Archivo de Abril, 2010

La marca

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Tengo entre mis deberes terminar algún día la lectura de un libro que a propósito he dejado inconcluso. La Trilogía de Auschwitz de Primo Levi me confronta de tal manera con mis presentimientos que no puedo pensar en ella sin llenarme el alma de pavor y los ojos de lágrimas. En todo caso, allí sigue, demandándome desde la biblioteca un arrojo de valentía que no logro acopiar. Porque yo sé qué cuál es la realidad que allí está escrita, y también los costos que hombres, mujeres y niños tuvieron que pagar sin que mediara ninguna otra razón que el sinsentido del odio.

Una escena me perturba. Están todos ellos esperando en el andén por un tren que los va a llevar hacia un terror todavía desconocido e inimaginable. Allí las despedidas no están permitidas. Hombres ven alejarse a sus familias, mujeres ven ir a sus maridos y a sus hijos, sin pensar que esa imagen vuelta oscuridad y negritud será la última versión de una humanidad de la que pronto van a ser despojados. El proceso que saquea la dignidad de todos ellos comienza allí mismo, cuando las armas de las Waffen-SS se estrellaban en las caras sorprendidas por el mal azar. Primo Levi comprendió en ese momento que la fuerza no necesitaba explicación ni sentido. Y ese fue solo el principio. “Quince días después del ingreso tengo ya el hambre reglamentaria, un hambre crónica desconocida por los hombres libres, que por la noche nos hace soñar y se instala en todos los miembros de nuestro cuerpo; he aprendido ya a no dejarme robar, y si encuentro una cuchara, una cuerda, un botón del que puedo apropiarme sin peligro de ser castigado me lo meto en el bolsillo y lo considero mío de pleno derecho. Ya me han salido, en el dorso de los pies, las llagas que no se curan. Empujo carretillas, trabajo con la pala, me fatigo con la lluvia, tiemblo ante el viento; ya mi propio cuerpo no es mío: tengo el vientre hinchado y las extremidades rígidas, la cara hinchada por la mañana y hundida por la noche; algunos de nosotros tienen la piel amarilla, otros gris: cuando no nos vemos durante tres o cuatro días nos reconocemos con dificultad”. Nunca he podido leer más allá. El asco y el terror me provocan arqueos. ¿Cómo pudo ocurrir tanta crueldad?

Esta semana que concluye nos hemos visto obligados a ser testigos de la detención arbitraria de dos grupos de pequeños comerciantes. El gobierno la emprendió contra los carniceros, que fueron detenidos ilegalmente por la policía militar y la guardia nacional, en una demostración desproporcionada de fuerza que hacen de las garantías constitucionales una mala caricatura de la realidad que estamos viviendo. Conductas similares se encuentran en los orígenes del nazismo, y porque la sociedad de ese momento no tuvo interés alguno en responder con firmeza, cuando se dio cuenta de todo el horror que se practicó en esos doce años, ya era demasiado tarde.

El gobierno la emprende con los carniceros de Caracas por las mismas razones. Alguien tiene que ser culpable de una economía que se desmorona entre la irresponsabilidad y la torpeza. La inflación o la escasez solo pueden ser el resultado de una política insensata que se aplica con la terquedad que proporciona la ceguera ideológica, sin que el gobierno se dé por aludido. El sistema de controles no funciona ni para la carne ni para las arepas socialistas. El precio va a fluctuar sobre los costos y éstos están asociados a la inmensa desconfianza que provoca un régimen cuyas principales ocupaciones son la guerra, el odio y la destrucción.

La foto muestra al carnicero esposado, sentado en la calle, recibiendo el sol como una afrenta, y cabizbajo. Apenado buscando una razón por la que vender carne lo convierte en un delincuente. Exhausto intentando comprender por qué él sí y el Inca Valero no. Por qué él es expuesto y vejado, irrespetado y anulado, mientras la calle sigue siendo ajena a la justicia y al sosiego. La respuesta es la misma que dio Hitler a partir de 1933. Es una exigencia inaceptable que ofrece inmunidad dentro de la revolución y persecución para todos aquellos que frente a ella permanezcan escépticos. La carne es una excusa. El objetivo es el amedrentamiento hasta que nos hagamos las mismas preguntas de Primo Levi, hasta que dudemos de nuestra condición humana y perdamos ganas de ver hacia lo alto, dudando que el futuro tenga algún sentido. La esencia de esta represión es obligar a la renuncia a ser algo diferente a la masa que aclama y acepta. Mientras tanto, el carnicero se aleja, esposado, hacia un vació que provoca terror y arqueos. 

Víctor Maldonado C

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La gran confabulación

Por: Víctor Maldonado C.

