Archivo de Marzo, 2011

Los dioses se olvidaron de la ciudad

Por Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

El sociólogo norteamericano Richard Sennet ha realizado una serie de investigaciones sobre los resultados del nuevo capitalismo que comenzaron con “El declive del hombre público” y que aun no han concluido. Todas esas indagaciones ansían algunas respuestas sobre un fenómeno preocupante, cual es que la evolución de las sociedades desarrolladas que trae consigo la nueva economía no concede espacios, ni tiempos o contextos suficientes a la construcción de la ciudad como un espacio de interés colectivo. Y eso que Occidente lleva dos milenios apreciando con perplejidad la labor de aquellos doscientos años que se conocieron como la edad de oro de Atenas. Grecia nos legó la ciudad y el esfuerzo de la ciudadanía como el espacio donde se elabora la libertad, la responsabilidad y los derechos. Sin la ciudad nada de esto tiene sentido porque el hombre se ve descoyuntado por una dicotomía abrumadora que lo descuartiza entre las relaciones sociales en gran escala que ocurren en derredor del trabajo, y la precaria y progresivamente insignificante vida privada.

No estamos obviando cierta preocupación que han desarrollado las empresas por su entorno, y que hemos dado en llamar Responsabilidad Social. Estamos refiriéndonos a una situación más problemática que promover la ecología o ratificar la larga tradición a la que alude Peter Drucker cuando afirma que es incontrovertible el aporte de los líderes privados en el fomento de las artes, la ciencia y la cultura. No está mal que nos preocupemos de la suerte del mono de margarita o del bagre de Chacaíto, especies que ahora mismo están en peligro crítico de extinción. Lo que quisiera resaltar es el fracaso rotundo que hemos tenido hasta ahora para que los gerentes entiendan que al lado de la suerte del venado de margarita o del ñángaro se encuentra también la posibilidad del ocaso del sistema de derechos y libertades que definen la vigencia o no de la democracia.

Sennet advierte sobre la pérdida de interés en las organizaciones intermediarias que pueden terciar entre los formuladores de políticas públicas y las expresiones pluralistas de la sociedad civil organizada. Drucker llama la atención sobre el deber que tienen las empresas de resolver las contradicciones entre el entorno y los fines de la empresa, dilemas no siempre sencillos que debían ser tratados sin las evasivas propias del “peloteo” burocrático y sin las simplezas que casi siempre son producto de la falta de análisis. El sabio decía al respecto que si el problema era muy serio, algo debía hacerse para resolverlo, y que si el gerente obstruía la solución, entonces había que pensar en remover ese obstáculo con el fin de tener como resultado el menor daño posible.

Sigue en pie la incógnita propuesta por Sennet. ¿Quién se encarga de la ciudad como ethos de las libertades? ¿Quién financia y soporta las instituciones mediadoras que dan la batalla para que no se extinga el derecho, y por lo tanto tenga sentido la pervivencia del cardenalito? En la solución que hemos asumido se esconde un inmenso fracaso social que parte de la escuela y se proyecta hasta las academias avanzadas de administración, porque esa batalla la estamos perdiendo por mengua e incomprensión de la complejidad del asunto. ¿Cuánto cuesta la defensa del sistema de libertades? Eso debería poder ser parte del balance social de cualquier empresa.

Los hijos del trueno

Por: Víctor Maldonado C.

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A Ariel y Laly…

Somos hijos de la casualidad aunque creamos lo contrario. Repasar las noticias del ya inmensamente lejano 21 de marzo de 1997 nos ratifica el especial talante de los emprendedores para empinarse hacia el riesgo. Nada particular pasó aquel día, pero ya era más que un mal presentimiento ese tránsito seguro hacia la disolución del país. Moría una ballena, encallada en el golfo de Venezuela, el senador Hilarión Cardozo se separaba del partido Copei para aceptar el ministerio de justicia del gobierno de Caldera, el expresidente Pérez intentaba salir de la trampa del olvido fundando el partido Apertura, Lepage advertía los peligros inminentes de la pobreza y la depauperación de las clases medias en tanto que la política se debatía entre un discurso perfecto y una práctica precaria, y la tripartita celebraba sus acuerdos sobre la reforma de las prestaciones sociales que Ibsen Martínez aplaudía como “un indicio alentador de que la bajamar de los iracundos pudiese haber llegado al fin, de que los moderados han hallado el camino de regreso a un escenario casi exclusivamente copado por carismáticos y apocalípticos…”.

