Psicopatía Política
Por: Víctor Maldonado C.
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Bien podría decir Maquiavelo que el gobernante es un trasgresor de la ética privada. La fusión entre su propio destino y el del país que dirige le hacen creer que en el trascurrir de esos afanes no hay medio que sea especialmente repugnante. Pero hay una diferencia persistente entre la conciencia de un mandatario decente del que no lo es. El primero suele tener al menos sentimientos de culpa y conciencia de las consecuencias de sus actos, mientras que el segundo carece de cualquier consideración por los demás. Para éstos el resto del mundo no tiene importancia alguna porque no son concebidos como personas sino como meros recursos de los cuales se pueden aprovechar. Un psicópata carece de la otredad necesaria para apreciar a los demás, porque es esencialmente egoísta. Stalin, poseedor de una personalidad bizarra, gustaba decir que “un muerto es una tragedia, pero muchos muertos son simples estadísticas”. La historia dice que hasta el fin de sus días trabajó intensamente por superar su propia marca de crímenes y procesos políticos, sin que ello le quitara el sueño.
Los más contemporáneos son por ahora menos sangrientos porque todavía no han tenido la necesidad. Pero igual engañan, presionan, traicionan y aniquilan incluso a familiares y amigos sin que por ello se sientan presas de angustia o ansiedad. El psicopata no está interesado en la suerte que corren los otros, únicamente piensa en primera persona, en el bienestar de su ego y en la satisfacción de sus ansias. Eso los hace inmensamente peligrosos, pero a la vez supremamente frágiles al ser presas fáciles de la traición que es la consecuencia natural de la incapacidad para reciprocar que todos ellos sufren.
William Morrow estudió las relaciones entre la criminalidad y las tendencias antidemocráticas para el monumental estudio sobre “La personalidad autoritaria” que dirigió T.W. Adorno a mediados del siglo pasado. El investigador concluyó que en los psicópatas son evidentes las fallas en la debida integración del “Superego”, y por lo tanto muestran cierto grado de incapacidad para asumir una conciencia moral y un apropiado “ideal del yo” que les hacen tomar distancia de los requisitos que son indispensables para una convivencia social sana. Simplemente carecen de la posibilidad de construir y de mantener compromisos comunitarios, por lo que adoptan con mucha facilidad tendencias destructivas, que algunos de ellos disfrazan como procesos revolucionarios. Stalin, Hitler y Castro son algunos de los ejemplos más notables con el común denominador de que ninguno de ellos tuvo o mantuvo relaciones afectivas sólidas. Todos ellos tuvieron algún trauma infantil, unos bastardos, otros niños maltratados, o simplemente fracasados tenaces. Todos ellos sufrieron heridas narcisísticas que se transformaron en resentimientos y en una inmensa capacidad para negarles a los demás un mínimo reconocimiento.
El segundo rasgo que está presente en una personalidad psicopática es la reacción excesiva que ellos exhiben para compensar su falta de solidez emocional e intelectual y su incapacidad para resolver adecuadamente los problemas que se les presentan. Todos ellos tienen conductas histeroides. Hitler era famoso por sus estallidos de cólera, y la mirada criminal de Stalin era un anticipo de la suerte que podría esperar a cualquiera de su círculo, antes de ordenar otro ciclo de asesinatos.
Egocentrismo narcisista, ausencia de sentimiento de culpa y de inteligencia emocional son el tríptico de conductas que constituyen el síndrome de la personalidad psicopática, que al ostentarla un gobernante lo transforma en un criminal potencial, que tarde o temprano siente la tentación de usar el poder para amedrentar a las minorías y grupos sociales que se les oponen. Este tipo de políticos se apoyan sin ningún problema en grupos organizados de matones que enfrentan a la población para intentar el control social totalitario que necesitan garantizarse. Llámense fuerzas armadas, “colectivos populares” o dirigentes del partido, todos amenazan y actúan contra los que el líder define como objetivos políticos. Para ellos no hay límites morales o legales sino obstáculos que hay que demoler para despejar el camino. En eso coinciden todas las dictaduras, en la sangre fría que todos sus mandatarios muestran a la hora de decidir sobre la vida y circunstancias de los otros.
Víctor Maldonado C
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