Archivo de Abril, 2009

Psicopatía Política

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
 

Bien podría decir Maquiavelo que el gobernante es un trasgresor de la ética privada. La fusión entre su propio destino y el del país que dirige le hacen creer que en el trascurrir de esos afanes no hay medio que sea especialmente repugnante. Pero hay una diferencia persistente entre la conciencia de un mandatario decente del que no lo es. El primero suele tener al menos sentimientos de culpa y conciencia de las consecuencias de sus actos, mientras que el segundo carece de cualquier  consideración por los demás. Para éstos el resto del mundo no tiene importancia alguna porque no son concebidos como personas sino como meros recursos de los cuales se pueden aprovechar. Un psicópata carece de la otredad necesaria para apreciar a los demás, porque es esencialmente egoísta. Stalin, poseedor de una personalidad bizarra, gustaba decir que “un muerto es una tragedia, pero muchos muertos son simples estadísticas”. La historia dice que hasta el fin de sus días trabajó intensamente por superar su propia marca de crímenes y procesos políticos, sin que ello le quitara el sueño.
Los más contemporáneos  son por ahora menos sangrientos porque todavía no han tenido la necesidad. Pero igual engañan, presionan, traicionan  y aniquilan incluso a familiares y amigos sin que por ello se sientan presas de angustia o ansiedad. El psicopata no está interesado en la suerte que corren los otros, únicamente piensa en primera persona, en el bienestar de su ego y en la satisfacción de sus ansias. Eso los hace inmensamente peligrosos, pero a la vez supremamente frágiles al ser presas fáciles de la traición que es la consecuencia natural de la incapacidad para reciprocar que todos ellos sufren. 

William Morrow estudió las relaciones entre la criminalidad y las tendencias antidemocráticas para el monumental estudio sobre “La personalidad autoritaria” que dirigió T.W. Adorno a mediados del siglo pasado. El investigador concluyó que en los psicópatas son evidentes las fallas en la debida integración del “Superego”, y por lo tanto muestran cierto grado de incapacidad para asumir una conciencia moral y un apropiado “ideal del yo” que les hacen tomar distancia de los requisitos que son indispensables para una convivencia social sana. Simplemente carecen de la posibilidad de construir y de mantener compromisos comunitarios, por lo que adoptan con mucha facilidad tendencias destructivas, que algunos de ellos disfrazan como procesos revolucionarios. Stalin, Hitler y Castro son algunos de los ejemplos más notables con el común denominador de que ninguno de ellos tuvo o mantuvo relaciones afectivas sólidas. Todos ellos tuvieron algún trauma infantil, unos bastardos, otros niños maltratados, o simplemente fracasados tenaces. Todos ellos sufrieron heridas narcisísticas que se transformaron en resentimientos y en una inmensa capacidad para negarles a los demás un mínimo reconocimiento.
El segundo rasgo que está presente en una personalidad psicopática es la reacción excesiva que ellos exhiben para compensar su falta de solidez emocional e intelectual  y su incapacidad para resolver adecuadamente los problemas que se les presentan. Todos ellos tienen conductas histeroides.  Hitler era famoso por sus estallidos de cólera, y la mirada criminal de Stalin era un anticipo de la suerte que podría esperar a cualquiera de su círculo, antes de ordenar otro ciclo de asesinatos.
Egocentrismo narcisista, ausencia de sentimiento de culpa y de inteligencia emocional son el tríptico de conductas que constituyen el síndrome de la personalidad psicopática, que al ostentarla un gobernante lo transforma en un criminal potencial, que tarde o temprano siente la tentación de usar el poder para amedrentar a las minorías y grupos sociales que se les oponen. Este tipo de políticos se apoyan sin ningún problema en grupos organizados de matones que enfrentan a la población para intentar el control social totalitario que necesitan garantizarse. Llámense fuerzas armadas,  “colectivos populares” o dirigentes del partido, todos amenazan y actúan contra los que el líder define como objetivos políticos. Para ellos no hay límites morales o legales sino obstáculos que hay que demoler para despejar el camino. En eso coinciden todas las dictaduras, en la sangre fría que todos sus mandatarios muestran a la hora de decidir sobre la vida y circunstancias de los otros.

