Archivo de Enero, 2012

El buen juicio

Por: Victor Maldonado C.
E-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Una de las causas del descontento con los supervisores es que muchas veces los empleados no tienen como saber a qué atenerse respecto a ellos. Y eso ocurre cuando las relaciones no se enmarcan bajo los supuestos de criterios universalistas, tanto en los términos de las normas como en la aplicación de los principios y valores que se usan para resolver los problemas que se van presentando. Un líder que es percibido como arbitrario o injusto pierde legitimidad entre sus seguidores y se le va a hacer mucho mas difícil lograr la aquiescencia del equipo que tiene a su cargo. Pero para eso, hace falta lo que los filósofos éticos llaman carácter.

A pesar de lo que se entiende en el lenguaje convencional, tener carácter no significa otra cosa que ser consistente y firme en el plano de las convicciones. Lo que se entiende como firmeza -que no debe confundirse con dureza o rudeza- no es otra cosa que tener el hábito de usar las mismas normas para todos, en todos los casos. Y el mantenimiento de los compromisos asumidos, que serán tan buenos como el tiempo que el gerente haya dedicado a discernirlos. Los jefes “no piensan en borrador”. Y mucho menos van notificando al resto lo que no son más que proyectos en proceso de conformación. Los jefes juiciosos toman decisiones que cuando las anuncian tienen la pretensión de ser compromisos sólidos, tan claros en las recompensas como en las condiciones que se exigen para que ellas ocurran. Algunos lectores pensarán que con estas afirmaciones estamos haciendo apología del autoritarismo. No es así. El buen gerente debe tener instancias de consulta de las propuestas que se le ocurran; debe saber deliberar, tomarse el tiempo para ello, identificar quién o quiénes pueden compartir el proceso de elaborar una buena decisión, y finalmente ser capaz de tener el talante adecuado para comunicarla a los interesados. Adela Cortina hace una distinción entre el “sabio técnico” y el “sabio moral”. El primero es aquel hombre hábil que consigue dominar los medios oportunos a un fin que se persigue, que puede ser bueno o malo, mientras que el segundo es el hombre prudente que delibera sobre los medios, pero para conseguir un fin bueno.

Un buen fin siempre es universalizable. Una buena decisión es lo contrario al conflicto de intereses, al compadrazgo y los particularismos, al privilegio que se comparte como una conjura, y que siempre apena al que lo decide. Una buena decisión siempre estará asociada a la felicidad como finalidad trascendente de la conducta humana, del bien como una meta general de la empresa (hacer las cosas bien, con calidad y sostenibles), afianzadas en la justicia (otorgar a cada uno lo que merece) y manteniendo por sobre todas las cosas el ideal de la libertad como contraparte del deber. Es triste por lo tanto apreciar que muchos gerentes pierden la oportunidad de hacer lo debido porque caen en las fatales redes de los particularismos.

Algunos gerentes creen que deliberan porque calculan. No es cierto. Eso que ellos llaman cálculo, es el intento de gobernar una trama de relaciones y complicidades que muy pocos pueden manejar fructuosamente. Una buena decisión, en cualquier caso, puede ser difícil, pero no apena al que la toma. Por eso, ser un buen gerente está más asociado al sabio moral que al técnico hábil. Supone la lenta forja del carácter, proceso que no se puede improvisar, por más experiencia técnica que exhiba el llamado a liderar una organización, o parte de ella.

Justificaciones unitarias

Por: Víctor Maldonado C.

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Me escribió ayer uno de mis más queridos alumnos para referirse al momento electoral de los precandidatos de la alternativa democrática. Noté sorna, porque dada su especial posición, es de los que miran con cautela y no logran desentrañar una lógica que les es ajena. Mi respuesta fue precisa: estás en una posición VIP para apreciar la dinámica de la democracia pluralista, donde los acuerdos se suscriben pero se debaten, y donde es perfectamente razonable el conflicto, siempre y cuando estos se resuelvan en el marco de las reglas acordadas. Un contraste inmenso con el otro lado, donde uno solo toma las decisiones, y los demás se ven obligados a cumplirlas, convéngales o no.