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A Oswaldo Álvarez Paz

Se debe a Thomas Hobbes (1681) la afirmación de que “no es la sabiduría sino la autoridad la que hace la ley”. Él mismo completaba la máxima comentando que las leyes eran vivas y armadas, expresión del poder de quien tiene la fuerza de una nación. Planteada así, la vigencia de un orden jurídico depende de un poder que sea capaz de imponerlo, incluso recurriendo a la fuerza física para reducir a todos los adversarios y aplacar la disidencia. La ley es entonces la justificación para el uso de la violencia de unos que ejercen el poder, contra cualquiera de los asociados, invocando para ello el interés general.

Pero planteada de esta forma la relación entre  la política y el derecho surge desde las entrañas de la civilización Occidental una pregunta que carcome la filosofía y pone contra la pared aquellos que defienden con firmeza el positivismo jurídico. Norberto Bobbio recoge esa inquietud esencial de la teoría general de la política y la plantea de la siguiente forma: ¿cómo se distingue una comunidad jurídica, como debería ser el Estado, de una banda de ladrones? ¿Cómo se puede deslindar la norma del Derecho del mando de un truhan? ¿Cómo determinar si es la disposición del legislador de la intimidación del bandido que, apuntando con su arma al sujeto indefenso, lo pone a escoger entre la bolsa o la vida? En suma, cómo no pasearse por la posibilidad de que todo un orden formalmente jurídico no termine siendo el ejercicio del poder del más fuerte?

Este peligro originario, previsto y conjurado por Hobbes mediante el repudio inalienable a su descripción del estado de naturaleza, precisamente por la imposición de los privilegios de los más fuertes sobre el resto, se ha intentado conjurar mediante la invocación de dos conceptos concomitantes. La legitimidad es el primero de ellos. Se supone que el poder es ejercido con justo título, porque quien lo ejerce está autorizado por un conjunto de normas generales que establecen para una determinada comunidad política quién tiene el derecho a mandar, y quienes tienen y en qué circunstancias la obligación de la obediencia. El segundo concepto es el de la legalidad, que exige un ejercicio del poder sin los avatares del capricho y las veleidades personales, sino en conformidad con las reglas establecidas, y dentro de los límites de éstas.

Sin embargo, los poderosos de ayer, hoy y siempre, exhiben la fuerza como primera y única justificación, y les cuesta confinarse dentro de las fronteras simbólicas que la legitimidad, la legalidad y la justicia les exigen. Sigue por lo tanto vigente la vieja pregunta formulada por San Agustín, exigiendo claridad para diferenciar entre un príncipe cristiano y el jefe de una banda de ladrones.

El ideal de justicia

Un gobernante siempre se debate entre la justicia y el crimen. Y no siempre sale con las manos limpias de la sangre de los justos. Como lo hemos podido experimentar hasta la nausea en los últimos años, las leyes pueden ser la contradicción palmaria con la justicia, y la administración de justicia estar perfectamente escindida de los ideales de ecuanimidad, imparcialidad, equidad, igualdad, rectitud y probidad que en su conjunto hilan un Estado de derecho y logran la aspiración formulada por Rousseau de transformar la fuerza en derecho y la obediencia en deber. Germán Carrrera Damas describe una situación pavorosa que lamentablemente ratifican la treintena de presos políticos que pueblan las cárceles venezolanas. En su tristeza se lamenta porque “ahora estamos en presencia de una confabulación cuyas características son la arrogancia y la prepotencia, capaces de matar no al hombre, pero sí la personalidad, en lo que tiene de más importante y significativo como condición humana, su autonomía de pensamiento, su capacidad de reflexión y, sobre todo, su actitud para determinar el curso de su vida”.  Termina diciendo con la sabiduría que solamente es posible en un historiador octogenario que esto es lo más grave de todo lo que ha sufrido Venezuela en toda su historia. Y tiene razón.

La diferencia entre villanía y virtud reside en el talante ético del gobernante. Moderación, prudencia y apego al derecho y a los derechos y garantías ciudadanas son las únicas herramientas para la construcción de la soberanía, la libertad y la prosperidad de los pueblos. Cualquier conducta que se aleje de este ideal es más propia de un tirano que de un demócrata. El que los venezolanos debamos sentir el dolor de muertes inexplicables, el abandono de nuestros espacios públicos a la violencia y la ilegalidad, y que los poderosos no se inmuten ante el cierre de un medio de comunicación social o la cárcel para los que ejercen la libertad de expresión, son solamente el indicativo de una independencia secuestrada que no pudo llegar a celebrarse doscientos años después de proclamada.

Vivimos el espectáculo de una tiranía indolente que no se amilana ante los pobres recursos de la civilidad venezolana. Oswaldo Alvarez Paz y el resto de los presos de conciencia son los hitos humanos de la indefensión que la sociedad sufre por la indiferencia de unas instituciones que no se sienten en el compromiso de hacer respetar los derechos ciudadanos ni de hacer valer nuestra Constitución. La misma indolencia que borró el respeto por el paracaidista que cayó mal y murió, o la que culminó en la desgracia de un crimen pasional que acabó en la locura del suicidio. La misma que mantiene recluidos a nuestros presos por hablar, y silenciada a RCTV por demostrar que aunque la libertad tiene sus riesgos, vale la pena correrlos, por lo menos para renovar esa épica libertaria que en 1810 hizo la primera apuesta contra la opresión de entonces.

