Archivo de Junio, 2012

Esa violencia cotidiana

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Hay un prejuicio venezolano muy extendido que nos define como pacíficos. Sin embargo, el día a día nos va acumulando evidencias de que somos capaces de infligir daño a otras personas. Baste recordar que son cerca de veinte mil asesinatos anuales y que se acumulan 160 mil homicidios en los últimos diez años, la mayor parte de ellos realizados con impunidad y sin que le importe a nadie. No hay demasiado escándalo social, tal vez por los efectos de la costumbre, y el gobierno puede esquivar con relativa tranquilidad las culpas que pueda tener al respecto. Es tan irrelevante el tema que Chávez puede decir que toda esa monserga es parte de la conspiración del imperio o una conjura de los medios de comunicación. Y el ministro del ramo repetir hasta la nausea que todos esos muertos son inventos, y que lo que vivimos es nada más que una crisis de sensaciones. Lo dicen, y no pasa nada. Nadie reacciona.

Pero la realidad indica otra cosa, porque no hay forma de ocultar que el fin de semana pasado aparecieron tres cadáveres en la Cota Mil de Caracas, al parecer producto de ejecuciones sumarias realizadas por un colectivo que opera en el oeste de Caracas. No han sido los primeros, y me temo que esa práctica no va a concluir. Mientras escribo este texto, en Lídice van por la tercera noche de terror, con una policía que infructuosamente intenta atrapar a los que dirigieron el asalto y posterior exterminio. Con el sol todo vuelve a esa normalidad tan patética, como si no hubiese ocurrido nada. Como si fuera posible pasar la página hasta el siguiente ocaso.

Empero, la violencia no tiene un único formato, ni siempre es tan atroz. Recientemente tuve la oportunidad de pasear por Morrocoy. Su parque nacional invita al solaz de las familias y ese contacto con la naturaleza que a veces vale la pena intentar. Salimos en una lancha advertidos por los baquianos que “llegado el momento debíamos huir de la guerra de decibeles”. Al principio me costó entenderlo hasta que lo viví. Imagínese usted por un momento el vaivén de las olas y la brisa que silba mientras los niños intentan descubrir lo que hay debajo del agua. Ese contacto con el silencio que a veces nos confunde y nos hace ver la sombra de Dios en los reflejos azules de nuestro mar. Hasta que al frente se ancla un yate, dos o tres personas, o diez, no importa, que le imponen al resto su música, propagada a través de cornetas y volumen que servirían para animar una manifestación de miles de concurrentes. Llegan, lo hacen, y no conceden consideración al otro. Impera la ley del más fuerte y del más atrevido. Al fin y al cabo violencia no es otra cosa que esa capacidad que unos tienen de imponer unilateralmente y por la fuerza sus propias reglas del juego a los demás, que se dejan. Y se dejan porque el cálculo de cualquier otra conducta les indica que enfrentar el acto violento puede resultar perturbadoramente costoso. Ustedes dirán si eso no ocurre con las fiestas que se prolongan en el salón de fiestas del edificio, las azarosas compañías que nos tocan en las playas, y en general, en casi cualquier exposición en sitios públicos. Siempre hay otro que impone por la fuerza su real gana. Y el resto pasa la dentera. Al regreso del viaje tuve la oportunidad de acumular más evidencias. Cualquier retardo, cualquier cola es aprovechada por algunos para tomar el atajo de las islas centrales de la autopista, e incluso atreverse a la peligrosa aventura de ir contra ruta por la vía contraria. No uno, sino docenas de intentos. El resto mirábamos atónitos que estos vivos acumulaban sus vehículos en la punta de la cola e intentaban coleárseles al resto. Y lo lograban, además de aportar esa sensación de caos que siempre precede a la descomposición total.

