Archivo de Mayo, 2012

Poder, Responsabilidad y Consecuencias

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

¿A qué número juego, abuelita?
El jugador – Dostoyevski

Solo quien tiene responsabilidad puede actuar irresponsablemente. La frase se la debemos a Hans Jonas, filósofo judío de origen alemán, quien nos legó un texto fundamental para vivir y entender la modernidad: “El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica”. Su argumentación parte de la necesidad de construir una nueva ética que considere y resuelva apropiadamente las ambivalencias derivadas del conocimiento técnico y el dominio tecnológico. El hombre, como nunca antes, es ahora capaz de generar soluciones a los problemas, pero también tiene la posibilidad de destruir “la vida humana auténtica” en la tierra. De allí que el autor se plantee la formulación de nuevos imperativos éticos del tipo “Obra de tal manera que no pongas en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en la tierra”; o bien “Obra de tal manera que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de una vida humana auténtica en la tierra”. ¿A qué se refiere el filósofo cuando intenta replantear las bases de la ética kantiana? Por supuesto que a la muy vieja reflexión sobre la responsabilidad, que no deja de ser personal, pero que ahora tiene consideraciones organizacionales.

Hans Jonas establece las diferencias entre la ligereza, el acto criminal, y la irresponsabilidad. Ya dijimos que solo el que tiene responsabilidad puede actuar irresponsablemente. Leamos su ejemplo: “El jugador que se juega su fortuna en el casino actúa con ligereza; y si la fortuna no es suya, sino de otro, actúa de manera criminal; pero si es un padre de familia, entonces actúa irresponsablemente, aun en el caso de que la fortuna sea indiscutiblemente suya, y esto con independencia de que gane o pierda.” En estos ejemplos surge con claridad una nueva forma de entender y asumir las consecuencias del ejercicio del poder, asociada a la necesidad de una reflexión constante sobre los alcances de un nuevo tipo de “relación no recíproca” por la que se ponen bajo la custodia de los líderes el bienestar, el interés y el destino de los otros, esos que trabajan con nosotros en la consecución de las metas organizacionales. El poder manejar gente supone como nunca antes la obligación “para con ellos”. Pero la preocupación moral no concluye en la introspección. Tiene ahora que abarcar el cuidado de una naturaleza vulnerable y de un orden social frágil. Ninguno de esos ámbitos resiste el mal uso, el fraude o la perversidad, como lo hemos visto en las resientes crisis económicas globales o en las consecuencias terribles que se derivan del mal uso de la tecnología nuclear.

El poder que tiene la capacidad de causar efectos es la condición para el ejercicio de la responsabilidad. Todo agente debe responder de sus actos y es responsable de sus consecuencias, hasta el punto de que si se generan daños, estos tienen que ser reparados. Por eso no es el riesgo (la irreflexión) sino la prudencia el valor que se debe destacar en este momento de la civilización tecnológica. Los líderes son responsables no sólo por lo que hagan o dejen de hacer, sino también por permitir que en el futuro sigan abiertas las mismas opciones. Esa tal vez es la diferencia fundamental. En que ahora es sustancialmente necesario que el futuro siga siendo una opción para los que vienen después. Por eso los líderes de hoy no pueden negarse ni a las preguntas ni a las respuestas que desde el punto de vista ético se le planteen. No es cierto que todas las estrategias y enfoques tengan el mismo valor. Tampoco lo es que la generación de la riqueza de hoy sea la excusa para negarse a ver los efectos que ciertas formas de crearlas tienen en la confianza social o el futuro de la gente. No todo vale.

Hipótesis y Realidades

por: Victor Maldonado C.
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Las autocracias temen a la verdad y tienden a revisar la historia para intentar ajustarla a sus propias necesidades. Como cualquier régimen comunista, el nuestro comenzó dando indicios tempranos de que tenía un plan al respecto. Ni parques nacionales, autopistas y museos se pudieron salvar de esa obsesión revisionista que tuvo como punto culminante esa manía que de un día para otro planteó incluso el asesinato del Libertador, como una hipótesis que debía ser comprobada por las más altas autoridades de los poderes públicos. Nada podía quedar sin la debida revisión, porque si hay algún rasgo que hermana a todas las tiranías es precisamente que lo que no puede destruir, lo condena a la confiscación de su memoria. En eso consiste la propaganda y la pretensión de lograr esa hegemonía que supuestamente les permitirá borrar todo aquello que los contradiga en su afán por reconstruir la realidad.