Sabía Usted qué:

·       Me hago solidario y me declaro en comunión intelectual con Oswaldo Álvarez Paz. Su prisión es un crimen contra la libertad, el derecho a opinar y a escrutar las políticas públicas y la gestión de gobernantes y gobiernos.

·       Un compromiso firme de luchar contra una anti-cultura de explotación, dominación y arbitrariedad; de división, violencia y exclusión; y, positivamente, de crear, de verdad, un “espacio común”, espiritual y social, donde la dignidad de cada uno sea reconocida… (Carta Pastoral de la CEV (http://www.cev.org.ve/noticias_det.php?id=3686)

Tips:

·       Recomiendo leer Antígona de Sófocles, un mito universal que plantea la batalla eterna entre la justicia y la ley. Se encuentra en http://www.pehuen.cl/archivo/biblioteca/antigona.PDF

·       En el portal prodavinci están recogidos un conjunto muy valioso de reflexiones sobre el bicentenario, que lamentablemente no forman parte del acervo oficial. Su dirección es http://prodavinci.com/

·       Capitalismo. El ideal desconocido. Ayn Rand. Una mirada provocativa hacia la sociedad moderna. Vende CEDICE LIBERTAD. http://www.cedice.org.ve/

Víctor Maldonado C

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100 Propuestas de la Mesa Democrática

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A lo lejos alguien canta

Por: Víctor Maldonado C.

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“En todo, amar y servir”

Ignacio de Loyola
No resulta fácil confinar al espacio de un pequeño artículo una personalidad tan rica en matices y en esfuerzos. Mujer, madre, esposa, empresaria, estudiosa, y por la fuerza de las circunstancias que ella misma se buscó, dirigente empresarial y pieza indispensable de proyectos educativos y sociales, nadie se imagina cómo y por qué su vida transcurre en un esfuerzo tan apoteósico para entregar cada minuto con una exigencia tal que a propios y extraños no dejan de sorprender.

Hace dos años Diana Mayoral alcanzó el mérito de ser la primera presidenta de la cámara de comercio más antigua del país. La sala de sesiones de la Junta Directiva de la ahora llamada Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas muestra el monopolio que entre 1894 y el año 2008 ejercieron hombres llenos de prestigio y capacidad emprendedora. Tocó a Roberto Ball Zuloaga, el más conspicuo de todos ellos, entregar la conducción de toda esa tradición a una mujer, lo que fue para ese momento una especie de frescor y regocijo que se extendió por toda la comunidad empresarial, como una caricia que se debían desde hace mucho tiempo, una brisa fresca que venía a apaciguar las altas temperaturas de la enconada lucha por la preeminencia de la justicia y los derechos en los que los hombres de bien están empeñados desde hace algún tiempo.

Tal vez por su fuerte raigambre ursulino, su primer discurso fue enunciado en un plural que convocaba a la fuerza peculiar que se construye precisamente por el compromiso de todos, sin importar cuanta debilidad exhiba cada uno. Ese es precisamente el carisma de Ángela de Mérici, una santa medieval, que fraguó su misticismo y su heroicidad en la forma como asumió el sufrimiento sin que por ello se amilanara en la consecución de su proyecto de vida. Ese “nosotros” nunca dejó de ser, y por dos años me tocó formar parte de un equipo cuyo carisma fue la dulzura trastocada en firmeza, la benevolencia convertida en afán, y la ética empuñada como una lanza indestructible, dispuesta a blandirse contra todo aquello que pusiera en peligro los principios y valores que frente a todos sus pares juró defender.

Ursulina de origen, no deja de ser una gran contradicción que también sea de muchas maneras posibles una jesuita confesa. No porque merodee por los predios de la escuela de su hijo sino porque no puede ocultar que comulga a pesar de las dificultades, con ese imperativo que le exige estar al servicio de la caridad, sin renunciar a la modernidad que supone el reto de un hoy tan difícil y a veces tan promiscuo. Uno de sus hábitos transformado en parte de su carácter es la profunda empatía en el trato y la predisposición a la acogida maternal de los problemas de los otros. Esa es precisamente su fortuna principal, la capacidad voraz para transmitir que con ella, a pesar de todo, las cosas pueden terminar funcionando. No en balde es ingeniero con afanes pedagógicos y curiosidad teológica. Tampoco en balde es la esposa de su amado Carlos, con quien hace una yunta intelectual y vital estimable e inexpugnable.