Todas estas experiencias tienen un común denominador en la impunidad. Todo esto puede ocurrir porque no hay gobierno que esté en la capacidad de imponer las reglas de la justicia. No hay reglas, y por lo tanto la conducta social está sometida a la más brutal condición, la que es capaz de instaurarse por la fuerza. Y es así en cada una de nuestras experiencias cotidianas. En las calles cuando ocurre un arrebatón. En nuestras noches cuando se producen secuestros. En nuestros barrios cuando un colectivo se da a la insoportable tarea del exterminio. Y también cuando un funcionario cualquiera invade, destruye y se apropia de la propiedad privada, como ocurre con los pequeños comerciantes de Catia. Es la misma violencia presentando tantas caras como le es permitida. Hannah Arendt dijo al respecto que esa violencia ocurre cuando no hay gobierno, y el poder se va transformando en terror al ir aniquilando cualquier oposición a la propia voluntad. Se permite porque los muchos están atomizados y desorganizados. Como si hubiese vivido en nuestra Venezuela del siglo XXI, la autora da en el clavo en las razones de esa violencia cotidiana que se nos impone como un aguacero desgarrador.

Víctor Maldonado C

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El coraje es una competencia gerencial

Por: Víctor Maldonado C.

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¡Nada! Al escuchar la palabra todos quedaron aturdidos. ¿Nada? ¡Nada! Volvió a retronar en el salón, mientras todos buscaban en el auditorio una explicación en los ojos de los demás. La pregunta había sido clara y precisa: En el caso de una toma hostil ¿qué es lo que vamos a hacer para contrarrestar sus efectos? ¡Nada! no debió haber sido la respuesta. Explicaremos las razones.

En los lejanos 40´s del siglo XX el profesor Philip Selznick escribió un texto que se convirtió rápidamente en un clásico de la sociología organizacional. Sus “Fundamentos de la Teoría de la Organización” apareció en en el vol. 13 de la ‘American Sociological Review’, 1948. De ese material extraemos su concepto de “imperativos organizacionales” a través de los cuales toda institución desarrolla medios repetitivos de auto-defensa y auto-sostenimiento. El caso es que siendo todas las empresas inmensos mecanismos de delegación, la gente se mantiene fiel a sus postulados si y solamente si la organización se muestra capaz de garantizar “la seguridad de la organización como un todo en relación con las fuerzas sociales que la rodean, a través de una continua atención a las posibilidades de intrusión y a la prevención de amenazas de agresión o consecuencias nocivas (aunque quizás no intencionales) de la acción de otros”. Por eso el ¡Nada! como única respuesta resulta ser siempre tan ingratamente sorprendente.

Vamos un poco más atrás. El primer capítulo del Arte de la Guerra, atribuido a Sun Tzu (476-221 a. C.), está dedicado a los cálculos preliminares que se deben tener en cuenta en el caso de afrontar una crisis bélica. El punto 7 está referido a las cualidades del que está a cargo: sabiduría, sinceridad, humanidad, coraje, y severidad. “Si un general no es valiente será incapaz de ganarle a las dudas o de crear grandes planes”. Lo que la gente quiere ver en la cara de sus líderes es esa capacidad imbatible de luchar hasta el final, porque si los gerentes no creen en sus propios proyectos, los demás menos. Sigue diciendo Sun Tzu “carros fuertes, caballos veloces, tropas valientes, armas afiladas – es cuando oyen al tambor anunciar el ataque que son felices, y cuando oyen a los gongs apresurar el retiro se enfurecen. Quien es así es fuerte”. No cabe duda, la valentía es una competencia. Pero también es una virtud, que debe basarse en la justicia. La perseverancia forma parte de esta fortaleza, y la vida fácil la destruye. A la gente le gusta equivaler estos viejos tratados militares con el perfil directivo. Tienen razón, al fin y al cabo toda estrategia termina en la buena disposición para actuar decididamente y comprometer recursos en la consecución de los objetivos de la empresa, entre los cuales tiene que estar su sobrevivencia.

Cuando se habla de sobrevivencia, algunos creen que con ello se da el place para que sea de cualquier modo. Tampoco es cierto. Sobrevivir se refiere a la trascendencia de principios, valores, medios y fines. Es permanecer con la misma dirección, los mismos colaboradores y las mismas políticas. José Antonio Marina hace un elogio a la valentía que algunos habrán leído en artículos anteriores, pero del cual no quiero prescindir porque viene al caso: “Valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad del camino. Actúa pues a pesar de su dificultad, y guiando su acción por la justicia, que es el último criterio de la valentía”. Actuar es el signo de los valientes. Hacer ¡Nada! es sinónimo de la pusilanimidad que corre el compromiso que se le exige a todo empleado que quiera hacer carrera en nuestras empresas. Un gerente sin coraje es un oxímoron dirigencial.

