La caldera del caos

Por: Víctor Maldonado C.
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Vivimos esa sensación de que es fatal e inevitable una resolución violenta, en la misma medida en que los adversarios se transforman en enemigos y se les cae encima con todo el peso del poder. Y cuando cualquier alusión a las reglas del juego democrático o al sometimiento a las normas constitucionales parece fútil y fatua. Algunos han proclamado que en los últimos años hemos vivido todas las consecuencias de una guerra, pero en frío. Escasez, persecución política, hostigamiento, cárcel, exilio y ser considerados ciudadanos de segunda son solo sus signos más evidentes. Sin embargo, falta el encuadre, la confluencia de un conjunto de circunstancias que tornan ineludible e inexcusable  la cita pactada con la violencia de todos contra todos. Faltaba conocer cuáles son esas circunstancias.
 
En nuestra ayuda vino la edición de Abril-Mayo 2009 de la revista Foreign Policy. Allí el profesor Niall Fergunson, quien ocupa la Cátedra Lawrence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard, hace un reportaje especial, El Eje del Caos, donde presenta precisamente cuales son los ingredientes que tienen que estas presentes para que los ejes de modernidad y civilidad se pierdan. El conflicto se hace presente en sitios donde la desintegración del orden social (étnica o de contenidos más sui generis, como en nuestro caso) se hace acompañar de alta volatilidad económica y fuertes batallas por el poder político. 
 
Lo que aquí está sucediendo nos confronta con un experimento terrible que está en proceso de cocción. El  gobierno ha articulado y dado sentido a un discurso de odio social y división por razones políticas que ya lleva diez años, desde donde ha permitido la organización de clanes, organizaciones paramilitares y colectivos políticos de perfil violento que están dispuestos a ser la cara dura del régimen. Pero no solamente eso, sino que ya es público y notorio que desde el poder se han promovido redes y relaciones intensas con grupos guerrilleros y otros que han sido señalados como terroristas. Todo esto significa únicamente cesión de soberanía y compartir con facciones privadas el monopolio de la violencia conferida al Estado.
 
El efecto perverso que ningún gobierno puede controlar es la aparición de intereses propios que al final compiten con la lógica oficial. Por eso vemos como en México los carteles de la droga están retando al Estado, peor armado y menos dispuestos a rescatar la integridad territorial para la ley y el orden. Lo tétrico del cuento es que el estado de guerra planteado por los narcotraficantes mejicanos no sería difícil de replicar en nuestro país, si  es cierto lo que algunos dicen, que nos hemos convertido en un santuario para esas actividades irregulares, sin que por ahora el gobierno haya caído en cuenta de lo que todos nos estamos jugando.
 
La licuefacción institucional es otro argumento a favor. A estas alturas nadie puede darle un voto de confianza a la autonomía y prestancia de cualquiera de los poderes públicos. Nada indica que ellas están en la capacidad de hacer otra cosa que trasegar a ciegas la nociva carga del socialismo chavista, lo que va a dejar espacios a la constitución de mafias y grupos irregulares que se van a encargar de administrar “justicia” por su propia cuenta, y de acuerdo a sus particulares criterios.
 
Finalmente está el desguace económico y la incapacidad del gobierno de engullirse a todo el país como lo está intentando. Este mundo insólito de un solo patrón y una única fuente de ingresos y decisiones va a conducirnos a un mundo gris e informal donde otras reglas se tendrán que aplicar. Pero también a un régimen que como lo estamos viviendo en vivo y en directo, va a estar muy interesado en controlar afanosamente cualquier intento de disidencia. Y eso solo lo puede lograr incrementando la represión, y dando muestras de que es capaz de extinguir cualquier descontento. Claro está, esa acción traerá reacciones. Ese es el caldero donde se cuecen todos los ingredientes de la violencia organizada mortal, y todos ellos los estamos cocinando en nuestro país. 
 
Lo triste de todo esto es que aun cuando todavía este escenario puede revertirse, la gente no quiera pagar el costo. El precio de la paz que se nos escurre es la unidad, la acción colectiva, la movilización democrática y la resistencia social. Pero no la que podamos intentar mañana, sino la que podemos hacer hoy, porque el futuro se está cerrando entre los negros nubarrones del odio. 
 
Víctor Maldonado C
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Viaje al chavismo

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El gran manipulador

Por: Víctor Maldonado C.
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“Sire, el anhelo de perfección es una de las peores enfermedades que puedan atacar al espíritu humano”. Con esta frase comenzó el discurso del Senado Francés cuando destituyo del derecho a gobernar a Napoleón I y a toda su familia, relevando por consiguiente a la Nación del juramento de fidelidad a su favor. Los que el 2 de abril de 1814 se dirigieron de esta forma al hombre más poderoso del mundo eran sobrevivientes de una de las experiencias más atroces de la historia de su época, cuando la revolución intentó implementar los conceptos de libertad, fraternidad e igualdad, y sobrevino la tormenta de odios, contradicciones y conjuras que terminó degollando todas las esperanzas en una elipse perfecta que comenzó con Luis XVI y terminó con Luis XVIII. Y todo por buscar al paraíso perdido, donde el hombre bueno construye paz, progreso y prosperidad, olvidando que el problema está precisamente en reconocer que ese hombre bueno, dotado de todas las virtudes no es una realidad histórica, por más que a todos nos resulte conveniente y deseable que aparezca y construya mundos diferentes a los que el resto hemos creado.
 

Los pensamientos utópicos están siempre preñados de violencia. Todas ellas se presentan como la garantía de instauración de los máximos valores. Todas ellas tienen finalidades excelsas contra las que nadie tiene objeción alguna, y sin embargo entre sí tienen un nexo sorprendente. Desde la República y Las Leyes de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta las más recientes del socialismo del siglo XXI, se manifiesta un rasgo aterrador que les es común: A la hora de proponer los medios cualquier vía resulta pavorosamente conveniente, por lo que todos son órdenes establecidos violentamente.
 

