Archivo de Julio, 2010

La batalla de las pulgas

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

A mediados del siglo pasado un corresponsal de guerra de la CBS llamado Robert Taber hizo un símil entre las estrategias de la  contrainsurgencia  y el éxito que algunas veces tienen los  sifonápteros en su lucha por vivir y reproducirse. Para él “la guerrilla combate la guerra de la pulga, y su enemigo militar sufre las desventajas que sufre un perro: demasiado que defender; y tener que tratar con un enemigo demasiado pequeño y excepcionalmente ágil,  que está por todas partes. Si la guerra se prolonga demasiado —esta es la teoría— el perro sucumbe al agotamiento y anemia sin nunca haber encontrado algo que morder o rascar con sus garras”.

En este tipo de batallas vitales lo más importante es que ninguno de los bandos esté especialmente confundido. La confusión es una perturbación del sentido de realidad que hace que se tomen unas cosas por otras. Por eso es esencial que ni el perro se sienta pulga, ni la pulga perro. El desconcierto es precisamente el principal problema que se enfrenta en las batallas políticas. El gobierno, por ejemplo, no termina de entender que es el hegemón a quien le corresponde defenderse del reto de la sociedad democrática convertida en alternativa de gobierno. Y a ésta le cuesta entenderse dentro del rol de la insurgencia, para colmo en circunstancias asimétricas de poder. Se le hace difícil aceptar que le ha tocado el decoroso papel de ser la epidemia de pulgas que intenta asolar al perro.  Por eso nuestro mundo es tan bizarro, con un gobierno lleno de imposturas, escurriendo el bulto de las responsabilidades, deseando intensamente que algún imperio los rete, para ellos “demostrar” cuan capaces son de organizar la guerrilla para combatir al enemigo. Y también una oposición a la que le cuesta incluso asumirse como tal, que tampoco nunca ha aceptado su relativa desventaja numérica, propositiva, organizacional y logística, una vez que probó lo confortable que podía ser el gentío marchando por las calles.

Pero volvamos a las posibilidades de éxito de las pulgas. De eso se trata la contrainsurgencia en el plano de la política que no es otro que la realidad y sus resultados. Al gobierno le toca defender sus rendimientos, y a la oposición encontrarle todos los peros posibles, en todos los flancos de debilidad que pueda encontrar. ¿Cuáles pueden ser las lecciones que podemos aprender de esta batalla tan desigual? Ya hablamos de la necesidad de asumirnos tal y como somos. De allí se derivan un conjunto de proposiciones que vamos de inmediato a inventariar. La primera es que las pulgas no dispersan sus acciones. Se concentran en pocos temas, de alto impacto,  para mejorar su desempeño, evitar su vulnerabilidad y no caer en el agotamiento moral. Dos aspectos resultan apreciablemente dolorosos para el perro: el desastre de los alimentos podridos y la inexplicable cifra de muertes violentas que se sufre en Venezuela. Ambos resumen la indolencia, la crueldad, la ineficiencia y la corrupción que arropa todo el régimen y destapa una condición esencial de su cohesión interna, el hambre de riqueza fácil y la voracidad con la que se apropian de los recursos públicos mientras todo el país cruje de necesidades.

La segunda lección es la movilidad constante. El perro no resiste ser todo él una urticaria. La comezón de las denuncias de la iglesia apiladas a las protestas de todo tipo en muchas partes del país lo convierte en un brollo inexplicable de nervios que lo van agotando. El eje central es la misma pregunta que no atina a dar respuestas, mientras intenta por lo menos atenuar el escozor en la punta de la cola. La movilidad enloquece al perro hasta el punto de dar vueltas sobre sí mismo intentando alcanzar partes de su cuerpo torturadas por la acción efectiva de las pequeñas pulgas. Y por último, la sorpresa. Inteligencia de calle, hacerles difícil anticiparse, estimar sus próximos movimientos. Someter al perro a la incertidumbre constante, obligarlo a concentrarse en el dato falso, mientras las pulgas transcurren por otra parte. Reinterpretar  sus acciones y validarlos con la realidad. Confrontarlos permanentemente con sus resultados desastrosos y hacerle ver al perro que hay un millón de kilómetros cuadrados de desolación y abandono. Al gobierno le corresponde velar porque los servicios públicos funcionen. El perro intentará justificarse con frases rimbombantes y anacrónicas como su propia ideología. Pero allí están los resultados esperando por la denuncia política y por el reclamo ciudadano. Allí está la insurgencia de la realidad esperando por que las pulgas hagan su agosto. 