La respuesta de mi apreciado alumno quiso ser tremendista. “Me contenta que Ud. reconozca que vivimos en democracia”. No, le dije. Soportamos un gobierno “no democrático, de corte militar, ideología comunista, y con una práctica que el prof. Juan Linz no dudaría en calificar de “sultanística”: “basados en el poder personal, con una lealtad al gobernante que es producto sobre todo de una mezcla de miedo y de recompensas a los colaboradores. El gobernante ejerce el poder sin restricciones, a su propia discreción. Las normas y pautas de una administración burocrática son constantemente subvertidas por las decisiones personales y arbitrarias del gobernante. El personal de tales gobernantes no está constituido por una organización con pautas de ascenso formalizadas, reclutado con criterios más o menos universales, sino en su mayoría por individuos elegidos directamente por el gobernante. A menudo son gentes que por sí mismas no gozan de prestigio o de estima en la sociedad y cuyo poder se deriva exclusivamente del gobernante. Entre ellos a menudo hay miembros de la familia del gobernante, amigos, compinches, socios de negocios e individuos directamente implicados en el uso de la violencia para sostener el régimen…”. ¡Tal cual!

Pero mi alumno no quedó demasiado satisfecho. Si vivimos ese régimen –me dijo- ¿cómo es posible que ocurran situaciones y sobrevivan instituciones como la Mesa de la Unidad? Pregúntale a Pinochet, respondí en el acto. Nadie duda del talante de su gobierno, y sin embargo tuvo que tolerar una alternativa que al final lo sacó del poder. O a los hermanos Castro, que no pueden eliminar completamente los focos de disidencia sin tener que pasar por un baño de sangre que provocaría la repulsa de la colectividad internacional. Mi querido amigo, todos los gobiernos “no democráticos” tienen que soportar algún vestigio de oposición. Y no hablemos de los ejemplos de la llamada “Primavera Árabe”. Al final le recomendé especialmente que se leyera algunos materiales del Prof. Linz y del prof. Adam Przeworski, tal vez dos de los más connotados intelectuales que se han dedicado al tema de la transición que ocurre desde las dictaduras a las democracias. Este último está claro en que, independientemente del cariz que tome el régimen -más blando o más duro- todos ellos tienen que revestirse de los ornamentos democráticos y jugar con la dicotomía “concesiones políticas – populismo económico” para retardar al máximo la conspiración y la rebeldía. Todos tienen que jugar ese juego con precisión de relojero, excepto los “petroestados” a quienes la abundancia de recursos les hace prescindir del resto para intentar gobernar solos. A éstos últimos aplica más la presión que la expectativa de eficiencia hace sobre la imposibilidad populista de lograr lo que por estos lares se conoce como “la máxima felicidad posible”. Queda claro que la otra opción, el uso de la violencia, es solamente el último recurso, el que todos los déspotas usan con mayor economía, excepción de los tiranos que también son psicópatas, como la repudiable dinastía nor-coreana o la descomposición que se observa en delirantes ancianos como Fidel Castro.

Enfrentar el régimen “no democrático” que preside Chávez exige unidad nacional. Que no solamente es el tránsito por todos los procesos excelentemente dirigidos por la MUD sino la constitución de un ánimo social que no deje espacios al escepticismo ni a la desesperanza. Y estos días, cuando los ánimos parecen desbordarse hacia la cantera de lo irracional, bien vale la pena recordar la flagrancia con que se ha enseñoreado la inutilidad en los últimos trece años, con su carga de violencia, impunidad, dispendio, corrupción y promesas defraudadas que hacen poco menos que inviable el futuro del país, ya a estas alturas endeudado y fuertemente desinstitucionalizado. Por alguna razón Chávez está jugándose el presente sin tener en consideración el futuro. Lo importante es saber hasta dónde nosotros estamos dispuestos a acompañarlo en su misión suicida.

