Las gallinas de Elías
Por: Víctor Maldonado C.
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
A Roberto
“En una brecha entre montañas, iluminando el cielo con un resplandor que llegaba hasta los tejados y paredes de una estación, la colina donde se asentaba la refinería Wyatt, era una sólida, densa masa de llamas”. Ellis Wyatt, a la sazón dueño de un inmenso emporio petrolero, había preferido acabar con todo antes que entregarlo dócilmente a la confiscación oficial. Solamente un cartel sirvió como epitafio: “Dejo esto tal como lo encontré. Tómenlo. Es de Ustedes”. Así concluye Ayn Rand el capítulo X de su libro “La Rebelión de Atlas”.
Por supuesto que Rand se refiere en su libro a lo que ocurre dentro de una nación cuando un gobierno cae en la tentación de la demagogia socialista. El libro se refiere a la destrucción de las bases económicas de un país cuando sus dirigentes incurren en la estupidez de la utopía de la igualdad y transitan raudos por la senda aniquiladora de todos los supuestos de la libre empresa: rentabilidad, competitividad, emprendimiento, ingenio, y división del trabajo. El resultado no puede ser otro que el abatimiento de la modernidad y la reclusión de toda la sociedad en el más precario estado de necesidad. Porque cuando gobiernos como el de Chávez profieren todas sus energías verbales y todas sus acciones contra la empresa privada lo único que están logrando es la destrucción del empleo, condición indispensable para que todo el andamiaje de bienestar socialista tenga algún sentido. Sin empleo no hay política de seguridad social o de vivienda que valga. Sin empleo, ninguna participación ciudadana autónoma es concebible. Y no hay empleos de calidad si la empresa privada es finalmente engullida por el gobierno.
Pero no solamente es el empleo el que va a faltar. También el ingenio y el emprendimiento, que por cientos están abandonando el país para ir a servir a otros proyectos en otros países, simplemente porque aquí reciben maltrato e inseguridad como parte de la paga por sus servicios. Sin empresa no hay variedad ni opciones. Sin empresa lo único posible son las gallinas de Elías, criadas en las casas y apartamentos, cacareantes intensas de la pobreza de oportunidades a la que todos vamos a ser sometidos. Sin empresas las gallinas y sus dueños competirán por las conchas de topochos y los desechos de la calle. Sin empresas la muerte llegará con la última gallina convertida en sancocho.
El gobierno se ha convertido en un depredador sanguinario que con la excusa de defender los intereses del pueblo está destruyendo todas las posibilidades para que ese mismo pueblo pueda resolver sus problemas más acuciantes. Se ha transformado en un parásito de la empresa nacional, a la que no le reconoce ninguna virtud, a la que designa como pitiyanqui, pero a la que paradójicamente envidia intensamente. El gobierno se ha convertido en un vampiro cebado con el éxito que obtienen los otros y que desea para sí mismo. El gobierno no entiende que podrá confiscar camiones, arroz, gallinas y haciendas, pero nunca podrá reducir la libertad de pensamiento y mucho menos comprar el talento que solamente se reproduce en libertad y respeto a los derechos. No llega a comprender que cuando lo compre todo, y sea dueño hasta del último topocho del país, se encontrará frente a 28 millones de venezolanos reclamando manutención y buena vida, igualdad de oportunidades y libertades crecientes. Una vez engullido todo, hasta el último activo del país, todavía seguirá con el mismo dilema: Sin empresa privada es imposible abordar a un país complejo. Sin los odiados empresarios, sin la odiosa capacidad de riesgo no hay ninguna posibilidad de darle la cara al país y recibir una sola palmada de apoyo. Mientras tanto, y cayendo todos en el mismo abismo, Presidente: ¡Tómelo todo. Es de Usted!