Víctor Maldonado C

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El gran fracaso

Por: Víctor Maldonado C.

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Trece años son 4745 días. Cada uno de ellos con la onerosa carga de 34 homicidios. Cada uno de ellos con su propio aporte de delitos contra la propiedad y otros crímenes afrentosos como los secuestros, extorsiones, y esa violencia por goteo que nos hace más pesada la vida, sin que ningún venezolano pueda evadir esa sensación de miedo que se cierne en forma de pesadillas y temores. Nos hemos convertido en un país violento y cruel, donde la vida y la dignidad de las personas valen poco menos que un teléfono celular. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir esto? Vale la pena volver a echar el cuento.

Todo comenzó con el estilo trasgresor con el que se inauguró esta “revolución”. Las primeras imágenes del novel presidente, el día que tomó posesión, comunicaron al país cuál iba a ser el estilo: llegó y abrió el arca donde reposa el Acta de la Independencia, y se dedicó un largo rato a hojear el texto sagrado que registra la valentía de nuestros padres fundadores, la mayor parte de ellos por cierto, ciudadanos civiles que luego se trastocaron en militares por la fuerza de las circunstancias. Con ese gesto Chávez nos dijo que él no creía en límite alguno para su poder de disposición. Seguidamente pasó a la ceremonia de investidura y violó la Constitución vigente cuando sin aviso y sin protesto la declaró moribunda y llamó al proceso revolucionario que aun no ha concluido. Claro está que ante ese primer gesto debieron activarse los anticuerpos de la república, pero lo que observamos fue “el temblequeo de las piernas” y esas ansias tan venezolanas de no llevarle la contraria al hombre fuerte del momento. La guinda de esa inmensa torta fue el discurso que pronunció el presidente ante el desfile militar que se iba a realizar en su honor. Allí dijo que la gente podía tener justificación a la hora de robar. Que una de ellas era el hambre y otra la pobreza. Con esa frase instauró un régimen de impunidad patrocinado por el gobierno y avalado por el ideólogo y líder del proceso. Pero con eso también señaló que la propiedad privada no iba a ser ni garantía ni derecho, sino un obstáculo para esa redención social que su comunismo en proceso debía conseguir por la única vía que podía imaginar un militar: por la fuerza. Que no queden dudas. El presidente Chávez es la causa eficiente de la inseguridad y la violencia que sufren los venezolanos.

Sigamos con la historia. Se estimuló un proceso de empoderamiento del odio y del resentimiento y se señaló por cualquiera de las vías posibles que “dentro de la revolución todo era posible”. Que la adhesión al presidente y la lucha por su proyecto político avalaban cualquier expresión de impunidad. Para los rojos-rojitos no hay ley. Surgieron los comandantes de los colectivos armados. Lina Ron fue su mejor expresión pero no la única. La apología al terrorismo, el culto a líderes guerrilleros, la concesión de zonas liberadas para que sean administradas al margen del monopolio de la violencia legítima, el uso de radios comunitarias para la gavilla política y el manejo de las instituciones del Estado para perseguir y amedrentar, son una lista incompleta de la lectura que podían hacer los venezolanos sobre cómo cuadrarse y cuáles eran los grados de libertad concedidos en agradecimiento a la lealtad revolucionaria. Por si fuera poco, esta es “una revolución armada” contra nosotros, los disidentes, los no revolucionarios, que somos poco más que la mitad del país. El concebir una relación social fundada en esta guerra de baja intensidad, pero guerra al fin, en la que ni a un empleo se puede aspirar porque para eso está la lista de Tazcón, solamente podía producir como consecuencia esta violencia que nos está matando.