Víctor Maldonado C

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¿Quién es John Galt?

Por: Víctor Maldonado C.
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A las miles Dagny Taggart que pululan por Venezuela

Es una pregunta que funciona como leiv motiv de una obra portentosa e imprescindible: “La Rebelión de Atlas”, de Ayn Rand. Nunca una obra tan oportuna para entender las claves de la realidad venezolana y dar respuestas a un conjunto de por qué que atormentan al venezolano desde las edades tempranas de la enculturación. El libro muestra como pocos una fatal confusión entre dos éticas y dos ethos que no son compatibles. La razón del desconcierto es creer que la moral religiosa, hecha para regular la vida individual con el fin de guiarla hacia la perfección y la santidad puede ejercerse sin terribles consecuencias en el ámbito público. Y no es así. Argumentos absolutamente plausibles como la solidaridad y la igualdad se transforman en monstruos incontrolables cuando ellos se aplican en instancias como la empresa o la sociedad. El tomar decisiones que abatan el ejercicio legítimo de la libertad bajo criterios como “justos” o “apropiados” no traen otra consecuencia que la ruina social, la caída de la producción y la constitución de una oligarquía burocrática cuyo sentido de la trascendencia es regular el éxito ajeno para ocultar sus propios fracasos.

Y en ese contexto regulatorio, pensando en que se puede hacer el bien limitando la feracidad con la que se impone el ingenio humano es cuando se pierde el sentido y se incurre en una inexcusable equivocación. Porque solamente cuando el hombre se sabe libre para encontrar la retribución a sus esfuerzos realmente realiza el ideal social. Son simplemente dos éticas que pugnan. Solamente que una de ellas no sirve para gobernar los asuntos humanos en órdenes extensos. Y allí el contraste entre Dagny y su hermano. Entre el esfuerzo y el énfasis en la razón técnica, por un lado, y la intensidad del diletantismo y los pusilánimes que hacen todo lo posible para hacer de la política una condición para la corrupción, el ocio y la impostura. La condición esencial para el emprendimiento y la productividad es la libertad, tanto la que corresponde a los individuos como la que se tienen que establecer mediante sistemas políticos apropiados. La confianza en el imperio de la razón, la productividad, y la autoestima son las competencias de Dagny. Y con ellas gana batallas que en mano de su hermano están perdidas por anticipado.

John Galt es la organización de la negación. Porque cuando se sustraen de la sociedad las razones que el hombre invoca para ser feliz y libre se llega de la forma más directa a la desolación. No hay empresa que pueda sobrevivir sin valores modernos. No hay país que pueda ser próspero si cae en la trampa de los fundamentalismos ideológicos. John Galt es el contraste con todos aquellos que confunden misericordia con justicia, y de los que niegan la independencia personal porque tienen más interés en la unidad. Es la discrepancia que se plantea entre los que creen en la riqueza frente a otros que la impugnan porque están impactados por la necesidad. O los que piensan que hay que subordinar la autoestima a la exigencia de negar al hombre libre y retador porque el grupo necesita igualarse. El que es capaz de sacrificar la felicidad ante el altar de la obligación creyendo que la vida es un debate constante entre perdedores exigentes. Porque aunque suene bien, con esa confusión ética no se llega a ningún lado.

No hay gerente que se deba eximir de leer “La Rebelión de Atlas” de Ayn Rand, y solamente después, ver la excelente película que con el mismo nombre se acaba de estrenar en Estados Unidos.

