Archivo de Noviembre, 2008

El enigma del prestigio militar

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Las encuestas indican que la única institución pública que todavía se mantiene impoluta con una aprobación por encima del 50% es la Fuerza Armada. Y esto es una hazaña, dado el carácter demoledor del estilo presidencial, que ha acabado con la reputación del resto de los poderes e instituciones públicas. Como todo el mundo se imagina, los números no favorecen ni al Parlamento ni al Poder Judicial. Tampoco a ministros o gobernadores. Ninguno de ellos muestra ser algo más que despojos del abuso, la prepotencia y la ausencia casi absoluta de principios y valores. Empero,  la cualidad destructiva del presidente no ha podido con el prestigio del estamento militar.

Algunos dicen que la popularidad de los militares se corresponde a la identidad casi absoluta con el proyecto chavista. A fin de cuentas el gobierno está presidido por un militar ansioso de comando activo, y el resto está igualmente constituido por conspicuos representantes castrenses. Sin embargo, esta hipótesis de la relación especular entre el presidente y las fuerzas armadas que comanda no tiene referentes en otras instituciones que también son hijas legítimas de la quinta república. Como ya lo dijimos, de la debacle no se ha salvado ninguna otra. ¿Por qué los militares sí? ¿Por qué tienen más popularidad que el gobierno que supuestamente ellos dirigen? ¿Por qué son mejor calificados que el gobierno militar del Comandante Chávez?

Puede que la respuesta no sea sencilla. Pero lo cierto es que la Fuerza Armada es la única corporación pública que le pone límites precisos a la arbitrariedad presidencial, de acuerdo a la siguiente regla, que hasta el momento se ha cumplido con estricto apego a la disciplina que los caracteriza: Todas las locuras posibles, siempre y cuando ellas se enmarquen dentro de lo que pautan la Constitución y las Leyes. Y cada vez que nuestro presidente ha pretendido pasar esa línea, los únicos capaces de ponerlo en su sitio han sido precisamente sus compañeros de armas. Fueron ellos los que pararon en seco los dos golpes militares encabezados por el ahora presidente. Fueron ellos los que no aceptaron la orden de activar el Plan Ávila en medio de los sucesos de abril. También los que lo repusieron cuando Carmona quiso deponer la Constitución y todas sus instituciones. Lo mismo explica el reconocimiento de la derrota en el referéndum constitucional, a pesar de un cuadro tan cerrado. Y cuando en medio de un gran despecho, ordenó la movilización de diez divisiones a la frontera, simplemente se hicieron los locos y organizaron una sorprendente operación morrocoy que dio como resultado que cuando recibieron la contraorden todavía no habían terminado de salir.

Algunos especialistas podrán incomodarse con lo aquí expuesto. Y uno que otro fundamentalista se rasgará las vestiduras. Pero lo cierto es que hasta el poderoso Chávez tiene un jefe por encima de él, con quien tiene que fajarse a negociar hasta dónde puede llegar con sus obsesiones. Muchos dirán con razón que parte del éxito de esta institución es su flexibilidad a la hora de definir lo constitucional. Pero no podemos olvidar que ellos también están jugando un partido muy complicado, con señales muy ambiguas de aliados y adversarios, y poco reconocimiento público del papel que hasta ahora han desempeñado. Porque tal vez no sean lo que nosotros quisiéramos, pero siguen manteniendo su rol de árbitros constitucionales y garantes de la legalidad, por poca vida que ella tenga en las actuales circunstancias. Y esta condición va mucha más allá de la baja calificación de su alto mando, de los excesos de un comandante de guarnición en Carúpano, o de las amenazas sistemáticas del presidente sobre lo armada que está su revolución.

El ansia

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
La masa del maníaco de gloria está formada por sombras
Elias Caneti
 
Si hay alguna cifra que aturde a la sociedad democrática es aquella que afirma que poco más de la mitad de los venezolanos tiene una opinión favorable del actual presidente de la República.  Este aserto solamente se puede comprender si lo apreciamos en perspectiva y observamos que esta generosa valoración ha venido disminuyendo en términos porcentuales en los últimos dos años. Pero más allá de la crudeza de este dato estadístico, deberíamos estarnos preguntando sobre las razones por las cuales esta calificación se mantiene tan alta, a pesar de que a todas luces su gestión pública carece de éxitos notables. En la respuesta que nos procuremos no podemos dejar fuera tres aspectos que lucen especialmente relevantes a los efectos de lo que desde aquí tendremos que emprender para lograr una alternativa plausible en el 2012.
El primero de todos es la necesidad de construir y sostener una alternativa competitiva al régimen, que sea fresca, creíble, incluyente, capaz y apta para retar el liderazgo actual. El segundo aspecto es entender que el talón de Aquiles del actual régimen es la calidad de su gestión que no ha podido resolver ninguno de los problemas sociales que se le han presentado. Allí, en la inseguridad desbordada, el desempleo crónico y en los apagones sistemáticos es que debemos proponer la batalla de la opinión pública. Allí es donde hay que centrar el foco. Y en la pretensión del gobierno de acabar con la descentralización, las autonomías regionales, los derechos de propiedad y la libertad plena y sin intervenciones que los padres deben mantener para criar y educar a sus hijos. Y por último diagnosticar adecuadamente dos factores de índole psicosocial: el  que determina la fuerte ligazón entre el presidente y cerca del treinta por ciento de la población venezolana, y el que predispone hacia el resentimiento destructivo a nuestra clase media profesional. El primero de estos factores explica la extrema permisividad de los seguidores del presidente con los desafueros de su conducta, y el otro podría aclararnos por qué no hemos logrado luego de diez años construir una opción viable a la propuesta autoritaria encabezada por el Jefe de Estado.
Freud diría que el líder libera a los seguidores de la espantosa responsabilidad de autorregulación al brindarles una voz autoritaria y severa que deben obedecer. También que el líder puede escapar del resentimiento subyacente y agresivo de los seguidores si encauza la hostilidad del grupo hacia fuera, apartándola de sí mismo, para apuntarla hacia un otro despreciado, a quien se puede execrar y lastimar con impunidad. De este modo, el líder concede al seguidor la gratificación de hondos deseos agresivos que comúnmente debe mantener sublimados y vueltos contra sí mismo, alentado a escindir el mundo externo en imágenes concretas de bien y mal.
Su propuesta nos resuelve el acertijo. El liderazgo carismático tiene dos caras. Una para sus seguidores y otra para sus adversarios. Y las dos lo refuerzan. A los primeros los somete dándoles estructura y sentido, en tanto que al resto los apura hacia el barranco de las contradicciones irresolutas. El mismo que vendió un liderazgo fuerte capaz de imponer la revolución de la igualdad, impuso a otros la leyenda negra de la IV República y los cuarenta años perdidos. A sus seguidores los cohesionó y al resto nos dispersó en el desierto de la incomprensión, el desconocimiento y el fatalismo. Diría Caneti que Chávez se ha convertido en un coleccionista de hombres, para enviarlos de avanzada, o llevarlos consigo a la muerte. Y ganada la gloria, su ansia primordial, permitirse despreocuparse de todos, sin perder nada con ello.

Víctor Maldonado C
victor.maldonadoc@hushmail.com
victormaldonadoc@gmail.com
http://blogs.noticierodigital.com/maldonado
0416-4119721
0414-2408648