La dictadura de Nicolás.

No hay régimen que pueda gobernar en ausencia de “esa creencia en su validez” que hace que la gente acate de buena gana las ordenes e instrucciones por él impartidas, pero sobre todo, no hay posibilidad de sobrevivencia sin que las mayorías tengan una clara predisposición a dar por buenas las versiones de la realidad que el régimen les presenta. Cuando los gobiernos y sus líderes son mentirosos, y cuando el fraude esta acompañado por la más ramplona ineficacia para atender los problemas de la gente, entonces la legitimidad comienza a ser exigua y se plantea para los gobernantes una disyuntiva monstruosa: para mantenerse en el poder tienen que compensar la disposición a la obediencia con represión.

El problema de Nicolas es multifactorial. Nadie estuvo totalmente conforme con la designación inconsulta, que un líder moribundo y narcotizado, impuso al resto del PSUV. A ese descontento se sumó la triste gestión que el encargado tuvo respecto de los funerales de Chavez. Esos largos diez dias transcurrieron entre la improvisación, el mal gusto y el aprovechamiento indebido del dolor de muchos venezolanos. La gente comenzó a sospechar que Chavez nuevamente se habla equivocado. Pero esa misma gente confiaba poder compensar ese pesado fardo con la inercia producida por el prestigio del extinto mandatario y la explotación casi pornográfica de su imagen. No podían imaginar que la campaña se iba a convertir muy tempranamente en un campo de batalla cenagoso, inmóvil, que poco a poco fue hundiendo a un candidato incapaz de encajar un discurso más allá del introito de insultos y descalificaciones tan propias del socialismo del siglo XXI.

Ni sentido politico de la oportunidad, pero tampoco el decoro mínimo propio de un Jefe de Estado demostró Nicolás cuando le aplico a la economía dos devaluaciones y una vuelta de tuerca al régimen de controles, perfeccionando el corrupto CADIVI y creando un sistema complementario más arbitrario y más ineficiente aun. Con estas “asomadas” al mundo real, de un solo guamazo (más bien en dos) el autodenominado hijo de Chávez le arrebató a los venezolanos una buena tajada de su poder adquisitivo. Ni una sola señal de que estaban pensando en un programa de compensación, y los más pobres comenzaron a pasar aceite con el desconsuelo de ver como se había trastocado todo su liderazgo: muerto Chávez quedaron a cargo sus acólitos, incapaces de sentido común, benevolencia, sindéresis y con una muy mínima capacidad para dialogar y hacer política, que no es otra cosa que convivir entre los diversos. Los acólitos de Chávez se especializaron en hacer el trabajo sucio y por lo tanto nunca aprendieron lo más elemental del buen gobierno. Han demostrado que la inteligencia es un don que de faltarle a los líderes los transforma en seres monstruosos capaces de cualquier crimen.

Nicolás se impuso por las malas. El día de las elecciones se exhibieron con impudicia malandra todas las armas sucias de la guerra que proclamó contra cualquier oportunidad de alternancia. El uso de grupos motorizados hostiles que se pavoneaban armados por las ciudades, el desparpajo de unas Fuerzas Armadas que no se mantuvieron neutrales, el voto asistido, la violación de la dignidad de empleados públicos al obligarlos a votar por el oficialismo, la brutalidad con la que trataron a testigos y miembros de mesa, la emisión de propaganda aun cuando ya había concluido la campaña, y el oscuro papel de las PDVSAS regionales, son un inventario parcial del arsenal de la trampa . Todas estas marramucias se suman a incógnitas sobre el proceso automatizado, y en suma producen suspicacia y dudas mas que razonables sobre la limpieza del proceso. Se impuso a la fuerza y negando cualquier recuento, lanzando los poderes públicos como ordalías que se ceban contra la sociedad civil, violando la ley y demostrando groseramente que ellos tienen la fuerza y que pretenden que el resto debemos someternos servilmente. En menos de una semana Nicolás ha gritado, amenazado y presidido una cadena de abusos que lo han desnudado hasta mostrarlo tal y como es: un gobernante que cree en la fuerza y que pretende dirigirnos desde el irrespeto y el abuso. La gavilla de poderes públicos contra los derechos ciudadanos es repugnante y vil. Pero lo han hecho a la vista de todos, los que aquí vivimos y los corresponsales internacionales. Todos podemos dar testimonio de que aquí estamos viviendo una dictadura presidida por alguien que sin embargo carece de “culo con qué sentarse”. Esa es su tragedia y allí está la clave de su posible brevedad. Y para colmo es demasiado grande el contraste con el civilismo de Henrique Capriles. Ante él Nicolás luce envejecido y harapiento. Me refiero a los harapos de quien no entiende el rol y la circunstancias que le corresponde vivir. Los que son así, tienen pocas probabilidades de sobrevivencia política. Pero como dijo Heráclito alguna vez, “el carácter del hombre es su destino” y el de Nicolás no tiene remedio.

Víctor Maldonado C

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Cuando los perros ladran

Contra J.J. Rendón hay un memorial de agravios. Todos los que han tenido que lidiar con este estratega han terminado gritando que contra ellos hay una conspiración, o peor aún, una guerra…sucia. El último en proclamarlo fue Nicolás Maduro Moros, heredero de la zaga caudillesca y autoritaria de Hugo Chávez, a quien llama “su padre”. (http://bit.ly/XKkRJz) Toda esta conmoción, provocada por lo que a todas luces es una inmensa confusión, es el producto de una forma de plantear la estrategia de manera audaz, empeñada en jugar adelantado, no dejarse sorprender, atacar los planes del adversario, perturbar sus alianzas, minar su credibilidad y mantener la iniciativa sobre la base de la sorpresa. Todo esto, sin tener que inventar nada, usando la cantera, infinita en el caso venezolano, de la realidad.

