Archivo de Agosto, 2010

Entre perdones y remordimientos

Por: Víctor Maldonado C.

Email: victormaldonadoc@gmail.com

A Federico Vegas
Hay dos frases de Federico Vegas que se cuelan entre los recovecos de su último libro. “Sumario (2010)” es una búsqueda atormentada de verdades y explicaciones sobre una forma de ser del venezolano que lo condena a estar sistemáticamente volcado contra sí mismo. Como si su destino se manejara al alimón de las pasiones que luego quieren explicarse como conductas racionales, dejando por supuesto ese mal sabor a lo defectuoso que se entrompa de manera tan violenta con la imagen heroica que tenemos de nosotros mismos.

La primera frase es una premonición. “Ustedes mismos, sin ayuda de nosotros, se degollarán a dentelladas”. Dicha así, y pronunciada por un espectro paternal que se revela simplemente para ratificar las razones de una amargura existencial, no deja de provocar la misma epifanía. Tan difícil y tan escurridiza esa disposición a estar del mismo lado, luchando contra los mismos males. Tan vigente esa pretensión individual de que se manejan los arcanos de la verdad, que de la misma forma se les niegan a otros. Tan sorprendentemente común esa predisposición para la conjura, perfectamente complementada con esa indisposición para la cooperación, que por lo general mantiene el que se pretende líder desde una inexplicable arrogancia. Los resultados no pueden ser otros que la sensación de haber podido hacerlo mejor, sin haberlo logrado por ese algo inexplicable de no haber hecho lo debido en el momento adecuado.

La segunda frase es una sentencia que nos condena a no contar siquiera con la resignación y el olvido. “Dios nos perdonará, pero nosotros no podemos perdonarnos. Tenemos que seguir viviendo así, entre el perdón celestial y los remordimientos de nuestras conciencias”. La práctica de la degollina social  y la mala conciencia hacen del venezolano un gentilicio apuñalado por la tristeza, la rabia y el desconcierto. Esto vale para los que se van a realizar sus vidas en otros países, y para los que se quedan en el país, ubicándose en las tribunas de la inacción, la falta de compromiso y la crítica fácil. También para los que contribuyen al saqueo de las esperanzas del país y a la negación de su futuro. Es la misma carnicería en cualquiera de las fatales conjugaciones que pueda tener el verbo masacrar. La misma enfermedad social que nos hace presas fáciles del odio convertido en gobierno, que sin encontrar resistencia alguna expolia al país sin que de este lado pueda construirse el bloque compacto que pueda enfrentársele. Y son esos resultados los que ni entendemos, ni nos perdonamos.

Estamos en la etapa final de una campaña electoral crucial. Ganar o perder significa para cualquiera de los bandos un punto de inflexión. Si el gobierno gana va a entender que tiene un mandato reforzado para imponer el comunismo castrista, sin propiedad ni libertades y garantías. Si por el contrario gana la sociedad democrática, deberá intentar una cohabitación inteligente para recuperar progresivamente el control social sobre el gobierno, evitar el despotismo y tratar de recuperar la salud económica del país. En su caso significa transformar la caída brutal de la popularidad y la confianza del gobierno en votos. Pero la transformación de insatisfacción en participación política tiene dos requisitos indispensables: la unidad y la disciplina de la solidaridad, que son dos constructos que debemos volver a entender luego de años de dentelladas y degollinas.

La gente no va a votar solo porque quiere invertir los roles entre los que dan palo y aquellos que los reciben. La venganza como discurso político requiere de la presencia de un tipo de liderazgo que afortunadamente no se encuentra en las filas de la alternativa democrática. Ya es suficiente con los destrozos producidos por el actual presidente bajo el supuesto que lo que aspiraba el pueblo era la rotación circense de sus élites. El odio radical, esa forma abyecta de las dentelladas, tiene que superarse con una revisión del país que nos sustraiga de ese círculo infernal del maltrato y el arrepentimiento que nos ha dejado tan solos y nos hace sentir tan abandonados por la buena fortuna.  Esto no significa abandonar la denuncia social, sino adoptar una posición más pedagógica, buscando responsables y no culpables, intentando explicaciones y no cacerías de brujas. Pero sobre todo exige que nos entendamos como víctimas de un mismo sino. Un viejo albur que nos ha traído hasta aquí a trompicones, pero que entre todos podemos conjurar.

