Archivo de Diciembre, 2008

En las riberas de la revolución

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Su figura se mantiene espigada, como si tuviese sentido orientarse hacia el infinito para agarrar los restos de una esperanza que se deshilacha por todos lados. Tal vez quince años en los que ha tenido que aprender a sonreír para mostrar agradecimiento. Tal vez menos, porque todavía conserva esa inocencia tan perturbadora de los que encuentran sosiego entre las grietas de la precariedad. Como todos los días,  doce horas después de iniciar una temprana jornada, enfila sus pasos hacia la casa. Treinta, cuarenta veces  (¿quién sabe?) cargó las bolsas de supermercado y las llevó unas hasta el carro, otras hasta las puertas de las casas. Treinta o cuarenta veces dio las gracias al recibir una propina que muy pocas veces expresaba algo de generosidad. Treinta o cuarenta veces se preguntó si tanto arrastrar el carrito tenía algún sentido. Treinta o cuarenta veces se preguntó si existía algún resquicio por el cual algún día iba a poder escapar de ese confín de carencias desde donde descontaba su niñez.

En el otro extremo de la ciudad el mundo no parece tan estrecho. Entre abrazos y promesas de amor eterno, el presidente Chávez compromete dos mil millones de dólares con su tío Raúl Castro. En otra oficina los planificadores están calculando cuánto cuesta sostener al gobierno de Evo Morales y las bravuconadas de Daniel Ortega. Miles de millones de dólares que se pulverizan mientras que miles de jóvenes venezolanos no tienen ningún indicio sobre lo que va a pasar con sus vidas. El chamo no saca cuentas, simplemente camina hacia la casa, esperando llegar vivo, esperando comer algo, esperando un amanecer que solamente le promete treinta o cuarenta cargas más, treinta o cuarenta propinas, una especie de laberinto de imposibilidades en la que pierde día a día su vida y sus esperanzas.

El chamo no saca cuentas. Solamente sonríe. No necesita dos mil millones. Para vivir con dignidad necesitaría que su familia tuviera uno o dos empleos decentes. Doce mil dólares de esos dos mil millones para estudiar un año. Ciento noventa y dos mil dólares para estudiar primaria, bachillerato y universidad. Ese es el costo de su dignidad. Ese es el precio de su vida en plataforma de lanzamiento hacia la libertad. Con esos dos mil millones de dólares diez mil quinientos muchachos asegurarían vida y estudios. Comerían lo suficiente para pensar en grande. Soñarían diferente un mañana que no se reduce a la carga y a una sonrisa que mengua con la desesperanza.

Pero en el otro extremo de la ciudad nadie piensa en él. Las promesas suenan vacías de realidades concretas. En el otro extremo se piensa una revolución en abstracto y sin gente, indolente de la suerte del muchacho que carga las bolsas del supermercado. Insensible a su cotidianidad y a su miseria. Disonante entre él y los afiches que proponen una “Venezuela de Verdad” que él no puede ni siquiera presentir. Su país es otro, más limitado, exiliado de la prosperidad y de la esperanza. Su navidad llegará algo tarde, como siempre, cuando el supermercado cierre y solamente sienta la caricia de la soledad de una ciudad que no tiene interés en verle la cara y recordarlo como prójimo. Anochecerá como siempre y a lo lejos se preguntará por qué los demás tienen tantas razones para festejar mientras que él no consigue ni una. En el otro extremo solo cuentan votos. Solamente valen las listas y los cálculos. En la otra ribera de la revolución todo es rojo, nada es tan negro como la noche, la soledad y la desesperanza. A lo lejos se oyen los aplausos que celebran los dos mil nuevos millones que se lleva el tío del presidente. Pero el chamo no saca cuentas. Solo sabe que es de noche, que está solo, y que en su casa le espera el vacío. 
 