Por último, la lógica económica que favorece el ocio, el rentismo de los más pobres, y la disponibilidad para que por esas grietas se cuele la delincuencia organizada y el narcotráfico. Un inmenso sistema de subsidios que corroe la moral y deja tiempo libre para ir contra los otros, tal y como insistentemente insiste la propaganda gubernamental. Mientras tanto, el gobierno desmonta las policías, las desarma, y repite la fracasada estrategia de confiar la seguridad ciudadana en militares. ¿Podrá el General Benavides trastocarse de represor y verdugo a garante de la seguridad ciudadana? Él, que se ufana de ser el adalid más conspicuo de este proceso de impunidad y desarme de la institucionalidad, ¿podrá imponer la ley? ¿Cuál ley?

A Chávez no le importa la seguridad ciudadana. En su programa de gobierno solamente dedica un pequeño párrafo al tema, pero para insistir en el error de la evasión: Sigue hablando que el camino es la revolución, la misma que en 13 años se ha convertido en un gran fracaso, porque ¿qué otra cosa puede ser esa terrible cifra de 34 asesinatos por día? ¿Amor? No lo creo.

Víctor Maldonado C

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Al borde del precipicio

Por: Víctor Maldonado C.

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De los errores más reiterados y funestos de la lucha democrática en los últimos 13 años, cuatro han resultado especialmente perniciosos: el menosprecio con el que hemos tratado al protagonista central de esta trama, la tentación de quedarnos con las cosas buenas de su proyecto político y económico, como si las tuviera, la condescendencia casi criminal con la que hemos tratado y asumido el neo-lenguaje autoritario, que usa al pueblo como eufemismo y excusa para violar derechos y garantías, y la obstinada negación de que detrás de toda esa parafernalia hay un plan muy bien trazado que nos conduce al comunismo. Por esas razones estamos aquí, al borde del precipicio.

Que caigamos definitivamente en el abismo depende de lo que hagamos ahora. Por lo pronto cabe recordar el apotegma debido a Max Weber que nos advierte que a una organización sólo se le puede enfrentar otra organización. La historia está llena de evidencias en las que montoneras son barridas por cuadros disciplinados, obedientes y sistemáticos. La debilidad de las montoneras es que no pueden asumir con eficiencia una división del trabajo que les permita atacar en simultáneo varios planos de la lucha política. Se reducen a estar en el campo de batalla del aquí y ahora, descuidando flancos estratégicos, desgastándose en el día a día, inhibidos del pensamiento sistémico e incapaces de adivinar cuáles serán las próximas jugadas del adversario. En tanto, continúa avanzando el plan de los otros, advirtiendo simplezas donde ellas se evidencien, y administrando sus propias debilidades a través de todos los mecanismos de compensación que tengan a la mano. Sun Tzu lo remarca: “Ser invencibles depende de uno mismo, la vulnerabilidad del enemigo depende de él”.

El presidente Chávez se presenta como “el candidato de la patria”. Aún peor, como “el corazón de la patria” para hacer irreversible el socialismo del siglo XXI. Nunca nos hemos dado por aludidos. Así pasó con el I Plan Socialista y con cada una de las leyes y decisiones que el régimen ha hecho aprobar para darle consistencia al poder comunal y/o al cerco empresarial, negando sistemáticamente la relación que estos dos ámbitos tienen con la instauración del comunismo. Nunca le creímos. Pensamos que debíamos aplicar la debida flexibilidad y ajuste, apostando en que al final siempre se enderezan las cargas, como si desde el método Chaaz no se iba a llegar fatalmente a la expropiación por cualquier causa. Una y otra vez asumimos la misma conducta ramplona de agachar la cabeza con disimulo y boato que se hizo célebre con la novela de “Il Gattopardo”, cuyo epílogo es patético al ser más que evidente que el plegarse sólo significó el final de su protagonista, su casa y su historia.

