Archivo de Abril, 2012

Miar y matar

or: Víctor Maldonado C.

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Lo más cruel de ese arrebato de violencia fue precisamente la economía de palabras. Una obra de un solo acto. Un acto, además, muy corto. Seis palabras y un llamado de atención. Los jardines no deberían terminar siendo esa mezcla de olores nauseabundos, ese olor fuerte a amoníaco y otros desechos, simplemente porque la impunidad da para todo. Hasta para exhibir el miembro supuestamente pudendo y desahogar toda esa necesidad de aliviar su ser fuerte e intocable, avalado por el signo más conspicuo de los hechos cumplidos, una pistola. Las seis palabras fueron: “Epa, aquí no se puede orinar”. La respuesta fue un balazo. Un balazo mortal.

No podía entender. Así no son las cosas. Yo cuido mi empresa, garantizo sus confines, intento resguardar lo poco o mucho que nos quede de decencia y buen vivir. Yo tengo mis sueños, estoy comenzando mis sueños, y solamente te dije, “Epa, aquí no se puede orinar”. ¿Y tú me respondes con la muerte?

La agonía fue una dolorosa perplejidad. Había participado de una obra insensata donde él se había ganado el papel más dramático. Todo transcurrió demasiado rápido, incluso el pasar de la noche que iba a ser para él la última de su vida. Una agonía irreversible hasta convertirse en una dolorosa estadística. Donde él antes sonreía, soñaba y trabajaba, ahora solo queda dolor y vacío. Murió sin entender cómo miar y matar pueden aparejarse tan dramáticamente. En este país los sueños se vuelven cremación y la muerte anda suelta, transmutada en gatillo, odio, impunidad y arrebato.

Víctor Maldonado C

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Reconstruir la confianza

Por: Víctor Maldonado C.
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La traición es universal. Es una conducta humana como cualquier otra. Con esa frase comienza el libro escrito por Denis y Michelle Reina, cofundadores del Reina Trust Building Institute. El libro en cuestión tiene un nombre sugerente: “Reconstruir la confianza en el sitio de trabajo” y todo él está dedicado al problema crucial de la renovación cotidiana del compromiso y la energía, asumiendo que a lo largo del día son muchas las oportunidades en las que la confianza se rompe, algunas veces notoriamente, y otras tantas no tan obviamente. Lo cierto es que en el transcurrir de las relaciones interpersonales, entre pares, o entre líderes y seguidores, ocurren pequeñas pero dolorosas circunstancias que se van acumulando hasta el punto de resquebrajar la confianza, debilitar el compromiso y drenar la energía que es necesaria para hacer bien el trabajo. Y cada vez que la gente sufre este tipo de decepciones, se siente traicionada.

La traición ocurre dentro de un continuo que va desde lo no intencional que tiene poco impacto, a lo intencional que tiene consecuencias dramáticas. Lo cierto es que las de mayor significancia laboral están asociadas a la mala gestión de los procesos de cambio organizacional, los virajes arbitrarios e inconsultos en la estrategia, y las fusiones, adquisiciones y despidos masivos. En el plano más personal la traición está asociada a la violación de la confianza y a la mentira, y son emblemáticos aquellos que deliberadamente incumplen con sus compromisos, ocultan intencionadamente información relevante, engañan a sus compañeros, o sabotean el trabajo de otros para mejorar su propio desempeño. No podemos dejar de resaltar lo que señalan los autores: A veces es el miedo y pocas competencias para resolverlo lo que empuja las conductas que son tipificadas por los otros como un acto de traición. Si eso se entiende así, también se puede asumir que es un proceso reversible y mejorable, siempre y cuando estemos dispuestos a comprender las razones que están subyacentes a los malos sucesos, incorporando a nuestra experiencia integral todas las lecciones que podamos aprender al respecto y determinando que lo mejor que puede ocurrir es que todos sigamos adelante. Pasar la página no es una mala decisión.

