Archivo de Enero, 2010

El ponche presidencial

Por: Víctor Maldonado C.

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El gobierno del presidente Chávez parece una copia al calco del que fue presidido por Salvador Allende, aunque el primero haya terminado en tragedia y el nuestro lo tengamos que sufrir todavía como una gran farsa. Lo cierto es que ambos se propusieron superar al capitalismo y avanzar hacia la construcción de una sociedad socialista, para lo cual identificaron un obstáculo principal que debían rápidamente resolver en la disolución radical de la institucionalidad burguesa.  Ambos decidieron construir la experiencia socialista sobre las ruinas provocadas en el Estado burgués, su legalidad y sus principales instituciones, eso sí, aspirando a no desorganizar la producción, peligro que por lo menos el primero, más inteligente y mejor formado que el nuestro, sabía que podía resultar inminentemente fatal. La historia registra que aun habiendo intentado tomar todas las previsiones, al final esa crisis total acabó con cualquier posibilidad de éxito.

Si algo demostró el fallido gobierno de Allende fue que ningún gobierno o partido puede conferirse el derecho de pensar por el resto de la sociedad. Que es absolutamente falaz la interpretación del pueblo que dice encarnar el presidente porque lo que realmente ocurre es la apropiación indebida del poder por parte de un grupo muy pequeño que se paga y se da el vuelto, impidiendo la necesaria cooperación social que exige un país complejo y con ansias de modernidad como el nuestro. La obsesión ideológica del presidente, ese tono fundamentalista de su discurso y de todas las decisiones que toma lo han reducido a una mala caricatura cubana. Ni en las comiquitas resulta verosímil que frente al colapso eléctrico se haya colocado a una persona sin experiencia alguna en el tema, y que luego de los primeros desastres, haya decidido sustituirla por otra que tampoco tiene la experticia que se necesita. Esa especial recalcitrancia para insistir en los errores, esperando que alguna divinidad compasiva resuelva los entuertos que provoca representa la incapacidad adquirida por el gobierno para cooperar en la solución de los problemas nacionales. Ellos que tienen el poder político, las instituciones postradas a sus pies y toda la renta petrolera son incapaces de saltar la talanquera del sectarismo para salvar al país del colapso, y de paso oxigenar su propia opción política.

Este largo enero, lleno de despertares ingratos, por lo menos nos debe hacer recordar algunas viejas lecciones. La primera es la escasa capacidad que tiene la ideología marxista para enfrentar con algún grado de éxito la complejidad social. La lógica de su fracaso esencial es querer reducirlo todo al epíteto  burgués, la primera condición de la destrucción de lo que ellos imaginan contrario a la utopía de la igualdad social forzada. Necesitan por lo tanto abatir cualquier diferencia, llámese pluralismo, propiedad, libertades y la justicia que resulta del apego al Estado de Derecho. Por eso el resultado es la división estanca y odiosa entre los leales a la ideología sin importar su capacidad y experticia, y el resto del país, donde hay talento pero no compromiso ideológico suficiente como para encomendarle una tarea de Estado. Por esa ruta llegamos a los que hoy son los responsables de los errores garrafales que se están cometiendo: un grupo compacto de incapaces comprometidos que están comandando el país, mientras que el talento se dispersa en la diáspora obligada por la represión y la falta de oportunidades.

La segunda lección es una negación. Ya sabemos que no es cierta la pretensión de recursos petroleros infinitos e inagotables. La devaluación ha sido una vía tortuosa para darnos cuenta que podemos dilapidar sin retorno inmensas fortunas y continuar siendo pobres y dependientes de una renta que está condenada a la mengua. Esta ideología, al confundir las prioridades del país con la obsesión demoledora enfilada contra las instituciones burguesas, nos ha hecho perder una oportunidad incomparable de fundamentar el desarrollo nacional en la producción y el trabajo de los venezolanos. La tercera nos muestra la ingrata especialización del gobierno socialista en la represión cruel y despiadada de cualquier muestra de disidencia. El control social ha incapacitado al gobierno para cualquier cosa diferente que provocar miedo.

La esencia ideológica del gobierno es su propio techo. Esta revolución adolescente, histeroide y novelesca no puede confrontarse con la realidad ni deliberar lo suficiente como para atajar las dificultades.

Víctor Maldonado C

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Los hijos legítimos del socialismo

Por: Víctor Maldonado C.