Mientras eso ocurría, alguien estaba intentando darle sentido a sus propias circunstancias. La fortuna había sido para él un espectro intermitente, tal vez como el país, con bonanzas que concluían en los deltas del estío. Tal vez sintió el escalofrío de todos los que tocan fondo. Pero allí, precisamente en la nada que acompaña a todos los fracasos encontró la mano de Dios, que además tuvo la gracia de venir con los atavíos del amor perfecto, tal vez porque esa mano nunca llega a apretar tanto como para ahogarnos. Churromanía solo puede entenderse en las márgenes de ese amor creativo y complementario entre el arrojo impetuoso de Ariel y la serenidad de Laly donde él encuentra todo el sentido que necesita para transformar el riesgo en un proyecto factible. Fe y necesidad de comenzar a construir un nuevo comienzo era todo lo que tenían, además de un local en Puerto La Cruz. Y por supuesto, ideas con ganas de realizarlas.

La idea pegó a pesar de todas las previsiones. Comer churros frente a la playa no era precisamente lo que la gente acostumbraba a hacer. Los amigos hacían una peregrinación de cinco horas para ver cómo transcurría una locura más del excéntrico del grupo, ahora dedicado a producir esa vaina… -qué bolas-. Más de una sonrisilla burlona vio con el rabo del ojo cuando todos creían que estaba distraído entre fritangas y órdenes de servicio. Pero más pudo la perseverancia que la desconfianza y muy pronto la idea de negocio comenzó a extenderse como reguero de pólvora. Pasaron muchas cosas en tanto, la cuarta dio paso a la quinta república y de nuevo los carismáticos y apocalípticos tomaron por asalto el país, para intentar destrozarlo. El pueblo tomó como despojo todos los acuerdos para abrirles surcos a la prosperidad, y optó por la venganza como ruta rápida hacia la reivindicación. Ya sabemos que los resultados han sido las cadenas y el oprobio. Pero también ocurrieron otras, que son las que definitivamente nos van a salvar. Empresas resistieron como castillos amurallados la pérdida de fe y la avalancha de locura populista que ha intentado disociar los esfuerzos de los resultados. Churrromanía siguió creciendo y en esa misma medida fortaleciendo su compromiso con el país. No es fácil sacarle una sonrisa al venezolano de estos tiempos tumultuosos. Tampoco facilitarles la celebración un domingo cualquiera, cuando la inflación abate cualquier posibilidad. Sin embargo, en el transcurrir de cualquier feria de centro comercial, uno puede ver con cuanto gusto un niñito corre con su churrito en la mano en una comunión familiar de sabores.

Ariel ha crecido en talante y serenidad. Ha ocurrido una simbiosis perfecta, producto de una promesa de amor que hasta hoy permanece imbatible. El violín, su mujer, sus hijos, su madre y sus suegros son una sinfonía perfecta de afectos y confianza incondicional. Cada uno de ellos ha depositado en algún momento todo lo que tenían en ese sueño. Es un privilegio estar con ellos y sentir como pocas veces que se puede ser a la vez hijos de la tormenta y promesas de sosiego. Han pasado muchas cosas, casi todas están en el panteón de las que queremos olvidar, pero allí está el testimonio de un negocio que hoy tiene 90 tiendas, está en 7 países y mantiene más de 900 empleos directos. Qué bueno celebrar con tan buenas razones lo afirmativo del ser venezolano.

Víctor Maldonado C

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Cuestión de principios

Por: Víctor Maldonado C.

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El poder es una vaina que enreda y corrompe. Por eso hay que asumirlo dosificadamente y por un tiempo limitado. Cualquier otra posibilidad deviene en tiranía y termina envileciendo el acto de dirigir a otros. Al respecto nadie se ha llamado a engaños. A esa capacidad hay que mantenerla controlada, y de eso se encarga la institucionalidad desde donde se ejerce el poder, porque no hay dudas de que los hombres acostumbran a esquivar la virtud en cuanto se consideran inmunes al castigo. Y en este aspecto, no hay hombres mejores. En la República de Platón el filósofo hace decir a Glaucón que “no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara el abstenerse de los bienes ajenos, sin tocarlos, cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como al entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos, como librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto un hombre justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino”. Que al final se haga así o no, dependerá de cuan exigentes sean las reglas y las rutinas organizacionales y cuanta capacidad tengan ellas para defenderse de la tentación perenne de perpetuar un mandato que al inicio siempre es otorgado por un tiempo determinado.

El problema está entonces en la debilidad de nuestras instituciones. La verdadera razón por la que terminamos arrebatados por este huracán de arcaísmos que encarna el líder del proceso revolucionario es que muy pocas de nuestras frágiles expresiones de comunidad política (llámese país, gremio empresarial, sindicato o asociación de vecinos) ha sido capaz de garantizar la legitimidad de sus propias disposiciones y acuerdos, y por lo tanto una tras otra se han dejado arrebatar la soberanía colectiva por cuenta del discurso y capacidad de movilización de aquel que se cree imprescindible. Lo malo se pega, y en medio de este borrascoso mar de caudillitos y caudillajes se pueden apreciar dos arreglos que nos hacen las víctimas propicias de lo que nos está ocurriendo: las reelecciones, y el desprecio que nos provoca las reglas y las rutinas institucionales. Por esas razones cualquiera se lleva en el bolsillo un esfuerzo colectivo. Y porque a nosotros no nos importa darle el reconocimiento social que ningún usurpador merece.