El esquema que usan los utopistas es demoledoramente simple: Critican la realidad hasta pulverizarla. Prometen a cambio un futuro donde todas las contradicciones se resuelven. Se erigen como los únicos árbitros de la realidad y los poseedores de una verdad metafísica sobre la ruta que se ha de seguir para arribar al nuevo mundo. Se enfrentan, en nombre de ese futuro, contra todos los que se le oponen. Ante los fracasos evidentes, siempre tienen a la mano a grupos y sectores sociales que presentan como los culpables de conspirar contra la felicidad del pueblo. El pueblo comienza a ser un argumento utilizado contra los ciudadanos y sus organizaciones, terminando por convertirse en un eufemismo que encubre una realidad pavorosa. La realidad es que todas las promesas son falsas. Lo cierto es que el único  y verdadero interés de los sumos sacerdotes de la utopía son ellos mismos aferrados al disfrute concupiscente del poder.
 

En eso ha consistido todo este proceso revolucionario. Allí precisamente ha residido el éxito del chavismo. En la proposición y venta de una ideología utópica, y en la compra que el colectivo nacional le hizo de esas promesas. Todo comenzó cuando él planteó que habíamos perdido cuarenta años, que la democracia puntofijista había sido un fraude y que en el medio, oscuros intereses se habían apropiado del país. El propuso y nosotros acatamos la leyenda negra de la IV República, en la que  todos nuestros líderes y dirigentes civiles eran revulsivos irrecuperables,  y por eso había que trastornarlo todo para allanar el camino a una realidad diferente. El compró nuestra repulsión y se solazó en proclamas de “guerra a muerte” que nos satisfacían en la misma medida que expresaban nuestros deseos sociales de venganza. 
 

Y desde esa posición ellos siguen hablando, proponiendo y sentando cátedra contra toda alternativa diferente a ellos mismos.  Por eso hay que tener cuidado, menos estómago y más cerebro. Porque seguimos comprando sus posiciones sin darnos cuenta de que él no habla  pensando en nuestro bien sino en nuestra destrucción.  En eso consiste la racionalidad diabólica de este régimen. En que dicen pensar por todos pero realmente piensan en ellos. Cuando ellos satanizan a la coordinadora democrática lo están haciendo por el pánico que les provoca el tener frente a ellos una sociedad democrática unida y compacta. No hay dudas, ellos han salido a atacar las propuestas unitarias porque han medrado exitosamente en nuestras divisiones. Así que nos toca sacudir nuestras aprehensiones, olvidar nuestros errores y enfrentar sin complejos los nuevos desafíos. Solamente así dejaremos de ser los ratones con los que juega este gato procazmente autoritario.
 
 
 
Víctor Maldonado C
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El imperio de las Instituciones Morales

Por: Víctor Maldonado C.
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La revolución de la libertad es la única revolución posible
La libertad  ha sido ciento de veces inmolada en el altar de un ogro supuestamente filantrópico, que dice pensar por el bien común, que enarbola por nuestra cuenta la espada del bienestar y que se confiere a si mismo una virtud peculiar en su disposición singular de luchar por la igualdad y la justicia. En avalar este pacto falaz e incierto han caído ciudadanos y corporaciones cada vez que han debido resolver la disyuntiva moral de escoger entre patrocinar el fortalecimiento del Estado o permitir que el ciudadano preserve al máximo su capacidad para tomar las decisiones de su vida. En cada una de esas oportunidades la mayoría no ha dudado en otorgarle al gobierno un mandato amplio y extenso para que resuelva los problemas del colectivo, sin pensar siquiera en la posibilidad de poder ser de alguna manera traicionados. Explicar esa capacidad social para conceder ingenuamente una buena porción de los derechos individuales no ha sido tarea fácil. Erich Fromm es de los que piensa que la libertad es una responsabilidad que muchas veces es demasiado pesada y agobiante para el común de la gente. Supone el que asumamos ser dueños de nuestro propio destino, garantes de nuestras realizaciones y fideicomisarios de nuestros  fracasos, sin que nadie pueda servirnos de bastón cada vez que incurramos en errores, circunstancia que pocos están dispuestos a asumir, sobre todo si cuentan con una entidad que promete encargarse.
 

En este mar espeso de promesas donde las sirenas cantan melodías seductoras de felicidad eterna sin ningún costo, algunas instituciones asumieron el reto de proclamar una realidad diferente. No podía ser cierta una verdad tan carente de sentido, no estaba allí la razón ni las posibilidades de un mundo carente y escaso, e imposibilitado por tanto de cumplir con los requisitos de un reparto igualitario sin que se afectaran los verdaderos intereses de las personas productivas y de aquellas empresas dispuestas para la generación de riqueza y empleos de calidad. Alguien tenía que encargarse de decir que no era cierto el diagnóstico prevalido por el gobierno de que los obstáculos que impedían la máxima felicidad social posible estaban concentrados en los derechos esenciales de los ciudadanos. Alguien debía contradecir esa conseja de que la libertad de autorrealización, el libre emprendimiento y los derechos de propiedad eran los verdaderos conjurados contra el bienestar del pueblo. Alguien tenía que asumir el costo de debatir que esos eran precisamente la médula de todos los derechos humanos. Que un individuo desvalido de la posibilidad de poseer, de decidir sobre los aspectos más importantes de su vida, de intentar realizarse sobre la base de sus talentos y competencias, dejaba de ser un hombre para convertirse en un parásito inútil.
 

Ayn Rand convierte estas certezas en un imperativo moral: “negar los derechos de propiedad equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quienquiera que se arrogue el “derecho” de “redistribuir” la riqueza que otros producen está reclamando el “derecho” de tratar a los seres humanos como bienes de uso”. Esa es la figura del dictador que presiente la más importante pensadora liberal detrás de la trampa del socialismo. El socialismo es “un sistema absolutista que carece de una cabeza fija, abierto a cualquier pandilla, a cualquier oportunista, aventurero, demagogo o delincuente que logre adueñarse del poder”.
 