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La mejor demostración de incapacidad del socialismo de gobernar con eficiencia y eficacia la dio el gobierno nacional el viernes 8 de enero cuando anunció la devaluación del bolívar. No había alternativa. La rígida política de controles aplicada como un torniquete a la economía nacional, la indisciplina fiscal y la falta de probidad, criterio y buen juicio del alto gobierno solamente podía conducir a la profunda crisis en la que está sumida la sociedad venezolana. El experimento socialista venezolano ha demostrado que produce todo lo contrario a lo que promete. Prometió vencer la especulación capitalista y provocó la más alta inflación del hemisferio occidental. Denunció a la pobreza pero mantiene a 445 mil familias al borde de la pobreza extrema. Dijo que iba a promover el empleo, pero mantiene intacta la informalidad, el subempleo, y la administración pública ahora luce más obesa que nunca al tener que mantener al 19% de la población laboral en sus nóminas. Anunció cambios en la política petrolera para asegurar la soberanía, pero lo que ha ocurrido es una merma en la producción energética nacional. Se comprometió a encaminar al país por los senderos de la modernización industrial y amaneció el 2010 con una agenda de recortes al suministro eléctrico y de agua, factores indispensables a la hora de trabajar, producir o prestar algún servicio.

Ninguna de estas desgracias corresponde a la trayectoria de un país moderno o en tránsito hacia el desarrollo. Pero once años después de los varios experimentos socialistas, y gracias a la asesoría cubana, estos resultados tenían que ocurrir fatalmente. Algunos voceros han declarado que la devaluación era la medida correcta en las actuales circunstancias. Pero eso es una falacia. Solo porque se practicó el socialismo se convirtió en una medida inevitable. Pero no se tenía por qué llegar a una situación tan grave de descomposición económica. Lo que nunca debió haber ocurrido fue la improvisación y la ligereza con la administró la renta petrolera. Lo que nunca debió haberse aceptado fue la imposición de un esquema donde se quemaron los recursos del país mientras se deterioraba el plantel industrial, se abandonaba el mantenimiento de la infraestructura eléctrica y se dejaba en manos de la madre naturaleza el suministro de agua. Pero eso es el socialismo real.

No es cierto que haya algún efecto benigno en la devaluación, sobre todo si ella no se acompaña de las rectificaciones necesarias. Si la política de restricciones y de controles trajo como consecuencia escasez, inflación y desplome, entonces se debe exigir un cambio radical en la política económica que nos trajo hasta aquí. Hasta el 8 de enero el gobierno podía pedir para sí el beneficio de la duda, mientras mantenía el engaño y persuadía a los sectores populares de que sus verdaderos enemigos eran los supuestos sectores privilegiados. Ahora todos sabemos que nuestros enemigos son las equivocaciones económicas y la fatal arrogancia que acompaña cualquier experimento socialista. Fatal porque produce más males que bienes. Inexcusable porque nos somete al eterno retorno hacia la barbarie. Ahora, en el undécimo año de este experimento, los venezolanos han perdido una tras otra todas sus seguridades a cambio de nada. Ya no hay estado de derecho, tampoco libertades económicas ni pleno régimen de propiedad. No hay ley, ni luz, ni agua, ni bolívar fuerte, ni seguridad ciudadana, ni descentralización. A cambio nos hemos cargado sobre los hombros un régimen despótico que promete utopías imposibles de cumplir. Porque el socialismo es eso, una quimera, un ensueño que repudia al hombre contemporáneo hasta convertirlo en un esclavo de las necesidades dosificadas por el racionamiento.   

Hasta aquí hemos llegado bajo los dictámenes del Consejo Nacional de Planificación. Hayek tenía razón cuando se burlaba del intento de los planificadores, porque a su juicio ningún hombre podía sustituir la compleja interacción que ocurre en un sistema de mercado. Un burócrata nunca sabrá más de panadería que el panadero. Y allí está el fondo del problema, en eso consiste la arrogancia, en la ignorancia asociada al poder. No es posible que el planificador sepa de todo. No hay forma que su experticia pueda competir con la de los propios interesados. Por eso estamos perdiendo al país, porque los hijos legítimos del socialismo son el fracaso y la ruina social. 

Víctor Maldonado C

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O cambia, o lo cambian

Por: Víctor Maldonado C.