El cuarteto de la iniquidad chavista, Nicolás Maduro (http://bit.ly/Zznlc4), Diosdado Cabello (http://bit.ly/13nxHfb), Jorge Rodriguez (http://bit.ly/XMSU1L), y Mario Silva (http://bit.ly/15u5HuB), cada uno desde su propia trinchera, y a veces en comandita, han invertido años en insultos y advertencias contra un estratega político que, cuando finalmente entró en combate, logró transformar la inmensa ventaja del régimen en una colosal derrota política. A una semana de haberse realizado las elecciones del 14 de abril todavía el régimen no encuentra compostura institucional, ni cómo resolver sus propias contradicciones, y tampoco como evitar resolver la crisis sin exhibir esa violenta arrogancia de los que se sienten respaldados por esa fusión de poderes públicos que logró compactar Hugo Chávez. El mismo ceremonial de juramentación espuria esconde un conjunto de complejos e inseguridades. Todo parece indicar que detrás de tantos nervios se esconde el terrible secreto de la trampa, el ventajismo, la malversación de recursos y la corrupción de la moral institucional. Se agarraron el país y se han encontrado de frente con un inmenso obstáculo: una estrategia especialmente hilada alrededor de un personaje que ha venido creciendo: Henrique Capriles.

La supuesta victoria del designado de Chávez lucía irreversible. Hace menos de un mes parecía imbatible mientras se disponían los funerales de Estado del “líder de la revolución” y él designado a sucederle se presentaba a la vez como el más fiel de sus hijos y la viuda política más desconsolada. Pero allí, dejado a su libre albedrío comenzó una tragedia de equivocaciones que aun no concluye. Nadie sabe qué pasó en los últimos días del fallecido presidente. Nadie sabe por qué lo trajeron al país en medio de la más absoluta oscuridad. Tampoco la gente encontró respuestas a la negación de una agonía digna, rodeado por amigos, familiares y paisajes evocadores. Simplemente se le mantuvo confinado, alejado de todos, sometido al silencio, condenado a la fría muerte burocrática que solo esperaba el momento oportuno para anunciarla. Todo eso ocurrió y Nicolás Maduro no tuvo un solo gesto con el pueblo para calmar su ansiedad.

El funeral fue un desastre de protocolos, lleno de mentiras e improvisaciones. Solo al salir del Hospital Militar comenzaron las dudas. ¿Es o no el féretro que contiene el cadáver? Pregunta que obviamente quedó sin respuesta. Al llegar a la Academia Militar, abandonando cualquier apego al ceremonial, comenzaron a tratar al cadáver como parte de un circo cuyo protagonista no era el difunto sino el afán de empoderar al sucesor y hacerlo ver de la talla del resto de presidentes latinoamericanos que, sin embargo, se interrogaban por qué no había ningún otro líder representativo de la oposición, y por qué todos los rituales religiosos o culturales apestaban a sectarismo y exclusión. Oraciones y canciones por igual tenían su cuota de insultos, reclamos y amenazas a una porción inmensa de la población venezolana que simplemente se abstuvo mientras la catarsis se agotaba con el pasar de los días.

Otro error grueso fue extender el duelo por más de ocho días, mientras el cadáver sufría los rigores de la descomposición y el gobierno ofrecía un embalsamamiento que repugnó a todo el mundo. Pero allí también la improvisación se impuso y cuando llegaron los técnicos dijeron que nada se podía hacer al respecto. ¿Dónde enterrarlo? Fue la pregunta que de repente se hicieron. ¿Honores de Panteón Nacional? Pero pronto Diosdado Cabello se dio cuenta que eso significaba una violación más de la Constitución Nacional. Salió Maduro y propuso el “Cuartel de la Montaña”, eufemismo con el que aludía al Museo Histórico Militar donde Chávez alguna vez se rindió y pronunció ese “por ahora” que forma parte de todas estas desgracias.

Olvidó Maduro que eso no era lo que quería Chávez (http://bit.ly/16xKfnb). Dos o tres días de velorio, funerales de Estado y sepultura en Sabaneta, cerca de su abuela. El pueblo chavista tomó debida nota, como antes apuntó debidamente todas y cada una de las decisiones de su interinato: dos devaluaciones, crisis de escasez, inflación rampante, y la inseguridad más impune que nunca. El pueblo chavista se dio cuenta de la comodidad con la que el encargado del gobierno endosaba todas esas malas medidas al Presidente Chávez, quien de acuerdo a sus carceleros hospitalarios fue el que decidió todas esas medidas económicas e ignoró olímpicamente el resto de los problemas del país (http://bit.ly/11vmwhV) . Hay que aclarar que toda esta secuencia de malas decisiones y sus resultados fueron de la autoría del gobierno, y para nada obra de ninguna conspiración de guerra sucia, a pesar de que esa fue su justificación (http://bit.ly/15rdV6D). Ellos solos, al margen de cualquier debate, tomaron esas medidas. No pueden culpar a nadie de que hayan sido contraproducentes en sus efectos.

Comenzó la campaña. Henrique Capriles manejo muy bien cada uno de los momentos. Recogió el testigo y volvió a congregar el apoyo que había acopiado en las elecciones de octubre. Pero ahora lucía con un discurso más integral, más sistemático y enfocado, y también con una agenda más equilibrada, y una presencia mejor compensada con otros líderes políticos. Su enfoque fue frontal, denunciando los problemas del país y recogiendo las expectativas de la gente. Allí se vio la mano experta del estratega. Mientras Henrique Capriles lucía centrado y enfocado, Maduro se expuso en un mar de contradicciones éticas, estéticas y discursivas (http://bit.ly/116QvyR). Fue muy fácil que el pueblo, suspicaz, comenzara a reclamarle sus mentiras. También fue muy fácil que el pueblo cayera en cuenta que el discurso fuera tan contradictorio con el comportamiento de claque privilegiada que exhibían los líderes más conspicuos del proceso. Por eso comenzaron a llamarlos “los enchufados”. ¿Es esto guerra sucia?

El momento culminante fue la presencia de J.J. Rendón en el programa de Jaime Bayly. Dos veces visitó el programa, la primera vez en enero de 2013 (http://bit.ly/179XU39). Pero en la segunda oportunidad (http://bit.ly/116YP1y) el estratega presentó algunos números y anticipó una victoria en la que nadie creía. Hay que resaltar el hecho de que las encuestas y los encuestadores venezolanos hace mucho tiempo perdieron la sindéresis. Pues bien, en contra de todas esas predicciones él presentó una secuencia en la que resultaba ganador Henrique Capriles. ¿Por cuánto? Dependía –dijo- de cómo iba a transcurrir día de las elecciones, y de los efectos corrosivos del ventajismo. No se equivocó…