Mentiras comunistas

Por: Víctor Maldonado C.

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Uno de los dilemas políticos cruciales es evitar pasar de las promesas a las mentiras, porque no hay régimen que aguante la presión constante de la disonancia entre lo que se dice y lo que la realidad muestra como resultados. Por eso los gobernantes se ocupan de las obras y saben que las excusas tarde o temprano acaban por imponerles la supuesta necesidad de reprimir cualquier observación disidente. También saben que el uso de la fuerza los coloca en la ingrata situación de ser presa de un destino ingrato, porque tarde o temprano caerán víctimas de los efectos contraintuitivos de su propia represión. Nadie que mata a hierro espera morir a sombrerazos.

A pesar del peso infamante de la mentira en la política, el comunismo es sobre cualquier otra de sus cualidades, una ideología cuyos principales argumentos son falsos, y por lo tanto, cualquier intento de implantarlo en la realidad termina siendo un desastre para las sociedades que tienen que vivirlo. La primera mentira de nuestro comunismo es el eufemismo del “socialismo del siglo XXI”, cuyo contenido conceptual y argumental es equivalente a todas las premisas de los llamados “socialismos reales”, pero que lo encubren como condición previa para poder implantarlo sin encontrar la resistencia de buena parte de la sociedad. Así comienza le serie de engaños y triquiñuelas que buscan atrapar a la sociedad en lo que efectivamente es un sistema que organiza la represión y acaba con cualquier posibilidad de disfrute de la libertad. Nuestro comunismo comienza con la mentira, transcurre en ella y seguramente va a terminar en la denuncia de un descomunal fraude cometido contra todos nosotros.

La segunda mentira es la promoción militante del “hombre nuevo”, una entelequia férreamente involucrada con “el compromiso revolucionario”, que supone al pueblo siempre dispuestos a renunciar a sus derechos de propiedad, libertad y autorrealización para fundirse en el colectivismo tumultuario, río revuelto del que se nutre frugalmente el autoritarismo que cualquiera de las experiencias comunistas que se han sufrido en el mundo. La tercera mentira es la venta tramposa de la superioridad del estatismo sobre el sector privado, un intento siempre fallido de hacer creer al pueblo que todo lo que se le encarga al gobierno se reviste de solidaridad y eficiencia, al desterrar de sus procesos toda la mezquindad, avaricia y egoísmo que supuestamente caracteriza al sector privado. La cuarta mentira es la falacia de la igualdad, que igual sirve para enfilarla contra el sistema de mercado, la división del trabajo, el mérito y la moneda, presentando como alternativa el trueque y otras formas primitivas de intercambio, que imaginariamente resguardan la dignidad del hombre y le evitan la competencia descarnada por la acumulación y el lucro.  Todas estas mentiras funcionan como los “anticonceptos” que propuso Ayn Rand para denunciar la transigencia romántica con la experiencia socialista, “términos artificiales, innecesarios, indefinidos, e inservibles, pensados para reemplazar” los conceptos legítimos. El hombre no es esa creatura forzada hacia la virtud de lo colectivo, ni el gobierno ese dechado de atributos y competencias, ni la igualdad se puede alcanzar sin que una mano férrea aplaste todo lo que tiene el ser humano de atributos morales. Cualquier emplazamiento diferente no es otra cosa que una gran indigestión sentimental que ha conducido al suicidio colectivo de generaciones enteras en la caída Unión Soviética, en la China maoísta o en la cercana Cuba castrista.