Tampoco nos hemos preguntado por qué ellos decidieron exacerbar el orgullo patrio y presentar un programa en el que la palabra “soberanía” se repite 44 veces, tantas como la palabra “socialismo”; la palabra “independencia” tiene 37 menciones, la palabra “participación” se cita 43 veces, y la palabra “hegemonía” se deja colar 5 veces, entre ellas para decir que no van a cesar en el esfuerzo de imponer la “hegemonía comunicacional para que en Venezuela se escuchen todas las voces”, que ellos no dudan en equivaler a la única voz del chavismo. Nosotros simplemente nos negamos a leer su programa, dejando pasar la oportunidad de hacer algo que es de suprema importancia en la guerra política: “atacar la estrategia del enemigo”. Por ejemplo, en la página 21 del citado programa el presidente Chávez grafica el comunismo que nos está ofreciendo al proponer nuevas formas de propiedad y nuevas formas de organización de la producción, distintas a la propiedad privada y al sistema de mercado. Eso es comunismo, eso es lo que el presidente advierte como “hacer irreversible su revolución”, porque cuando todos los bienes y servicios y cuando todos los empleos disponibles, dependan de este gobierno y de su lista de Tazcón, entonces será demasiado tarde para implorar libertad. Pero nosotros decidimos desestimar nuevamente al personaje, negar su plan y tratar de mimetizarnos con el mensaje socialista “no sea que las masas se resientan al creer que les vamos a quitar todo lo que han logrado con este gobierno…”

Entre otras cosas porque nosotros creemos y damos como cierta toda la propaganda gubernamental, esa que insiste en hablar y regodearse de la redención del pueblo y su empoderamiento. No importa si los barrios populares se encuentran tal y como los encontró esta revolución. No importa la inseguridad, el narcotráfico, la violencia, la informalidad y la oscilante pobreza. No importa que todo esto dependa de la renta petrolera. No importa, porque si nosotros lo creemos, estamos desarmados e inermes ante la verdad oficial.

En Cuba los cubanos también están esperando que Fidel pase a mejor vida. En eso llevan más de cincuenta años.

Víctor Maldonado C

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Un puente hacia el futuro

Por: Víctor Maldonado C.

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De acuerdo con el psicoterapeuta y filósofo liberal Nathaniel Branden el criterio esencial que nos permite afirmar la salud mental de las personas es su capacidad de sobrevivencia con bienestar. Para los seguidores de Ayn Rand, entre los que se encontró por muchos años el autor que estamos refiriendo, “una mente será sana mientras su método de funcionamiento sea tal que proporcione al hombre el control sobre la realidad que el mantenimiento y la protección de su vida requieren”. No hay mente sana sin plan de vida y sin el reconocimiento de que somos nosotros los únicos capaces de rubricar el signo de nuestro propio destino.

La autoestima es un atributo de los que así piensan y actúan en consecuencia. No hay autoestima allí donde no se confía en la razón. Eso de esperar que sean nuestras circunstancias las que impongan el ritmo y las condiciones que nos toca vivir termina siendo una trampa capaz de arrebatarnos la voluntad. Horóscopos y otros augures no son otra cosa que bastones sobre los que se apoyan las personalidades vacilantes.

Ayn Rand llamaba “misticismos” a todas estas doctrinas que contravienen la realidad para proponer cualquier tipo de promesa incumplible o por lo menos no verificable. No es casual que los “misticismos” se apareen perfectamente con el “credo del autosacrificio”, esa versión que insiste en sufrir aquí para recibir compensaciones en el más allá. Pues bien, sin control eficaz de la realidad y entregados a la vida de otros a quienes se les ofrenda la propia existencia, no hay ningún espacio para una mente sana y la autoestima. Los que equiparan sus sentimientos con el conocimiento siempre serán los escamoteadores de sus propios defectos. Con ellos trabajar es un suplicio. Nunca son, nunca están, nunca van a asumir responsabilidad alguna por lo malo, y por supuesto, siempre van a esperar que la lástima que provocan les conceda el elogio gratuito y la recompensa divorciada del buen desempeño.

Para no terminar perdidos en el laberinto de nuestras propias vacilaciones no queda ninguna otra opción que aprender a relacionarnos con la razón. Branden acota que esto “es un compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, y la coherencia entre las convicciones y las cosas que se realizan. Nunca se debe falsear la realidad y mucho menos permitirse contradicciones con las funciones correctas de la conciencia: percepción, aprendizaje y control de las acciones”. Lo contrario es bloqueo, evasión y conflicto con el propio yo, que se desencadenan en síntomas como el miedo, la incapacidad para actuar, la depresión y la disociación de la realidad.

