ser la epidemia de pulgas que intenta asolar al perro. Por eso nuestro mundo es tan bizarro, con un gobierno lleno de imposturas, escurriendo el bulto de las responsabilidades, deseando intensamente que algún imperio los rete, para ellos “demostrar” cuan capaces son de organizar la guerrilla para combatir al enemigo. Y también una oposición a la que le cuesta incluso asumirse como tal, que tampoco nunca ha aceptado su relativa desventaja numérica, propositiva, organizacional y logística, una vez que probó lo confortable que podía ser el gentío marchando por las calles.
Pero volvamos a las posibilidades de éxito de las pulgas. De eso se trata la contrainsurgencia en el plano de la política que no es otro que la realidad y sus resultados. Al gobierno le toca defender sus rendimientos, y a la oposición encontrarle todos los peros posibles, en todos los flancos de debilidad que pueda encontrar. ¿Cuáles pueden ser las lecciones que podemos aprender de esta batalla tan desigual? Ya hablamos de la necesidad de asumirnos tal y como somos. De allí se derivan un conjunto de proposiciones que vamos de inmediato a inventariar. La primera es que las pulgas no dispersan sus acciones. Se concentran en pocos temas, de alto impacto, para mejorar su desempeño, evitar su vulnerabilidad y no caer en el agotamiento moral. Dos aspectos resultan apreciablemente dolorosos para el perro: el desastre de los alimentos podridos y la inexplicable cifra de muertes violentas que se sufre en Venezuela. Ambos resumen la indolencia, la crueldad, la ineficiencia y la corrupción que arropa todo el régimen y destapa una condición esencial de su cohesión interna, el hambre de riqueza fácil y la voracidad con la que se apropian de los recursos públicos mientras todo el país cruje de necesidades.
La segunda lección es la movilidad constante. El perro no resiste ser todo él una urticaria. La comezón de las denuncias de la iglesia apiladas a las protestas de todo tipo en muchas partes del país lo convierte en un brollo inexplicable de nervios que lo van agotando. El eje central es la misma pregunta que no atina a dar respuestas, mientras intenta por lo menos atenuar el escozor en la punta de la cola. La movilidad enloquece al perro hasta el punto de dar vueltas sobre sí mismo intentando alcanzar partes de su cuerpo torturadas por la acción efectiva de las pequeñas pulgas. Y por último, la sorpresa. Inteligencia de calle, hacerles difícil anticiparse, estimar sus próximos movimientos. Someter al perro a la incertidumbre constante, obligarlo a concentrarse en el dato falso, mientras las pulgas transcurren por otra parte. Reinterpretar sus acciones y validarlos con la realidad. Confrontarlos permanentemente con sus resultados desastrosos y hacerle ver al perro que hay un millón de kilómetros cuadrados de desolación y abandono. Al gobierno le corresponde velar porque los servicios públicos funcionen. El perro intentará justificarse con frases rimbombantes y anacrónicas como su propia ideología. Pero allí están los resultados esperando por la denuncia política y por el reclamo ciudadano. Allí está la insurgencia de la realidad esperando por que las pulgas hagan su agosto.