Todas estas mentiras se tergiversan en una realidad que se comporta de manera inmisericorde con la esencia del comunismo. Ni siquiera la claqué  que vitorea al régimen se resigna al estatus monacal que predica su máximo líder. Y no hay sino que recordar que se está convirtiendo en una máxima popular la afirmación de que todo lo que toca el gobierno lo daña hasta dejarlo inservible. Pudreval bien podría ser el epitafio. Pero también podrían serlo todos los nombres de los 150 mil muertos por violencia. Cualquier artista podría hacer incluso una composición con todas las propagandas que ha quedado en eso, en mentiras, como la promesa del Guaire saneado, o la infamia oficial del alfabetismo pleno, o cualquiera de esos títulos dados apresuradamente junto a una promesa de trabajo. Todos ellos son pesadillas fantasiosas que cargan las bases del régimen con  un peso que terminará hundiéndolo.

Víctor Maldonado C

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El escándalo de la realidad

Por: Víctor Maldonado C.

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“La revolución no es la barricada…”

Ortega y Gasset
Afirma Ortega y Gasset que el radicalismo político no es una actitud originaria, sino más bien una consecuencia del radicalismo del pensamiento. Y tenía razón. Todo lo demás son solamente excusas que ambientan esa pasión especialmente desordenada y peligrosa. Napoleón Bonaparte todavía fue más crudo cuando con sorna dijo que había sido la vanidad la verdadera partera de la revolución; la libertad fue solo el pretexto. Me atrevo a complementar al genio militar diciendo que la libertad en manos de los radicales es siempre la excusa para arrebatarnos al resto cualquier significado práctico de esa libertad que con tanto apasionamiento dicen defender. Radical es aquel que no duda en usar incluso la violencia para que el cuerpo social se amolde, cueste lo que cueste, a la cuadrícula de conceptos que una razón enfebrecida ha forjado. De esa urdimbre tratan los fundamentalismos de siempre, también el que a nosotros nos ha tocado sufrir en suerte. Para los radicales la realidad es un aspecto que estorba. Estorban los resultados concretos, pesan las ineficiencias, y molestan intensamente la realidad humana. Para el racionalista, una política de realidades es incluso inmoral. 

La moral revolucionaria siempre está pendiente del escándalo que les produce la realidad. Simplemente no la soportan. No soportan por ejemplo que el pueblo no tolere siquiera pensar en despojarse de su espíritu propietario; tampoco que la gente no se convenza que “ser rico es malo” o que importa menos el designio manifiesto de los pueblos irredentos que la prosperidad personal y la calidad de vida de los semejantes. Los radicales simplemente no entienden por qué la vida no se amolda a sus designios, a ese deber ser que según ellos debería ser omnipotente. Los radicales tampoco entienden que su gran limitación, la inmensa ceguera que los torna violentos a los ojos del resto es que transitan los nebulosos espacios de las utopías cuyo único y fatal destino es el fracaso.

El fracaso es un resultado adverso. Es la realidad transformada en situaciones inabordables. Es malogro, esa sensación de ruina en la que todo parece funestamente previsto para que vaya cuesta abajo, y que finalmente lo muestra tal y como es, con todo lo que tiene de pueril y esquemático. Muestra la propuesta lejos de la rimbombancia emocional en toda su pobreza, su sequedad y su rudo formalismo que queda devastada “con el raudal jugoso y espléndido de la vida”. Ortega condena a todas las épocas revolucionarias a una conclusión silenciosa, sin frases, sin gestos, reabsorbida por la sensatez, y nuevamente encausada la gente bajo la más elemental lógica del sentido común que termina por reconocer que no se puede subordinar la vida a la idea, la norma, la institución, al partido o a la despótica voluntad de un radical.