Sin embargo, más allá de todo el esfuerzo asociado a lo que ellos llaman la refundación de la patria, que no es ninguna otra cosa que un inmenso monumento a la mentira, subsisten ciertas hipótesis y unas cuantas realidades que compiten gallardamente con el discurso oficial. La primera conjetura que debe ser revisada es la promoción política de la igualdad versus una practica sistemática de las diferencias, cuyo mejor exponente es un presidente que no tiene el pudor de compartir con su pueblo las mismas condiciones para acceder a los servicios de salud. La segunda presunción que puede ser refutada es la probidad pública fundada en la conciencia revolucionaria. Sobre todo después de los recientes destapes y de las dudas más que razonables que gravitan sobre los ciudadanos sobre el alcance de la penetración del narcotráfico en las instituciones del chavismo. Nadie después de Pudreval puede apostar a que la suerte del colectivo está resguardada en esa conciencia que hace recordar las duras palabras de Cristo cuando aludía a los sepulcros blanqueados. La tercera creencia del gobierno es la felicidad de los venezolanos. Como contraste valga decir que en los últimos 14 años hemos acumulado 169 mil muertes violentas y 463 años de duelo intenso que familiares y amigos hemos acumulado en forma de dolor y llanto. ¿Qué país puede ser feliz con tanto dolor? La cuarta especulación tiene que ver con la utilidad social de la economía en tránsito hacia el comunismo. La pregunta es si a última hora podrán hacer el milagro de transformar toda la dependencia e ineficiencia que ahora demuestran en la prosperidad que prometen. ¿Cuando podremos verle la utilidad al endeudamiento acelerado que están decidiendo? O mejor dicho, cual es el albur que nos va a salvar de décadas de austeridad por la rebatiña del presente? ¿Cuando va a haber menos inflación? ¿Cuando vamos a tener mas emprendimiento estable y más empleo de calidad? Y finalmente, la hipótesis de la responsabilidad revolucionaria, que naufraga constantemente en el secretismo oficial, que igual sirve para resguardar delincuentes como para encerrar inocentes, y que no nos ha permitido saber si el presidente miente o no sobre la enfermedad que lo aqueja.

Las otras hipótesis están asociadas a la sustitución de la razón de Estado por la conveniencia de negocios ilícitos y alianzas secretas con el terrorismo; la permisividad con la que se maneja la impunidad y se favorece la delincuencia; la ligereza con la que se maneja el presupuesto y la formación de inmensas fortunas que nadie se explica; la inminente quiebra de la empresa petrolera del Estado, y el régimen de complicidades sobre el cual esta montado este disimulo que no puede llamarse república sin cometer algunos excesos semánticos.

La realidad es otra. Venezuela esta carcomida desde las estructuras de gobierno. La inseguridad es un dato que debe contar con alguna explicación plausible. El alto costo de la vida es una vivencia que debe corresponder a decisiones políticas erradas. La corrupción es otro dato que se debe afrontar como un mal que alguien debe haber promovido. En suma, allí esta la vivencia colectiva como ruedo en el que se deben debatir las responsabilidades. Ella, esa condición que sufrimos cotidianamente, y no la propaganda, es la que debe conducirnos al juicio y la decisión correctos. Convoquemos entonces al gobierno al plano de la realidad y no lo dejemos ir sin que nos de las explicaciones que merecemos.