El signo de nuestra decadencia como comunidad política es que la reelección está de moda, aunque sepamos que todos los argumentos que se esgriman para fundamentarla sean pueriles e incluso repugnantes. La necesidad de mantenerse al frente porque el período original no alcanza para concluir el proyecto, que siempre está en el discurso que la justifica, siempre esconde la criminal comodidad de la mayoría, la banalidad con la que tratamos nuestros propios acuerdos, y los grados de libertad moral con los que juegan nuestros líderes. Nadie es imprescindible, y los proyectos son una desgracia cuando dependen de una persona y no responden a la lógica de un equipo organizado para la consecución de un fin. La verdad es que nuestra tragedia tiene que ver con esta odisea infernal del poder y sus signos, transformados rápidamente en una forma de vida, en un fin en sí mismo, y no en un medio para lograr bienestar y desarrollo. Nuestra desgracia es la impudicia y el cinismo con la que tratamos convenciones y costumbres, a las que estamos dispuestos a arrasar, eso sí, invocando el progreso y el cambio, aludiendo a una supuesta revolución, pero cayendo en la tajante contradicción que supone decir que se quiere el bien mientras se practica la corrosión de las instituciones.

Chávez es un fiel espejo de nuestra peor cara social. Líderes enquistados, o cayendo presas de la tentación de permanecer, sin caer en cuenta de que ellos tienen en sus manos toda la suerte de la república, que es asesinada cada vez que en el altar del despotismo cotidiano se inmola la decencia y la trayectoria de una institución. Un hombre bueno al menos debería tener los arrestos para cumplir su período y renunciar a cualquier posibilidad de perpetuarse en el poder. Pero hay pocos que se resistan, y lo peor es que en el camino van vendiendo una y otra vez su alma al diablo a cambio de un poquito más de tiempo.

Platón insiste en que los resultados no pueden atribuirse a la integridad de nadie. Tal vez tenga razón, pero me gustaría pensar que esa debilidad innata del individuo de alguna manera se puede compensar con ese capital social que es tan difícil de atajar, pero que uno aprecia cada vez que alguien exige respeto a la tradición y acatamiento a la inmanencia de las costumbres. Porque no todo vale.

Víctor Maldonado C

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La “felicidad” socialista

Por: Víctor Maldonado C.

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Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad…

J.L. Borges
Así definía el ilustre poeta su propia ceguera. Esa incapacidad que a él lo hizo más reflexivo y que al final le permitió transitar con el mejor de los éxitos por su propio laberinto vital. No se puede decir lo mismo de este régimen, que busca afanosamente evadir una realidad que ya parece un bombardeo de malas nuevas. Para eso está su ejército exclusivo de adulantes. Uno de ellos, acaba de publicar los resultados de una supuesta investigación que demuestra que los venezolanos experimentan una altísima tasa de felicidad. Si le hacemos caso, el 82% de los venezolanos se declaran felices o muy felices. Una cifra muy extraña porque demuestra que esa sensación la comparten tanto el 48% de los que votaron por la opción oficialista, como buena parte del 52% de los que votaron contrario. Por lo visto, más allá de la odiosa polarización, de los diálogos con epílogos mandando a lavar el paltó, y de la recesión económica, todos al parecer disfrutamos de ese “sentimiento oceánico” del que se burlaba Freud en las primeras líneas de su libro “El malestar en la cultura”.

Mi hipótesis es otra y a mi juicio es esencial para comprender lo que nos está ocurriendo: el régimen se sustenta en la mentira sistemática. Todos ellos son unos embusteros patológicos, y cuando dicen la verdad, suenan brutalmente primitivos, como cuando Soto declaró que para él todo el ordenamiento institucional y de derecho que se ha producido luego de la II Guerra Mundial no sirve para nada. Ya saldrán los componedores de entuertos a mentir para resolver de alguna manera esa fatal fuga de información, porque que alguien te amenace con el imperio de la barbarie, la ley del más fuerte, y la implosión de todos los derechos humanos, puede perturbar la estrategia instrumentada por el emérito sociólogo del régimen, afanado en conseguir una razón adicional para ser inmensamente felices.

