Archivo de Febrero, 2009

¿Cómo caíste estrella brillante?

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Así comienza el poema dicho por el profeta Isaías con ocasión de la muerte de un rey de Asiria. Los comentaristas sagrados afirman que todo el texto es una burla al desparpajo y la arrogancia con la que los poderosos exhiben su fuerza. La moraleja que subyace en su contenido es que al final Dios se encarga de romper el palo de los malvados y de fracturar el bastón de los opresores. Al final es cuestión de tiempo.

Los caminos de Dios son extraños. Se expresan en las mil y un formas de la fortuna, que a veces eleva y a veces derrumba. Se muestran en las diversas caras de la virtud y de la prudencia de los poderosos, que a veces dirige y otras veces extravía. Finalmente nada puede evitar que se cumpla el ciclo fatal que siempre termina en el olvido. El aclamado será repudiado, el celebrado terminará condenado. ¿Cómo caíste desde el cielo, estrella brillante, hijo de la aurora?

En nuestro caso la caída tiene forma de renta petrolera menguante. Un proyecto que por diez años se apalancó en las bondades de la más larga bonanza se presenta hoy con las manos vacías de realizaciones, sin poder justificar qué hizo con los reales, y en qué medida cambió la suerte del país. Habiendo pasado el tiempo de las promesas y de la euforia, todavía está pendiente el compromiso de lograr la suprema felicidad del pueblo. El problema está en que el presupuesto nacional, que depende en un 46,5% de la renta petrolera no va a seguir suministrando los recursos suficientes para impulsar las misiones sociales, luchar contra la pobreza y la exclusión, garantizar el acceso oportuno de los alimentos de calidad, permitir la obtención de una vivienda digna, atender los déficit de salud, impulsar la educación universal o garantizar la seguridad social. Sin recursos la realidad es más atroz, menos manejable, más árida. Sin recursos la cola será más larga y los pobres volverán a sentir el abandono de siempre. 

Porque lo que realmente ocurrió en la última década fue sencillamente bestial. El gobierno se gastó toda la renta petrolera en construir un espejismo, una especie de pirámide social, un fraude que mantuvo la ilusión de que podíamos coquetear con la sinrazón y el sinsentido de experimentos extravagantes mientras se abandonaba contumazmente el campo, se abatían con alevosía las empresas, se dejaban de construir viviendas, se ignoraban las necesidades del sistema de salud, se dejaban de lado las universidades nacionales y se construía un muro de exclusión cuyo cemento y ladrillos era la célebre lista de Tascón. El régimen pretendió que podía ganar una guerra demencial contra la mitad del país, que podía sustituirlo y acosarlo con las pestes de la inseguridad, el desempleo y la exclusión. Pero llegó la hora de las definiciones y de la rendición de cuentas y la interrogante es la misma que hace siglos cantó Isaías: ¿Cómo tú, el vencedor de las naciones, has sido derribado por tierra? Muy sencillo, el peso de lo que no se hizo y  el amargo despertar de una promesa insostenible se ciernen sobre los hombros del régimen para recordarle todos los días lo que la realidad le irá obligando a hacer con el paso del tiempo.

Las promesas están resquebrajadas. El gobierno ya no es taxativo sino condicional, porque todo lo que dice está dependiendo del yugo de la realidad, que le ha obligado a sustituir viejas consignas por una aclaratoria burocrática: “No habrá cambios, a menos que la situación así lo demande”, que lo único que quiere significar es que ahora la realidad es el jefe del gobierno. Adiós ideología, llegó la hora del pragmatismo, de la represión o del sálvese quien pueda.

¿Qué pasó?

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Esa es la pregunta que ha sido planteada hasta el cansancio. Sin embargo la respuesta ha sido elusiva. Respecto a lo que pasó, no basta con hacer justificadas alabanzas al valiente papel del movimiento estudiantil; tampoco repetir incesantemente que la jornada fue un  rosario de abusos y ventajismos. Una y otra cosa son ciertas, y sin embargo no responden a la intención de formularnos esa pregunta. Porque lo que subyace a este interrogante son un conjunto de angustias sobre nuestra forma de encarar el problema nacional. Lo que está detrás es interrogarnos sobre las razones para la pérdida de convicciones democráticas que está sufriendo nuestro país, y que solamente en dos años revirtió su decisión de no entregarle el gobierno a perpetuidad a nadie, ni siquiera al carismático presidente que nos rige a sangre y fuego desde hace diez años.

