Los admirados héroes vencidos

Por: Víctor Maldonado C.

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“Los dioses romanos son más poderosos…”
Corría el año 61 d.C. Boudicca, reina de los celtas estaba a punto de tomar una decisión final. El veneno era su salvación. Sus hijas habían violadas cuando el cadáver de su marido todavía no se había enfriado. Ella no tenía alternativa alguna luego de haber dirigido la más peligrosa rebelión contra el poder romano. Alta, pelirroja, de complexión fuerte, sabía que sus enemigos no podían encontrarla viva. Ella llegó a creer que podía ganar. No había sido escaso el esfuerzo ni magros los resultados. Unidas las tribus bajo una única conducción, logrado el mínimo de orden indispensable para encarar el reto, e incluso logradas ciertas victorias preliminares, transformaron este preámbulo en una certeza de invencibilidad que a la hora de la batalla final no resultó cierta.

Ese año estuvo lleno de presagios. Poco tiempo antes la isla de Glastonbury, tierra sagrada de los druidas fue brutalmente asolada por las legiones romanas. Suetonio Paulino atacó con tal ferocidad que no quedó uno solo de los líderes religiosos. Sus cabezas fueron arrojadas al mar para evitar nuevas reencarnaciones, y con ellas se hundieron en el olvido toda la memoria histórica y todo el acervo cultural del pueblo. Mientras eso ocurría, en otra parte del país, los soldados romanos veteranos se asentaban en tierras ajenas, y en suelo sagrado erigían templos a Júpiter, un dios extraño, con forma de hombre y confinado a un espacio marmóreo. Y Boudicca, azotada, despojada y humillada, no se resignó a todos estos ultrajes sin intentar el desafío. Encabezó a los suyos subida en un carro de guerra, enarbolando el símbolo sagrado de Andastra, la diosa de la victoria: una liebre con la luna llena. Londres, St. Albans y Colchester cayeron a su paso. No hay piedad ni prisioneros. Su estela fue la muerte, la soledad y la podredumbre.

Suetonio Paulino asume el golpe sin caer en el pánico, y reorganiza su ejército con los que están disponibles. Reúne dos legiones, hilvanando todas las fuerzas disponibles, incluso bretones, galos o celtíberos romanizados. Un valle estrecho y muy pedregoso fue escogido como el campo de batalla. Watling Street, cuya ubicación se perdió con el tiempo, fue el escenario donde cada legionario debía enfrentar hasta veinticinco contendientes. Tácito dijo que fueron cien mil combatientes, y Dión Casio los expandió hasta doscientos treinta mil. En todo caso la desproporción era inmensa entre las huestes de la reina guerrera y las legiones comandadas por el gobernador romano. El saldo fue devastador, pero no como cabía esperar. Las legiones romanas perdieron solamente cuatrocientos de sus hombres, mientras que el bando contrario vio morir a más de ochenta mil de sus militantes. Con esa batalla concluyó cualquier foco de resistencia y el mundo dejó de tener para siempre la oportunidad de ser otra cosa que romano.

¿En qué consistió la solución romana? El viejo Sun Tzu no lo hubiera dicho mejor. Elegido el campo de batalla más conveniente, conocida la esencia del adversario, mantenida la moral de los generales con un liderazgo resuelto, conservada la disciplina, apoyados en un plan y afianzados en una gran determinación, el problema dejó de ser numérico para transformarse en una opción estratégica. Así lo proclamó Suetonio ante sus soldados: “Ignorad los clamores de estos salvajes. Hay más mujeres que hombres en sus filas. No son soldados y no están debidamente equipados. Les hemos vencido antes y cuando vean nuestro hierro y sientan nuestro valor, cederán al momento. Aguantad hombro con hombro. Lanzad los venablos, y luego avanzad: derribadlos con vuestros escudos y acabad con ellos con las espadas. Olvidaos del botín. Tan sólo ganad y lo tendréis todo”.

La moraleja es tajante. Se gana o se pierde más allá del esfuerzo, de las propias justificaciones sobre las razones morales, y del caudal del apoyo. Solamente se puede acceder a la victoria si hay una estrategia superior, si el comando es notablemente mejor, si se escogen con cuidado las batallas que se deben dar y si se hace un inventario de lo que se puede poner en juego. Las victorias políticas no se construyen  desde las masivas  demostraciones de fuerza, cuando ellas están totalmente desarticuladas. Si esa no fuese una ley determinante, la historia no la hubiesen contado los romanos sino los celtas.  La debacle de la bella guerrera fue el hecho cierto más allá de sus razones, totalmente valederas. “Nada está a salvo de la arrogancia y del orgullo romano. Desfigurarán lo sagrado y desflorarán a nuestras vírgenes. Ganar la batalla o perecer, tal es mi decisión de mujer: allá los hombres si quieren vivir y ser esclavos”.
Víctor Maldonado C

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