Archivo de Octubre, 2011

Inercia y Transición

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Nadie se muere en las vísperas. Lo mismo puede decirse de las victorias. No hay que cantarlas antes de tiempo. El país sigue transcurriendo y la tendencia sigue acercándonos al desastre. Ni la enfermedad ni ninguna otra conmoción han detenido la trayectoria que nos mantiene en rumbo de colisión con una situación política que hace irreversible la dictadura comunista. Seguimos en eso, dejando armar, una tras otra, todas las piezas con las que se piensa sustituir cualquier expresión libertaria, llámese empresa, libre iniciativa o el ejercicio de los derechos ciudadanos. Cada día somos menos independientes, tenemos menos opciones, y se nos impone el gobierno como un fardo aplastante y entrometido. Pero hay una paradoja en esta inercia, porque se quiere instalar el comunismo sin que haya un esfuerzo sostenido de gobierno. Se sigue construyendo el socialismo del siglo XXI sin que nadie se preocupe de los problemas del país, y de los efectos que todos estos cambios están provocando. No hay gobierno, pero si una voluntad manifiesta de destruirlo todo para comenzar de cero.

Por otra parte existe la pretensión de que es posible superar el trance, siempre y cuando se haga bien la tarea, y nos despojemos de ese “realismo mágico” que nos hace pensar en ensalmes e infortunios, porque Dios no se mete en esto, ni para apoyar y tampoco para hacernos el milagrito. Pero pocos juegan a esto. Más fácil es exhibir los estandartes del viejo y sagaz populismo. Ese planteamiento simplón y desasido de cualquier profundidad que nos propone un pase automático de página, a partir de la cual todo va a ser felicidad e irreflexión, nos está colocando a un paso del abismo. No hay soluciones fantásticas. Tenemos que asumir la realidad tal cual es, y debemos comunicarnos con el pueblo venezolano para relatarle con mucha responsabilidad lo que está ocurriendo y lo que todavía está por ocurrir. No son buenas las ofertas de cambio si están fundadas en las mentiras.

La pobreza es el resultado de un país que se ha dejado llevar por varias corrientes que confluyen en el barranco de la ruina social y la conflictividad creciente. La inercia del comunismo autoritario a veces se confunde con el fiasco rentista que nos vende la acreencia del petróleo y nos ubica en la barcaza del merecimiento absoluto sin necesidad de esfuerzo alguno para obtener todos los beneficios de la modernidad. El país está arruinado por la indolencia, la falta de mantenimiento de su infraestructura y el desvarío económico. Hemos concedido un espacio de honor a la corrupción sin que a nadie le importe un comino cuanta corrosión moral hay en cada enriquecimiento inexplicable. Hemos patrocinado un sector público engordado hasta que se ha convertido en una masa obscena equivalente al 33% de la población activa que tiene ocupación en el sector formal. Y permitido unas Fuerzas Armadas intervenidas, alienadas ideológicamente y desmerecidas por su afiliación irracional a una parte del país en desmedro de la sociedad y los altos intereses del Estado.

La inseguridad ha venido incrementándose y sofisticando hasta llegar a ser delincuencia organizada y mejor armada que los inexistentes cuerpos policiales. Y para colmo, nueve millones de armas ahora se esgrimen como amenaza y coacción de un pueblo supuestamente dispuesto a defender con sangre esta “revolución”. El inventario no termina aquí, pero con lo dicho debe quedarnos claro que las dificultades se van a arremolinar en el punto de partida, no hay estación feliz, porque allí mismo comenzaran los obstáculos y por lo tanto cualquiera que pretenda vender un mundo diferente está engañando al pueblo y colaborando con la inercia que nos está acercando al precipicio. El resultado no puede ser otro que esta pobreza de oportunidades y de futuro que nos ha transformado en una sociedad de resentidos incapaz de interpretar su historia sin regodearse en culpas, desmerecimientos y sectarismos. ¿Es fácil esta transición? ¿Podemos cambiar el curso inercial en el que estamos embarcados? Dependerá de las buenas decisiones que tomemos a la hora de selecciona líder, mensaje y propósitos. Se trata de talante, buen juicio y capacidad para tomar decisiones. Se trata de encarar la verdad y vender capacidad para cambiarla sin que se acumulen nuevos perdedores o se insista en el despropósito de la revancha. Comienza por asumir que estamos en transición, que lo viejo no va a funcionar y que hay que tramitar la nueva situación con realismo y coraje. ¿Nos equivocaremos de nuevo?

Los Recursos Morales

Por: Víctor Maldonado C.
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El Prof. Albert Hirschman denominó así a “aquellos recursos cuyo suministro aumenta, en vez de disminuir, con el uso, y se agota con el desuso”. La alusión al concepto no es irrelevante en el mundo de las empresas, porque como todos los gerentes saben, en ausencia de algunos factores que luego vamos a inventariar, la gestión de cualquier proyecto se transforma en una calamidad, porque los costos de transacción (los costos de monitoreo y de la imposición de los acuerdos) se vuelven inmanejables.