Esos vientos estatistas montados sobre la fatua riqueza de la renta petrolera, trajeron estos barros socialistas en los que nos estamos hundiendo hasta la duramadre de la ruina social. Las promesas han devenido en amenazas y en hechos cumplidos cuando la gramática del poder se ha especializado en el robo del capital social para mantener encendida la hoguera que alumbra esta orgía de irresponsabilidad en la que se ha convertido la administración pública. El socialismo a la venezolana es un complicado brebaje de populismo, autoritarismo y radicalismo de izquierda, enarbolados astutamente por el grupo que está en el poder y dirigidos contra todos los sectores productivos, demonizados por años del discurso ambiguo y perverso en el que todos los fracasos del gobierno se atribuían a la maldad intrínseca de las libertades económicas concedidas. El socialismo a la venezolana es el resentimiento social contra el éxito individual y el odio contra la virtud de la persistencia y el emprendimiento. Por eso el discurso oficial pretende simplificar hasta el ridículo la actividad continua y sistemática que a través de la inversión de esfuerzo, capital y talento, tiempo después conduce a la utilidad y a la prosperidad. No es que no lo entienda, sino que necesita azuzar todo ese resentimiento para acabar con una contraparte obligada que lo desnuda de la magia y lo muestra en un bufón sin el disfraz apropiado. La empresa privada todos los días contrasta con el fracaso descomunal de una promesa que es incumplible.
 

Alguien tenía que recordar insistentemente a un país narcotizado y seducido por las promesas de la redención socialista que la felicidad es un saldo que no se puede anticipar al esfuerzo. Alguien tenía que insistir hasta la terquedad que es la libre iniciativa de hombres y mujeres la que puede transformar el terreno yermo en fructuoso, que no hay atajos y que el socialismo solo nos puede devolver  a épocas donde las condiciones naturales abatían a los seres humanos hasta acorralarlos dentro de los confines indignos de la sobrevivencia. Y esta institución moral que por 25 años ha navegado contra la corriente, sufriendo la persecución y la sorna de propios y extraños, habiendo asumido el reto de no conceder espacios al rentismo parasitario, está todavía hoy entre nosotros, intentando dar luces para evitar el naufragio final contra las rocas y la violencia de las olas que supone la inviabilidad de un país que aspira a ser feliz sin pagar el costo de ser libres. Por eso, CEDICE Libertad, ¡se dice libertad!
 

Algunos sufren de una particular forma de melancolía mientras esperan que ocurra el milagro de un  cielo de la igualdad y la libertad dadas por anticipados en un mundo sin contingencias. Ayn Rand nos despertó con rudeza de ese desvarío cuando en enero de 1963 preguntó “¿Estaría Usted de acuerdo en que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así “igualar” a ambos? ¿No?”. El corolario es obvio. Si Usted no está de acuerdo, entonces no continúe suspirando por las supuestas bondades del socialismo y su imposible convivencia con una sociedad libre. El principio es el mismo.
 
 

Víctor Maldonado C
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Stalin vive

Por: Víctor Maldonado C.

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Y vive entre nosotros. El mejor ejemplo es el escándalo farisaico que se ha montado a raíz de la celebración de los primeros veinticinco años de CEDICE. Sucede que en un país por donde se pasean muy orondos “intelectuales”  de cualquier tipo, con el derecho oficialmente otorgado para pontificar sobre las maravillosas cualidades del régimen y de sus conductores, no es posible debatir libremente sobre la libertad, el sistema de mercado, las posibilidades éticas del capitalismo y formas modernas y eficientes de combate a la pobreza. El nuevo Stalin solo acepta debates laudatorios, que no se atrevan a impugnar la fatalidad del socialismo y que no demuestren cuantas fisuras pueden tener sus enfoques económicos, políticos y sociales. Aquí y ahora solo pueden hablar y supuestamente pensar aquellos que están correctamente alineados con las largas y aburridas disquisiciones oficiales sobre cualquier cosa. Al resto le corresponde persecución, hostigamiento, gas del bueno y desprestigio. Pero no todo es pérdida. No hay mejor forma que aproximarse al tema de la libertad que desde la opresión y el autoritarismo. Y en este sentido el laboratorio social está montado. Por una parte el esfuerzo de una modesta institución para mantener vigente las ideas liberales, y por la otra todo el peso oficial queriendo aplastarla. Sacaremos los saldos, y nuevamente podremos separar la paja del trigo. Al final, medios y fines, formas y contenidos gubernamentales están en la balanza del escrutinio nacional e internacional. En los países decentes la gente no sabe si reír o llorar cuando se entera que los viejos métodos que usaba el Stalin original, se están reviviendo aquí y ahora para ocultar la soez arrogancia que supone el negarle a los otros el derecho a disentir y a pensar diferente.  ¡Stalin vive, carajo!  en el corazón de un régimen que quiere prescindir de nosotros.

El signo de nuestro tiempo

Por: Víctor Maldonado C.
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“Uno vive y ve”
Un buen padre
 
 “Sereno y sonriente en medio del fango de los vicios, exhibe con pasmosa inconsciencia el espectáculo de sus torpezas y hasta en los hielos de la vejez prolonga, a los ojos del universo estupefacto, el carnaval de una existencia falta en absoluto de sentido moral”. Esta descripción dada alguna vez a Alejandro VI, también podría ser un buen resumen de la actuación pública de muchos de nuestros gobernantes, y por qué no, incluso un buen epitafio en la tumba del viejo Fidel. Lo triste es que esa pugna ancestral se haya prolongado hasta nuestros días y que los Carujos de hoy, al igual que los de ayer, confundan a la fuerza con la valentía, en tanto que los Vargas de siempre no puedan hacer valer el sentido de la dignidad republicana, abatida una y mil veces por el bochornoso espectáculo de la violencia.
 