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“Too Little, too late”

Fue Thomas Hobbes (1651) el primero que advirtió los efectos del éxito y del fracaso sobre la conducta humana. El éxito infla la vanidad, que es la pasión más peligrosa del hombre. En cambio, la mala fortuna pone cautela en los pasos del gobernante y del ciudadano, y suscita en ellos el miedo, germen de los buenos consejos, fuente de la meditación solitaria.

El miedo a la muerte es, a juicio del fundador del pensamiento político moderno, el límite preciso para el desvarío. La angustia del hombre se hace presente solamente al pensar en ese trance, el más doloroso posible, en las posibilidades siempre restringidas de su diferimiento. El timor mortis es el único dique al apetito natural e irrefrenable del hombre, esa ansia que lo empuja hacia un irracional afán de dominio y de reconocimiento donde la mayoría de las veces encuentra su perdición, y la de los otros. Ese peligro letal  imprevisto es el origen de la ley y la raíz del Estado. El hombre se atreve a entregar toda su autonomía, toda su capacidad, todas sus ambiciones, simplemente porque aspira a retardar al máximo la causa fundamental de todos sus temores. Sobrevivir, y tener la oportunidad de disfrutar de sus posesiones han sido las aspiraciones determinantes a la hora de claudicar todo lo demás al Estado y a la ley. Esa es la única razón que justifica tal entrega, tanta desproporción y despojo.

Por eso es que un gobierno que no esté a la altura se convierte rápidamente en un fardo. Eficiencia es lo único que se le solicita a cambio del boato y el reconocimiento unilateral del monopolio de la violencia. O garantiza la vida de los conciudadanos y el disfrute pleno de la propiedad, o simplemente es un monstruo inmanejable, voraz y contraproducente. O permite que la gente pueda comer completo, salir a las calles, disfrutar del solaz de las ciudades y conservar para sí de todo aquello que le pertenece, o es un estorbo que molesta y cuesta mucho más de lo debidamente soportable. O mantiene la infraestructura del país y la generación adecuada de servicios públicos o rápidamente la gente de da cuenta que está frente a una entidad irremediablemente costosa como para mantenerla a cambio de nada. Y esta es precisamente la esencia de la crisis del gobierno del presidente Chávez. Que no hay nada concreto más allá de la cháchara socialista, del regodeo en promesas de por sí imposibles de satisfacer, y del afán de apropiarse de todo en nombre del pueblo.

Todo parece indicar que el país moderno, complejo y deseoso de prosperidad ha sobrepasado la inercia benigna de la inversión social de la IV República. Desde los complejos hidroeléctricos y termoeléctricos visionados y construidos a lo largo del siglo XX,  hasta el complejo cultural Teresa Carreño, todos los esfuerzos de construir un país próspero han sido consumidos con avidez parasitaria a la vez que se criticaba implacablemente a la dirigencia política que los produjo. Pero hasta aquí llegó el empuje, y comenzamos a darnos cuenta que más allá de la intensa habladera de paja, el gobierno del presidente Chávez no ha logrado nada de lo que podamos sentirnos realmente orgullosos. Nuestro país luce devastado y agotado por una década completa de derroche igualitario y desfalco improvisado donde la única herramienta política y económica ha sido la pulverización institucional por la vía del patrocinio del consumo más irresponsable y la corrupción más rastrera. Más allá de todas las promesas de redención, el pueblo sigue en el mismo sitio, hoy más pobre que ayer, confinado en su barrio, acosado por la delincuencia y reducido a ser el cliente obligado de una misión ineficiente y sectaria.

Hobbes intento explicar las razones por las que el hombre debía entregar su libre albedrío. En el fondo quería evitar ser presa de las contingencias de la naturaleza, reconociéndose en su debilidad singular y aprovechando los recursos de su inteligencia para hacer la diferencia. El hombre invirtió en civilización para adaptarse mejor a una naturaleza que es de por sí arbitraria y contumaz. Descubrió así el progreso. Cuando Chávez nos hace depender de la madre naturaleza, tanto en sus castigos como en sus soluciones, nos devuelve a la condición primitiva donde él es el que sobra. Para soportar sus inclemencias no hace falta estado. Por eso el reclamo esencial de la eficiencia. O cambia y resuelve problemas, o se cambia el gobierno. Esa es la regla de oro de la democracia. 

Víctor Maldonado C

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Restricciones, fiasco y desencanto

Por: Víctor Maldonado C.

