Archivo de Julio, 2011

La planificación del caos

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

“El fracaso endurece el corazón y empaña la vista”

David Landes

Tres años de recorrido por el vasto territorio de la Unión Soviética le bastaron a Ryszard Kapuscinski para escribir la crónica de la imposibilidad comunista. Más allá de Moscú, pero sin dejar de incorporarla, toda la inmensa y supuestamente imbatible burocracia centralmente planificada, padecía de una creciente parálisis. Nada era como aparentaba. Ni la fortaleza de su industria militar, ni los cuadros de inteligencia y control político funcionaban. Tampoco sus líneas aéreas, ni sus ferrocarriles, ni su logística de abastecimiento. La gente comenzó a entender que todo el aparato estatal era un inmenso fraude que utilizaba a la violencia como último recurso de convicción. El muro de Berlín se derrumbó ante la evidencia de que la administración centralizada de la vida y de los sueños de la población había encallado en el hambre, la corrupción y la más portentosa incapacidad. Y todo eso era cierto a pesar del poderío nuclear y que alguna vez sus cohetes habían surcado el espacio sideral.

Lo que vio el periodista polaco fue una sociedad triste y sin ilusiones. Resultaba paradójico que a pesar de los “Comité Central de Planificación” nadie pudiera prever cuando llegaba el próximo avión, si era que alguna vez arribaba. En ese tiempo pudo constatar que lo único que quedaba era una sociedad petrificada por la incapacidad y forzada a seguir confiando todas las dimensiones de su vida a la supuesta eficiencia del partido comunista, suprema ilusión de libertad e igualdad. Debía confiar a pesar de que no había un solo dato de la realidad que le confirmara una sola de las promesas, y porque cada ciudadano se debatía en un dilema irresoluble que por muy poco, lo mandaba a padecer una larga estancia en un campo de concentración para la reeducación y el exterminio de cualquier idea disidente. Como sabemos ese experimento duró exactamente sesenta y nueve años. ¿Qué falló?

El experimento soviético fracasó en la planificación de la felicidad. Intentó administrar las expectativas ilustradas que le conferían al hombre una inmensa capacidad para proporcionarse el progreso, pero erró en los medios utilizados. No entendieron que la libertad no se podía programar. Nunca apreciaron que la libertad significa antes que nada la posibilidad de actuar al margen del control y de la coerción de la violencia legítima o no. Como no lo entendieron procedieron entonces a crear un gigantesco aparato de control policial para hacer valer la libertad de los ciudadanos. ¿No resulta paradójico? Terminó ocurriendo que la palabra más temida y más perseguida fue precisamente esa. Buscando la libertad y manifestándose contra la opresión de los pueblos, los comunistas rápidamente llegaron a la infamia del estalinismo. Ese fue el guión que luego administraron con furor los que vinieron después, y todos ellos fracasaron contundentemente.

El muro de Berlín cayó aunque Chávez se resista a reconocerlo. Y se derrumbó bajo el peso de los controles y las expectativas creadas alrededor de la economía planificada y la persecución de la propiedad privada. Ambos errores revolotean desde hace tiempo por los cielos de Venezuela gracias a la ingenuidad contumaz de los que creen que ellos si van a ser capaces de organizar una sociedad donde lo económico y lo social se reduzca a lo previsto en el plan. El país va por su cuarto año de socialismo, de acuerdo a lo pautado en el I Plan Socialista Simón Bolívar que rige hasta el 2013. Y a pesar de que en el texto oficial no se registra ninguna posibilidad de fracaso sus resultados no pueden ser otros que los que hemos obtenido, y que en su momento lograron los soviéticos: Inflación, Escasez y Estancamiento Económico, Pobreza de Oportunidades y la Inseguridad que nos está matando. Un total fracaso en término de realizaciones y una inflación especulativa de promesas imposibles de cumplir y en el mejor de los casos, imposibles de honrar por mucho tiempo.

La última escalada de la sovietización de Venezuela es la Ley de Costos y Precios Justos. Ella insiste en lo mismo: en la supuesta capacidad para decretar la normalidad nacional a pesar de la indisciplina fiscal, la corrupción de toda la administración pública y el mantenimiento de una inmensa burocracia improductiva. De alguna manera tenemos que pagar por toda esa fiesta latinoamericana gozada a nuestras expensas. De alguna manera tenemos que cancelar ese “inmenso orgullo” que sienten los oficialistas al regalarles a los cubanos petróleo y efectivo mientras nosotros no conseguimos aceite o medicinas esenciales. No hay dudas, lo que viene es caos, eso sí, perfectamente previsto.

