Cosas menudas del gobierno
El año 2008 concluye su primer trimestre presentando saldos desalentadores en esas pequeñas cosas que componen un buen gobierno. Lograr la mayor suma de felicidad posible, aquello que nuestro Libertador exigió en el siglo XIX como el imperativo ético de todo gobernante, se presenta todavía en el siglo XXI como la materia pendiente, como el arcano indescifrable del país, aquello que ninguno de nuestros líderes ha logrado solucionar, y que solamente se ha usado para construir un abismo de resentimientos y de odios. Un buen gobierno se siente en la cotidianidad de la gente, en la solución adecuada de sus problemas, y la canalización factible de sus deseos. Un buen gobierno va abriendo sendas de posibilidades por donde la gente transita su vida, sin sentir que todo su presente está empeñado en un futuro lejano e inalcanzable. Un buen gobierno no comete la desfachatez de hipotecar todo el presente en la promesa de una utopía y, por lo tanto, evita siquiera pensar en el sacrificio de generaciones enteras bajo la consigna, siempre engañosa, de que al final del camino se encuentra la tierra prometida.