En estos dos años la he visto correr peligros y asumirlos en silencio y con mucha humildad. También he compartido con ella sus momentos de angustia y sus exquisitos asomos literarios,  pero allí vuelve a ser todo lo ursulina que una mujer moderna y comprometida puede llegar a ser, llena de una humildad tan genuina que ni estorba ni ofende. Lamentablemente el imperativo democrático de nuestras instituciones empresariales ahora impone una despedida que nadie quiere ni desea. Pero así deben ser las cosas. Así deben seguir siendo, porque el derrumbe institucional de nuestro país entre otras cosas ha sido el resultado de poner por encima de la ley, el atractivo por las personas, que en el lamentable caso de Venezuela, ha devenido en tiranía. Diana se despide de la Cámara haciendo como acostumbra un contraste tajante entre su decencia y el aplomo de su condición de mujer, y la conducta de muchas otras que con su sola presencia nos humillan y nos hacen dudar sistemáticamente. Precisamente porque Diana es la mejor expresión de la mujer venezolana, algunos pensamos que no lo hemos perdido todo. Allí está su ejemplo y sus obras para señalar cuál es el norte de lo que debemos ser algún dia.  Termino con Neruda en tono de homenaje, dedicándole en nombre de todos sus amigos el último párrafo del poema 20. “Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido”.
Víctor Maldonado C

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Confianza e integridad

Por: Víctor Maldonado C.

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“While the stars danced above,

We would walk by the shore”

Rick French
Nos es fácil escribir un artículo de gerencia que sea creíble y útil cuando todo el país se derrumba en medio de una indiferencia que al final puede resultar fatal para todos. La dificultad estriba precisamente en apreciar cómo poco a poco el venenoso puñal de la fatalidad va entrando en el cuerpo social para aniquilar toda su vitalidad y conseguir que éste se postre esperando el acontecimiento final. Decenas de veces hemos escrito contra la depresión en cualquiera de sus manifestaciones. En cada una de esas oportunidades hemos exigido evitar la postración y seguir insistiendo en encontrarle alternativas a una situación que muchos califican de cerco y acoso. Sin embargo, el tránsito diario por una circunstancia incomprensible, tumultuosa y turbulenta, está haciendo estragos en la masa crítica de gerentes y directores de empresas, cansados de once años de acertijos y de tener que lidiar con la preeminencia de la arbitrariedad que juega con los contrarios y cuyas reglas, si las hubieren, nunca favorecen al emprendimiento ni al trabajo productivo.

No es fácil para ningún gerente. Pero como lo advertía Viktor Frankl, siempre son peor llevados los sacrificios, los tormentos y la muerte de la incontable legión de víctimas anónimas y olvidadas, todas ellas parte integrantes de quinientos mil comercios y cerca de diecinueve mil establecimientos manufactureros de pequeño calado que supuestamente compone nuestro parque industrial. Para todos ellos, esta situación tan poco propicia es cuestión de vida o muerte, y por lo tanto no corresponde a la dimensión estética de la existencia, sino a la poca valía que en un socialismo marxista tiene la propiedad privada de los medios de producción y el intento de su explotación competitiva. Hecha esta diferencia, frente a la misma amenaza, todos intentan sobrevivir de la mejor manera posible, esto es, con los menores inconvenientes y las máximas ganancias, como si fuera posible una retirada ordenada del escenario de una catástrofe. Sin embargo, eso es muy poco factible, habida cuenta de que todos tienen el mismo interés, aun a sabiendas de que no todos van a tener la misma probabilidad.

Esta “salida ordenada” del área de calamidad se está convirtiendo en un acelerador de la crisis. Por no dejarse ver algunas empresas han dejado de mercadearse. Por falta de publicidad, algunos medios están quebrando, con la secuela de desempleo y de desánimo. Por “pasar agachados” algunas empresas dejan de participar en gremios y asociaciones, y por eso, los gremios debilitados se ven imposibilitados de defender los principios y valores asociados a la libertad de empresa y los derechos de propiedad. Otros simplemente se pliegan, aparecen en las conmemoraciones pseudo-empresariales del régimen, aplauden e incluso se benefician. Muchos de ellos lo hacen con convicción. Otros, los menos, asumen los costos de la disonancia, y se aferran a ese clavo ardiendo pensando en la posibilidad de ser ellos los sobrevivientes de la ruina colectiva de la que son espectadores. Otros, no cabe duda, hacen buenos negocios, que son asumidos con la lógica del minero, en un tiempo presente definido como de inminente agotamiento. Así es muy difícil construir un país moderno.

Viktor Frankl, quien tuvo la experiencia terrible de estar internado en Auschwitz, equiparaba conductas similares a las anteriormente descritas con un estado de ánimo registrado en los anales de la psiquiatría como “la ilusión del indulto”, mecanismo de amortiguación interna percibido por los condenados a muerte justo antes de su ejecución; en ese momento conciben la infundada esperanza de ser absueltos en el último minuto. Del mismo modo, empresarios, directivos y gerentes pueden sentir que mediante “rituales de evitación” tal y como los referidos, pueden retardar e incluso salvarse de medidas que por apoyarse en leyes, reglamentos y burocracias, son incapaces de discriminar entre quienes son aliados o adversarios del proceso. Las experiencias recientes indican que por allí no hay salida que no lleve al cierre, al exilio o al Helicoide.