Víctor Maldonado C

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¡Quebró la arepera!

Por: Víctor Maldonado C.

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No sé si al presidente le dio tiempo de darse un paseíto por Parque Central para engullirse una con orejitas de cochino. Lo que si ocurrió fue que allí se perdieron unos reales en esa obsesión tan patética de demostrar que ellos tienen el secreto que les permite ofrecer un producto muy por debajo del precio que exigen los demás competidores. Samán, el flamante guardián de la justicia económica de aquella época fue el de la rocambolesca idea de demostrar que la red de areperas privadas del país escondían una inmensa voracidad, falta de conciencia revolucionaria y una alineación con el imperialismo que a ellos, los socialistas del siglo XXI les resultaba francamente insoportable.

No pensaba Samán, ni mucho menos el infatigable líder de la revolución que una arepa no tenía ideologías y que su costo no se iba a atenuar porque cualquiera de ellos se le parara enfrente y la sometiera a una arenga sobre la necesidad de quebrarle el espinazo al sector privado, enemigo del pueblo. Ellos simplemente intentaron lo imposible, vender arepas sin considerar los costos. El dadivoso presupuesto nacional fue el que “patrocinó” la instalación de la infraestructura, roja-rojita, como debía ser en estos tiempos de revolución. Me imagino que el decorado corrió por cuenta del Frente Francisco de Miranda, rebosante de fotos del Che que no habían podido colocar en ningún lado. El resto lo iban a lograr a punta de convicciones socialistas. Insumos, equipos y salarios iban a aparecer regularmente como maná revolucionario de la inmensa y supuestamente infinita teta presupuestaria, por lo que lo menos interesante del experimento era cuanto podía costar el producto. Allí no podía caber esa expectativa por mejorar, innovar, ampliar o diversificar la oferta. Tampoco tenía mucho sentido pensar en comisiones, propinas o mejoras de sueldo. Mucho menos creer que los equipos se dañan y hay que reponerlos, que hay que fumigar cada cierto tiempo, o que el entrenamiento tiene un costo. Total, cualquiera hace una arepa. ¿Y el baño? Pues como cualquiera de nuestras oficinas públicas, cerradas para el público y conservados para el propio uso. ¿Y la diversidad? Me cuentan que poco a poco fue perdiendo sentido. Daba vergüenza la diferencia entre lo que anunciaban y lo que efectivamente ofrecían. La variedad estaba prohibida por la austera realidad revolucionaria. Al fin de cuentas, una arepa es una arepa y ya. ¿Y los requisitos de salubridad? Esas son pendejadas que se inventó el imperio para amedrentar a los pobres países coloniales. Así que las mismas manos que se paseaban por todos lados, amasaban y luego organizaban el escuálido combo de masa con alguna que otra cosa. ¿Y los clientes? No hay, pues ellos los cambiaron por una extraña categoría que se inventaron en el camino, los “prosumidores”, un poco más tolerantes y menos exigentes. Total, comerse una arepa viendo una foto del Che, que a su vez aconseja “ad infinitum” otra imagen del comandante presidente, no tiene precio.

Esa “arepera socialista” estaba condenada a la quiebra desde que era una mera idea. Este gobierno no ha logrado entender que los negocios tienen un alma que se llama “empresario emprendedor”, capaz de ser incluso irracional al momento de asumir el riesgo de montar una empresa, pero que al final de la jornada demuestra esa capacidad innata para organizar, proponer, convocar, persuadir y entregarse a la concreción de una idea. Él es la diferencia porque mantiene vivo ese afán de lucro y de rentabilidad que es tan propia del capitalismo, única vía que hemos inventado para asegurarnos el poder comernos una buena “reinapepiada” en un local con aire acondicionado, y esos gustos tan exquisitos como un parquero a la entrada, seguridad y baños limpios a las tres de la mañana. Hay cosas en esta ciudad de la furia que no tienen precio.