La lógica de la acción colectiva presume inmensas dificultades para el ejercicio de la cooperación. Todos los actores sociales tienen sobradas razones para desertar de una relación que los obliga a la reciprocidad, y es mucho más ventajoso aprovecharse y salir que cumplir con la palabra empeñada. Para que ello no ocurra, la vieja solución de Hobbes no es suficiente. Que un tercero imponga lo que la gente no es capaz de hacer por su cuenta no hace sino complicar el problema, porque nadie puede garantizar que el Leviatán se comporte correctamente, y de acuerdo con las reglas que él mismo ha impuesto.

Tomando en cuenta todas estas dificultades el Prof. Robert Putnan apela al capital social como condición indispensable para el éxito. “Toda relación social (también las que se expresan y dan sentido a las organizaciones empresariales) depende de un contexto social más amplio en el que abunda el capital social expresado en la confianza, las normas y redes que puedan mejorar la eficiencia de las relaciones coordinadas”.

La confianza implica poder predecir la conducta de un actor independiente. Se espera que una persona haga lo que ha prometido que hará. Y se confía porque aun estando al tanto de su disposición, de sus posibles opciones, consecuencias y capacidad, se espera que esa persona (o empresa) decida hacer lo que en algún momento prometió. Sin el factor confianza no hay posibilidad de organizar un equipo y delegar tareas.

Las normas están concebidas para reducir la cooperación. La más importante de las normas que forman parte de los recursos morales de cualquier organización es la reciprocidad una relación continua de intercambio que implica expectativas mutuas respecto a un beneficio que hoy se otorga pero que será devuelto en el futuro. La amistad, por ejemplo, casi siempre implica una reciprocidad generalizada. Putnan cita a Cicerón para abundar en ejemplos: “No existe un deber más indispensable que devolver un favor. Todos los hombres desconfían de alguien que se olvida de un favor”. El “hoy por ti, mañana por mí” es la clave de muchos acuerdos organizacionales.

Las redes de compromiso cívico promueven normas de reciprocidad robustas, estimulan la ocurrencia de conductas socialmente aceptables, facilitan la comunicación proporcionan datos sobre la confiabilidad de las personas.

Una característica esencial para entender el Capital Social es que dentro de la empresa se comporta como un bien público. Todo el mundo puede beneficiarse de una cultura plena de confianza y con normas de conducta que faciliten la reciprocidad y den información confiable sobre la reputación de todos los integrantes del grupo. Un bajo capital social obliga a una insoportable situación de control y seguimiento que además es muy costoso. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. A veces se conspira contra la confianza o se allanan prácticas culturales y redes informales que luego dejan al gerente sin armazón moral para seguir adelante, tal vez porque como alguna vez sugirió Napoleón, “la confianza es la mitad del triunfo”.

Víctor Maldonado C
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Una terrible paradoja

Por: Víctor Maldonado C.
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Recientemente acaban de aprobar una extraña ley para para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Viviendas. Una palanca más para desestimular la confianza social y derrocar el carácter sagrado del derecho de la propiedad. De acuerdo a la particular visión de los redactores de la que ya hoy es parte del ordenamiento legal socialista, las cosas no son de quien las tiene sino de quienes la necesitan. A partir de ahora, un inmueble, que para muchos venezolanos es un activo productivo, pasará a ser parte del proyecto integral de trasbordo entre los que han sido productivos y los que no han podido serlo, sin que por esto mejore la eficiencia social y sin pensar que los que vienen detrás se convierten a partir de ahora en perdedores irreductibles de lo que va a ser un sistema verdaderamente injusto.

Porque para poder repartir, que es el desiderátum de la economía socialista, primero hay que producir excedentes. Y allí está el detalle. Porque cualquier esfuerzo emprendedor es una apuesta a futuro que solamente puede ser garantizada por unas condiciones de marco jurídicas que reconozcan los derechos de propiedad y el usufructo de la utilidad lograda a través del trabajo capitalista. Si esa condición no se hace presente, el saldo es muy sencillo, no hay esfuerzo productivo, y la escasez se hace acompañar de la precariedad.

El error fundamental del socialismo es el yerro en su concepción del hombre. A despecho de todas las bellas poesías que se han acumulado a lo largo de la historia de las utopías, el ser humano tiene menos conciencia, compromiso solidario y probidad que las que están previstas en el Plan Socialista Simón Bolívar. No se puede contar con la conciencia revolucionaria ni siquiera de los “boliburgueses” o de los leales militares bolivarianos, porque para ellos “si no hay real, no hay ropa”. Y tienen razón. Porque más allá del discurso, otro de los problemas recalcitrantes de la realidad humana es que nadie está dispuesto al “voluntariado perpetuo” y más bien están preparados para aceptar cualquier oferta económica que les satisfaga ciertas necesidades vitales, y algo más. En la literatura especializada se conocen como incentivos, y los hay monetarios y no monetarios.

