Archivo de Agosto, 2012

El ojo del amo

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

El comportamiento organizacional se basa en que ocurra, continua y sistemáticamente, un intercambio fructuoso entre directivos y trabajadores a través de la delegación, que no es otra cosa que el compromiso que obtienen los miembros de una empresa de que a cambio de su esfuerzo van a recibir como retribución un conjunto de “seguridades” que van desde el pago oportuno de un salario, pasan por tener garantías equitativas de que podrá desarrollarse dentro de la empresa, y terminan en el compromiso de que siempre van a contar con soporte, supervisión y liderazgo que les ratifique cuantas veces sea necesario cuales son y cómo se logran las metas de la empresa.

Hay muchos argumentos que podríamos dar para resaltar la importancia de la presencia del gerente al frente de su equipo de trabajo. Pero quedémonos con lo que dice el refrán popular: “cuando el gato sale los ratones hacen fiesta”. El ensamble de la división del trabajo en los sistemas complejos necesita el soporte de la dirección para resolver entuertos, ajustar los equipos, mediar entre las expectativas de las personas y recordar sistemáticamente que el jefe de toda la empresa es su misión organizacional. Si no se cumple la misión, nadie tiene sentido.

Sin embargo contra esta posibilidad conspiran los efectos distractores de la globalización. Las empresas son ahora mucho más grandes y descentralizadas que antes, y los gerentes tienen que pasearse por el mundo como parte de sus obligaciones. Los equipos quedan desasistidos y como lo plantea de manera magistral Richard Sennett, los gerentes van quedando al margen, conociendo cada día menos de la esencia de su empresa y de las peculiaridades de su negocio. Y por eso, entre otras cosas, ciertos problemas les explotan en la cara. No tienen que ser las circunstancias más extravagantes las que se hagan presentes. En el caso venezolano es, por ejemplo, ese desajuste de expectativas que ha provocado la legislación laboral y los efectos corrosivos en la disciplina y la debida concentración en el logro productivo.

Peter Drucker escribió un libro que se transformó en un clásico. Se llama “El Ejecutivo Eficaz” y en el capítulo 5 comienza diciendo que si hay algún secreto que se puede compartir para ser un bien gerente, ese sería la concentración: Tener prioridades, darles a esas prioridades un espacio preferente dentro de la agenda, y aprender a concluir cada una de ellas, sin caer en la tentación de “dejarlas guindando”. Hacer una cosa primero, concluirla, y otra después. Y no es porque no seamos capaces de ejecutar una asombrosa cantidad de cosas diversas, solo que para hacerlas bien, tenemos que aprender a concentrarnos para hacer converger todas nuestras aptitudes en un logro único. Y luego en otro. Y así sucesivamente. Esa es la diferencia entre el orden y el desorden.

Pues bien, para que las empresas funcionen los gerentes tienen que abrir espacio al control de su propia gestión, de la cual es imprescindible saber cuál es el estado de ánimo del grupo que tienen cargo, cuáles son los resultados que con su trabajo se están obteniendo, cómo se comportan las finanzas en relación con esos resultados, y cuáles son las señales del entorno que debemos atender con sentido de urgencia. Para hacer todo eso hay que concentrar tiempo y energías y no desgastarse en los privilegios de la ausencia.

Las complicaciones son más recurrentes en economías con altas tasas de turbulencia. El papel del gerente es todavía más determinante en el caso venezolano, con una propuesta que no termina de consolidarse, sin reglas claras y estables, y sin que se garanticen ni los derechos de propiedad ni los de la libre empresa. Con tanta confusión al directivo eficaz le corresponde hacerse presente y generar confianza. Y resolver allí donde haga falta tomar decisiones para no perder el control de su empresa. Porque hay demasiados incentivos para la disolución y muy pocos para enfocarse en el futuro. De eso se trata la incertidumbre, de la quiebra de buena parte de los estímulos institucionales que son necesarios para amalgamar esa relación que provoca como resultado el trabajo productivo.

Si hay una recomendación que no pueden dejar pasar los gerentes es que en épocas como estas es mejor concentrarse, hacerse presentes y ser todo lo visibles que puedan ser. Demostrar que eso todavía es posible, y que todas las tareas se pueden concluir, eso sí, una primero y otra después.

Víctor Maldonado C

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¿Eso está listo?

Por: Víctor Maldonado C.