Víctor Maldonado C

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Obedeciendo a Jesse

Por: Víctor Maldonado C.
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El ministro de las comunicaciones del régimen exigió en la rediviva de su debut una mayor objetividad y un mayor compromiso con la realidad. Para el ex candidato está claro que allí está el quid de la cuestión, que los medios libres no dan cuenta de lo que él, su familia y sus compañeros de partido aprecian. Con esta exigencia se está metiendo en uno de los problemas más recurrentes de las ciencias humanas, la cualidad que tiene eso que todos llamamos realidad, cómo se construye y de qué manera se acuerdan sus signos y señales. Foucault diría que hay instituciones como el Estado que siempre han tenido presente  la tentación de imponer a los demás su versión, a veces por la fuerza, otras por la vía de la propaganda y de la ideología, y pocas a través de la convicción y del diálogo pluralista. De eso se trata el poder y para eso se inventó la represión.
 
Jesse seguramente hará esas exigencias muy preocupado por el alud de disonancias cognitivas que su jefe ha provocado en el país. Y no debe olvidar que un desprendimiento de la realidad tal y como la percibe la mayoría de los convivientes siempre ha precedido a una declaración de locura. Un loco no es más que una persona que no comparte la misma versión de la realidad con los demás. Por supuesto que la mayoría decide quien está loco y quienes se mantienen cuerdos, y me figuro que Jesse presentirá las dificultades asociadas a que unos pocos declaren locos a la mayoría del país. A eso precisamente se le conoce como tiranía. 
 
Lo cierto es que Venezuela está cambiando, aun cuando Jesse no lo conciba. Para ayudarlo a caer en cuenta este es el inventario de lo que nosotros vemos y que Jesse niega: Las instituciones públicas están desplomándose por la corrosión producida por su propio desprestigio. A la gente ya no le divierte tanta lambucería adulante en relación mellizal con la más rampante ineficiencia. Ya nadie oculta el malestar que produce una  corrupción tan soez y una nomenclatura de funcionarios y amigos enriquecida hasta el colmo de la desfachatez y el cinismo. Tampoco se puede negar que la gente anda harta de las obsesiones presidenciales de mantenerse hasta el infinito y más allá a cargo del país, mientras que muestra un desinterés grosero por resolver sus problemas. La gente de la calle sabe que la suerte del país está desgraciadamente unida a los precios del petróleo y conoce de su derrumbe fatal, muy pero muy lejos de los doscientos dólares que prometía el presidente. Y no sabe qué hizo el gobierno con ochocientos mil millones de dólares que ha tenido a su disposición en los últimos diez años. No ve por ningún lado una obra consistente y digna que pueda mostrarse como hija legítima de la revolución, y presiente que toda la estructura de las misiones languidecerá hasta la muerte, sin que el gobierno haya aprovechado el boom para fundar instituciones robustas y estables que resuelvan los problemas sociales del país. Como todos saben contar se espantan con los casi trece mil homicidios y crímenes violentos que desbordan la capacidad policial. Como tienen destrezas relacionales también infieren que los aviones, submarinos y satélites no resuelven ni la inseguridad, ni el desempleo, ni los cortes de luz o agua, ni tapan los huecos de las calles, ni nos defenderán de la recesión mundial y del aislamiento en el que estamos metidos hasta el Alba. Esto es parte de lo que Jesse no quiere ver en los medios de comunicación, pero que la mayoría siente en su realidad cotidiana.
 
El encargo produce lástima y pena. A fin de cuentas es un problema de lo que se ve y se escucha. De lo que se siente y se resiente. Y de algunas preguntas que el gobierno prefiere no responder. 
 
 
 
 
 
Víctor Maldonado C
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Cuestión de azar

Por: Víctor Maldonado C.

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Solo existimos si alguien nos piensa…
En un viejo libro sobre sabiduría china se puede leer la siguiente sentencia: “Los virtuosos y los corruptos son opuestos; es imposible no distinguirlos. Los virtuosos hacen que predominen la verdad, la virtud, la benevolencia y la justicia. Los corruptos son aficionados al poder y al beneficio y hacen las cosas mediante halagos y engaños. Los virtuosos realizan su voluntad y siempre ponen en práctica lo que aprenden. Los corruptos, al ocupar una posición de poder, generalmente se entregan a su egoísmo, celosos de los inteligentes y envidiosos de los capaces; se entregan a su deseo y se agarran a las posesiones materiales sin que sea posible predecir hasta donde pueden llegar. Por eso, una comunidad decae cuando se dan cargos a personas corruptas”. 