La arepera quebró y Samán (por ahora) no está en el gobierno. Pero a pesar de que el régimen recibió una dura lección de realidad, sigue campante en la búsqueda de demostrar que si es posible lograr un precio “justo”, y que para eso ellos tienen el poder. Por eso la nueva ley que no es otra cosa que intentar hacerle nuevamente la disección a la arepa socialista. Pero esta vez los resultados pueden ser atroces. No se tratará de ver quebrada la arepera socialista de Parque Central sino de la desaparición de lo poco que nos queda de economía libre y su cambio por la escasez y el concomitante racionamiento. Habrá más oportunidades para las ofertas especulativas del mercado negro (¿recuerdan las mafias oficiosas de las cabillas?) y una inmensa olla de corrupción. O sea, más de lo mismo, pero presentado en peores condiciones, simplemente porque estamos sometidos por una pandilla de “iluminados” que no quieren reconocer su incapacidad para sustituir la tesitura de los hechos sociales, producto de procesos socio-psicológicos muy complejos, que además se dan en condiciones cambiantes y dinámicas.

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REFLEXIONES SOBRE EL CONTROL DE PRECIOS Y GANANCIAS

1. Nos encontramos hoy frente a una nueva circunstancia económica. El presidente de la República, antes de partir a La Habana, aprobó una nueva ley de costos y precios. Efectivamente “el talón de Aquiles” de este gobierno es lo económico. Es una paradoja inexplicable que en el marco de un shock positivo de ingresos el país no haya podido “crecer productivamente” y garantizar que este crecimiento sea sin inflación. Sobre todo si entendemos que este gobierno administra la economía a través del control de divisas, la hegemonía que ha venido construyendo en la distribución de alimentos y los esfuerzos que ha hecho para tomar la agroindustria y tener también allí una situación preponderante. Sin embargo, la inflación sigue allí, tan campante como siempre, demostrando por la vía de los hechos que no hay oportunidad para los pobres si viven en un país donde no es posible que los ingresos tengan capacidad y cobertura para satisfacer necesidades mínimas en condiciones de dignidad y libertad.

2. Todas y cada una de las medidas que ha tomado el gobierno tienen la misma obsesión justificadora: abatir la inflación y “quebrar la conjura del capital”. Ninguna de ellas ha logrado nada que resulte verdaderamente fructuoso. Baste simplemente entrar en los índices de precios sectoriales para apreciar algo aleccionador. Allí donde la intervención ha sido más intensa, más inflación se ha acumulado. Esta paradoja se puede observar en el sector alimentos y bebidas, donde las garras del gobierno se han ensañado con mayor intensidad de propósitos. Siendo 26,8% el promedio anualizado de inflación a junio 2011, por encima se encuentran alimentos y bebidas (27,6), bebidas alcohólicas y tabaco (40,8), equipamiento del hogar (28,3) salud (31,6), transporte (27,8) y bienes y servicios diversos (38,0).

3. El gobierno no ha podido resolver el problema de la inflación. Incluso en sus previsiones presupuestarias y fiscales reconoce un piso de 27% para el año 2011. Esa es una arista de la cuestión. La otra es el proceso económico que se conoce como “socialismo del siglo XXI” cuyas definiciones estratégicas y tácticas están establecidas en el Plan Económico y Social 2007-2013. Una revolución en proceso como la que vivimos en el país no tiene tres condiciones que son esenciales a la hora de lograr una economía sana (sin inflación y productiva): disciplina fiscal con autonomía del Banco Central, control y foco de las operaciones de PDVSA y de los fondos en divisas de la explotación petrolera, y un nuevo contrato social con el sector privado de la economía. Ninguna de esas tres condiciones se cumplen en el país, con el agravante de que sin ellas no hay la posibilidad de constituir la confianza social mínima indispensable para que una economía funcione.

4. En medio de la indisciplina económica del proceso se mantiene, empero, la disciplina política del proyecto, cual es abatir (1) la propiedad privada de los medios de producción y (2) eliminar el sistema de mercado interviniendo y pervirtiendo la lógica subyacente a los mercados de trabajo (a través de un control desproporcionado y desbalanceado de las relaciones laborales y la amenaza de una nueva ley del trabajo elaborada a espaldas de la discusión tripartita), mercados agrícolas (a través de la toma de 5 millones de hectáreas, la importación masiva de alimentos subsidiados, la negociación política de los incentivos al productor del campo, el control del tránsito de las mercancías, etc.), de bienes y servicios intermedios (a través de CADIVI, la solvencia laboral y los certificados de no producción), de bienes y servicios para el consumo final (a través de la Ley de Indepabis y de la nueva ley de control de precios), mercado financiero (a través de las llamadas gavetas financieras y la amenaza constante de intervención y expropiación de la banca).

