Archivo de Diciembre, 2011

Las quejas contra Sodoma

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

¿…los justos con los malvados?

Génesis 19,23

El fin del año es propicio para todo tipo de predicciones. Las hay astrológicas y también económicas o sociológicas. Sin embargo, lo que vaya a ocurrir ya está abonado por lo que ha ocurrido y seguirá ocurriendo, no solamente porque el gobierno tiene una hoja de ruta que cumple con implacabilidad furiosa, sino también porque en nuestra agenda personal, la de cada uno, no parece haber cambio alguno en la forma como nos hemos relacionado con el régimen. El chavismo seguirá recogiendo la cosecha de magros y malos resultados de una ideología perversa, una política económica equivocada y un alto gobierno tan malo que no tiene cómo compararse a ninguno de sus pares latinoamericanos. Chávez seguirá equivocándose una y otra vez, leyendo malos libros, recibiendo peores consejos, y aferrándose a su propia versión de los hechos históricos, donde Bolívar fue el resultado sufriente de una gran conspiración, Paez fue poco menos que un gran traidor, y Fidel Castro es el padre de la libertad, la paz, la concordia, y la integración de los pueblos. El líder del socialismo del siglo XXI seguirá haciendo todo lo posible por mantener a flote el naufragio de la revolución castrista y mantendrá hasta la última puya venezolana el octeto de chulos latinoamericanos: Bolivia, Nicaragua, República Dominicana, el Caribe, Ecuador, Argentina, Paraguay y Uruguay. Continuará haciendo el ridículo regalando fueloil a New York y Londres, y por supuesto, dirá hasta el último suspiro que no fue solo el Libertador quien fue objeto de un atentado que acabó con su vida, sino que él mismo ha recibido lo suyo del imperio; por eso el cáncer.

Pero, ¿y nosotros? Como lo dijimos al principio, también tenemos nuestro inventario de culpas y razones, porque como se ha visto en la primavera árabe, y allí donde se hayan exhibido los indignados, nada de lo que ocurre es totalmente ajeno a la voluntad social. A este descalabro hemos aportado una mezcla muy culposa de indiferencia, colaboracionismo, lenidad, ainstrumentalidad, hipercriticismo y desconfianza en nuestros líderes cuyo resultado ha sido el afianzamiento del oprobio en los últimos 13 años. Tan grave ha sido que nada de lo que acontezca nos perturbe, como que hemos encontrado la forma de justificar esa extraña conducta que por una parte critica al gobierno y por la otra le financia su estrategia económica. En los últimos tiempos nada nos ha parecido lo suficientemente grave como para movilizarnos. Ni las diecinueve mil muertes violentas, ni la forma como se procesan a los perseguidos del régimen, mucho menos las cinco millones de hectáreas que han sido robadas a sus legítimos dueños o las cinco mil empresas que han desaparecido como producto de este sistema de persecución y cerco. Nada de eso nos parece lo suficientemente importante. Y por si fuera poco, hace tiempo que perdimos (si es que alguna vez lo tuvimos) esa forma de ser que a veces nos obligaba a retroceder dos pasos para regresar con mayores bríos gritando “vuelvan caras”. Nos dejamos llevar por la marea de acontecimientos sin que algo se nos ocurra para revertir la situación. En tanto, flotan entre nosotros argumentos tan audaces como “la gran trampa electoral” o la venta de todos y cada uno de nuestros líderes sociales. Preferimos el rumor y las “teorías de las conspiraciones” al trabajo constructivo y la fructuosa disciplina de la solidaridad. Nadie parece estar a la altura de nuestra propia versión de las circunstancias, y nos cuesta hacer lo debido, financiar la política, participar en los procesos, animar a los que están en la vanguardia, debatir y exigir cuando ello sea necesario, y no caer en la superchería tan venezolana de creer que esto se va a resolver por las buenas, o sea, sin esfuerzo, sin exigencias, sin contrastes y sin dar todas y cada una de las batallas que sean necesarias para restaurar las bases institucionales de la democracia. Que me perdonen los justos, pero la mayoría de nosotros somos en gran medida los patrocinantes de nuestro propio oprobio, y si no cambiamos de actitud, seguiremos sufriendo este chavismo que tanto nos incomoda, pero que tan poco nos promueve hacia la acción.