El corolario todavía se está escribiendo. Henrique Capriles tiene muchas razones para pedir el recuento, que al final de una semana intensa y tensa fue aceptado por el CNE (http://bit.ly/11QUtft). Capriles, por primera vez en los últimos 14 años, no aceptó unos resultados que extrañamente “se voltearon” y se violentaron a lo largo de todo el día, y ahora mantiene la expectativa sobre una revisión que promete ser el destape de un cofre de pandora (http://bit.ly/105JkU2). Mientras actúa el reclamo ciudadano, el gobierno sigue denunciando una extravagante “guerra sucia”, y paradójicamente operando como un régimen represor donde no se han ahorrado ninguno de los ingredientes más primitivos, ni la violencia, ni el engaño, ni el crimen de Estado, ni la persecución o la injuria. Ante esto solo se le ha encarado el coraje ciudadano y una conducción política disciplinada que intenta contrastar mediante sus llamados a la protesta pacífica. El estratega sonríe, porque en solo cinco días el régimen se ha desnudado y dejado de lado cualquier ropaje democrático. Se muestran como lo que siempre fueron, una camarilla de secuaces, subordinados ideológica y militarmente al castro-comunismo. Y eso no deja de ser una inmensa ganancia el que todo el mundo vea que ellos eso son realmente. El estratega, mientras tanto, proclama en las redes sociales que tengamos disciplina y confianza, porque hay que vivir “un día a la vez”.

Víctor Maldonado C

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Débiles poderosos

No siempre se impone el poder. Es más, los momentos más oscuros de la humanidad siempre han estado relacionados con la pretensión de los que se sienten más fuertes de imperar unilateralmente sobre el resto, contando para ello con esa capacidad primitiva para la depredación que resulta por la explotación brutal del miedo a dejar de ser. Los hechos de fuerza son ancestrales. Pero también lo son el ingenio, la capacidad para burlar los designios de la autoridad, la paciencia, y la inteligencia. Ante esas otras competencias humanas el que solo tiene la fuerza está condenado a ser parte de ese trapiche implacable que se llama historia.

Llegar a Itaca se había convertido en el objetivo de Ulises y sus compañeros de viaje. Cientos de peligros y trampas habían retardado diez años su arribo. Luchar contra los dioses era una tarea que a veces resultaba desalentadora. Pero nunca dejó de intentarlo, construyó alianzas, se arriesgó más de una vez y entregó el destino a su metis, esa mezcla virtuosa entre la prudencia y la perfidia. Oyendo los consejos de Circe decidió rehuir la voz de las “divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran”. Sólo él debía oírlas; pero atado con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que esté allí sin moverse-. “Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con más lazos todavía”. El resto debía tapar sus oídos con cera y abstenerse de la tentación que significaba. De esa forma escaparon a la locura y a la muerte. ¡Bendita sea la astucia!

Judit era viuda pero también seguía siendo bella. Educada, piadosa, creyente en Dios y amante de su pueblo, sufría con todos ellos la mano de hierro del ejército de Babilonia. Pero sabía que precisamente por eso, desde la frágil debilidad de su condición de mujer, podía y debía hacer la diferencia. Holofernes, el general invasor, la quería para sí. Ella lo sabía y rezaba: “¡Señor, Tú pusiste en mis manos una espada vengadora contra aquellos extranjeros que arrancaron el velo de una virgen para violarla, desnudaron su cuerpo para avergonzarla y profanaron su seno para deshonrarla. Aunque tú habías dicho: «Eso no se hará», ellos, sin embargo, lo hicieron.” Con un plan en la mente Judit accede a las pretensiones del tirano y se presenta en su tienda de campaña. Confiaba en su Dios y rezaba “Tú has hecho el pasado, el presente y el porvenir; tú decides los acontecimientos presentes y futuros, y sólo se realiza lo que tú has dispuesto.” Se sabía su instrumento y confiada en su Señor usa todas las armas de las mujeres bellas mientras seguía rezando intensamente “Que mi palabra seductora se convierta en herida mortal para los que han maquinado un plan siniestro contra tu Alianza y tu Santa Morada, la cumbre de Sión y la Casa que es posesión de tus hijos…” Así retarda la entrega y el beso claudicante mientras copa tras copa transforma al invasor en una inmensa borrachera hasta que cae rendido en un sueño que iba a ser el último. Judit reza y confía “Por eso entregaste a sus jefes a la masacre, y así su lecho, envilecido por su engaño, también por un engaño quedó ensangrentado. Bajo tus golpes, cayeron muertos los esclavos con sus príncipes y los príncipes, sobre sus tronos.” Y eso fue todo. Lope de Vega lo describe con particular belleza: “Cuelga sangriento de la cama al suelo el hombro diestro del feroz tirano…”… “Porque tu fuerza no está en el número ni tu dominio en los fuertes, sino que tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los desvalidos, el apoyo de los débiles, el refugio de los abandonados y el salvador de los desesperados”. ¡Bendita sea la astuta valentía de los que se creen justos y confían en Dios!

El 2 de junio de 1866 murió. Sesenta y seis años de una vida tumultuosa que había tenido como recompensa el ver su patria libre y el saber que nunca había declinado. Luisa Cáceres de Arismendi era ese heroísmo de las que resisten y nunca se entregan a la desesperanza o a la muerte. Ella fue virtuosa anfitriona de los patriotas que habían sobrevivido a la tragedia de la emigración a oriente para terminar refugiados en Margarita. Cuatro de sus tías no pudieron sobrevivir a la huída y al terror de verse perseguidas por la crueldad de José Tomás Boves. Eso ocurría mientras Rosete tomaba la guarnición de Ocumare y acababa con la vida de su padre. Sola ella, su madre y un hermano menor, en parte desvalidos, continuaron valientemente sorteando la tragedia hasta que las tropas del General Morillo la redujeron a la cárcel y al escarnio. Recién casada, perdió a su hijo, mientras la obligaban a beber el agua sucia y sanguinolenta que se coló en los aljibes alimentados con los restos del fusilamiento masivo de los patriotas que quisieron liberarla. Perdió el hijo pero nunca sucumbió a la desesperanza. Y sobrevivió ¡Bendita sea la persistencia de los que aman la libertad!.

Ninguno de ellos tenía la fuerza. Pero todos ellos contaban con convicción, inteligencia, valentía y valores por los que valía la pena luchar. Todos ellos son parte de esa historia que se cuenta y que pasa de padres a hijos como signos de que la fuerza siempre cede y que la debilidad es solo un punto de vista. ¡Que Dios proteja a Venezuela!