Víctor Maldonado C

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Acuerdos de hecho

Por: Víctor Maldonado C.

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Más allá de la división maniquea que tanto disfrutan los patrocinantes de esta revolución, lo cierto es que entre los venezolanos hay una gran expectativa para transformar sus aspiraciones más sentidas en acuerdos nacionales. Estas expectativas son el espacio más fructuoso para la construcción del país diferente que todos anhelan. En esta afirmación nos topamos con la primera gran coincidencia: todos desean algo sustancialmente diferente. Todos siguen aspirando a un cambio.

El cambio fundamental se centra en la construcción de relaciones decentes y justas entre un gobierno demasiado poderoso y una sociedad que siempre ha sido vista como la débil de la partida. Un vínculo que esté sometido por el imperativo del orden y la cohesión social dentro de parámetros muy precisos de justicia y equidad. Los venezolanos no toleran el despotismo ni la prescripción constante del “me da la gana” como forma cotidiana de sometimiento. Los venezolanos aspiran a la redistribución en forma de oportunidades para ejercer la libertad. Por eso el acendrado propósito de buscar el “echar pa´lante” a través de los estudios y del trabajo. Sin embargo, es mucho lo que hay que hacer para que millón y medio de jóvenes venezolanos no sigan desertando de la escuela y cerca del 45% de los trabajadores tengan un empleo de calidad, garantizados todos sus derechos y seguridad social, cosa que no siempre consiguen en el mundo informal o en el de las pequeñas y microempresas.  

La otra esperanza nacional es que algún día se pueda vivir en paz. Luego de once años de venganza social los venezolanos se están dando cuenta de que lo importante es la vigencia de ciertas garantías y derechos. Y que la vida no es sustituible por cualquier otro bien. Luego de 150 mil muertos por violencia, y sabiendo que buena parte de ellos son aportados por las clases más modestas, no hay nada que pueda superar la aspiración de que acabe de una buena vez esa matanza. En este ámbito la gente quiere un gobierno fuerte y consistente. Nada de hacer concesiones a ese discurso de la justicia directa por cuenta de la revolución, y mucho menos vivir la dictadura local de un grupo armado que dice interpretar el cambio que todos aspiran. Los venezolanos no quieren seguir viviendo esa angustia constante que les impide disfrutar la ciudadanía como una expectativa de mejor calidad de vida, sin que el crimen organizado o una bala fría “les agüe el guarapo”. 

Finalmente, la gente quiere garantías para su dignidad. Bienes públicos de calidad y servicios sin reproches a la humanidad que acompañen al venezolano desde el nacimiento hasta su muerte. Estos son los acuerdos que por la vía de los hechos se han tramado y que exigen inmediata respuesta del gobierno.
Víctor Maldonado C

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Las hipótesis del despotismo

Por: Víctor Maldonado C.
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El rostro moderno de la tiranía es el comunismo…
Seymour Martin Lipset

Los estudios clásicos sobre la democracia dan cuenta de algunas relaciones que son insoslayables. Por ejemplo, no hay democracia que se mantenga en condiciones de depresión económica. Tampoco pueden sobrevivir si la población no tiene un mínimo de instrucción que le permita asimilar los valores democráticos y por lo tanto apoyen prácticas democráticas. En suma, todo parece indicar que modernidad y desarrollo económico, que implican industrialización, urbanización, instrucción elevada y un aumento sostenido de la riqueza general de la sociedad, es una condición básica para el sostenimiento de regímenes pluralistas.

