Archivo de Noviembre, 2010

$ 31 mil millones es la deuda de Pdvsa

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Sin faltar los respetos

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

El Journal of Business Ethics correspondiente al año 2009 trae una
interesante investigación sobre la importancia y el significado del respeto
interpersonal para la gente que trabaja en organizaciones. El profesor Niels
van Quaquebeke de la Rotterdam School of Management, que opera dentro de la
Erasmus University, y los catedráticos  Sebastian Zenker y Tilman Eckloff,
pertenecientes al Respect Research Group de la University of Hamburg hacen
una revisión exhaustiva del tema en la oportunidad de presentar los
resultados de una encuesta realizada entre empleados de organizaciones
alemanas sobre la importancia que éstos le dan al respeto interpersonal
dentro del marco general de valores que se manejan dentro de las
organizaciones.

El trabajo no tiene desperdicio porque nos coloca en el trance de recordar
todas las dimensiones del problema, y que a veces se olvida por ligereza o
por la excesiva porosidad cultural que nuestras empresas mantienen con un
entorno especialmente rudo. Lo cierto es que los líderes deben tener
presente que una conducta respetuosa hacia los empleados influye
positivamente en la satisfacción y el desempeño de toda la organización. El
excesivo autoritarismo y las medidas insuficientemente explicadas y por lo
tanto asumidas como arbitrarias suelen golpear severamente el ánimo del
equipo de trabajo. Respeto significa esencialmente dos cosas: Valorar a las
personas y reconocerlas en su dignidad, nunca como un medio, siempre como un
fin, lo que probablemente obligue a reconocer y tolerar las contingencias de
la vida. La segunda acepción de la palabra tiene que ver con el
reconocimiento y valoración de la experticia profesional, de la experiencia
y buen juicio acumulados en el desempeño de un cargo, y de la obligación a
confiar una delegación completa de la tarea encomendada.

Además hay una condición adicional para que los trabajadores se sientan
valorados. Tiene que ver con el respeto debido a las expresiones de los
grupos informales que surgen dentro de la organización. Eso gusta menos a
los jefes autoritarios, porque a ellos menos que a nadie les parece cómodo
el compartir su liderazgo y reconocer que no son el centro absoluto de la
atención. Pero es así, y bien temprano, en 1948, otro destacado
investigador, Philip Selznick lo consideró como un imperativo
organizacional. En un artículo que apareció publicado en el N°13 de la
American Sociological Review, el profesor de la Universidad der California
en Berkeley llamó la atención sobre la importancia de garantizar la
estabilidad de estas expresiones informales para que la gente se sienta
bien. No se vaya a creer que estamos hablando de algo diferente a los ritos
como “el amigo secreto”, “el desayuno de navidad” o “la torta de
cumpleaños”. Son esas experiencias las que hay que dejar ser sin caer en la
tentación despótica de la intervención autoritaria. Los grupos son la mejor
expresión de que, nos guste o no, surgen relaciones singulares que no se
pueden comunizar. Dentro de una unidad es posible que surjan varios de
ellos, y toca al gerente reconocerlos, respetarlos y mantenerlos dentro de
la armonía y enfocados en la visión general de la empresa. El que los
prohíbe solo logra que estas expresiones pasen a la clandestinidad, o sea,
que sigan aconteciendo pero lejos de la mirada escrutadora del que asume
para sí un rol tan impertinente.

Víctor Maldonado C
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La gran farsa

Por: Víctor Maldonado C.

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A veces vale la pena volver a los significados básicos. El diccionario, por ejemplo, suele ser repudiado por los intelectuales como incapaz de darnos el sentido profundo de las cosas. Sin embargo, hay realidades tan elementales, tan sustancialmente primitivas, que con el DRAE basta. La palabra farsa puede ser una magnífica demostración. Tiene cinco acepciones pero todas ellas perfeccionan la trama de buena parte de lo que estamos viviendo. Una farsa es una comedia, cómica, breve e insubstancial, que sólo busca hacer reír. También dice que es una compañía de farsantes, dedicados por lo tanto a ejercer la necedad como oficio. El cuarto sentido indica que podría también ser una obra dramática, desarreglada, chabacana y grotesca. Y finalmente propone que se entienda así al enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar. Asumo por lo tanto que, además del mal gusto, una farsa intenta parecer verdadera aun cuando no tenga sustento. Por eso su consistente brevedad.