El texto es singular porque no permite un deslinde de la responsabilidad cuando se trata de la toma de decisiones. Gerente o no, el hombre es el esclavo de su propio carácter, pues no cabe duda de que las decisiones que toma siempre serán la expresión más conspicua de su constitución moral.  No todas las disposiciones gerenciales tienen la misma importancia, y por lo tanto, algunas de ellas caerán en los espacios de la irrelevancia y de la futilidad. Pero hay otras que afectan la salud de la empresa y su integridad, o que impactan la calidad de la vida de las personas. De todas estas unas son necesarias y otras muy posiblemente evitables. Todo dependerá de cómo se interprete la realidad, del monto de nuestros miedos, la rapidez con que se asumen, la experiencia y la imagen que tengamos de nosotros mismos. 

Los gerentes saben que de las peores cosas que se tienen que hacer es precisamente el resolver el despido de alguien. Se supone que entre dos males, este suele ser el mal menor, porque detrás está la suerte de la empresa. En estos casos alguien tiene que asumir la responsabilidad de juzgar quien sale y por cuales razones. Otros deberán anunciarlo en su debido momento, y cuidar que los daños se mantengan dentro de los rangos manejables. Se debe asegurar que el resto del equipo esté plenamente consciente de las razones que se adujeron para tal medida, y que no quede dudas de que tanto en el proceso de tomar la medida como en su trámite administrativo imperó la justicia y la benevolencia. De cualquier manera los sociólogos organizacionales advierten que en este tipo de casos ocurre un choque frontal entre dos tipos de racionalidades, la de la empresa que busca salvarse, y la del profesional que advierte la devastación temporal de su vida, al perder la fuente de sus ingresos. La colisión se da en presencia de los que se quedan. El impacto produce efectos contraintuitivos y no deseados como el sabotaje, la caída de la motivación, la pérdida de liderazgo y el quiebre del pacto implícito que insinúa una relación para toda la vida. No hay que olvidar que dentro de las organizaciones las interacciones más importantes son estratégicas, suponen acción y reacción, acontece entre actores plenamente conscientes de la necesidad de la interrelación, que no solo son capaces de aprender a partir del pasado, sino de prever el futuro. Los sobrevivientes asumen el costo psicológico de reorganizar las relaciones informales y llenar el vacío del que hasta ese momento fungió como un buen compañero de trabajo. La solidaridad que exige la organización para mantener a todos en la línea de la productividad y los logro, por lo menos por un buen rato será acosada por el cinismo y la sensación de finitud que acompañan a la depresión, el desinterés y la desesperanza.

Alrededor de este tipo de medidas hay varias dificultades que se articulan en nudos dilemáticos. Es difícil ser honestos y reconocer que muchas veces es imposible determinar completamente las consecuencias que se desencadenan a partir de nuestros propios actos. Pero lo cierto es que no hay forma alguna de evadir la incertidumbre, la inconmensurabilidad, la arbitrariedad y la aleatoriedad alrededor de lo que presuponemos debe ser un plan perfecto. Ni siquiera asumiendo corajudamente la autoría del plan un gerente puede esquivar los linderos del azar. ¿Por qué tomar una medida que afecte a otro, frente a los otros? Es una pregunta que nos exige la formulación de explicaciones ex-post sobre aspectos ya determinados bajo otros argumentos. Exige la explicación convencional, y se espera una reacción también convencional, pero nunca se sabe. Es como tirar los dados o jugar a la ruleta esperando que cada intento se recompense con el premio gordo. Otto Neurath, citado por Jon Elster en su libro “Juicios Salomónicos” califica esta pretención como seudorracionalismo. Creer que siempre podemos tener buenas razones para nuestras decisiones, intentar convencerse de que el criterio de maximizar el propio interés es mejor que el mantener los equilibrios del sistema organizacional, incluso bajo la premisa del sacrificio personal, es pretender asumir que el mero “me da la gana” puede ser un argumento. El seudorracionalismo conduce en parte al autoengaño, en parte a la hipocresía, y contribuye por lo tanto a la degradación de la eficiencia gerencial. 

