“Si todas las instituciones de la sociedad civil hubieran actuado en el Perú como lo hizo el Colegio de Abogados de Lima que, durante los ocho años de la dictadura (1992-2000), se enfrentó al régimen en nombre del Estado de Derecho, el golpe artero contra la libertad del 5 de abril de 1992 no hubiera prosperado, y no lamentaríamos ahora tantos crímenes contra los derechos humanos, el secuestro de la justicia y la libertad de expresión, el desmantelamiento de las instituciones y la corrupción generalizada a cuya sombra Fujimori, Montesinos y los cuarenta ladrones amasaron fortunas que producen vértigo”.
Mario Vargas Llosa.
Diversas aproximaciones sobre el mismo tema nos están dejando amarrados de pies y manos. Esta situación hace crisis en momentos cruciales y sus peores efectos se expresan cuando el gobierno adelanta alguna política arbitraria, ilegal o incluso inconstitucional. Es en esas circunstancias cruciales cuando en vez de mantener claridad y precisión en el diagnóstico de la situación, la sociedad democrática se pierde en los recovecos de la negación, la evasión o la duda.
Hay que reconocer todo el desgaste emocional que nos causa el reconocimiento de que vivimos un orden político y social represivo que se ampara en una ideología comunista cuyo modelo estratégico y táctico es la revolución cubana. Reconocerlo implicaría tomar decisiones, asumir los costos de esas decisiones y actuar en consecuencia. Hay que reconocer también que “lo último que se pierde es la esperanza de que esto se resuelva sin violencia, o mejor dicho, sin que la violencia opere contra nosotros”. Algunos aspiran a que las contradicciones internas del chavismo terminen por desmoronar al régimen, otros prefieren esperar a una reacción cívico militar, un tercer grupo sueña con un nuevo caudillo que le pueda hacer frente al que está dirigiendo el país, y los más ingenuos aspiran a que grupos románticos como el movimiento estudiantil pueda hacer la diferencia.
Lo cierto es que en el marco de las crisis sucesivas que nos ha tocado vivir después del 2004, ningún grupo quiere asumir la conducción de la defensa de sus propios intereses. Incluso algunos empresarios aspiran que trabajadores defiendan la empresa privada, o que los consumidores entiendan lo que está en juego, o que finalmente el diálogo sea el recurso para que la sangre no llegue al río. Cabe recordar que desde esas posiciones legitimamos el método CHAAZ, y nos respondemos benévolamente a nuestras interrogantes, justificando incluso algunas movidas del gobierno. Algunas batallas comunicacionales se han perdido cuando la decisión es no hablar con la transparencia y claridad que exige la opinión pública. Por otra parte, el presidente de la República es excesivo en la habilidad que tiene para ni siquiera mostrar pudor a la hora de hacer sus planteamientos. Deberíamos preguntarnos cuáles son las razones que puede tener cualquiera para defender nuestros derechos, si nosotros no encontramos suficientes argumentos para hacerlo. También tendríamos que interrogarnos sobre cuál es la textura causal del “campo de batalla comunicacional” en el que nos movemos, y si es tan simple como algunos parecen indicar cuándo recomiendan que los empresarios hablen “desde la posición del consumidor y del pueblo”.
Lo cierto es que siempre nos concedemos un margen para la duda razonable, para obviar lo que es a todas luces más que evidente: Estamos involucrados con un régimen autoritario, con ideología radical de izquierda, que no cree en la propiedad privada, que rechaza que los privados controlen medios de producción, que no tolera ninguna expresión independiente de la sociedad civil, que ha licuado todos balances y contrabalances que deberían darse entre los poderes públicos, que no quiere cogobernar con ninguna opción diferente a la que él directamente dirige, que mantiene un control férreo y excluyente de la renta petrolera, que no acepta un movimiento sindical independiente y enfocado en la consecución de los derechos de los trabajadores, que quiere un modelo educativo radicalmente diferente al que hasta ahora hemos practicado, que pretende un control directo del presidente de la República sobre las fuerzas armadas, que mantiene nexos íntimos con Cuba, Siria, Iran, Korea del Norte, Rusia, además de las FARC, ELN, Movimiento de los Sin Tierra, y que por si quedasen dudas, solo admite un color, el rojo, tradicional de los movimientos de izquierda. ¿Qué duda puede quedarle a alguien de que vivimos un “neoautoritarismo” en el que somos nosotros los que sobramos, en el que no hay cabida para negociación alguna que no sea el sometimiento total y absoluto. ¿Si esto no es la transición rápida y expresa hacia el comunismo, entonces qué es?
