Archivo de Septiembre, 2010

El dueño del mundo

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

“De lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”

Napoleón Bonaparte
Entre la tragedia y la farsa la historia suele reaparecer como un espectro imbatible con quien el hombre debate una y otra vez las mismas batallas contra la estupidez y la arrogancia. Más de un poderoso ha recorrido el viejo camino de la debacle como si fuera inédito, sin pensar que allí reposan los restos de miles de sueños y aspiraciones que no llegaron a realizarse. Pero los astutos dioses de la antigüedad nublan la mente una y otra vez para que el laberinto de ambiciones, obstinación y halago no permita nunca una salida fácil.

Allí está la imagen compuesta de silencios e improperios. Un hombre avejentado y derruido por demasiados años de despotismo, se presenta al país envuelto y protegido por una bandera que confunde su forma con el fondo del escenario. Allí está el dueño de todo y de todos tratando de encajar la herejía de una victoria que reclaman sus adversarios y que lo deja simplemente sin argumentos, intentando desgranar minutos interminables porque no puede explicar cómo, habiendo hecho la trampa a su imagen y semejanza, los resultados fueron grotescos e inexplicables.

Ocurrió lo único que no tenía previsto. Perdió el favor del pueblo y sin esa premisa no le queda otra cosa que la trampa y la fuerza como tentaciones en las que tal vez va a caer una y otra vez hasta que resulte del todo inviable. Tampoco podía prever que la fatalidad se le iba a presentar como una alternativa política unida y refractaria a cualquier tentación de división. Nada de eso podía ser imaginado en una corte cuyas jaculatorias constantes hacen loas a la invencibilidad de la revolución y a la grandeza de su máximo dirigente.

Transcurren nueve minutos y no hay respuesta. El dueño del mundo no consigue argumento o tesis que no parezca una inmensa estafa. Intenta un insulto que se le atraganta a mitad de camino pero que al final se desliza fatalmente para demostrar que todo tiene el bastardo origen de un “me dio la gana que me facilitara el trámite”. Así fue. Una inmensa conspiración del Estado, que los comprometió a todos en una trama que les permitía una ventaja inaceptable siempre y cuando el pueblo siguiera tentado por el populismo y la dádiva. No hubo nada que no hicieran. Desenterraron viejos héroes, pasearon una macabra historia de huesos deseosos de reencarnar en su augusto cuerpo devenido en padre tierno que prefigura la imagen de un niño detrás de unos restos vueltos a violar. Forraron el país de una imagen retocada, con unos labios encarnados y una mirada serena que convocaba una vez más a salvar a la revolución y resguardar la suerte de su máximo guía.

Pero olvidaron que la realidad se entreteje de sentido común. Una economía devastada se hizo acompañar de imposibilidades, como si el sino trágico de este gobierno siempre viniera vestido de lluvias y tormentas devastadoras de la confianza del pueblo. Fueron la economía y el desgarre de los derechos la daga escondida que no pudieron advertir, aun habiendo prefabricado una mayoría parlamentaria carente de explicación matemática que los obliga ahora al saqueo y la desbandada institucional.

Por eso el silencio escondido entre los improperios. No hay forma de verbalizar una verdad que se comporta como un mar de fondo. No hay forma de decir que la trampa estaba montada en el diseño de circuitos territoriales hechos a la medida de su despotismo. No podía decir que así lo había decidido una noche cualquiera cuando impartió la orden en un imperativo mayestático que le provoca tanta sensación de poder. Hágase, dijo, y raudos corrieron los aduladores a fabricar el barranco político que lo tiene ahora en ese vértigo que lo asfixia, que lo hace callar mientras profiere un insulto a la periodista que cómodamente espera que termine la tragedia de una respuesta que nunca podía llegar.

El dueño del mundo comienza a ser conjugado en tiempo pasado. En todas las historias del poder se cuela siempre la fábula que demuestra la fatal desnudez del emperador, como evidencia que detrás solo hay vacío. Nada encubre esa condición miserable que se esconde detrás de la bandera que incluso quiere llegar a ser. De allí el descalabro  del dueño del mundo que siente la disolución cósmica ante una pregunta que no tiene respuesta apropiada. Nueve largos minutos de desvarío y circunloquio confirmaron que ya todo se había consumado en el torbellino de tragedia, farsa y ridiculez que recordaremos como su legado.
Víctor Maldonado C

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Lidiando con la adversidad

Por: Víctor Maldonado C.