Pero además de las expectativas y los incentivos hay una ley que ni siquiera los socialistas más radicales han podido evadir: Todo esfuerzo tiene un costo, y ese costo hay que pagarlo. En el caso venezolano, atreverse a construir una vivienda supone satisfacer diez trámites que ocupan 381 días del tiempo de cualquier empresa. Más de un año para garantizar la permisería y quién sabe cuántos costos ocultos. “El tiempo es oro”, pero también las cabillas (en manos del gobierno que administra una inexplicable escasez), el cemento (también en manos del gobierno, que autorizó sus propios aumentos), el trabajo (regulado al máximo por sindicatos, organizaciones chavistas comunales y normas muy costosas para el reclutamiento y el despido), los impuestos, el valor del dinero y la inflación general. ¿Cuánto costará una casa cuyo proyecto se decida hoy? ¿Cuánta responsabilidad tiene el gobierno en toda esta complejidad? Y sin embargo, la Ley Diosdado decide prescindir de todo esto para repartir unas veinte mil unidades habitacionales dedicadas al alquiler, mientras que el déficit roza la preocupante cifra de dos millones. ¿Tiene sentido?

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Igualdad y privilegios

Por: Víctor Maldonado C.

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¿Para qué sirve el gobierno? Para garantizar la libertad de los ciudadanos. Poder vivir, comer y hablar es lo mínimo indispensable para ejercer la autonomía, evitar la opresión de la dependencia y mantener abiertas suficientes opciones como para tener la oportunidad de decidir en cada caso. Esas condiciones colocan a los gobernantes en la necesidad de concentrar todos sus esfuerzos en mantener vigentes derechos y garantías constitucionales, incluso cuando ellas contravienen las ganas y deseos de los mandatarios. Para ser libres hay que contar con una indisposición acerva contra la tiranía, aun si ella nos conviene, pero también hay que contar con normas y reglas claras y estables. Si el gobierno va más allá, todo el espacio del que se apropia lo pierde el individuo y la libertad que se merece. Más Estado es siempre menos garantías para el ejercicio autónomo de la vida.

Iguales ante la ley es el apotegma que fundamenta el ejercicio de las libertades. En ausencia de esa precaución no hay posibilidad alguna de que el individuo se realice fructuosamente sin que al mismo tiempo corra el peligro de toparse, a veces mortalmente, con la opresión. Igualdad de trato es el signo de la democracia, y aunque algunos sientan que tienen merecimientos suficientes como para exigir un poquito más que el resto, hay ciertos imperativos morales que diferencian a una verdadera democracia de cualquier otra mascarada. El pudor se impone a la hora de administrar los recursos escasos en beneficio de la colectividad y debería impedir que cualquier desviación por preferencias beneficie a un grupo en particular en desmedro del resto del país.

El país no es el patrimonio del presidente y de sus necesidades. Pero el poder ejercido con esa pretensión de absolutismo nos coloca al resto del país como espectadores y víctimas de un sistema de exclusión en el que sobra cualquier justificación. La mayoría del país no tiene acceso igualitario a lo público. La mayoría del país está sometida a las restricciones legales que se ejercen con ferocidad cuando se trata de marcar las diferencias entre los que son leales al régimen y el resto. Para los revolucionarios la ley es sólo una referencia lejana, en tanto que para la disidencia democrática resulta un calvario de indefiniciones y excusas que imposibilitan la buena vida que nos promete el pacto constitucional. A nosotros, la ley. A ellos, el disfrute del compadrazgo y el reconocimiento hiperbólico y falsario de supuestas épicas. Así lo remarcó el presidente Chávez cuando en flagrante irrespeto de su propio presupuesto, dilucidó en vivo y en directo cuánto debía ser el aumento retroactivo que quería otorgar a sus fuerzas armadas. Allí exhibió todo el talante autoritario que lo caracteriza al otorgarles la gracia de un 50% de incremento, para colmo retroactivo. Pero allí no quedó la gracia. Además, preferencias para la compra de viviendas y vehículos, ahora sin inicial, que se suman a la extraña distinción que coloca las necesidades de los soldados por encima de cientos de miles de damnificados que viven sin presente ni futuro. Lo más vergonzoso fue que ante ese anunció no se observó ni una mala cara en todo el auditorio. En cambio, los aplausos fueron la demostración de cuanta complacencia puede llegar a provocar la dádiva que se otorga a cambio del bozal, sin importar cuanto haya invertido el país en formar un estamento militar desprendido, nacionalista, digno y capaz de discernir entre una buena decisión y una mala, entre una injusta y otra más justa. Todo transcurrió con la debida respuesta de “mande Ud. comandante en jefe”. Exactamente eso fue lo que ocurrió. Mandó un mensaje claro sobre quiénes son los privilegiados y los que deberán esperar mejores oportunidades. Baste decir que el resto del 33% de la población activa que trabaja para el gobierno debe haberse visto asombrada al comparar intuitivamente sus miserias con la exquisitez de contar con dinero y crédito demasiado blando como para poder extenderlo al resto.