Un gobierno es un complejo de actividades que buscan afanosamente tener sentido y trascendencia. Tal vez cueste entender que más allá de lo que se considere solemne y ritual, lo verdaderamente importante es aquello que se realiza continua y sistemáticamente. Llevar las estadísticas y desde esa valiosa información  poder enfrentar las dificultades asociadas a la superación de un problema, es parte sustancial de la gestión pública. Hacer un presupuesto realista, e intentar cumplirlo, no es una exquisitez administrativa, sino la única forma de saber si las metas se están cumpliendo, y por lo tanto, llegado el momento, poder entregar resultados. Hacer el mantenimiento de la infraestructura pública y prever el crecimiento de la demanda es otra forma de hacer lo mismo. Todos estos ejemplos indican que llevar las riendas del gobierno son menos propaganda y mucho más trabajo alrededor de decisiones que son menos elocuentes y más refractarias a la supuesta grandeza de un discurso. Y nada de eso se está haciendo en este país porque se ha preferido montar una colosal estafa social antes que hacer lo debido.

En esta farsa llamada socialismo del siglo XXI nada es como se presenta. El país exhibe casi con impudicia centenares de promesas malversadas  apelando a la falta de memoria y al desinterés del colectivo. Sin embargo el incremento consistente de la protesta y las demandas sociales para que el régimen cumpla, por lo menos en parte lo que con tanta frugalidad ha prometido, está prefigurando una gran turbulencia social. Y hay razones concretas en cada uno de los déficits que se han venido acumulando y la casi inexistente capacidad de respuesta que cualquier instancia burocrática tiene para sortear la situación. Ya hemos visto que cualquier amago de protesta pública está siendo reprimido con crueldad. Pero también observamos que a pesar de eso lo que no han logrado es que los servicios funcionen adecuadamente. Pueden acallar la protesta usando una fuerza brutal e ilegítima, pero no logran resolver la esencia del problema cual es que toda esta revolución es una inmensa mentira, una gran farsa.

Pero a falta de pan, buenas son tortas. El gobierno más incapaz se está especializando en la artesanía del terror. La última muestra de lo sofisticada y retorcida que puede llegar a ser el intentar compensar el vacío lo vimos en la cadena nacional convocada como acto solemne desde la Asamblea Nacional. Aquí todas las acepciones de la palabra farsa se concentraron. Se pone en ascuas al país, se deja colar que vienen nuevas medidas expoliatorias, se llena el país de rumores ensombrecedores, y termina en un galimatías incomprensible cuya única finalidad fue demostrar que “el medalagana” está vigente y en plena capacidad para el maltrato y el oprobio. Nadie entendió el por qué de la gala. Nadie supo a quién le estaba hablando, y si el monólogo montado con esa clase de teloneros era o no un grito de auxilio, porque este tipo de tramoyas exige una brevedad que ha sido excedida con tanta largueza que ya no hay nada que decir si no se acompaña de realizaciones. La gran farsa es el último reducto de la escoria que aplaude con facilidad y acata con una docilidad tan indigna que lo que provoca es una inmensa pena. Recorrió el salón un presentimiento espectral, como si Calígula estuviese flotando entre las obras de Tovar y Tovar, a punto de cometer un exceso final, buscando por los rincones al asombrado Incitatus, nombrado cónsul a pesar de ser sólo un caballo. Qué atardecer tan grotesco.
Víctor Maldonado C

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La soga

Por: Víctor Maldonado C.