Michel Foucoult describe al bárbaro como alguien que desprecia y envidia a la civilización y la modernidad, con respecto a las cuales está en una relación de hostilidad y guerra permanente. “No hay bárbaro sin una civilización que procure destruir y apropiarse”. El bárbaro no entra a la historia de manera constructiva, sino para incendiar y destruir una civilización. No construye, intenta dominar, se apodera, se apropia, no ejerce la ocupación primitiva del suelo sino la rapiña. Su libertad, solo se apoya en la libertad perdida de los otros.  Todo el ordenamiento legal e institucional que promueve,  que fácilmente pudiera confundirse con un intento para desarrollar civilidad, no es otra cosa que una trampa para multiplicar su fuerza, para ser más fuerte en sus rapiñas, para ser más fuerte en sus robos y en sus violaciones, para ser un invasor más seguro de sus fuerzas. “No puede no ser malo y malvado, aunque se le reconozcan cualidades. No puede sino estar lleno de arrogancia e inhumanidad, justamente porque es el hombre de la historia, el hombre del saqueo y el incendio, el hombre de la dominación”. Sin dudas,  la barbarie se aposentó entre nosotros.
 

Esta certeza nos mueve a preguntarnos qué podemos hacer. Encontrar la respuesta correcta supone hacernos la pregunta adecuada, sin evadir ni escamotear la posibilidad de tener que reconocer cuan duras pueden ser las consecuencias y los desenlaces. Si vivimos en el corazón de la barbarie, si la destrucción es su signo, entonces cuál puede ser la respuesta correcta, cuál debe ser el marco de obligaciones que se nos impone en este momento de nuestra vida. Esas dos preguntas deben canalizarse hacia la acción. Más allá de la resignación, la frustración y la postración, más allá de la huida, más allá de la evasión, el signo de nuestro tiempo debería ser la resistencia organizada y sistemática contra la barbarie y sus efectos. La pregunta originaria es tan simple y tan obvia. ¿Te mereces la barbarie? ¿Tienes que resignarte a la destrucción, al saqueo, a la opresión y a la confiscación de todos tus derechos? Porque si no te la mereces y no quieres reducir tu vida a encarar el sufrimiento, entonces tienes que asumir el costo de organizar una respuesta política contundente: resiste, eleva la apuesta y desobedece, incrementa los costos de la barbarie y déjalos desnudos y desvalidos de tu colaboración. Organízate, resiste y lucha para que mañana seas narrado como el arrojo, como la diferencia, como el relámpago que ilumina y que da sentido al mundo aún oscuro. 
 

¿Cómo hacer? Pablo en su carta a los Romanos nos da las claves. Utiliza en medio de los tuyos, en tu comunidad, los dones con los que Dios te ha dotado. A los profetas, que hablen, a los capaces, que sirvan, a los maestros, que enseñen, al que sabe aconsejar, que dé consejos, al que distribuya, que dé sin medida, el que manda, que se preocupe de hacerlo bien, y el que atiende a los necesitados, que lo haga con alegría. Que el amor sea sincero, que se aborrezca el mal, que no haya flojera sino fervor, que haya esperanza, y que en las pruebas, seamos pacientes y fuertes. Que seamos empáticos, y podamos alegrarnos con los que estén alegres, y llorar con los que lloran. Que haya armonía y unidad, que no busquemos los grandes efectos que a veces resultan fatuos, y que podamos realizarnos en las pequeñas cosas cotidianas, donde están los verdaderos avances. No confiemos en nuestra propia sabiduría, que muchas veces solo es arrogancia. Pero lo principal es que desde nuestro discurso y nuestras acciones, allí en el medio de nuestra comunidad, entre los cinco o diez que formen parte de nuestro grupo de resistencia,  seamos sal y luz para que todo esto tenga un solo sentido: Arrojar a la barbarie de entre nosotros para que vuelva a brillar la luz de la libertad y de la decencia. 
 

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¿Podremos vencer algún día?

Por: Víctor Maldonado C.
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“A la larga el sable siempre es vencido por el espíritu”
Napoleón Bonaparte
 

Leer la historia de Pablo de Tarso es una forma ideal para no perder la esperanza y calibrar el reto que tenemos por delante. El gran organizador de la Iglesia Católica tuvo que enfrentar grandes pruebas con inmensas limitaciones. Pero siempre tuvo claro el objetivo de sacar a la nueva iglesia de los confines de Jerusalén y de los límites bien precisos que suponía ser una secta minoritaria dentro de la comunidad de creyentes judíos. Un puñado de hombres y mujeres pobres asumieron con él una tarea colosal: competir con la organización religiosa más sólida de la antigüedad y en simultáneo enfrentar al imperio más poderoso del momento. Ambos tenían un poder infinitamente superior al puñado de apóstoles que se habían propuesto la tarea de evangelizar al mundo, quienes además no habían logrado concertar  un acuerdo unánime sobre el alcance de las tareas a emprender y el coraje que tenían que demostrar. Si algo sorprende en ellos es la humanidad mostrada en todo su esplendor, pero también con todas sus miserias. El cálculo y el miedo no estaban ausentes, así como la ambición de cumplir la tarea encomendada sin enfrentar el martirio o pagar los costos de encabezar una propuesta tan antagónica a los intereses de la época. Y para colmo, todos recordaban con desconfianza que Pablo había sido el más implacable perseguidor de aquellos sospechosos de ser nazarenos, como se les llamaba a los cristianos en las primeras de cambio.
 