Autoestima es confianza en la propia eficacia y en el valor inmanente que se provoca a partir del inventario de realizaciones personales. Es sentirse en capacidad de comprender y de controlar la propia historia, y relatarla con satisfacción. Se consigue cuando el hombre elige libre y conscientemente sus valores, fija sus metas y diseña sus propósitos de largo plazo. La autoestima se funda en tener un plan de vida, luchar por él hasta obtenerlo, y resolver cada dilema a la luz de los valores que con autonomía cada quien ha asumido. El que así lo hace, dice Branden, “está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cual transitará su vida.” Recordemos que John Galt dijo que la racionalidad es una cuestión de elección. Entonces, elijamos bien.

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La propaganda del milagro

Por: Víctor Maldonado C.

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“No tomarás su nombre en vano”

Primero Dios, segundo mi comandante. Así comienza la cuña oficialista en la que aparece un adulto quien fue niño de la calle, y hoy es un taxista de 43 años, beneficiario de un super apartamento. Cargando a su hijito, apunta a un afiche de Chávez disfrazado de militar, y le cuenta a su bebé: “hasta que llegó el Bolívar este y sacó a la familia de abajo”. Todo un milagro, con santo y todo. Porque la representación podrá ser muy conmovedora pero igualmente es falaz. Quiere transmitir el mensaje de que aquí no hay problema alguno, que la movilidad social está garantizada por el socialismo del siglo XXI y que su rapidez y consistencia es el producto de la conducción eficiente y pertinaz del líder del proceso, el otro Bolívar, mano derecha de Dios, el profeta. Lástima que las cifras oficiales desmientan la propaganda oficial.

Comencemos por las viviendas. La realidad es que este gobierno ha acumulado un inmenso pasivo habitacional. Los expertos dicen que la carencia es de aproximadamente 78 viviendas por cada 1000 habitantes, lo que coloca al país como el del más alto déficit per cápita de América Latina. Pero eso no es lo peor. Las iniciativas del tipo “ciudades socialistas” no garantizan un asentamiento urbano apropiado, ni vialidad, ni fuentes de trabajo, ni acceso a la cultura. Y el mismo que ofrece solucionar todo este desastre es el que por trece años no ha dado “pie con bola” al respecto. Lo que hay es un juego miserable con las expectativas de la gente, una especie de pirámide de ponzi habitacional, que exacerba las ansiedades populares y coloca a la gente más pobre en la inútil condición de esperar lo imposible.

Sigamos con la pobreza. La propaganda propone que la pobreza es cosa del pasado. Que los milagros existen y que por lo tanto, no importa cuán abajo estés, el comandante puede transformar tus condiciones de vida. También es falso. La realidad es patética: 482.636 familias viven en condición de pobreza extrema, o sea, sus ingresos no les alcanza ni para comer completo. Y la pobreza sigue estancada en indicadores que rondan el 27%. ¿Y saben por qué? Porque el gobierno sostiene una política económica atroz, que provoca inflación, atiza el desempleo, fomenta la informalidad y el rebusque, desatiende criminalmente los sistemas de salud y educación, y mantiene a los más desasistidos con la ignominia de un subsidio que no mata, pero tampoco engorda. Es por lo tanto un milagro excepcional que en estos momentos haya una movilidad social del tipo ocurrido en Brasil que ha sacado a 30 millones de personas de la pobreza y las ha incorporado al proceso productivo. El comandante ese, presto al culto a su personalidad, no garantiza otra cosa que barrios llenos de pobreza e inseguridad.

Sigamos con la inseguridad. El niño de la calle convertido en usufructuario de un apartamento, sería una verdadera excepción. La violencia se ha cebado precisamente en los jóvenes pobres, parte importante de la estadística que suma y suma homicidios, hasta llegar a casi 160 mil muertos que son la herencia más conspicua de este gobierno. El santo comandante no ha querido resolver el problema porque sus alianzas centrales son con la impunidad y los negocios ilícitos que se amparan en el desorden y la barbarie. El taxista miente. Su “Bolívar” no es un liberador. Todo lo contrario, es un tiranuelo que no gusta de las tareas de gobierno. Se ufana en el poder, en su uso, disfrute y disposición.