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Eran las seis de la tarde. El emperador pidió la hora y ordenó a uno de sus edecanes que escribiera a Paris el siguiente texto: “A las seis rompimos las fuerzas de Wellington y ganamos la batalla… No. Dígales que ganamos la guerra”. A esa hora ambos adversarios coincidían en la crítica situación que favorecía a los franceses y colocaba a los ingleses en una situación que parecía irreversiblemente comprometida. A las 8:00 p.m. todo se había perdido. Pero lo habían perdido los franceses. A esa hora todo el imperio forjado por Napoleón sucumbía definitivamente, esta vez, para siempre. No habría regreso. No volverían a ocurrir los cien días.

Dispongo de una de las frases que Antonio Cova no duda en catalogar como una de las frases malditas de nuestro gentilicio. “Eso está listo” es una respuesta común cuando a alguien se le inquiere sobre el avance de un trabajo o sobre los resultados de una responsabilidad encomendada. Pero todo el mundo sabe, o debería saber, que detrás de esas tres palabras se esconden más de una excusa y una manera muy vernácula de salirle al paso a una pregunta incómoda. “Eso está listo” es casi siempre lo contrario. Cuando se invoca, lo que realmente quiere decir es que “la vaina está más cruda que nunca” y que llegado el momento habrá que montarse el operativo de siempre para sacar las castañas del fuego y hacer caóticamente lo que no se quiso hacer con orden y concierto.

Algunas batallas, decía Napoleón, las he perdido a las 6 y las he ganado a las 8. Pero en Waterloo fue lo contrario, porque lo que fue una presunción de triunfo no era otra cosa que un buen momento que no se supo aprovechar, que se malinterpretó, o que simplemente carecía de respaldo en la realidad. Lo cierto es que así como nadie se muere en la víspera, lo mismo podríamos decir de las victorias. Nadie las gana antes del plazo, antes que concluya el tiempo previsto, antes de que el adversario se rinda definitivamente. Ninguna batalla se gana en el plano de las predicciones. Se ganan el día y la hora en que se hace el inventario final de los resultados.

Y los resultados dependen de por lo menos tres aspectos que son cruciales: De la capacidad que se tenga para ganar. De la creencia en que esa capacidad pueda conducir al triunfo. Y de que esas fuerzas se organicen de tal manera que conduzcan efectivamente a los resultados que se desean. Por lo tanto, el creer que se puede ganar es solo parte de los requisitos. El creer que el adversario puede ser derrotable es una condición. Pero ninguna de ellas es suficiente. Incluso pueden ser contraintuitivas, porque algunos pueden creer que su concurso es innecesario a los efectos del resultado final. Y por lo tanto, tiene sentido dejar que otros sean los esforzados y uno sea el que disfrute el certamen desde una tribuna privilegiada. Napoleón sabía de esos riesgos. Fue sin duda un estratega militar y político de altos kilates, y sin embargo no pudo con Waterloo.

A cuarenta y tantos días de las elecciones vale la pena ir preguntando si “eso está listo”. Algunos inmediatamente aventuran una respuesta, que no es necesariamente la que uno anda buscando. A mí no me convence “eso está listo” si no lo acompañan con los debidos argumentos. Como Napoleón lo experimentó en carne propia, una cosa es creer y otra que los demás se rindan. Hay de todo, desde los extraños juegos de la rueda de la fortuna, que a veces nos favorece y otras no tanto, hasta entender que no somos solo nosotros los que nos estamos jugando el pellejo. Wellington también deseaba el triunfo e hizo todo lo posible para cambiar el curso de los acontecimientos. Los demás también juegan, y juegan en contra. Por eso vale la pena aprovechar los buenos momentos para afianzar las condiciones que tengamos para el éxito. Una de ellas, imprescindible, la organización y la logística del día de las elecciones. ¿Tenemos todos los testigos que necesitamos en todas las mesas de todo el país? ¿Tenemos el operativo de soporte? ¿Tenemos listo y probado el sistema de seguimiento del voto? ¿Están auditados esos procesos? ¿Podemos contar con una organización de funcionarios y observadores que hagan valer la ley electoral y combatan el ventajismo oficial? ¿Está montada la sala de prensa y previstos los boletines oficiales? ¿Tenemos organizada la vocería de ese día? ¿O simplemente tenemos que conformarnos con que “eso está listo”?