Años de silencio y trabajo de bajo perfil mediaron entre su conversión en Damasco y su primera gran misión. Su obcecación y radicalismo discursivo ponía en aprietos a todas las comunidades, pero sobre todo a la dirección apostólica que Pedro mantenía desde Jerusalén. Cordiales despedidas eran anticipadas para intentar continuar con la pasividad asumida como normalidad, esperando pacientemente que Dios con todo su poder viniera a encargarse de ellos, separando la paja del trigo en su segunda y triunfal venida. Pocos como Pablo entendieron que el mensaje de Cristo solamente podía sobrevivir bajo dos condiciones: la formulación de una propuesta inclusiva que extendiera la comunidad de creyentes a  los gentiles, y  la organización de una red de pequeñas comunidades, cada una de ellas capaz de resistir solas la adversidad de la persecución y el hostigamiento, pero con una sorprendente disposición para la coordinación compartimentada. Y al logro de ambas condiciones dedicó su vida. Sin ningún otro apoyo que una voluntad indoblegable, todo el mundo antiguo fue visitado y mantenido en contacto a través de un febril intercambio epistolar en donde se mezclaba el mensaje evangélico con recomendaciones y advertencias concretas. Una propuesta de cambio radical y la demostración inobjetable de que una verdad trascendental era su emblema fue tornando la adversidad inicial en un éxito irreversible. Pero Pablo asumió con coraje los costos. Por lo menos una vez fue apedreado  y en cuatro oportunidades fue sometido a los azotes en los sótanos de las sinagogas,  sin embargo ninguna de estas anticipaciones a su martirio lo arredró. En cada una de esas pruebas, sus ojos se cerraron para aguantar, y su espíritu se abrió a la confianza en Dios, para resistir, sobrevivir, y  seguir adelante en el cumplimiento de su misión. Ese era su talante y con ello demostraba la fuerza indomable de su espíritu.
 

Pablo tenía tres condiciones notables: Sus convicciones,  sus ganas y una gran  capacidad para predicar, presentar argumentos y convencer a los demás de su validez. Su ejemplo y las lecciones que podamos sacar de su vida son imprescindibles. Enfrentamos un régimen opresivo y criminal. Capaz de todo menos de respetar nuestros derechos y libertades. Una dictadura comunista que se alimenta de nuestros miedos, nuestras evasiones y  de la incapacidad para instrumentar la resistencia y la oposición. Un régimen cobarde y mentiroso que se afinca. Por eso no dudemos en volver al Pablo incansable, tenaz y valiente, predicando, visitando, escribiendo, dirigiendo, aconsejando, tejiendo redes, articulando posiciones y demostrando valentía y coraje. El pudo, sin vehículos, sin telecomunicaciones y sin recursos. El pudo solo, transitando caminos y peligros, con la única fuerza de un mensaje integrador y alternativo, retador y diferente, que exigía y convocaba, que desafiaba y que confrontaba, hasta el punto de desnudar al engaño, la mentira y el fraude de la fuerza, incapaz como siempre lo ha sido, de construir instituciones morales duraderas. 
 
 
 
 
Víctor Maldonado C
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¡Donde estamos, hacia donde vamos!

“Si todas las instituciones de la sociedad civil hubieran actuado en el Perú como lo hizo el Colegio de Abogados de Lima que, durante los ocho años de la dictadura (1992-2000), se enfrentó al régimen en nombre del Estado de Derecho, el golpe artero contra la libertad del 5 de abril de 1992 no hubiera prosperado, y no lamentaríamos ahora tantos crímenes contra los derechos humanos, el secuestro de la justicia y la libertad de expresión, el desmantelamiento de las instituciones y la corrupción generalizada a cuya sombra Fujimori, Montesinos y los cuarenta ladrones amasaron fortunas que producen vértigo”.

Mario Vargas Llosa.

Diversas aproximaciones sobre el mismo tema nos están dejando amarrados de pies y manos. Esta situación hace crisis en momentos cruciales y sus peores efectos se expresan cuando el gobierno adelanta alguna política arbitraria, ilegal o incluso inconstitucional. Es en esas circunstancias cruciales cuando en vez de mantener claridad y precisión en el diagnóstico de la situación, la sociedad democrática se pierde en los recovecos de la negación, la evasión o la duda.

Hay que reconocer todo el desgaste emocional que nos causa el reconocimiento de que vivimos un orden político y social represivo que se ampara en una ideología comunista cuyo modelo estratégico y táctico es la revolución cubana. Reconocerlo implicaría tomar decisiones, asumir los costos de esas decisiones y actuar en consecuencia. Hay que reconocer también que “lo último que se pierde es la esperanza de que esto se resuelva sin violencia, o mejor dicho, sin que la violencia opere contra nosotros”. Algunos aspiran a que las contradicciones internas del chavismo terminen por desmoronar al régimen, otros prefieren esperar a una reacción cívico militar, un tercer grupo sueña con un nuevo caudillo que le pueda hacer frente al que está dirigiendo el país, y los más ingenuos aspiran a que grupos románticos como el movimiento estudiantil pueda hacer la diferencia.

Lo cierto es que en el marco de las crisis sucesivas que nos ha tocado vivir después del 2004, ningún grupo quiere asumir la conducción de la defensa de sus propios intereses. Incluso algunos empresarios aspiran que trabajadores defiendan la empresa privada, o que los consumidores entiendan lo que está en juego, o que finalmente el diálogo sea el recurso para que la sangre no llegue al río. Cabe recordar que desde esas posiciones legitimamos el método CHAAZ, y nos respondemos benévolamente a nuestras interrogantes, justificando incluso algunas movidas del gobierno. Algunas batallas comunicacionales se han perdido cuando la decisión es no hablar con la transparencia y claridad que exige la opinión pública. Por otra parte, el presidente de la República es excesivo en la habilidad que tiene para ni siquiera mostrar pudor a la hora de hacer sus planteamientos. Deberíamos preguntarnos cuáles son las razones que puede tener cualquiera para defender nuestros derechos, si nosotros no encontramos suficientes argumentos para hacerlo.  También tendríamos que interrogarnos sobre cuál es la textura causal del “campo de batalla comunicacional” en el que nos movemos, y si es tan simple como algunos parecen indicar cuándo recomiendan que los empresarios hablen “desde la posición del consumidor y del pueblo”.