Pero hablemos de la educación del niño que tiene el taxista en sus brazos. Resulta que esta revolución es el titular de la siguiente estadística: el 47% de los niños en edades comprendidas entre los 3 y los 14 años no están estudiando. Son cerca de 4 millones de niños que nunca van a salir de abajo, pero van a acumular resentimiento social y se pueden prestar a los negocios ilícitos del narco y el sicariato. Hecho en revolución, por ese “auxiliar” de dios, esa reencarnación de Bolívar, que mientras tanto, mantiene chulos del ALBA como si su propia propaganda fuera cierta.

No hablemos de los apagones, de la baja calidad del transporte público y de la cultura oficial del odio. Todos ellos forman parte del mismo paquete de realidades que nos muestran cuan falaz es la propaganda oficial. Aquí no hay gobierno. Aquí hay una inmensa estafa social, gracias a que “este Bolívar” ha expoliado la República Civil para trastornarla en este comunismo.

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Ansiedad y Aprendizaje

Por: Víctor Maldonado C.

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Pocas personas serían capaces de contradecir el valor que tiene para las organizaciones la superación de viejos hábitos y formas de pensar a través de la incorporación de nuevas conductas y aproximaciones a los problemas. La mayoría estaría completamente de acuerdo en que eso es esencial para las empresas, y sin embargo, también es un dato duro de las investigaciones sociales el hecho de estos procesos producen mucha ansiedad. Edgar Schein (2010) recuerda que todo aprendizaje implica necesariamente un proceso de desaprendizaje en el que estilos arcaicos son desechados para adoptar otros más actuales. El problema está en que la transición siempre supone un momento de perplejidad en el que no se tiene claro cómo pueden ser resueltos los problemas. Los involucrados pueden no saber qué hacer, o sentirse temporalmente incompetentes. Estos sentimientos son conocidos como “ansiedad por aprendizaje” y siempre aparecen cuando toca aprender un nuevo software; cambiar el estilo de supervisión; transformar las relaciones dentro del equipo de trabajo, o aprender a trabajar dentro de una red, superando el estilo jerárquico de relaciones. En fin, cualquier asunción de cambio provoca esta respuesta emocional. Pero, ¿por qué? ¿Qué hay detrás? Hay muchas razones. Inventariemos las principales:

Miedo a perder poder; miedo a la incompetencia temporal; miedo a las sanciones provocadas por la incompetencia; miedo a la pérdida de identidad personal, que está asociada a la exhibición de destrezas, habilidades y experticias; miedo a la pérdida de la pertenencia a los grupos organizados en función de las antiguas formas de hacer las cosas.

Todos estos miedos provocan eso que en la literatura especializada se llama “resistencia al cambio”, que se expresa en conductas inconvenientes como la negación, la búsqueda de chivos expiatorios, la exacerbación del locus de control externo, y la exigencia de compensaciones extraordinarias por el esfuerzo que les supone asumir este tipo de procesos. Todas estas reacciones son fácilmente esperables cuando se decide implementar un cambio organizacional. A los gerentes y responsables de estos procesos les corresponde por lo tanto crear un clima sicológico de seguridades que compensen las aflicciones asociadas al cambio. Hay un dossier muy amplio de posibilidades al respecto, pero se suele comenzar por el establecimiento de una visión positiva convincente y confiable que justifique el esfuerzo que se deberá hacer. Facilitar el entrenamiento es la segunda estrategia que se debe instrumentar rápidamente. No hay peor miedo que el que provoca lo desconocido. También hay que considerar que no habrá aprendizaje si no se tiene el tiempo, los recursos, el coaching y la retroalimentación apropiadas. Modelaje positivo de la dirección y la gerencia es un factor indispensable. Facilitar la discusión grupal de las dificultades asociadas al proceso, y garantizar que los sistemas y las estructuras sean consistentes con las nuevas formas de pensar y trabajar que se están implantando, permiten la construcción de congruencia y son un mensaje muy preciso de que “no hay marcha atrás”.

Siempre he sido enemigo de los procesos de cambio que se trazan como una caravana festiva, porque ese estilo esconde una inconveniente práctica autoritaria que ni siquiera la ignorancia puede justificar. Sólo si consideramos los impactos que cualquier modificación del status quo tienen sobre la gente, haremos lo debido, y los cambios propuestos serán incorporados con solidez.

Víctor Maldonado C

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