Neurath recuerda a sus lectores que frente a cualquier dilema no hay alternativa mejor que intentar romperlo mediante la acción enérgica. El problema está en encontrar la mejor razón para seleccionar una alternativa óptima. Algunos dicen que el instinto es suficiente;  por esta razón cazan los leones y sobreviven. Otros aducen que mejor es confiar en la profecía y los buenos augurios; los que así piensan no mueven un dedo sin apoyarse en las explicaciones mágicas. Un tercer grupo exige explicaciones, intenta análisis, monta escenarios y construye modelos; este es el mundo de los economistas. Y finalmente, otros se conforman con reflexionar intensamente, aun admitiendo que su percepción es débil. Estos al final saben que el azar definirá quien no estará en el momento adecuado, en el lugar apropiado. Eugenio Montejo dijo en algún poema que “vivimos al filo de las horas, palabra por palabra”, y es verdad, en nuestra vida hay pocas certezas. El saberlo nos da miedo y nos torna inmensamente infelices. El huir de esta carencia nos hace aferrarnos a promesas y estados que son imposibles de sostener bajo la promesa de la imperdurabilidad. Más bien intentamos vivir un presente frágil desde donde presentimos constantemente las acechanzas del destino, fraguadas por semidioses que deciden por nosotros lo que a la vez creemos es nuestro propio dominio. 

Hay un poema de Borges que ilustra con inefable belleza cuanto azar explica nuestras vidas. Ajedrez se llama. Las fichas del ajedrez “no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada”. Pero “también el jugador es prisionero de otro tablero de negras noches y de blancos días”. A su vez “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”. Así de simple es el azar, un laberinto de infinitas relaciones causales que están más allá de nuestra comprensión, pero que de repente ilumina como un rayo nuestras vidas o lo somete a la oscuridad angustiosa de no saber si alguna vez volverá a amanecer. Empero, hasta ahora el alba siempre ha ocurrido, y con ella la luz. 

El túnel

Por: Víctor Maldonado C.

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“… Los seres humanos no pueden representar nunca las angustias metafísicas al estado de puras ideas, sino que lo hacen encarnándolas…