¿Alguien quiere saber cómo será el 2012? Será tan malo como nosotros lo permitamos. Empero, tenemos la oportunidad de patrocinar los cambios, sustentando emocionalmente la unidad, participando activamente en las primarias del 12 de febrero, financiando la política, haciéndole saber al régimen que no va a continuar por mucho tiempo, y a la vez generando confianza en todos aquellos que dudan. El secreto está en una sola definición como propuesta de año nuevo: ¡Basta ya de tanta demagogia improductiva! Se acabó el tiempo de Chávez.

Víctor Maldonado C

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Detrás de las rejas

Por: Víctor Maldonado C.
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En Venezuela es fácil entender por qué se pronunció aquella bienaventuranza. Hambre y sed de justicia padecen un cierto tipo de presos que no tienen derecho al debido proceso, ni a la presunción de inocencia o el respeto a la reputación y a sus propiedades. Están condenados de antemano porque nadie, ningún juez en el país será capaz de contravenir la suprema voluntad del líder, quien anticipándose a cualquier procedimiento previsto en el ordenamiento jurídico, simplemente los condenó al olvido. Algunos de ellos son la excusa que el régimen necesita exhibir para justificar la masacre ocurrida durante los sucesos de Abril. Otros son simplemente la consecuencia de viejas rencillas y miedos inconfesables. Unos pocos representan la humillación de deberles el favor del regreso al poder. Están los que han tenido el coraje de contradecirle y de creer que por encima de la voluntad del mandatario había que acatar el imperio de la ley. Y finalmente están el grupo de empresarios que representan todo lo que él no quiere para el país: éxito, emprendimiento y libertad. A todos ellos, sin importar la causa, la maquinaria propagandística del régimen les ha masacrado su buen nombre. En eso consiste el trapiche de insultos seriales, procedimientos retardados y trámites complicados que los hace estar uno, dos, tres o mil años esperando que se desate todo el andamiaje institucional del país que por ahora obedece la orden implacable que les ha sido dada. Nadie duda. Allí están los propios presos como prueba de que la intimidación es en serio. Aquí la cárcel es la mejor señal de que el que no está con la revolución, tarde o temprano termina sin libertades o derechos. Para éstos, la tradición caudillista latinoamericana ha creado su propio adagio: “… para los enemigos, la ley”.

Un país no puede ser democrático si tolera que entre los suyos haya conciudadanos privados de libertad porque el régimen les inventa un delito para poder procesarlos. Tampoco lo es aquel país que tenga a algunos ciudadanos en la disyuntiva de exiliarse porque el gobierno los persigue y los acosa hasta que no tienen más remedio que preferir sufrir el extrañamiento que enfrentar aquí una causa de antemano perdida. Las paredes no olvidan con facilidad. Algunas de ellas todavía registran el gusto que se da el régimen sometiendo al oprobio a hombres y mujeres de bien. Cuesta entender ese tipo de gustos por los grafitis del odio, como si no fuera poca cosa la hegemonía comunicacional que repite incansablemente quiénes son y lo que supuestamente hicieron todos y cada uno de los que hoy están presos o en el exilio. Y sin embargo, mucha gente duda, como si fueran ellos los designados por alguna deidad a separar la paja del trigo, y decir cuáles de los perseguidos son inocentes y cuáles otros merecen la pena impuesta con tanta severidad. Todos ellos, los que dudan, participan en la hoguera circense donde se cuece poco a poco el caldo espeso de la tiranía y no dejan de ser cómplices de esta trama tan absurda como cruel. Un preso político es aquel que sin importar razones, no tiene derechos. No los hay mejores ni peores. Si alguien cree en el Estado de Derecho sabe que todos ellos deberían estar libres, y que los empujados fuera del país deberían estar en medio de nosotros, compartiendo nuestras luchas y nuestra suerte.

El comunismo tiene el atributo de corroer las entrañas de la institucionalidad republicana. Lo hace envileciendo todo aquello que resulta valioso para el ejercicio legítimo de las libertades y derechos. Lo intenta mediante el establecimiento de una legalidad espuria y confusa que alegando intereses supremos del pueblo va esquilmando poco a poco todo lo que resulta valioso para la realización autónoma de los hombres dentro de una sociedad abierta. Y el éxito del proceso revolucionario que se adelanta sin prisa, pero sin pausa, depende de esa gran matriz de indiferencia, sumisión y conformidad que caracteriza a los pueblos devastados porque ya no creen en el futuro. El comunismo tiene el encanto de las promesas irrealizables y de los presentes irresponsables. No hay nada que narcotiza más al venezolano que la ilusión de los bolsillos llenos. Lástima, porque gracias a esa ceguera nuestros presos y exiliados seguirán siéndolos por mucho tiempo, mientras el resto contempla en sus mesas de fin de año ese pernil regulado con el que el gobierno quiere atragantarnos las conciencias. ¿Feliz año?