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“El poder por encima de todo…”
Aún en las peores circunstancias que podamos imaginarnos, la dignidad nos remite a mantener un mínimo sentido de la realidad. El decoro y la forma como quisiéramos que se contara nuestra vida nos obliga a evitar la cobardía y a echar el resto de coraje frente a cualquier situación que consideremos oprobiosa. A nadie le gusta un final ridículo. Pocos se sentirían contentos al ser parte de un cuento en donde lo patético se mezcle con lo grotesco. Si eso en algún momento nos ocurre, preferimos ocultarlo y eliminarlo drásticamente de nuestra biografía. Ningún héroe, real o ficticio, anda por allí lloriqueando quejumbroso su debilidad o sus angustias. Y si alguna vez lo ha hecho de manera impertinente, ya sabemos que los testigos pueden terminar presos bajo la acusación de haber visto lo que nunca ocurrió.

José Antonio Marina suele decir que el coraje no es la ausencia de miedo sino la capacidad que podamos tener para reponernos rápidamente de una circunstancia que de no ser así se iría de nuestras manos. Ser valiente es dominar el miedo para no perder en el transcurso la dignidad. ¿Y qué hay con el sentido de realidad? Que la valentía supone no escamotearla, aunque resulte más fácil negarla que encararla en toda su crudeza. Algunos piensan que por la vía de los intangibles poderes provistos por “la mente positiva” todo lo malo desaparece en un “cancelado y trasmutado” que al parecer funciona como una conjura contra todo lo que pueda afectarnos. Pero la realidad no desaparece porque a nosotros no nos guste. Sigue allí en forma de amenaza y reacia a ajustarse a las benignas interpretaciones que nuestros mejores deseos quieran darle. Sigue allí, y cualquier intento de negación forzada nos coloca en la situación de tener que lidiar con una versión sicótica y disociada de la realidad.

Nos guste o no, tenemos al frente de nosotros a un gobierno peculiar. El grupo de investigación dirigido por el  Dr. Alejandro Moreno (SDB), realizó una monumental obra de investigación llamada por ellos “Y salimos a matar gente”. Allí definen con precisión cuáles son las características que nos permiten equiparar al malandro de barrio  con esta extraña forma de regir al país que se llama socialismo del siglo XXI.  Pues bien, tener al frente a un gobierno así nos expone a una relación “de maneras desviadas, transgresoras, distorsionantes, enfermas, fuera de la norma y extralimitadas, cuya principal ventaja es que a pesar de todo eso, es capaz de insertarse en la forma de vivir los significados populares”. Y no vale la pena negarlo.

En lugar de negar esa infeliz circunstancia, mejor sería abordar el problema con sentido estratégico, por lo menos para resguardar la honrilla. Con un malandro no tiene sentido la negociación porque su estructura emocional y conductual le impiden una transacción honorable. El malandro vive y se comporta como violento. Ese es su signo y no puede desentenderse de esa horrible predisposición. El malandro solo entiende de relaciones de fuerza, desprecia a los débiles y no es capaz de aceptar siquiera la capitulación del adversario. Si estas son sus características, entonces poco sirven los llamados a restablecer el diálogo, invitar a retomar el camino de los acuerdos, o responder mal por bien, como cuando ante un inaceptable acto de expoliación se le ofrece a cambio la construcción o el financiamiento de dos o tres millones de viviendas. Esas conductas, psicóticas y negadoras, demuestran que quienes la exhiben no entienden con quién están hablando ni el daño inmenso que están haciendo al reforzar una conducta perversa que obtiene todo lo que quiere y más cada vez que esgrime la fuerza y el poder como único argumento.

Con los malandros la concesión no funciona. Si algo puede tener sentido no es la cesión graciosa de espacios sino la contención de la amenaza. Por cierto resulta ingratamente deshonroso el que frente a una relación de este tipo el culillo termine por facilitar “el echar por la borda” a los que han sido injuriados como culpables. Me apena que los buenos de ayer terminen siendo hoy, por cuenta de sus pares, unos maleantes que gracias a la preeminencia del malandro, terminarán siendo eliminados del juego. Ahora comprendemos cómo se ensartan aspectos al parecer tan disímiles como la dignidad, el sentido de realidad y el coraje. Cuando las tres no se ensamblan bien en el análisis, terminamos donándole al malandro la soga con la que tarde o temprano seremos ahorcados.
Víctor Maldonado C

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Las tumbas

Por: Víctor Maldonado C.

