Archivo de Agosto, 2008

Las gallinas de Elías

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
A Roberto
“En una brecha entre montañas, iluminando el cielo con un resplandor que llegaba hasta los tejados y paredes de una estación, la colina donde se asentaba la refinería Wyatt, era una sólida, densa masa de llamas”. Ellis Wyatt, a la sazón dueño de un inmenso emporio petrolero, había preferido acabar con todo antes que entregarlo dócilmente a la confiscación oficial. Solamente un cartel sirvió como epitafio: “Dejo esto tal como lo encontré. Tómenlo. Es de Ustedes”. Así concluye Ayn Rand el capítulo X de su libro “La Rebelión de Atlas”. 
Por supuesto que Rand se refiere en su libro a lo que ocurre dentro de una nación cuando un gobierno cae en la tentación de la demagogia socialista. El libro se refiere a la destrucción de las bases económicas de un país cuando sus dirigentes incurren en la estupidez de la utopía de la igualdad y transitan raudos por la senda aniquiladora de todos los supuestos de la libre empresa: rentabilidad, competitividad, emprendimiento, ingenio, y división del trabajo. El resultado no puede ser otro que el abatimiento de la modernidad y la reclusión de toda la sociedad en el más precario estado de necesidad. Porque cuando gobiernos como el de Chávez profieren todas sus energías verbales y todas sus acciones contra la empresa privada lo único que están logrando es la destrucción del empleo, condición indispensable para que todo el andamiaje de bienestar socialista tenga algún sentido. Sin empleo no hay política de seguridad social o de vivienda que valga. Sin empleo, ninguna participación ciudadana autónoma es concebible. Y no hay empleos de calidad si la empresa privada es finalmente engullida por el gobierno. 
Pero no solamente es el empleo el que va a faltar. También el ingenio y el emprendimiento, que por cientos están abandonando el país para ir a servir a otros proyectos en otros países, simplemente porque aquí reciben maltrato e inseguridad como parte de la paga por sus servicios. Sin empresa no hay variedad ni opciones. Sin empresa lo único posible son las gallinas de Elías, criadas en las casas y apartamentos, cacareantes intensas de la pobreza de oportunidades a la que todos vamos a ser sometidos. Sin empresas las gallinas y sus dueños competirán por las conchas de topochos y los desechos de la calle. Sin empresas la muerte llegará con la última gallina convertida en sancocho.  
El gobierno se ha convertido en un depredador sanguinario que con la excusa de defender los intereses del pueblo está destruyendo todas las posibilidades para que ese mismo pueblo pueda resolver sus problemas más acuciantes. Se ha transformado en un parásito de la empresa nacional, a la que no le reconoce ninguna virtud, a la que designa como pitiyanqui, pero a la que paradójicamente envidia intensamente. El gobierno se ha convertido en un vampiro cebado  con el éxito que obtienen los otros y que desea para sí mismo. El gobierno no entiende que podrá confiscar camiones, arroz, gallinas y haciendas, pero nunca podrá reducir la libertad de pensamiento y mucho menos comprar el talento que solamente se reproduce en libertad y respeto a los derechos. No llega a comprender que cuando lo compre todo, y sea dueño hasta del último topocho del país, se encontrará frente a 28 millones de venezolanos reclamando manutención y buena vida, igualdad de oportunidades y libertades crecientes. Una vez engullido todo, hasta el último activo del país, todavía seguirá con el mismo dilema: Sin empresa privada es imposible abordar a un país complejo. Sin los odiados empresarios, sin la odiosa capacidad de riesgo no hay ninguna posibilidad de darle la cara al país y recibir una sola palmada de apoyo. Mientras tanto, y cayendo todos en el mismo abismo, Presidente: ¡Tómelo todo. Es de Usted!

