Archivo de Junio, 2009

La caldera del caos

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
 
Vivimos esa sensación de que es fatal e inevitable una resolución violenta, en la misma medida en que los adversarios se transforman en enemigos y se les cae encima con todo el peso del poder. Y cuando cualquier alusión a las reglas del juego democrático o al sometimiento a las normas constitucionales parece fútil y fatua. Algunos han proclamado que en los últimos años hemos vivido todas las consecuencias de una guerra, pero en frío. Escasez, persecución política, hostigamiento, cárcel, exilio y ser considerados ciudadanos de segunda son solo sus signos más evidentes. Sin embargo, falta el encuadre, la confluencia de un conjunto de circunstancias que tornan ineludible e inexcusable  la cita pactada con la violencia de todos contra todos. Faltaba conocer cuáles son esas circunstancias.
 
En nuestra ayuda vino la edición de Abril-Mayo 2009 de la revista Foreign Policy. Allí el profesor Niall Fergunson, quien ocupa la Cátedra Lawrence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard, hace un reportaje especial, El Eje del Caos, donde presenta precisamente cuales son los ingredientes que tienen que estas presentes para que los ejes de modernidad y civilidad se pierdan. El conflicto se hace presente en sitios donde la desintegración del orden social (étnica o de contenidos más sui generis, como en nuestro caso) se hace acompañar de alta volatilidad económica y fuertes batallas por el poder político. 
 
Lo que aquí está sucediendo nos confronta con un experimento terrible que está en proceso de cocción. El  gobierno ha articulado y dado sentido a un discurso de odio social y división por razones políticas que ya lleva diez años, desde donde ha permitido la organización de clanes, organizaciones paramilitares y colectivos políticos de perfil violento que están dispuestos a ser la cara dura del régimen. Pero no solamente eso, sino que ya es público y notorio que desde el poder se han promovido redes y relaciones intensas con grupos guerrilleros y otros que han sido señalados como terroristas. Todo esto significa únicamente cesión de soberanía y compartir con facciones privadas el monopolio de la violencia conferida al Estado.
 
El efecto perverso que ningún gobierno puede controlar es la aparición de intereses propios que al final compiten con la lógica oficial. Por eso vemos como en México los carteles de la droga están retando al Estado, peor armado y menos dispuestos a rescatar la integridad territorial para la ley y el orden. Lo tétrico del cuento es que el estado de guerra planteado por los narcotraficantes mejicanos no sería difícil de replicar en nuestro país, si  es cierto lo que algunos dicen, que nos hemos convertido en un santuario para esas actividades irregulares, sin que por ahora el gobierno haya caído en cuenta de lo que todos nos estamos jugando.
 
La licuefacción institucional es otro argumento a favor. A estas alturas nadie puede darle un voto de confianza a la autonomía y prestancia de cualquiera de los poderes públicos. Nada indica que ellas están en la capacidad de hacer otra cosa que trasegar a ciegas la nociva carga del socialismo chavista, lo que va a dejar espacios a la constitución de mafias y grupos irregulares que se van a encargar de administrar “justicia” por su propia cuenta, y de acuerdo a sus particulares criterios.
 
Finalmente está el desguace económico y la incapacidad del gobierno de engullirse a todo el país como lo está intentando. Este mundo insólito de un solo patrón y una única fuente de ingresos y decisiones va a conducirnos a un mundo gris e informal donde otras reglas se tendrán que aplicar. Pero también a un régimen que como lo estamos viviendo en vivo y en directo, va a estar muy interesado en controlar afanosamente cualquier intento de disidencia. Y eso solo lo puede lograr incrementando la represión, y dando muestras de que es capaz de extinguir cualquier descontento. Claro está, esa acción traerá reacciones. Ese es el caldero donde se cuecen todos los ingredientes de la violencia organizada mortal, y todos ellos los estamos cocinando en nuestro país. 
 
Lo triste de todo esto es que aun cuando todavía este escenario puede revertirse, la gente no quiera pagar el costo. El precio de la paz que se nos escurre es la unidad, la acción colectiva, la movilización democrática y la resistencia social. Pero no la que podamos intentar mañana, sino la que podemos hacer hoy, porque el futuro se está cerrando entre los negros nubarrones del odio. 
 
Víctor Maldonado C
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Viaje al chavismo

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El gran manipulador

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
“Sire, el anhelo de perfección es una de las peores enfermedades que puedan atacar al espíritu humano”. Con esta frase comenzó el discurso del Senado Francés cuando destituyo del derecho a gobernar a Napoleón I y a toda su familia, relevando por consiguiente a la Nación del juramento de fidelidad a su favor. Los que el 2 de abril de 1814 se dirigieron de esta forma al hombre más poderoso del mundo eran sobrevivientes de una de las experiencias más atroces de la historia de su época, cuando la revolución intentó implementar los conceptos de libertad, fraternidad e igualdad, y sobrevino la tormenta de odios, contradicciones y conjuras que terminó degollando todas las esperanzas en una elipse perfecta que comenzó con Luis XVI y terminó con Luis XVIII. Y todo por buscar al paraíso perdido, donde el hombre bueno construye paz, progreso y prosperidad, olvidando que el problema está precisamente en reconocer que ese hombre bueno, dotado de todas las virtudes no es una realidad histórica, por más que a todos nos resulte conveniente y deseable que aparezca y construya mundos diferentes a los que el resto hemos creado.
 