La gente aspira a la felicidad. Freud quien no se sentía cómodo con los éxtasis místicos, acotaba este concepto a dos fines, uno positivo y otro negativo. Tan importante es evitar el dolor o el desagrado como experimentar intensas sensaciones placenteras. Por eso es que resulta ofensiva, incluso a la inteligencia más básica, esa inmensa mentira presentada como una investigación social. La gente, dicen las otras encuestas, al contrario de lo que proclaman las adoratrices del régimen, está profundamente preocupada por dos razones muy elementales: no tienen dinero suficiente para comer, y no se sienten seguros. Temen pasar hambre y necesidad, pero también temen por su vida y la de sus hijos. Incluso me atrevo a incluir una tercera razón por la cual se sienten angustiados: Esa invasión constante a sus espacios de libertad a través de un Chávez que se impone por la fuerza, que viola cualquier convención, que obliga a ser escuchado y visto, que decide por ti y por tus hijos, y que asume unilateralmente qué tipo de felicidad es deseable para cada uno de los ciudadanos que pueblan este país. Esa sensación asfixia, pero no contribuye a la felicidad.

¿Por qué sufre la gente? Freud propone dos razones. Sufrimos al tener evidencia de nuestro transcurrir decadente. Nos apena el ver pasar nuestras vidas sin encontrar un minuto de sosiego, mientras nuestras gargantas no pueden gritar a viva voz que vivimos en libertad. Esa languidez que nos provoca el imaginar que este despotismo descompuesto y procaz va a ser lo único que podremos recordar. Tenemos pánico a la muerte violenta y a la estrechez de recursos impuesta autoritariamente porque “ser rico es malo”. En segundo lugar, sufrimos porque tememos a los otros enseñoreados en la violencia arbitraria. Ese mundo exterior se nos presenta capaz de encarnizarse contra nosotros con fuerzas destructoras, omnipotentes e implacables. Mejor descrito imposible. Tememos a la ausencia de justicia y ley. Tememos a la impunidad que se cierne sobre todos nosotros como una nube oscura, que es capaz de quitarnos familia, empleo y propiedad, simplemente porque, como lo dijo Soto, aquí hay un solo gobierno, que no tiene otra ley que la voluntad del comandante presidente. Sin ley descubrimos la razón de la infelicidad en la profunda desconfianza que nos comienza a inspirar el otro.

Freud advierte que a veces ocurre la resignación. Tal vez sea eso lo que nos esté ocurriendo. Tal vez hayamos reducido la felicidad al estar vivos. Reducidos a un “ya pasará todo esto”, o esperando ese mesías escurridizo que no podrá hacer nada si nosotros no nos levantamos con él para dar la batalla. Pero felices, ¡ni de vaina!
Víctor Maldonado C

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Preguntas en el tintero

Por: Víctor Maldonado C.
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En tiempos de interpelaciones parlamentarias hay muchas preguntas que no han conseguido otra respuesta que la evasión. Como si mejorara en algo la responsabilidad de los funcionarios las respuestas airadas o acusaciones colectivas. Como si la propia reputación saliera airosa demostrándose que nada se pudo hacer frente a la conjura internacional  de la ultra-algo que se ensaña en dejar inhabilitado al gobierno para presentar resultados algunos.

Sin embargo, queda la duda de la recalcitrancia. Por qué, por ejemplo, se mantiene una política comercial que ha producido resultados exactamente contrarios a los buscados. Por qué se insiste con esta mezcla de controles, hostigamiento, persecución y desafío constante al Estado de Derecho que no ha alcanzado crecimiento económico sino una atroz recesión, tampoco ha logrado la diversificación productiva sino una peligrosa dependencia de las importaciones. Y mucho menos ha permitido nuestra competitividad internacional sino la debacle de nuestras empresas públicas y privadas. ¿Por qué se insiste en un proceso de destrucción tan evidente?

La respuesta es insólita. El gobierno prefiere que el pueblo se muera de hambre antes de desviarse un milímetro de las pautas utópicas del socialismo del Siglo XXI. Ortega y Gasset denunciaba el peligro de las utopías cuando advertía contra la vana quimera de realizarlas, a pesar de no ser otra cosa que ideas forjadas que se presumen perfectas pero que no lo pueden ser. Las revoluciones suelen ser violentas porque insisten en tomar por asalto la realidad sin detenerse en las consecuencias, que a veces pueden ser terribles.

La pregunta esencial no es por qué si o por qué no una política económica es francamente inconveniente. Es algo más compleja porque exige una respuesta comprensible a las razones de insistir en una ruta que nos conduce a la tristeza del hambre, el exilio, los presos políticos, las huelgas y las protestas. Lo que queda en el tintero y que ninguno atina a responder es  ¿Cómo llegaron de la promesa a la represión y a la incapacidad de rectificación?