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La resiliencia es la capacidad que pueda demostrar un individuo para mantenerse psicológica y físicamente sano habiendo sido expuesto a una situación de adversidad. Y cada día el tema toma más interés porque las condiciones del entorno no garantizan demasiado sosiego. La gente, y con razón, teme que de un momento a otro pueda quedar sin empleo, cambien las condiciones de la empresa, o incluso deba pensar en irse del país. La adversidad es una situación de cambio no deseado que es impuesta por la fuerza de circunstancias que no se controlan, y  las más recientes investigaciones en el campo de la psicología demuestran que el impacto sobre las personas depende del manejo, adecuado o no, de un conjunto de factores que mantienen entre sí una relación sistémica.

Terte, Becker y Stephens profesores de la Massey University, New Zealand, desarrollaron un modelo que permite comprender e incluso mejorar las condiciones personales de resistencia y superación de situaciones altamente aversivas. Su modelo de cinco partes propone la existencia de una interacción entre el ambiente individual, pensamientos, sentimientos, conductas y reacciones físicas. Supone que un problema se manejará mejor o peor de acuerdo al conocimiento y reflexión que se tenga sobre la situación, y que será este factor el causante de la calidad de las emociones y reacciones físicas integradas en conductas.

¿Se puede aprender a ser más resiliente? ¿Puede pensarse en programas gerenciales para el fortalecimiento de esa competencia? Los autores piensan que si. El punto de partida es mejorar la capacidad analítica de los gerentes e insistir en que las situaciones críticas se aprecian mejor en condiciones que no disparen ni la ansiedad ni la depresión. Tal vez por eso la mejor recomendación que se pueda dar al respecto es mantener a la organización razonablemente informada sobre la situación de la empresa y cuáles son los puntos de vista de la dirección sobre aspectos que acontecen y que por lo general siembran dudas sobre la capacidad o la disposición de la empresa para resolverlos.

Los gerentes deben ser capaces de predecir que un ambiente adverso genera estrés. Por lo tanto cualquier actividad programada para afrontarlo va a permitir una mayor estabilidad, recomendando explícitamente rutinas de ejercicio físico, terapias de relajación, y garantizar las horas de descanso y sueño. Los autores advierten que la adversidad se vence con más facilidad si se cuenta con “factores ambientales” adecuados. Se refieren con razón a que el individuo tiene que “leer” su suerte en contexto. Con más capital social, relaciones y familias la recuperación siempre es más posible que cuando la anomia y la soledad son el signo. Allí hay una cantera no explorada de RSE que puede ser tema de otro artículo.

Víctor Maldonado C

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Pacto de sangre

Por: Víctor Maldonado C.

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A Vicente Sorribes
Transcurría el ahora lejano 1985. El país todavía estaba acalambrado por una nueva realidad en la que por primera vez parecía que había una relación entre las decisiones que tomábamos y los resultados que obteníamos. Ya no lucía demasiado factible pensar en un país inmensamente rico que hiciera lo que hiciera tenía asegurado para cada uno de sus habitantes una porción muy importante de prosperidad. Nada de eso era cierto, pero todavía parecía factible luchar para consolidar un proyecto en el que el emprendimiento personal podría llevarnos a ser una sociedad de clases medias afianzadas en la modernidad, y expresión plena de la inversión social en talento que ya producía sus primeros frutos. Nadie tenía por qué caer en cuenta que los viejos rebullones de la barbarie aleteaban en las alturas y que quince años después iban a posarse en las almas de los venezolanos para inocularlos del odio que todavía hoy nos tiene postrados.

Nuestra lucha era otra. Él, empresario, y yo recién enterándome que la libertad no era ninguna otra cosa que ser dueño fructuoso de nuestras propias capacidades productivas. Ambos compartiendo el mismo sueño en el que un pequeño industrial debía tener el reconocimiento de un país al que le costaba entender que allí estaba el futuro. De él, y de otros como él aprendí ese orgullo vital de estar a cargo de nuestro propio destino, sin que mediara ninguna otra consideración que el logro. Con él aprendí a debatir y a presentar batalla por lo que considerábamos importante. Allá, en San Vicente II, una zona industrial de Maracay, comencé a entender que sólo haciendo empresa podíamos  vencer la recalcitrancia del atraso y la desolación.