Los pensamientos utópicos están siempre preñados de violencia. Todas ellas se presentan como la garantía de instauración de los máximos valores. Todas ellas tienen finalidades excelsas contra las que nadie tiene objeción alguna, y sin embargo entre sí tienen un nexo sorprendente. Desde la República y Las Leyes de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta las más recientes del socialismo del siglo XXI, se manifiesta un rasgo aterrador que les es común: A la hora de proponer los medios cualquier vía resulta pavorosamente conveniente, por lo que todos son órdenes establecidos violentamente.
 

El esquema que usan los utopistas es demoledoramente simple: Critican la realidad hasta pulverizarla. Prometen a cambio un futuro donde todas las contradicciones se resuelven. Se erigen como los únicos árbitros de la realidad y los poseedores de una verdad metafísica sobre la ruta que se ha de seguir para arribar al nuevo mundo. Se enfrentan, en nombre de ese futuro, contra todos los que se le oponen. Ante los fracasos evidentes, siempre tienen a la mano a grupos y sectores sociales que presentan como los culpables de conspirar contra la felicidad del pueblo. El pueblo comienza a ser un argumento utilizado contra los ciudadanos y sus organizaciones, terminando por convertirse en un eufemismo que encubre una realidad pavorosa. La realidad es que todas las promesas son falsas. Lo cierto es que el único  y verdadero interés de los sumos sacerdotes de la utopía son ellos mismos aferrados al disfrute concupiscente del poder.
 

En eso ha consistido todo este proceso revolucionario. Allí precisamente ha residido el éxito del chavismo. En la proposición y venta de una ideología utópica, y en la compra que el colectivo nacional le hizo de esas promesas. Todo comenzó cuando él planteó que habíamos perdido cuarenta años, que la democracia puntofijista había sido un fraude y que en el medio, oscuros intereses se habían apropiado del país. El propuso y nosotros acatamos la leyenda negra de la IV República, en la que  todos nuestros líderes y dirigentes civiles eran revulsivos irrecuperables,  y por eso había que trastornarlo todo para allanar el camino a una realidad diferente. El compró nuestra repulsión y se solazó en proclamas de “guerra a muerte” que nos satisfacían en la misma medida que expresaban nuestros deseos sociales de venganza. 
 

Y desde esa posición ellos siguen hablando, proponiendo y sentando cátedra contra toda alternativa diferente a ellos mismos.  Por eso hay que tener cuidado, menos estómago y más cerebro. Porque seguimos comprando sus posiciones sin darnos cuenta de que él no habla  pensando en nuestro bien sino en nuestra destrucción.  En eso consiste la racionalidad diabólica de este régimen. En que dicen pensar por todos pero realmente piensan en ellos. Cuando ellos satanizan a la coordinadora democrática lo están haciendo por el pánico que les provoca el tener frente a ellos una sociedad democrática unida y compacta. No hay dudas, ellos han salido a atacar las propuestas unitarias porque han medrado exitosamente en nuestras divisiones. Así que nos toca sacudir nuestras aprehensiones, olvidar nuestros errores y enfrentar sin complejos los nuevos desafíos. Solamente así dejaremos de ser los ratones con los que juega este gato procazmente autoritario.
 
 
 
Víctor Maldonado C
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El imperio de las Instituciones Morales

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
 
La revolución de la libertad es la única revolución posible
La libertad  ha sido ciento de veces inmolada en el altar de un ogro supuestamente filantrópico, que dice pensar por el bien común, que enarbola por nuestra cuenta la espada del bienestar y que se confiere a si mismo una virtud peculiar en su disposición singular de luchar por la igualdad y la justicia. En avalar este pacto falaz e incierto han caído ciudadanos y corporaciones cada vez que han debido resolver la disyuntiva moral de escoger entre patrocinar el fortalecimiento del Estado o permitir que el ciudadano preserve al máximo su capacidad para tomar las decisiones de su vida. En cada una de esas oportunidades la mayoría no ha dudado en otorgarle al gobierno un mandato amplio y extenso para que resuelva los problemas del colectivo, sin pensar siquiera en la posibilidad de poder ser de alguna manera traicionados. Explicar esa capacidad social para conceder ingenuamente una buena porción de los derechos individuales no ha sido tarea fácil. Erich Fromm es de los que piensa que la libertad es una responsabilidad que muchas veces es demasiado pesada y agobiante para el común de la gente. Supone el que asumamos ser dueños de nuestro propio destino, garantes de nuestras realizaciones y fideicomisarios de nuestros  fracasos, sin que nadie pueda servirnos de bastón cada vez que incurramos en errores, circunstancia que pocos están dispuestos a asumir, sobre todo si cuentan con una entidad que promete encargarse.
 