A pesar que como todo régimen socialista, el énfasis es precisamente la igualdad, pronto el exceso autoritario y la necesidad de comprar conciencias provoca una extraña forma de igualdad que solo favorece a unos pocos. El resto del país, empero, está esperando alguna señal de reactivación del gobierno que proceda a desentenderse de los caprichos presidenciales para organizar una estrategia que vaya más allá de esta resignación que nos tiene a todos bailando al son de la inflación y la escasez. Este gobierno, si quiere llegar a ser el de todos los venezolanos, debe abandonar esas conductas de claqué y nomenclatura, para asumir la responsabilidad, por doce años postergada, de resolver problemas acuciantes que amenazan con desplomar cualquier asomo de modernidad que hayamos tenido alguna vez. Y olvidarse de una vez por todas, de ese reducto tan pequeño y poco útil que cabe en un auditorio y que se dedica a la fútil actividad del aplauso fácil pero previamente tarifado. Con ellos no vamos para ningún lado.

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Debates

Por: Víctor Maldonado C.

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De alguna manera todos somos principales responsables de la debacle institucional. Es cierto que la solidez republicana se ha visto golpeada una y otra vez por los afanes destruccionistas del régimen, pero también lo es que nosotros nos tomamos con mucha ligereza la suerte del país. Tal vez porque de las pocas cosas que creemos hacer bien son los certámenes de belleza. Y no hay nada más fútil y engañoso que la apariencia. En descargo del país habría que decir que vivimos una época en la de lo fatuo y que nosotros debemos estar encabezando esa competencia de siliconas bien colocadas en las partes más deseables y atractivas de nuestras mujeres, esperando que mientras tanto la ruda ley de la gravedad desande sus pasos y que el progreso técnico se encargue de los estragos de la vejez. No se puede pretender que una sociedad enfrascada en una lucha constante para lograr el embellecimiento del día, pueda a la vez pensar con algo más de seriedad su futuro. No se debería aspirar a que tanta gente enfrascada en lo suyo pueda levantar la cabeza para ver un poquito más allá. Al fin y al cabo cada arreglo estético es un himno al tiempo presente y un desplante a cualquier consideración futura.

La belleza nos apasiona. Pero a algunos además les hace perder la sensatez. No es que debamos dejar de lado todas las ventajas del buen aspecto, pero lo que resulta perturbador es que en aras de lo estético se renuncie a considerar el buen talante moral, y todas aquellas competencias y capacidades que permiten concertar, analizar y resolver problemas políticos en un contexto que para colmo nos obligará a discernir qué es lo más apropiado para un período de transición con cohabitación. ¿Cualquiera lo puede hacer? ¿Es suficiente ser bonito para salir airoso?

La belleza tiene el mismo rango de amenaza que nuestros odios y la ofuscación que nos provoca el no encontrarle explicación a nuestra propia situación. La mitad de mi vida la he perdido entre “manos peluas”, “chivos expiatorios” y esa forma tan propia de los venezolanos de traducir el “a mi pónganme donde haiga”. Todas las aprehensiones contra el gobierno se suspenden con cada emisión de bonos, o con cualquiera de las loterías que el régimen anuncia de vez en cuando para aclimatar a los venezolanos. Y es que vivimos de “arrechera en arrechera” y de “enamoramiento en enamoramiento” que cualquier estudioso de las patologías sociales la catalogaría como una bipolaridad sentimental insoportable.

Recientemente tuve que leer un inexplicable elogio al silencio político. Porque, argumentaba el analista, luego de tanta cháchara chavista, menos mal que el mío ni sabe hablar. Él –insistía el aprendiz de politólogo- lo que sabe es hacer. Menuda elaboración argumental de la antipolítica, como que si estuviéramos condenados a repetir a perpetuidad el trance entre Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Ese argumento sólo se podía comprender como una furiosa declaración de amor, una especie de coito simbólico, tan común en nuestros predios. Y para colmo, como si “los enamorados a pesar de” no fueran suficiente castigo, tenemos que soportar la arbitrariedad de aquellos que se erigen como los oráculos del país. Encuestadores devenidos en Tartufos, cada uno con sus intereses no declarados, cada uno con su candidato encapillado, intentando someter al pueblo a la barbarie del fraude y la falacia. Pero volvamos al principio. ¿Quiénes somos culpables de tanta tropelía?