Pero hay más requisitos. Un buen gobierno no solamente debe ser económicamente solvente, sino que además tiene que ser eficaz. No hay excusas que salven a los gobiernos del escrutinio de la opinión pública. No hay más allá. No es aceptable la propuesta de que el futuro lejano será mejor. No sirve eso de que “dentro de veinte años se verán los resultados”. La evaluación es en tiempo presente y se basa en evidencias concretas sobre en qué medida el gobierno cumple con sus funciones básicas, tal y como las definen las expectativas de la mayoría de la sociedad y de los grupos de interés que están organizados dentro de la sociedad. Si sirve o no un gobierno dependerá de cómo la mayoría lee sus realizaciones, y cómo procesa el régimen las demandas de mejora. En cualquier caso no hay gobierno que se salve de una reprobación generalizada si no cuenta con una burocracia eficiente y un sistema de toma de decisiones capaz de resolver problemas políticos. A esto habría que añadirle un factor crucial, que en el transcurso de sus ejecutorias genere y mantenga las convicciones de que las instituciones políticas existentes sean las más convenientes o apropiadas por la sociedad. Si esa condición no se mantiene, ocurre una crisis de legitimidad.

Alexis de Tocqueville atinó al describir una crisis de legitimidad cuando refirió que “a veces en la vida de una nación, surgen períodos en que las viejas costumbres de un pueblo cambian, se destruye la moral pública, se tambalea la fe religiosa y se rompe el hechizo de la tradición… entonces los ciudadanos no tienen ni el patriotismo instintivo de la monarquía, ni el patriotismo reflexivo de una república… se han detenido entre ambos, en medio del desasosiego y de la confusión”.

Causar permanentemente perplejidad, desasosiego y turbación de ánimo es la tarea constante del despotismo. Es por una parte el intento de demoler la legitimidad de la democracia mientras ofrece como única alternativa la protección del déspota. Por la otra, mantenerse al frente a pesar de que nada funcione. En medio de estos malabarismos es que resulta tan importante que se pongan a prueba algunas hipótesis que supuestamente sostienen y vigorizan cualquier posibilidad no democrática. La primera de ellas es el ataque pertinaz contra la modernidad cuyo emblema es la empresa privada, la división del trabajo y el progreso técnico. La segunda es el combate feroz y constante contra la ciudad como régimen complejo de convivencia en el marco de la diversidad. Por eso el abandono, la invasión y el reto a la propiedad privada como argumentos para su descomposición. La tercera es la toma ideológica de la educación para banalizarla a través de la ideología, colocarla en función de la servidumbre y deponer cualquier posibilidad de que sea útil para el desempeño profesional. Y sobre todo, que no sirva para pensar con libertad, que no tenga el sesgo moderno de la duda constante y del reto permanente a la autoridad que no explica y que no justifica sus actos.  La última hipótesis es la censura como el arma más eficiente para esconder la tenebrosa realidad de la ineficacia. Por eso la articulación rápida de mecanismos de cualquier tipo para obstaculizar el conocimiento de la verdad y su sustitución por una propaganda que insistentemente niega todo lo malo, evade cualquier responsabilidad al respecto, refuta todos los errores e intenta mantener impoluta la reputación del líder, cuya palabra e ideas son dogmas que se imponen al precio que sea.

Las hipótesis del despotismo tienen en común la negación constante de la oportunidad a la libertad. Somete al individuo a la pobreza de opciones y oportunidades esperando que sienta que no hay ninguna otra opción que la generosa mano que le extiende el tirano. Pero allí está la realidad como contradicción de la cual nos podemos asir para comenzar la liberación.

Negarlo hasta la muerte

Por: Víctor Maldonado C.

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Hay dos consejas entre los hombres venezolanos que forman parte de cualquier proceso de socialización de los adolescentes. La primera de ellas dice que si por alguna eventualidad la pareja te consigue en flagrante, en el mismo momento de estar cometiendo una infidelidad, no dudes ni por instante en negarlo sistemáticamente, hasta que sea ella – o él – la que comience a dudar.  La segunda es una recomendación en dos actos. Es para los que saben que luego de una noche de juerga, llena de mujeres, azares y champán, el mismo lío te lo van a formar a media noche que cinco horas después. Eso sí, nunca llegar después del amanecer; eso sí, debes llegar formando un escándalo, reclamando comida caliente, cama despejada y orden perfecto en el cosmos familiar. Como si el inmenso esfuerzo para mantenerlos exige de vez en cuando y de cuando en vez, una “canita al aire” que produce más bienes que males y que obliga a toda la casa hacer el mayor esfuerzo posible para que todo vuelva a la normalidad, hasta la próxima vez.