En este mar espeso de promesas donde las sirenas cantan melodías seductoras de felicidad eterna sin ningún costo, algunas instituciones asumieron el reto de proclamar una realidad diferente. No podía ser cierta una verdad tan carente de sentido, no estaba allí la razón ni las posibilidades de un mundo carente y escaso, e imposibilitado por tanto de cumplir con los requisitos de un reparto igualitario sin que se afectaran los verdaderos intereses de las personas productivas y de aquellas empresas dispuestas para la generación de riqueza y empleos de calidad. Alguien tenía que encargarse de decir que no era cierto el diagnóstico prevalido por el gobierno de que los obstáculos que impedían la máxima felicidad social posible estaban concentrados en los derechos esenciales de los ciudadanos. Alguien debía contradecir esa conseja de que la libertad de autorrealización, el libre emprendimiento y los derechos de propiedad eran los verdaderos conjurados contra el bienestar del pueblo. Alguien tenía que asumir el costo de debatir que esos eran precisamente la médula de todos los derechos humanos. Que un individuo desvalido de la posibilidad de poseer, de decidir sobre los aspectos más importantes de su vida, de intentar realizarse sobre la base de sus talentos y competencias, dejaba de ser un hombre para convertirse en un parásito inútil.
 

Ayn Rand convierte estas certezas en un imperativo moral: “negar los derechos de propiedad equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quienquiera que se arrogue el “derecho” de “redistribuir” la riqueza que otros producen está reclamando el “derecho” de tratar a los seres humanos como bienes de uso”. Esa es la figura del dictador que presiente la más importante pensadora liberal detrás de la trampa del socialismo. El socialismo es “un sistema absolutista que carece de una cabeza fija, abierto a cualquier pandilla, a cualquier oportunista, aventurero, demagogo o delincuente que logre adueñarse del poder”.
 

Esos vientos estatistas montados sobre la fatua riqueza de la renta petrolera, trajeron estos barros socialistas en los que nos estamos hundiendo hasta la duramadre de la ruina social. Las promesas han devenido en amenazas y en hechos cumplidos cuando la gramática del poder se ha especializado en el robo del capital social para mantener encendida la hoguera que alumbra esta orgía de irresponsabilidad en la que se ha convertido la administración pública. El socialismo a la venezolana es un complicado brebaje de populismo, autoritarismo y radicalismo de izquierda, enarbolados astutamente por el grupo que está en el poder y dirigidos contra todos los sectores productivos, demonizados por años del discurso ambiguo y perverso en el que todos los fracasos del gobierno se atribuían a la maldad intrínseca de las libertades económicas concedidas. El socialismo a la venezolana es el resentimiento social contra el éxito individual y el odio contra la virtud de la persistencia y el emprendimiento. Por eso el discurso oficial pretende simplificar hasta el ridículo la actividad continua y sistemática que a través de la inversión de esfuerzo, capital y talento, tiempo después conduce a la utilidad y a la prosperidad. No es que no lo entienda, sino que necesita azuzar todo ese resentimiento para acabar con una contraparte obligada que lo desnuda de la magia y lo muestra en un bufón sin el disfraz apropiado. La empresa privada todos los días contrasta con el fracaso descomunal de una promesa que es incumplible.
 

Alguien tenía que recordar insistentemente a un país narcotizado y seducido por las promesas de la redención socialista que la felicidad es un saldo que no se puede anticipar al esfuerzo. Alguien tenía que insistir hasta la terquedad que es la libre iniciativa de hombres y mujeres la que puede transformar el terreno yermo en fructuoso, que no hay atajos y que el socialismo solo nos puede devolver  a épocas donde las condiciones naturales abatían a los seres humanos hasta acorralarlos dentro de los confines indignos de la sobrevivencia. Y esta institución moral que por 25 años ha navegado contra la corriente, sufriendo la persecución y la sorna de propios y extraños, habiendo asumido el reto de no conceder espacios al rentismo parasitario, está todavía hoy entre nosotros, intentando dar luces para evitar el naufragio final contra las rocas y la violencia de las olas que supone la inviabilidad de un país que aspira a ser feliz sin pagar el costo de ser libres. Por eso, CEDICE Libertad, ¡se dice libertad!
 

Algunos sufren de una particular forma de melancolía mientras esperan que ocurra el milagro de un  cielo de la igualdad y la libertad dadas por anticipados en un mundo sin contingencias. Ayn Rand nos despertó con rudeza de ese desvarío cuando en enero de 1963 preguntó “¿Estaría Usted de acuerdo en que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así “igualar” a ambos? ¿No?”. El corolario es obvio. Si Usted no está de acuerdo, entonces no continúe suspirando por las supuestas bondades del socialismo y su imposible convivencia con una sociedad libre. El principio es el mismo.
 
 

Víctor Maldonado C
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