No pocos problemas producen estas circunstancias en la vida cotidiana de las empresas. La visión trasnacional tiene algunas veces la posibilidad de definir con mayor asertividad una relación, pero también puede entrar en contradicciones con sus gerentes locales. Recientemente tuve la oportunidad de oír una calificación atroz. Se refería a las diferencias de puntos de vista entre lo que pensaba el Presidente de la Junta Directiva de una empresa trasnacional de energía, y cómo lo percibían aquí. El ejecutivo local despachaba el desencuentro afirmando soezmente que “ninguna otra cosa se podía esperar de una empresa dirigida por borrachos ingleses y drogadictos holandeses”. La frase me pareció revulsiva, pero en contexto, todavía mucho más repugnante. Desde afuera calificaban las dificultades que para la inversión tenían el abatimiento del Estado de Derecho, la ausencia de reglas, el irrespeto a los derechos de propiedad y la construcción de una normativa para la persecución de la empresa privada. “Así no hay quien invierta”. La respuesta, penosa por cierto, de los representantes locales fue patética. Ratificaron su compromiso con el país, su confianza en el gobierno, y su esperanza en seguir buscando áreas de complementación, aunque en la realidad, ningún nuevo negocio les ha sido ofrecido, y me temo que en el futuro cercano, esa conducta no va a cambiar. En eso consiste la ilusión del indulto, aplicada a algunas empresas venezolanas.

Los teóricos de la ética empresarial coinciden en que los principios y valores sirven sobre todo para controlar y disminuir la incertidumbre. Son como los raticidas, impiden que las empresas se pierdan en apuestas vulgares y hagan una mala traducción de la importancia de sobrevivir,  o de aquella conocida frase de que el fin justifica los medios. Mantienen el rumbo firme y reconcilian a la gente que trabaja en ellas con la trascendencia del propósito. Hace viable la expectativa de que es fácil luchar por un mundo mejor y organiza a todos, sin importar el rango, para la lucha constante contra la entropía. La Organización de las Naciones Unidas ha organizado algunos de estos principios en “El Pacto Mundial”, iniciativa voluntaria que busca un mayor compromiso empresarial con los derechos humanos, los estándares laborales, el medio ambiente, y los esfuerzos anti-corrupción. (http://www.unglobalcompact.org/languages/spanish/index.html). Ochenta y un instituciones venezolanas has suscrito dicho compromiso, entre ellas Fedecámaras, Conindustria, y la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas. Son diez los principios, pero todos ellos confluyen en el respeto incondicional y sin interpretaciones acomodaticias de cuatro acuerdos: La Declaración Universal de Derechos Humanos, La Declaración de Principios de la Organización Internacional del Trabajo relativa a los derechos fundamentales en el trabajo,  La Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y La Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción.

John Fleming y Jim Asplund (2007) definen la confianza como el enganche emocional que provoca el cumplimiento consistente de las promesas asumidas. Para ellos, “las compañías más notables son aquellas que siempre mantienen sus promesas, y por eso todos sus stakeholders siempre saben a qué atenerse, siempre se sienten seguros  en relación con ellas, y no tienen ninguna expectativa de recibir sorpresas desagradables. Las compañías que mantienen sus promesas, crean confianza (trust), una sensación de que las promesas que ellas hacen hoy, se mantendrán en el futuro”. Por lo visto, la virtud de la confianza empresarial requiere que se asuman con claridad un conjunto de imperativos que van a normar la relación hacia el interior del sistema social, y con el entorno. No hay duda que una empresa confiable es a la vez creíble y legítima, y todos estos atributos le confieren una fortaleza que en épocas de crisis podrían hacer la diferencia. 

Pero la confianza se basa en la integridad. Fleming y Asplund relacionan esta virtud con los estándares de la compañía y la ética por la que se rigen. Significa un tratamiento honesto de los clientes y relacionados, y la asunción de los problemas con rectitud, respetando las propias reglas, cumpliendo con lo prometido, y tratando de resolver las diferencias aplicando reglas de justicia y de equidad.

La confianza y la integridad son asumidas por los autores citados como poderosos enganches emocionales. Para ellos, al igual que lo pensaba Samuel Adams, “la humanidad se gobierna mejor desde los sentimientos que desde la razón”. Si ellas son las plataformas de la empresa, el orgullo y la pasión serán los resultados. Quién sabe si lo que ocurre en Venezuela tiene una relación intensa con una crisis en los enunciados de los principios empresariales, y por eso la desbandada. Axel Capriles advierte contra “el arquetipo del tío conejo”, ese animal completamente adaptable a cualquier situación que confronte, y que se ríe de todos los intentos fracasados del tío tigre.  Pero la celebración del pícaro nos deja en una desnudez valorativa por la que todo es válido, con las consecuencias devastadoras que estamos viendo.