5. Resulta algo contradictorio que los mismos que son señalados por la comunidad de economistas y analistas económicos como carentes de la debida disciplina fiscal sean los que a la vez tengan a cargo la planificación del Estado. Para nadie es un secreto que existe una Comisión Central de Planificación que encabeza el propio presidente de la República para “la transición del modelo capitalista dependiente, atrasado y dolarizado que ha producido tanta miseria y dolor a los pueblos del mundo, hacia un nuevo modelo socialista que genere y proporcione al pueblo la mayor suma de felicidad posible”. El Art. 1 de la ley explicita que se trabajará con visión de totalidad, elaborará, coordinará, consolidará, hará seguimiento y evaluación de los lineamientos estratégicos, políticas y planes. Sin embargo todo parece indicar que este gobierno administra crisis que le revientan en la cara, de viviendas, infraestructura, de abastecimiento, etc. Lo que no hace nada más que ratificar la imposibilidad de un régimen universal de controles y previsiones, ahora aplicados a los precios de los productos.

6. Cualquier esfuerzo de planificación que intente sustituir el sistema de mercado es solo un error inexcusable de fatal arrogancia. Hayek decía que existen dos modos alternativos de ordenar los asuntos sociales. Mediante la competencia, y mediante la dirección gubernamental… Cada vez que se pide al gobierno que decida cuanto ha de producirse de algo, quién podrá hacerlo y quién no, quién tendrá tal o cual privilegio… se está cometiendo un costoso error. Ninguna burocracia lo va a hacer mejor que la interacción los que compran y los que venden “en el marco de un sistema legal inteligentemente adoptado y eficazmente exigido”. La pregunta que, en contraste con la realidad, tendríamos que hacernos es la siguiente: ¿Si este gobierno hace mejor las cosas que la libre empresa?

7. Esta nueva ley de control de precios es la punta de lanza para la eliminación del sistema de mercado de formación de precios y su sustitución por la lógica soviética de economía totalmente controlada por el gobierno. ¿Cómo se forman los precios? A través de la compleja interacción entre la oferta y la demanda. El mercado es eso: miles de personas tomando miles de decisiones en un contexto altamente dinámico que cambia por procesos de innovación, moda, gustos, información relevante, valoraciones morales sobre los bienes o servicios que están en juego y la propia condición personal. El mercado provee diferentes opciones, a diferentes precios y con diferentes contenidos. Eso es lo esencial del mercado, que intenta incluir a todos los tipos de consumidores, dependiendo de su capacidad competitiva. Por supuesto, tendremos mejor mercado cuando haya mayor densidad de empresas. Por lo que “vivir mejor” tiene un camino conspicuo en el fomento del emprendimiento.

8. Cuando se abandona el sistema de formación de precios del mercado y se sustituye por el dedo del funcionario estamos tratando infructuosamente de reducir la inmensa complejidad de los hechos sociales a la cabeza de una persona. Se sabe que una persona cualquiera tiene límites cognitivos para ejercer la racionalidad. Allí se mezclan incapacidades con desviaciones ideológicas. Pero no solo eso. Surge la oportunidad de ratificar en la práctica una ley de hierro: Donde existe la oportunidad de administrar un control surgirá rápidamente la corrupción y los mercados negros y grises. (El contrabando, el juego ilegal, la prostitución y el narcotráfico son sólo los ejemplos más relevantes). Y en nuestro caso, el comercio informal, que se aprovecha de cualquier oportunidad presente porque no tiene un planteamiento a futuro. ¿Van acaso a perseguir al buhonero que saca provecho de las fisuras de la economía moderna?

