El enigma del prestigio militar

Por: Víctor Maldonado C.
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Las encuestas indican que la única institución pública que todavía se mantiene impoluta con una aprobación por encima del 50% es la Fuerza Armada. Y esto es una hazaña, dado el carácter demoledor del estilo presidencial, que ha acabado con la reputación del resto de los poderes e instituciones públicas. Como todo el mundo se imagina, los números no favorecen ni al Parlamento ni al Poder Judicial. Tampoco a ministros o gobernadores. Ninguno de ellos muestra ser algo más que despojos del abuso, la prepotencia y la ausencia casi absoluta de principios y valores. Empero,  la cualidad destructiva del presidente no ha podido con el prestigio del estamento militar.

Algunos dicen que la popularidad de los militares se corresponde a la identidad casi absoluta con el proyecto chavista. A fin de cuentas el gobierno está presidido por un militar ansioso de comando activo, y el resto está igualmente constituido por conspicuos representantes castrenses. Sin embargo, esta hipótesis de la relación especular entre el presidente y las fuerzas armadas que comanda no tiene referentes en otras instituciones que también son hijas legítimas de la quinta república. Como ya lo dijimos, de la debacle no se ha salvado ninguna otra. ¿Por qué los militares sí? ¿Por qué tienen más popularidad que el gobierno que supuestamente ellos dirigen? ¿Por qué son mejor calificados que el gobierno militar del Comandante Chávez?

Puede que la respuesta no sea sencilla. Pero lo cierto es que la Fuerza Armada es la única corporación pública que le pone límites precisos a la arbitrariedad presidencial, de acuerdo a la siguiente regla, que hasta el momento se ha cumplido con estricto apego a la disciplina que los caracteriza: Todas las locuras posibles, siempre y cuando ellas se enmarquen dentro de lo que pautan la Constitución y las Leyes. Y cada vez que nuestro presidente ha pretendido pasar esa línea, los únicos capaces de ponerlo en su sitio han sido precisamente sus compañeros de armas. Fueron ellos los que pararon en seco los dos golpes militares encabezados por el ahora presidente. Fueron ellos los que no aceptaron la orden de activar el Plan Ávila en medio de los sucesos de abril. También los que lo repusieron cuando Carmona quiso deponer la Constitución y todas sus instituciones. Lo mismo explica el reconocimiento de la derrota en el referéndum constitucional, a pesar de un cuadro tan cerrado. Y cuando en medio de un gran despecho, ordenó la movilización de diez divisiones a la frontera, simplemente se hicieron los locos y organizaron una sorprendente operación morrocoy que dio como resultado que cuando recibieron la contraorden todavía no habían terminado de salir.

Algunos especialistas podrán incomodarse con lo aquí expuesto. Y uno que otro fundamentalista se rasgará las vestiduras. Pero lo cierto es que hasta el poderoso Chávez tiene un jefe por encima de él, con quien tiene que fajarse a negociar hasta dónde puede llegar con sus obsesiones. Muchos dirán con razón que parte del éxito de esta institución es su flexibilidad a la hora de definir lo constitucional. Pero no podemos olvidar que ellos también están jugando un partido muy complicado, con señales muy ambiguas de aliados y adversarios, y poco reconocimiento público del papel que hasta ahora han desempeñado. Porque tal vez no sean lo que nosotros quisiéramos, pero siguen manteniendo su rol de árbitros constitucionales y garantes de la legalidad, por poca vida que ella tenga en las actuales circunstancias. Y esta condición va mucha más allá de la baja calificación de su alto mando, de los excesos de un comandante de guarnición en Carúpano, o de las amenazas sistemáticas del presidente sobre lo armada que está su revolución.

El ansia

Por: Víctor Maldonado C.
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La masa del maníaco de gloria está formada por sombras
Elias Caneti
 