Víctor Maldonado C
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Pascuas difíciles

Por: Víctor Maldonado C.

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Bienaventurados los olvidados…

E. sigue preso. El 21 de diciembre los fiscales decidieron no presentarse a la audiencia. En el sótano donde se encuentra, la luz de neones sustituye cualquier claridad. Dos navidades viendo las mismas paredes, y las mismas fotos de una línea de mando que comienza con Chávez y termina con él, en esa espiral del personalismo que lo mantiene retenido sin derechos a juicio justo y rápido, sin que se presuma su inocencia y sin que se preserve su dignidad y reputación. El paso de un día tras otro no deja de dañar el optimismo que algunas veces destella en su mirada, mientras la duda y la indiferencia de los que están fuera no dejan de replantearle las mismas preguntas.

Desde el cuarto se cuela una respiración difícil. Ni ayer, ni hace un mes, ni cuando se presentaron los primeros síntomas tuvieron la oportunidad de contar con una cama en el hospital. En el país del petróleo ellos son unos cualquiera de los catorce millones de venezolanos que no tienen seguridad de ningún tipo. Y que dependen de la caridad oficial que llega escasa y demasiado tarde. Ellos saben que el cáncer se extiende irremediablemente mientras esperan una respuesta que presienten inútil a estas alturas. Afuera todo se perfila demasiado oscuro y los silencios encubren las lágrimas que reconocen una fatal e irreversible derrota de la vida.

La lluvia no ha sido el mejor aliciente. Carga a cuestas su mercancía, cuyo peso es equivalente a la esperanza de tener algo de navidad. Corretearle a la policía y presentir al delincuente que quiere arrebatarle todo su esfuerzo es una tarea ingrata que se repite cientos de veces en la calle donde compite apretadamente por la atención de los transeúntes. El dinero es esquivo –piensa- mientras las gotas comienzan a nublar las ganancias del día.

La cuenta nunca da. Cincuenta bolsas y trescientos pasos por 10 Bs. Quince años es la edad que lo confronta con un destino sin mucho futuro, porque todo su mundo se resuelve en las cuatro ruedas de un carrito de supermercado dispuesto a dejarse arrastrar cuantas veces sea necesario. Un territorio que termina en la maleta del último carro y que se repite en el próximo cuando en el intervalo de pocos segundos se pone a prueba toda la generosidad nacional comprimida en un billete. Sin embargo sonríe y silba mientras vuelve a hacer la cola para la próxima oportunidad. En algún lugar quedó la escuela.

Nada tan bochornoso y ajeno al resto que esa antesala pestilente donde lo único que puede ocurrir es el reconocimiento de lo atroz. El sol no terminaba de calentar el cuerpo de A. desquiciada por el dolor y lo inesperado. En ese olor a muerte se ha convertido la espera por su hijo, que no logró superar la noche y la escalera. No vale la pena descontar los minutos cuando toda la vida se ha reducido al trámite de un reconocimiento que, sin embargo, no quiere reconocer. La morgue de Caracas es, tal vez, el lugar más doloroso de la ciudad. Pero es un dolor ajeno…

La brisa, el verdor y el bullicio son las trampas del gentilicio. El Ávila es el embeleso para los corazones de los que se quedan. P. repite el rictus de nostalgia que lo asimila a ese exilio que lo obliga a la distancia. Contiene la rabia y sigue añorando un regreso rápido y sin consecuencias. Tal vez para recuperar el tiempo perdido en desencuentros y miradas que nunca ocurrieron, aunque se desearon intensamente.

El naufragio de la vejez. C. ve como se le escurre la vida mientras lo único que crece es su precariedad. No es un tema de migajas sino de dignidad. El no terminar siendo estorbo y lástima lo empuja hacia una cola interminable cuyo destino es una promesa que no incluye la satisfacción del hoy. El presente es, empero, su único futuro. Y esa sensación de haberlo perdido todo cuando decidió apoyar al “buen gendarme” que rápidamente se convirtió en el perro rabioso que evita su descanso en paz.