9. Hay algo más que no se puede dejar por fuera, y que forma parte del complejo de “inéditos de la economía venezolana”. En ausencia de diálogo social para estimar la capacidad de aguante de la productividad nacional, el gobierno acostumbra a decretar unilateralmente aumentos y nuevas tasas contributivas a las empresas. Es tradicional el aumento del salario mínimo, con carácter universal y sin considerar las diferencias entre estratos y sectores. Recientemente modificó (con un sesgo populista insoportable) la ley de alimentación para extender el beneficio a la pyme, y sin importar la condición laboral del trabajador, activo, suspendido, de permiso, etc. No hay ley que no tenga un fondo que se conforma con una porción de los ingresos brutos o utilidades de las empresas. Estas “realidades” se suman a la condición de indefensión jurídica y desconfianza que generan el tono y la gramática castro-socialista del régimen. No hay un solo “héroe o epónimo” de la revolución que crea en la empresa privada. Este gobierno padece de un sesgo anti-empresa unánimemente compartido. Este sesgo provoca desconfianza social, aborta el futuro y nos coloca en un hoy que no siente que tenga asegurado un mañana. Y la desconfianza social se mide también en términos de inflación, que es otra forma de decir que las políticas económicas están desacreditadas y carecen de legitimidad. ¿La pregunta es cómo si se incrementan los costos se pueden mantener los precios?

10. ¿Es posible que con aumento de costos se mantengan los precios? ¡No! Aquí encontramos una singularidad de la revolución venezolana. Ellos creen que si. Entre otras cosas porque tienen una mentalidad rentista en la que la “utilidad” forma parte del realismo mágico latinoamericano. Utilidad es el excedente sobre los costos, que el empresario tiene que “administrar y distribuir” entre un conjunto de necesidades y demandas propias de la empresa, de su crecimiento, del perfeccionamiento de su talento, de la incorporación de nuevas áreas de negocio, de la retribución a los accionistas y del reconocimiento a los trabajadores. Sacar más de allí de lo que efectivamente ingresa es temerario y dramáticamente imposible. Así se quiebran las empresas, porque aun en la lógica del control de costos hay tres leyes que no son reductibles: No hay almuerzo gratis; Nadie regala su trabajo; Nadie vende por debajo del costo. De allí que la simplificación extrema del mercado provoca como resultado principal la escasez.

11. Esta discusión no se puede simplificar hasta los extremos de la estupidez. Estado y Sistema de Mercado se complementan en el trabajo del orden social, que no significa otra cosa que resolver los problemas de los ciudadanos. Una sociedad no funciona bien en ausencia de seguridad y orden público. Tampoco es buena cuando no hay estado de derecho y administración de justicia. Menos cuando no hay posibilidad de exigir el cumplimiento de los contratos y compromisos. Nadie apuesta a una sociedad con déficits en su infraestructura que no se logran resolver. Todos esos ámbitos son propios del Estado, así como las transacciones de productos y mercancías son propias del Sistema de Mercado. Los gobiernos fomentan el emprendimiento y auspician la presencia de empresas y negocios en zonas de mejor desarrollo. De hecho, el sector público tienen un set amplio de políticas públicas para incentivar el bienestar y favorecer el desarrollo con equidad. Además están los tributos que de suyo estimulan o debilitan ciertas actividades. Pero lo que no deben hacer es intervenir los mecanismos de funcionamiento del sistema de mercado, entre los que los sistemas de formación de precios son de los principales.

12. Nadie niega que tiene que haber convergencias entre el gobierno y las empresas. De hecho, los gobiernos son compradores y oferentes de peso. Además venden servicios y, en nuestro caso, producen, compran y venden directamente, eso sí, aplicando el subsidio gubernamental, y desfavoreciendo sustancialmente las oportunidades de los grupos tradicionalmente vulnerables. Así que un falso dilema cuando se plantea la supuesta desaparición del Estado para que entre indómito el mercado. Se trata de respetar espacios y contextos. Y apostar a las instituciones sociales, no a la lógica tumultuaria que coloca a las supuestas víctimas en la condición de ser jueces y partes.

13. El gobierno ha tenido un relativo éxito en desacreditar al comerciante, que es el que lamentablemente da la cara por las malas políticas económicas que se nos imponen a todos, consumidores y productores. Doce años de controles y expoliaciones de la actividad privada, llegando incluso a imponer por la fuerza una suspensión de los derechos de propiedad no han dado otros resultados que una economía débil, incapaz de operar sin inflación y en la que el temor es la principal sensación que se impone en la lógica de planificación de todas y cada una de las empresas. Hay inflación porque vivimos la sociedad de la desconfianza. Por eso no hay otro recurso que invertir en disposición para el dialogo pluralista que sin dejar de señalar errores también indique caminos donde el costo no lo paguen los menos afortunados.