Los esposos Reina proponen siete pasos para curar la traición. El primer paso es observar y reconocer lo que está ocurriendo, y los impactos que tiene en todos los que están participando en la relación. Lo importante es tomar debida nota de lo que se está perdiendo o poniendo en riesgo, porque sin ese insight no hay curación posible. El segundo paso es permitir que emerjan los sentimientos de rabia, miedo, desacuerdo, dolor o tristeza. Expresarlos con claridad es el mejor antídoto contra el resentimiento. El tercer paso es dar y recibir soporte para identificar cual es el monto del enganche en la situación y ayudar a mover a los involucrados desde el papel de víctimas al de responsables por lo que está ocurriendo. El cuarto paso es redefinir la experiencia, enfocarse no en el detalle sino en un marco más general (the bigger picture) que nos permita valorar ventajas y desventajas. “Encuentren el propósito de este evento en sus vidas y desentrañen todo lo que pueden aprender sobre ustedes mismos, los otros, y las relaciones de trabajo”. El quinto paso es asumir la responsabilidad, mirando sin miedo qué papel ha jugado cada uno en lo que ha ocurrido y las respuestas que se han dado. El sexto paso es perdonarse y ser compasivos con los otros. Esto no significa necesariamente el pedir excusas, pero si tomar conciencia del impacto que el caso ha tenido sobre todos los participantes. Finalmente, pasar la página y seguir adelante. Pregúntate que necesitas decir o hacer para asumir la experiencia, aprender las lecciones pertinentes y seguir adelante.

En alguna parte del libro citan a Benjamin Franklin: “El hombre que actúa comete errores, pero nunca comete el peor de todos los errores posibles, que es no hacer nada”. Es cierto. Hay que asumir la vida.

Grados de realidad

Por: Víctor Maldonado C.
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Recientemente tuve que hacer un viaje al exterior con escala. El avión salió relativamente puntual de Maiquetía y aterrizó también con exactitud en el aeropuerto de Houston. No hubo pues ningún retardo significativo pero si esos pequeños lapsos de tiempo que se acumulan cuando, por ejemplo, el avión tiene que esperar a que todos sus pasajeros coloquen las maletas en los compartimientos, o le den pista para alzar el vuelo. Al arribo lo mismo, esperar que fijen una puerta, que esta se abra y permitir que todos salgan. Son, como dije, pequeños retrasos que al final terminan acumulando una imposibilidad. Así ocurrió. Las dos horas teóricamente previstas para tomar el otro vuelo no fueron suficientes para descontar todos estos pequeños inconvenientes y afrontar los trámites de aduana y equipaje. Era simplemente imposible tomar la conexión, y por lo tanto debimos esperar una próxima oportunidad.

Ocurre muchas veces que los planes se trastocan por irreales. A muchos les parece retador elaborar agendas plagadas de elementos condicionales, sin pensar que con cada condición se están alejando del logro de los objetivos. Me imagino que la agente de viajes a quien le debemos los afanes que relatamos pensaba de la siguiente manera: Si el avión sale con puntualidad, Si los pasajeros son diligentes, Si la colocación e inspección de las maletas y otros equipajes no suponen demasiados retardos, y Si logran hacer rápidamente los trámites concomitantes, los pasajeros logran hacer la conexión incluso con comodidad. Pero por lo general la realidad no se comporta tan “ceteris paribus” como nosotros suponemos. Más bien acumula a lo largo del día inconvenientes y pequeñas fallas que debemos identificar, prever y descontar. Cualquier otra conducta es temeraria y coloca en aprietos al planificador y al ejecutor. Tal vez porque como “las demás cosas” no trabajan para uno hay que apreciarlas de manera diferente. Hay por supuesto variables que uno controla, y que cuando eso no ocurre, sus consecuencias son catastróficas. Hay otras que están fuera de nuestro control y son simplemente calamitosas. Creer que unas y otras (las catástrofes y las calamidades) están todas ellas bajo el arbitrio de nuestra voluntad siempre nos coloca en el plano y/o al borde de la imposibilidad.

Tal y como lo demostró la agente de viajes que con tanta ligereza propuso ese itinerario, resulta muy poco plausible planificar sin experiencia y sin compromisos con la realización de las cosas que se proponen. Los analistas de escritorio, que no conocen “el estado del sistema” pueden cometer errores garrafales, sin que necesariamente medie maldad alguna. Lo mismo ocurre con los implementadores, al aceptar y proponerse apuestas demasiado riesgosas. Por eso es que siempre es sano que unos y otros se pregunten cuantas condiciones tiene el plan, cuáles de ellas están bajo nuestro control y cuales nunca lo van a estar. Unas y otras responden a planos diferentes. Las primeras responden a nuestro grado de responsabilidad y compromiso. Las segundas a las condiciones del entorno y al grado de conocimiento y experiencia que tengamos en el tema. La primera tiene que ver con la virtud y la segunda con la fortuna. Y así como la suerte no acompaña a quien no tiene criterio y talante, tampoco el talante puede afrontar exitosamente lo que únicamente resuelve la suerte. Apostar a la suerte, la mente positiva, la auto-sanación, y alguna que otra oración no tuerce el curso del destino. Mikel de Viana solía decir que Dios no se mete en eso, y es más que probable que haya tenido razón. Lo que no obvia la buena voluntad del que reza mientras pone lo suyo en juego para que las cosas salgan, siempre y cuando ellas sean posibles. El resto forma parte de un mundo fatalmente fantástico.