Sobrevivir a las situaciones extremas no es fácil. Es precisamente en la crisis que los liderazgos se ponen a prueba. Mi recomendación es que en el transcurso se haga todo lo posible para que no se dejen a un lado los valores, se mantenga el sentido de la vida y no se pierda de vista la esencia de la existencia. Viktor Frankl, habiendo sobrevivido a la experiencia terrible de un campo de exterminio, ponía el énfasis en la fuerza de la responsabilidad humana. “Obra así, como si vivieras por segunda vez y la primera lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora”. Con ello invitaba a imaginar que el presente ya es pasado, y en segundo lugar, que ese pasado es factible de modificarse y enmendarse. La vida es finita, pero no deja de tener finalidades. Tampoco la dejan de tener las empresas, y aquellos a los que se les encomienda conducirlas.

Víctor Maldonado C

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El triunfo de la voluntad

Por: Víctor Maldonado C.
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La trama comienza con un avión surcando los cielos de Alemania, como si el periplo hubiese comenzado en el Olimpo y el principal pasajero del aparato fuera un enviado privilegiado de los dioses, o incluso uno de ellos. Abajo en la tierra, estaban alineados sus seguidores dispuestos para la aclamación, organizados como la cuadratura del círculo, un renacer inusitado de la verdad a la que estaban predestinados desde el principio de la historia. El sitio de concentración también lucía perfectamente dispuesto. Filas completas de militantes del partido ovacionaban al líder, mientras escuchaban el torneo de discursos, concentrados todos ellos en enaltecer el momento del país, arrebatado a la miseria y a la derrota para colocarlo de nuevo en el concierto de las grandes naciones del mundo. La cámara se concentra en la impúber cara del muchacho que arrebatado por la emoción jura lealtad eterna al Führer mientras el vasto auditorio responde con la mano derecha levantada mientras al unísono gritan heil Hitler. Finalmente hace su aparición el líder y ante su palabra todo el público guarda un pavoroso silencio. Corría el año 1935 y Leni Riefenstahl registró el momento en una famosa película. Se estaba construyendo el mito del dominio absoluto de los mil años y fue la primera vez que un medio moderno de comunicación contribuyó a presentar la apoteosis de un dirigente político.

Setenta y cinco años después se intentó reproducir el mismo guión, pero esta vez desde la avenida Bolívar de Caracas. El 13 de abril, ya desde muy temprano los caraqueños más madrugadores fueron sorprendidos por el despliegue de autobuses que por lo general anuncian una concentración oficial, pero esta vez bajaban de ellos milicianos debidamente uniformados, que calmadamente se dirigían al puesto que les tenían reservados. A diferencia de la versión original, la indiferencia ciudadana se podía palpar en las colas que se provocaron al cerrar una avenida principal y en la cotidianidad en la que el resto se sumergió el resto del día. Cuatro millones de personas pagaron con indiferencia las molestias ocasionadas por la efeméride de la pascua presidencial, mientras los neomilicianos resistían con estoicismo y mucho cálculo las horas que debían descontar de la parada paramilitar a la que habían sido obligados. Horas después, llegó el caudillo para recibir los honores previamente acordados, y escuchar la primera de las intervenciones, que estuvo a cargo de una bella combatiente. Mientras esto ocurría, comenzaba a diluirse poco a poco la concentración, quedando en pie solo la porción verdaderamente comprometida, que no era precisamente mayoritaria. Debía hablar el líder, y así lo hizo, pero el verdadero momento sacro ocurrió cuando hizo su aparición la espada libertadora, manipulada como una reliquia sagrada por unas manos debidamente enguantadas de negro. Los que allí quedaban, estaban dispuestos a jurar cualquier cosa. Y así lo hicieron.

Hitler estaba en el segundo año de un gobierno que hasta el invierno de 1937-1938 podía ser juzgado como de los más exitosos. Así lo propone John Lukacs, profesor emérito de Historia en el Chsestnut Hill College de Filadelfia. El triunfo de la voluntad es entonces un resultado que tenía raíces muy profundas en la realidad que estaba viviendo el pueblo alemán.  Esa es la diferencia más sustancial entre aquel montaje y el que se intentó aquí. En el caso venezolano, la reverencia exigida al líder no se deriva del éxito sino del ocaso de un experimento fallido en sus bases. El espectáculo del 13 de abril, monocolor, monótono, sectario, y sin poder transmitir el brillo de los encuentros anteriores entrampó al líder entre la evidencia de que su tiempo político está menguando y de que sus manos continúan vacías de resultados como la primera vez que salió en televisión.
El “por ahora” que tantos  dividendos políticos le rindió en la primera etapa de su carrera ahora resulta una excusa inaceptable porque once años son demasiado tiempo para ocultar  cientos de miles de millones de dólares que se han esfumado sin que haya un solo monumento constructivo que algún venezolano pueda decir con propiedad que pertenece a esta gestión. Por eso treinta y cinco mil venezolanos en armas son un pobre argumento frente a la decepción de veintiocho millones de venezolanos que no quieren ni excusas, ni discursos ni promesas. Llegó el tiempo de los resultados o de las cuentas por la ausencia de logros.