La voluntad del tirano es inconmovible. Ya no imagina sino sus propias palabras que dibujan un país lleno de felicidad e impaciente por renovarle su confianza hasta el infinito. Su tiempo transcurre imaginando como un aguacero de petróleo compra conciencias y abate cualquier competencia. No quiere ver más allá y sonríe porque presiente que él es su propio diluvio y su propio después. La Navidad siempre le ha sido indiferente… y no lo obliga a la compasión. No hay necesidad de clemencia en un mundo tan lleno de alborozo.

Víctor Maldonado C

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Los necesarios consensos

Por: Víctor Maldonado C.
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Tal vez la preocupación fundamental de todo Director Ejecutivo sea precisamente el tener un equipo razonablemente cohesionado y que los elementos entrópicos y centrífugos no ganen la batalla. Y abundan las recetas para lograrlo, algunas de ellas bastante extravagantes y poco efectivas. Henri Mintzberg tiene al respecto uno de los estudios más sesudos y los recoge en su libro “El poder en la organización” (editado en castellano por Ariel Economía).

Pues bien, para mantener la conciliación en la coalición interna hay que engranar apropiadamente los diversos sistemas de influencia, a saber, los que provienen de la autoridad formal, la ideología, los que resultan de la habilidad, y finalmente los que son el resultado de la política organizacional. Todos ellos pueden jugar a favor o en contra, y será por lo tanto parte de las buenas habilidades y competencias de los gerentes el garantizar que todos ellos funcionen para garantizar la cohesión y no para facilitar la dispersión. Baste saber que la dificultad está garantizada porque en un equipo de trabajo cualquiera opera la lógica de los imprescindibles. Cada uno de los integrantes tiene una experticia que lo complementa con los otros, y maneja una función que es crítica para la empresa. De allí resulta que para el director ejecutivo todos sus colaboradores sean indispensables y por lo tanto tenga que hilar muy fino para administrar entre todos ellos recursos de poder y la autonomía necesaria para desempeñar sus funciones, pero no tanto como para poner en peligro su propia posición y tampoco para sofocar al resto. El poder se distribuye desigual, y por momentos, favorecerá a un actor específico en desmedro de otros, que no se van a sentir cómodos con este tipo de asignaciones asimétricas. Empero, la igualdad no es un dato relevante para las organizaciones, y si lo es la competencia por recursos valiosos. Todos los actores organizacionales saben que “el poder engendra más poder, y que la falta de poder conlleva menos poder”. Poder es capacidad de disposición autónoma y manejo privilegiado de la información. Ambos atributos son manejados no solamente en función de los supremos intereses de la empresa, sino en relación con las conveniencias personales, lo que genera razones para la disolución de la armonía, efecto que no busca nadie, pero que puede resultar de la interacción racional de los integrantes del grupo.

Esto ocurre mientras el ejecutivo administra de alguna manera su recurso más escaso que es el tiempo. March y Olsen son citados por Mintzberg para afirmar que “un agente con muchos intereses dispone de menos energía para atender a cada uno de ellos; un agente con muchos talentos dispone de menos tiempo para utilizar cada uno de estos; un agente con muchas responsabilidades dedica una menor atención a cada una de ellas”. En consecuencia, el director ejecutivo se cuida de luchar todas las batallas políticas que se le presenten. Debe seleccionar las más importantes, dejando el resto para que se resuelva como saldo de las relaciones entre sus subordinados.

El gerente tiene que saber apoyarse en la autoridad, como proveedora del foco hacia unas expectativas convergentes. Debe saber que la exhibición de responsabilidades concretas y precisas contribuye a darle sentido al concepto mismo de organización. Sin embargo, esto no es suficiente. También debe contribuir a la generación y mantenimiento de formas de identificación más profundas y sinceras del individuo con los objetivos de la organización. Si la empresa no forma parte de los fines personales de la gente que trabaja en ellas, es muy poco lo que se puede predecir sobre la unidad que con tanta facilidad se invoca. Mintzberg lo apunta muy sabiamente: “En lugar de comprar la fidelidad de los agentes, como lo hace la autoridad, u ofrecerles la oportunidad de trabajar según su albedrío, como lo hace la habilidad, o permitiéndoles perseguir libremente sus objetivos personales, como lo hace la política, la ideología atrae a los agentes hacia la misión de la organización como un fin en sí mismo”. Solo de esta manera los agentes encontrarán un mayor significado en lo que hacen. Piénsenlo, y que pasen Felices Pascuas.