Las campañas no pueden reducirse a un carnaval de imágenes, metáforas y consignas. Este país, enfermo de superficialidad y aterido por la violencia oficial, merece sin embargo un tratamiento mucho más responsable. A esta realidad hay que darle un contexto, y a los ciudadanos hay que dejar de tratarlos como unos niños a los que no se les puede sacar del parque de recreaciones. Hay que debatir ¿Qué vamos a hacer con un chavismo derrotado pero igualmente existente y movilizado? ¿Cómo vamos a recuperar las libertades y derechos? ¿A quiénes vamos a retribuir y cómo? ¿Cómo satisfaremos las demandas populares? ¿Cómo evitamos las aventuras de militares bribones? ¿Cómo rescatamos el solaz de nuestras ciudades? ¿Qué hacemos con “los visitantes cubanos”? ¿Cómo evitamos la guerra civil? ¿Quién desarma a los colectivos armados? Todas ellas son preguntas demasiado importantes como para despacharlas con una cuña bonita y un jingle. Y quedan cientos de interrogantes en el tintero. Cada uno de nosotros se está jugando por enésima vez lo que le queda de vida y su propio legado. Y el futuro de nuestros hijos, que nos van a odiar al saber que todos participamos del templete de deuda y corrupción oficial, sin poder compensarlo con un “por lo menos la honrilla de decidir bien” tuvieron. Hay que debatir. Hay que exigir diálogo e intercambio de ideas frente a los ciudadanos. O seguiremos cuesta abajo en la rodada.

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Sobre la desmoralización política

Por: Víctor Maldonado C.

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Nadie debería dejar de leer el capítulo I del Arte de la Guerra escrito por Sun Tzu. Comienza con una advertencia imposible de evitar y de olvidar: “la guerra es un asunto de importancia vital para el Estado: la provincia de vida o muerte; el camino a supervivencia o ruina. Se debe estudiarla profundamente”. Si la política, parodiando a Carl Von Clausewitz, es la continuación de la guerra por otros medios, entonces no cabe duda que muchas de sus reglas son aplicables sin demasiadas enmiendas, y que por la vía de la política también nos exponemos a la disyuntiva entre la devastación y la prosperidad.

La guerra y la política tienen pocas reglas de contención ética, aunque el Arte de la Guerra refiere unas cuantas, sobre todo asociadas a la eficiencia. Pero da por descontado que lo importante es la victoria a cualquier precio. Habrá certámenes más limpios que otros, pero no cabe duda que la historia la escriben los vencedores. Si no que lo diga Chávez, el corrector más insensato de la tradición patria. Así que el principio de que todo es válido en la guerra y en el amor, por más que haya sido advertido en todos los tiempos, no ha evitado que pueblos enteros hayan caído en errores fatales de ingenuidad y candidez a la hora de creer.

La mejor forma de ganar una guerra, o de obtener un triunfo político es la desmoralización del enemigo. Permite cantar victoria sin tener que luchar, y sin el desgaste de una batalla. Desalentar es entonces la primera lanza de cualquier estrategia, y se intenta sin importar el costo. Rumores sobre la fortaleza invencible del adversario, o posicionar tempranamente su imbatibilidad forman parte de cualquier manual de estrategia política. Y eso es lo que se está haciendo en Venezuela, contando además con la ingenuidad de las masas y esa condición histeroide que ha marcado a nuestro gentilicio en los últimos tiempos. Desanimar a la sociedad democrática no resulta tan difícil. Basta con que salga un vocero con credibilidad y diga que sus encuestas indican que Chávez remonta hasta llegar al 60% de popularidad. Y listo. Es suficiente con que alguien exponga que descubrió una inédita “conexión mágico-religiosa” entre Chávez y el pueblo venezolano para que todo comience a derrumbarse.

En la política, así como en cualquier guerra, todo se reduce a la fortaleza moral y la vigencia de las convicciones sobre si vale la pena o no seguir luchando. ¿Cuánto cuesta colocar en el ambiente una versión de la realidad falsa pero verosímil? Todo depende, pero sabemos que todo hombre tiene un precio. Esto último también forma parte de los gastos asociados a cualquier conflicto. Mentir tiene su rédito, tanto para el que miente como para aquel a quien le conviene esa mentira. Por ahora sabemos que a Chavez le conviene que creamos y asumamos su supuesta popularidad, además adobada por ese matiz místico con el que alguno quiere adornarlo. La tramoya está montada y nosotros somos el auditorio perfecto para la consternación temprana.