Lo cierto es que siempre nos concedemos un margen para la duda razonable, para obviar lo que es a todas luces más que evidente: Estamos involucrados con un régimen autoritario, con ideología radical de izquierda, que no cree en la propiedad privada, que rechaza que los privados controlen medios de producción, que no tolera ninguna expresión independiente de la sociedad civil, que ha licuado todos balances y contrabalances que deberían darse entre los poderes públicos, que no quiere cogobernar con ninguna opción diferente a la que él directamente dirige, que mantiene un control férreo y excluyente de la renta petrolera, que no acepta un movimiento sindical independiente y enfocado en la consecución de los derechos de los trabajadores, que quiere un modelo educativo radicalmente diferente al que hasta ahora hemos practicado, que pretende un control directo del presidente de la República sobre las fuerzas armadas, que mantiene nexos íntimos con Cuba, Siria, Iran, Korea del Norte, Rusia, además de las FARC, ELN, Movimiento de los Sin Tierra, y que por si quedasen dudas, solo admite un color, el rojo, tradicional de los movimientos de izquierda. ¿Qué duda puede quedarle a alguien de que vivimos un “neoautoritarismo” en el que somos nosotros los que sobramos, en el que no hay cabida para negociación alguna que no sea el sometimiento total y absoluto. ¿Si esto no es la transición rápida y expresa hacia el comunismo, entonces qué es?

Algunos reduccionistas afirman que aun en este gobierno, hay empresas y se hacen negocios. Para los que así piensan, esa no es la discusión. De lo que se trata es si hay condiciones razonables para que se mantenga un orden de mercado capitalista, realmente garantizado por la Constitución en sus componentes esenciales: propiedad, libertad de asociación, libertad de dedicación, rechazo a los monopolios y oligopolios, educación orientada a la productividad social y no a la ideologización de la sociedad, y respeto por la dignidad humana. Incluso los reduccionistas saben que en Cuba o en Irán, hay empresas. Ese no es el quid de la cuestión. Pero no hay ninguna posibilidad de que se garantice la pluralidad de propietarios, tampoco que haya libertad de contratación, mucho menos competencia en la fijación de salarios. Puede haber incluso renta, como el caso de las empresas españolas dedicadas a la hotelería en Cuba, y sin embargo nadie piensa que ese sea precisamente el mejor ejemplo de democracia liberal.

Esto nos conduce a una pregunta subsidiaria a la que inicialmente nos formulamos. Porque no solamente estamos muy confundidos con el diagnóstico de la realidad, también con las mínimas condiciones que aspiramos en términos de organización social y política del país. ¿Solamente negocios y seguridades económicas, aun a costa de libertades y derechos? ¿Acaso queremos una versión tropical de un Estado y dos sistemas? Por otra parte, aun si fueran esas nuestras expectativas  ¿es eso lo que está ofreciendo este régimen? A ese juego lleno de implícitos de amplio rango apuestan los reduccionistas, cuya única opción es la parálisis, “mientras vemos qué sucede”. 

Diagnosticar el presente es mucho más fácil que adivinar el futuro. Sin embargo, hemos tratado de delinear las dificultades que aun en el plano de la realidad están presentes. En extremo tendríamos que reconocer que para algunos (los reduccionistas) la realidad no existe, solo intereses, aspiraciones, valoraciones y expectativas. Pero lamentablemente “los deseos no empreñan”. Por otra parte estamos entrampados en nuestra propia decencia y pudor democráticos, jugamos al abogado constitucionalista, y eso nos impide reconocer lo que otros han apreciado desde hace mucho tiempo. Mario Vargas Llosa escribió en el lejano 1999 que ” Como el teniente coronel Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales y acaba de ganar de manera abrumadora las convocadas para la Asamblea Constituyente, se dice que, aunque sea a regañadientes, hay que reconocerle                      legitimidad democrática. Lo cierto es que la historia de América Latina está llena de dictadores, déspotas y tiranuelos que fueron populares y que ganaron (o hubieran podido ganarlas si las convocaban) las elecciones con que, de tanto en tanto, se gratificaban a sí mismos, para aplacar a la                      comunidad internacional o para alimentar su propia megalomanía.   Que un número tan elevado de venezolanos apoye los delirios populistas y  autocráticos de ese risible personaje que es el teniente coronel Hugo Chávez no hace de éste un demócrata: sólo revela los extremos de desesperación,                     de frustración y de incultura cívica de la sociedad venezolana”.

La realidad es entonces precisa y contundente. Estamos enfrentados a un régimen comunista de nuevo orden, (socialismo del siglo XXI), frente al cual no hemos construido ni los argumentos ni las estrategias necesarias para derrotarlo. No lo hemos hecho hasta ahora porque pretendemos salir de él sin que tengamos que pagar un costo. Otros ni siquiera piensan que eso es necesario, porque el desorden administrativo, la corrupción y la precariedad gerencial del sector público han posibilitado inmensas fortunas. Y en el caso de los actores políticos, porque aun en el medio de tanta turbulencia han encontrado sus nichos de ingresos y popularidad que les resultan funcionales. La realidad es que en los últimos diez años han desaparecido casi todas las instituciones venezolanas. No solamente los partidos políticos, también buena parte de los colegios profesionales y el sindicalismo democrático. No es gratuito que la milenaria iglesia católica y la centenaria organización empresarial hayan tenido que dar la cara por el país, apoyados o apoyándose en pequeñas iniciativas no gubernamentales, los medios de comunicación, y el movimiento estudiantil. Hay que decir también que no han sido abatidos ni los periodistas, ni los intelectuales, ni la clase media, quienes son los viejos compañeros de camino de las organizaciones empresariales y la iglesia en la larga denuncia de inconsistencias que caracterizan al régimen.