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Desviaciones mortales

Por: Víctor Maldonado C.

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Finalmente algo ocurrió que causó conmoción. Un niño fue asesinado con crueldad. Dicen algunos que se montó una gavilla para torturarlo primero. Tal vez murió de dolor en el trance del tormento. Al pueblo de Guanare (la tierra de la Virgen Patrona de Venezuela) le pareció horrendo y respondió con violencia. No solamente porque resulta intolerable que un niño pague las culpas y equivocaciones de quien sabe quien o quienes, sino porque la justicia chavista comenzó a dar esas volteretas tan propias del régimen y tan favorecedoras de la impunidad. Y el pueblo, en este caso, no lo toleró.

La pregunta que queda en el tintero es la relativa a la causa de este tipo de hechos. ¿Por qué ocurren? ¿Qué mueve a venezolanos comunes y corrientes a intentar este tipo de crímenes, con tanto ensañamiento y ventaja? Insisto ¿qué cosa tan horrenda pudo haber hecho este infante como para merecer tan lamentable final? ¿Cómo comprender tanta desviación de la norma que exige el derecho a la vida y por supuesto el respeto a la dignidad de las personas?

Las respuestas no son en ningún caso obvias. No hay monstruos sueltos. Los que realizaron tan reprobable crimen eran al mismo tiempo personas dedicadas a sus cosas, con empresas y trabajos, con familias y querencias. El mal se nutre, eso sí, de esa banalidad que nos hace a todos ser sospechosos a la vez que desconfiados del resto. Lo que ocurre verdaderamente es que tales tipos de actos, crímenes respecto de los cuales a todos nos cuesta entender de razones, hechos violentos desproporcionados, asesinatos por arrebatón de pequeños bienes, en fin, toda esa violencia está siendo destilada desde un discurso y una práctica de la impunidad que está desplomando las bases morales de la república.

El que siembra vientos, cosecha tempestades. El gobierno ha sido hábil en la trama de desmontar cualquier institucionalidad dedicada a proveer el bien público de la justicia. Los jueces autónomos han sido exterminados y sustituidos por “mujiquitas” serviles que en ningún caso van a rozar las tramas del poder. Chávez ha sido el patrocinante de una ética de “colectivos armados” que de la misma manera que envalentonó a la difunta Lina Ron, garantiza la pervivencia de estatuas que homenajean a guerrilleros y terroristas. Esta ética pinta murales con vírgenes que han cambiado el cetro por un FAL y que sostienen en su regazo a un niño odiante cuyo mensaje no es el bien sino la muerte. Es el mismo gobierno cuyos ministros y altos funcionarios hacen gala del uso de la fuerza, portan y exhiben armas y profieren amenazas contra todo lo que no les parezca socialista. Es el gobierno de la muerte invocada hasta que el cáncer se hizo presente. El régimen de las milicias y del pueblo en armas. Y que no quiere invertir recursos en seguridad ciudadana, porque tal vez le convenga que barrios y urbanizaciones sigan manejadas por encargo, entre mafias ideológicas y narcotraficantes. Esos son los vientos que nos trajeron hasta estos barros: Ciento sesenta mil muertos, y ese niño que lamentablemente murió torturado.

Algún sensor no le está funcionando bien al gobierno si cree que ese desplante permanente no trae consigo estos efectos tan perversos. Si creen que el envalentonamiento contra todos y todas las instituciones no van a permear hacia conductas sociales que pretenderán hacer lo mismo. Venezuela está llena de hechos de fuerza ante la mirada indiferente de las autoridades. Tomas de la propiedad, robos forzados de lo ajeno, intentos de apelación al presidente para robar y forzar condiciones inaceptables dentro de cualquier cálculo de decencia. Y leyes que son un disparo a la decencia. Legislaciones completas que están elaboradas para el arrebatón y la confiscación. Toda esa práctica tiene que terminar en niños torturados y en familias indiferentes o incapaces de reaccionar ante un guión en el que lo único importante es la fuerza. Aquí todos los días se asesina a la razón. Y el que contrata a cada uno de los sicarios de la razón es el gobierno.