En política, y en la guerra, la verdad no es importante. Lo verdaderamente sustancial es lo que la gente asuma como cierto. Se pueden montar verdaderos ejércitos de cartón piedra, o darle validez a los ovnis, e incluso poner en duda que el hombre puso alguna vez un pie en la Luna. Chávez cree que a Bolívar lo asesinaron, y su pana Mahmud Ahmadineyad insiste en que no hubo holocausto. Que la gente, su gente, lo asuma o no, depende de un vocero creíble. Pero no son ellos nada más. La política es como el iceberg. Nosotros solo vemos la parte que emerge, sin imaginarnos lo que está sumergido. Por ejemplo, se ha preguntado Ud. ¿cómo se monta la popularidad de un candidato? En la trama aparecen los mismos voceros que afirman la imbatible ascendencia de Chávez, pero que ahora se voltean y dicen que, por otra parte, el candidato tal o cual, está colocado más allá de cualquier acaso. Con eso logran ganarle al enemigo sin luchar, que es la suma de todas las habilidades.

Venezuela se ha venido a menos. Cualquiera puede ponerle precio a su vocería y jugar a los dados con la realidad. Cualquiera puede ser el valedor de una elección y de un candidato, mientras en sus bolsillos suenan esas treinta monedas que le permitirán un retiro pudoroso en Miami o comprarse una casita en el Country Club. Lo único que nos puede salvar de la suerte de ser presa fácil de tantos estafadores es que hagamos las preguntas adecuadas cada vez que se presentan. ¿Quién es el cliente? ¿A quién le conviene? ¿Quién paga? ¿Por qué ahora? Se sorprenderían de las respuestas, porque ¿quién controla y valida la veracidad de estos oráculos?

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Burnout en la gerencia

Por: Víctor Maldonado C.
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“No sé por qué te extraña. Él siempre fue así. En la empresa anterior tenía esa fama”. Fue la lacónica respuesta de Sonia cuando Alberto le comentó la alarmante mutación que había observado en su jefe. Las presiones dentro de la empresa habían aumentado con los cambios más recientes, pero la reacción ante ellas era contraproducente. Estaban perdiendo la capacidad para manejar la complejidad y el uso del tiempo se había concentrado en tareas únicas, como si lo demás no existiera. La empresa se estaba transformando en una cárcel con régimen de trabajos forzados. Se habían cancelado todos los programas de desarrollo y el silencio se había impuesto como mecanismo de aislamiento, que no beneficiaba al gerente y que tenía alarmados a sus reportes inmediatos. La organización crujía, mientras todos esperaban que alguien hiciera algo. En ese momento llegó el consultor.

El estrés es el compañero más fiel del trabajo gerencial. La exposición constante a circunstancias difíciles, la experiencia que se va acumulando, y el modo personal de afrontarlas son el conjunto de sucesos que pueden mediar en la aparición o agravamiento de un síndrome patológico que va a tener impacto en el desempeño profesional, sobre todo si la presión se convierte en un factor crónico del ambiente de trabajo y la persona no cuenta con atributos suficientes como para encararla positivamente. El consultor adelantó un dictamen: “tal vez el rol le quedó demasiado grande”. Respondía así al conjunto de síntomas que estaba observando. Frente a una exigencia de lograr objetivos en un lapso inminente, la respuesta fue el desplome. Fueron tres los indicadores: Agotamiento emocional y físico que lo inhabilitó para dar respuestas efectivas, como si fuera imposible dar más de sí mismo. El segundo síntoma que se hizo presente fue la Despersonalización, el desarrollo de sentimientos, actitudes, y respuestas negativas, distantes y frías hacia compañeros de trabajo, clientes y proveedores. Todos comenzaron a sufrir un incremento en la irritabilidad y una pérdida de motivación hacia el trabajo que venía con descalificaciones constantes, explosiones de discriminación y decisiones destempladas y riesgosas para el negocio. En su oficina se cruzaban los adjetivos: cínico, irritable, irónico, despectivo, mientras el jefe distribuía culpas pero no reconocimientos. Finalmente cundió un sentimiento de bajo logro que se observó cuando el jefe no pudo manejar su negocio con enfoque sistémico y comenzó a concentrarse autoritariamente en lo básico. “Cómo si lo único importante del bote fueran los remos” se atrevió a decir su gerente de recursos humanos. A partir de ese momento todo dejó de tener sentido.

En una entrevista posterior el consultor organizó algunas recomendaciones, porque no es fatal sucumbir a una situación de alta presión. Se puede aprender a manejarlas a través de ciertos métodos de afrontamiento. El primero, aprender a resolver los problemas e invirtiendo más energías en la solución que en la preocupación. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Cómo se puede intervenir? ¿Cuál es el alcance de mi responsabilidad? son preguntas que pueden ayudar. Los problemas no suelen esfumarse, hay que encararlos con la mente fría y el corazón ardiendo. El segundo, apoyo social producto de un adecuado balance. Las situaciones críticas se aprecian mejor a la distancia, y contando con el afecto y la incondicionalidad de los que pueden hacer una observación a tiempo. El tercero es el ejercicio que incrementa la resistencia emocional al permitir la liberación de endorfinas. Y el cuarto, técnicas de relajación que permitan recuperar los balances perdidos. Se puede probar también con la música. Si todo esto no funciona, hay que comenzar la psicoterapia, porque no vale la pena tirar la vida personal y la trayectoria profesional por el caño.