El zoológico de Selassie

por: Victor Maldonado C.
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Las autocracias tienen en común que terminan siendo el ejercicio sistemático de los caprichos de los tiranos. Ryszard Kapusinski refiere, por ejemplo, que a la caída de Haile Selassie, emperador de Etiopia, se descubrió un enorme zoológico, dispuesto para el solaz de su exclusiva mirada. Eso a pesar de dirigir los destinos de un país paupérrimo, escenario de las peores hambrunas del siglo XX, en el que, sin embargo, los leones tenían mejor suerte que los súbditos de su majestad. Dudo que alguna voz disidente se dejara oír para señalar lo inapropiado de gastar los escasos recursos del gobierno en un gusto tan exquisito. Si alguno lo hizo muy probablemente disfrutó de la hospitalidad del reino en las mazmorras del palacio, ademas de tener que soportar los gritos de aquellos a quienes les importa mucho mas la suerte de los leones que la de los afligido seres humanos que morían de hambre por rumas en aquellos tiempos. Baste decir que solo en 1970 murieron 300 mil personas en dos de sus provincias, y que el régimen hizo todo lo posible por silenciar el espectáculo, para no dañar la imagen de su emperador, y muy probablemente para no preocupar demasiado a la manada de leones que pasaba plácidamente sus días en los aposentos reales. Esta situación resultó ser tan paradójica que así como morían los niños de hambre, así también se multiplicaba descontroladamente la población felina.

Si le hubiesen preguntado a Selassie cuál era el secreto de su gobierno, no hubiese entendido la pregunta. Simplemente hubiese extendido una invitación privada para contemplar el boato de su palacio, y tal vez hubiese pretendido que vieras unos minutos de la cuidadosa propaganda que lo presentaba como el ras tafari, el descendiente directo de Salomón, rey de reyes, león de Judá y otros títulos. Nunca hubiese caído en cuenta que gobernar es administrar con sabiduría y buen juicio los recursos, que siempre son escasos. No hubiese entendido que debía aplicar políticas públicas que tuvieran como principio la justicia y la equidad, tratando de resolver de la mejor manera el presente y el futuro de su país con sostenibilidad y productividad. Y que precisamente porque esos imperativos de un buen gobierno son ineludibles, no podía dedicar el presupuesto del reino a esos caprichos decadentes que comenzaban con su colección de animales y quien sabe con qué terminaban.

Lamentablemente el capricho regio no fue un atributo exclusivo del emperador africano. Lo es, ya lo dijimos, de cualquier régimen decadente, y ocurre cuando dejan de funcionar las instituciones y estas son sustituidas por una nomenclatura de adulantes cuyo único fin es garantizar las ganas del tirano. Es un síntoma más de la corrupción que tarde o temprano favorece su derrumbe. Recordemos simplemente que un capricho es un antojo, una sinrazón que luego hay que empaquetar adecuadamente para que el resto lo acepte. En nuestra propia comarca el comandante en jefe también exhibe los suyos. Recordemos solamente el episodio de enero del 2011. Una multitud de fanáticos llena el paseo Los Próceres para ver un espectáculo de la Fórmula 1. Y de repente entra a toda velocidad un Mercedes Benz negro que hace dos o tres maniobras de artilugio. ¿Recuerdan quien iba al volante? Hugo Chávez, quien en esa oportunidad acordó una jugosa suma para apoyar esa competición. Como todo autócrata, sus decisiones no tienen apelación, ni tampoco necesidad de justificación. No importa que la misma entidad que suelta los reales tenga que endeudarse para garantizar su funcionamiento operativo. Tampoco que la lista de necesidades sociales sea inagotable. O que con esos recursos (43 millones de $ anuales) pudieran estudiar 828 venezolanos pobres sus carrera universitaria completa. Para los tiranos, el capricho es el presupuesto nacional. Por eso, hablar de autocracias es hablar de esa ineficiencia que transcurre entre el secreto y la malversación.

Lo realmente válido

Por: Víctor Maldonado C.

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Fue Max Weber el que insistió en ver la suerte de los regímenes de dominación en relación con su legitimidad. Para él era sustancial esa creencia en la validez del orden social, lo suficientemente fuerte como para hacer cosas y aguantar otras con estoicismo e incluso con gusto. Era central a sus ideas el que se ahorrara toda la violencia posible y que por lo tanto mejor resultaban los acuerdos que el uso de la fuerza para imponerlos. De allí que el corolario natural se pueda expresar en la siguiente frase: “si algo funciona, es porque es legítimo”.