La revolución que se nos quiso imponer como un monumento sublime a la emancipación del venezolano se ha transformado también en esa trama de superficialidades y reglas forzadas que con tanta lucidez describió el filósofo español. Aquí el tiempo de la seducción dio paso a la época de la infamia y de la pavorosa imposición de la realidad. Esta revolución hiede a fracaso rotundo. Pero también apesta a arrebato, a la ruptura inminente con todas las reglas de civilidad para caer en el desbarranco del despotismo. Esta revolución, ya lo sabemos todos, hace un tiempito perdió cualquier pudor o compromiso con la estética política. Ya no le importa ninguno de los enunciados que la podían poner al lado de aquellos procesos románticos que con tanta facilidad obnubilan el alma sentimental de los venezolanos. Ya ni eso, ni la consigna bonita. Es una reducción de insultos, intolerancia, malos resultados y despojo de lo que todavía tenemos que uno bien podría imaginar como la retirada de un ejército que se sabe derrotado pero que no se resigna a dejar posibilidad alguna de reconstrucción. Es la vanidad llevada a la exacerbación del vicio más rotundo que quiere imponer por la fuerza la idea nefasta de que no hay otra alternativa a esta podredumbre que la cárcel, el destierro o la muerte. Que no hay otra opción que la servidumbre al radicalismo que intenta cuadrar la realidad, pero que no puede hacerlo porque no son parte del mundo, sino del hades utópico, del infierno de ideas inconexas en donde nada es lo que aparenta ser porque ninguna promesa puede ser cumplida. La utopía radical es la exhibición de la locura que intenta hacer política.
Víctor Maldonado C

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El escándalo de la realidad

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“La revolución no es la barricada…”

Ortega y Gasset

Afirma Ortega y Gasset que el radicalismo político no es una actitud originaria, sino más bien una consecuencia del radicalismo del pensamiento. Y tenía razón. Todo lo demás son solamente excusas que ambientan esa pasión especialmente desordenada y peligrosa. Napoleón Bonaparte todavía fue más crudo cuando con sorna dijo que había sido la vanidad la verdadera partera de la revolución; la libertad fue solo el pretexto. Me atrevo a complementar al genio militar diciendo que la libertad en manos de los radicales es siempre la excusa para arrebatarnos al resto cualquier significado práctico de esa libertad que con tanto apasionamiento dicen defender. Radical es aquel que no duda en usar incluso la violencia para que el cuerpo social se amolde, cueste lo que cueste, a la cuadrícula de conceptos que una razón enfebrecida ha forjado. De esa urdimbre tratan los fundamentalismos de siempre, también el que a nosotros nos ha tocado sufrir en suerte. Para los radicales la realidad es un aspecto que estorba. Estorban los resultados concretos, pesan las ineficiencias, y molestan intensamente la realidad humana. Para el racionalista, una política de realidades es incluso inmoral. 

La moral revolucionaria siempre está pendiente del escándalo que les produce la realidad. Simplemente no la soportan. No soportan por ejemplo que el pueblo no tolere siquiera pensar en despojarse de su espíritu propietario; tampoco que la gente no se convenza que “ser rico es malo” o que importa menos el designio manifiesto de los pueblos irredentos que la prosperidad personal y la calidad de vida de los semejantes. Los radicales simplemente no entienden por qué la vida no se amolda a sus designios, a ese deber ser que según ellos debería ser omnipotente. Los radicales tampoco entienden que su gran limitación, la inmensa ceguera que los torna violentos a los ojos del resto es que transitan los nebulosos espacios de las utopías cuyo único y fatal destino es el fracaso.

El fracaso es un resultado adverso. Es la realidad transformada en situaciones inabordables. Es malogro, esa sensación de ruina en la que todo parece funestamente previsto para que vaya cuesta abajo, y que finalmente lo muestra tal y como es, con todo lo que tiene de pueril y esquemático. Muestra la propuesta lejos de la rimbombancia emocional en toda su pobreza, su sequedad y su rudo formalismo que queda devastada “con el raudal jugoso y espléndido de la vida”. Ortega condena a todas las épocas revolucionarias a una conclusión silenciosa, sin frases, sin gestos, reabsorbida por la sensatez, y nuevamente encausada la gente bajo la más elemental lógica del sentido común que termina por reconocer que no se puede subordinar la vida a la idea, la norma, la institución, al partido o a la despótica voluntad de un radical.