Si hay alguna cifra que aturde a la sociedad democrática es aquella que afirma que poco más de la mitad de los venezolanos tiene una opinión favorable del actual presidente de la República.  Este aserto solamente se puede comprender si lo apreciamos en perspectiva y observamos que esta generosa valoración ha venido disminuyendo en términos porcentuales en los últimos dos años. Pero más allá de la crudeza de este dato estadístico, deberíamos estarnos preguntando sobre las razones por las cuales esta calificación se mantiene tan alta, a pesar de que a todas luces su gestión pública carece de éxitos notables. En la respuesta que nos procuremos no podemos dejar fuera tres aspectos que lucen especialmente relevantes a los efectos de lo que desde aquí tendremos que emprender para lograr una alternativa plausible en el 2012.
El primero de todos es la necesidad de construir y sostener una alternativa competitiva al régimen, que sea fresca, creíble, incluyente, capaz y apta para retar el liderazgo actual. El segundo aspecto es entender que el talón de Aquiles del actual régimen es la calidad de su gestión que no ha podido resolver ninguno de los problemas sociales que se le han presentado. Allí, en la inseguridad desbordada, el desempleo crónico y en los apagones sistemáticos es que debemos proponer la batalla de la opinión pública. Allí es donde hay que centrar el foco. Y en la pretensión del gobierno de acabar con la descentralización, las autonomías regionales, los derechos de propiedad y la libertad plena y sin intervenciones que los padres deben mantener para criar y educar a sus hijos. Y por último diagnosticar adecuadamente dos factores de índole psicosocial: el  que determina la fuerte ligazón entre el presidente y cerca del treinta por ciento de la población venezolana, y el que predispone hacia el resentimiento destructivo a nuestra clase media profesional. El primero de estos factores explica la extrema permisividad de los seguidores del presidente con los desafueros de su conducta, y el otro podría aclararnos por qué no hemos logrado luego de diez años construir una opción viable a la propuesta autoritaria encabezada por el Jefe de Estado.
Freud diría que el líder libera a los seguidores de la espantosa responsabilidad de autorregulación al brindarles una voz autoritaria y severa que deben obedecer. También que el líder puede escapar del resentimiento subyacente y agresivo de los seguidores si encauza la hostilidad del grupo hacia fuera, apartándola de sí mismo, para apuntarla hacia un otro despreciado, a quien se puede execrar y lastimar con impunidad. De este modo, el líder concede al seguidor la gratificación de hondos deseos agresivos que comúnmente debe mantener sublimados y vueltos contra sí mismo, alentado a escindir el mundo externo en imágenes concretas de bien y mal.
Su propuesta nos resuelve el acertijo. El liderazgo carismático tiene dos caras. Una para sus seguidores y otra para sus adversarios. Y las dos lo refuerzan. A los primeros los somete dándoles estructura y sentido, en tanto que al resto los apura hacia el barranco de las contradicciones irresolutas. El mismo que vendió un liderazgo fuerte capaz de imponer la revolución de la igualdad, impuso a otros la leyenda negra de la IV República y los cuarenta años perdidos. A sus seguidores los cohesionó y al resto nos dispersó en el desierto de la incomprensión, el desconocimiento y el fatalismo. Diría Caneti que Chávez se ha convertido en un coleccionista de hombres, para enviarlos de avanzada, o llevarlos consigo a la muerte. Y ganada la gloria, su ansia primordial, permitirse despreocuparse de todos, sin perder nada con ello.

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Venezuela Emponzoñada

Por: Víctor Maldonado C.

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La retórica presidencial ha tenido esta semana dos grandes motivos: meter preso a su archienemigo Manuel Rosales e insistir machaconamente en que los problemas de país se resuelven mediante una gran política de expropiaciones. El miércoles en la noche lo decía desde Ciudad Bolívar,  ganar para expropiar, ganar para expoliar, vencer para quitarles a los venezolanos sus propiedades, y con ello intentar remendar el hueco inmenso de su fracaso en la gestión de gobierno.  Por lo que se ve, a partir de ahora la petrorevolución ni siquiera va a hacer el esfuerzo de intentar un plan de viviendas, simplemente se la van a quitar a los que ya las tienen. Lo mismo hizo con las empresas, por lo que no debe extrañarnos que ahora lo haga con las casas. Pronto veremos los resultados, cuando la caja petrolera no dé para encubrir la inmensa incapacidad en SIDOR, EDC, CANTV y la misma PDVSA. Por lo que se presiente, con esta revolución ni casas dignas, ni empleos seguros, ni seguridad ciudadana, ni luz y tampoco agua. 
La ciencia criminal advierte que el crimen más difícil es el primero. Luego el maleante se acostumbra. Las primeras inhabilitaciones fueron hechas bajo el temor de que el pueblo presentara resistencia en las calles. Eso no ocurrió, y con esas decisiones la sociedad democrática perdió dos elecciones que ya tenía ganadas. Un crimen perfecto. La segunda arremetida con el mismo modus operandi la intentan contra Rosales. Todas las instituciones chavistas se han coordinado perfectamente para tenderle un cerco y sacarlo del juego. Lo que no parecen saber  los conspiradores es que ninguno de ellos cuenta con el fervor popular suficiente como para salir indemnes. Los poderes públicos revolucionarios están siendo juzgados severamente por la opinión pública hasta el punto que ninguno tiene la posibilidad de salvar la honrilla y el prestigio de la petrorevolución. Ni el parlamento, ni el poder judicial, ni el poder moral, mucho menos las milicias bolivarianas. Todos ellos no pueden competir siquiera con el prestigio de una ONG, un colegio profesional o un gremio empresarial. Todos ellos están condenados a la sustitución progresiva, una vez que la sociedad democrática vaya retomando sus espacios. Es cuestión de tiempo. 

La ponzoña presidencial es su propia naturaleza. Diez años después el Comandante Ponzoña es un dirigente nacional especializado en la división, la disputa, la confrontación, la destrucción, la intolerancia, la sevicia, la corrupción y la ineficiencia. Diez años después la opinión pública juzga como desastrosa su gestión al frente del Consejo de Ministros. Diez años después su gobierno es calificado mayoritariamente como ineficiente e incapaz de resolver los problemas nacionales. Vivienda, salud, infraestructura, lucha contra la delincuencia y el desfalco público son los flancos débiles de la petrorevolución. Diez años después el equipo que lo acompaña está reducido al bagazo desgastado de las equivocaciones. Diez años después no basta que el Comandante Ponzoña se pare y diga que se ha equivocado con todos los gobernadores, alcaldes y ministros. Diez años después ya nadie quiere oír que el presidente es el único que no tiene responsabilidad alguna sobre los resultados de su gobierno, como si de un jarrón chino se tratara. El Comandante Ponzoña está metido hasta los tuétanos en el fracaso de su gobierno y en la ruina del país. El fiasco de su revolución es él mismo, es consubstancial a él. 