Ernesto Sábato

Todos los gerentes del mundo están sintiendo los escalofríos que provocan el estar asomándose al vacío de una gran recesión mundial. Muchos de ellos presienten que el entorno es tan amenazador como inevitable. Otros se ven desprovistos de repente del aura de infalibilidad de las que se revisten quienes nunca se equivocan, y que ahora ven arrastrados por estas tormentas todos los cálculos previos. Algunos sienten que no tienen piso, y que la caída es libre. Empero, esa sensación es solo la versión de la realidad que se nos presenta desde nuestros propios temores y de la desazón que muchos sienten al tener que comenzar de nuevo. El miedo es libre, pero no siempre es el mejor compañero de nuestras decisiones. 
El estar angustiado no es precisamente la mejor condición para enfrentarse a los retos de la incertidumbre y la turbulencia. Los temores exacerbados reducen al hombre a la condición elemental de sus instintos, y por lo tanto, lo somete a la presión de la sobrevivencia. El sentir una angustia de muerte, el experimentar el arrinconamiento frente a un predador (real o simbólico), intuir que en los próximos minutos la vida se acaba si no hacemos algo, por  lo general nos conduce a acciones desesperadas que no siempre son las adecuadas. Cuando los gerentes sienten un grito interior que los aturde con un “sálvese quien pueda” imperativo, comienza desde adentro la debacle individual que puede acabar con toda la organización. Caen estrepitosamente los principios y valores que cohesionan a la organización y comienza a imperar la conveniencia ramplona del corto plazo que opera como un potente ácido corrosivo de la estabilidad del sistema. 
También puede ocurrir que la angustia se convierta en parálisis. Pensar en que “el día del juicio está cerca” y que no hay nada que hacer, que las cartas están marcadas y que por lo tanto es poco o nada lo que se puede hacer para impedir la debacle torna nuestra capacidad para enfrentar una situación adversa en fatal desesperanza.  Desde la desesperanza los gerentes comienzan a ser protagonistas de su propia destrucción. Robert Merton llama a estas dos conductas desesperanza aprendida y profecía autocumplida. El temor al fracaso y la inminencia de las dificultades muchas veces da paso al abatimiento gerencial.
Angustia, parálisis, desesperanza y profecía autocumplida son los adjetivos más determinantes del miedo. Y el miedo muestra cuán soez puede ser la miseria humana. Es muy fácil para los gerentes y administradores proclamar ante la adversidad: “Me salvo yo, porque puedo”. Efectivamente, los gerentes pueden llevar al extremo de la inmoralidad la flexibilidad laboral (del resto) y aplicar medidas que simplifiquen los costos. Es relativamente sencillo reducir la nómina o el marco de las relaciones institucionales (stakeholders) que efectivamente se quieran atender. Nadie puede objetar que se tomen decisiones, lo verdaderamente reprobable es que las mismas contengan el error original de ser tomadas sobre la base de una percepción de la realidad deformada por los propios temores. 
El miedo no se puede confundir con la prudencia. Una gerente prudente toma decisiones acertadas, las reflexiona, sabe tomar los riesgos que sean necesarios pero no se excede, tiene una evaluación completa del entorno y es capaz de hacer apuestas sobre el comportamiento de su organización en el futuro cercano. Además es resiliente. Tiene las competencias personales que le permiten la adaptación a las dificultades y la suficiente reciedumbre para no dejarse abatir por el pánico. “Como los juncos, me decía hace años un amigo, que se dobla pero no se parte”. 
No hay forma de encarar situaciones extremas sin esperanza y sin valor. La esperanza se debe entender como la insistencia en la validez del proyecto. Desde la esperanza el hombre confía de modo más o menos firme en la realización de lo que en el presente solo puede apreciarse como una posibilidad. Mantener la esperanza al alza no es otra cosa que sostener las expectativas de nuestros proyectos, sin la cual es fácil perder el rumbo y terminar en un naufragio. Sin esperanza caemos en la angustia que Lautréamont denunciaba como la trampa de “cantar el hastío, los dolores, las tristezas, la muerte, la sombra, lo sombrío, y empeñarse a toda costa en no ver más que los pueriles reversos de las cosas”. 
El valor es un requisito de la independencia, la libertad y la fuerza. “Es valiente el que es capaz de rechazar, firme en su formación, a los enemigos, y de no huir” dice Sócrates a través de la afirmación de Laques. Resistir y persistir en la búsqueda de la verdad, insiste el filósofo más adelante. Atacar  y resistir son los dos actos del valor de acuerdo a Tomás de Aquino. José Antonio Marina completa argumentando que “el valiente se enfrenta al obstáculo animado por la razón que busca el bien. La virtud que se pone en práctica al actuar valerosamente, la que dispone al sujeto para obrar así, es la fortaleza. Una persona valiente tiene el coraje de hacer lo correcto a pesar del peso de las dificultades y del tamaño de la adversidad. Cualquier otra posibilidad es miedo, pero vale la pena especificar las diferencias. 
1) Una cosa es el valor y otra no tener miedo. Nietzsche lo remarcaba con contundencia: “tiene valor quien conoce el miedo pero lo domina; quien ve el abismo, más con orgullo; quien ve el abismo, más con ojos de águila; quien con garras de águila se aferra al abismo: ése tiene valor”. 
2) Una cosa es el valor y otra la bravura. No debe confundirse la temeridad ciega con la valentía. La soberbia de perseguir la gloria vana; la envidia al codiciar el éxito ajeno; la ira que de deduce de abatir al contrario; la avaricia que aspira a cosechar éxitos y la lujuria de saberse admirados por el arrojo insensato no son los mejores indicadores de la cordura que exhibe un hombre sabio. La bravura de aquel que muere intentando coronar una cumbre nevada no es el valor del que renuncia a experimentar situaciones extremas para poder ver crecer a sus hijos y evitarles la pena de la orfandad. La bravura de Sansón gritando “muera Sansón y los Filisteos” no puede compararse con la reciedumbre de Moisés al conducir al pueblo de Israel fuera de Egipto. La bravura del gerente que desde su posición ordena reducir costos y personal no es comparable al liderazgo inspirador de aquel que invita a compartir todos las dificultades hasta que llegado el momento puedan también compartir los éxitos. 
3) Una cosa es el valor y otra la furia. El pendenciero, el violento o el agresivo que disfruta de la pelea y de los conflictos no pueden confundirse con el valor. Este último obliga a la moderación y a veces a la contención de no caer en las provocaciones. Un basilisco, animal mítico con cuernos de serpiente, patas de gallo, alas espinosas y colas en formas de lanzas, que mata con solo fijar la mirada en su víctima es la negación arquetípica  de todo lo que significa el  verdadero arrojo personal. Valentía es muchas veces resistir, otras atacar, y casi siempre persistir, no diluir las fuerzas en un ataque de histeria capaz de acabar con todo. 
4) La valentía no es la sumisión a un miedo mayor. Quien actúa para evitar ser presas de miedos mayores no es un valiente, porque permanece bajo el arbitrio del temor. La valentía es hija legítima de la esperanza y el orgullo. Es una consecuencia de actuar bajo el imperio de los principios, los imperativos de la productividad y el emblema de la autoestima. Es actuar por saber que la decisión tomada nos hace compatible con la virtud y no con el vicio. 
5) Por supuesto, no es valiente quien no asume la realidad sin la ayuda de la lucidez. Libre de vicios y adicciones, enfrentando alegrías, tristezas y retos sin muletas que provocan el enardecimiento, pero nunca el valor. 
José Antonio Marina finalmente nos regala una definición útil de valentía: “Valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad del camino. Actúa pues, a pesar de la dificultad y guiando su acción por la justicia, que es el último criterio de la valentía”. ¿Quedó claro? 
 

