En las riberas de la revolución
Por: Víctor Maldonado C.
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Su figura se mantiene espigada, como si tuviese sentido orientarse hacia el infinito para agarrar los restos de una esperanza que se deshilacha por todos lados. Tal vez quince años en los que ha tenido que aprender a sonreír para mostrar agradecimiento. Tal vez menos, porque todavía conserva esa inocencia tan perturbadora de los que encuentran sosiego entre las grietas de la precariedad. Como todos los días, doce horas después de iniciar una temprana jornada, enfila sus pasos hacia la casa. Treinta, cuarenta veces (¿quién sabe?) cargó las bolsas de supermercado y las llevó unas hasta el carro, otras hasta las puertas de las casas. Treinta o cuarenta veces dio las gracias al recibir una propina que muy pocas veces expresaba algo de generosidad. Treinta o cuarenta veces se preguntó si tanto arrastrar el carrito tenía algún sentido. Treinta o cuarenta veces se preguntó si existía algún resquicio por el cual algún día iba a poder escapar de ese confín de carencias desde donde descontaba su niñez.
En el otro extremo de la ciudad el mundo no parece tan estrecho. Entre abrazos y promesas de amor eterno, el presidente Chávez compromete dos mil millones de dólares con su tío Raúl Castro. En otra oficina los planificadores están calculando cuánto cuesta sostener al gobierno de Evo Morales y las bravuconadas de Daniel Ortega. Miles de millones de dólares que se pulverizan mientras que miles de jóvenes venezolanos no tienen ningún indicio sobre lo que va a pasar con sus vidas. El chamo no saca cuentas, simplemente camina hacia la casa, esperando llegar vivo, esperando comer algo, esperando un amanecer que solamente le promete treinta o cuarenta cargas más, treinta o cuarenta propinas, una especie de laberinto de imposibilidades en la que pierde día a día su vida y sus esperanzas.
El chamo no saca cuentas. Solamente sonríe. No necesita dos mil millones. Para vivir con dignidad necesitaría que su familia tuviera uno o dos empleos decentes. Doce mil dólares de esos dos mil millones para estudiar un año. Ciento noventa y dos mil dólares para estudiar primaria, bachillerato y universidad. Ese es el costo de su dignidad. Ese es el precio de su vida en plataforma de lanzamiento hacia la libertad. Con esos dos mil millones de dólares diez mil quinientos muchachos asegurarían vida y estudios. Comerían lo suficiente para pensar en grande. Soñarían diferente un mañana que no se reduce a la carga y a una sonrisa que mengua con la desesperanza.
Pero en el otro extremo de la ciudad nadie piensa en él. Las promesas suenan vacías de realidades concretas. En el otro extremo se piensa una revolución en abstracto y sin gente, indolente de la suerte del muchacho que carga las bolsas del supermercado. Insensible a su cotidianidad y a su miseria. Disonante entre él y los afiches que proponen una “Venezuela de Verdad” que él no puede ni siquiera presentir. Su país es otro, más limitado, exiliado de la prosperidad y de la esperanza. Su navidad llegará algo tarde, como siempre, cuando el supermercado cierre y solamente sienta la caricia de la soledad de una ciudad que no tiene interés en verle la cara y recordarlo como prójimo. Anochecerá como siempre y a lo lejos se preguntará por qué los demás tienen tantas razones para festejar mientras que él no consigue ni una. En el otro extremo solo cuentan votos. Solamente valen las listas y los cálculos. En la otra ribera de la revolución todo es rojo, nada es tan negro como la noche, la soledad y la desesperanza. A lo lejos se oyen los aplausos que celebran los dos mil nuevos millones que se lleva el tío del presidente. Pero el chamo no saca cuentas. Solo sabe que es de noche, que está solo, y que en su casa le espera el vacío.
Víctor Maldonado C
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