El país está sometido a una rapidez vertiginosa, que se nos impone como parte de la receta autoritaria que mantiene al gobierno y que preserva el liderazgo del presidente Chávez. Esa rapidez ha devenido en improvisación y en realismo mágico. Esa velocidad ha impedido que hagamos revisiones oportunas sobre tácticas y estrategias y nos ha hundido en la repetición irracional de prácticas fatuas y de errores injustificables. Creer por ejemplo que ante una maquinaria repleta de dinero y de otros recursos se le puede oponer la flaccidez de nuestras organizaciones políticas o la animosidad del movimiento estudiantil,  son parte de las decisiones que tendríamos que evaluar. Pretender que el trabajo político es, en estas circunstancias, una labor exclusiva y excluyente de los dirigentes políticos, es otra exigencia que debemos valorar en la justa medida de sus resultados. Esperar que la simbología de una marcha multitudinaria pueda ser un sustituto eficiente de ir a votar y de defender esos votos, es una muestra más de las conductas y de la cultura política que ha exhibido la sociedad democrática y que nos ha conducido hasta aquí, donde abundan las derrotas, donde escasean los triunfos, y donde están ausentes la explicación y la revisión de lo decidido e implementado.

Diez años llevamos intentando salir de este régimen con la premisa de que no se puede atacar directamente el liderazgo presidencial. Todos los analistas han insistido en que ni se puede rozar la imagen del presidente, especie de sancta sanctorum de la emotividad nacional. Pues bien, hasta aquí hemos llegado, castrados e impedidos de encarar a la causa y al efecto de esta revolución, impoluto en tanto y en cuanto él es el único que se afecta a sí mismo. ¿Será acaso esa una de las razones por las cuales seguimos perdiendo? Diez años llevamos lidiando con la incapacidad organizativa de los partidos. Pero de esos diez años, quisiéramos saber qué ocurrió en los últimos cuarenta y cinco días, en términos de planes, propuestas, escenarios y alternativas para enfrentar esta campaña. ¿Por qué tanto silencio? Diez años intentando garantizarles un espacio mínimo vital, financiando sus iniciativas, apoyando sus maniobras, y preguntándoles sobre la maquinaria, sobre el universo de militantes que un día al año se organizan alrededor de una causa electoral, para intentar ganar. Diez años sin saber si es por milagro que ganamos, si hay alguna medida de economía política que nos obliga a abandonar ciertas regiones para asegurar otras. Diez años esperando que ellos recauden las actas y presenten sus propios resultados, observen las irregularidades, demuestren consistencia, coraje y creatividad. ¿Será posible que terminemos de saber qué tienen que ver ellos con los resultados?  Y las respuestas no tendrían que ser evasivas e irresponsables. Alguien definió e impuso estas estrategias. Alguien por lo tanto debe asumir con decencia y civismo la responsabilidad.

Y seréis como Dioses

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
 
La primera tentación a la que se vio sometido el hombre fue esa. El demonio serpenteó las conciencias de Adán y Eva con el fin de convocarlos a los fatuos espacios de la ambición. No les bastaba con el mandato amplio de designar a todo lo creado, ni tampoco les era suficiente primar sobre todos ellos. Mucho menos les gustaba estar confinados a degustar casi todo, menos el árbol designado como la prohibición originaria. De aquel que Dios mismo les había proscrito y determinado como fatalmente inaccesible. Pero la oferta de Lucifer no podía ser más seductora. Pasar de ser una creación a tener la potestad de ser creadores. Dejar de ser resultado para ser causa. Desprenderse de cualquier mandato limitante para pasar a ser ellos los que pudieran regir más allá de esa creación todavía inconclusa. Y permitirse flotar por la nada imaginando nuevos mundos y nuevas formas, sin atadura alguna. Pero la serpiente los engañó. La promesa resultó un desencadenamiento de desnudez y de vergüenza. La realidad fue el exilio, el esfuerzo, el dolor y la tragedia. Adán y Eva se perdieron en la historia de un asesinato también primordial, cuando Caín no soportó la competencia de una ofrenda mejor intencionada.
 

Cuarenta días con sus noches acumularon ayuno y provocaron hambre. Jesús estaba forjándose a la vista de su propio destino, intentando dominar la más frágil de sus dimensiones, asfixiando las ganas con el fin de liberar todo el poder de su espíritu divino. La carne es débil, y eso lo sabe mejor que nadie un ángel caído. No pases hambre, fue la primera invitación a la perversidad de la ilimitación de su poder infinito. Vuela ante todos nosotros y demuestra así tu esencia divina, fue la segunda forma de cortejar su orgullo. Entrégate a mí para que puedas dominarlo todo, fue la oferta que pretendía azuzar la predisposición fatal que todos los hombres tienen por el poder y el afán de gloria. El diablo no pudo con Dios, y se resignó a merodear entre los hombres, mejor dispuestos para la caída.
 

El poder es la gran tentación del hombre, incapaz de resignarse a ser polvo y olvido. Thomas Hobbes y Jean J. Rousseau, a pesar de todas sus diferencias, coincidieron en reconocer que el afán de gloria y una sed infinita de reconocimiento embaucaban las mejores intenciones del hombre y lo transformaban irremediablemente en un arma fatal contra los demás. Ellos llegaron a la conclusión de que la sociabilidad del hombre no es otra cosa que una trampa de arrogancia y sed de dominio que paradójicamente encadena al  hombre al resto de la humanidad.
 