Peter Stillman abundó sobre el concepto. Para él “un gobierno es legítimo, si y solo si, sus intenciones y resultados son compatibles con los principios y valores de la sociedad que rige”. Estos principios y valores no son cualquier cosa. Los define a los efectos de su teoría de la siguiente forma: son la especificación, clasificación y ordenación de lo que la sociedad estima y busca, entendiendo que viven en un mundo de escasez, donde hay límites y cualquier aspiración social tiene que ser negociada en base a un costo que puede ser estimado, solicitado, y obtenido. Tampoco es fútil la precisión sobre los resultados del gobierno. No son cualquier cosa. Están más vinculados a los hechos que a las intenciones. No confiere legitimidad el discurso sino la realidad que se provoca desde el discurso, e incluso a pesar del discurso. Y sobre todo, que los resultados sean compatibles con esos principios y valores por los que se rige la sociedad, y congruentes con los resultados que aspiran los diversos grupos que intentan convivir pacíficamente dentro de una sociedad determinada y que a los ojos de todos sean vistos como sistemas relevantes. Son ellos el sistema internacional, la sociedad, las instituciones representativas de la sociedad civil, y los individuos. No hay forma por lo tanto de entender que una autocracia sea legítima, no por lo menos por demasiado tiempo.

A menos que lo que sea realmente legítimo sea el comportamiento autoritario. Aquí está una pregunta cuya respuesta no podemos postergar: más allá de los golpes de pecho, ¿cuáles son esos valores y principios que nos conectan con este orden social? Porque si no hay resistencia y reacción entonces hay sumisión y legitimidad. Dicho de otra forma, debemos reconocer que la sociedad se ha acompasado bastante bien a lo que ha ocurrido en los últimos catorce años. Al parecer no nos perturba la ausencia del estado de Derecho, ni la fusión de los poderes públicos, mucho menos que Chávez se haya convertido en esa mezcla de nepotismo, compadrazgo y caudillismo carismático que igual insulta, besa viejitas o programa un linchamiento moral con el apoyo de los conductores de La Hojilla. No nos molesta tampoco que se haya formado una inmensa boliburguesía que le da lo mismo traer containers llenos de arena o de comida a punto de podrirse. No nos quita el sueño que se diga que nuestras FFAA están enconadas de mafias dedicadas al narcotráfico y que los carteles vayan y vengan en una guerra para la que no hacen falta ni tanques ni aviones. Y hay que confesar que al país no le interesa cuantos presos políticos pierden sus vidas encerrados sin que medie delito o juicio. Y si Chávez gobierna desde La Habana, o los Castro manejan a conveniencia temas reservados, o si finalmente está enfermo, inhabilitado o a punto de pasar a la otra vida, por lo visto, da lo mismo, porque aquí el régimen goza de buena salud, no termina de desplomarse, y para colmo, algunas encuestas indican que el enfermo ausente está a punto de llegar a la unanimidad popular. Tendríamos que preguntarnos por qué encumbramos a los encuestólogos habladores de pistoladas, por qué seguimos contratándolos, por qué compramos petrobonos, y por qué practicamos todos los días esas pequeñas concesiones a nuestra propia miseria. ¿Será legitimidad?

Se persiguen medios de comunicación y el que funge como presidente de la Asamblea Nacional construye delitos y amenaza con expropiación, cierre y cárcel. ¿Alguien se conmueve?

Porque si para nosotros es válido que nos gobierne un militar comunista y una camarilla dispuesta a todo, entonces tenemos muchas razones para estar preocupados por la salud de la República, y el futuro de la democracia venezolana.

Recientemente fuimos espectadores ¿indignados? de gravísimas confesiones sobre la forma cómo se conducen los negocios del país, mientras que en el centro de la ciudad una guerra carcelaria no encontraba respuestas creíbles en el ministerio del ramo. ¿Pasó algo? Algo huele mal con tanta legitimidad conferida tan gratuitamente. Stillman llega a decir que las sociedades se enfocan en los resultados, y también en los medios que los gobiernos tienen para alcanzarlos. Pero, ¿si no hay resultados y los medios son pura perdición y locura, qué hacemos con ellos? Depende, siempre dependerá de lo que para nosotros sea válido. Entonces, ¿por qué no comenzamos con esa respuesta?