Entre la sangre y el abismo

Por: Víctor Maldonado C.

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El precio de la libertad es su vigilancia

Jacob A. Riis

Los resultados de las elecciones regionales  abrieron las compuertas a una nueva etapa de la revolución que denominaremos del cinismo autoritario como principio fundamental del gobierno. Esta etapa tiene una sola característica en la obsesión insana por la concentración del poder en una sola persona que se considera a sí misma la única que es imprescindible para garantizar la felicidad y la prosperidad nacional. Terminadas las elecciones regionales se cayó el decorado y los protagonistas de la última década de infortunios decidieron quitarse las máscaras y mostrarse al auditorio tal y como son.  La reacción de la dirigencia chavista poco a poco evidenció el inmenso desprecio con el que recibieron los resultados  El disgusto y la agresividad crecientes que se manifestaron a través del discurso presidencial confirmaron que nunca han creído en el pueblo, nunca han respetado su voluntad, nunca han jugado limpio a la democracia ni siquiera en sus reglas más elementales, y que su desprecio por las instituciones es tal que a la luz de todos han procedido al saqueo de bienes y prerrogativas, entregando cascarones vacíos de atribuciones a los que limpiamente ganaron. 

Ahora sabemos que Chávez es un obseso de poder. Que el mantenerse es su único propósito y que cuatro años de gobierno hasta el 2012 no le bastan para saciar su ansia incontrolable por manejarse desde la perpetuidad. Ahora el intento es sin el concurso del pueblo, apalancado solamente por la aquiescencia de una de los poderes públicos menos reputados, con el menor respaldo de la opinión pública, transformados por el presidente en un mar viscoso de adulancia y el sometimiento. Esta corporación pública, remedo del viejo loco Renfield, sirviente miserable de Drácula, réplica del soviet supremo stalinista, únicamente dedicada a complacer los deseos impúdicos de su líder, es la única herramienta que le queda al presidente para sacar por las malas lo que el pueblo le ha venido negando sistemáticamente. 

En cualquier caso, la decisión presidencial no debe extrañarnos. Sabíamos que tarde o temprano el verdadero talante del régimen iba a tener que presentarse desnudo de adornos y disimulos. Sabíamos que iba a llegar el momento del golpe desesperado en la mesa que nos iba a exigir optar entre la barbarie caudillista que se afinca en la voluntad y designios de un solo  hombre, y la civilización que apuesta a las instituciones y a los acuerdos constitucionales para garantizar la convivencia pacífica de entre los diversos. Sabíamos que debíamos asumir con coraje tiempos oscuros, donde la persecución sistemática pero selectiva y el ataque a los derechos y garantías, iban a ir de la mano con el desparpajo y la procacidad  en el ejercicio del poder. Pero no creíamos que el ataque fuera tan inminente como para dejar de lado las fiestas navideñas o el intentar alguna solución a la crisis económica que se muestra inminente. No imaginábamos tanta falta de cordura y buen juicio, tanta avidez insensata, tanto peligro de sangre y abismo, que deja de ser una frase perdida en algún poema de Eugenio Montejo para pasar a ser una amenaza contundente a todos los que simplemente aspiramos a vivir en paz. 