Víctor Maldonado C
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¿Y si nos acostumbramos?

Por: Víctor Maldonado C.

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Cuesta acotar lo que estamos viviendo. ¿Qué es el chavismo? Es una pregunta que tiene muchas aproximaciones, desde las que reivindican el supuesto empoderamiento del pueblo hasta las que hacen referencia a la constitución de un régimen que aspira al poder total, y que sin embargo invierte pocas energías en el gobierno. Hemos aprendido que actos de poder y actos de gobierno son sustancialmente diferentes al momento de valorar su utilidad pública. Pero esa discriminación no es suficiente para comprender nuestra situación política, y cómo esta experiencia se conecta con nuestra tradición patrimonialista y caudillista.

Chavismo es la disposición de lo público con criterio privado. También es la repulsa constante de todos los límites institucionales, permanentemente injuriados como barreras a la supuesta fuerza transformadora que tiene la voluntad del líder. Es concentración de todo el poder con la justificación de la reivindicación social. Y por supuesto, es la conexión emocional con las promesas factibles pero tramposamente postergadas. Chavismo es lotería y apuesta con la intención de mantener a la gente en vilo, en constante tensión con el acaso de la suerte. Chavismo es un aparato de propaganda especializado en demoler y destruir todas las convenciones republicanas para sustituirlas por la ideología de la supremacía impuesta por la fuerza y del odio. Chavismo es linchamiento y hegemonía, corrupción y extorsión. Es la debacle de la decencia y la pérdida de cualquier sentido de fronteras entre espacios, tiempos y contextos. Todo esto es cierto, pero también que esta forma de dirigir el país tiene una gran capacidad para retribuir al grupo que está en el poder con una capacidad de disposición que no requiere de controles. ¿Y si nos acostumbramos?

El peligro está en que un nuevo gobierno invoque la emergencia nacional para no intentar una transición hacia una gestión diferente. Es demasiado atractiva la PDVSA insustancial pero organizada como una potente “yes man” disponible para cualquier capricho presidencial. También resulta tentadora esa posibilidad para la reelección perpetua que atornilla a los gobernantes en el poder e impide cualquier alternancia o relevo entre las élites. Demasiado poderosa esa capacidad para disponer de fondos en dólares escamoteándole las atribuciones a un Banco Central que debería ser independiente. Y muy cómoda esa práctica de la mayoría que aplasta cualquier disidencia y se niega al debate pluralista y al trámite cotidiano del conflicto a través del diálogo social. Nos podemos acostumbrar al chavismo arrogante que solo está equipado para la descalificación y que desprecia cualquier aporte social ante la más pequeña disidencia de la línea oficial. Podemos pensar que la mejor manera de conducir al país es desde un estado poderoso, tal y como lo entendemos por estas latitudes, más allá del derecho y depredador de las instituciones, el mercado, y la sociedad. Nos podría parecer apropiado el continuar disponiendo del país como si el hecho de estar en el gobierno nos otorga una patente de infalibilidad frente a una masa que consideramos incapaz pero a la que halagamos como clarividente. El peligro es que administremos el post-chavismo con las mismas herramientas del chavismo, bajo el supuesto de que mientras más grande, poderoso e interventor sea el Estado mejor nos irá a todos. El riesgo, pero también la tentación, es la inercia.

El talante democrático no se improvisa. Y ya son muchos años los que nos distancian de esa práctica dialógica en la que el adversario podía ser un aliado para salvaguardar los altos intereses de la patria. Por eso hay que sortear desde ahora mismo los peligros de esta inercia autoritaria que se presenta en forma de tentación constante.

Hay que romper con la inercia autoritaria. La no reelección es un imperativo moral. El restablecimiento de los derechos y garantías constitucionales no pueden ser negociables. Y la constitución de un gobierno limitado, no intervencionista, y que practique la división de poderes no debe admitir discusión. Y si se confía en la gente y en la ley, entonces no pueden mantenerse las trabas al emprendimiento. Estamos arruinados por un gobierno especializado en asfixiarnos. No podemos resignarnos a que esa sea la única forma de encarar nuestro destino, y hay que debatir no solamente “los qué” sino también “los cómo”. Hemos comprado por muchos años que un venezolano transformado en burócrata tiene la capacidad taumatúrgica de resolver cualquier entuerto. Por eso no sobran las declaraciones de principio y los acuerdos unitarios, sobre todo porque en algunas caras se ve un hambre ancestral de poder chavista que hay que controlar antes que sea demasiado tarde.

