La caldera del caos
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
Vivimos esa sensación de que es fatal e inevitable una resolución violenta, en la misma medida en que los adversarios se transforman en enemigos y se les cae encima con todo el peso del poder. Y cuando cualquier alusión a las reglas del juego democrático o al sometimiento a las normas constitucionales parece fútil y fatua. Algunos han proclamado que en los últimos años hemos vivido todas las consecuencias de una guerra, pero en frío. Escasez, persecución política, hostigamiento, cárcel, exilio y ser considerados ciudadanos de segunda son solo sus signos más evidentes. Sin embargo, falta el encuadre, la confluencia de un conjunto de circunstancias que tornan ineludible e inexcusable la cita pactada con la violencia de todos contra todos. Faltaba conocer cuáles son esas circunstancias.
En nuestra ayuda vino la edición de Abril-Mayo 2009 de la revista Foreign Policy. Allí el profesor Niall Fergunson, quien ocupa la Cátedra Lawrence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard, hace un reportaje especial, El Eje del Caos, donde presenta precisamente cuales son los ingredientes que tienen que estas presentes para que los ejes de modernidad y civilidad se pierdan. El conflicto se hace presente en sitios donde la desintegración del orden social (étnica o de contenidos más sui generis, como en nuestro caso) se hace acompañar de alta volatilidad económica y fuertes batallas por el poder político.
Lo que aquí está sucediendo nos confronta con un experimento terrible que está en proceso de cocción. El gobierno ha articulado y dado sentido a un discurso de odio social y división por razones políticas que ya lleva diez años, desde donde ha permitido la organización de clanes, organizaciones paramilitares y colectivos políticos de perfil violento que están dispuestos a ser la cara dura del régimen. Pero no solamente eso, sino que ya es público y notorio que desde el poder se han promovido redes y relaciones intensas con grupos guerrilleros y otros que han sido señalados como terroristas. Todo esto significa únicamente cesión de soberanía y compartir con facciones privadas el monopolio de la violencia conferida al Estado.
El efecto perverso que ningún gobierno puede controlar es la aparición de intereses propios que al final compiten con la lógica oficial. Por eso vemos como en México los carteles de la droga están retando al Estado, peor armado y menos dispuestos a rescatar la integridad territorial para la ley y el orden. Lo tétrico del cuento es que el estado de guerra planteado por los narcotraficantes mejicanos no sería difícil de replicar en nuestro país, si es cierto lo que algunos dicen, que nos hemos convertido en un santuario para esas actividades irregulares, sin que por ahora el gobierno haya caído en cuenta de lo que todos nos estamos jugando.
La licuefacción institucional es otro argumento a favor. A estas alturas nadie puede darle un voto de confianza a la autonomía y prestancia de cualquiera de los poderes públicos. Nada indica que ellas están en la capacidad de hacer otra cosa que trasegar a ciegas la nociva carga del socialismo chavista, lo que va a dejar espacios a la constitución de mafias y grupos irregulares que se van a encargar de administrar “justicia” por su propia cuenta, y de acuerdo a sus particulares criterios.
Finalmente está el desguace económico y la incapacidad del gobierno de engullirse a todo el país como lo está intentando. Este mundo insólito de un solo patrón y una única fuente de ingresos y decisiones va a conducirnos a un mundo gris e informal donde otras reglas se tendrán que aplicar. Pero también a un régimen que como lo estamos viviendo en vivo y en directo, va a estar muy interesado en controlar afanosamente cualquier intento de disidencia. Y eso solo lo puede lograr incrementando la represión, y dando muestras de que es capaz de extinguir cualquier descontento. Claro está, esa acción traerá reacciones. Ese es el caldero donde se cuecen todos los ingredientes de la violencia organizada mortal, y todos ellos los estamos cocinando en nuestro país.
Lo triste de todo esto es que aun cuando todavía este escenario puede revertirse, la gente no quiera pagar el costo. El precio de la paz que se nos escurre es la unidad, la acción colectiva, la movilización democrática y la resistencia social. Pero no la que podamos intentar mañana, sino la que podemos hacer hoy, porque el futuro se está cerrando entre los negros nubarrones del odio.
Víctor Maldonado C
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