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“Si sigo aquí, enloqueceré…”

Bobby Capó
No somos nosotros los que estamos presos, aunque la analogía no deje de procurarnos esa dosis de angustia y ansia que a muchos de nosotros nos hace luchar contra esta situación que quiere transformarse en condición permanente, de injusticia y despotismo, en donde la vida no tiene valor alguno. No somos nosotros los que estamos muertos. Nosotros vivimos aun, y si queremos, encaramos al Ávila como un reto seductor de  sudor, aire fresco y belleza. Otros, estando en Caracas o en sus cercanías, no pueden hacer otra cosa que soñarla y extrañarla con la melancolía fatal del que ha sido despojado de su libertad sin poder exhibir cualquiera de los derechos y garantías que tanta sangre le han costado a Occidente, y que con tanto orgullo exhiben como bastión de su progreso civilizacional. No somos nosotros los que estamos extrañados del mundo, tirados al foso, insinuados a la indiferencia, mientras que la maledicencia se encarga de reconstruir nuestras vidas para transformarnos en monstruos y maleantes, dignas víctimas propiciatorias del linchamiento y del odio social. Tampoco somos la pregunta ingenua de un hijo, ni la perplejidad de la esposa sometida al ultraje de la requisa y la extorsión y tentada por un pase de página que le permita respirar de nuevo sin la angustia de compartir el desafío de la muerte lenta que significa pasar a ser una referencia penosa que corroe el buen nombre y la historia personal en un mundo donde la gente se solaza con el pero que pone en entredicho a los demás. No somos nosotros los presos personales de Chávez, aun cuando compartamos esa sensación mínima de acoso y disolución que nos ha confiscado la sonrisa franca y nos tiene en el vilo de una lágrima impertinente que da cuenta de una inmensa tristeza, o peor aún, de la inmensa vergüenza que me provoca el que hombres y mujeres de bien se encuentren sometidos, por cuenta de esta tiranía, a las sombras y al maltrato de una cárcel sucia, cuya comodidad se compra por gotas al precio fatal de treinta o más monedas de plata que hay que ofrecer al verdugo que te abre la puerta para concederte el privilegio de ser humano. No somos nosotros, son ellos.

Me tiene sin cuidado lo que piense la canciller de España. Me da igual su ignorancia y su interés en seguir sacándonos hasta el último centavo a cambio de una adulancia incondicional que la retrata a ella como el envés de la misma moneda. Lo que me parece infamante es que entre nosotros cunda el silencio cómplice, la cómoda indolencia que nos hace pensar que podemos seguir siendo, siempre y cuando no contaminemos nuestro ánimo con la desesperanza que se oye como un grito espectral desde cada una de las cárceles. Ellos y no nosotros sufren la falta de certezas de un proceso que se complica a través de un entramado siniestro cuya lógica es el retardo como parte de la tortura postmoderna que este régimen ha copiado tan notablemente de sus asesores cubanos. Son ellos los que han visto pisoteado su derecho a la presunción de inocencia. Son ellos los que son exhibidos en cadena nacional como unos rufianes sin tener la oportunidad a una réplica. Son ellos los que han visto perder el valor de la verdad y a los que se les aplica una versión oficial que se presenta como inapelable. Son ellos los que se han visto reducidos a un cuento, perdiendo los matices, degradados a ser su propia propaganda adversa. Son ellos los que no tienen claro si se les está garantizando una defensa legítima, los que no pueden acceder a su propio sumario. Son ellos los que no saben de qué se les acusa y por qué se les acusa. Son ellos los que temen morir en una emboscada una noche cualquiera. Los que temen nombrarse, habiendo sido degradada su reputación en estos juicios televisados donde no se ahorra inquina o crueldad. Son ellos los que saben que no hay salida diferente a la muerte, el olvido o peor aún, la trivialización que significa formar parte de un fondo de escenario al que todos le están dando la espalda. Son ellos los que lloran, se deprimen y extrañan a sus mujeres e hijos. Los que buscan en el fondo de los ojos algún atajo de duda, los que van sabiéndose espectros solitarios que solo viven porque alguien todavía los nombra y pide en su nombre el regreso de la justicia y con ella, una posibilidad de recuperar su libertad. Son ellos. Y yo me avergüenzo de lo poco que puedo hacer además de gritar a todo pulmón que me resulta intolerable que ellos estén allá.