14. ¿Cuáles son los resultados más previsibles de un régimen extendido de controles? Escasez mayor. Menor diversidad de productos, un mercado uniforme y simplificado, donde solamente aparecen los necesarios (esa es la verdadera trama de la igualdad comunista), mayor represión aplicada a las empresas. Y un retroceso aun mayor del emprendimiento, lo que acumulará mayores presiones en términos de desempleo e informalidad. Y estos costos sociales que se van a asumir no van a quebrar la tendencia inflacionaria, simplemente porque no se está atacando la raíz del problema, que es el propio gobierno, indisciplinado, desinstitucionalizado, descontrolado, y muy ineficiente.

Víctor Maldonado C
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Bitácora para jóvenes profesionales

Por: Víctor Maldonado C.
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Peter Drucker solía decir que la gente exitosa siempre ha sabido manejarse a sí mismo. Nadie que no tenga su vida en control puede pretender administrar la de los otros. Y eso se aprende, aunque no necesariamente en un curso. Decía Heráclito de Atenas que el carácter del hombre era su destino, y con eso se adelantó unos miles de años a la idea que en nuestra época formuló el padre de la Administración, que el triunfo personal se puede gerenciar y que no nos queda otra que ser los conductores de nuestro propio destino.

Hay cuatro condiciones para el logro de una vida profesional trascendente y digna de méritos. La primera es tener foco en un complejo de realizaciones. Lo que ahora llaman plan de vida, un conjunto balanceado de metas que representan las aspiraciones asociadas a la familia, el trabajo, los afectos, el reconocimiento y el legado. La segunda es la disciplina. Mantenerse dentro del foco, ser persistente, no dejarse vencer ni perturbarse por cualquier cambio en las circunstancias. No distraerse. La tercera es la templanza. No hay proyecto que no corra peligro a causa de la concupiscencia. Con ella se pierde la libertad y cualquier posibilidad de acercarnos a los fines que nos hemos propuesto. Y la cuarta es la responsabilidad, que es estar conscientes de las consecuencias positivas y negativas de nuestros actos.

Drucker no hacía concesiones a la obligación que cada uno tiene de conocerse profundamente. Dicen que el arco que había que cruzar para acceder al célebre Oráculo de Delfos hacía la pregunta de rigor: ¿Quieres conocer tu futuro? La respuesta no era otra que “Conócete a ti mismo”. Allí está la clave, pero no la solución al acertijo, porque de nuevo estamos frente a la necesidad de tener un método. El sabio y emérito profesor de management (término que él mismo inventó) propone algunas reglas a seguir: (1) Identificar los puntos fuertes, saber en qué te desempeñas mejor, para lo cual no hay mejor recurso que acudir a la experiencia utilizando la técnica del feedback. Y por supuesto, es mejor hacer lo que uno hace bien, que esforzarse en intentar lo que uno no sabe o no puede hacer. (2) Conocer el propio desempeño, la forma como solemos hacer las cosas, y cómo no nos gusta realizarlas. (3) Conocer cuál es el método que nos facilita el aprendizaje y proceder de acuerdo a esa técnica para sacar el mejor provecho de las oportunidades. (4) Conocer el grado de comodidad que sentimos al involucrarnos con la gente en tareas y trabajos, para asumir si somos del tipo de “los solitarios” o por el contrario somos gregarios. (5) Conocer el grado de presión que resistimos para decidir si podemos exponernos a la turbulencia o mejor buscamos espacios estructurados y sosegados. Y finalmente (6) Conocer cuáles son los valores personales, cuál es nuestra ética y cuan compatible es lo que hacemos con la persona que queremos ser en el futuro.

Un viejo dicho holandés advierte que “no podemos evitar el viento, pero podemos construir molinos”. Efectivamente, no podemos evadir los giros de la fortuna, pero tenemos la posibilidad de estar preparados para aprovechar cuando viene bien y resistir cuando se presenta la adversidad. Triunfar es entonces cuestión de método.

Fedecámaras en el siglo XXI

Por: Víctor Maldonado C.