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Cuestión de límites

Por: Víctor Maldonado C.

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La diferencia fundamental entre una sociedad moderna de otra que no lo es tiene que ver con la forma como resuelve sus conflictos y diferencias. Muchos siglos han pasado desde que la divinidad otorgó el primer conjunto de leyes. Conmueve apreciar en el Museo del Louvre un monolito sobrecogedor que data del año 1760 a.C. en cuyas paredes se tallaron las primeras prescripciones para intentar regular el orden social. Me refiero al Código de Hammurabi que, de acuerdo a la leyenda, fue el regalo del dios Shamash al rey de Mesopotamia. Normas escritas en piedra de basalto que sobrevivieron el paso del tiempo y llegaron a nuestros días para recordarnos que fue la ley del Talión el primer intento de regular esa desaforada ansia de venganza que a veces se confunde con justicia y que nos muestra la larga trayectoria de tres mil setecientos sesenta años embarcados en la aventura de construir un orden justo, reconociendo el mérito, administrando castigos y reflexionando sobre la proporción, una palabra mágica, difícil, que nos obliga al discernimiento para apuntar con precisión. Ojo por ojo…

Más recientemente, en 1511 todavía nos preguntábamos quienes podían tener el atributo de persona humana y por lo tanto dignidad. No era fácil para los arrogantes europeos de aquel entonces, embarcados en la tarea de conquista, definir si los indios lo eran. Las leyes de Burgos concluyeron que los indios eran libres, pero que debían someterse a la evangelización forzada. Mucho más adelante le correspondió a los africanos reivindicar su condición, y a la civilización occidental construir un criterio universal que acogiera a todos, sin importar raza, creencia o condición social. Apostamos por la simpleza universalista: “Hombres son aquellos seres que poseen competencia comunicativa, o que podrían poseerla”. Y por lo tanto titulares de derechos universales, absolutos, innegociables, inalienables, y protegidos por la autoridad y los organismos internacionales. Derechos para transitar sin mayores peligros otro de los requisitos del orden social que es la constitución de una autoridad que maneje por cuenta de todos la administración de la justicia y el monopolio de la violencia, con proporción.

Los límites nos salvan de nuestra propia furia, porque el hombre no ha dejado de ser su propio depredador y su propia rapiña. De allí la importancia de la ley fundamental del Talión, ahora superada por leyes más complejas y límites más precisos. No matarás es la reivindicación originaria del derecho a la vida, y no robarás es la contraparte imperativa y categórica del derecho humano que tenemos todos a la propiedad en términos de su uso, goce, disfrute y disposición de los bienes. Insisto, que no se puede enajenar sino en los términos que la Constitución prescribe.

Límites y proporción son esenciales a la hora de hablar de justicia, que le da a cada uno una satisfacción apropiada, sin causar más males que bienes, pensando en el mantenimiento del orden social y en la preservación de los frágiles equilibrios que nos salvan de la violencia y de la pobreza, también originaria. No entenderlo así sólo puede condenarnos a la barbarie de un régimen de vida áspero y brutal. No ha sido fácil. Y sigue siendo harto difícil mantenernos dentro de esos confines, porque el odio, la insatisfacción y la revancha son pasiones que ciegan.

Si existe algo que se llame vergüenza social, entendida esta como un apenarse por nuestra propia condición colectiva, desvalida de principios esenciales, eso me ocurrió cuando aprecié de nuevo la celebración nacional por la confiscación ilegal e inconveniente de CONFERRY. Las redes sociales se llenaron de “bien hecho, se lo buscaron” que santificaban en el contexto de la opinión pública otra decisión arbitraria. De nuevo el dar vivas al verdugo que sin proporción ni límites aplicó con severidad las leyes más primitivas, más antiguas que las prescritas por el milenario código mesopotámico. Observé con dolor que ni siquiera estábamos aplicando la ley del talión, y que por mal servicio nos condenábamos nosotros mismos a la espantosa erradicación de nuestros derechos, entregándonos a las fauces de la iniquidad que algún día nos va a engullir definitivamente.

Por eso la trascendencia de los derechos. Por la ceguera de las circunstancias. Por la osadía del tumulto que grita y empuja, pero que no razona. Ni un atisbo de “por qué hemos llegado a esta situación”, tampoco alguna preocupación por una nómina pública que engorda en términos inversamente proporcionales a las soluciones que provee. Pero tampoco una alusión a los principios, a la garantía que tenemos todos, débil, frágil, frente a un régimen armado y violento que de seguir así nos va a colocar en situación de ruindad y desesperanza. No hay lucha posible si nosotros renegamos de nuestros derechos y del principio de la libertad. Estamos perdiendo la batalla, pero somos nosotros los que lo estamos logrando al alimentar esas ganas infinitas que tiene Chávez de devorarlo todo.

Víctor Maldonado C

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