La realidad es ruina institucional y soledad personal. Por eso es que este tiempo de inmensa crisis nacional será el espacio para la ocurrencia de héroes y mártires. Fernando Genovés lo dice mejor: “Hay una especie de heroísmo en la soledad que deben sobrellevar algunos hombres en la política, y un efluvio de perversión y de linchamiento en la acción de la masa (y sus cabecillas) por aislarlos”. La misma idea la planteó Elías Canetti en Masa y poder: “Muchos no saben qué ocurrió, no pueden responder a ninguna pregunta; sin embargo, tienen prisa de estar allí donde se encuentra la mayoría”. La verdad es que no hemos podido construir una organización lo suficientemente robusta como para competir con la hegemonía chavista, y como personas de a pié, mitad héroes, mitad mártires, muchos hemos tenido que sufrir la propia impertinencia de tener que contradecir y decepcionar a los muchos que se fueron tras una deslumbradora oferta de cambio. Muchos contribuimos al derrumbe de nuestra leve infraestructura institucional, creyendo que íbamos a ser del grupo de los salvos. Ahora, confinados en las trincheras de la soledad, viéndole la cara a la mediocridad que reflejamos y que nos reflejan, incapacitados incluso de soñar una salida, muchos caemos abatidos por la desesperanza afirmando demasiado temprano que esta situación no tiene salida.

Todos los autoritarismos necesitan de nuestro abatimiento. Requieren abatir nuestro espíritu y cancelar nuestro espíritu de lucha para montar triunfalmente su bota sobre nuestros rostros y cantar victoria. ¿Será ese el camino? ¿Vamos hacia allá? Pero volvamos al presente. Abatidos institucionalmente, atropellados por el ventajismo oficial, solitarios e incapacitados para articularnos, amargados por la mutua desconfianza y reacios a reconocer el concurso del resto, deslumbrados por la esperanza súbita y el candor de los valientes jóvenes del movimiento estudiantil, nos hemos dedicado a rumiar la trampa sin que hayamos todavía identificado una ruta de propósitos y una estrategia adecuada.

Los autoritarismos usan el poder con economía. Si deben oprimir, lo hacen. Si pueden comprar, lo hacen. Una de las incógnitas más relevantes a la hora de definir dónde estamos y para dónde vamos es qué hacer con la figura carismática del presidente, amparada por la consigna más dura de los últimos diez años: “Mejor no meterse con él”. Si el caso fuera un crimen, valdría la pena preguntarse quién o quiénes se benefician. La respuesta es obvia. El único beneficiado con la inmunidad concedida a su imagen ha sido el propio presidente, que luego de diez años puede ufanarse de contar con más del 50% de los votos, y lo mismo de popularidad. Entre otras cosas porque la política es una actividad que se ejerce a través de la palabra, de la argumentación, intentando la persuasión y el desarrollo de nuevas convicciones. La política nunca es la resignación al silencio. Eso es precisamente lo que pretende un régimen opresivo, que solamente se diga lo que ellos quieren oír, que no se pronuncia ideas que vayan en contra de la ideología fundamental del gobierno. Tal vez hemos fallado en predicar con fuerza, en comunicar con la palabra y con la acción. Abatidos pensamos que la única ruta era el ghetto. Decepcionados, intentamos la división y profundizamos la exclusión. Asustados por la inseguridad hemos incrementado el cerco con los demás. Discotecas y otros sitios públicos que “se reservan el derecho de admisión” e impiden la entrada a negros y gente “inadecuadamente” vestida. La lista de Tascón usada en ambos lados para definir lo mismo, quién es objeto de la confianza, y quienes no, directivas informales que obligan a “no contratar personal que venga del oeste”. Todos estos datos de la realidad, de nuestra realidad, llena de miedos, algunos perfectamente justificados, nos han inhabilitado para que nuestra esencia nos permita construir una nueva mayoría.

La voz del amo

Por: Víctor Maldonado C.
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Seguro que ambos tienen familia. Tal vez sus hijos son los amigos de los nuestros. Esos que andan por nuestras casas o pululan por los pasillos de las escuelas y que muchas veces nos regalan una sonrisa inocente y conmovedora. Muy probablemente sus mujeres y maridos caminan a nuestro lado por los centros comerciales y ejercen su profesión en las empresas privadas, compartiendo pesares y quejas sobre la situación del país, y presintiendo las amenazas que se ciernen sobre todos nosotros, sin que importen las convicciones o los intereses. Pero en el fondo de las miradas de todos ellos hay siempre un velo de tristeza porque esas familias tienen en común la pena y la desgracia que les provoca la desvergüenza de uno de los suyos que queriendo ser profesional termina como esbirro.
 