Víctor Maldonado C

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Entre la realidad y la apariencia

Por: Víctor Maldonado C.
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No todo lo que brilla es oro dice el viejo adagio, que también puede resultar cierto a la hora de exigir la puntualidad a la hora de llegar, sin atender la misma regla al momento de partir. No sólo porque es una exigencia que luce injusta, ahora que todas las empresas se esfuerzan por construir fuertes “lazos ciudadanos” con sus empleados, sino que además puede resultar fútil al momento de evaluar el desempeño. Podría ocurrir que los más puntuales son también los menos empeñosos. También que la cualidad del trabajo exponga a una relación intensa y no necesariamente contenida dentro del horario convencional. Además, en cualquiera de los casos, los avances en las TIC dan por descontado que nadie está un minuto desconectado de sus obligaciones, y se han visto casos de supervisores demandando respuestas un domingo a las diez de la noche o tan temprano en la mañana que resulta todo un desafío a la impertinencia. Entonces, ¿tiene sentido la exigencia obsesiva y compulsiva de la puntualidad? Depende.

La ética enseña que hay buenos y malos hábitos. La puntualidad es una virtud, nadie lo duda. Pero ella solo es exigible si su ausencia representa una trama de irresponsabilidad y bajo desempeño que llama la atención a la falta de estructura y a la necesidad, por lo tanto, de acompañar al trabajador en el cumplimiento del deber. Nadie duda, por otra parte, que dentro de una línea de montaje, que trabaja por turnos, el estar a tiempo es perfectamente exigible. Lo mismo si la empresa tiene una recepción que atender, o una agencia bancaria un horario que cumplir frente al público.

Pero, ¿tiene sentido la exigencia cuando no están dados esos requisitos? Algunos se refugian en la necesidad de modelaje, y por supuesto mientras más alta sea la posición, más importancia tiene el ejemplo. Pero para los que así piensan, vale la pena recordarles entonces que en la actualidad de lo que se está hablando es de optimización del tiempo, balance de vida y un adecuado equilibrio entre las tareas que se encomiendan y el tiempo del que se dispone para realizarlas. Resulta pueril a estas alturas reducir un espacio tan complejo de problemas a la mera puntualidad. Las investigaciones señalan que hay una brecha que se debe acortar entre las demandas de cumplir metas y la percepción de que ellas son posibles satisfacerlas. O sea, si se cuenta con tiempo suficiente y de calidad para cumplirlas. Mientras más grande sea la distancia, mayor será el estrés. Y a mayor estrés, menos rendimiento. No en balde la primera crítica que se le hizo a la Administración fue precisamente no tomar en cuenta el factor “agotamiento” físico y emocional. Y la decepción, por no entender de qué se está hablando, porque la verdad sea dicha, no hay nada más osado que la ignorancia.

La tiranía de la inseguridad

Por: Víctor Maldonado C.
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Basta con ver el inventario de hechos violentos que lleva la prensa para conectarnos con el drama cotidiano que asola a la familia venezolana. Cada uno de los cientos de miles de casos que se han acumulado en los últimos once años ha contribuido a una sensación de desolación y desasistencia que nos coloca en los confines de un estado fallido en el que la ausencia recalcitrante del Estado da lugar para que se enseñoreen las mafias. Al momento de escribir este artículo se reseña lo que un grupo denominado “Los Tupamaros” están haciéndole a la ciudad de Mérida, sin que ocurra ninguna otra cosa que un silencio temerario de parte de las autoridades públicas, hasta que como siempre, resulta demasiado tarde.