La revolución que se nos quiso imponer como un monumento sublime a la emancipación del venezolano se ha transformado también en esa trama de superficialidades y reglas forzadas que con tanta lucidez describió el filósofo español. Aquí el tiempo de la seducción dio paso a la época de la infamia y de la pavorosa imposición de la realidad. Esta revolución hiede a fracaso rotundo. Pero también apesta a arrebato, a la ruptura inminente con todas las reglas de civilidad para caer en el desbarranco del despotismo. Esta revolución, ya lo sabemos todos, hace un tiempito perdió cualquier pudor o compromiso con la estética política. Ya no le importa ninguno de los enunciados que la podían poner al lado de aquellos procesos románticos que con tanta facilidad obnubilan el alma sentimental de los venezolanos. Ya ni eso, ni la consigna bonita. Es una reducción de insultos, intolerancia, malos resultados y despojo de lo que todavía tenemos que uno bien podría imaginar como la retirada de un ejército que se sabe derrotado pero que no se resigna a dejar posibilidad alguna de reconstrucción. Es la vanidad llevada a la exacerbación del vicio más rotundo que quiere imponer por la fuerza la idea nefasta de que no hay otra alternativa a esta podredumbre que la cárcel, el destierro o la muerte. Que no hay otra opción que la servidumbre al radicalismo que intenta cuadrar la realidad, pero que no puede hacerlo porque no son parte del mundo, sino del hades utópico, del infierno de ideas inconexas en donde nada es lo que aparenta ser porque ninguna promesa puede ser cumplida. La utopía radical es la exhibición de la locura que intenta hacer política.

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Los admirados héroes vencidos

Por: Víctor Maldonado C.

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“Los dioses romanos son más poderosos…”
Corría el año 61 d.C. Boudicca, reina de los celtas estaba a punto de tomar una decisión final. El veneno era su salvación. Sus hijas habían violadas cuando el cadáver de su marido todavía no se había enfriado. Ella no tenía alternativa alguna luego de haber dirigido la más peligrosa rebelión contra el poder romano. Alta, pelirroja, de complexión fuerte, sabía que sus enemigos no podían encontrarla viva. Ella llegó a creer que podía ganar. No había sido escaso el esfuerzo ni magros los resultados. Unidas las tribus bajo una única conducción, logrado el mínimo de orden indispensable para encarar el reto, e incluso logradas ciertas victorias preliminares, transformaron este preámbulo en una certeza de invencibilidad que a la hora de la batalla final no resultó cierta.

Ese año estuvo lleno de presagios. Poco tiempo antes la isla de Glastonbury, tierra sagrada de los druidas fue brutalmente asolada por las legiones romanas. Suetonio Paulino atacó con tal ferocidad que no quedó uno solo de los líderes religiosos. Sus cabezas fueron arrojadas al mar para evitar nuevas reencarnaciones, y con ellas se hundieron en el olvido toda la memoria histórica y todo el acervo cultural del pueblo. Mientras eso ocurría, en otra parte del país, los soldados romanos veteranos se asentaban en tierras ajenas, y en suelo sagrado erigían templos a Júpiter, un dios extraño, con forma de hombre y confinado a un espacio marmóreo. Y Boudicca, azotada, despojada y humillada, no se resignó a todos estos ultrajes sin intentar el desafío. Encabezó a los suyos subida en un carro de guerra, enarbolando el símbolo sagrado de Andastra, la diosa de la victoria: una liebre con la luna llena. Londres, St. Albans y Colchester cayeron a su paso. No hay piedad ni prisioneros. Su estela fue la muerte, la soledad y la podredumbre.