El general tiene el mérito de conducir la represión en Caracas. Sus batallas son contra la gente que se atreve a manifestar para exigir derechos y reclamar libertades. En tanto, la Jefa del Gobierno pasará a la historia con el remoquete de la usurpadora. Ella, no conforme con su naufragio en las riberas del Guaire, se ha prestado dócilmente a ser el ariete con el que Chávez acabó con el decoro debido al estado de Derecho y al régimen electoral. Tal vez ellos no lo sepan, pero ambos juegan al alimón y danzan una coreografía perfecta. Eso debe formar parte del compromiso asumido, no ante la Constitución, sino ante la mano poderosa que los señala, los designa, los cuida y los alimenta. Pero alguna angustia debe corroerles las entrañas cuando en vez de responder a las preguntas y dar la cara, prefieren corretear hasta la trinchera confortable de silencio que les aseguran espalderos y bayonetas.
Ambos olvidaron lo que alguna vez  aprendieron sobre probidad porque en ningún libro elemental de derecho se apuesta a la primacía del interés sobre la justicia. Tampoco así lo reza nuestra constitución, hoy realmente moribunda y desamparada frente a las emboscadas de la tiranía. En  ningún sumario de la infamia queda fuera la conjura, el despotismo, el saqueo y la desproporción en el uso de la fuerza o de la ventaja. Aunque lo realmente perverso es que todas esas acciones sean asumidas como una forma de ganarse la vida. Por eso la procesión interna vuelve a comenzar todas las noches al entrar a la casa, cuando ellos sienten que la vergüenza se convierte en la conexión más importante con la familia, y cuando el silencio apesta a traición, no solo a los principios y valores, sino a los antiguos amigos caídos en desgracia.
Ambos tienen el mismo enemigo en el pueblo que todavía piensa que reclamar tiene algún sentido. Este pueblo es su campo de batalla, eso sí, ellos armados y el pueblo abatido.  No es la insurgencia, no es la guerrilla, no son los colectivos, no es el narcotráfico, somos nosotros los que aparecemos en sus juegos de guerra y en sus mesas situacionales como los objetivos a aniquilar. Claro, esos detalles menudos no pueden ser tema de conversación un día de la madre, cuando alguno de sus hijos, sobrinos o nietos se atrevan a preguntar qué tiene que ver sus trabajos con la constitución, y con ello rompan la armonía que ellos creen merecer. Tal vez allí el celular siga siendo la mejor trinchera. ¿La constitución? No precisamente porque la constitución les sabe a plasta. Más bien la voz del amo. Ese amo que tiene a la patria convertida en el hato de la barbarie, y que exige sumisión plena a la ideología del fascismo socialista, que promete amor y regala odio, que predica igualdad y practica la discriminación. Que nos condena a todos, incluso a ellos, a la muerte lenta, a la descomposición fétida de la involución. Tal vez  por eso ellos piensan que es mejor seguir corriendo cual gallos cobardes que prefieren perder su prestigio antes de sufrir las espuelas de su oponente. En su caso el espuelazo que significa la mirada avergonzada de sus hijos cuando los desconocen detrás de la capucha que esconde la verdadera esencia de  sus trabajos como verdugos de la esperanza.
 
 
 
 
Víctor Maldonado C
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Psicopatía Política

Por: Víctor Maldonado C.

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Bien podría decir Maquiavelo que el gobernante es un trasgresor de la ética privada. La fusión entre su propio destino y el del país que dirige le hacen creer que en el trascurrir de esos afanes no hay medio que sea especialmente repugnante. Pero hay una diferencia persistente entre la conciencia de un mandatario decente del que no lo es. El primero suele tener al menos sentimientos de culpa y conciencia de las consecuencias de sus actos, mientras que el segundo carece de cualquier  consideración por los demás. Para éstos el resto del mundo no tiene importancia alguna porque no son concebidos como personas sino como meros recursos de los cuales se pueden aprovechar. Un psicópata carece de la otredad necesaria para apreciar a los demás, porque es esencialmente egoísta. Stalin, poseedor de una personalidad bizarra, gustaba decir que “un muerto es una tragedia, pero muchos muertos son simples estadísticas”. La historia dice que hasta el fin de sus días trabajó intensamente por superar su propia marca de crímenes y procesos políticos, sin que ello le quitara el sueño.
Los más contemporáneos  son por ahora menos sangrientos porque todavía no han tenido la necesidad. Pero igual engañan, presionan, traicionan  y aniquilan incluso a familiares y amigos sin que por ello se sientan presas de angustia o ansiedad. El psicopata no está interesado en la suerte que corren los otros, únicamente piensa en primera persona, en el bienestar de su ego y en la satisfacción de sus ansias. Eso los hace inmensamente peligrosos, pero a la vez supremamente frágiles al ser presas fáciles de la traición que es la consecuencia natural de la incapacidad para reciprocar que todos ellos sufren. 

William Morrow estudió las relaciones entre la criminalidad y las tendencias antidemocráticas para el monumental estudio sobre “La personalidad autoritaria” que dirigió T.W. Adorno a mediados del siglo pasado. El investigador concluyó que en los psicópatas son evidentes las fallas en la debida integración del “Superego”, y por lo tanto muestran cierto grado de incapacidad para asumir una conciencia moral y un apropiado “ideal del yo” que les hacen tomar distancia de los requisitos que son indispensables para una convivencia social sana. Simplemente carecen de la posibilidad de construir y de mantener compromisos comunitarios, por lo que adoptan con mucha facilidad tendencias destructivas, que algunos de ellos disfrazan como procesos revolucionarios. Stalin, Hitler y Castro son algunos de los ejemplos más notables con el común denominador de que ninguno de ellos tuvo o mantuvo relaciones afectivas sólidas. Todos ellos tuvieron algún trauma infantil, unos bastardos, otros niños maltratados, o simplemente fracasados tenaces. Todos ellos sufrieron heridas narcisísticas que se transformaron en resentimientos y en una inmensa capacidad para negarles a los demás un mínimo reconocimiento.
El segundo rasgo que está presente en una personalidad psicopática es la reacción excesiva que ellos exhiben para compensar su falta de solidez emocional e intelectual  y su incapacidad para resolver adecuadamente los problemas que se les presentan. Todos ellos tienen conductas histeroides.  Hitler era famoso por sus estallidos de cólera, y la mirada criminal de Stalin era un anticipo de la suerte que podría esperar a cualquiera de su círculo, antes de ordenar otro ciclo de asesinatos.
Egocentrismo narcisista, ausencia de sentimiento de culpa y de inteligencia emocional son el tríptico de conductas que constituyen el síndrome de la personalidad psicopática, que al ostentarla un gobernante lo transforma en un criminal potencial, que tarde o temprano siente la tentación de usar el poder para amedrentar a las minorías y grupos sociales que se les oponen. Este tipo de políticos se apoyan sin ningún problema en grupos organizados de matones que enfrentan a la población para intentar el control social totalitario que necesitan garantizarse. Llámense fuerzas armadas,  “colectivos populares” o dirigentes del partido, todos amenazan y actúan contra los que el líder define como objetivos políticos. Para ellos no hay límites morales o legales sino obstáculos que hay que demoler para despejar el camino. En eso coinciden todas las dictaduras, en la sangre fría que todos sus mandatarios muestran a la hora de decidir sobre la vida y circunstancias de los otros.

Víctor Maldonado C

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