Ese fue el pacto que un día sellamos con sangre. Ser amigos dispuestos para la lucha por la libre empresa. La experiencia era suficiente para que las palabras a veces sobraran. El cemento que nos une todavía hoy, un cuarto de siglo después, es que siempre enfrentaremos cualquier intento que pretenda ponerle límites a la libre iniciativa. Por eso exigimos en su momento un gobierno promotor y no obstaculizador. Luego rechazamos con toda la firmeza que nos fue posible esa mezcla tóxica de populismo y demagogia que reclamaba la reivindicación insólita de ese país ficticio en el que un déspota podía fungir de arreglador de entuertos y gran inquisidor. Luchamos para significar y hacer entender que no era posible ningún arreglo social sin empresas libres y que el gobierno no debía ni podía convertirse en esa farsa de demiurgo que devora la iniciativa individual a cambio de una tutela que rápidamente se convierte en ruina y represión.

Ese era un país de debate, pluralismo y conflicto permanente que se decantaba en decisiones democráticas. Nunca aprendimos a bajar la guardia ni a inclinar la cerviz. Nunca nos sentimos pequeños ni incapaces de enfrentarnos al inmenso monstruo que poco a poco iba configurándose en nuestras narices y que luego se ha solazado en dar manotazos a cualquiera que se precie de autónomo y capaz. Vicente es un sobreviviente. Allí está su empresa, abierta y resistiendo los embates de un gobierno feroz que se revuelca de placer cada vez que se engulle una industria. Allí sigue él, al frente, dando las mismas lecciones que yo recibí hace veinticinco años.

Todavía no nos entregamos. No hemos dejado de coincidir y siempre que nos encontramos sabemos -no hay que decirlo- que ese pacto de sangre que un día juramos sigue vigente. Tal vez así sea la vida. Tal vez fue ingenuo pensar en que en algún momento la historia iba a concluir. Lo cierto es que desde hace veinticinco años tenemos el arma desenvainada intentando ganar esa batalla que a veces parece que va a ser eterna.

Vicente me ha enseñado que no tiene sentido desfallecer. Y que cada día puede tener su encanto, a pesar del fragor del contexto. Y que no hay espacios para el engaño. Mejor la claridad más severa que la mejor mentira. Tal vez ese sea el secreto de la esperanza y quién sabe si nosotros en estos momentos deberíamos recordarlo. Nueve mil días o veinticinco años –como quieran-  son muchos como para creer que todo está perdido. Demasiados argumentos como para no seguir insistiendo en esa inversión de coraje y sueños que nosotros entendemos como libertad, sin importar que algunos días sean mejores y otros peores. Lo importante es no rendirse. Bien podría ser esa la consigna universal de nuestros pequeños empresarios, y la que por un tiempo podríamos pedirles prestada para entender por qué vale la pena seguir luchando.

Víctor Maldonado C

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¿Hasta cuándo?

Por: Víctor Maldonado C.

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La noche anterior había sido incluso grotesca. Nadie en la casa se imaginaba que estas conductas iban a ser tan recurrentes como para cortar la semana en tres o cuatro partes. De nuevo la misma borrachera pero más soez, la misma cantaleta de siempre llena de amenazas y cuentos que humillan lo poco que les queda de pudor y dignidad. No hay cómo evitar que en el medio de su éxtasis etílico no la emprenda contra los pocos muebles y al final la violencia se ensañe contra su mujer y las hijas. Como todas las veces que esto ocurre, el acto culmina en un silencio aliñado de miedos, como si haberse salvado de una catástrofe mayor es el único premio que concede este extraño proveedor que cobra con furia lo poco que trae a la casa.

