El ponche presidencial
Por: Víctor Maldonado C.
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El gobierno del presidente Chávez parece una copia al calco del que fue presidido por Salvador Allende, aunque el primero haya terminado en tragedia y el nuestro lo tengamos que sufrir todavía como una gran farsa. Lo cierto es que ambos se propusieron superar al capitalismo y avanzar hacia la construcción de una sociedad socialista, para lo cual identificaron un obstáculo principal que debían rápidamente resolver en la disolución radical de la institucionalidad burguesa. Ambos decidieron construir la experiencia socialista sobre las ruinas provocadas en el Estado burgués, su legalidad y sus principales instituciones, eso sí, aspirando a no desorganizar la producción, peligro que por lo menos el primero, más inteligente y mejor formado que el nuestro, sabía que podía resultar inminentemente fatal. La historia registra que aun habiendo intentado tomar todas las previsiones, al final esa crisis total acabó con cualquier posibilidad de éxito.
Si algo demostró el fallido gobierno de Allende fue que ningún gobierno o partido puede conferirse el derecho de pensar por el resto de la sociedad. Que es absolutamente falaz la interpretación del pueblo que dice encarnar el presidente porque lo que realmente ocurre es la apropiación indebida del poder por parte de un grupo muy pequeño que se paga y se da el vuelto, impidiendo la necesaria cooperación social que exige un país complejo y con ansias de modernidad como el nuestro. La obsesión ideológica del presidente, ese tono fundamentalista de su discurso y de todas las decisiones que toma lo han reducido a una mala caricatura cubana. Ni en las comiquitas resulta verosímil que frente al colapso eléctrico se haya colocado a una persona sin experiencia alguna en el tema, y que luego de los primeros desastres, haya decidido sustituirla por otra que tampoco tiene la experticia que se necesita. Esa especial recalcitrancia para insistir en los errores, esperando que alguna divinidad compasiva resuelva los entuertos que provoca representa la incapacidad adquirida por el gobierno para cooperar en la solución de los problemas nacionales. Ellos que tienen el poder político, las instituciones postradas a sus pies y toda la renta petrolera son incapaces de saltar la talanquera del sectarismo para salvar al país del colapso, y de paso oxigenar su propia opción política.
Este largo enero, lleno de despertares ingratos, por lo menos nos debe hacer recordar algunas viejas lecciones. La primera es la escasa capacidad que tiene la ideología marxista para enfrentar con algún grado de éxito la complejidad social. La lógica de su fracaso esencial es querer reducirlo todo al epíteto burgués, la primera condición de la destrucción de lo que ellos imaginan contrario a la utopía de la igualdad social forzada. Necesitan por lo tanto abatir cualquier diferencia, llámese pluralismo, propiedad, libertades y la justicia que resulta del apego al Estado de Derecho. Por eso el resultado es la división estanca y odiosa entre los leales a la ideología sin importar su capacidad y experticia, y el resto del país, donde hay talento pero no compromiso ideológico suficiente como para encomendarle una tarea de Estado. Por esa ruta llegamos a los que hoy son los responsables de los errores garrafales que se están cometiendo: un grupo compacto de incapaces comprometidos que están comandando el país, mientras que el talento se dispersa en la diáspora obligada por la represión y la falta de oportunidades.
La segunda lección es una negación. Ya sabemos que no es cierta la pretensión de recursos petroleros infinitos e inagotables. La devaluación ha sido una vía tortuosa para darnos cuenta que podemos dilapidar sin retorno inmensas fortunas y continuar siendo pobres y dependientes de una renta que está condenada a la mengua. Esta ideología, al confundir las prioridades del país con la obsesión demoledora enfilada contra las instituciones burguesas, nos ha hecho perder una oportunidad incomparable de fundamentar el desarrollo nacional en la producción y el trabajo de los venezolanos. La tercera nos muestra la ingrata especialización del gobierno socialista en la represión cruel y despiadada de cualquier muestra de disidencia. El control social ha incapacitado al gobierno para cualquier cosa diferente que provocar miedo.
La esencia ideológica del gobierno es su propio techo. Esta revolución adolescente, histeroide y novelesca no puede confrontarse con la realidad ni deliberar lo suficiente como para atajar las dificultades.
Víctor Maldonado C
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