¿Cómo caíste estrella brillante?
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
Así comienza el poema dicho por el profeta Isaías con ocasión de la muerte de un rey de Asiria. Los comentaristas sagrados afirman que todo el texto es una burla al desparpajo y la arrogancia con la que los poderosos exhiben su fuerza. La moraleja que subyace en su contenido es que al final Dios se encarga de romper el palo de los malvados y de fracturar el bastón de los opresores. Al final es cuestión de tiempo.
Los caminos de Dios son extraños. Se expresan en las mil y un formas de la fortuna, que a veces eleva y a veces derrumba. Se muestran en las diversas caras de la virtud y de la prudencia de los poderosos, que a veces dirige y otras veces extravía. Finalmente nada puede evitar que se cumpla el ciclo fatal que siempre termina en el olvido. El aclamado será repudiado, el celebrado terminará condenado. ¿Cómo caíste desde el cielo, estrella brillante, hijo de la aurora?
En nuestro caso la caída tiene forma de renta petrolera menguante. Un proyecto que por diez años se apalancó en las bondades de la más larga bonanza se presenta hoy con las manos vacías de realizaciones, sin poder justificar qué hizo con los reales, y en qué medida cambió la suerte del país. Habiendo pasado el tiempo de las promesas y de la euforia, todavía está pendiente el compromiso de lograr la suprema felicidad del pueblo. El problema está en que el presupuesto nacional, que depende en un 46,5% de la renta petrolera no va a seguir suministrando los recursos suficientes para impulsar las misiones sociales, luchar contra la pobreza y la exclusión, garantizar el acceso oportuno de los alimentos de calidad, permitir la obtención de una vivienda digna, atender los déficit de salud, impulsar la educación universal o garantizar la seguridad social. Sin recursos la realidad es más atroz, menos manejable, más árida. Sin recursos la cola será más larga y los pobres volverán a sentir el abandono de siempre.
Porque lo que realmente ocurrió en la última década fue sencillamente bestial. El gobierno se gastó toda la renta petrolera en construir un espejismo, una especie de pirámide social, un fraude que mantuvo la ilusión de que podíamos coquetear con la sinrazón y el sinsentido de experimentos extravagantes mientras se abandonaba contumazmente el campo, se abatían con alevosía las empresas, se dejaban de construir viviendas, se ignoraban las necesidades del sistema de salud, se dejaban de lado las universidades nacionales y se construía un muro de exclusión cuyo cemento y ladrillos era la célebre lista de Tascón. El régimen pretendió que podía ganar una guerra demencial contra la mitad del país, que podía sustituirlo y acosarlo con las pestes de la inseguridad, el desempleo y la exclusión. Pero llegó la hora de las definiciones y de la rendición de cuentas y la interrogante es la misma que hace siglos cantó Isaías: ¿Cómo tú, el vencedor de las naciones, has sido derribado por tierra? Muy sencillo, el peso de lo que no se hizo y el amargo despertar de una promesa insostenible se ciernen sobre los hombros del régimen para recordarle todos los días lo que la realidad le irá obligando a hacer con el paso del tiempo.
Las promesas están resquebrajadas. El gobierno ya no es taxativo sino condicional, porque todo lo que dice está dependiendo del yugo de la realidad, que le ha obligado a sustituir viejas consignas por una aclaratoria burocrática: “No habrá cambios, a menos que la situación así lo demande”, que lo único que quiere significar es que ahora la realidad es el jefe del gobierno. Adiós ideología, llegó la hora del pragmatismo, de la represión o del sálvese quien pueda.