La ecuación de la miseria venezolana

Por: Víctor Maldonado C.
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La acepción inglesa de la palabra miseria (misery) está asociada con un sentimiento de intensa infelicidad. En castellano, la misma palabra significa desgracia, infortunio, estrechez, falta de lo necesario para el sustento; pobreza extrema. Cualquiera puede llegar a la conclusión de que lo segundo es concomitante con lo primero: nadie puede sentirse satisfecho en condiciones de estrechez, o sea, demasiado delimitados por las circunstancias hasta el punto de no poder tomar decisiones autónomas y ejercer con dignidad la libertad humana. La Revista The Economist acostumbra a publicar un índice de miseria en la que salimos muy mal parados. Ubicados como la segunda peor, entre Macedonia e Irán, la realidad venezolana aporta unas tasas desproporcionadas de inflación y unos niveles de inseguridad que mantienen al país en vilo y convierten a sus ciudadanos en los que tienen menos razones objetivas para sentirse satisfechos.

La inflación venezolana es la más alta del hemisferio, cuyo promedio ronda el 7% si nos referimos solamente a América Latina. Pues bien, Venezuela tuvo un incremento en sus precios de 27,6%, y si la referencia son los precios de los alimentos el incremento alcanzó un 33,2%. La gente, pero especialmente los que tienen menos recursos, vieron esquilmados sus ingresos al tener que pagar la comida más cara y carecer por lo tanto de la posibilidad de poder comprar con mayor holgura otro tipo de bienes que son necesarios.

La segunda razón es la inseguridad. Y al respecto también hay datos concretos. En el año 2011 murieron violentamente 19.850 venezolanos, en tanto que más de 58 mil fueron heridos en medio de hechos violentos. Nueve millones de armas ilegales (algunos dicen que son incluso más), una práctica sistemática de la impunidad y el deterioro de las instituciones llamadas a velar por los derechos a la vida y la propiedad han generado estos desastrosos resultados. Ni tenemos dinero en los bolsillos ni conseguimos vivir con sosiego. En tanto, los responsables de tomar decisiones sistémicas, aquellos que manejas presupuestos y disponen de la capacidad para imponer medidas, se debaten entre las excusas y la negación.

Sin embargo, las razones para la miseria del venezolano no quedan allí. Hay otras dificultades. Por ejemplo, no hay trabajo suficiente como para garantizar que todos aquellos que están buscando empleo consigan uno de calidad y sin condicionamientos políticos (como ocurre con los que tienen que trabajar en el gobierno). Como no hay empleos suficientes, el sector informal de la economía, la del rebusque y los “cuentapropistas” acopia a, por lo menos, cuatro de cada diez venezolanos en edad de trabajar. Podríamos continuar con las razones para la tristeza y la desesperanza del venezolano, pero mejor dejar espacio para pensar que hay razones para intentar un cambio.

La lógica del deterioro

Por: Víctor Maldonado C.

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Recientemente me preguntaba una periodista si había recaudado alguna evidencia que me permitiera pensar en la posibilidad de algún tipo de cambio económico o político para el año que se inicia. Mi primera respuesta fue negativa. Nada parece indicar que este gobierno quiera hacer algún acto de contrición sobre lo hecho y lo no hecho, y cuando le correspondió la oportunidad al presidente para presentar memoria y cuenta, no le bastaron nueve largas horas para ratificar minuto a minuto los lineamientos centrales de sus políticas, el arraigado compromiso ideológico con el castro-comunismo, la celebración de la violencia oficial a través de la especial invitación que le hizo al pistolero de Puente Llaguno, la negativa a reconocer la existencia de presos políticos, mucho menos a concederles algún beneficio, la especial sujeción a lo militar como objeto de particular atención y, el arraigo en el poder que tienen los miembros clave de su gabinete. Nada por lo tanto me hace pensar que no va a continuar el derroche con inflación y represión que hasta la fecha ha caracterizado al régimen.