Víctor Maldonado C

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Un tobogán hacia el fracaso

Por: Víctor Maldonado C.

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Todos en la isla lo saben. Un inversor venezolano se propuso hacer el parque de agua más grandioso de Aruba. Ubicado en un lugar privilegiado, servía igual a los intereses de los que se hospedaban en el área de los grandes hoteles o de aquellos que llegaran al área de resorts y al downtown. Pero no lo logró. Ocho meses duró el intento, y al final no tuvo otro remedio que cerrar. Se declaró en quiebra y lo que ahora se contempla es un inmenso monumento a la ruina, que no se puede esconder, que es evidente para todos. La pregunta es, por lo visto, común. ¿Qué pasó? ¿Cómo es posible que en este emporio del turismo, del sol y del agua, haya fracasado un proyecto como este? La respuesta es unánime: Sucede que nunca calculó quienes iban a ser sus clientes. Una simple fórmula de la física más elemental hubiera bastado para estimar cual podía ser la velocidad de la caída, y la profundidad que debería tener la piscina para recibir a los entusiastas clientes. Al parecer nunca imaginó que eso podía tener algún interés. Así fue como se fueron acumulando accidentes y descontentos al no haber forma de evitar un buen tortazo como final de la travesía.

Un segundo aspecto fue el precio. Muy por encima del mercado, el valor de la entrada no iba acompañado de ningún “todo incluido”. Adentro cualquier bebida se ofrecía al doble e incluso al triple de lo que era el precio en los comercios de la zona. La oferta no se parecía al mercado de diversiones que está disponible para los turistas y para el solaz de los locales. “Demasiado caro, demasiado peligroso” comentaban los taxistas. Al final remataban que otras opciones ofrecían algo mejor que eso a un precio menor.

Me sorprendió tanto el cuento que rápidamente se lo comenté a un amigo. El Sr. G. fue preciso y tajante al darme su dictamen: Eso pasa por olvidar que el secreto de cualquier negocio es conocer al cliente. Peor aún –remató- eso ocurre cuando alguien se mete en un negocio que no conoce. La experiencia del Sr. G. es más que suficiente para dar por bueno su diagnóstico. Algo de eso debe haber ocurrido cuando al hacer una inversión de esas magnitudes se olvidó de calcular el peso promedio de sus clientes, la velocidad de la caída y la profundidad de la piscina. Y saber si podían pagar lo que él quería cobrar por disfrutar de sus instalaciones. Y en qué andaba la competencia.

Pero hay algo peor. En esa isla será difícil que vuelva a contar con la confianza de los inversionistas. Allí está su reputación vuelta una anécdota que taxistas y operadores turísticos repitan con una sistematicidad pasmosa. A todos ellos les sorprende que en ocho meses no haya encontrado un solo argumento para mejorar el precio o garantizar una mayor seguridad. No hubo ofertas, no envió una sola señal de ajuste a las expectativas del mercado. Simplemente, cuando no pudo más, cerró.

Pero volvamos al dictamen del Sr. G. para formalizar las moralejas del cuento: Emprender es algo más que tener la sensación de contar con una buena idea. Es algo más que recaudar el monto de la inversión. Emprender supone aprender del negocio. Darse el tiempo suficiente para observar y apreciar el mercado. Imaginarse muchas preguntas y objeciones e intentar respuestas. Dimensionar esos sueños a lo que es realmente factible y tener capacidad para ser flexibles. Emprender es un viaje hacia la psicología de los clientes. Aprender a conocer sus expectativas, entender sus necesidades, saber cuánto están dispuestos a pagar por lo que le estamos ofreciendo, y en qué momento de su vida económica están. Si no hay esa buena interpretación el negocio nunca va a prosperar. Como se puede apreciar, el punto de partida para el éxito o el fracaso es muy elemental: aplicarle racionalidad a toda esa capacidad de riesgo que caracteriza a los emprendedores y evitar que el realismo mágico con toda su carga de pensamiento positivo acaben con lo que puede ser una magnífica forma de crear prosperidad. La inspiración sólo es buena si se acompaña con las certezas que provoca el acto de conocer.

Víctor Maldonado C

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¿Perdió su genio?

Por: Víctor Maldonado C.