Sin embargo, la mañana siguiente es todavía peor. Un remedo de reconciliación forzada inundado de promesas que todos saben que nadie va a cumplir es la compañía de besos y caricias obligadas que provocan asco. Pero nadie se atreve a llevarle la contraria, tal vez creyendo que alguno de esos días la contrición sea verdadera y que la casa al fin se va a fundar en unas bases más sólidas. Los moretones se esconden y entre el café y los destrozos todos apuran una salida de la casa hasta la tenebrosa noche. ¿Hoy vas a llegar temprano? es la única interrogante cuya respuesta nadie cree pero aun así se convierte en la esperanza que sostiene el fatigoso día.

El hombre, mandón y perdonavidas, se salió de nuevo con la suya. Amaneció su propia borrachera, y allí está, requiriendo afectos y atención que nadie le otorgaría por las buenas. Piensa y se ríe con sorna y doblez, perdiendo su mirada en un infinito que nadie en esa casa tiene como destino. –“Esta revolución” también es armada, porque aquí los reales los pongo yo, que si no fuera por mi todos estarían en la calle muriéndose de hambre y pasando trabajo-. Y una sonrisa se anticipa en sus ojos pensando que nadie le obliga a dejar de hacer esos viajes al mundo del alcohol y del placer. Nadie tiene el poder para dejar de necesitarlo. –Sin mí no serían nadie-, y pidió otro café.

Se olvidaba nuestro hombre que todos piensan. Todos hacen un cálculo constante de costos y beneficios. Se olvidaba del desbalance inmenso que estaba provocando y de la necesidad vital y urgente de liberación que todos sentían en su casa. No llegaba a comprender que “su gobierno” solo estaba basado en tres miedos que anudados podían ser invencibles; incertidumbre, pobreza y violencia podían llegar a ser las ingratas cadenas ceñidas toda una vida. Y él era nada más y nada menos que el gran proveedor. –Sí, pero ¿a qué costo?- rondaba en las mentes de todos los que tenían que soportar el recurrente aquelarre nocturno y la supuesta reivindicación al amanecer. ¿Cuál era el hombre verdadero? ¿Cuál decía la verdad? ¿Cuáles eran las promesas que iba a cumplir?

Mientras tanto la casa y la familia estaban arruinándose. Ya las palabras no tenían la fuerza persuasiva del principio. Doce años eran demasiado tiempo para no conocer de lo que era capaz de hacer, de las mentiras que con facilidad podía proferir, y del tipo de violencia que sería capaz de aplicar. Doce años de convivencia tan intensa no dejaban ningún espacio para las dudas. Él era esa insólita mezcla de alcohol, gritos, insultos, amenazas, violencia e inacción que engalanaban las noches y los días de la casa. Él era ese mercadito condicionado y la luz cortada por falta de pago. Él era los niños sin escuela segura y sin útiles escolares. Él era simplemente un mal hombre, porque malas eran sus obras y peores sus procederes.

-¿Hasta cuándo Dios mío nos vas a hacer sufrir esta desgracia?- pensaban todos en silencio. Pero algo había cambiado en la mirada colectiva. Algo hacía anticipar un cambio imprescindible de actitud que en algún momento se iba a transformar en decisiones. Una mirada les hizo saber que si Dios obraba, lo iba a hacer a través de ellos. Y comenzaron a pedir coraje para enfrentar lo único que los mantenía presos de ese destino tan miserable. Coraje para combatir sus propios miedos y saldar definitivamente una cuenta pendiente con la dignidad. Para pasar de la inacción a la estrategia. Coraje para volver a soñar.

Pasaron otras noches de cruel violencia. Pero las mañanas eran gélidas. No había espacio para el regodeo del que se sentía poderoso. Tampoco para la humillación de los que supuestamente estaban condenados a esa triste vida. Algo había cambiado. Un domingo de septiembre simplemente cambiaron la cerradura de la casa y los dejaron fuera.

Víctor Maldonado C

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El exilio

Por: Víctor Maldonado C.

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El verbo extrañar tiene muchos significados, pero todos son terribles. Tal vez el peor sea el que se impone por castigo o imposibilidad, cuando se trata de salir del país porque no hay Estado de Derecho que garantice justicia alguna, o un espacio político respetable para la disidencia. De eso se trata precisamente la condición totalitaria y despótica del régimen; de su indisposición estructural para el debate y la crítica.