Una entrevista imposible

Por: Victor Maldonado C.

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“No basta que algo sea deseable…”

Ortega y Gasset

Esa frase hay que completarla. Me refiero a que no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad, y sea realizable. Esa es la disyuntiva de las utopías. La realidad es mucho más compleja que el discurso de algunos políticos, enfrascados en los dilemas del deber ser y evadiendo por esta vía las exigencias de la realidad. Esa es la ruta de la decadencia, que se da por la insistencia en ensayar panaceas de buen gobierno. Al final el fracaso conduce a la evidencia de que las cosas son más complicadas de lo que ellos suponían. El fracaso político es la única consecuencia segura de los que niegan la complejidad de la realidad. Pero ojalá todo quedara allí. Las masas comienzan a sufrir en su vida privada los resultados de la desorganización. La seguridad pública peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y desesperante; no hay donde tornar la mirada que busca socorro. Ese es el principio del fin. Cuando la sensibilidad colectiva llega a esta sazón suele iniciarse una nueva época histórica, porque el dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad que las hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones que intentaron ensayar como sustitutas de la realidad.

No he tenido la oportunidad de vivir tu época ni saber demasiado de lo que ocurre en tu país. De hecho, mi circunstancia vital concluyó el 18 de octubre de 1955. Guardamos una distancia de 57 años, que está condenada a expandirse hasta el infinito. Pero no creo que en algo sea diferente al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores. Este fenómeno mortal de insubordinación espiritual de las masas es ajeno a cualquier razonamiento y predicación. Esta enfermedad social consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde condición de escuchar. Y esa dolencia no se cura sino con dosis concentradas de realidad. Para sanar será preciso que sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral. Así ha acontecido siempre. Y ustedes los venezolanos no serán la excepción a esta regla, porque ustedes están preñados de particularismo. Particularismo es aquel estado de espíritu en que creemos no tener que contar con los demás. Unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras veces por excesivo menosprecio del prójimo. Desde los particularismos no se construye una nación. Nación es una ingente comunidad de individuos y de grupos que cuentan los unos con los otros.

Esta crisis no deja de ser una conmoción del liderazgo. Se olvidó la vieja lección de que la demagogia conduce a la degradación espiritual de los pueblos. No todo lo que se imaginan y desean es posible. Las tiranías, esas compañeras ineludibles de la mentira, no dejan de ser versiones incompletas e insulsas del arte de gobernar. La realidad es, como lo dijimos antes, mucho más limitada en sus capacidades de realización. Olvidamos recurrentemente que mandar no es simplemente convencer, ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas. La sugestión moral y la imposición material van íntimamente fundidas en el acto de imperar. Por eso, ni pacifismo a ultranza, ni el place a la fuerza bruta.

Estos pueblos suelen pedir orden. Están cebados por el autoritarismo hasta que se dan cuenta que la violencia se universaliza con mucha facilidad y que es por lo tanto muy fácil pasar de verdugos a víctimas. Solitaria, la violencia fragua pseudo incorporaciones que duran breve tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. No hay un solo tirano que se haya ganado un puesto en la historia. Así como llegan, desaparecen. En algún momento su nombre se condena al silencio porque el que usa solamente la violencia nunca llega a construir y afianzar verdaderos proyectos nacionales.

En toda auténtica incorporación, la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia verdaderamente sustantiva, que impulsa y nutre el proceso es siempre un proyecto sugestivo de vida en común… No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo; son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos sino para hacer algo juntos. El vivir juntos está mejor relacionado con una gran empresa vital de colaboración. Cuando eso se olvida no queda otro camino que la represión de unos contra los otros. Porque sabe eso un líder sabio convoca el escurridizo dios de la unidad que guarda los arcanos de las realizaciones futuras. Él sabe que las naciones se forman y viven de tener un gran programa para el mañana y que no es el pasado el argumento más poderoso para impulsar la prosperidad de los pueblos porque vivir es algo que se hace hacia adelante.

