La batalla de Caruao

Por: Víctor Maldonado C.

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Hans Frank jefe de la Asociación Nacional Socialista de Abogados y Presidente de la Academia de leyes del III Reich fue el autor de una frase que, aludiendo a la ética kantiana, se convirtió en el imperativo categórico del nazismo. “Compórtate de tal manera que si el caudillo te viera aprobara tus actos”. A fin de cuentas, diría al mismo tiempo Carl Schmitt, el Führer “crea directamente el derecho”. La historia consigna para nuestra evaluación el desenlace que todas estas consideraciones contribuyeron a provocar. Por un lado el derrumbe de un régimen que aspiró a permanecer por más un milenio, pero que sólo duró doce años. Por el otro, la debacle de todo el pueblo alemán, que de un día para otro despertó de sus sueños de grandeza con las manos empapadas con la sangre de judíos, polacos y gitanos, a quienes intentaron exterminar sistemáticamente, y para colmo tomando conciencia de que eran los responsables de haber adelantado una guerra cuyo resultado debía contarse en millones de soldados muertos.

Con el derrumbe del nazismo se creyó que finalmente la humanidad había aprendido la importancia de la preeminencia de la ley  y el respeto absoluto por los derechos humanos. Se pretendió que la lección era tan clara y dolorosa que nunca más nación alguna iba a incurrir en los mismos errores. Pero la historia también nos enseña que el hombre es recurrente en sus defectos esenciales y que las sociedades tardan mucho tiempo en asumir como propias las lecciones aprendidas por otras. Hitler sólo fue una muestra. Stalin y la Unión Soviética se derrumbaron mucho tiempo después, China continúa siendo comunista, los Castro sobreviven a su propia senilidad, Ruanda y los Balcanes compitieron en crueldad genocida, Korea del Norte se muere de hambre mientras acaricia sus misiles nucleares, Irán practica un fundamentalismo retrógrado y vergonzoso, y aquí mismo, en Venezuela, nosotros vemos cómo se nos escurre las libertades y derechos mientras va creciendo la certeza de que vivimos una dictadura comunista que se solaza en pisotear cualquier ficción de legalidad mientras se complace en ver cómo la barbarie gana los espacios que antes ocupaban la decencia y la civilización.

No puede extrañarnos por lo tanto que en Caruao una poblada la haya emprendido contra la heredad de dos ancianos que decidieron pasar los últimos años de su vida mirando el horizonte infinito del mar mientras sentían el frescor de la montaña. No hay sorpresa alguna en esa conducta social luego de años de repetir la misma lección y de exhibir la misma conducta contra la ley, el debido proceso y el derecho que asiste a los otros. Todas esas condiciones del orden social, que permiten la convivencia pacífica y la buena vecindad han sido vencidas y ultrajadas por la consigna del odio y de la arbitrariedad que el presidente resume con tanta precisión en una sola y taxativa palabra: Exprópiese. Pues bien, a eso se dedicarán todos aquellos que se rebuscan a la sombra de la incapacidad y la negligencia que con tanta claridad exhibe este régimen.

Muchas veces se ha advertido que la posibilidad de manejar el caos político  tiene sus límites. Bien podría ratificarlo desde el más allá Salvador Allende que murió en medio de la trampa montada por los radicales de su partido y la insolvencia de su gobierno para atajar los costos que tenía un discurso empeñado en sustituir la realidad por una utopía irrealizable. El derrumbe de esa experiencia comenzó a darse cuando los chilenos presintieron el precipicio inminente que significaba la vuelta a las condiciones de hecho. Como en Caruao donde esta semana la ley ha sido asesinada por la revuelta. Esa es la consecuencia más trágica. Porque donde no impera la ley, impera la fuerza bruta, que es la que se impuso desde las amenazas y el crimen. Y no es posible administrar el derecho por goteo. O es una condición universal o prevalece la injusticia y la desolación. La batalla de Caruao la perdimos. Allí cayó abatida la decencia, pero también el coraje cívico. Allí ganó la barbarie, pero se llevó por el medio la poca reputación que todavía podía conservar el general trastocado en gobernador. Pero no se le puede pedir más que asumir con sumisión abyecta el ejemplo de su líder, cuya revolución está en proceso. Carl Schmitt fue un pobre iluso cuando pretendió derivar toda la  legalidad de la voluntad de Hitler.  Su ilusión no le dejo apreciar que un tirano solo puede destilar disolución.

Víctor Maldonado C

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