Algo no está funcionando bien si una colectividad piensa que es factible coger a un infante y maltratarlo hasta la muerte, sin que por eso haya castigo. Algo huele muy mal en la duda judicial, y en ese intento de retardo que provocó la explosión emocional de toda la ciudad. Hay dudas que ofenden. Eso pareció ser el caso del juez y el llamado a la calma de un gobernador que no quiso ser todo lo empático que exigía la ciudad. Sin embargo, toda esa reacción no es otra cosa que la misma impunidad y el mismo desplome que nos mantiene al borde de volver a relaciones primitivas. Que toda la ciudad no encuentre instituciones a las que hacer una exigencia de mera civilidad debe formar parte del diagnóstico que debemos hacer para saber hasta donde hemos descendido. Tal vez conociendo ese dato, podamos algún día reponernos de tanta barbarie.

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De lo que nadie habla

Por: Víctor Maldonado C.
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A nadie le gusta anticipar dificultades, y pocos gerentes invierten tiempo en pensar sobre lo que puede salir mal. Sin embargo, son pocas las veces en las que los procesos de cambio planificados no resultan boicoteados por aquellos a quienes las nuevas tareas o situaciones les resultan poco apetecibles. Es normal ver cómo las resistencias se traducen en desafíos y saboteos cuya intensidad dependerá de cuan preparados estén los líderes de proyectos para afrontar estas conductas que, sin embargo son totalmente predecibles, aun en niveles gerenciales y directivos de los que se espera mayor conocimiento y acatamiento de las definiciones estratégicas del negocio. Siempre ocurre esa mezcla de “actores políticos en posición” e incomodidad por salir del satus quo tan confortable, o sentirse presionados por nuevas formas de evaluación. Lo cierto es ocurren cosas mientras se logra superar la “situación actual” y se llega a estabilizar la “situación futura”. Ese estado intermedio se llama “estado de transición” y es en ese periplo que ocurren la sucesión de cambios, desajustes y reajustes que conducirán al final a una nueva realidad organizacional.

Este entreacto transicional tiene atributos propios y para administrarlo apropiadamente se deben determinar con mucho detalle cuales son las tareas y actividades que hay que implementar y, definir cuáles estructuras y mecanismos administrativos son necesarios para realizar esas tareas. Quienes mejor trabajan las transiciones organizacionales son Richard Beckhard y Reuben T. Harris, ambos con un largo historial académico y reconocidos consultores en el tema.

El plan de actividades para la transición es “el mapa de la ruta del esfuerzo de cambio”. No hay éxito sin realismo. Y para ser realistas hay que imaginar todo lo que puede salir mal, y todos aquellos que podrían tener alguna razón para resistirse. En cualquier caso, un plan efectivo tiene cinco características que no se pueden evadir: Relevancia de las actividades en relación con las metas y prioridades del cambio; Especificidad de cada una de las actividades, que deben ser comunicadas con claridad y precisión; Integración conceptual de todas las actividades previstas para facilitar la comprensión y el acatamiento. Suele ser una “pregunta boicot” la que alude a la actividad o relevancia de la actividad. Su ocurrencia es un indicio de que el plan está dejando de ser efectivo; Cronograma que demuestre una secuencia lógica de los acontecimientos y, Adaptabilidad, con planes de contingencia para adaptarse a las fuerzas imprevistas. Los autores recomiendan que para anticiparse a modificaciones abruptas y costosas lo mejor es determinar muy bien dónde se debe enfocar la atención inicial y cuáles recursos de tecnología se deben utilizar. Las dos son variables críticas.

La transición siempre funciona mal cuando no hay un compromiso firme y muy explícito de la alta gerencia. A los consultores internos, que suelen ser gerentes medios, siempre les resulta muy cuesta arriba el tener que lidiar con la rebelión de los VP. Eso solamente se puede resolver cuando el nivel directivo hace gala del compromiso con el proceso de cambio y lo lidera con mucha fuerza. También hay que prever cuales sistemas están más preparados para afrontar el proceso, y cuáles demuestran inconformidad aguda. Cuáles sistemas van a surgir como nuevas formas de la organización y con quiénes se cuenta para apalancar las decisiones que progresivamente se irán implementando. Finalmente, hay que tener mucho cuidado con “los sistemas temporales de proyectos” cuya existencia y duración están definidas por el plan.