Suetonio Paulino asume el golpe sin caer en el pánico, y reorganiza su ejército con los que están disponibles. Reúne dos legiones, hilvanando todas las fuerzas disponibles, incluso bretones, galos o celtíberos romanizados. Un valle estrecho y muy pedregoso fue escogido como el campo de batalla. Watling Street, cuya ubicación se perdió con el tiempo, fue el escenario donde cada legionario debía enfrentar hasta veinticinco contendientes. Tácito dijo que fueron cien mil combatientes, y Dión Casio los expandió hasta doscientos treinta mil. En todo caso la desproporción era inmensa entre las huestes de la reina guerrera y las legiones comandadas por el gobernador romano. El saldo fue devastador, pero no como cabía esperar. Las legiones romanas perdieron solamente cuatrocientos de sus hombres, mientras que el bando contrario vio morir a más de ochenta mil de sus militantes. Con esa batalla concluyó cualquier foco de resistencia y el mundo dejó de tener para siempre la oportunidad de ser otra cosa que romano.

¿En qué consistió la solución romana? El viejo Sun Tzu no lo hubiera dicho mejor. Elegido el campo de batalla más conveniente, conocida la esencia del adversario, mantenida la moral de los generales con un liderazgo resuelto, conservada la disciplina, apoyados en un plan y afianzados en una gran determinación, el problema dejó de ser numérico para transformarse en una opción estratégica. Así lo proclamó Suetonio ante sus soldados: “Ignorad los clamores de estos salvajes. Hay más mujeres que hombres en sus filas. No son soldados y no están debidamente equipados. Les hemos vencido antes y cuando vean nuestro hierro y sientan nuestro valor, cederán al momento. Aguantad hombro con hombro. Lanzad los venablos, y luego avanzad: derribadlos con vuestros escudos y acabad con ellos con las espadas. Olvidaos del botín. Tan sólo ganad y lo tendréis todo”.

La moraleja es tajante. Se gana o se pierde más allá del esfuerzo, de las propias justificaciones sobre las razones morales, y del caudal del apoyo. Solamente se puede acceder a la victoria si hay una estrategia superior, si el comando es notablemente mejor, si se escogen con cuidado las batallas que se deben dar y si se hace un inventario de lo que se puede poner en juego. Las victorias políticas no se construyen  desde las masivas  demostraciones de fuerza, cuando ellas están totalmente desarticuladas. Si esa no fuese una ley determinante, la historia no la hubiesen contado los romanos sino los celtas.  La debacle de la bella guerrera fue el hecho cierto más allá de sus razones, totalmente valederas. “Nada está a salvo de la arrogancia y del orgullo romano. Desfigurarán lo sagrado y desflorarán a nuestras vírgenes. Ganar la batalla o perecer, tal es mi decisión de mujer: allá los hombres si quieren vivir y ser esclavos”.
Víctor Maldonado C

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Las leyes de la ruina social

Por: Víctor Maldonado C.

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El parásito saquea…

Ayn Rand

El inventario de agravios es inmenso. La constitución nacional ha pasado a ser “la dejada” del régimen. La que en un principio fue exhibida como “la bicha” que supuestamente iba a dirigir la batalla por la dignidad del venezolano, ahora no es más que un perol viejo y arrumbado, cuya única utilidad es ser la referencia de lo que hay que reformar. Le ganó el despotismo de siempre, aquel que forma parte del ser nacional, y que se le impone como una exigencia irreductible al país a través de un líder siempre autoritario, arrogante y mejor sabido que el inventario de leyes y pactos que supuestamente están allí para hacer más llevadera la vida en sociedad. La otrora “bicha” pasó a ser el adefesio de la desvergüenza, el inventario de derechos y obligaciones que se pueden sortear en aras de imponer rápidamente el proyecto del líder supremo, sentar las bases de una patria socialista, ¡o muerte!

El saldo no luce muy alentador. La tenebrosa cifra de ciento cincuenta mil muertos demuestra el primero y más crónico de los fracasos del comunismo. Como en todas las experiencias comunistas anteriores, el desapego por la dignidad y la falta de sensibilidad por la suerte ajena se traducen en el abandono crucial de la seguridad ciudadana. Los secuestros expresan además que hay convenios siniestros, “un dejar-hacer dejar pasar” que en ninguna sociedad decente es aceptable. Aquí transcurren los secuestros de todo tipo y alcance sin que el gobierno sienta que pueda o deba tener alguna relación con lo que está ocurriendo.