Aunque parezca insólito esa otra la interrogante que gravita sobre las cabezas de los gobernantes socialistas.  ¿Y cuando todo este andamiaje de ineficiencias y propaganda se desplome? ¿Qué es lo que vamos a hacer?  Ortega responde por todos ellos. Nuevo fracaso, nueva reacción, y así sucesivamente hasta que entendamos que toda utopía es su propia contradicción. Detrás de cada idea hay fácil y pueril esquematismo que en ningún caso puede enfrentar el raudal jugoso y esplendido de la vida. Toda revolución tiene en su futuro un final sin frases, sin gestos, reabsorbida por la realidad, que al final se impone.

Lo esencial del despotismo

Por: Víctor Maldonado C.
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Tal y como lo hemos podido apreciar en los recientes sucesos ocurridos en el Magreb, lo único que parecía innegociable era lo mismo que buscaban afanosamente los que manifestaban en la calle. Nadie estaba discutiendo la pertinencia de las ideologías, tampoco cuan útil podía haber sido el contenido de los libros rojos o verdes o de cualquier color. Mucho menos si lo prometido y planificado había sido cumplido a cabalidad. Nada de eso. Lo que el déspota trataba de defender a toda costa era lo único que le querían arrebatar. Nos referimos a esa ansia inextinguible por permanecer en el poder, gobernar más allá de la vida misma, perpetuarse a través de los hijos y nietos, no dejar de ser en ningún momento la razón colectiva y la mixtura de lo que estaba hecho todo.

Al final, todo el despotismo se reduce al déspota. Se limita a la pretensión de ser imprescindible y por lo tanto más importante que el andamiaje institucional que lo sustenta. Esa es la razón por la que los regímenes autoritarios son demoledores hasta el punto de presentarse al resto de la sociedad como una amenaza que en cualquier momento se vuelca sobre los ciudadanos. Por eso la jerga militar y guerrerista, y la insaciable demostración de uniformes, grados, armas y ejércitos. De allí que para cualquiera de ellos el acto más sublime sea un desfile en el que se pueda exhibir todo el poderío supuestamente intimidante, dirigido a anular cualquier mal pensamiento, cualquier foco de disidencia que pueda llegar a pensar en el cambio como una posibilidad.

La palabra cambio no es del gusto de los déspotas. Prefieren revolución porque con ésta es mucho más fácil encubrir la verdadera intención de permanecer por siempre al frente. Otros términos como líder, comandante, gran timonel, iluminado, o cualquier vocablo  similar, dejan colar que lo que todos están intentando es la construcción de una religión fundamentalista con un dios devenido en profeta y rey que casualmente son ellos mismos.

Como pilares de las nuevas religiones no pueden dejar pasar la oportunidad que les proporciona el culto a la personalidad. Ellos son su propia propaganda. Se presentan como los mejores padres, los más excelsos hijos, los agricultores más productivos y los obreros más empeñados. Toda la realidad comienza a ser colonizada por una imagen que por ser repetitiva a veces puede resultar desbordadamente repulsiva. Además comienza a ocurrir una degradación que puede resultar fatal para aquellos que lo sufren al confundir la realidad con las mentiras y los elogios. Se convencen de su invencibilidad y de la profunda sabiduría que dicen tener en todos los órdenes. Padecen de una anemia de ignorancia que los torna en seres inapelables que creen que la realidad está a su disposición. Por eso, parte de la realidad que les disgusta, simplemente la cambian o la ocultan. Aquí precisamente comienza el desbarrancadero institucional y del Estado de Derecho. Allí, en la osadía de todos aquellos que cometen la herejía imperdonable de la contradicción, comienza la historia de persecución, presos políticos, exilio, expoliaciones, y quiebra de las empresas públicas. Y es que no hay nada más corruptor que el consumo indiscriminado del poder.

Nada es más apasionante que intentar comprender. Un déspota está condenado a la gula y a la concupiscencia. Debe ser alucinante esa sensación de estar más allá de cualquier límite posible. Que para él y su entorno no hay otra restricción que la lealtad a sí mismo. Que nada es imposible. Un barco o una docena de aviones, da lo mismo. Tampoco es  una quimera ir apartando a todos y cada uno de los adversarios, enterrándolos en una cárcel que no tiene retorno, o inhabilitándolos para la competencia política. Cualquier circunstancia les parece controlable, y por eso pierden de vista que todo ese poder que exhiben es solamente una probabilidad conferida por una comunidad. Y que cuando esa colectividad llega a sentir el hartazgo y el asco de una situación que quiere parecer forzadamente inmutable, toda esa pretensión de dominio se desploma, aplastando a los dioses de barro que hasta ese momento fueron sus ductores.

Lo esencial del despotismo es esa dualidad que ocurre entre el tirano y el pueblo que se lo aguanta hasta que dice basta. No hay despotismo bueno. Todos al final terminan ensartados en la corrupción y la crueldad que al final los derriba y los borra de la historia.