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Cuando todo esto comenzó buena parte de la inteligencia nacional decía, entre sorprendida y maravillada, que Chávez exhibía una lucidez y una velocidad para tomar la iniciativa que no tenía parangón con ninguno de sus competidores. Algunos hicieron tesis sobre la forma de hacer política del caudillo, equiparándola con la blitzkrieg que instrumentaron los nazis para hacer y ganar sus guerras. Algunos decían que la rapidez, la imposibilidad de prever su próxima jugada y ese gusto por el riesgo y esa forma de apostarlo todo le habían dado el poderío que luego volcó sobre la sociedad civil con la intención de aplastarla definitivamente.

A mi esa tendencia de la opinión pública siempre me pareció exagerada y errada. De esa primera aproximación a sus cualidades carismáticas se generaron posiciones y estrategias políticas también equivocadas. Dos son, tal vez, las más importantes. La primera de ellas decía que no había que tocar la imagen sacrosanta del caudillo, lo que imposibilitó que se pudiera hacer una campaña consistente contra su gobierno y toda la responsabilidad que él tenía en sus resultados. La segunda, que la política y los políticos no podían hacer nada contra ese coloso. Que la política era causa y consecuencia de tanto oprobio y que había que intentar otras formas de alterar el curso de nuestra propia historia.

Afortunadamente estamos de regreso de todas esas monsergas. Los cultores de esas falsas premisas están ahora contra la pared del escrutinio público. Esos encuestadores devenidos en pitonisas están siendo desenmascarados, y todo ese mundo de la antipolítica está bajando al basurero de la historia, de donde nunca debió salir. Mientras tanto, la trayectoria del líder de este convulso proceso está llegando a su ocaso con más errores que aciertos. En la política lo que importa es la tendencia. Y la verdad sea dicha, por más que uno le ponga la lupa “perdonavidas” a este período, no hay forma de salvar su resultado. No hay obras sino promesas. Vivimos de lo que construimos hasta hace treinta años, y hemos perdido los últimos veinte en ese ambiente confuso y violento que nos impuso el discurso resentido del que ahora es presidente. Pero sobre todo luego de trece años nadie se llama a engaños. Esa tendencia no va a cambiar. Está condenada a su propia inercia, esa que deja que los puentes colapsen mientras se acelera el endeudamiento y se promete la salvación del planeta. Es precisamente esa mezcla incomprensible de realidades insalvables y promesas inconcebibles lo que nos hace pensar que el acto está por concluir. Porque nadie le cree.

Napoleón Bonaparte decía que hacer la guerra tenía una edad propicia. Él mismo, avejentado se atrevió a la campaña contra Rusia sin preguntarle a su cuerpo cuan capaz seguía siendo para aguantar esos trajines y la presión de las decisiones en las que se perdían decenas de miles de vidas con cada equivocación. En esa misma época cayó en cuenta la salud era una condición indispensable para comandar un ejército y poder imperar sobre su pueblo. Tampoco la tenía. Era un hombre enfermo. Ya no era el mismo joven audaz y rápido que escaló hasta coronarse él mismo como emperador. Ahora era un hombre vacilante y temeroso que había perdido contacto con la realidad y ascendencia sobre sus hombres. Terminó siendo un hombre extraño a todos, huraño y cruel. Su ambición cayó presa del invierno ruso con los resultados que todos conocemos. Fue su codicia la que lo condenó sin que sus lugartenientes se atrevieran a contradecirle ninguno de los errores gruesos que cometió en el transcurso.

Pues bien, ni edad ni salud. Rozando los sesenta años luce envejecido y repetitivo. Los mismos cuentos, los mismos chistes, la misma gente. Chávez dirige un gobierno que ha sido incapaz de renovarse y él mismo es un caso perdido de anacronismos y malas decisiones que ahora tiene que pagar de su caudal electoral que le está pasando factura sin que él pueda reaccionar. Ya no es el conductor implacable de hace una década; parece su propia mascarada, negado al paso del tiempo, cabello pintado y viejas consignas que no consigue renovar. ¿Perdió el genio? Nunca estuve claro de que lo tuviera, pero ahora estoy seguro que ya no lo tiene. Porque el genio no es otra cosa que la capacidad para obtener triunfos sorprendentes, para acertar y no equivocarse, para apostar con riesgo y aun así ganar la partida. Nada de eso exhibe. Él se ha conformado con ser su propia mentira y regodearse con ese universo fantástico en el que reina conjuntamente con Fidel sobre un mundo que es feliz precisamente porque ellos están al frente. Pero las cosas no son así. La realidad es que el puente de Cúpira colapsó, tal vez porque no pudo soportar otra promesa más.