Los viajes ya no son placenteros para los venezolanos. En cualquier parte del mundo nos conseguimos con el dolor del que partió a juro, del que no consiguió otra opción que la distancia. Entre ellos se regodea el silencio y la tristeza. No vuelven porque allá espera la persecución, el hostigamiento y la cárcel. Sin que medie justicia y abunden por el contrario demasiados incentivos para el linchamiento, oleadas de venezolanos se han decidido por el exilio.

El gobierno coloca a muchos venezolanos en ese dilema terminal. De eso se trata la consigna de “patria socialista o muerte”. O te quedas y te alineas, o te toca ruina, cárcel o exilio. A veces cuesta entender esa diáspora, que de buenas a primeras los de adentro suponen llena de comodidades. Casi nunca es así. La soledad y la pobreza hacen estragos. El desconocimiento de las razones de su lucha y la hostilidad manifiesta de las embajadas y consulados venezolanos con sus propios conciudadanos solo enconan la sensación de desvalimiento en la que viven su cotidianidad, mientras intentan descifrar cómo pueden insertarse en otras realidades haciendo valer experiencias, calificaciones profesionales y saberes.

Por eso es que resulta tan insultante el que alguien pueda burlarse de la condición de los exiliados. Hace poco el presidente denigraba de uno de ellos, burlándose de que ahora era chofer cuando aquí intentaba ser dirigente político. Se refería a Oscar Pérez, compañero de luchas de Antonio Ledezma, a quien muchas veces vimos en las calles intentando una protesta solitaria desde lo que ellos llamaban el Comando Nacional de la Resistencia. Chávez se ríe, se burla de haberlo reducido a la condición ultrajante de chofer en país extraño. Ninguna muestra de compasión tuvo el líder del proceso cuando hacía mofa de los que alguna vez fueron sus adversarios. Para el presidente de eso se trata la demolición de la oposición: cárcel sin explicaciones, expropiaciones y saqueo de los bienes, o el exilio.

Pero observemos los contrastes entre lo que son y lo que dicen ser. En la página 51 del Aló Presidente Teórico del 11 de junio del 2009 se expone la primera condición que se necesita para la construcción del socialismo. Nada más y nada menos que la solidaridad suficiente para que todos los venezolanos sean ciudadanos y compatriotas. Una conciencia del deber social que obliga al radical amor cristiano.

El declarante es el mismo. El que se ríe por las desgracias del exilio al que ha obligado a cientos de miles de venezolanos es el mismo que luego dice que hay que trabajar denodadamente para lograr la igualdad, el amor por los demás y el sacrificio altruista. Me temo que las mentiras están del lado de las declaraciones morales y que la verdad se concentren en la crueldad, la sorna y la burla desquiciada por la desgracia ajena. Porque si la condición esencial de toda esta locura es un hombre que se impone sobre sus propias pasiones y rencores, esta revolución no tiene oportunidad alguna. Está llena de los desvaríos del odio y por esa misma razón incapacitada para resolver el desiderátum del hombre nuevo. No hay novedad alguna en el uso del poder para destruir a los demás y ejercer la venganza. Nada nuevo en la imposición del despotismo y el soñar con la sumisión de todo el país. Esa es una tentación milenaria.

Por eso es que vale la pena intentar un parlamento plural que pueda congregar de nuevo al país alrededor de la justicia. Tal vez la primera tarea de la Asamblea Nacional deba ser la promulgación de una ley amplia de amnistía y reconciliación nacional que vacíe las cárceles de presos políticos y que permita la vuelta de los que ahora están en el exilio. El permitir la vuelta segura de los que ahora sufren el extrañamiento  es un deber moral impostergable y un aliciente para el cambio que todos deseamos. Comenzar a salir del chavismo es sobre todo superar el odio y las divisiones para recordar cómo es que siempre conseguimos el espacio para que todos podamos ser y pensar en libertad. Ese es el reto.

Víctor Maldonado C

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¿Tierra de hombres libres?

Por: Víctor Maldonado C.