En estos tiempos Luther King sigue siendo una consigna de lo que hay que hacer: Resistir sin amarguras y sin odios. Conducir nuestra lucha en el plano de la dignidad y de la disciplina. Intentar protestas creativas sin permitir que degeneren en violencia insensata. Y siempre, siempre mantener el compromiso de elevar el plano de la batalla desde la fuerza bruta e irracional de los que se nos oponen hasta las alturas que nos permita la fortaleza de nuestros corazones.

¿Perdimos? Pero ganamos

Por: Víctor Maldonado C.

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El emperador está lejos y las montañas son grandes

Proverbio Chino
Arrancamos este certamen electoral en condiciones desventajosas. El reto consistió en intentar ganar unas elecciones a pesar de no contar con partidos organizados, sin liderazgos fuertes, con los mejores prospectos inhabilitados, sin comando central y sin mensajes estructurados. Con estas condiciones teníamos todo el hándicap que el gobierno pudo colocarnos, perfectamente conjugadas con todas las desventajas propias del deterioro de las instituciones y de la parroquialización de la actividad política. Pocas candidaturas con gancho, sin haber tenido la posibilidad de articular un mensaje positivo que posibilitara el desenganche psicológico y polarizante con la figura presidencial, sin estrategia y sin capacidades para articularla, con maquinarias y capacidades organizacionales muy disminuidas y con una disposición limitada y caótica de los recursos económicos. Fue desde estas desventajas que se produjeron los resultados que hoy con toda justicia celebramos. 
Hay algunas ganancias cualitativas realmente sustantivas y que nos pueden indicar cuan sostenible puede ser esta tendencia. La primera es la continuación del proceso de ruptura, la ampliación de las fisuras en lo que hasta hace un año era una lógica imbatible, la convicción de que Chávez siempre ganaba. Lo que han demostrado estas elecciones es que si se cumplen algunas de las condiciones clave para realizar una campaña política efectiva, la pretensión de invencibilidad se desmorona. La segunda es concomitante a la primera, porque estamos recordando cuan poderoso es el uso del voto como incentivo positivo o negativo frente  a la gestión del gobierno o a los excesos y errores de los dirigentes políticos. En esta línea también aprendimos que es mucho mejor ir a votar que ir a marchar. La tercera es evidente. Ganamos algo de tiempo para organizar la batalla contra la reelección perpetua, porque Chávez y sus asesores saben leer los resultados, a pesar de los episodios insólitos de despecho político que hemos visto esta semana. La cuarta es la progresiva reconciliación con nuestra propia historia y con los liderazgos que tenemos. La mejor pista de que estamos recuperando la salud política y la cordura espiritual es haber elegido a Ledezma con la intensa participación de la clase media y el apoyo creciente de los sectores populares. Con esto vamos dejando atrás la compra que le hicimos a Chávez de los cuarenta años perdidos, de la cuarta república corrupta y egoísta, una monumental mentira, una espectacular simplificación de los hechos que nos hizo caer en las trampas del resentimiento y la negación.  
Además aprendimos que la unidad no sirve si solo es una consigna y no un hábito político fuertemente arraigado en los principios y valores de la sociedad. Debemos aprender a ser más exigentes y a pasar factura a aquellos que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Debemos aprender a no caer en la trampa de la morbosidad y el sectarismo que ahora saca las cuentas más rocambolescas sobre el desempeño individual de los partidos políticos. La verdad es que las cifras que importan tienen que ver más con el desprecio al desempeño de nuestras organizaciones políticas. Finalmente Chávez tiene dos problemas: Que tiene muchos gobernadores bisoños y sin iniciativa propia pero interesados en conseguir su propio perfil, y que tiene cinco estados que le van a hacer contraste. Y para ambos Chávez está demasiado lejos, demasiado ocupado, y muy probablemente aterrado frente a este ajedrez inédito.