Algunos reduccionistas afirman que aun en este gobierno, hay empresas y se hacen negocios. Para los que así piensan, esa no es la discusión. De lo que se trata es si hay condiciones razonables para que se mantenga un orden de mercado capitalista, realmente garantizado por la Constitución en sus componentes esenciales: propiedad, libertad de asociación, libertad de dedicación, rechazo a los monopolios y oligopolios, educación orientada a la productividad social y no a la ideologización de la sociedad, y respeto por la dignidad humana. Incluso los reduccionistas saben que en Cuba o en Irán, hay empresas. Ese no es el quid de la cuestión. Pero no hay ninguna posibilidad de que se garantice la pluralidad de propietarios, tampoco que haya libertad de contratación, mucho menos competencia en la fijación de salarios. Puede haber incluso renta, como el caso de las empresas españolas dedicadas a la hotelería en Cuba, y sin embargo nadie piensa que ese sea precisamente el mejor ejemplo de democracia liberal.
Esto nos conduce a una pregunta subsidiaria a la que inicialmente nos formulamos. Porque no solamente estamos muy confundidos con el diagnóstico de la realidad, también con las mínimas condiciones que aspiramos en términos de organización social y política del país. ¿Solamente negocios y seguridades económicas, aun a costa de libertades y derechos? ¿Acaso queremos una versión tropical de un Estado y dos sistemas? Por otra parte, aun si fueran esas nuestras expectativas ¿es eso lo que está ofreciendo este régimen? A ese juego lleno de implícitos de amplio rango apuestan los reduccionistas, cuya única opción es la parálisis, “mientras vemos qué sucede”.
Diagnosticar el presente es mucho más fácil que adivinar el futuro. Sin embargo, hemos tratado de delinear las dificultades que aun en el plano de la realidad están presentes. En extremo tendríamos que reconocer que para algunos (los reduccionistas) la realidad no existe, solo intereses, aspiraciones, valoraciones y expectativas. Pero lamentablemente “los deseos no empreñan”. Por otra parte estamos entrampados en nuestra propia decencia y pudor democráticos, jugamos al abogado constitucionalista, y eso nos impide reconocer lo que otros han apreciado desde hace mucho tiempo. Mario Vargas Llosa escribió en el lejano 1999 que ” Como el teniente coronel Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales y acaba de ganar de manera abrumadora las convocadas para la Asamblea Constituyente, se dice que, aunque sea a regañadientes, hay que reconocerle legitimidad democrática. Lo cierto es que la historia de América Latina está llena de dictadores, déspotas y tiranuelos que fueron populares y que ganaron (o hubieran podido ganarlas si las convocaban) las elecciones con que, de tanto en tanto, se gratificaban a sí mismos, para aplacar a la comunidad internacional o para alimentar su propia megalomanía. Que un número tan elevado de venezolanos apoye los delirios populistas y autocráticos de ese risible personaje que es el teniente coronel Hugo Chávez no hace de éste un demócrata: sólo revela los extremos de desesperación, de frustración y de incultura cívica de la sociedad venezolana”.
La realidad es entonces precisa y contundente. Estamos enfrentados a un régimen comunista de nuevo orden, (socialismo del siglo XXI), frente al cual no hemos construido ni los argumentos ni las estrategias necesarias para derrotarlo. No lo hemos hecho hasta ahora porque pretendemos salir de él sin que tengamos que pagar un costo. Otros ni siquiera piensan que eso es necesario, porque el desorden administrativo, la corrupción y la precariedad gerencial del sector público han posibilitado inmensas fortunas. Y en el caso de los actores políticos, porque aun en el medio de tanta turbulencia han encontrado sus nichos de ingresos y popularidad que les resultan funcionales. La realidad es que en los últimos diez años han desaparecido casi todas las instituciones venezolanas. No solamente los partidos políticos, también buena parte de los colegios profesionales y el sindicalismo democrático. No es gratuito que la milenaria iglesia católica y la centenaria organización empresarial hayan tenido que dar la cara por el país, apoyados o apoyándose en pequeñas iniciativas no gubernamentales, los medios de comunicación, y el movimiento estudiantil. Hay que decir también que no han sido abatidos ni los periodistas, ni los intelectuales, ni la clase media, quienes son los viejos compañeros de camino de las organizaciones empresariales y la iglesia en la larga denuncia de inconsistencias que caracterizan al régimen.