En el transcurso todo el mundo tiene una opinión sobre el qué, el cómo y el por qué. Todas esas inquietudes se podrán procesar apropiadamente si y solo si el consultor interno tiene en sus manos todos los escenarios de respuestas posibles. O sea, si tiene a mano un mapa de la transición, aunque de ello no se hable demasiado.

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Entre internos y entornos

Por: Víctor Maldonado C.
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“No se puede hacer un buen trato con una mala persona”
Warren Buffett

Una de las frases que se le atribuyen a Henry Ford viene al caso. Decía él que “pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá esa sea la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen”. A la dificultad advertida por el famoso industrial estadounidense se le pueden agregar ciertas precisiones, porque algunas veces se observan ciertas reacciones que no parecen ser el resultado del discernimiento apropiado, sino que son la consecuencia de la usurpación del buen juicio por sentimientos viles, como el miedo o el cálculo artero. El problema es que la mayoría de las veces, los líderes de las empresas están siendo observados y juzgados por el resto de los miembros de su organización, tanto por su efectividad como por su moralidad. Tanto por su eficiencia en mantener a la empresa como por su esfuerzo por mantener los requisitos de la dignidad y el decoro organizacional.

Hay dos obligaciones fundamentales de los directivos. La primera es garantizar, en la medida de lo posible, la supervivencia de la empresa. La segunda no es menos importante, porque exige mantener la moral interna. Lograr la primera en desmedro de la segunda tiene poco sentido, porque tarde o temprano la organización se va a desplomar entre la improductividad, las dudas, la ilegitimidad, la corrupción y la vergüenza. Por eso es que Mikel de Viana S.J. solía decir en sus cursos y conferencias sobre Ética Empresarial que “nadie estaba dispuesto a seguir a un pirata o a una rata”, por lo menos no por mucho tiempo, y sin que haya a cambio remuneraciones crecientes. El secreto del liderazgo es entonces, encontrar la forma más apropiada y armónica para enfrentar los retos del entorno sin que se afecte la armonía entre los líderes organizacionales y sus seguidores, porque a nadie le gusta compartir su suerte y su reputación con “perdedores”, cobardes o adulantes. Y aunque no aparezca en ningún capítulo de los nuevos libros de gerencia, el pudor es un valor que se transa muy bien en el mundo de las empresas.

Philip Selznick llega incluso a formular esta restricción al “todo vale managerial” como su primer imperativo organizacional: Los directivos deben mantener en alto “la sensación de seguridad de la organización como un todo en relación con las fuerzas sociales que la rodean: este imperativo requiere una continua atención a las posibilidades de intrusión y a la prevención de amenazas de agresión o consecuencias nocivas (aunque quizás no intencionales) de la acción de otros”. Pero no de cualquier manera. Esta fortaleza para resistir las agresiones del entorno tiene como requisitos tanto al genio como la figura. No deja fuera las formas, ni el tono, ni los medios. No deja fuera que se piense bien lo que se va a hacer o decir, porque en términos de reputación, es irreversible la calificación de villanía. A las empresas también se les puede aplicar esa frase del viejo filósofo Heráclito de Efeso, que parafraseada convenientemente diría que “el carácter de los directivos es el destino de las empresas”. Si el que priva es el pusilánime, la organización será timorata. Si lo que se aprecia es la adulancia, la organización será infelizmente condescendiente. Las convulsiones a las que se someten las empresas contemporáneas requieren del heroísmo y el coraje de sus líderes. El que no pueda asumirlo así, debería dejar el encargo de conducir un activo social tan importante. Los empleados no tienen otro modelo que sus propios líderes, y el saberlo es un inmenso compromiso. Así que cuidado con esos comunicados…

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La soga con la que te ahorcan

Por: Víctor Maldonado C.