Sin embargo este no es el único indicador. Además del clima exasperante de violencia mafiosa está otro signo que contribuye a darle a este momento del país un significado siniestro, porque la descomposición del orden social que ocurre en los flancos de la sobrevivencia individual también está pasando en los espacios más abstractos del Estado y del sistema de mercado. Ambos ámbitos están sufriendo un “no se sabe que pueda ocurrir” demoledor. Nadie sabe en qué consiste y qué sentido tiene el presupuesto nacional si en un solo viaje de doce días se comprometen petróleo, inversiones, activos y compras por miles de millones de dólares de los que nadie tiene ni la más remota idea de donde van a salir o cómo se van a pagar. Tampoco nadie está al tanto de cómo se elaboran las prioridades del país. Nadie se atreve a mezclar aceite de oliva con tanques y misiles de guerra. Y éstos con barcos de transporte de asfalto y las miles de casas prefabricadas traídas del frío y del calor extremos. Nadie puede dar cuenta de por qué vamos a invertir el gas iraní cuando hasta hace poco nos vendíamos como la potencia más poderosa en ese campo y nos debatíamos en delirios competitivos como el gasoducto del sur y el hacer de Venezuela un  país del gas directo en todas las casas. Nadie sabe qué se hicieron con las urgencias siderúrgicas o hidroeléctricas, o cómo se va a resolver la limpieza y recuperación del Guaire y de los Lagos de Valencia y Maracaibo. Nadie sabe nada, pero tampoco creen que esos problemas puedan ser resueltos con los métodos hasta ahora intentados.

Y si nos referimos al sistema de mercado, allí las cosas resultan todavía más dramáticas. Indicadores como empleo, informalidad, insumos, importaciones y todo lo que tenga que ver con el régimen de propiedad son objeto de la más cruel desinformación e incertidumbre. En todos ellos la Constitución es un compañero indeseable del gobierno que la ha dejado reducida a una referencia inerte. Nada transcurre por los cauces del Estado de Derecho. Todos los indicadores aludidos dependen de una relación vil con el poder y con esa infame forma de tratar los problemas que nos recuerdan las épocas más macabras del absolutismo regio. Todos dependen no sólo de la disposición al sometimiento del súbdito, sino también del momento emocional del soberano, que algunas veces se mostrará “perdonavidas” y otras, implacable en la administración de su despotismo. Nadie se atreve a  predecir qué puede pasar, bien sea porque cualquier asomo al futuro resulta tortuoso por desastroso, o porque parte del proceso ha logrado una desconexión con el inexistente futuro y nos ha embaucado en un frágil presente donde cualquier forma de saqueo está magistralmente organizada desde la lógica del régimen.

Todas esas conductas forman parte de un síndrome que ya en 1932 fue descrito por Ludwig von Misses en una monumental obra dedicada a desentrañar la lógica del Socialismo. El capítulo II de la Quinta Parte de “Socialismo” se refiere a los métodos del destruccionismo, aquellos que tienden a la destrucción de la economía que se funda en la propiedad privada de los medios de producción, a través de la limpieza radical del terreno económico y social –del arrase- para edificar una nueva civilización. En ese proceso estamos. Se necesita el desvalimiento radical del individuo, su postración absoluta para que éste tenga el impacto esperado en el menor tiempo posible. Se necesita demoler al gobierno y toda la lógica del mercado para que no haya ninguna referencia comparable al nuevo status quo donde uno solo concentra en sus manos todo el poder y toda la responsabilidad. Nada es casual, pero tampoco es inédito. Y en esto precisamente está el anticuerpo principal, en que se sabe el indeseable resultado de este viejo experimento. 

Forzados a la política

Por: Víctor Maldonado C.