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“Si no existiera habría que crearla…”

El 17 de julio de 1944 se reunió la Convención Nacional de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción que por la decisión unánime de sus veintidós miembros fundadores resolvió fundar a Fedecámaras. Su primer presidente fue Luis Gonzalo Marturet, a la sazón presidente de la Cámara de Comercio de la Guaira. Y en su junta directiva participaron Andrés Boulton, presidente de la Cámara de Comercio de Caracas y José Manuel Sarmiento, de la Cámara de Industriales de Caracas. Sesenta y siete años después esa Institución sigue vigente proponiendo la instauración de los mismos principios que motivaron su constitución: Libre Empresa, Respeto a los Derechos de Propiedad, Estímulo a la Competencia y Oposición al Intervencionismo Gubernamental.

Muchas cosas han pasado desde aquella noche en la que el presidente de la recién estrenada corporación pronunciaba su discurso en el banquete de clausura que se ofrecía al General Presidente de la República y sus ministros. Quince meses exactos le quedaban de gobierno a Isaías Medina Angarita antes que la locura de Diógenes Escalante y el renacimiento de las divisiones ancestrales colocaran al país en ese extraño avance retrógrado que significó el trienio y la dictadura de Pérez Jiménez. Seguramente el país sentía el palpitar del caos inminente, sin embargo a pesar de eso, al leer a la distancia el texto de esa alocución podríamos tener la sensación de que las palabras allí pronunciadas tienen una vigencia desconsoladora, en razón del tiempo que se ha invertido sin poder salir del laberinto que nos tiene sometidos, hoy tanto como ayer, a los mismos dogmas y a la misma tiranía.

Cooperación, construcción de consensos, reconocimiento de la necesidad de cimentar una sólida relación tripartita, y el compromiso de subordinar los intereses particulares a los de la patria fueron las consignas que una y otra vez se invocaron como fundamentos para la acción gremial. Hoy en día ellas siguen siendo un desiderátum y una exigencia que se nos impone desde la ética ciudadana. Tendremos que reconstruir el país y en ese esfuerzo Fedecámaras deberá demostrar una sólida consistencia con lo que es su heredad fundamental: Proponer una economía que sea capaz de construir prosperidad, libertad y oportunidades para la realización feliz de las personas. Edificar una gran cantera de posibilidades para el emprendimiento, la educación para el trabajo, la reformulación de los valores ciudadanos y la construcción de un nuevo modelo de país, menos dependiente de la dadivosa mano del gobierno, y más digna, basada en la razón, el orgullo y la productividad individual.

Fedecámaras no nació para regatear su papel en la defensa de los principios. Tampoco para negar el diálogo. Mucho menos para erigirse en el obelisco del egoísmo del negocio propio. Son patéticos los negociantes adscritos al gobierno que se arropan en esa trama de justificaciones que parece darles argumentos suficientes para construir fortunas al margen de la suerte del país. Fedecámaras no nació para la entrega sino para el debate. Y le ha correspondido el difícil papel de defender el rol de la empresa privada en un país que no logra entender con precisión las relaciones entre la organización del trabajo, la inversión, el riesgo y la prosperidad. Aquí creemos que el maná cae del cielo como una obligación divina con el pueblo elegido. El tratar de rebatir esa pretensión nacional ha sido siempre una dura pelea que más de una vez ha abatido las conciencias de los propios tanto como de los extraños. A pesar de ello, la Institución, sus principios y su acervo han demostrado ser más fuertes que la conjura de las circunstancias. Somos un país con poco capital social, baja participación y muy poco interés en la asociación. Además tenemos una predisposición muy marcada por el “trapicheo” institucional en el que molemos a líderes, voceros y prestigios. Tenemos muy poca vocación por el reconocimiento y despreciamos la historia, sobre todo la nuestra, la de cada uno, la que nos podría identificar con un proyecto colectivo que no depende de los que nosotros fundemos, sino de aquellos macerados por el tiempo y que recibimos como el legado de los que nos precedieron en los mismos esfuerzos. Porque así somos, y porque hemos resistido a doce años de devastación institucional, es que me parece notable que Fedecámaras exista, tenga vigencia y todavía sea capaz de privilegiar los principios sobre cualquier otra consideración.

Los tiempos oscuros son especialmente propicios para el resplandor de los principios defendidos con coraje. No se trata de transitar por las trampas del socialismo populista, tampoco de manosear la piel de zapa del rentismo. Se trata de creer en la vigencia de las viejas consignas de la libertad que hacen de cada persona una oportunidad para el ejercicio de la felicidad. Y de todos, una posibilidad de tener patria próspera y soberana.

Víctor Maldonado C

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