El chantaje inaceptable de la realidad

Por: Víctor Maldonado C.
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Cincuenta y dos años después, el lema del IX Congreso de la Unión de los Jóvenes Comunistas sigue siendo “todo por la revolución”. En ocasión de su clausura el presidente Castro tuvo que pararse frente a un auditorio de dirigentes cuyo promedio de edad era veintiocho años para proponerles cuatro ideas. La primera de ellas es que las deficiencias denunciadas y analizadas son de viejo cuño, que varias veces se han paseado por diagnósticos y posibles soluciones, pero que todas esas ideas terminan siendo letra muerta. La segunda, que la economía está devastada por una burocracia ineficiente e improductiva, que no permite pensar que se pueda elevar el nivel de vida de la población y que amenaza con desolar cualquier logro que hayan alcanzado en educación y salud. La tercera, que uno de los pecados originales de la revolución fue abandonar cualquier incentivo que permitiera entender que el trabajo productivo debe convertirse en una dedicación fundamental de la sociedad, y finalmente que no piensan someterse al chantaje inaceptable de los disidentes y sus aliados. Cincuenta y dos años después la revolución cubana es un estruendoso fracaso cuyos dirigentes amenazan con mantener caiga quien caiga y muera quien muera en el intento.

El lema “todo por la revolución” es un eufemismo de la exigencia castrista que impone a todos el deber patrio de defender el socialismo o morir. No importa si la experiencia revolucionaria es estéril en resultados. Tampoco importa que sea inviable, o que sus promesas solo puedan disfrutarse en la otra vida. Mucho menos que su sostenimiento se apoye fundamentalmente en la represión y en la constitución de un aparato militar, policial y propagandístico que reprime a cualquiera que se permita una sola idea diferente, porque la disidencia es, a los ojos de la nomenklatura del  partido comunista cubano, la peor forma de ser delincuente. Pero de nuevo la realidad los coloca en un aprieto, porque allá en la isla, esos delincuentes ahora prefieren morir antes que seguir viviendo una realidad tan psicótica y disonante como la que ellos experimentan.

Esa decisión tan incómoda de chantajear al poder con la decisión extrema de dejarse morir de hambre y de sed hasta que cambien las condiciones de los presos políticos, ratifica que la libertad se desborda por las grietas que va dejando el derrumbe del régimen. Le guste o no a Raúl Castro, cualquier evaluación de la realidad de su país y del desempeño de su gobierno provoca el deseo inminente de un cambio. Le parezca adecuado o no, el pueblo cubano está cansado de tantas promesas irredentas que solo se acompañan de las mismas excusas de siempre, cuyo único denominador común es que nunca los dirigentes han sido los responsables de sus propios desastres. Una sola cosa les pareció imposible de concebir, y ella es que algunos prefirieran dejar de vivir como una forma extrema de denunciar tanta locura institucionalizada. No es casual que haya sido Ayn Rand la que haya exclamado con toda pasión que la esencia de la libertad sea precisamente el poder tomar la decisión más elemental y personal posible, porque si de lo que se trata es  de vivir, tiene que haber alguna razón para ello. Y esa razón no es otra que experimentar la libertad, y poder compartirla con el resto de la sociedad. Eso es lo único que la revolución cubana no puede dispensar.

En 1965 Ain Rand escribió un artículo cuyo objetivo fue dirimir qué era el capitalismo. Allí está la respuesta que el marxismo niega enfáticamente. Todo el fracaso del modelo castrista tiene una sola y única explicación en la ausencia deliberada de libertad, que es el requisito fundamental para que el hombre piense y produzca, sea capaz de crear prosperidad y pueda contribuir al desarrollo del país. Rand tuvo razón cuando anticipándose al fracaso comunista, tuvo el tino de explicar también la causa de tanta desdicha. El dilema no resuelto por el socialismo es su incapacidad para encontrar un sustituto eficiente a la fuerza motivadora de la libertad. No hay emprendedor que trabaje bajo coerción. No hay mente racional que subordine dócilmente su comprensión de la realidad a las órdenes de nadie. Muy pocos están dispuestos a sacrificar sus conocimientos y su visión de la verdad a las opiniones o las amenazas de nadie. Ellos podrán ser silenciados, proscritos, encarcelados o destruidos, pero no pueden ser forzados, porque un arma no es un argumento. Y por lo visto, al castrismo solo le quedan las armas.