Víctor Maldonado C

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Las trampas de abril

Por: Víctor Maldonado C.
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Hace poco caí en cuenta que ya pasaron siete años de los sucesos de abril. Siete años y ochenta y cuatro mil muertes violentas. Sin embargo y a pesar de los dos mil quinientos días que median, como si aquí no hubiese pasado nada, el gobierno sigue insistiendo en que lo único que realmente ha valido la pena de toda su gesta ha sido precisamente lo que ocurrió en aquel entonces. Tan valioso es para el régimen que el presidente Chávez dio incluso gracias a Dios por el 13 de abril.
 

Y no deja de tener razón. Abril de 2002 fue el punto de inflexión que lo determinó a abandonar las pendejadas de la democracia y comenzar a asumir lo que genuinamente siempre fue, un dictador que, tejiendo pacientemente la red de posibilidades, finalmente pudo dar un golpe de Estado a la Constitución y erigirse como el único en este país que tiene el privilegio de la inmunidad.
 

Pero allí no está la trampa. La verdadera estafa está en la pretensión de que nos concentremos en la versión maniquea de malos muy buenos y de buenos muy malos que ellos nos han querido vender. El engaño se encuentra en el apasionamiento refutador que ellos nos provocan, mientras aquí y ahora siguen ocurriendo sucesos verdaderamente terribles. A ellos les conviene que no saquemos cuentas. Nos quieren psicológicamente alejados de las certezas. No quieren que hagamos el inventario de los procesos judiciales amañados y de los presos políticos condenados a pudrirse en las cárceles venezolanas. No quieren que reclamemos un mínimo de dignidad en el trato de madres y padres que tienen que reclamar a sus hijos asesinados por el hampa en morgues que les marca la tristeza con la hedentina de la muerte. Mucho menos que reclamemos decoro verdadero en la gestión pública, ahora caracterizada por la corrupción y el cinismo de una clase política especializada en la adulancia, la mentira, la hipocresía y el doble discurso.
Mientras nosotros enfocamos nuestra atención en lo que ocurrió hace siete años, ellos se roban al país y masacran los derechos y libertades ciudadanas. En este carnaval grotesco donde los pistoleros de Puente Llaguno se exhiben como próceres, entre pitos y serpentinas, el gobierno encuentra demasiado  fácil evadir su responsabilidad en el dispendio de los recursos del FONDEM, que nadie sabe a ciencia cierta cuantos dólares tiene todavía, así como cualquier exigencia aclaratoria sobre la inflación, el alto costo de la vida, la escasez y las medidas que son inevitables a la hora de enfrentar la crisis de ingresos.
 

La jugada del gobierno ha sido perfecta. Nosotros restregándonos en el pasado, mientras el régimen pasa agachado en el presente. Nosotros regocijados en ganar una batalla más a la historia, mientras Chávez ocupa, invade, amenaza, hostiga, persigue, apresa, presiona y conjura. Mejor para ellos, imposible. Solo así un gobierno tan malo puede pasar a los ojos de buena parte de los venezolanos como un ejercicio titánico para instaurar la igualdad y la felicidad socialista. Solamente con nuestra colaboración, siguiendo disciplinadamente su trama, este régimen ha podido mantenerse en pie, aun sin resolver uno solo de los problemas reales del país. ¿Acaso el debate es sobre la inseguridad? ¿Estamos en pie de lucha por los derechos confiscados a los trabajadores? ¿Alguien le pide explicaciones al presidente sobre las centrales azucareras, los fundos zamoranos, y el resto de experimentos grotescos en los que se gastó los reales de todos los venezolanos? ¿Nos han presentado un balance razonable sobre todas las atribuciones concedidas a los cubanos, ahora dueños de empresas, encargados de seguridad, expertos en casi cualquier aspecto que acontezca en Venezuela? ¿Ha demostrado el gobierno alguna preocupación por la ola de secuestros que asola a los venezolanos?
La respuesta a todas estas preguntas es una de las siguientes: O nos dicen que peor fuimos nosotros en la IV República, o nos sacan en cara que todo esto es el resultado de la huelga general indefinida. O aluden a la crueldad demostrada por nosotros en aquel lejano abril de hace siete años, por lo que  ahora, por supuesto, el régimen anda haciendo todos los esfuerzos para refundar lo que nosotros destruimos. Esa es la trampa, nunca permitir que nos ubiquemos aquí y ahora, cuando las circunstancias están comenzando a demostrar esta mezcla repugnante de ineptitud y alevosía que amenaza con dejarnos en la ruina. 
 