La historia debe continuar

Hace dos años recibimos de la Cámara de Caracas un homenaje singular en reconocimiento a un colectivo de dirigentes que en aquel entonces supo dar con entereza la batalla en defensa de la propiedad privada y la libre empresa. Ellos quisieron dar testimonio del esfuerzo y el empeño de todos aquellos que no cedimos espacios a la tiranía del colectivismo, porque habíamos asumido con convicción y fortaleza de espíritu que nuestro papel, en cada uno de los sectores y regiones del país, era vital a la hora de marcar la diferencia entre democracia y comunismo.

En aquel entonces valoraron positivamente la sinergia que habíamos logrado, con el trabajo conjunto y congruente, cuatro de los muchos dirigentes que lo dimos todo en el empeño de defender la libre empresa, los derechos de propiedad y las garantías ciudadanas.

Fueron dos años intensos de los que salimos airosos porque hicimos equipo alrededor de la firmeza con la que defendimos nuestras convicciones. La primera de ellas, que nuestra patria se merece un régimen político que le garantice libertades, inclusión y justicia. La segunda, que los venezolanos no tenemos ninguna posibilidad de ser prósperos si se cercena el libre emprendimiento y se asfixia a la empresa privada. La tercera, que nos correspondía a nosotros dirigir nuestras propias luchas y enfrentar cualquier pretensión de despotismo.

En nuestras manos el movimiento empresarial se fortaleció como una Institución capaz de articular consensos y convocar al resto de la sociedad. Crecimos en credibilidad porque nos mostramos coherentes y firmes. Ese fue nuestro legado.
 
Ahora que el destino nos propone nuevos retos por las mismas causas, reiteramos que no desmayaremos en hacer equipo para defender con firmeza nuestras causas y enfrentar con coraje cualquier posibilidad de perder definitivamente la esencia liberal de nuestra República. Este no es tiempo para las dudas o las divagancias. Es tiempo para la claridad de las convicciones. Firmeza, carácter, coherencia, consistencia y valor son nuestra carta de presentación para hacer hasta lo imposible con el fin de no perder ni una sola de las oportunidades que tenemos los venezolanos para ser felices. Esa será la razón por la que seguiremos batallando hasta que resplandezca la libertad entre nosotros. Continuaremos haciendo historia con la sensatez de siempre y el foco siempre puesto en los supremos intereses de Venezuela.

Actuar con carácter

Por: Víctor Maldonado C.

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A mi maravilloso hijo Gabriel

Más allá del rol, de la cortesía y la cordialidad, sabemos muy poco de los demás. En cualquier sociedad organizacional los otros son, en su mayoría, unos extraños con quienes tenemos que intentar el trabajo conjunto a pesar de las diferencias y la tendencia natural a la exclusión y el desprecio.

Trabajar con los otros no es fácil. Por más que los expertos se aventuren por los más diversos caminos para facilitar la relación, y que en presencia de la supervisión ciertas conductas destructivas se atenúen, lo cierto es que llegado el momento todos estamos solos frente al mundo, apertrechados únicamente con nuestro carácter.

C. Wright Mills y Hans Gerth, dos eminentes sociólogos clásicos, definieron al carácter como “la capacidad de comunicación de una persona con otros por medio de instrumentos sociales compartidos”. Ellos aludían al “qué comunicar” y al “cómo hacerlo” para establecer un equilibrio de percepciones en la que ninguno de los involucrados se sintiera especialmente agredido o menospreciado. Tener carácter era para ellos un indicativo de que se podía ser capaz de tratar con respeto la necesidad percibida del otro cuando se interactúa con él.

El sujeto siempre se debate en un conjunto de necesidades que chocan continuamente con las de los demás. Status, prestigio, reconocimiento y honor social son parte de las más conspicuas e inalienables, pero también las más escasas y difíciles de distribuir intencionalmente. Empero la sociedad ha encontrado sus maneras para que todos tengan la oportunidad de recibir un tratamiento respetuoso del resto. De esto trata el tratado que Richard Sennet le dedica al respeto como la única posibilidad de ser tratados dignamente en un mundo de desigualdad.

Evidentemente no somos ni podremos ser nunca iguales, a menos que se nos imponga por la fuerza la bota dura y cruel del despotismo. Pero eso no significa que no modelemos el carácter y con ello nos ganemos el respeto de los demás. Hay por lo pronto tres vías que está al alcance de todos, sin importar demasiado los detalles biográficos.

La primera vía es a través del propio desarrollo de capacidades y de habilidades, que es una fuente segura de estima social, que premia el uso eficiente de los recursos personales y objeta el derroche. La segunda opción reside en el cuidado de uno mismo, protegerse lo suficiente para no convertirse en una carga para otros, porque la sociedad denigra del parásito tanto como del que no encuentra límites para la concupiscencia. La tercera es la propensión a retribuir a los otros. Corresponde a la obligación moral de ser agradecido, y el principio social de quien retribuye a la comunidad es el intercambio.