Todo parece indicar que además tenemos un grave problema con el tráfico y el tránsito de drogas. Tampoco en ese caso hay una respuesta centrada en el problema. Conspicuos representantes del gobierno despachan el tema con una comparación evasiva, aludiendo siempre a las condiciones y supuestas conductas de otros países, como si por esa vía nuestras preocupaciones al respecto puedan atenuarse. El caldero de cárteles y mafias está montado en el país,  y se cuece a todo dar lo  que algunos expertos llamado narcoestados. Pero aquí nadie se da por aludido. Pueden eso sí, hacerse los ofendidos e incluso adelantar procesos a los que con toda justeza advierten el inmenso problema que significa conceder espacios a ese tipo de actividades.

¿A qué se ha dedicado el gobierno? No es a la construcción y al mantenimiento de la infraestructura social. Tampoco a la prestación de bienes y servicios públicos. Todas esas actividades lucen indignas a los ojos de los jerarcas del régimen, y por lo tanto se las han encomendado a una clase especial de asesores que todos conocen como “los cubanos”. Se ha dedicado entonces a triangular todo lo que pueda ser objeto de ese tipo de transacciones para disponer de divisas al margen del presupuesto y de las restricciones del BCV, y por otra a financiar una hegemonía subregional que rápidamente se ha trastocado en un chuleo masivo y procaz del que se alimentan cubanos, nicaragüenses, bolivianos, ecuatorianos y argentinos. En ese esfuerzo se enredó la industria petrolera, hasta el punto de que ya todos los expertos la dan por perdida.

Mientras tanto, todos los poderes públicos se han dedicado a la fase destructiva del camino al comunismo pleno. Fincas arrasadas, expoliaciones masivas, amenazas a las instituciones, suplantación de organizaciones democráticas, extorsiones y represión han dado como resultado un inmenso fiasco: Cientos de miles de toneladas de alimentos y medicinas descompuestas aparecen por todo el país como el sello más conspicuo de lo que es este régimen. Hace poco reconoció el ministro Ramírez lo que todo el mundo huele: que PDVSA no sabe manejar alimentos.

¿Y la economía? Encorralada. Un régimen de controles de divisas insuficiente, incomprensible e inviable se está imponiendo con una sola certeza: No puede administrar el abastecimiento del país, va a dejarnos sin empresas y va a demoler el empleo. Pero eso es consistente con la pretensión del comunismo, que saquea y pervierte la voluntad de la gente hasta arrodillarla.

En tanto, en una carrera enloquecida la Asamblea solo discurre cómo pueden seguir apuñaleando “la bicha” a través de las nuevas leyes comunales. Con ellas aprobadas todo lo demás pierde sentido. Con ellas ni la propiedad, ni el depreciado Bolívar fuerte, ni la intimidad de “lo privado” seguirá siendo lo mismo. Todo dependerá del ministerio, todo estará en manos de Chávez, decidiendo a quien le toca la lotería de la expoliación, la cárcel o el destierro. “La preocupación del parásito es la conquista de los hombres”. Tenía razón Ayn Rand

Víctor Maldonado C

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El tiempo tras sí mismo

Por: Víctor Maldonado C.