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Doce años no han sido suficientes para que los venezolanos tengamos una versión unívoca sobre lo que aquí está pasando. Lo que la gente diga siempre dependerá de cómo le esté yendo. Si está o no está haciendo real. Si tiene miedo de que le quiten algo o no. Si está pasando trabajo o no. Si ha tenido o no contacto con los que están sufriendo el rigor de prisión o el exilio. En todo caso, no hay acuerdos sino situaciones sentimentales, y mucho miedo a que el reconocimiento del talante comunista del régimen lo haga más oprobioso para la propia condición. Lo que hay son resabios de “mente positiva, trancado y transmutado” como si el gobierno fuera una pava que se puede conjurar. Mientras tanto el régimen en boca del propio presidente hace todo lo posible por aclarar que él es la cabeza de una revolución dirigida a implantar el socialismo, no solamente en los discursos, también en todos los documentos de Estado, que hacen lo indecible para delinear estratégicamente lo que entienden por socialismo del siglo XXI. El Plan Socialista Simón Bolivar, el Libro Rojo y las Líneas Estratégicas del PSUV, todos ellos coinciden en los términos de su claridad estratégica: Que estamos en transición al comunismo, y que “tienen el supremo compromiso y voluntad de lograr la mayor eficacia política y calidad revolucionaria en la construcción del socialismo y la refundación del Estado Venezolano”. No hay ley, reglamento o resolución que no comience así, y que no esté imbricada en el esfuerzo de seguir aguas arriba, superando cualquier resistencia, en la lógica de desmontar lo que hay para sustituirlo por la Patria Socialista.

Sin embargo, decenas de analistas, comentaristas, expertos y “comunistólogos” insisten en perdonarles la vida. Insisten en relativizar el proceso, argumentando que no son capaces, que lo que hay es un arrebato autoritario, que el comunismo no es esto. Todos esos argumentos son estrategias de la evasión y la negación, enunciados con nostalgia en los ojos, tal vez porque muchos sueños juveniles no pueden terminar encallando en esta pesadilla. Yo pienso lo contrario. Hay que hablar claro, y esto es todo lo que puede dar el socialismo castrista. Inflación, inseguridad, escasez, impunidad, y esa forma de resolver las cosas por la fuerza, pero invocando a cada paso el poder del pueblo, el pueblo empoderado, el pueblo legislador, el pueblo que aplaude el tumulto comunal, y el caos que solo favorece al grupo que está en el poder.

Algunos aducen que comunismo no es esto. Y que muchos de los que vociferan hoy, hacen negocios y matarían por lograr un encuentro de dos o tres minutos con algún jerarca del gobierno. Que hay empresas y empresarios que se dedican a eso, y a silenciar disciplinadamente a sus clientes. Y que mientras haya negocios, gestores y ganas de alinearse, pues no habrá comunismo. Pero esos “expertos” olvidan que ese no es el dato más concluyente. Todos los regímenes comunistas hacen negocios y tienen negociantes. Todos sin excepción se desploman por la corrupción. Que haya negocios para algunos no es un dato que exime. Que haya empresarios que sueñen con mayor acceso, o que medren enrollados al tronco del régimen, no es un dato que salva al régimen de su propio carácter. Al fin y al cabo, la cuerda de la soga puede ser parte de la transacción, sin importar si con ella luego te ahorcan. Pero ese no es el tema. La circunstancia es aun más tenebrosa y definitoria.

El comunismo es el intento arrogante de pensarlo todo y de hacerlo todo, pero unilateralmente. Es la amenaza constante de que hay otros que piensan mejor que el resto, y que lo hacen mejor que los demás. El comunismo es el intento de administrar la felicidad ajena como excusa que esconde una obsesión indetenible por el poder como una propiedad privada, con uso, disfrute y disposición patrimonialista. Por eso el comunismo se asienta en sociedades tradicionales, ansiosas de caudillos y prestas para la repartición de lo que no hay. Comunismo es corrupción y represión. Y ausencia de cálculo racional que es sustituido por la propaganda. Comunismo es control de precios y entrega de la casita número 102 mil, a pesar de no haberla construido. Comunismo es confiscación ilegal y ruina. Menos empresas y menos fincas privadas, pero más hambre y más dependencia. Menos economía moderna, pero más sector informal. Comunismo es repartir desde un camión un pote de aceite por persona. Y esa sensación de victoria cuando una persona o una empresa tiran por la borda su historia y su dignidad para agachar la cabeza. Comunismo es entrega de todos los derechos sin ni siquiera contar con los proyectos nacionales de los viejos dictadores. Es esto que tenemos, y que no queremos nombrar, aunque nos ahorquen.

Víctor Maldonado C

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