La receta que acabo de proponer es alentadora. Actuar con carácter es entender que el respeto y el reconocimiento de los demás se puede conseguir si se toma el camino correcto. Los demás nunca nos van a regalar un bien tan preciado a menos que nos lo merezcamos. Siempre habrá desigualdad en términos de destrezas y habilidades, pero todos merecerán el respeto que exija un carácter bien fraguado.

Los presos del Comandante

Por: Víctor Maldonado C.

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“Libre es el hombre que no obedece a otros hombres sino a las leyes”. De esta manera exponía Nicolas de Cusa en el ya lejano siglo XV la necesidad de amparo que requieren la dignidad y la libertad humana, siempre amenazadas por la voracidad del poder. Desde los albores del Renacimiento se hizo patente que sólo el imperio de normas abstractas e impersonales podían garantizar un orden digno, cierto y seguro, porque la otra opción, pensar que la benevolencia del soberano era posible, terminó siendo a la luz de la experiencia histórica un fraude monumental. Una y otra vez fue posible constatar que si el poder sometía a la norma el resultado no era otro que la barbarie, por lo que todo el esfuerzo civilizacional se concentró en despojar al poderoso de esa capacidad inmensa para la arbitrariedad, destronarlo de esa posición tan peligrosa para el resto, y colocar en ésa posición a la norma. Esta prevención forma parte de la esencia de cualquier posibilidad de evolución social, y como tal ha sido proclamada desde la antigüedad. El poeta griego  Píndaro, en el siglo V antes de Cristo, pugnaba por imponer el principio del Nomos Basileus, es decir, que las normas fueran el rey que todos debíamos obedecer y que el mandatario solo fuera el custodio y el realizador del Derecho. Y es que cualquier otra cosa provoca el desplome de la convivencia y la insurgencia del terror entre los hombres.

La mayoría siempre es circunstancial, y de ninguna manera justifica ser el dueño de la verdad. Un gobierno por lo tanto es una realización meramente temporal de las propias metas e ideas políticas, siempre y cuando ellas no contravengan los principios, derechos y garantías previstos en el ordenamiento jurídico para favorecer y proteger la integridad del individuo. Por eso mismo no hay nada más antidemocrático y peligroso que la pretensión de perpetuidad del gobernante y la inmutabilidad de un proyecto que tiene que imponerse hasta la última letra antes de conceder al pueblo la oportunidad de un cambio. Cuando eso ocurre la democracia desfallece y surge la dictadura y el despotismo.

Beneficiar al ciudadano no es un problema de confianza sino de balances. Por eso mismo no hay Estado de Derecho que no esté concebido para bloquear el abuso de poder a través de la separación y la plena autonomía de poderes, mecanismos de control y rendición de cuentas, y la más absoluta independencia de la justicia. El Estado de Derecho debe cautelar los derechos humanos, a la vida, a la propiedad, a la presunción de inocencia, el debido proceso y el tener un juicio justo y rápido. Si estas garantías no están presentes, o están aplastadas en la realidad por la fusión monolítica de todos los poderes en la voluntad de una sola persona, entonces nos encontramos con la triste realidad de que cualquier circunstancia, por más atroz que parezca, puede ser posible.

Es el caso de los presos del Comandante. Demolidas las formas y abatida la esencia del derecho por una mayoría que se siente imbatible e irrevocable, comenzamos a ver con cuanta facilidad cualquiera de los ciudadanos, por la mera circunstancia de resultar incómodos al régimen, terminan expoliados, perseguidos, infamados, exiliados y presos. Lo que resulta menos interesante es el por qué. En el camino, esos detalles han pasado al plano de la insignificancia. Empresarios trastocados por la voluntad del tirano en delincuentes, humillados sistemáticamente por un aparato propagandístico que se ceba en la infamia, terminan confinados en un limbo del cual no pueden salir. Políticos inhabilitados, exiliados y presos, denunciados como ladrones, mientras los que roban acumulan puestos, privilegios e inmunidad. Dirigentes sindicales son detenidos y luego sentenciados por no se sabe qué, para aplacar la insaciable sed de venganza del líder del proceso, que está detrás de todo el guión,  pues es él quien manda públicamente al resto de los órganos públicos a hacer esa extraña justicia revolucionaria que se regodea en la abyección también pública, encomendada a otros a quienes al parecer les resulta imprescindible acumular favores e indulgencias en el paraíso que se promete a los que se mantienen fieles al régimen. Cualquier anécdota solo demuestra hasta donde hemos llegado. Cualquier alusión simplemente provoca más asco y más miedo.