Víctor Maldonado C

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Equipos y poder

Por: Víctor Maldonado C.

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“…quia pulvis es et in pulverem reverteris…”

Genesis, 3,19

El poder corrompe. Y no hablamos solamente de la versión sencilla de aquel que se agarra unos reales que no son suyos. Es algo peor. Es la corrosión del carácter que intima a cometer el supremo error de no considerar de ninguna manera un argumento alternativo al propio. El poder corrompe porque deja de considerar que el otro, sus experticias, sus juicios y sus tesis son al menos factibles. El principal error del poderoso es su propia ceguera.

Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, concibió el ejercicio del poder como la necesidad de atender al bien universal como si fuera el propio fin; para ello pensó que era indispensable el buen gobierno con el fin de mantener lo obtenido, y si era posible, aumentarlo. Es por eso que en las Constituciones de su orden religiosa previó la figura de un poderoso líder, el “Prepósito General” al que sin embargo no le permitió la soledad. El ejercicio de este cargo nunca podrá estar al margen de la presencia cercana e inobjetable de cuatro asistentes nombrados por la Congregación General, cuya principal función es “decir y hacer cuanto sintieren ser” acerca de su capacidad para ejercer el gobierno de la institución. El santo sabía que no tenía demasiado sentido dejarlo solo porque a pesar de todas las prevenciones morales y de formación, cualquiera iba a correr el peligro de una rápida corrupción. Ya para el siglo XVI había demasiada historia recorrida como para que los más acuciosos estuvieran claros sobre la necesidad del balance de poder y la duda constante y sistemática sobre las decisiones tomadas en solitario.

La adulancia también corrompe el buen gobierno. Es natural querer oír loas y no críticas, y de eso se encargan los que caen en la tentación de la aquiescencia automática. Es el trabajo que algunas veces se hace desde las líneas de reporte para satisfacer esas ansias que tienen todos los poderosos de sentirse reconfortados por el apoyo fiel y leal de los que los rodean, pero cayendo en un tipo de relación confusa cuya principal víctima es la verdad. Cuando la adulancia se convierte en el signo de la relación de trabajo, cualquier opinión no alineada se convierte en la justificación de una paranoia que a veces trae como resultado la ruina de las instituciones. El adulante y el adulado siempre están a un paso de cometer el crimen de aniquilar la diversidad y el sano ejercicio del pluralismo, virtudes organizacionales que son las únicas garantías de un buen desempeño de los equipos de trabajo. Los líderes siempre deberían dudar de los halagos.

Un buen gerente está consciente de los efectos del poder en su carácter, y de las consecuencias de la adulancia en su buen juicio. Por eso organiza su gestión a través de equipos de trabajo en los que el poder esté balanceado, y haya un reconocimiento incondicional a la experticia de cada integrante. En los buenos equipos la disensión es posible y nadie tiene la razón por anticipado. Las ideas se exponen sin miedo, las críticas se presentan sin que haya temor por consecuencias indeseables, y luego que se toma una decisión, se implemente sin que nadie se guarde bajo la manga el poder del veto posterior, o esa capacidad para arrebatar cuando se pierde que a veces es tan común. El poder, decía San Ignacio de Loyola, deben ejercerlo aquellos comprometidos personalmente con el bienestar del colectivo. Vale la pena recordarlo para no caer en el bache de creer que es para sojuzgar a los demás, para resolver problemas de autoestima, o para ganar.

Pero el poder está allí, como la manzana del Edén, confrontando a todos los que lo ejercen, reflejando lo que cada uno realmente es. Tal vez por eso valga la pena la advertencia que el escritor sagrado hace al vanidoso y que encontramos en el Capítulo 3 del Libro del Génesis: siempre concluimos volviendo a ser el polvo originario que todos fuimos alguna vez.

Víctor Maldonado C

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Un presente sin futuro

Por: Víctor Maldonado C.

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La segunda ley de la termodinámica es inobjetable: todos los sistemas tienden a la entropía. Todos hacen un esfuerzo titánico para permanecer pero están condenados al desorden creciente hasta su desaparición. Nada es eterno. Nadie permanece para siempre. Ni las estructuras más sencillas y mucho menos los sistemas más complejos. Ni las organizaciones más eficientes ni los que las dirigen pueden escaparse a este designio. Los poderosos creen que ellos son eternos y que sus disposiciones son a perpetuidad, pero la historia no es otra cosa que la refutación constante a la soberbia de aquellos que han creído ser capaces de sustraerse a esta ley universal.