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Sino el tiempo tras sí mismo dando vueltas…

Eugenio Montejo

Avanza. Un día tras otro va abriéndose paso por entre los resquicios de la indiferencia, o lo que es peor, de la incredibilidad. Como si fuera posible un tiempo extra o ese taima que parecemos merecer entre tanta ofuscación futbolística, exámenes finales, anuncio de la temporada de vacaciones o cualquier otra excusa alienante y evasiva. Entre esas facilidades, como buscando su propio curso, prospera calladamente, para dejar todo absolutamente desprovisto de significado o de contenido. Las leyes comunales son un incentivo para la destrucción. Se usa como artilugio el supuesto empoderamiento del pueblo para seguir desarrollando el plan de destrucción de cualquier principio de orden. El regreso al trueque, la pretensión de inundar al país de cartas comunales para imponer cientos de aproximaciones diferentes al orden social y a la convivencia, el invento de los bancos comunales que condicionarán las obras al ahorro de los vecinos en nuevas monedas, sin valor alguno más allá de la calle del frente, y extravagancias como los prosumidores,  son solo un inventario parcial de las creativas formas que el viejo comunismo fracasado vuelve a exhibir para abatir las esperanzas de construir un país moderno y competitivo.

Si algo hay que lubricar, entonces de decreta un aumento de salarios. De esta forma instituciones claves lucen embaucadas en la adicción de un incentivo por el cual mientras sea peor el panorama, mejores réditos tendrán en el presente. Así, entre el privilegio y las prebendas que significan el gobierno y el acceso descontrolado a los recursos de la renta petrolera, todos asumen el destino de ser los cerditos privilegiados por las mamas de una gran lechona, siempre presta a conceder la dulce leche de los favores inconmensurables de un presupuesto cuyo único sentido es callarles la boca e inmovilizarles la conciencia. Tal vez la peor de las destrucciones tenga que ver con la dignidad derrotada luego de doscientos años de narrar batallas heroicas, supuestamente  protagonizadas por grupos de hombres obcecados por la libertad de la patria.

La patria está entregada en jirones. Las nuevas leyes comunales legalizan el trueque internacional que nos tiene sin luz, sin agua, sin medicinas y sin reputación. Es casi inconcebible que la misma ilegalidad que crea a las comunas y derroca a las alcaldías y gobernaciones de estado, también permita todas las francachelas con Cuba, Bolivia y Nicaragua. Petróleo a cambio de una inmensa capacidad para jalar bolas, mentir y defraudar, mientras el país observa con enorme perplejidad la contracción de todos sus derechos. ¿Y la soberanía que se grita como emblema de desfiles, uniformes, medallas y condecoraciones? Tal vez disuelta en esa nada que obsesionaba al poeta Montejo hasta volverla un laberinto donde hasta las palabras están condenadas a desaparecer en un silencio impuesto por insignificancias y trasmutaciones.  La patria está herida en su dignidad.

Al final de todo -dice el poeta- no quedarán palabras, son inventos del hombre iluso que inventó la tierra. ¿Se acaban acaso las palabras? Simplemente claudican en las contradicciones con la realidad tangible. El régimen inventa mil y un argumentos para violar sistemáticamente la verdad. Ellos han llevado al cadalso de la injuria reputaciones y conceptos, intentando abatir de esta forma la esperanza. Se han resistido empresarios, empresas, iglesias, escuelas, universidades y propiedades. No se dejan asolar millones de hombres y mujeres, en prácticas más o menos solitarias de arrojo. Se resisten aun cuando parezca que todo está consumado. Se resisten mientras otros bromean jugando al milenarismo inminente que los va a obligar a patrocinar una comuna en un cayo de morrocoy. Se resisten a pesar de la invariable circunstancia que provoca el asalto de nuestros propios flancos, buscando, por qué no, que el Bolívar mil veces invocado, tan perfecto y divino como falso, sea el que encabece nuestras luchas. Todos jugamos a la misma trampa del líder y el carisma, despreciando a los nuestros, o peor aún, tratando de protagonizar un mesías solitario que no tiene  otro destino que la muerte, la cárcel o el destierro.  Pero no cabe duda, resistimos, aun cuando el adversario quiera arrancarnos del futuro para encerrarnos en las mazmorras laberínticas del pasado, del tiempo que se persigue con ansiedad, buscando enmendar los supuestos errores que no pudimos resolver en su momento. Resistimos a pesar de que el monstruo que nos amenaza es el resentimiento.

Víctor Maldonado C

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