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A todos…
La política es la convivencia entre los diversos. Este enunciado esconde muchas dificultades. No es fácil lograr acuerdos y mucho menos cumplirlos, porque detrás del hombre se esconden ansias de poder y reconocimiento que son una emboscada a la razón. Por eso mismo el ejercicio de la tolerancia, el apego a la ley y el poder coercitivo del Estado son los corsés a la bestia que todos somos. Preferible el Imperio de la Ley a la violencia recíproca que conduce inexorablemente a una vivencia envilecida, pobre, solitaria, breve y brutal. Hobbes, el filósofo inglés del Siglo XVII era un optimista irredento. Cuando él postuló a Leviatán como la alternativa perfecta nunca se imaginó que podía ser el Estado el que se iba a rebelar contra sus propias reglas para fomentar un período de destrucción y aniquilamiento. Nunca se imaginó que el Imperio de la Ley se pervirtiera hasta el punto de pulverizar las bases esenciales de la convivencia y derrocar a la política. Eso es lo que está ocurriendo en Venezuela. El gobierno violó el pacto constitucional y anda desatado como una bestia supuestamente irreductible, sembrando desolación, ruina y miedo.

Doce años después la sociedad venezolana no tiene alternativas en las dudas, la evasión o el disimulo. Pero tiene miedo. Buena parte de las instituciones juegan a la alternativa psicótica de la negación, renunciando a un derecho natural y concomitante de todos los seres humanos que es la legítima defensa. Y a la posibilidad de exigir la vuelta al orden social perdido que no es otra cosa que la vuelta a la política. Clausewitz  tenía razón cuando postuló que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuesta concederle al militar la razón. Cuesta, pero es inevitable frente a la consigna bolivariana que invierte la oración para privilegiar la guerra y transformar la política en una cruel maquinaria de exterminio. Cuesta, pero es así. Por lo menos en los casos en los que la revolución involucra y compromete a Leviatan, que se vuelve contra los ciudadanos para arrebatarles sus derechos y transformarlos en los siervos de su proceso revolucionario. Por eso, no es suficiente la defensa y resulta una perfecta idiotez el renunciar a la política. Ahora más que nunca se debe hacer política y por ahora prima la clausula del estratega prusiano que obliga al ataque para defender el significado esencial de la vida humana, su libertad.

Pero hay miedo, que es un duende poco ubicuo, de mil caras y configuraciones. Pero sea cual fuera la forma que tome en un momento determinado, cuando significa entreguismo y caer en la trampa de la paz perpetua, entonces se transforma en derrota definitiva de cualquier esperanza. Cuando el miedo es derrota entonces es la antipolítica por excelencia. La antipolítica también tiene mil rostros. Pero el más conspicuo de todos ellos es a la vez el más ramplón y vulgar. Cuando las instituciones niegan la cualidad de la política, cuando se resisten a dar la batalla por las ideas, cuando incurren en el error de no dar la batalla, (que cuando es guerra es guerra, y cuando son palabras son palabras) estas terminan haciéndole un gran favor al Leviatán rebelado, que por esa vía no encuentra resistencia alguna para la opresión. Pero hay miedo. Y falta grandeza.

Hay que hacer política, defender principios, debatir valores y denunciar la trama de infamias que está detrás del escenario gubernamental. Hay que tener gallardía y estar a la altura del reto, sin esconderse en los eufemismos ni demostrar la pequeñez de espíritu, que al fin de cuentas se esconde en un “sálvese quien pueda” que pocas veces es tan indigno. No hay espacio para un idiota más. No debería haber holguras para que prime la antipolítica en un momento en que es tan necesario que haya en todos una urgencia para restablecer el arte de convivir los que somos tan diversos.

Entonces, ¿va a seguirse insistiendo en que no se puede o no se quiere o no se debe hacer política?  Esa es la pregunta clave. Y en ese esfuerzo se afinca nuestro Leviatan, que busca afanosamente la rendición moral de las instituciones clave para que concedan, entre la duda y el titubeo, todo el tiempo que se necesita para que ya no tenga sentido seguir luchando. ¿Te vas a rendir? Ese es el dilema moral que debe estar en cada una de nuestras conciencias. ¿Te vas a plegar? ¿Vas a arrodillarte finalmente? Esa no puede ser la alternativa, porque con ella no se puede elaborar un epitafio decente para cada una de nuestras tumbas.
Víctor Maldonado C

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