Y sin embargo hay un mensaje subyacente en el esfuerzo desmesurado que hace el presidente para mostrar vitalidad. Quiso presentarse al país como el invencible irredento que tiene arrestos suficientes para encadenarnos a la estupidez de nueve horas de alocución, sin que haya mediado respeto por la ancianidad de algunos que estaban presentes, o la incomodidad de un país que asistió atónito al rol de perdonavidas magnánimo que concedía la palabra, pero que no dejaba de rasguñar la disidencia, eso sí, sin cometer el exceso de sacar sangre. Harto comentada fue la hartazón de María Corina, cansada de tanta zalamería malintencionada, y cuya intervención no le dejó un buen sabor en la boca al presentador de cuentas. Pero en el fondo, todo ese esfuerzo fue para presentarse como una opción vigente, al que la enfermedad no le impide ejercer el poder con toda su tradicional desmesura. Lástima que luego tuvo que recluirse por cuarenta y ocho horas para reponerse, y luego poder salir, aun maltrecho a cumplir con el compromiso postergado de renovación de los altos mandos militares. Chávez no va a poder deslindarse de que él mismo es la prueba más contundente de su deterioro, y que el menoscabo de su salud le activa en el inconsciente la necesidad de tomar decisiones que no son para avanzar sino para proteger lo que él cree es un legado importante.

De allí que continúa intentando un cambio que no desea para que todo continúe igual. Decide un alto mando que no tiene salida alguna a la más servil obediencia. Atornilla un gabinete que aunque no sirva para lo constructivo, por lo menos le garantiza el sosiego de la aquiescencia. Decide la salida cortés hacia la aventura electoral de aquellos que se pensaron en una posición desde la cual podían administrar la transición después de su muerte, sin pensar en el inmenso peligro de considerarlo un mortal como cualquiera, pero aquejado de dolencias que, aunque las niegue, siguen haciendo su trabajo. Y por supuesto, conforme opera la lógica del desespero, cumple incontables promesas, hace innumerables juramentos a su particular panteón sincrético, esperando contra toda esperanza que se haga el milagro que lo aleje del malestar y del miedo que le provocan la enfermedad y las medicinas que le administran para aminorarla. Un enfermo es una ecuación compleja de incertidumbres y certezas de las que quiere huir. Un enfermo está encadenado al dolor de hoy y al de mañana. Y al insomnio que lo consume y lo muestra tal cual es, un pobre poderoso solitario que confunde cotorras con guacharacas sin que pueda hacer otra cosa que imaginar que ellas también salieron del llano para venir a integrar el coro de las exequias de alguien. Nada va a cambiar. Todo va a empeorar.

Cuenta la leyenda que estando en el lecho de muerte, Alejandro Magno fue requerido por sus generales sobre quién o quiénes iban a heredar su reino. Casi no podía hablar, pero pareció decir “al más fuerte”. Nada claro, lo que a la larga fue el argumento para una inconveniente repartición entre los que se atribuían mayor fortaleza. En ausencia de instituciones, esa posibilidad siempre está presente, la multiplicación de las satrapías y la constitución de un status quo de “burros que se juntan para rascarse”. Pero continuemos con la agonía de Alejandro. Habiéndole preguntado cómo y cuándo debían ser sus juegos funerarios atinó a decir “cuando sean felices”. Algunos deberían aprender que si toca la gloria, ella no será el producto de lo que las lloronas y plañideras pagadas por el erario público puedan provocar. Será la historia la que se encargue, y no ocho horas de memoria y cuenta.

Víctor Maldonado C

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Sobrevivientes Organizacionales

Por: Víctor Maldonado C.
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El difícil dilema entre sobrevivir y hacer lo correcto sólo se resuelve con justicia y coraje. Cuando escribí este mensaje en twitter (@vjmc) rápidamente recibí una respuesta que complementó la idea: vivir sin dignidad es morir (@cap_aureliano). Esta lección de vida es también aplicable en las relaciones laborales. Si bien es cierto que todos los miembros de una organización se asumen como actores políticos que juegan sus cartas desde posiciones jerárquicamente diversas, también lo es que todo juego tiene sus reglas y que rigen principios y valores imperativos que no se pueden soslayar. En la época del “todo vale” que entre otras cosas tiene a la economía mundial en una crisis sin precedentes, sería conveniente recordar que incluso la legítima preocupación por la propia suerte tiene límites en una ética que postula la racionalidad bien acompañada por la independencia de criterios y de acción, la integridad, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo. Un sexteto muy exigente y poco romántico, pero indispensable a la hora de establecer un criterio entre los que creen que sobreviven, y los que efectivamente lo hacen, porque no es cierto que “todo esté permitido” y sí que “todo tiene un precio que finalmente se ha de pagar”. Los que sobreviven realmente pueden contarlo, y sus acciones son parte de un legado que exhiben con orgullo.