Víctor Maldonado C

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La guerra sucia según Jorge Rodríguez

La verdad es que el personaje no pudo seleccionar mejor escenario. Nada más y nada menos que la entrevista semanal con José Vicente Rangel. Un programa desde donde se lanzan acusaciones, medias verdades y falsas cifras sobre cualquier cosa que convenga al gobierno. Un programa cuyo único valor es que con él se puede medir el humor del régimen. Igual podía haberlo hecho desde “La Hojilla” o cualquiera de los espacios del ahora llamado Sistema Bolivariano de Comunicación e Información. Pero ya sabemos que la guerra sucia debe pasar por declaración pulcra, de esas que se hacen de paltó y corbata, de esas que mirando a la cámara apelan a la credibilidad de la gente, a veces intentando honestidad y otras muchas dando lástima. O queriendo ser el paladín de las causas perdidas. Pues bien, desde allí acusó a J.J. Rendón de ser el arquitecto de la guerra sucia, algo así como el dueño del albañal de la política. No dio demasiadas explicaciones, pero supongo yo que, al menos, algo deben estar sintiendo los “apparatchik” del PSUV para invertir su tiempo en mandarle mensajes tan explícitos al estratega político.

No han sido los únicos que ha recibido. Me cuentan que esa parece ser la dedicación fundamental de todos aquellos que tienen que hacer algo para darle sentido a la maltrecha campaña de Nicolas. Todos ellos, civiles y militares, acceden a las cuentas de J.J. y le dejan su mensajito. “No pierdas el tiempo”, le dicen, “que por más que hagas, todo terminará en la cloaca”. Por lo visto, la fijación escatológica de los socialistas del siglo XXI es, al parecer, generalizada. Todos hablan de lo mismo, con un entusiasmo “filofecal” que pocos como ellos son capaces de exhibir. Todos ellos andan escandalizados por la supuesta guerra sucia que están emprendiendo contra su candidato. Pero ¿en qué consiste esa guerra sucia?

Porque lo que uno aprecia es una campaña llena de valentía. Se denuncia el ventajismo y el desparpajo que exhibe un gobierno que no cesa de usar todos los recursos que tiene a su alcance para tomar ventaja. Una campaña valerosa que denuncia lo que hay que denunciar sin perder un solo minuto en el escándalo. Un esfuerzo comunicacional que apela a la realidad como gran aliado, porque quien puede dudar que aquí la inseguridad es la dueña de las calles, los apagones son el látigo con el que se asola el interior de la república, la escasez es un yugo que cargan todos los venezolanos y la inflación nos hace a todos más pobres. Quién puede dudar que las cuentas no cuadran, las promesas no cuadran, los compromisos institucionales no cuadran, la verdad no cuadra con las promesas. Y en eso consiste la valentía: en buscar afanosamente la verdad, en desenterrar la realidad y contrastarla con la propaganda.

¿Puede llamarse guerra sucia una campaña que convoca y exige más inclusión y menos sectarismo? ¿O es que alguien tiene dudas que aquí se aplica la lista de Tascón, que si no eres del partido no tienes beneficios y que los más pobres están obligados a acatar, a marchar, a donar parte de su salario, a llorar si se lo piden y a gritar si esa es la consigna? ¿Alguien puede tener dudas sobre la existencia de los grupos armados que amenazan y hostigan en nombre de la revolución y de la apelación a un pueblo que no somos todos porque algunos no podemos ser otra cosa que escoria, insulto y segregación? ¿Alguien duda de que los colectivos existen, o la lista de Tascón?

¿Puede llamarse guerra sucia el recorrer el país, el prometer progreso, el visitar pueblos y caseríos, el convocar a todos a participar de una cruzada nacional para la restauración de la paz y la prosperidad de todos los venezolanos?

¿Será acaso guerra sucia el invocar la esperanza y el intentar congregar a todos los venezolanos alrededor de un sueño en el que la diferencia es la consigna? Si. Ser diferentes al odio, al rentismo, a la prebenda humillante, a la adulación indigna, al sacrificio espurio del presente esperando la reivindicación de un futuro que no llega nunca y del que no van a participar los miles que han muerto o se han ido? ¿La esperanza es albañal?

Lo que pasa es que a Jorge Rodriguez no le conviene el despertar del país. No le conviene que los venezolanos caigan en cuenta que este régimen no es una fatalidad. Que se puede cambiar. No le conviene que les exijan responsabilidad. No le conviene que le pregunten donde están los ingresos petroleros o por qué los cubanos o nicaragüenses están de primeros en la misma cola que hacen los venezolanos. Al régimen no le conviene que el mundo sepa que aquí la ventaja se impone desde esa alianza civil y militar que se cogió a las instituciones y que se resiste a entregar cuentas. No le conviene que la gente sea libre y ejerza con libertad sus decisiones políticas. No le conviene que la gente sepa que el voto es secreto. No le conviene que se sepa que las cadenas que hoy nos asfixian son una impostura que votando se esfuman. A Jorge le conviene el narcótico de la represión, y esta campaña si algo ha hecho es develar con esplendor una verdad que a ellos los anula.

Jorge Rodriguez debería saber que la guerra sucia es hacer pasar a un moribundo por sano. O denunciar un paquetazo que al final ellos mismos están administrando en dosis tóxicas. Guerra sucia, casi un botadero de basura, es la gavilla que daña la reputación de las personas, usando para ellos los medios públicos, sin que nadie pueda defenderse. Guerra sucia es “La Hojilla”. Eso es guerra sucia, y la hemos sufrido por años, sin que ninguno de los sumos sacerdotes del régimen, de esos que ahora se dan golpes en el pecho, lo hayan denunciado o hayan hecho siquiera un gesto de asco al menos. No amigo Jorge. J.J. Rendón no está haciendo guerra sucia. No vale la pena. Esta pesadilla no necesita maquillaje. Lo que está probablemente intentando es aportar un granito de arena a esta gesta, y pronto sabremos si ese granito hizo la diferencia.

Víctor Maldonado C

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Ese invitado indeseable

En esta Semana Santa ocurrieron cosas. Entre esas cosas tres hechos aparentemente inconexos, pero que a mi juicio deben ser interpretados como parte de esa vivencia de la violencia en la que todos somos a la vez víctimas y victimarios. Además me refiero a ese tipo de conductas desviadas que “no mojan pero empapan” y que por lo tanto uno está dispuesto a perdonar porque, dadas las circunstancias que vivimos, ellas no son gran cosa. Pero si lo son, porque todas nos hacen recordar que hace rato pasamos el punto de no retorno y que lo que creíamos eran espacios de relaciones civilizadas ahora nos muestra la peor cara de la barbarie.