Mansos como serpientes

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
Agosto coincide con la temporada de huracanes en la cuenca del Caribe. Este año también ha sido la época en la que la sociedad democrática debe responder a una portentosa provocación: El gacetazo, las inhabilitaciones, la estatización de empresas, la agresión a la institucionalidad de la Fuerza Armada, y un discurso presidencial crecientemente amenazante contra todo lo que le huela oposición y obstáculos a su proyecto hegemónico, son algunos de los signos más visibles de esta nueva arremetida. El porqué de esta nueva avanzada todavía está por definirse, pero muy probablemente sea una mezcla tóxica de apuesta política, megalomanía y miedo a compartir el poder en el contexto de un nuevo marco político que necesariamente se va a plantear en noviembre de 2008.

Por eso es que debemos hilar muy fino a la hora de la respuesta política que debemos darle a este aguacero de bravatas y desafíos. Es muy fácil caer en la trampa de la confrontación directa en forma de marchas estentóreas y violencia de calle, que frente al poder que tiene nuestro contrincante siempre nos ubica en el plano de la reacción catártica y del desahogo inútil, que nos deja siempre peor posicionados, agotados y desesperanzados. Si de algo sirven los cientos de kilómetros recorridos en marchas y protestas es para demostrarnos que este gobierno ya no se conmueve con esas demostraciones fatuas de fuerza. Entre otras cosas porque sabe que una vez concluida la manifestación las fuerzas se diluyen en la depresión y en interrogantes abiertas de lo que se tiene que hacer a partir de ese momento. Y ensoñaciones no han faltado, desde un golpe militar hasta un infarto salvífico, empero, ninguna de las dos opciones son demasiado realistas, pero si muy peligrosas. 

Por eso es mejor la estrategia alternativa. Llamémosla “te espero en la bajadita” a la opción de acción política que nos muestre mansos como serpientes y astutos como palomas y que nos mueva a transformar la amenaza en incentivos para organizarnos alrededor de los campos de batalla más convenientes. Ello requeriría asumir de una vez por toda la siguiente convicción: estamos frente a una guerra que solamente va a culminar en las elecciones presidenciales del 2012 y en la entrega pacífica del poder en febrero de 2013.  Que esta guerra nos permite dar buenas batallas el 2008 en las elecciones regionales, el 2009 en las elecciones de los concejales, y el 2010 en las parlamentarias. Que si logramos ir ganando terreno, en esa misma medida lo irá perdiendo el chavismo recalcitrante y sectario.  Y que todas y cada una de estas batallas exigen astucia, mansedumbre, paciencia, coraje, desprendimiento y muchísima capacidad de organización. 

Solamente con la estrategia “te espero en la bajadita” podemos ganar esta guerra mediante el desmontaje de la trampa emocional del chavismo. Pero exige de todos nosotros el temple suficiente para asumir que lo peor que nos podría pasar es caer en la provocación de la ensoñación. Contrario a esta, los signos de la estrategia triunfante son tres: baja confrontación con Chávez, foco en denunciar los problemas del país para aportar soluciones creíbles y diferentes, y alta movilización para la organización de las victorias electorales que podríamos tener hasta el 2012. Un Chávez aislado, ignorado en sus arrebatos, dejado al lado del centro de atención de todos, que deba compartir el poder y que sea forzado al pluralismo es una tenue figura del gobernante que cree ser. Un Chávez disminuido se verá condenado a gobernar con menos pendencia y mejor juicio. Un Chávez que no se sienta el único e indiscutible se verá en la necesidad de devolverle la soberanía confiscada al pueblo. Ese es el reto que reconoce Sun Tzu como la suma de las habilidades: Ganarle al enemigo sin luchar.

Desmadre, Rebatiña e Impudicia

Por: Víctor Maldonado C.