Se alejó diciendo una última frase. El problema de algunos pueblos es que se sienten predestinados a ser un rebaño buscando perpetuamente un pastor y un mastín… un mal pastor…

Víctor Maldonado C

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Esperar lo inesperado

Por: Víctor Maldonado
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Recientemente se celebró la Segunda Conferencia de la ACMP GLOBAL, que congrega a todos aquellas empresas y profesionales que trabajan el tema de la gerencia del cambio. Ocurrió en Las Vegas, y allí tuve la oportunidad de conocer a la Dra. Linda Hoopes, quien tuvo la gentileza de regalarme uno de sus últimos libros titulado “Managing Change with Personal Resilience”. En ese trabajo propone a los que viven procesos de cambio 21 claves para recuperarse y mantenerse en la cima de organizaciones turbulentas.

Manejar apropiadamente los períodos de turbulencia exige de parte de los involucrados una capacidad creciente para absorber y procesar la ambigüedad y la incertidumbre mediante una constante recalibración de las expectativas. Es lo que se conoce como capacidad adaptativa para sobrevivir los cambios con alguna ganancia. La Dra. Hoopes no entiende estas capacidades como desgastantes sino como elementos fortalecedores del carácter personal y de las organizaciones. Sin embargo, para que estas experiencias no terminen siendo destructivas, se deben trabajar tres dimensiones de resiliencia: la personal, la del equipo y la de la empresa. De hecho, dos tercios de los procesos de cambio fallan precisamente porque no se abordan apropiadamente y con enfoque sistémico.

Muchos procesos de cambio no funcionan porque se combina la inhabilidad con la resistencia de la gente. Frente a cualquier amenaza los seres humanos tenemos dos respuestas innatas. La primera es resistir y luchar hasta vencer. La segunda es huir y llegar lo más lejos que podamos. Ahora esas no pueden ser todo el repertorio que tengamos a mano. Por eso la autora insiste en que el siglo XXI exige por lo menos otra respuesta, que ella llama “ir con la corriente”. Esta tercera réplica significa la presentación de seis aptitudes encadenadas: Reconocer que la realidad no tiene alternativas, y que por el momento ese es el único curso posible de acontecimientos. Planificar una estrategia que nos permita negociar algunos aspectos de esa realidad que se nos impone. Anticipar los obstáculos potenciales que se pueden encontrar a lo largo del proceso de cambio. Apertura ante los giros inesperados que pueden ocurrir en las transiciones. Hacer todo lo que sea necesario para Mantenerse a flote, lo que a veces significa mucho esfuerzo y otras mantenerse muy tranquilo. Y Dominar con maestría todas las habilidades que se necesitan para lograr buenas adaptaciones a los cambios. En el siglo XXI el dilema no se puede plantear como “o corres o te encaramas”. De repente hay que dejarse llevar.

Todo proceso de cambio supone una pérdida temporal del control que tenemos en el marco de nuestras relaciones importantes. Todos ellos exigen ajuste y gasto de energía mental, emocional y física. De lo que se trata es que aprendamos a adaptarnos más rápidamente y con el menor gasto de energía posible. En eso consisten los buenos procesos de cambio y por eso es tan importante entender a la resiliencia como una capacidad para absorber altas tasas de cambio manteniendo en simultáneo un alto desempeño. Ser resiliente es, a juicio de Linda Hoopes, mantener la agenda de logros mediante un buen manejo de la flexibilidad y la calma. (Aquí diríamos que con mucha calma y cordura). Mantener la efectividad y la estabilidad física y emocional son las condiciones para mantener los logros al alza.

La pregunta que queda en el tintero es la de siempre: ¿Tienes o no tienes recursos para asumir un proceso de cambios? Cada uno tendrá su respuesta.

La mano

Por: Víctor Maldonado C.

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“No cantan. Sus dedos vagan roncos…”

Miguel Hernández

“Meterle mano” debería ser uno de los slogans de esta tragedia. En Venezuela esa frase tiene un significado vil. Alguien que lo practique está avanzando más allá de lo permitido. Alguien que lo permite lo está haciendo a riesgo. En cualquier caso siempre está involucrada la picardía y el barajo del momento. Un metedor de mano es una especie de carterista del alma, aprovechador de oficio, idólatra de los excesos que cuando todo concluye, simplemente da la espalda para tantear otras oportunidades.