Me refiero al suceso que ocurrió en el Yate anclado en Los Juanes, la muchacha que asesinaron en Cuyagua y el episodio de la cajera de MAKRO, violentamente golpeada por un cliente que no soportó el retardo. En el primer caso todos pudimos observar cómo se exhibió la procacidad, el desparpajo y la vileza de lo vulgar sin que los que allí estaban pudieran hacer nada para impedirlo. En el segundo caso el gran delito de la muchacha fue negar un baile, y su recompensa esos balazos que le cegaron la vida. Y Yusneida se lió a golpes con una de las clientas. Todos estos episodios son expresiones del mismo síndrome de violencia que nos ha venido arropando sin que nosotros tengamos anticuerpos suficientes para impedirlo.

¿Qué es la violencia? ¿Cómo podemos definirla? No es otra cosa que sentirse despojados de la dignidad que produce el ejercicio de la libertad en la que los derechos de unos terminan en donde comienzan los de los demás. Es la sensación de que la ley ha sido derogada por la voluntad del más fuerte, del más osado. Es la confiscación de la paz porque el capricho se ha enseñoreado. Todos estos eventos son muestra de cuanto nos vemos arropados por hechos de fuerza, y la profunda impresión que provoca lo que son capaces de hacer los otros, que deberían ser nuestros conciudadanos pero que cada día parecen ser más a los terribles “lobos del hombre” que con tanto temor y cautela aludía el viejo filósofo Thomas Hobbes cuando el orden social claudica.

Llega el yate y se impone. Impone su estética, su música y sus ganas. Impone ese deslucido performance en la que el desnudo y las alusiones explícitas al sexo, las drogas y la embriaguez estuvieron disponibles para todos, incluso los que no querían. Llega el amante frustrado y ante la negativa envía el siguiente mensaje, que desde ahora quedará vigente entre las olas y la arena: Ahora declinar una invitación puede ocasionar la muerte. Desde ese momento la playa deja de ser solaz para ser peligro y desconfianza. Y si la cola es larga, pues a golpes la disolvemos. Por eso es que desde hace tiempo en la mirada de todos nosotros está la precaución frente al otro, que sin lugar a dudas, ya no es el prójimo.

Ayer una joven poeta subía por Altamira con su morral y cuatro hombres bajaron de un carro para asaltarla y robarle su tesoro más preciado: sus poemas. En estos mismos días dos trabajadores de una empresa de consumo masivo fueron abaleados en sus sitios de trabajo. Uno de ellos está muy grave, el otro a punto de quedar paralítico. Fue en la misma semana en la que los empleados públicos fueron conminados a “donar” un día de salario para la campaña de Maduro. Y en los mismos tiempos en que Maduro al visitar Barinas suspendió las clases para que los maestros abundaran en sus manifestaciones. Es lo mismo. Todos estos casos son parte del goteo constante de disolvente social para que todos nos reduzcamos al miedo, a la procacidad, a la vida violenta y breve, brutal y carente de significados y de futuro.

Hablamos de esas motos sin placa que agreden el tráfico ciudadano y de esos carros que hacen piques en nuestras autopistas. Nos referimos a los sindicatos que tienen como objetivo hundir la empresa y quebrarla, como ocurre con Helados EFE. Estamos pensando en los que se sienten autorizados para invadir la propiedad ajena y en los que asaltaron al anciano en Fila de Mariches, o los que asesinan a los policías. Pero también aludimos a la indiferencia y la resignación de pensar que podemos seguir viviendo esto y que no importa si no hay luz, o te tocó a ti ser extorsionado por el funcionario. Lo mismo da si se trata del indigente que vive en la calle o es el niño sometido al trabajo forzado, o el menesteroso que apareció descuartizado. Da igual si hablamos del funcionario que impone una medida estúpida o del Ministro de la Defensa cuando desnuda su parcialidad inaceptable y traiciona con esto el juramento más elemental a la patria.

Todo esto es lo mismo. Es el sarcoma de la violencia que se ha venido a vivir con nosotros, me temo que con invitación y credenciales de un régimen que cree en la impunidad, el insulto y el ventajismo. Ese invitado indeseable tiene las llaves de la casa que le dio el gobierno.

Víctor Maldonado C

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Un indulto a la Libertad

Acaba de morir una mujer trascendental. Margareth Tatcher tuvo la oportunidad de dirigir Gran Bretaña en el momento crucial que el mundo se debatía entre el socialismo y el capitalismo. Ella fue protagonista y testigo crucial del hundimiento de la distopía comunista, y en sus propios flancos no le tembló el pulso cuando debió desmontar una forma de hacer políticas públicas que condenaba a los ciudadanos al bienestar por goteo y a la pérdida del vigor emprendedor. El socialismo era para ella una melcocha discursiva que poco a poco reducía a las sociedades en cómplices de su propia ruina. Su discurso era implacable en remarcar que la libertad y sus riesgos no tenían alternativas viables. Fue ella la que se atrevió a decir a su propio partido que “aquellos que están tentados a girar hacia la izquierda permítanme decirles esto, en palabras atribuidas a Abraham Lincoln: tú no puedes fortalecer al débil debilitando al fuerte”.

Ella sabía a lo que se exponía. Esa izquierda tiene buena melodía. A todo el mundo le suena muy bien que el gobierno se dedique a ese tipo de políticas públicas que son “pan para hoy y hambre para mañana”, la que reparte sin exigir, la que cree en los derechos y no en los deberes, la que se escandaliza en la riqueza de los que son productivos e intenta confiscarla en aras de la igualdad. Suena bien, pero dura poco. Tarde o temprano el desempleo, la inflación, el endeudamiento y la escasez se convierten en carburantes de la insatisfacción social. Lo mismo pasa en las empresas. Gerencias populistas que se embarcan en la irresponsabilidad de no creer en la necesidad de ser productivos terminan por arruinar el mejor proyecto organizacional. Pero sindicatos que no entienden que todo tiene su costo, como es el infamante caso del sindicato de la empresa EFE, culminan en la debacle de la inviabilidad. La demagogia y la irresponsabilidad que se anidan en la mente del minero y del rentista son una lacra que, sin embargo, tienen la mejor carta de presentación.