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La esencia de la democracia consiste en no obedecer a ningún amo fuera de la ley. Con esa sentencia fundamentó Solón la historia de la libertad en la Grecia antigua. Como ningún hombre conocido era digno de gozar de la confianza incondicional de sus conciudadanos, no quedó más remedio que someterlo al escrutinio constante de sus conciudadanos, en cuyo beneficio dicen actuar los que gobiernan. Al fin y al cabo, en ellos se confía la fortuna, la familia y la vida de todos. 
Dos mil quinientos años después, en una región desconocida para los contemporáneos de Solón, un magistrado del Tribunal Supremo parece asqueado de los excesos contra los que se prevenían los griegos: “El poder sin límites mata a la ley, y muerta la ley no tiene sentido la democracia”. Diez años tienen los venezolanos encarando una batalla desigual contra ellos mismos y contra el monstruo que han creado en la figura omnímoda del presidente Chávez. Diez años intentando convencerse de la inutilidad práctica de depositar toda la confianza en un hombre, con la ingenuidad de un niño. Diez años sorteando toda clase de obstáculos para preservar algún halito de libertad entre los resquicios que permite un gobierno cuya vocación originaria es la tiranía y la opresión. Para que Rondón Haaz, víctima y verdugo, como todos los venezolanos, tenga que compartir con nosotros su asco, que es el mismo que la mayoría siente en el transcurrir de cada uno de los actos de este régimen. 
El poder sin límites conduce a malas decisiones y al despilfarro de los recursos. El desmadre en materia de infraestructura, viviendas, seguridad, abastecimiento, inflación y desempleo son la muestra palmaria de lo que ocurre cuando uno solo tiene todo el poder de disposición. El ciclón de la rebatiña latinoamericana es su gemelo. Desmadre y rebatiña son los signos de diez años de concentración de poder,  la impudicia es su consecuencia incestuosa y el cinismo es su práctica más común.  
El poder sin límites se llama tiranía, y quien lo ejerce es un tirano. A esta condición están sometidos los venezolanos hoy en día, cuando la ley es solamente una excusa o parte del decorado que le hace fondo a la arbitrariedad. Leyes inconstitucionales e inconsultas. Decisiones de gavilla como las inhabilitaciones, y declaraciones como las del general Müller, que festejan la impudicia de funcionarios públicos jugando al ventajismo del gobierno, no deben dejar ninguna duda del tamaño del reto que tienen todos los venezolanos si quieren restaurar la decencia nacional, el sometimiento a la ley y la refundación del Estado de Derecho. 
La batalla por la decencia ciudadana no puede caer en ninguna de las tentaciones de la tiranía. Los venezolanos saben de la incapacidad del gobierno para gobernar. Conocen su predisposición hacia la trampa y la tiranía. Han sentido más de una vez el peso de su capacidad opresiva. Y han experimentado con cuanta fiereza se lanzan contra sus enemigos. Pero aun conociendo todas estas cualidades del gobierno, lo único que les queda es canalizar su indignación a través del voto, sin caer en la provocación golpista o en la indigestión del “Chávez vete ya”. Con el vientre caliente y la cabeza fría deben ir golpeando la reputación del gobierno y su legitimidad popular con el poder del voto. Con la paciencia propia de los sabios orientales los venezolanos tienen que irse devorando el carisma presidencial hasta presentarlo desnudo de virtudes, convertido solamente en su esencia de tiranía, cinismo, trampa y opresión. Con la tenacidad y la perseverancia de un predicador protestante, llevar a este régimen hasta los albores del 2013 para que entregue exhausto, agobiado por el peso de la impopularidad y aquejado de ilegitimidad.

La suerte de Huguito Hoy

Por: Víctor Maldonado C.