Un sobreviviente abunda en la serenidad, cuyo principal atributo es la alegría verdadera, que se basa en que por dentro haya firmeza y fuerza, y en que estas cualidades hacia afuera se presentan con suavidad y dulzura. La segunda característica que ellos exhiben es la constancia que es más fuerte que el destino. El hexagrama 47 del I Ching sentencia que “no tendrá éxito quien interiormente se deje quebrar por el agotamiento. Pero en aquel a quien la necesidad solo doblega, este engendra una fuerza de reacción que con el tiempo seguramente habrá de manifestarse. Sin embargo, ningún hombre vulgar es capaz de eso”. El tercer atributo es la Auctoritas, como factor condicionante de la conducta de los demás sobre la base de un liderazgo sano, una visión de futuro clara y la exhibición de valores trascendentales. Es una relación que se fundamenta en la proposición de un conjunto de motivos de seguimiento alentados por el líder y aceptados por sus seguidores, pero siempre preservando la libertad de elección, la deliberación, la explicación y el debate. “Solo mediante una concentrada fuerza moral es posible unificar al mundo” (I Ching, Hex. 45). El cuarto es impacto e influencia pues todo se basa en una relación de atracción mutua para influir sabiamente sobre los corazones de los hombres y lograr la paz. Nada que se haga por la fuerza tiene sentido. El quinto es la resistencia, esa capacidad para superar los impedimentos mediante la perseverancia. A veces es sabio detenerse y replegarse para prepararse y superar los obstáculos. Otras veces vale la pena juntarse con amigos de ideas coincidentes y buscar el consejo de alguien que esté a la altura de la situación, y que pueda disolver las dificultades. El sexto es la modestia que permite manejar con orgullo pero sin petulancia los resultados. “Si un hombre está en elevada posición y se muestra modesto, resplandece con la luz de la sabiduría” (I Ching, Hex. 15). “Sólo es importante que modestia y escrupulosidad no se conviertan en huera fórmula y en un modo de ser rastrero”(Hex. 62). Tiene que haber dignidad en el comportamiento personal, de tal manera que uno no se envilezca. Sólo así se comprenderá el signo de los tiempos, se asimilarán las carencias y los daños y se transformará lo tortuoso en una oportunidad para el aprendizaje.

Los sobrevivientes no son los vivarachos venezolanos que tiran la piedra y esconden la mano. Son los que saben que de cada ocasión se puede ganar una lección.

El discurso de la muerte

Por: Víctor Maldonado C.

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“la muerte soy, oiga que soy la muerte”

El Gran Combo

No se puede dejar pasar, así como así, el inmenso fracaso que representan las 19.336 muertes violentas ocurridas en el año 2011. La cifra acumulada es todavía peor. Estamos hablando que el proceso carga sobre sus hombros la infausta suerte de 159 mil 981 personas asesinadas y otras 799 mil 905 que resultaron gravemente heridas en hechos violentos. No hay país que se pueda sentir feliz si sus ciudadanos tienen que resignarse a sufrir los efectos de una guerra no declarada, que ocurre sin que el gobierno encuentre la forma de detener sus efectos. Recientemente el ministro del ramo, Tarek El Aissami, confesó que no había encontrado la fórmula que le permitiera romper esa inercia que lleva las cifras de decesos a niveles insostenibles. Y la interrogante que queda en el ambiente nacional es por qué no han podido, ni él, ni los anteriores, ni el gobierno, ni sus geniales ideas, ni la pretensión de la conciencia revolucionaria, ni el compromiso exigido por el líder. ¿Por qué esta revolución no puede darnos siquiera la paz de la que hacen gala otros regímenes no democráticos?