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Protégenos Señor de la oscuridad del corazón…

Benedicto XVI

La respuesta gubernamental dada a la crisis eléctrica nacional ha provocado un despertar amargo. El 2010 comienza a ser el heredero legítimo de diez años de imprevisión y diletantismo en la gestión pública. El presidente Chávez ya no puede ocultar que el discurso florido y apasionado del siglo XXI encubre una forma miserable de gobernar, donde la falta de sentido de realidad se mezclan con ausencia de criterio y una corrupción tan abyecta que comienza a avergonzar a los propios chavistas. Gobernar no es discursear. Administrar una nación es anticipar y gestionar la demanda de necesidades. Gobernar no es declamar ni perder el tiempo frente a las Cámaras de TV, dirigiendo el fraude continuo de la arrogancia y la arbitrariedad. Es por el contrario intentar mantener balanceado un sistema muy complejo de demandas y necesidades. Significa colocar recursos en mantenimiento de la infraestructura del país, atraer nuevos inversionistas, apoyarse en la iniciativa privada y confiar en la capacidad de desempeño de la sociedad. Dirigir un país hacia la prosperidad, tener éxito en lograrlo dista mucho de administrar un cuartel o dirigir una milicia. Ser un estadista es tener a la disposición mucho más que dinero.

Pero aquí hay lecciones para todos. La primera, que ya es recurrente, es que no hay milagros. Si se quiere tener servicio eléctrico, hay que invertir en generación de electricidad, permitir que las tarifas paguen esa inversión y resolver progresivamente la brecha entre los que pagan y la porción del país que no paga el servicio que consume.

La segunda lección es la inevitable escasez de los recursos públicos. Estos diez años conducidos por un agalludo Rey Midas que nos ha organizado para el saqueo nacional, regalando la gasolina, conservando un tipo de cambio ridículo y manteniendo las economías cubana, nicaragüense, boliviana, ecuatoriana y argentina, nos hicieron creer que los venezolanos éramos inmensamente ricos y poderosos. Ahora descubrimos que la rumba concluyó y que no pagamos la luz. El gobierno oculta detrás de su silencio un desfalco monumental respecto del cual hay que pedirle cuentas exactas sobre “los millarditos” que uno tras otro le fueron entregados para su derroche.

La tercera lección es el desastre que provoca el aferrarse a la quimera autoritaria. Los que salieron detrás de las ofertas del chavismo, pensando que un hombre fuerte era la solución. Los que dejaron abandonados en el camino la suerte de las instituciones, creyendo que era más fácil entenderse con un déspota que con el imperio de la Ley, aquí tienen los resultados. El fiasco de diez años de abandono de la sensatez y su sustitución por el odio y la repugnancia que al presidente y sus secuaces le generan la libertad y los derechos ciudadanos no podían concluir sino en la africanización del país. La crisis eléctrica es solo una de las muchas caras del mismo desastre, que pasa por la ruina de las fincas que eran productivas en manos de sus dueños, por empresas que fueron expropiadas y que ahora lucen saqueadas, y por la tenaz capacidad para destruir todo el parque de las empresas básicas del Estado. Ese el resultado del hombre fuerte. Ese es el saldo que nos deja el resentimiento social que convocó a Chávez al poder para dizque arreglar cuentas con el pasado democrático.

La cuarta lección que debemos aprender es que el tiempo es irrecuperable. Sin un presente responsable no hay posibilidad de un futuro de prosperidad. Seremos mañana lo que decidamos hoy. Ahora no hay electricidad porque se abandonaron inversiones y mantenimiento en los últimos diez años. Ahora no hay remedio, ni que cierren todos los comercios del país, o el gobierno decida devolvernos a la prehistoria clausurando las industrias. El tiempo no regresa.

La quinta lección es que nosotros somos los responsables. Que Chávez se haya apropiado del país para desvalijarlo dice muchas cosas de nosotros, y ninguna de ellas es buena. Tenemos que comenzar a preguntarnos si vamos a seguir siendo espectadores ingenuos del desmadre nacional, si es con cadenitas por twittter y blackberry que vamos a combatir a esta tiranía, o si a este reto debemos meterle cabeza, real y corazón. Creo que la respuesta es obvia. Mientras tanto, terminemos con la oración del papa: Protégenos de la oscuridad del corazón, que solamente ve la superficie de las cosas. 

Víctor Maldonado C

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