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Imaginemos por un momento que nuestro flamante gobernante es a la vez causa y efecto, mandatario omnímodo y niño pobre que camina descalzo por las calles de un pueblo cualquiera de la Venezuela profunda. Y hagamos las comparaciones del caso. El Huguito original, un niño pobre cuidado por su abuela pobre, cincuenta años después es el dueño absoluto del país. Pero este trayecto raudo y veloz desde Sabaneta hasta Miraflores no lo hizo solo. Lo hizo acompañado y asistido por un proyecto de modernización nacional que se afanó por expandir la educación, generar empleo, formar una clase media robusta, y promover el sueño del ascenso social en el que todo era posible, incluso ser militar, inclusive ser un militar golpista, y luego hasta llegar a gobernar al país por elección popular. 
Pero si el presidente fuera un niño hoy, su suerte sería radicalmente diferente. La carencia de escuelas le hubiese hecho mucho más difícil estudiar. Confinado al pueblo y encadenado a los límites de la dádiva interesada del gobierno, Huguito Hoy no hubiese podido ni siquiera soñar con la posibilidad de llegar a ser un grande liga, entre otras cosas porque la televisión de señal abierta y las radios comunitarias, mayormente controladas por el Estado, solamente le hubiesen enseñado que aspirar a ser algo es malo, que su suerte está allí, en ese pueblo perdido y caluroso, porque ser rico es perverso, y tener dinero es conspirar contra la máxima felicidad. Huguito Hoy hubiese aprendido a no ser, a evitar los sueños y aspiraciones, y muy probablemente sabría más del presidente, el Che y Fidel que de la verdadera historia nacional. Asumiría que el trueque es la mejor de las relaciones económicas posibles, y muy tempranamente se convencería que vive en un mundo peligroso y permanentemente confrontado por el norte imperial. Su papá nunca hubiera podido ser maestro, director de escuela y más tarde director de educación de su estado natal. Ahora muy probablemente estuviera indiciado en la lista de Tazcón, y sin jurar su lealtad incondicional al proceso, nunca hubiera podido disfrutar de un empleo estable. Su madre muy probablemente estuviera pendiente de hacer la cola para cobrar los churupos de la misión, aspirando a conocer a alguien que le palanquee su pensión como madre dedicada. La abuelita mientras tanto, descontaría sus días en una cola frente al mercalito del pueblo, cuando no esté esperando que la atiendan en el módulo de Barrio Adentro. Los hermanos de Huguito Hoy tampoco estudiarían, y tal vez alguno de ellos optaría por enrolarse en las milicias. El resto formaría parte de la legión de desocupados que son mantenidos por el gobierno a cambio de ser público de galería en cualquiera de las apariciones del ahora Comandante en Jefe. 
Si Huguito Hoy fuera militar de carrera, estaría muy confundido. Ya no podría ni siquiera pensar en armar una conspiración porque se sabe vigilado de cerca por la inteligencia cubano-venezolana. Su suerte se debatiría entre gritar el eslogan Patria, Socialismo o muerte, quedarse en su casa o pedir el retiro anticipado. Vería con extrañeza que la meritocracia ya no decide la jerarquía, y si por alguna circunstancia hubiera sido señalado como golpista, todavía estuviera preso, sin proceso abierto, sin legítima defensa, tirado como un perro en una cárcel cualquiera. En ningún caso creería que es posible la magnanimidad de un indulto, o el mensaje reparador de una rehabilitación. Y si por azares del destino llegare a ser candidato presidencial con alguna probabilidad de éxito, nunca le reconocerían el triunfo. 
¿Cuál es la diferencia? La misma que hay entre democracia y tiranía. La misma que existe entre un proyecto factible de inclusión social progresiva y el intento de instaurar una utopía comunista degradada en dictadura. La diferencia para Huguito Hoy es él mismo como gobernante.

