El dueño del mundo
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
“De lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”
Napoleón Bonaparte
Entre la tragedia y la farsa la historia suele reaparecer como un espectro imbatible con quien el hombre debate una y otra vez las mismas batallas contra la estupidez y la arrogancia. Más de un poderoso ha recorrido el viejo camino de la debacle como si fuera inédito, sin pensar que allí reposan los restos de miles de sueños y aspiraciones que no llegaron a realizarse. Pero los astutos dioses de la antigüedad nublan la mente una y otra vez para que el laberinto de ambiciones, obstinación y halago no permita nunca una salida fácil.
Allí está la imagen compuesta de silencios e improperios. Un hombre avejentado y derruido por demasiados años de despotismo, se presenta al país envuelto y protegido por una bandera que confunde su forma con el fondo del escenario. Allí está el dueño de todo y de todos tratando de encajar la herejía de una victoria que reclaman sus adversarios y que lo deja simplemente sin argumentos, intentando desgranar minutos interminables porque no puede explicar cómo, habiendo hecho la trampa a su imagen y semejanza, los resultados fueron grotescos e inexplicables.
Ocurrió lo único que no tenía previsto. Perdió el favor del pueblo y sin esa premisa no le queda otra cosa que la trampa y la fuerza como tentaciones en las que tal vez va a caer una y otra vez hasta que resulte del todo inviable. Tampoco podía prever que la fatalidad se le iba a presentar como una alternativa política unida y refractaria a cualquier tentación de división. Nada de eso podía ser imaginado en una corte cuyas jaculatorias constantes hacen loas a la invencibilidad de la revolución y a la grandeza de su máximo dirigente.
Transcurren nueve minutos y no hay respuesta. El dueño del mundo no consigue argumento o tesis que no parezca una inmensa estafa. Intenta un insulto que se le atraganta a mitad de camino pero que al final se desliza fatalmente para demostrar que todo tiene el bastardo origen de un “me dio la gana que me facilitara el trámite”. Así fue. Una inmensa conspiración del Estado, que los comprometió a todos en una trama que les permitía una ventaja inaceptable siempre y cuando el pueblo siguiera tentado por el populismo y la dádiva. No hubo nada que no hicieran. Desenterraron viejos héroes, pasearon una macabra historia de huesos deseosos de reencarnar en su augusto cuerpo devenido en padre tierno que prefigura la imagen de un niño detrás de unos restos vueltos a violar. Forraron el país de una imagen retocada, con unos labios encarnados y una mirada serena que convocaba una vez más a salvar a la revolución y resguardar la suerte de su máximo guía.
Pero olvidaron que la realidad se entreteje de sentido común. Una economía devastada se hizo acompañar de imposibilidades, como si el sino trágico de este gobierno siempre viniera vestido de lluvias y tormentas devastadoras de la confianza del pueblo. Fueron la economía y el desgarre de los derechos la daga escondida que no pudieron advertir, aun habiendo prefabricado una mayoría parlamentaria carente de explicación matemática que los obliga ahora al saqueo y la desbandada institucional.
Por eso el silencio escondido entre los improperios. No hay forma de verbalizar una verdad que se comporta como un mar de fondo. No hay forma de decir que la trampa estaba montada en el diseño de circuitos territoriales hechos a la medida de su despotismo. No podía decir que así lo había decidido una noche cualquiera cuando impartió la orden en un imperativo mayestático que le provoca tanta sensación de poder. Hágase, dijo, y raudos corrieron los aduladores a fabricar el barranco político que lo tiene ahora en ese vértigo que lo asfixia, que lo hace callar mientras profiere un insulto a la periodista que cómodamente espera que termine la tragedia de una respuesta que nunca podía llegar.
El dueño del mundo comienza a ser conjugado en tiempo pasado. En todas las historias del poder se cuela siempre la fábula que demuestra la fatal desnudez del emperador, como evidencia que detrás solo hay vacío. Nada encubre esa condición miserable que se esconde detrás de la bandera que incluso quiere llegar a ser. De allí el descalabro del dueño del mundo que siente la disolución cósmica ante una pregunta que no tiene respuesta apropiada. Nueve largos minutos de desvarío y circunloquio confirmaron que ya todo se había consumado en el torbellino de tragedia, farsa y ridiculez que recordaremos como su legado.
Víctor Maldonado C
victor.maldonadoc@hushmail.com
http://blogs.noticierodigital.com/maldonado
Twitter: @vjmc
0416-4119721
0414-2408648