La respuesta es dolorosamente sencilla. El gobierno ha patrocinado el clima de violencia que asola a los venezolanos y que ahora se vuelve contra el régimen en forma de reclamo social. Tres han sido los mecanismos principales para la promoción del crimen: el discurso de la impunidad, la desinstitucionalización de la República, y la sustitución de la ética del esfuerzo por la que fomenta la vagancia y el ocio improductivo. Desde sus inicios el presidente centró sus esfuerzos en elaborar un argumento lleno de permisividad y justificaciones demagógicas al delito. Su primer gobierno se estrenó con la apología al robo por necesidad. Y el resto de sus trece años han sido la molienda de todo aquello que antes parecía formar parte de la decencia. Esa misma explicación sirvió para estimular la vigencia de grupos armados y colectivos que han cometido toda clase de abusos en nombre de la revolución. Pero no se detuvo allí, pues se propuso crear una iconografía de la violencia y de sus epígonos entre los cuales no dejó de estar el Che tomado de la mano con TiroFijo. Trece años machacando que la alternativa al socialismo solo podía ser la muerte, mientras desde la presidencia se mandaba a la mierda a quien no estuviera de acuerdo, se apoyaban programas especializados en la infamia, se llenaban las cáceles de presos políticos y se destituían ipso facto a jueces que decidían de acuerdo a la ley. Ese discurso transformó a Danilo Anderson en un héroe de la patria, y lleno de afrentas al Cardenal Velazco. Y cuando calló, lo hizo para dedicar un minuto de silencio al jefe de la narco guerrilla conocida como las FARC. El presidente ha sido el principal causante de que nadie en el país crea que el crimen no paga. Porque aquí el crimen está lleno de ganadores, como aquellos antihéroes de Puente Llaguno o el largo etcétera que cada uno de nosotros imagina mientras lee estas líneas. Aquí el crimen es la punta de lanza que ha usado está revolución para derrocarlo todo, para deshacerlo todo, para hacer tabula rasa y luego montar el tan ansiado socialismo, y sus hombres nuevos, tal vez depurados en esa sangría imparable, que sin embargo tanto preocupa al hoy caído en desgracia ministro Tarek.

Ese discurso vino acompañado de acciones. El imperio del más fuerte ha sustituido al imperio de la ley. El ministro con pistoleras y pistolas ha sucedido al magistrado democrático. El insulto de cualquier funcionario del gobierno, es la respuesta a cualquier intento de interpelación en la Asamblea Nacional. Todo un espectáculo ver a Giordani escondiéndose detrás de la descalificación y las falacias. O a Diosdado, rescatado del exilio interior, provocando, mientras sabe que resulta inalcanzable porque cuenta con el apoyo de su máximo caudillo. El demoler todas las normas y acuerdos de la decencia y el hacer trizas todas las prácticas republicanas de balance y respeto, han acompañado el discurso y envían señales claras de que aquí todo vale del lado de la revolución. Por eso, la organización bolivariana de motorizados es la última palabra, y no la ley que intenta regularlos.

Y para colmo, el gobierno se ha inventado mil y una misiones que estimulan el ocio, ofreciendo plata sin trabajo, traicionando de esta forma cualquier esfuerzo que se haga para transmitir el mensaje de que sólo el trabajo honesto puede hacernos salir adelante. Por eso nuestras noches son tan tenebrosas.

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Sentido común

Por: Víctor Maldonado C.