Sin embargo, los más eficientes hacen todo lo posible para retardar el desastre. Dependen, como siempre, del genio y de la fortuna, esa mezcla asombrosa que a veces otorga la victoria y a veces sorprende con el desastre del que nadie está exento, pero que algunos advierten con algo de anticipación y así logran mitigar sus efectos. Por el contrario, los más necios nunca son capaces de advertir su propio barranco. Para éstos, toda salida es una calamidad insensata que arrastra a pueblos enteros a la desdicha.

Es el caso del presidente Chávez. Trece años en los que la suerte se le ha rendido mil y un veces hasta convertirse en un hombre fuerte y con una disposición de recursos que le fue negado a los gobernantes anteriores. Carisma y recursos infinitos son una buena mezcla para hacer milagros, aprovechar una oportunidad histórica singular, hacer cambios y realizar todas esas promesas de décadas de plata y oro que en los inicios de su gobierno repetía sin pudor alguno. Sin embargo, habiendo desgranado cada una de las 113.880 horas que le han correspondido gobernar, a la hora de rendir cuentas no hay una sola noticia que pueda contrarrestar el desastre que significa un país que no encuentra argumentos para confiar en el futuro. El presente sin fin es la cárcel de la que se valen los tiranos para someter a sus pueblos. Los autócratas se convierten en una condición indispensable y terrorífica del futuro de sus pueblos. Craso error.

Este gobierno no ha encontrado una salida conveniente a su propio laberinto de fracasos y desencuentros con el país. Pero el presidente tampoco ha conseguido desasirse de la peor de las condenas a su liderazgo: esa enfermedad que lo convierte en un impedido y que transforma cualquier promesa en esa agua sucia que se produce al mezclar la sorna con la lástima. Y es que no hay proyecto político personal que se puede ofrecer si la vida no acompaña al proponente. Y de eso se tratan los indescifrables giros de la fortuna que advertía Maquiavelo como acompañante infiel de la virtud que debían exhibir los gobernantes. Y es que a veces el tiempo se acaba demasiado rápido y un mes o dos se convierten en cumbres inexpugnables y carentes de todo sentido. Algunos, los más majaderos, descubren un heroísmo abyecto en eso de “morir con las botas puestas”, aunque esas botas estén pisando las esperanzas de sus pueblos e impidan una recuperación de la que son merecedores los ciudadanos.

El líder está sumergido en su propia entropía. Pero no es él solo. Su gobierno vive tiempos de disgregación. Las caras enfurruñadas de los principales del régimen solo demuestran ese hastío para la mentira y el disimulo que no los hace menos culpables pero si más humanos. Ellos saben que cualquier amago victoria es un engendro de laboratorio. Se siente en esas calles desoladas pero a la espera del pago que tiene una tarifa para los aplausos y los vivas al líder. Ellos viven sus propios remolinos y cada designación es vista como un exilio que solamente se explica por esas rencillas silentes de una corte que transcurre en la clandestinidad y el secretismo. Este gobierno sabe que no hay forma de mantenerse exigiendo conciencia y sacrificio a los cuadros, y haciéndose los locos con la deuda, la inflación, el crimen y el deterioro creciente de los servicios públicos. Escribir esto mientras las calles de las principales ciudades del país se hunden, mientras el país se somete a sequías inexplicables y apagones consuetudinarios no me significa otra cosa que la ratificación de un desorden creciente que puede acabar con toda esta revolución mientras el presidente intenta caminar sin cojear al mostrar un abasto imposible de abastecer sin contar con esa sangría de importaciones que nos tiene a todos arruinados de esperanza.

Víctor Maldonado C

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Una caimanera en Mercosur

Por: Víctor Maldonado C.

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Talcott Parsons tenía una definición de poder que tal vez nos permita aclarar cuáles son las consecuencias de nuestro ingreso a Mercosur. El sociólogo norteamericano decía que poder “es la capacidad para movilizar recursos en el interés de la obtención de un objetivo del sistema”. Dicho de otra manera, el poder se demuestra al ser capaz de lograr lo que te propones con una relativa facilidad y al menor costo posible. Más poderoso será el que obtenga muchas cosas a cambio de nada, y el pendejo de la partida, el que tenga que hipotecarse para poder comer. El concepto nos sirve como el primer baremo de nuestro papel como miembro de pleno derecho en el Mercado Común del Sur.