Esta circunstancia siempre fue una trama entre dos hasta que llegó Chávez. En trece años han sido muchas las veces que ha metido la mano y sacado ventaja. Primero fue con ese extraño juramento sobre una moribunda constitución, una mano sobre ella y la otra, artera, guardando en secreto la obsesión de permanecer a perpetuidad disfrutando de las delicias del poder. Muy tarde reconocimos que reforma y refundación fueron solo eufemismos que perseguían allanar los obstáculos que la carta magna de 1961 preveía para que esto no fuera posible. Muchas han sido las oportunidades en que las instituciones han sido violadas y luego dejadas de lado para transformar la república civil en un harem de eunucos donde la única palabra que tiene sentido pronunciar es el nombre del autócrata.

No fue fácil defender los espacios. En algún momento el pito le sonó a PDVSA y ya sabemos los resultados. Ahora está desvencijada, endeudada y sin reputación empresarial, suerte de vieja desdentada que todavía vive de los mejores momentos que tuvo en el pasado. Por allí también pasó su mano. ¿Recuerdan el millardito? Hasta la fecha han sumado 160 mil millones de dólares que han pasado por su mano sin ningún control y también sin ningún impacto. Promesas grandilocuentes han sobrado. Refinerías inmensas, gasoductos que atraviesan continentes, millones de casas, puentes y autopistas, satélites, gallineros verticales y fundos zamoranos. Ni uno ha sobrevivido a su verborrea. Ninguno se puede sacar de la mano para presentarlo al país. Ha preferido meterle mano a obras ajenas. Y entonces su discurso se transformó en ese oscuro mantra satánico que ordenaba expropiaciones a lo largo y ancho del país. Cada obra buena convertida en un charco donde lo único refulgente es ese rojo sangre que alude una y mil veces al crimen contra el progreso que significa el arrancarte lo tuyo para volverlo terreno baldío. ¿Recuerdan el Sambil? ¿Saben de quién es la Torre Confinanzas y en qué se ha convertido? Por allí también ha pasado su mano.

A veces la mano señala. Cuando eso ocurre los indicados terminan presos, asoladas sus propiedades, y en el mejor de los casos, obligados a un destierro que tiene por detrás una maquinaria de improperios organizada para garantizar esa muerte moral que fundamenta todo esta patria socialista. La mano que cierra el calabozo no tiene memoria. De eso se trata, de la condena al olvido y del miedo que todos tienen de quebrantar la orden de muerte en vida a la que han sido condenados los enemigos de esa mano. Tampoco allí hay redención.

No bastó con eso. Había que meterle mano a los restos del Libertador. ¿Por qué no? Y así se hizo en una gélida madrugada. Lo cierto es que esa mano inquieta le mete a todo. Alguna vez en Los Próceres se vio como esa mano todopoderosa llegó manejando el carro que antes había sido del jefe de un cartel. ¿Por qué no? Y luego, la misma mano sobaba con lujuria un lingote de oro sustraído de las reservas nacionales. ¿Por qué no?

Ahora esa mano quiere más. Está antojada con las prestaciones sociales de los trabajadores. Las quiere para sí, para seguir con este jolgorio lleno de trucos de chistera. Ya sabemos de su voracidad y de la experiencia que tiene en desaparecer cosas. ¿Por qué no? ¿Por qué no va a disponer de lo que no es suyo si eso es lo que ha hecho siempre? La mano quiere esos nueve millarditos adicionales para seguir esta fiesta de desapariciones y traslocaciones. Las toca aquí y de repente reaparecen en las manos de Evo, Fidel, Ortega, Cristina. Las toca aquí y simplemente se convierten en un container lleno de arena que justifica los bolsillos llenos de cualquiera de los boliburgueses. O tal vez piense que una pirámide sea el monumento que se merece una mano tan diestra como la suya. Una pirámide hecha con las prestaciones sociales del pueblo, como contribución humilde al eterno descanso de sus afanes, tal vez entre Capanaparo y Puerto Paez. ¿Por qué no? Si es lo único que queda por expropiar, el sueldo de la gente, que debe pasar por sus manos para que sea definitivamente del pueblo.

Víctor Maldonado C

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Quédate con nosotros

Por: Víctor Maldonado C.