La realidad es ruina institucional y soledad personal. Por eso es que este tiempo de inmensa crisis nacional será el espacio para la ocurrencia de héroes y mártires. Fernando Genovés lo dice mejor: “Hay una especie de heroísmo en la soledad que deben sobrellevar algunos hombres en la política, y un efluvio de perversión y de linchamiento en la acción de la masa (y sus cabecillas) por aislarlos”. La misma idea la planteó Elías Canetti en Masa y poder: “Muchos no saben qué ocurrió, no pueden responder a ninguna pregunta; sin embargo, tienen prisa de estar allí donde se encuentra la mayoría”. La verdad es que no hemos podido construir una organización lo suficientemente robusta como para competir con la hegemonía chavista, y como personas de a pié, mitad héroes, mitad mártires, muchos hemos tenido que sufrir la propia impertinencia de tener que contradecir y decepcionar a los muchos que se fueron tras una deslumbradora oferta de cambio. Muchos contribuimos al derrumbe de nuestra leve infraestructura institucional, creyendo que íbamos a ser del grupo de los salvos. Ahora, confinados en las trincheras de la soledad, viéndole la cara a la mediocridad que reflejamos y que nos reflejan, incapacitados incluso de soñar una salida, muchos caemos abatidos por la desesperanza afirmando demasiado temprano que esta situación no tiene salida.
Todos los autoritarismos necesitan de nuestro abatimiento. Requieren abatir nuestro espíritu y cancelar nuestro espíritu de lucha para montar triunfalmente su bota sobre nuestros rostros y cantar victoria. ¿Será ese el camino? ¿Vamos hacia allá? Pero volvamos al presente. Abatidos institucionalmente, atropellados por el ventajismo oficial, solitarios e incapacitados para articularnos, amargados por la mutua desconfianza y reacios a reconocer el concurso del resto, deslumbrados por la esperanza súbita y el candor de los valientes jóvenes del movimiento estudiantil, nos hemos dedicado a rumiar la trampa sin que hayamos todavía identificado una ruta de propósitos y una estrategia adecuada.
Los autoritarismos usan el poder con economía. Si deben oprimir, lo hacen. Si pueden comprar, lo hacen. Una de las incógnitas más relevantes a la hora de definir dónde estamos y para dónde vamos es qué hacer con la figura carismática del presidente, amparada por la consigna más dura de los últimos diez años: “Mejor no meterse con él”. Si el caso fuera un crimen, valdría la pena preguntarse quién o quiénes se benefician. La respuesta es obvia. El único beneficiado con la inmunidad concedida a su imagen ha sido el propio presidente, que luego de diez años puede ufanarse de contar con más del 50% de los votos, y lo mismo de popularidad. Entre otras cosas porque la política es una actividad que se ejerce a través de la palabra, de la argumentación, intentando la persuasión y el desarrollo de nuevas convicciones. La política nunca es la resignación al silencio. Eso es precisamente lo que pretende un régimen opresivo, que solamente se diga lo que ellos quieren oír, que no se pronuncia ideas que vayan en contra de la ideología fundamental del gobierno. Tal vez hemos fallado en predicar con fuerza, en comunicar con la palabra y con la acción. Abatidos pensamos que la única ruta era el ghetto. Decepcionados, intentamos la división y profundizamos la exclusión. Asustados por la inseguridad hemos incrementado el cerco con los demás. Discotecas y otros sitios públicos que “se reservan el derecho de admisión” e impiden la entrada a negros y gente “inadecuadamente” vestida. La lista de Tascón usada en ambos lados para definir lo mismo, quién es objeto de la confianza, y quienes no, directivas informales que obligan a “no contratar personal que venga del oeste”. Todos estos datos de la realidad, de nuestra realidad, llena de miedos, algunos perfectamente justificados, nos han inhabilitado para que nuestra esencia nos permita construir una nueva mayoría.