Lo cierto es que todos estamos bajo sospecha, y somos víctimas potenciales de un estado de cosas en las que todo vale dentro de esta demolición de la República que tantas veces hemos advertido, porque no hay libertad posible mientras la ley sea constantemente pisoteada y abrumada por esta condición tan brutal que implica el que todo dependa de la voluntad de un hombre.
Víctor Maldonado C

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Los hijos de papá

Por: Víctor Maldonado C.

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“En Venezuela no hay hombres sino hijos”

Alejandro Moreno
En una entrevista apologética concedida recientemente, el presidente se atrevió a reorganizar por enésima vez su constelación familiar. Al entrevistador le correspondió ser “como un papá” y a un trío de ministros les tocó el privilegio de ser “como sus hijos”. Es muy probable que ante la hipotética pregunta formulada a los que recibieron semejante tratamiento la respuesta hubiera sido todavía más patética: “lo  queremos como una madre”.

Alberto Grusón y Verónica Zubillaga escribieron alguna vez un artículo que rápidamente se convirtió en un clásico de la sociología vernácula. Lo llamaron “La Tentación Mafiosa” para hacer referencia a las dificultades que tenemos para construir sociedad democrática, precisamente porque todo el espacio público lo confinamos en una matriz de significados que se afinca en el excesivo protagonismo de la figura materna como un arquetipo omnipresente, del que se derivan necesariamente relaciones sociales deformadas por la alcahuetería, la conchupancia, la exclusión intolerante de los otros, y lo que es peor, la ausencia casi absoluta de límites provistos por el imperio de la autoridad o de algún sentido de realidad. 

Más allá de la zalamería y de la extravagancia, hay que advertir que la referencia familística encierra una forma de ser que exige incondicionalidad y lealtades automáticas. Enmarca un modelo de relación posesivo y altamente demandante, que a cambio permite la exclusión sistemática y depredadora de todos aquellos que no forman parte de la familia, y el saqueo metódico de los espacios públicos bajo la consigna falaz de que todo está permitido excepto la traición.

El líder cumple perfectamente con la responsabilidad de encarnar el arquetipo de la madre posesiva y demantante, pero además es la versión más refinada de la matrisociailidad exacerbada que produce al malandro. Éste se erige como el justiciero comunitario que impone su propia ley, y exige el respeto del resto, en razón de ser el articulador que permite aprovechar las oportunidades que se presentan al poder formar parte del clan de leales que gravitan a su alrededor. En nuestro caso, la madre es también el malandro mayor.

Grusón y Zubillaga iddentificaron una lógica que se trama entre la lealtad incondicional y la necesidad de imponerse por las buenas o por las malas. La tentación mafiosa es el intento de expoliar metódicamente  el mundo de lo ajeno en aras de sustentar espléndidamente un grupo reducido de propios y cercanos. Por eso las diferencias tan notables en el tratamiento de unos y otros, con sus odiosas consecuencias en términos de exclusión y desventajas.

Estos “hijos de mamá” hacen lo suyo a la vista de todos los demás. Abuso de posición, agavillamiento, aprovechamiento fraudulento, enriquecimiento ilícito, malversación, manejos irregulares del patrimonio público, peculado doloso o tráfico de influencias, cualquier cosa puede ocurrir sin que pase nada, a menos que ello ocasiones vergüenza o problemas a “la madre”.

Este contubernio no es ramplón, se disimula con el fin de mantener impoluta la imagen y el prestigio de la familia. Si alguno se excede y provoca más males que bienes, se le saca disimuladamente de la escena. En la lógica malandra, a éstos desadaptados se les llama chigüires. Tal vez el gobernador súbitamente enfermo y por lo tanto incapacitado para el cargo pueda ser un buen ejemplo de cómo la familia se encarga. Para el resto, plan de machete, gas del bueno, inhabilitaciones, cárcel o exilio. Para los propios el contralor administra la cara lavada de la familia con una placidez y sutileza que contrasta con la iracundia con la que emprende la persecución de los enemigos del régimen.

De eso se trata. De una clara demarcación entre los propios y los ajenos. Del uso cotidiano de dos tipos de medidas que se usan para administrar la permisividad que contrasta con todos los obstáculos previstos para el resto. Esa es la esencia de la mafia, la retribución de la lealtad con una incondicionalidad monstruosa, mientras cada cierto tiempo se exhibe la suerte de aquellos que han sido capaces de cometer el error fatal de la traición, porque lo único malo sería dejarlos realengos.

Las mafias están inhabilitadas para pensar en términos de bienestar colectivo. Les va mejor el saqueo, como si el resto del mundo estuviera allí para la expoliación y su beneficio. Por eso no extraña nada que el manejo de las finanzas públicas sea tan primitivo. Y tampoco que cuando los recursos no son suficientes, salgan de cacería para apropiarse del patrimonio privado hasta que todo sea una única ruina.

Víctor Maldonado C

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