Creo que se le debe al difunto Adriano González León, prominente miembro de la extinta “República del Este” la manida frase que exhalan todos los beodos de Caracas. “La vida del borracho es dura… pero divertida”. Las noches de Caracas y los conciliábulos de hombres o mujeres están llenas de anécdotas que dicen confirmar la efectividad de estas recomendaciones. Al final expresan esa tendencia tan marcada entre los venezolanos que pone como prioridad casi sagrada el esfuerzo para “que la sangre no llegue al río”, mientras que en el fondo de los corazones se acumulan sensaciones telúricas que tarde o temprano salen a la superficie con la fuerza de un volcán en erupción. Es dura la vida del trasgresor doméstico porque él sabe perfectamente que con este tipo de apuestas, lo que tal vez logre por un breve tiempo es salvar el propio pellejo a costa del derrumbe progresivo de su reputación y autoestima, a la par que lanza a los otros más allá de las fronteras de la cordura, dudando siempre de lo visto, lo oído y de lo presentido, intentando siempre reconstruir los hechos para buscarle alguna “salida honorable” a lo que de cualquier manera es una catástrofe. Es dura la vida del borracho porque sabe que al final del cuento está la reciprocidad más abyecta, el contragolpe inesperado y por supuesto, la estocada final. Es dura porque el borracho sabe que con cada noche de juerga se está jugando el futuro.

El guión es psicotizante. Negar persistentemente la realidad, sortear todos los obstáculos que se presentan alrededor de la verdad y hacer escándalos son por lo tanto una vieja receta del macho venezolano. No falta en los aliños el recurso del maltrato. Tal vez llegue golpeando a la mujer, simplemente para que todo el escándalo se reduzca al moretón en la cara y la reconciliación en la cama, flores y mariachis mediante. Tal vez apalee a uno de los hijos o bote a la suegra a la calle. O simplemente saque la billetera y recuerde que para  bien o para mal, el proveedor de la barriga llena es él. Lo cierto es que la realidad y la culpa que allí está contenida se entierra en los lodos del escándalo más reciente. Pero el borracho lo sabe, cada vez que apela a esos recursos extremos está negándose cualquier posibilidad de conmiseración en el futuro. Ya crecerán los chamos, ya encararán el problema de rescatar a la “santa madre” de tantos detalles desagradables.

Si este relato es un infierno familiar, cuando con esas mismas categorías nos referimos a lo que ocurre en el país, la situación descrita se convierte en un averno lleno de inseguridades. Pero eso es lo que tenemos. Y eso explica el montaje tan vulgar de la reconciliación binacional. El que se bajó del avión presidencial, embanderado como un boxeador olímpico, no era ningún otro que el arquetipo del mismo macho que habiendo sido colocado en el trance de dar una explicación definitiva, desarrolla el viejo guión que forma parte del entrenamiento para sobrevivir a pesar de la traición y la mentira. Por eso las rosas y esa forma de protegerse de cualquier consecuencia, escondido bajo las enaguas de la patria, abrazando el retrato de la madre muerta por la que llora histéricamente, como último recurso para sabotear la realidad sin importar que con eso provoque lástima y pena ajena. Cualquier borracho sabe que está montado en una montaña rusa que lo terminará perjudicando. Pero también reconoce que por lo general es demasiado tarde para intentar bajarse.

Víctor Maldonado C

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Los tiempos de Dios

Por: Víctor Maldonado C.

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Ya no era el mismo que arrastraba a las multitudes al paroxismo. Tampoco quedaba mucho del reformador civil que había asombrado al mundo de su tiempo como la alternativa férrea al comunismo que se avizoraba en el horizonte como un espectro terrorífico. Nada de eso había sido suficiente para moderar sus fracasos como conductor de una guerra que casi se había inventado a la medida de sus ambiciones.