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Es en el libro del Éxodo, capítulo 34, cuando Moisés le pide a Dios por primera vez que no los abandonase. “Señor, si realmente cuento con tu favor, ven y quédate entre nosotros. Reconozco que este es un pueblo terco, pero perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y adóptanos como tu herencia…”. En otro momento, mucho más tarde, dos caminantes pidieron lo mismo: “Quédate con nosotros, que está atardeciendo, ya es casi de noche…”. No lo reconocieron, no tuvieron las certezas del profeta, y sin embargo sintieron que era necesario seguir compartiendo para evitar el dolor provocado por la incertidumbre. Y Dios se quedó en ese compartir que muchos siglos antes había prometido como obra imponente de su propio testimonio a la luz de todos los pueblos.

Dios se manifiesta en la firmeza con la que el mal resulta finalmente vencido, y en el renacer de la confianza cuando todo parece conspirar contra la esperanza. Dios quiebra la dureza del corazón y quebranta la arrogancia de los que se creen poderosos. Dios expone la ingenuidad de la vanidad y coloca a la insolencia en la justa medida de su fragilidad. Dios es sobre todo el gran revolcón de los que sacan cuentas sin pensar que toda jactancia termina vertida en forma de polvo, ceniza y muerte. Dios es una vieja promesa de quebrantar a los poderosos hasta hacerles ver que nada tiene sentido al margen de su voluntad. Dios es la negación del mal y el vencedor de todos los que lo practican… siempre y cuando los hombres hagan lo debido.

En ambos momentos, al inicio de los tiempos, cuando la tierra prometida era una oferta que se iba distanciando, y en ocasión de la resurrección, la exigencia no fue otra que la reciprocidad. Dios obra sus maravillas en el corazón bravío de los hombres que se comprometen con su proyecto. En eso consiste esa oración tan elemental: Quédate con nosotros cuando el atardecer anticipa esa soledad que nos deja tan ensimismados y tan frágiles a nuestras propias inclinaciones…

Este país tiene el corazón endurecido. Cientos de miles de crímenes se acumulan en nuestra conciencia sin afectar nuestra indiferencia. Vemos como el país se derrumba sin que eso nos mueva a encarar nuestra realidad con el protagonismo que se nos exige. Miles de ocasiones pasan sin que nosotros nos preguntemos si ha llegado el momento de hacer la diferencia. Dejamos hacer, dejamos pasar, como si esa contemplación nos pudiera eximir de la responsabilidad que tenemos sobre nuestra propia historia. Y sin embargo, no es cierto que cualquier cosa que hagamos o permitamos hacer tenga el mismo valor moral. No es cierto que podamos ignorar el juicio de la historia, y la contribución que cada uno hace a su época. Tanta tibieza es solamente el signo del inmenso daño que esta época de abundancia y poca moral ha hecho en nuestras conciencias.

Pero ese “quédate con nosotros” que hemos pedido tantas veces a lo largo de la historia tiene el sentido de la reivindicación que llega como oportunidad en cada amanecer. Nos correspondería restaurar la confianza nacional, intentar que las instituciones funcionen, vivir en los márgenes de la justicia, y ser capaces de discernir entre lo valioso y lo que no lo es. No es cierto que todo tenga la misma valía. No es lo mismo decir que callar, obrar que inhibirse, o arriesgarse que hacer los cálculos. Y en ese desvarío moral en el que hemos invertido trece años de nuestra vida, muchas veces hemos dejado de apreciar que todo lo que brilla no es oro. Ha habido más de una alucinación y mucha permisividad. Ese “quédate con nosotros” es medir con justeza las obras más que las palabras, las trayectorias más que las oportunidades, los resultados más que los discursos.

Dios es virtud. Superar este trance de oscuridad y yerros nos exige actuar conforme a las exigencias de las circunstancias. Valientes en la búsqueda del bien, comprometidos con el discurso de la vida y conscientes del precio que debemos pagar para hacer lo que tenemos que hacer: restaurar la confianza social, rescatar la seguridad ciudadana, basar nuestra prosperidad en el trabajo productivo, ser creativos en la lucha contra la pobreza, y reconciliar al país, francamente dividido por las trincheras de odio que con tanta paciencia ha construido este régimen. Dios es virtud y resultados. El reto es grande pero podemos lograrlo si apostamos a la serenidad de Dios y dejamos fuera de nuestras vidas esa búsqueda grotesca de tantas opciones para hacer el mal.

Víctor Maldonado C

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