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Llegamos al 2012 con trece años de problemas acumulados y algunas evidencias de que la ideología del socialismo del siglo XXI no ha podido honrar ninguna de sus promesas, entre otras cosas porque tanto arrebato marxista tiene como consecuencia un divorcio fatal con la sensatez. En el mismo sitio se encuentran nuestros barrios pobres, con los mismos déficits de empleo, educación y servicios públicos. Pero ahora la pobreza de los venezolanos se encuentra asediada por la ausencia de movilidad social y esa sensación de que al gobierno le conviene tener en su puño una masa compacta de miseria y dependencia para garantizarse ciertos índices de popularidad y la aquiescencia que tanto disfruta a la hora de disponer arbitrariamente de las oportunidades nacionales. La inseguridad ha llegado a ser tenebrosa en sus cifras. 19 mil muertes violentas acumuladas en el 2011 se suman a las anteriores para extender un duelo inexplicable que sume en la tristeza y la desesperanza sobre todo a las familias más pobres. Y la inflación asalta los bolsillos y demuele cualquier posibilidad de hacer algo más que sobrevivir para la mayoría de los asalariados del país. Un cuadro complejo que, sin embargo, tiene su origen en un mal punto de vista sobre lo que puede ser y debe ser la sociedad venezolana.

El país no funciona apropiadamente desde el puño de hierro del centralismo autoritario. Las regiones han sido castradas en términos de competencia y de presupuestos. Ya no funciona la equidad territorial y el gobierno pervierte el presupuesto al asignar recursos a los gobernadores oficialistas, mientras que se los mutila al resto. La consecuencia es lo que los venezolanos del interior de la República aprecian con horror: el declive de los servicios públicos en buena parte del país, y la administración irresponsable y ostentosa en donde gobierna el oficialismo. En tanto crece el déficit y se acude al endeudamiento.

La economía no funciona apropiadamente si se privilegian los controles a cualquier otra consideración. El régimen de control de divisas se ha hecho acompañar del control de costos, precios, salarios y empleo. No hay arista económica que no esté monitoreada por el gobierno, y sin embargo, la inflación y la escasez campean a pesar de que el interés y el propósito principal de todas estas medidas sea el garantizar una economía más sana. Desgraciadamente, en la forma de hacer las cosas está el error. El campo luce desvalido e improductivo, y es por las mismas razones: esa mezcla de autoritarismo, impunidad e irrespeto por los derechos que han convertido al país en el anti-milagro latinoamericano. El gobierno concentrado en engullirse al país luce inhábil para transformar tanto poderío en algo de bienestar. Los funcionarios del gobierno intentando abatir sus propias alucinaciones (especuladores golpistas y enemigos del pueblo) pierden tiempo precioso para resolver los problemas reales mientras por los méritos de su conducta se alejan las inversiones, desaparece el emprendimiento nacional, se exilia el talento y se achican, por tanto, las oportunidades del país.

A pesar de la propaganda oficial, que opera como una destiladora masiva de la felicidad del venezolano, la gente sigue desesperada buscando la medicina, el alimento o el producto que no consiguen. Porque el gobierno se ha especializado en regular y hacer desaparecer todo lo que el pueblo considera útil o necesita vitalmente. Y sigue siendo la misma causa la que provoca todo este enredo, mientras el gobierno insiste en el mismo error, profundizándolo día a día a través de nuevas leyes, nuevas instituciones y nuevas medidas, que como ocurre con las arenas movedizas, solo tienen la facultad de hundirnos más y más en la miseria.

El gobierno está enfermo de insensatez. Cualquier revisión de sus políticas debería ser suficiente para convencerlos de que hay tres cambios que resultan imprescindibles: la deposición de la ideología comunista; el cambio de las políticas económicas; y por supuesto, la sustitución del gabinete que nos ha traído hasta esta ruina. A este gobierno lo único que podemos exigirle es un poco de sentido común para que se ciña a una mayor disciplina fiscal, reabra la economía, garantice la ley, respete los derechos, y practique una política social sostenible, enfocada y con verdaderos impactos. Al régimen habría que sacarle de su esencia ese gen de demagogia populista que le impide encarar con seriedad los problemas nacionales, buena parte de los cuales son ocasionados por sus propias medidas. A este gobierno hay que pedirle la sensatez suficiente como para que sea menos gobierno y nos permita a la sociedad civil el espacio necesario para emprender y participar en la construcción del progreso.

Víctor Maldonado C

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