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A la entereza de Franklin Brito…
Tenía razón Ayn Rand cuando insistía con su tradicional efusividad que era imposible que una sociedad hiciera gala de la libertad si cualquiera de sus ciudadanos sentía que se le negaba la posibilidad de emprender el difícil viaje por los recovecos de su destino con un control absoluto de sus opciones. Pero por algunas razones que no vale la pena enumerar aquí, nosotros por mucho tiempo hemos creído todo lo contrario. Hemos apostado a la preeminencia de un régimen por encima de las personas y hemos gritado patria muchas veces para pisotear cualquier iniciativa de emprendimiento ajeno, tal vez porque en nuestro inconsciente colectivo la palabra éxito es un revulsivo insoportable cuando se trata de los otros,  o porque desde siempre confundimos la gesta libertadora con la posibilidad de sentirnos y hacernos libres los hombres y no los gobiernos.

En el templo que desde siempre hemos dedicado al dios del despotismo llevamos doscientos años sacrificando nuestras propias posibilidades. Siempre creímos que “el hombre fuerte del momento y la revolución que prometía” iba a enmendar y resolver todos los entuertos de los ídolos anteriores. Siempre nos hincamos y besando la tierra por donde pasaba revaluábamos las esperanzas de un nuevo comienzo que por supuesto nunca ha llegado ni llegará nunca.  

En ese altar corre ahora la sangre de Franklin Brito, cuya larga agonía transcurrió a espaldas de nuestros verdaderos intereses y valores. Hay que reconocerlo. Su batalla fue una lucha al margen de nuestras preocupaciones, y demasiado tarde entendimos que él decidió encabezar nuestros afanes y no abandonar la primera línea de esta lucha tan grotesca contra nuestras propias sombras, sometidos a la psicótica situación de sofocarnos con los gritos de libertad proferidos por el mismo tirano que nos la arranca a pedazos.

No es la primera vez que un régimen de fuerza utiliza el recurso de la demencia para deshacerse y desprestigiar a sus adversarios políticos. Todo autócrata llega a pensar que los que no son capaces de entender sus designios tienen que estar necesariamente locos. Alguien que defienda sus propios intereses y la emprenda contra los inmensos molinos de viento de la brutalidad expoliadora no puede estar en sus cabales. Ese argumento fue utilizado, aun cuando se les disolvió en sus propias vergüenzas. Prefirieron aislarlo y dejarlo morir. Prefirieron mantener la mano de hierro asfixiando su garganta hasta que su grito dejó de oírse. Prefirieron el crimen antes que el reconocimiento de que la razón estaba de su parte. Prefirieron su muerte antes que devolverles sus tierras.

Los que tomaron esa decisión son los mismos que se regodean de haber “rescatado” para el pueblo más de seis millones de hectáreas, que ahora no producen absolutamente nada, ni sirvieron para esconder las cientos de miles de toneladas de alimentos descompuestos, y tampoco para salvar una vida sobre la base de la misericordia y la benevolencia que ennoblece a los gobernantes justos y que condena irremisiblemente a los déspotas.

No hay libertad sin hombres libres. Hemos entendido mal. La libertad es una condición moral que nos encarga de nuestra propia vida, nos hace responsables por nuestras acciones y  garantes de nuestro propio legado. No es un privilegio sino una oportunidad para trascender que a veces significa morir por lo que nos resulta valioso, sin dejarnos torcer el alma aunque nos tuerzan el cuello. La libertad no es para gozarla como creímos, ni la posibilidad para el saqueo y la explotación. Tampoco es para ofrendarla al primer tirano que se nos atraviese. Es para defenderla de aquellos tartufos que vienen con la sospechosa oferta de encargarse de nosotros y de nuestra felicidad. En la soledad de su lucha, y hasta la muerte como demostración de integridad, eso fue lo que nos quiso decir Franklin Brito.

Por mera decencia no voy a leer ni una letra del comunicado oficial. Es demasiado tarde para cualquier excusa. Prefiero sentir en el aire el terror que les ha producido la firmeza de un solo hombre, su indoblegable fuerza de voluntad que hasta el último minuto exigió que le restituyeran lo que él sentía que nunca debieron quitarle: su heredad. En su tumba rechina la arrogancia con la que algunos se pasean por el país demoliendo el derecho, asesinando la justicia y secuestrando la libertad, mientras el puño de acero va apretando con todas sus fuerzas el puñal con el que le están atravesando el alma a la república. Descanse en paz Don Franklin Brito y que nunca encuentren sosiego sus verdugos.

Víctor Maldonado C

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