Mercosur es eso, un mercado ampliado. Por lo tanto su principal objetivo es económico, y el lenguaje que se habla es el de las empresas, la producción, términos de intercambio, y como concomitantes, progresividad, equidad, justicia y democracia. Pero por las razones que nosotros ya conocemos, al gobierno le fastidia ese lenguaje, y por eso es que se propone poner de relieve las ganancias políticas y subordinarlas a ciertos costos económicos que el país tendrá que pagar. Porque a cambio de esta peculiar aceptación del país en el concierto del mercado subregional, el presidente Chávez no tuvo ningún recato en enviar dos señales inconfundibles: Que está dispuesto a ser el suplidor energético del continente, siempre y cuando no le perturben su proyecto político, y que sigue dispuesto a ser el sublime comprador que no pide a cambio ningún equilibrio en términos de balanza comercial. Venderemos petróleo barato, y compraremos todo lo que nos puedan vender.

Y como es casi imposible no hablar de empresas en un mercado común, al llegar de su periplo suramericano, sugirió que sus empresas públicas de acero, aluminio, cemento y vidrio iban a ser los puntales del intercambio. No señaló que todas esas empresas están perfectamente quebradas, y que muy probablemente haya dentro del Mercosur alguna clausula molesta que impida el dumping y los subsidios gubernamentales. Esos detalles se los dejó al dueto Maduro-Jaua, ahora plenipotenciarios a los efectos de hacer el inventario de oferta del país.

La oferta del país está cruzada por un conjunto de vulnerabilidades. Hemos perdido 177 mil empresas y la mitad del parque manufacturero, que ahora suman, poco más o menos, 4 mil establecimientos. Las hemos inmolado en el altar del socialismo del siglo XXI, un neologismo muy conveniente a la hora de encubrir el comunismo militar que nos gobierna. Pues bien, las pocas empresas que quedan, están excesivamente reguladas y recargadas de tributos y contribuciones. Tienen que lidiar con una legislación laboral compleja e inflexible. No cuentan con plataformas de infraestructura y servicios públicos eficientes, ellas sobreviven en una economía donde todos sus aspectos están controlados, sufren la inflación y la escasez de insumos, les dosifican las divisas y las han demonizado socialmente. Estas empresas no podrán competir con las 330 mil empresas manufactureras brasileñas y las 85 mil argentinas, que tienen unas condiciones de marco más favorables. No podrán, ni las públicas ni mucho menos las privadas.

No podrán, ni porque el gobierno así lo decrete. Porque Chávez cree que tiene poder porque tiene petróleo. Y la verdad sea dicha que confunde poder con esa predisposición de los acomplejados de comprar afectos y lealtades, porque en el fondo saben que sin esa ayudita serían unos parias desdichados. No sólo no tiene poder para garantizar la preeminencia de los intereses nacionales sobre cualquier otro, sino que no cree en eso, y muy probablemente tampoco lo entienda.

Los mercados ampliados son oportunidades para aquellos que tienen capacidades, las han construido y las ponen a disposición de la prosperidad nacional. Pero sin oferta, y entrampados en la idiotez del socialismo solo parecemos una montonera que está fatalmente condenada a enfrentarse con equipos de talla mundial. No hay dudas, tenemos petróleo, y el resto tiene ganas de vivir de nosotros. Al unísono lo cantaron Dilma, Cristina y Pepe. Ellos saben que el precio es modesto. Simplemente tienen que seguirle la corriente a Chavez y calarse sus interminables discursos. Simplemente tienen que hacerse la vista gorda con las cláusulas democráticas para tener a mano la generosidad siempre dispuesta del dictador venezolano.

Esta situación se puede revertir en oportunidades cuando haya la posibilidad de un viraje ideológico. Confianza para atraer a los inversionistas. Reglas claras, consistentes y estables. Un régimen tributario que estimule el emprendimiento y un estado de ánimo social en el que prime la confianza, la reconciliación y la paz. Ninguna de estas condiciones las puede garantizar el presidente Chávez. Él lo sabe. Nosotros lo sabemos. Los otros miembros del Mercosur lo conocen. Habrá que esperar.

Víctor Maldonado C

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