Víctor Maldonado C
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Pascua sin resurrección

Por: Víctor Maldonado C.
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¡Desespera y muere!
¡Seremos plomo en tu pecho, Ricardo, y te abrumaremos con tu peso para la ruina, la vergüenza y la muerte! Esa fue la venganza que imaginó Shakespeare para la ruindad perfecta. En efecto, el último monarca de la Casa de York, Ricardo III, fue invocado por el drama para representar la maldad política, aquella que no se detiene en escrúpulos, que calcula arteramente todos sus pasos y se regodea en la utilización de los demás, sean leales o adversarios, como simples hoces y guadañas para abrirse una brecha en el camino siempre tupido del poder absoluto.
 
Nada está más cerca de la imagen del diablo que la apoteosis de Ricardo III. No solamente por todos los atropellos que tramó, sino porque utilizó la inteligencia y la libertad propias del ser humano para pervertir la verdad, confundirla con la mentira y trastocar toda la realidad en odio, destrucción y muerte. Ricardo III fue un homicida sistemático de la concordia, de la amistad y de la paz, porque todas ellas conspiraban con el ansia elemental que movía todos sus actos, la necesidad de ser único, carecer de competencias, primar en el vacío de los afectos y reinar como única referencia persistente en el caos del cual él mismo era la razón de ser.
 
La segunda mitad del siglo XV inglés fue una época desgraciada y oscura, por obras y desgracias provocadas por Ricardo III. Para aquellos que tuvieron la desdicha de vivirla, seguramente esos años resultaron ser tan indignos de la humanidad como los nuestros, que parecen ahogarnos en la ausencia de significados o someternos a la asfixia de la incapacidad. Tan exánimes como los tres días que continuaron a la muerte de Cristo, inhabilitados como aquellos para la esperanza e impedidos para comprender la carga inmensa que supone el lidiar con la maldad que se vuelca contra todos nosotros para acometer la devastación definitiva.
 
Pero el momento crucial para ambos desenlaces, el que ocurrió en los campos de Bosworth, en Leicestershire, el 22 de agosto de 1485 y el que necesariamente va a sobrevenir entre nosotros, tuvo como precedente común la convicción de que ya no había espacio para las dudas. Llegado el momento, en ambos casos se aclaró perfectamente quienes estaban de un lado y del otro, lo que unos y otros defendían y la forma cómo cada uno de los bandos pensaban imponerse en caso de resultar vencedores. Diosdado Cabello lo afirmó sin pudor alguno el pasado domingo: “Vamos a una guerra a ver en qué se convierte ese bloque de 45%. Se convierte en nada”. En eso consiste precisamente la condena con la que nos amenazan. A ese 45% del país toca nada menos que el infierno, en forma de ausencia y vacío recalcitrante. A eso nos quieren reducir, a la nada como solución final.
 
Esta batalla singular se ha dado millones de veces. No fue la primera, cuando Ricardo III cayó derribado desde la cima de su orgullo, atormentado por las demandas espectrales de los que alguna vez fueron sus parientes o súbditos.  Tampoco la nuestra será la última. Esta vez pesara sobre la conciencia de algunos como un vértigo indescriptible todo el sufrimiento, el sinsentido, el odio y la ruina que ahora corona nuestros días. Todos los episodios donde la mentira ha sustituido a la verdad y la justicia ha sido vilmente asesinada por el cálculo artero de la venganza y la cobardía, todos esos hechos se deslavaran sobre las conciencias de aquellos que han hilado esta trama de vergüenza y oprobio, en forma de pesadillas, insomnio y soledad. Ellos tampoco serán felices, habiendo decidido como lo hicieron ya, pasar la línea de la decencia para venderle su alma al diablo.
 
Nosotros en tanto caminamos por los senderos de esta noche tan oscura, deseando que nuestros sentidos no pierdan la capacidad para reconocer a la esperanza. Quién sabe si nosotros también vamos camino de Emaús, dándole la espalda a una realidad tan obvia, conformándonos con la decepción tajante de quienes lamentan el haber creído que algo diferente podía ser posible. Tal vez también nosotros nos topemos con aquel que hace la diferencia y no lo reconozcamos. Tal vez un fuego inexplicable nos obligue a insistir para que se quede con nosotros y encare desde la verdad esta nueva batalla por la justicia y la dignidad, mientras en los otros hace caer el peso aplastante de todo el odio que nos ha hecho sentir. Tal vez esa sea la única ventaja que valga realmente la pena, el sentir que Dios está de nuestra parte, y  saber que como solía decir Teresa de Jesús, sólo Dios basta. 
 