Y contra esas lacras bien vestidas se enfrentó Margareth Tatcher con una convicción férrea. Sus biógrafos le reconocen la virtud de haber sido leal a sus creencias religiosas. Una larga vida de reflexión le hizo ver que la salvación encontraba sus claves en el mensaje paulino de responsabilidad individual. Es el hombre el que debe hacer su mejor esfuerzo. Es él quien al final rendirá cuentas sobre qué hizo con los talentos que su Señor le entregó. La mediocridad del que ni arriesga ni invierte es el camino al fracaso y al rechazo de Dios, que no acepta la flojera ni la falta de iniciativa. Alguien debía decirlo y ella lo dijo: “El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás”, pero es que además es inmoral pretender ser la cigarra que se aprovecha de la laboriosidad de las hormigas. Aunque sea la cigarra más simpática del mundo, hay que recordar que “no se puede fortalecer al débil, debilitando al fuerte”, frase de Abraham Lincoln que se convirtió en parte esencial del discurso de la política británica.

El sentido común aplicado con una racionalidad férrea de proporcionaron sus triunfos así como buena parte de esa enemistad que le sobrevivió. Los “misticistas y los misticismos” de siempre nunca le perdonaron el hecho de que por un tiempo se abandonará la “poesía política y económica” que a pesar de sonar tan bien condenaba a los países al fracaso, la pérdida de prestigio y el estancamiento. Ella contraponía todos esos resultados con una apuesta innegociable sobre tres aspectos cruciales: 1) El valor del libre mercado. 2) La importancia del emprendimiento individual y la responsabilidad personal fundada en la libertad y 3) La preeminencia de la obligación que cada persona despliega consigo mismo, con su familia y con la independencia de su país. Son como se aprecian fundamentos morales que se pueden aplicar al mundo privado. Competencia, Responsabilidad e Integridad son buenas traducciones de lo que ella propuso como piedras angulares de su pensamiento.

La libertad, para ella, era siempre un logro contingente. Nuevos enemigos se ayuntaban tarde o temprano con los adversarios de siempre para derribarla y esclavizar pueblos enteros. No es solo el florido discurso del socialismo, lo es también la demagogia de los estados rufianes, el capitalismo de compinches que se especializa en el robo y en el fraude, y el terrorismo. Todos esos adversarios del hombre y su dignidad solo pueden ser contrarrestados “con bases morales con el que restaurar la honestidad en la política, la responsabilidad personal, el orgullo nacional, la reverencia a nuestro pasado y el respeto por el futuro”. Empresas y países que carecen de estos aspectos están condenados a la vileza y a su desaparición.

Víctor Maldonado C

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Las memorias del futuro

David Ingvar, jefe del departamento de neurobiología de la Universidad de Lund, Suecia, publicó, en 1985,resultados de su investigación que demuestran que el cerebro humano está siempre buscando darle sentido al futuro.

De acuerdo con el autor, en cada momento de nuestra vida nuestro cerebro elabora planes de acción y programas para el futuro. ¿Cómo lo hace? Elabora hipótesis sobre las condiciones posibles de su medio ambiente. Estos planes son creados por los lóbulos prefrontales y almacenados como secuencias lógicas, como una serie de acciones posibles del tipo: “si pasa esto, haré aquello”. El individuo elabora anticipadamente escenarios de decisiones en los que se combina una condición hipotética futura del medio ambiente con una opción de acción. Esta actividad mental se realiza a lo largo de todo el día, independientemente de lo que estamos haciendo, pero es mayor durante el sueño. Lo cierto es que los humanos somos capaces de visitar el futuro, y recordamos esas visitas porque tenemos “una memoria del futuro”. Percibiremos algo como dotado de significado en el caso que sea significativamente compatible con una memoria que hayamos fabricado de un futuro anticipado. Reaccionamos eficientemente solamente a aquello que antes hemos imaginado.

Los escenarios son las memorias del futuro organizacionales y tal y como ocurre en el plano individual nos remarcan la premisa de que no existe un futuro único y previsible. La idea es que siempre hay más de un escenario y cada uno de ello es sólo una historia imaginada sobre el futuro. Pero, y aquí está el detalle, imaginarse “buenos” futuros requiere destrezas y capacidades de aprendizaje que no tienen en iguales montos todas las organizaciones. Muchas veces se toman malas decisiones gerenciales que ponen en evidencia una ceguera y falta de lucidez inaceptables. Otras veces se manifiesta una reactividad riesgosa que no permite iniciativas y un control efectivo de los daños. También hay quien intenta manejar la empresa “mirando el retrovisor” y por lo tanto siendo excesivamente conservadores y carentes de innovación. Y no podemos dejar de mencionar los daños que a veces produce la emocionalidad asociada a los procesos de cambio. La gente, y con razón, no quiere perder la comodidad del status quo para lanzarse al peligroso espacio de nuevas situaciones. Sin embargo estamos condenados a experimentar los cambios, por las buenas o por las malas.

El cambio experimentado por las malas es traumático y sume a las organizaciones en la perplejidad. No saben qué hacer porque nunca previeron esa situación. El cambio experimentado por las buenas es llevadero, y su condición es mantener abiertas todas las opciones posibles para el aprendizaje.

J. Piaget aseguraba que el aprendizaje podía abordarse de dos modos: a) la adquisición por el organismo de nuevas respuestas a situaciones específicas (por asimilación), y b) la adquisición de una nueva estructura de operaciones mentales (por acomodación). La asimilación equivale al mejoramiento de las destrezas que ya se han adquirido y se logra mediante el entrenamiento. La acomodación permite la adaptación a las condiciones cambiantes del medio ambiente, y se logra mediante la formación. Esta modalidad del aprendizaje implica muchas veces cambios en la estructura interna de las creencias, ideas y actitudes. Supone poner en juego racionalidad y emocionalidad en el intento de acertar en un proceso experimental en el que nunca se está seguro sobre los resultados porque implica tomar el riesgo de inventar nuevos enfoques de los problemas y de las soluciones. ¿Cuál es el contenido de este aprendizaje organizacional que se presenta como crucial? La toma de decisiones. Visitar el futuro, en los términos que nos hemos planteado, no significa otra cosa que ir construyendo un repertorio creciente de respuestas a posibles preguntas. Porque como una vez vi escrito en un grafiti de nuestra ciudad “puede ocurrir que cuando sepamos todas las respuestas nos cambien todas las preguntas”. Y los que no tengan otras respuestas preparadas se quedarán confinados al silencio, la perplejidad y la entropía.