El hombre siempre ha imaginado a Dios como  una entidad todopoderosa. Omnisciente, omnipotente, omnipresente. Esencia absoluta que se hace presente en todas las circunstancias de nuestras vidas. Dios es para el hombre el poder esencial e irrebatible que transforma a los demás en meros argumentos de una trama que solo puede saber él. Intentar ser como Dioses, la tentación original, es pretender abarcar al tiempo y al espacio en forma de eternidad. Pero el hombre es perecedero y fatalmente débil a pesar de todas sus elucubraciones. Pretender nunca es ser. Esa consigna estaba escrita en letras de fuego en la espada del ángel que cerro para siempre las puertas del paraíso. Para siempre es un atributo que le queda grande al hombre, incapaz de recordar toda su historia,  torpe a la hora de reconocer que no puede ni siquiera dominar un complejo presente lleno de trampas y mentiras, y condenado para siempre a pretender un futuro que bien podría no existir, al menos no para aquel a quien la vida se le acaba en el farragoso mar de la calamidad. El único más allá que existe está del otro lado de la vida, no en el futuro que la arrogancia planifica en forma de prórroga indefinida. 
 
Víctor Maldonado C
victor.maldonadoc@hushmail.com
victormaldonadoc@gmail.com
http://blogs.noticierodigital.com/maldonado
0416-4119721
0414-2408648

La piedrita de Lina

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
“El deseo de abandonar esa miserable condición de guerra…”
Thomas Hobbes

La semana culminó con la ocurrencia de tres hechos igualmente repudiables. La profanación de la sinagoga, el bombardeo de la Nunciatura y el linchamiento del violador del Valle. Los tres expresan tajantemente la vigencia entre nosotros de un “estado de la prerrogativa” regido cada vez más por medidas arbitrarias y por el descontrol del gobierno que ya no luce capaz de establecer diferencias apreciables entre lo que sus líderes dicen y lo que sus seguidores hacen. Los tres casos representan el desborde de la violencia social, el surgimiento del terror político y el quiebre de nuestro Estado de Derecho, incapacitado para garantizar la convivencia ciudadana y administrar justicia. Los tres casos apuntan al presidente de la República como responsable político de que el país esté siendo sometido a la experiencia de la intolerancia y del odio. Los tres casos indican que la institucionalidad del país ha sido pulverizada y está siendo sustituida por la libre interpretación que del discurso político elaboran los seguidores más radicales de esta revolución.

Ser testigos obligados de la violación a un lugar sagrado,  presentir que un grupo de rufianes asociados al régimen van a tomar por asalto una sede diplomática, o enterarnos de que una comunidad decide ponerle punto final al hostigamiento de un delincuente, tiene un significado político y unas consecuencias sociales que debemos advertir.

El significado político es que el régimen ni quiere ni puede garantizar la paz interior y la seguridad jurídica de todos los ciudadanos. Pero tampoco está siendo capaz de ser reconocido como legítimo, en tanto y en cuanto grupos parapoliciales, amparados y apoyados por el discurso del alto gobierno, sienten que pueden y deben transformarse en el garrote de la revolución, sin importarles que con eso acaban con cualquier posibilidad de creer que el Estado Venezolano es capaz de mantener un control razonable del monopolio de la violencia legítima.  Así no es casual que tras semanas de retórica anti sionista el resultado haya sido la insoportable agresión a la sinagoga Tiferet Israel. Tampoco que luego de insultar metódicamente la conducta asumida por el Nuncio Apostólico y la Conferencia Episcopal, de tarde en tarde les den su ración del gas del bueno, prometido por el Presidente a sus adversarios. Y nadie puede extrañarse que esta lógica revolucionaria haya sustituido a la justicia, y que delincuentes reciban el mismo tratamiento artero que el prometido a los adversarios del régimen, el linchamiento.
Las consecuencias sociales son muy graves. Que el gobierno no quiera  garantizar el orden social y la vigencia del  Estado de Derecho nos coloca al borde de la guerra civil. Si el gobierno sigue permitiendo y auspiciando desde su discurso violento, intolerante, sectario y sesgado la acción impune de grupos que por su cuenta amenazan, invaden, allanan, profanan y agreden, el resto no tendrá ninguna otra alternativa que asumir la legítima defensa de su vida y de sus propiedades. Si el gobierno sigue actuando por mampuesto, lo único que va a lograr es una crisis en su propia capacidad para mantenerse al frente del gobierno. Y no puede entenderse que  ese sea el plan de alguien que aspire a la reelección perpetua. A menos que tal y como le ocurrió a Nerón o a Hitler, pretenda que la destrucción total es el epílogo de su reino de mil años. Ellos lo intentaron y fracasaron rotundamente en casi todo, porque lo único que lograron fue asegurar un puesto privilegiado en el basurero de la historia.