Proclamas de libertad, realidades de tiranía

Por: Víctor Maldonado C.
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Luis Ugalde S.J. fue elegido recientemente como individuo de número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Su discurso de aceptación lo dedicó a realizar un análisis magistral de la utopía política, que a su juicio siempre se mueve entre las riveras paradójicas de la esperanza y la opresión. Hoy más que nunca, a escasos siete meses de los resultados del referéndum constitucional y a una semana de lo que en el argot popular se conoce como el gacetazo, tiene mucho sentido que en esta página se toque el tema, siguiendo la línea argumental y las ideas principales expuestas por el rector de la UCAB.
Los deseos no empreñan, pero frustran. Esa es la primera evidencia del peligroso sendero de las utopías políticas, de allí que América Latina haya vivido por siglos la contradicción dramática entre la esperanza de cambio que mantienen los desposeídos, las promesas engañosas de los demagogos mesiánicos, y la imposibilidad casi absoluta de lograr éxitos prácticos y realistas. Como nuestro continente ha sido pródigo en sueños y abundante en promesas de liberación tanto como magro en realizaciones concretas, no debe extrañar a nadie que los frutos hayan sido la frustración social y el resentimiento colectivo, que reciclan cada cierto tiempo en otro mesías, renovador de viejas promesas y de sueños ya prometidos, que en el fondo todos saben, volverán a ser incumplidos. De allí, nuestra huida perenne de la realidad y el ansioso refugio en la promesa fácil de empeñar, y difícil de implementar.
Todo esto es posible, pero hay que cambiar al hombre. Hombres nuevos, no dañados por la civilización ni maculados por la maldad, son el desafío verdadero de todas las utopías. Todo esto “aun cuando no se conozca a un pueblo, una vez corrompido, volver a virtud” como lo proclamaba con frustración el joven Rousseau. Pero eso precisamente es la médula del reto que asume un demagogo mesiánico cuando está en el gobierno: imponer por la fuerza una versión imposible del hombre perfecto, dueño de una felicidad futura y esclavo de una realidad que no está a la altura del sueño soñado. Cuando el utópico pasa la tenue línea de la convicción y asume como un derecho la represión del resto que conspira contra sus sueños, el idealismo se muere para dar paso al cinismo, cuyo único objetivo es la perpetuación en el poder. Un cinismo que nunca dejará de gritar un discurso libertario, pero que a la vista de todos practicará la tiranía y ejercerá la opresión, sin importarle para nada las consecuencias que esto pueda tener sobre la suerte del pueblo que proclaman defender, y amar.
El que promete utopías en la oposición, reprime cuando está en el gobierno. ¿Por qué las utopías se convierten en las legitimadoras de regímenes tiranos? Porque todo régimen se ve entrampado entre las promesas sin límites y las modestas posibilidades que están al alcance de cada gobierno en su momento histórico. Porque una utopía no es otra cosa que una promesa ilimitada de felicidad sin término, provista por un gobierno que juega a ser dios. Que en tanto que dios se entiende como la única vía posible para lograr la máxima felicidad del pueblo, objetivo sagrado y absoluto, frente al cual no cabe ninguna contemplación con la disidencia y el desacuerdo. “El logro absoluto de la plena felicidad justificaría humanitariamente los atropellos, ejecuciones y crímenes como pequeños sacrificios necesarios para conseguir tan grande y perpetua felicidad sin límites”.
La realidad posible.

Luis Ugalde no renuncia a la utopía, pero tampoco abjura de los imperativos de la realidad. No tiene sentido por lo tanto soñar un paraíso de dioses felices, ni proponerse la construcción del paraíso en la tierra, porque somos demasiados imperfectos para jugar a ser deidades. Pero expone otro argumento aun más certero: “la política no es una proclamación de grandes fines deseables, sino el arte de lograr metas comunes, en las condiciones de posibilidad de una determinada sociedad, en un tiempo histórico concreto”. Lograr la máxima felicidad posible no puede tener ningún otro sentido que permitir que cada uno pueda concretar sus aspiraciones de realización personal y dignidad humana, a través de un Estado que garantice libertades a todos, y vele con tesón y perseverancia porque la pobreza no sea una experiencia atroz, para que nadie se vea totalmente desasistido en el disfrute de todos los derechos que lo designan como ser humano. Hay que transformar por lo tanto la utopía irrealizable en esperanza de cambios posibles. La agenda está en las calles. Mejores ciudades, más seguridad, menos inflación, más educación y salud, atención al anciano y a los niños, dignidad para nuestras mujeres, tolerancia política y más decoro en el ejercicio del gobierno son una lista incompleta del índice para un acuerdo social. Más soluciones y menos promesas. Mejores proyectos factibles y menos ideología. Más diálogos y mejores acuerdos, con menos autoritarismo. Al fin y al cabo, “luchar para construir cambios y hacer realidad los derechos humanos para todos, es el mejor modo de ser humanos”. 
Sabía Ud. que:

• La ética de los hacedores es distinta y más necesaria que la ética de los soñadores, aunque ésta deslumbre más.
• Una de las fatalidades que puede traer la utopía a las personas que la abrazan es que las vuelva incapaces de asumir la realidad y por tanto de transformarla exitosamente.
• Una sociedad plural, participativa y que busca cambios positivos… impedirá el predominio de líderes mesiánicos alienantes y carentes de realismo, que exigen seguidores incondicionales, con adhesión emotiva.
• Todo régimen con la pretensión de que con él se logra la definitiva realización de la utopía y de que nada mejor puede existir después de él, termina en reaccionaria opresión antihumana.