Víctor Maldonado C

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Anticiparse al resentimiento

La generalización del resentimiento es, tal vez, el efecto más perverso de la polarización social y del discurso supuestamente reivindicador que una parte del país ha utilizado contra la otra parte. Por eso, uno de los dramas que se vive cotidianamente en las empresas es esa sensación de que la legitimidad pende de un delgado hilo y que dejó de haber la oportunidad para que las organizaciones sean esas comunidades cívicas en las que la confianza forma parte del capital social de la empresa. A cambio ocurren esas ráfagas de odio que se cuelan en las miradas furtivas y en la profusión de rumores que se transmiten por las redes internas y la ancestral “radio-bemba”. Pero, ¿en qué consiste el resentimiento? Nuestro filósofo favorito, José Antonio Marina dice que “es un odio triste que invade el organismo afectivo de una persona más allá de su causa. El resentimiento nace de un agravio o una ofensa y acaba creando una mala imagen de uno mismo… Son un tipo de sentimiento memorioso, reiterativo, que mantiene vivo el recuerdo de un hecho pasado, sin dejarlo caer en el olvido. Quienes lo experimentan están anclados en un pasado que no pueden olvidar y que, de alguna manera, determina su vida… pero que a diferencia del odio… encierra una dosis de impotencia, por no haber podido vengar la ofensa, por no poder perdonarla, por no poder olvidarla…Es una intoxicación sentimental.

Ya sabemos que es. Y también cuáles son sus elementos constituyentes, entre otros, la ocurrencia de un agravio que no se ha podido resolver apropiadamente. Esto me hace recordar aquella vez en la que fuimos a conocer la casa y el entorno de vida de un conjunto de trabajadores de una empresa. Al llegar nos sorprendió el odio y el desprecio con el que se referían al lugar de trabajo. Toda la familia estaba en contra. Y al pregunta por qué supimos que estando la trabajadora embarazada, su supervisor inmediato la sometió a un trabajo laborioso, el más difícil y extenuante, sin tomar en cuenta su condición. Al sentirse ultrajada sin poder hacer nada al respecto, transformó esa vivencia en un resentimiento que no podía ser revocado. Ocurre muchas veces que, al margen de la buena voluntad de la empresa, los “capataces” maltratan y administran las normas y procedimientos de la empresa con injusticia y arbitrariedad. Ese es el primer dato que quiero aportarles: anticiparse al resentimiento exige la reeducación constante de los cuadro supervisorios para que no olviden su compromiso con el buen trato debido a sus colaboradores. Ellos son la bisagra que abre o cierra las puertas al odio.

Las otras dos recomendaciones son más estructurales. Las empresas deben diseñar un programa de cumplimiento para las áreas de mayor riesgo de trato injusto: lo laboral, la discriminación, la equidad en el pago de los beneficios, y la garantía de un trabajo en condiciones aceptables de seguridad. La gente aprecia y valora un trato justo tanto como resiente lo contrario. Los venezolanos a veces caen en la trampa del igualitarismo, por eso vale la pena insistir hasta la saciedad que “justicia no es igualdad” sino el reconocimiento diferencial del mérito y del compromiso, basado en las conductas de las personas como elemento de medida y de contraste. Lo segundo y concomitante es diseñar en paralelo un sistema “independiente” para supervisar el cumplimiento de lo convenido entre la empresa y sus trabajadores. Estas dos recomendaciones fueron sugeridas por el John Allison, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Texas, y supone que sobre todas las cosas se aclaren las reglas, se expliquen los compromisos asumidos y se mida su cumplimiento.

La gente se resiente cuando no encuentra explicaciones plausibles a lo que a veces ocurre, o cuando no pueden tener acceso a una instancia superior que al menos les escuche. Instituir los procedimientos y los canales apropiados forma parte de lo que la sociólogo Isabel Pereira llama “los esfuerzos de humanización de las empresas”. Vivimos unos tiempos en los que el autoritarismo está de moda y los regímenes de fuerza son admirados. Pero siempre fracasan porque la fuerza no sirve para el sostenimiento en el largo plazo. Lo que sirve es mantener la legitimidad de las instituciones, y para eso es indispensable evitar la trampa del resentimiento. Ya sabemos cómo.

Víctor Maldonado C

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Las anti-conductas

Las organizaciones son sistemas abiertos. Esto quiere decir que son sensibles a lo que ocurre en el entorno, y que los trabajadores encuentran, más allá de las puertas de la empresa, muchos incentivos positivos y negativos. En Venezuela, el conocer y aceptar esta realidad, es más importante que nunca porque las leyes laborales y la conducta de las agencias gubernamentales son francamente anti-empresas y todo el aparato propagandístico oficial está constantemente bombardeando a la masa laboral con mensajes que van contra los principios y valores vinculados con la productividad y la competitividad. La consecuencia más conspicua de lo que está ocurriendo es la difusión viral de la cultura de la impunidad, el revanchismo estatizador y la ruptura de las bases del orden social, al no encontrarse disponible un árbitro imparcial que pueda resolver con autonomía, prudencia y buen juicio las disputas relacionadas con el mundo del trabajo. Esta situación requiere de una respuesta gerencial de carácter estratégico que anticipe y contrarreste las expresiones concretas de la corrosión moral generalizada que aquí estamos planteando. ¿Cuáles son estas anti-conductas que se deben combatir?

La impuntualidad como indicador concreto de la falta de responsabilidad. El ausentismo como manifestación de la impunidad. La postergación de los deberes como signo de la falta de compromiso. El maltrato al cliente como indicio de la falta de calidad en el servicio. La improductividad como retrato fiel de la falta de sentido de urgencia en la realización de las tareas importantes. La mentira y el fraude justificatorio y el robo interno como señales de los déficit de honestidad. El sabotaje a los activos, las normas y procedimientos como expresión de la falta de lealtad a los propósitos de la empresa. Los chismes, murmuraciones y difusión de rumores malsanos como demostración de la falta de integridad personal. Las complicidades de los grupos informales para simular el trabajo y contravenir los objetivos de la empresa como indicador de la falta de disciplina. La desactualización profesional e intelectual que evidencia un déficit con el deber de mejorar las propias virtudes y la inteligencia personal. La apatía y el pesimismo que impiden el asumir con claridad las consecuencias sobre nuestros propios actos. El secretismo y las rivalidades exacerbadas que vulneran las posibilidades del trabajo en equipo y el mantenimiento de un clima para la inteligencia y el aprendizaje organizacional. La desconfianza en la empresa y en sus directivos que quebrantan los esfuerzos por alinear la empresa alrededor de una misión y una visión. El desplante autoritario y los maltratos que violan cualquier esfuerzo por sostener relaciones dignas y respetuosas entre las personas que trabajan. La trampa y el escamoteo de los derechos de los demás, la señal más conspicua del vivaracho vernáculo, pero que construye resentimientos y contribuye a elaborar argumentos contra la empresa.