Cadenas y Pan

Por: Víctor Maldonado C.
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“La verdad os hará libres”
Mt. 8,12

Esa parece ser la condición, pero apostillada a un futuro que no parece nunca demasiado cercano. En tanto, las cadenas y los argumentos presentan a la libertad como un atributo demasiado peligroso para colocarlo en las manos de hombres y mujeres de a pie. Ese es el drama central de los cubanos frente a un régimen que no les concede ni un milímetro de autonomía bajo la excusa de que se pone en peligro todo lo alcanzado por la revolución cubana. Para Raúl y para Fidel, la vacilación es sinónimo de derrota. Pero cuando ellos hablan, su discurso asume ese falaz plural mayestático que los coloca como interpretes fieles de la voluntad de su pueblo. Sin embargo, el pueblo sabe y siente desde el hambre, las penurias, el atraso y la represión cuanta falsedad hay en esa impostura. La derrota está a la vista. La debacle está en la mirada siempre puesta en ese horizonte lejano y cercano del que median solo noventa millas. La hecatombe tiene el agraz sabor de la muerte de un balsero que vuelve o que parte.

Las revoluciones son tramposos eufemismos para confiscar la libertad del pueblo. Son simple desprecio por la condición y la capacidad humana de la gente. El comunismo es una trampa por la que algunos pocos que se sienten poseedores de la fuerza y de la capacidad, tratan de imponerse al resto, siempre a través del falso argumento de la violencia. Los revolucionarios abjuran de la libertad porque se sienten inquisidores del mundo. Fiodor Dostoievski lo puso en la boca del ser más monstruoso que pudo perfilar a través de la fuerza infinita de su literatura. El Cardenal Inquisidor de Sevilla, enfrentado a un Cristo humilde y amoroso que volvió al mundo a limar sus asperezas de maldad y desesperanza. “El más vivo afán del hombre es encontrar un ser ante quien inclinarse…” escupe en la cara del manso Jesús quien le escucha atentamente. Esa tentación estará siempre presente. Es mejor que otro se encargue mientras cada uno se ocupa de las pequeñas circunstancias de la vida cotidiana, donde el amor, las pasiones y el egoísmo encuentran espacios entre las rendijas de una opresión del tamaño del mundo. En cada biografía cada uno encuentra breves espacios para sentir el placer y la concupiscencia, donde ni el pecado ni el crimen ocurren porque no tienen sentido alguno frente al imperativo del hambre.

Cuba es un destino triste. Casi un naufragio de la esperanza. La mentira es la otra arma que se usa al lado de la bayoneta. En Cuba no hay certezas sino sospechas y presentimientos. Pero basta ver las calles para observar que se mantiene un abismo tenebroso entre lo que dicen sus dirigentes y lo que pasa en la realidad. El abismo tiene la forma de un interrogante persistente. Tiene el formato de una jaculatoria o de una maldición, da lo mismo. ¿Para qué? es la pregunta a flor de labios. ¿Para qué haber renunciado al destino? ¿Para qué haber renunciado a la vida? ¿Para qué, si ellos también dijeron que solo había ésta, que no había ni Dios ni cielo? ¿Para qué el hambre y la renuncia? ¿Para qué la guerra, el enfrentamiento y la distancia? ¿Para qué, si todas esas ideas nos han conducido a un inmenso fracaso?

Aquí también suenan muy cerca los hierros con los que con demasiada rapidez se están fabricando nuestras cadenas. Aquí también están creyendo que necesitamos un ser ante quien ofrendar nuestra vida y nuestra libertad. Aquí también estamos desvariando y perdiendo la razón. Aquí el tiempo transcurre entre conspiraciones, conjuras y oscuras culpabilidades. Nos estamos convirtiendo en un país de cuentos extraños y sinsentidos. Aquí los productos desaparecen como el producto de una conjura mundial y la electricidad no llega porque los espías pululan con extrañas cámaras que son capaces de provocar una catástrofe. Aquí también hay un Fidel, porque se suscribió el mismo pacto con la inquietud, la duda y la desgracia. Aquí las cadenas sustituyen el pan de hoy por una promesa que cuando llega viene ajustada por la merma del crimen y de la corrupción. Aquí también hay vacío y nostalgia.

Estamos perdiendo el país en las fauces de una tiranía de la cual todos somos sus aliados. Tejemos la represión con los hilos de la indiferencia, el egoísmo y la falta de pudor y de grandeza. Los cubanos saben que no hay milagros, pero que los tiempos de Dios son perfectos. Aquí todavía estamos esperando que sea Cristo el que se enfrente con la bestia que nosotros mismos hemos creado. Pero si Cristo viene, como lo imaginó Dostoievski, solo sentiremos una leve brisa de frescor y esperanza.