 
Víctor Maldonado C
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A cada cual lo suyo

Por: Víctor Maldonado C.

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¡Jerusalén, Jerusalén! Tú matas a los profetas y apedreas a los que Dios te manda. ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y tu no lo has querido! Por eso se quedarán ustedes con su casa vacía. 

Esta semana hemos visto con estupor el montaje de un proceso judicial que tiene desde el principio hasta el fin el hediondo tufo de la trama estalinista. Ya todos sabemos cuál es el trato dado a Rosales y cuanta diferencia hay con las consideraciones otorgadas al saqueo institucional organizado por algunos de los hombres más poderosos del régimen. Por eso no hay que caer en el eufemismo que disfraza sino calificar esta situación tal cual es: Esto es simplemente el uso indebido y abusivo de los procesos judiciales para sacar del camino a un adversario político. Es la persecución y el acoso encubiertos por la toga de los magistrados para colocar a la oposición en el dilema de enfrentar una cárcel injusta o una huida indecorosa.  

Se nota que la huida es lo que le cuadra mejor al régimen. El coro de bufones oficiales pescuecea para anunciar la fuga y por lo tanto la vacancia de la Alcaldía de Maracaibo. Se les ve por encimita que su verdadero botín es la desmoralización de la sociedad democrática a través del saqueo de su liderazgo y de la demostración de la fatuidad de todos sus esfuerzos. Por eso es que en simultáneo anuncian una larga condena para Simonovis, Vivas y Forero, amenazan a Globovisión y dejan sin presupuesto y atribuciones al Alcalde Metropolitano. Así, bombardeados sin clemencia, enfrentados a los hechos cumplidos, el dictador espera que cunda el pánico y comience la desbandada.

Pero que no queden dudas de nuestra contribución: Este régimen siempre se ha beneficiado de nuestros resentimientos. Se le va encima a Rosales después de años en los que la figura y reputación del dirigente político se ha visto sometida a cualquier tipo de injurias. Mitos urbanos pululan todavía sobre su supuesta venta al chavismo, y algunos intentan detalles sobre el cuándo, el cuánto y el cómo. Esto ha ocurrido con Rosales y con todos los que han intentado dirigir este proceso. Hemos sido nosotros los que nos hemos solazado en los chistes descalificadores, adoptando esa actitud tan arrogante pero tan inútil de descriptores del líder perfecto que ni existe ni existirá. En ese chiquero nos hemos revolcado por años con un gusto tan grande que deberíamos revisar si nosotros no somos nuestros peores enemigos. Nadie se ha salvado de esa conjunción de odios y de parálisis catártica, y lamentablemente esos flancos abiertos de dudas y desvaloración son los que ahora aprovecha el régimen para presentarse como un Titán invencible que exige los sacrificios de nuestros héroes.

Para aquellos que le confieren una condición Titánica al dictador Chávez o los que profetizan el desastre de una larga permanencia en el poder hay que recordarles dos aportes teóricos esenciales para entender a la sociedad. La primera de ellas es la profecía autocumplida, y la segunda es el “Efecto Pigmalión”. Ambas nos otorgan un gran poder en el plano de las definiciones sociales. Si nosotros enunciamos Titán, pues eso será. Si nosotros declaramos desbandada, también esos serán los resultados. Somos nosotros los que tenemos el poder de atornillar esta dictadura en el poder, o por el contrario, de pulverizarla. Depende de que lleguemos a un acuerdo esencial sobre lo que aquí está pasando porque esta dictadura se beneficia de nuestras dudas y controversias sobre lo que nos está ocurriendo. Algunos no creen que ya vivimos en dictadura. Otros no toleran aceptar que nos dejaron sin democracia. Un tercer grupo simplemente vive del régimen, son captadores de renta, y prefieren no darse cuenta. Y finalmente están los bufones disfrazados de sacerdotes, que trabajando para el gobierno juegan a ser los gurús de la oposición, metiendo de contrabando dos o tres ideas que únicamente convienen a nuestros adversarios.

Fue Cristo el que después de anunciar la desaparición de Jerusalén insistió en que sus seguidores debían mantener tres compromisos, a pesar de toda la maldad y destrucción que iban a sufrir: Que no se enfriara en ellos el amor, que no se dejaran engañar, y que persistiese en ellos la perseverancia.  Esa es la agenda de esta semana.

Víctor Maldonado C

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