Nadie podía menos que suponer que él debía responder por todos y cada uno de los desastres de esa guerra agotadora y costosa. Muchos años de control absoluto le impedían compartir el peso de la culpa. Todas las instituciones habían funcionado de comparsa al culto más obsceno de su propia personalidad. Su mentón era el símbolo de toda la arrogancia de su tiempo. La imagen perfecta del nuevo emperador romano, redivivo luego de veinte siglos de silencio. Todo recaía en él. Cuando la sensación de que la guerra estaba perdida se divulgó por los círculos bien informados de su país, la responsabilidad cayó sobre el único hombre que, de forma tan imperiosa, los había colocado en el bando perdedor. La convicción de que había que acabar con él cuanto antes surgieron y se difundieron ampliamente mientras se sucedía una derrota tras otra. Mientras tanto, el dictador esperaba en la soledad del poder, mientras la derrota militar y la matanza de sus conciudadanos eran el preludio inminente de una invasión directa.

Mussolini ya no tenía el mismo valor. Sólo él se imaginaba que seguía siendo un factor importante en el concierto internacional, mientras que su aliado principal decidía su suerte al otro lado de la frontera. Sus ministros y el Rey lo tenían como el problema que debía resolverse cuanto antes, pero él no se daba cuenta de que las derrotas en el exterior y la desmoralización interna lo habían privado de su condición de líder indiscutible de Italia. Pero nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato. El 19 de julio, mientras se reunía por última vez con Hitler y escuchaba, también por última vez la perorata interminable que se le imponía como una bota en el cuello, entró en la sala de reuniones un oficial italiano, muy agitado, con la noticia de que “en este momento Roma está sufriendo un violento bombardeo por parte del enemigo.

El Rey lo recibió con el ceño fruncido y nervioso. “la situación es tensa, los alemanes nos traicionarán, la disciplina de las tropas se ha desmoronado…”. El 24 de julio se reúne por primera vez en años el Gran Consejo Fascista, el partido del duce, con el fin de destituirlo y devolverle todos los poderes a Vittorio Emanuele. La mañana del domingo 25 de julio el líder caído pidió autorización para ver al Rey, audiencia que le concedieron para las cinco de la tarde del mismo día. El Rey estaba esperándolo en la puerta, vestido con traje de mariscal. Ambos entraron al salón y estas fueron las palabras: “Mi querido duce, ya está bien. Italia está hecha pedazos. La moral del ejército está por los suelos. Los soldados no quieren seguir combatiendo. En este momento usted es el hombre más odiado de Italia. Ya no le queda más que un solo amigo, que soy yo…”

Su reflexión a la salida del despacho regio fue lacónica y justificadora. “No se puede gobernar tanto tiempo ni imponer tantos sacrificios, sin provocar resentimientos”. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un capitán de los carabinieri que le cortó el paso para decirle que estaba bajo la protección de Su Majestad el Rey, mientras le señalaba una ambulancia que estaba cerca. Cuando cerraron la puerta de la ambulancia, ésta se alejó a toda velocidad.

Esa misma tarde el Rey le encargó al mariscal Badoglio la formación de un nuevo gobierno y la comunicación de la noticia al mundo. Dos días después, se llevaron al Duce y lo recluyeron en la isla de Ponza. Así acabaron veintiún años de dictadura.

De su inmenso carisma no quedaba absolutamente nada. Sus últimos días transcurrieron en la vergüenza y el desespero. Hitler lo rescató para que dirigiera por mampuesto una entelequia – la república de Saló- que fue simplemente la antesala de su derrota final. Su pueblo no le perdonó el error fatal de no haberlos protegido de la barbarie y evitarles de esa forma la vergüenza de la invasión por todos sus flancos. Al final, de ese mentón tan arrogante, de esa impostura tan llena de supremacía no quedó sino un cuerpo colgado por los pies, al lado de su amante que corrió la misma suerte.

Víctor Maldonado C

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