Víctor Maldonado C

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El secreto de Santa Vittoria

Por: Víctor Maldonado C.
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Recientemente pasaron por cable una vieja película (1969) protagonizada por Anthony Quinn, en la que se plantea de manera magistral una estrategia colaborativa que involucró a todo el pueblo de Santa Vittoria, cuando se vio dramáticamente amenazado por las expectativas expoliatorias del ejército alemán, que los ocupó para confiscarle el 50% de su bodega de vinos. Italo Bombolini, a la sazón líder accidental de sus conciudadanos como resultado de una crisis de malos entendidos, organizó a sus paisanos y logró conjurar la amenaza. Resulta impresionante cómo su liderazgo articuló una inmensa estrategia de cooperación y complicidad que no se vio fracturada ni siquiera en los momentos más catastróficos. Busquemos alguna explicación ordenada a su éxito.

El Dr. J. Martin Hays, profesor de gerencia en la Universidad Nacional de Australia, escribió un libro que llamó Building High-Performance Teams (2004) en el que propuso que la colaboración grupal depende de la consecución de nueve indicadores. El primero de ellos es el compromiso del equipo, la capacidad que todos los integrantes tengan de implicarse y de llegar a acuerdos para la priorización de metas y el trabajo organizado alrededor de un objetivo común. El líder debe ser capaz de comunicar esta necesidad como una condición indispensable a la supervivencia del colectivo, hablando en el idioma y con los símbolos de los involucrados. De no ser así, el enganche se logra con muchísima dificultad. El segundo es por eso la claridad de la información, porque solo mediante la comunicación explicita, clara, honesta y abierta, los equipos pueden alcanzar los mayores niveles de colaboración. Esto puede involucrar un feedback directo e inmediato o confrontar aquellas conductas que sean contraproducentes. El tercero es la alineación, que se refiere a concretar actitudes, creencias, propósitos y expectativas, así como, metodologías, enfoques y procesos. A veces la gente quiere hacer las cosas, pero no sabe cómo instrumentarlas. Para eso está el líder, para superar el error, y seguir ensayando alternativas hasta llegar a la solución óptima. El cuarto es la responsabilidad que asume cada miembro del grupo por las consecuencias de sus propios actos y por el éxito del equipo como un todo. El quinto es la innovación, el fomento y el reconocimiento de que siempre hay una mejor alternativa, y que cuando ella se consigue el líder no puede negar su consideración. El sexto es la implementación de acciones decisivas y coordinadas, la habilidad para coordinar operaciones claras y utilizar herramientas y procesos efectivos para mantener la coordinación. El séptimo es la celebración de los logros que mantiene la emoción y la cohesión a lo largo del desarrollo del proyecto. No hay que concluir la tarea para hacer los reconocimientos sino hacer del proyecto una apoteosis constante de cada avance hacia la meta. El octavo es mantener la efectividad en la solución de los problemas, en vez de evitarlos o ignorarlos, aprovechando las dificultades para aprender, crear soluciones e innovar los procesos. Finalmente, el noveno es garantizar Apoyo mutuo y Coaching, reconociendo las áreas de oportunidad de los miembros e identificando las mejores formas de apoyo para la mejora, logrando así una optimización en los procesos de aprendizaje y efectividad.

A lo largo de la película se aprecian con claridad meridiana cómo se alcanzan resultados asombrosos si se toman en cuenta todas estas condiciones. No sólo pudieron conservar el patrimonio cooperativo de su bodega de vinos sino que aprendieron confianza y nuevas formas de liderazgo, más afianzadas en la colaboración social que en prácticas autoritarias. Bombolini, el borracho del pueblo, nunca se sintió un predestinado, sino un necesitado de cooperación. Y así se comportaba, organizando un equipo de asesores, escuchando mucho, comunicando con sinceridad y asumiendo todas las consecuencias de su dirección. Estuvo siempre al frente, nunca se escondió, siempre estuvo disponible para dar soporte, y siempre presto a celebrar lo que con asombro todos a una iban logrando. Una gran película.

La cuadratura del círculo

Por: Víctor Maldonado C.