El Caguán del presidente

Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
 
El resultado más importante de la última reunión en la cumbre de los presidentes de Colombia y Venezuela fue la concesión de una zona de distensión que por tiempo indefinido va a ser utilizada por Chávez con el fin de recuperar la popularidad y la respetabilidad que necesita para ganar las elecciones regionales de noviembre de 2008. Las evaluaciones estratégicas de la red de salas situacionales del gobierno emitieron una recomendación táctica cuya implementación urgente fue redactada como un imperativo condicional: Si el presidente Chávez quiere conservar el poder, tiene que abandonar por ahora toda señal externa de radicalismo. Esa recomendación se acompañó de la siguiente agenda concreta de recomendaciones: Mejorar las relaciones con Estados Unidos, cuya señal más importante sería la reanudación de la cooperación con la DEA. Mejorar las relaciones con Colombia, lo que debía significar una reconciliación pública con el Presidente Uribe, un rechazo también público a la lucha armada y a la política de rehenes y secuestros de las FARC y el ELN, un alejamiento de la alianza con Piedad Córdoba, y la reanudación del flujo comercial sin que lo perturben trabas burocráticas. Cerrar definitivamente el impasse con el Rey de España y el gobierno de Zapatero. Y mantener una prudente distancia de los conflictos y revolcones revolucionarios en Latinoamérica.
 
Es público y notorio que la agenda de recomendaciones se está cumpliendo al pelo. En el plano interno la recomendación es evitar los excesos represivos contra la oposición democrática, y no permitir demostraciones desproporcionadas de un uso abusivo del poder. En conclusión, de mantenerse en esta línea, tendremos un presidente moderado, intentando ubicarse en el centro político, evitando en la medida de lo posible cualquier radicalismo innecesario, controlando a sus locos, y manteniendo el control del gobierno, todo esto con el fin de sortear todos los obstáculos que la actual circunstancia le presenta. Espera con ello un ablandamiento de la coalición antichavista y con ello, el respiro que necesita para intentar obtener la victoria interna que necesita con urgencia. Pero el tragarse toda esta comedia requiere de una de dos cosas: O se es estructuralmente ingenuo hasta la estupidez, o se tienen en el horizonte negocios de tal magnitud que bien vale la pena apostar a la amnesia para olvidar cuál ha sido el patrón dominante que ha caracterizado al régimen de Chávez en los últimos diez años. También se puede ser ambas cosas a la vez: inmensamente estúpido, y colosalmente interesado.
 
Lo cierto es que la moderación y la prudencia que ha logrado el presidente Chávez de sus principales antagonistas son  el resultado de una trampa muy atractiva, pero también muy fraudulenta. Porque la agenda del presidente no ha cambiado sino en la apariencia. No ha cambiado ninguno de sus ministros políticos. Ni Maduro ha dejado de ser el Canciller, ni Rodriguez Chacín ha dejado de conducir las Relaciones Interiores y la interlocución con la guerrilla. Tampoco ha dejado de exhibir la tutela castrista, ni ha dejado de apostar a la fórmula milagrosa de los cubanos para cualquier cosa. Y como lo demostró en su última gira, continúa una carrera armamentista cuya resolución requiere tiempo, el que precisamente le estamos concediendo con la zona de distensión y el detente que actualmente está vigente. Y si con esta fórmula termina el chavismo fortalecido y nuevamente ratificado en su hegemonía, veremos cómo se quitará la conveniente careta de moderado y lo observaremos tal cual es: sectario, radical, guerrerista, antiimperialista, antiuribista, enemigo de Colombia, librado de la escasez alimentaria gracias al comercio fronterizo, y con su propio proyecto latinoamericano totalmente vigente.  Este nuevo Caguán es una nueva versión de la vieja trampa de la paz.
 
Víctor Maldonado C
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