La realidad organizacional venezolana obliga a trabajar en dos planos complementarios. El plano de la aplicación y el manejo del derecho, en el que los abogados laborales y las consultorías jurídicas de las empresas tienen que concentrarse para identificar opciones que mantengan del lado de la empresa la oportunidad de su sostenibilidad. El segundo, es el plano estratégico para la extinción de las anti-conductas y la prevención de los conflictos de la empresa. Como lo hemos argumentado en los dos artículos anteriores el secreto es no dar razones para la crítica (el plano de la justicia y el desarrollo de las relaciones de ciudadanía organizacional) pero tampoco permitir conductas desviadas sin que ellas tengan consecuencias claramente disuasorias. Por último, los trabajadores necesitan disponer de un marco de relaciones claro y entendible. Deben saber lo que se espera de ellos y por qué. Deben saber lo que no se les va a aceptar y por qué. Deben conocer lo que ganan y lo que pierden cada vez que se involucran con lo malo y abandonan el buen camino de la productividad y la competitividad. Hoy se necesita ese gerente que administre con inteligencia y persistencia estos dos planos. Y que todos sepan que “en guerra avisada…”.

Víctor Maldonado C

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Retomando el control

Todos los empresarios se quejan, y con razón de una caída abrupta del compromiso organizacional. Todos han tomado debida nota de un incremento del ausentismo y de ese desparpajo que muestran algunos ante cualquier reclamo: “si quieres, bótame”. Ante el reto los empresarios saben que no hay respuesta fácil. No la hay porque ni la ley laboral es equitativa ni su administración por las Inspectorías y Tribunales resuelve eficazmente los conflictos. Estas instancias simplemente validan la impunidad y la indisciplina ordenando el reenganche inmediato. Todos saben que llegar a esas instancias es haber perdido de antemano. Es muy fácil, por lo tanto, que el empresario “tire la toalla” y se convenza de que hay que aguantar el chaparrón hasta que el cuerpo aguante. Pero, ¿esa es la única posibilidad? No debería ser. No tiene por qué ser así.

La principal obligación de un gerente es no dejarse vencer, y probablemente le corresponda trazar un nuevo mapa de ruta, replantear las estrategias y darle más peso a aspectos que antes parecían secundarios. Para no llegar a la Inspectoría del trabajo toda la trama del reclutamiento y selección deberá ser analizada exhaustivamente para que el ingreso del talento tenga como condiciones las competencias profesionales asociadas al rol, a las que se deberán añadir las un conjunto de principios y valores asociados a la productividad personal, el compromiso con los propósitos de la empresa y el liderazgo positivo. Debe quedarles claro que un mejor proceso de selección evitará conflictos en el futuro. Una decisión complementaria debería permitirles realizar un reclutamiento más diverso en relación con el origen de la gente. No es conveniente hacer de la empresa un anexo del barrio, urbanización o pueblo porque se trasladan en bloque visiones, prejuicios y complicidades que no siempre convienen al propósito de la empresa.

Como la conducta organizacional es una función de sus consecuencias (Luthans y Kreitner, 1991) otra de las medidas que hay que tomar es la de invertir la ganancia social de la falta de compromiso con la empresa. Hasta ahora retar a la empresa ha resultado ganancioso. Esa utilidad hay que transformarla en pérdida. Para poder lograrlo hay que identificar los liderazgos naturales y construir con ellos alianzas sostenibles. Pero no nos podemos quedar allí. Para que esto funcione se deberá trabajar con incentivos grupales en los que todos ganen cuando el colectivo lo hace bien, pero igualmente todos pierdan cuando alguno se sale del carril. En este caso no hablamos de toda la empresa sino de la forma de tratar a pequeños grupos, unidades y cuadrillas. Allí habría que recordar las dos claves que nos dejó Mikel de Viana S.J., uno de nuestros sociólogos más eminentes, que ahora hace vida en la Universidad de Deusto: Al venezolano le aterra la raya social. Nadie se expone a ser el causante público y confeso de un perjuicio grupal. Y la segunda es que los venezolanos odian a las “ratas” y a los piratas. Nunca los siguen.

Este último aspecto es crucial: Hay que aislar a las “ratas” y a los piratas donde sea que ellos se encuentren. Pueden ser líderes naturales negativos, pero líderes al fin, entonces hay que colocarlos en la consecuencia automática de hacerlos responsables de la pérdida, para el grupo, de los beneficios y el reconocimiento que de otra forma tendrían. Pero también esto significa mejorar la calidad de la supervisión y de los liderazgos formales. A ellos también aplica la recomendación de De Viana. Por lo tanto no hay que dejar espacios sin considerar ni de publicitar adecuadamente: beneficios al día, cumplimiento de la ley, intolerancia con los fallidos, mayores controles, sanciones sociales al fraude y la mentira, espacios adecuados a los requerimientos de seguridad laboral, baños limpios, espacios para el descanso y el disfrute del almuerzo, y por último retroalimentación inmediata: que la gente sepa cuando lo hace bien, y que también se entere de cuando lo hace mal. Y en general que ningún líder pueda invocar razón alguna para sabotear la misión de la empresa.

En este momento de las relaciones laborales venezolanas la firmeza, la constancia y el coraje son atributos cruciales de la gerencia. Eso sí, administradas con inteligencia, manejo apropiado de la información, sagacidad y compromiso. La dirección y los niveles de mando estratégico deben estar totalmente alineados con una única consigna: No dejarse vencer por el caos y la entropía. Estoy seguro que aun en el caso venezolano se puede recuperar el control, y se puede hacer rápida y eficazmente. Solo hay que saber cómo.