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El último esfuerzo de este régimen moribundo fue la promulgación de una nueva Ley Orgánica del Trabajo. Así la llaman, aunque no es ni una cosa ni la otra. Es el resultado de un exabrupto autoritario basado en una habilitación que no se le dio al presidente sino para que resolviera las consecuencias de un desastre natural, que por cierto no han atinado a solventar. Es por tanto una norma a la que le falta esa solvencia de origen que produce la legitimidad del debate democrático, por más que la propaganda del régimen la revistiera con esa procesión de cientos de miles de supuestas propuestas entregadas por el pueblo, las cuales, tal vez por ser tantas, nunca se conocieron. Nadie supo nada, y el gobierno se ufanó de no presentarla a la discusión del país y de la reserva con la que el presidente la manejó. El culto a la personalidad del caudillo da para todo, incluso para validarlo como experto en derecho del trabajo, acompañado de la otra luminaria del país, el canciller, reconvertido para estos efectos en un sabio consejero sobre la materia. Y por supuesto los asesores (Miguel A. Perez Abad entre ellos) indispuestos permanentes para contrariar tanta sabiduría y prestos al sacrificio de cualquier asomo de cordura.

El resultado no podía ser otro que la vuelta a la irracionalidad. Irracional es la imposibilidad de cálculo entre la validez de los medios y la pertinencia de los fines. Irracional también es el que no se pueda predecir lo que puede ocurrir con cada decisión que se tome. Esa es la esencia de la retroactividad. Suena muy bien, se parece al país irresponsable que vive de rumba en rumba, eso sí, con la mano extendida y siempre dispuesta a recibir lo suyo y lo de los demás. Como cualquiera de los caminos que escojamos para ir al infierno, empedrado de las menores intenciones, esta norma es un inmenso monumento a la demagogia y al baraje. Al fin y al cabo creemos en el azar, la brujería y los milagros. Sucede que la esencia de la nueva norma laboral es un albur: las decisiones de hoy afectan tu desempeño desde el pasado. Un aumento de salario otorgado hoy opera como esas máquinas “tragaperras” que uno ve amontonadas en todos los casinos. Que te aumenten hoy el salario supone un replanteamiento del historial prestacional, una especie de múltiplo adicional que te puede transformar en el acreedor de un monto que nunca estuvo en juego hasta que la generosa mano del tirano arrimó el mingo.

Pero como también surgen los efectos perversos de las decisiones, tanta generosidad y tanta demagogia tiene dos consecuencias no deseadas: La primera es la recesión del mercado laboral. La segunda es la sustitución de las compensaciones salariales por quien sabe qué cosa. Ni más empleos, ni mejores salarios. Algunos lloran de emoción (Chávez no es el único) al saber que las madres tendrán más tiempo con sus hijos, y que nuestros nobles varones compartirán con ellas los primeros catorce días. Pero el resultado a largo plazo no será otro que una pérdida de dinamismo en la incorporación de las mujeres al mercado laboral, y menos preferencias a la hora de seleccionar jóvenes. La tercerización desaparece. Pero ¿qué es lo que desaparece? Miles de empleos y la forma que se encontró para dar mejor calidad de servicio. Sufriremos todos, pero eso no es relevante a la hora de removernos las entrañas y darnos lo que merecemos: el mendrugo de pan de hoy.

Ni hablar que cuatro de cada diez venezolanos no tienen en esa norma ninguna referencia de su cotidianidad. Están en el sector informal, o dependiendo de unas misiones que ni se indexan ni generan prestaciones. Para esa porción del país, habrá menos oportunidad de conseguir alguna vez empleo de calidad y mejorar su calidad de vida. Pero eso no importa para nada a los seis millones de privilegiados que por ahora se solazaran con esta nueva mina que por cuenta del populismo más ramplón se abrió para ellos con criterio de exclusividad.

¿Alguien sabe si esa ley tiene que ver con la productividad del país? ¿Alguien sabe si hay algún cálculo de los nuevos empleos que se necesitan? ¿O si por casualidad con estas medidas de una buena vez quiebran las empresas públicas? ¿Alguien sacó alguna cuenta? ¿O esta norma no es sino el síntoma de que los que dirigen este país saben que no tienen mañana, y que el hoy solo sirve para ordenar un saqueo que los que sobrevivan tendrán que pagar en inflación, carestías y devaluación? Que cada quien responda como sienta.

No hay forma de sacar adelante a este país mientras no asumamos el reto del trabajo productivo. La mangüangüa y la expoliación son solo pillaje y saqueo, porque la pretensión de distribuir lo que primero no producimos es un esfuerzo vano e irresoluble que algún día lamentaremos.

Víctor Maldonado C

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