Y mientras el fracaso avanza millones de venezolanos desesperan calcinados por la retórica inútil del Comandante Ponzoña, que en vez de resolver los problemas insulta, amenaza, molesta, se entromete y piensa que él solo puede contra todos nosotros.

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La indiferencia como respuesta

Por: Víctor Maldonado C.

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No hay un instante que no pueda ser el cráter del infierno
J. L. Borges
 
El hexagrama 51 del Libro de las Mutaciones habla de la conmoción, cuya imagen es el trueno. “Si uno ha aprendido interiormente qué es el temor y el temblor, se siente seguro frente al espanto causado por influjos externos. Y aun cuando el trueno se enfurece al punto de aterrar a través de cien millas a la redonda, permanece uno interiormente tan sereno y devoto que no incurre en una interrupción el acto del sacrificio. Tan honda seriedad interior, que hace que todos los terrores externos reboten impotentes sobre ella, es la disposición espiritual que deben tener los conductores de los hombres y los gobernantes”.
Desoyendo los consejos de este viejo oráculo oriental nuestro presidente anda buscando desesperadamente convertirse en el trueno que abata su propia serenidad. Como alma en pena vaga de una ciudad a otra buscando pleito a cualquiera que le parezca una amenaza a su liderazgo monolítico pero hasta el momento no ha conseguido conmover el espíritu nacional que por lo visto anda más preocupado por los resultados desastrosos de su gestión que por los arrebatos de su genio indómito. Todo indica que mientras el país mantenga la calma y el sosiego va a ser muy poco lo que va a ganar Chávez con su actitud, y mucho lo que puede perder porque no hay carisma que pueda resistir una desconexión tan intensa con el estado de ánimo de la sociedad, ni reputación política que aguante tanta fricción inútil.
 

Lo cierto es que estamos colocados frente a una situación política insólita. El presidente está dejando de ser el centro de la atención nacional y sufriendo los rigores de una indiferencia social que no puede tolerar. Efectivamente mantiene una porción considerable del país que todavía siente algún compromiso con su gesta revolucionaria, pero no con la misma pasión, y su liderazgo está pasando por la triste circunstancia de ser ahora una figura que provoca desinterés  cuando hasta hace poco fungió de prima donna. Y esta transición lo desencaja de tal manera que le hace perder la serenidad característica de los grandes líderes y los gobernantes. Nuestro presidente se ha convertido en un trueno fatuo a partir de la apatía que nos provoca en cada una de sus tramas. Ni el magnicidio, ni la invasión, ni el golpe, ni la insurrección le han dado resultados. Tampoco la enésima misión social provoca el ardor que antes arrancaba a las masas, ni las demostraciones supuestamente justicieras de expropiaciones y confiscaciones han armado el revolcón que anda buscando. La respuesta a todo esto es la más fría indiferencia y un fastidio abrumador, que lo trastorna e él hasta hacerlo perder cualquier indicio de compostura. Y no es que no grite, simplemente nos cansamos de oírlo.
¡Qué ladilla se nos ha vuelto el presidente! ¡Qué ponzoña tan incómoda para todos los que tenemos que soportar este calamar! Porque más allá de sus arrebatos, que ya no nos perturban, nadie deja de preguntarse qué novedad puede ofrecer el jefe de Barreto luego de diez años de gobierno para atenuar al menos la crisis nacional que se emponzoña en la inseguridad, la inflación y la escasez. ¿Qué puede prometer más allá de las mismas cadenas interminables y los usuales gritos atronadores? Diez años después la gente le está perdiendo la fe y lo está tratando como uno de esos santos viejos, cuya historia se pierde porque la gente deja de repetirla. Ese es el epílogo que merecen los que hablan mucho pero hacen poco. Mi madre los designa con una sentencia lapidaria: “Al bagazo poco caso. Al cagajón, poca atención”. Y mucho aburrimiento.
 
 
Víctor Maldonado C
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Sin plan B

Por: Víctor Maldonado C.

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Algunos ilusos creen que pueden cantar a todo gañote el réquiem definitivo de la economía de mercado, sin apuntar a que dos de sus características esenciales, la flexibilidad y el pragmatismo, van a permitir muy probablemente su permanencia como uno de los dos  marcos imprescindibles para el orden social y la resolución pacífica de los problemas cotidianos de las personas.
Pero lo importante a los efectos de este artículo no es llover sobre mojado, sino apuntar a las moralejas de este episodio. Y a cada grupo le corresponde una enseñanza. En el caso de la sociedad democrática venezolana, la crisis mundial la ha dejado definitivamente sin plan B. Desde hace diez días no tiene sentido pensar en que el agravamiento de la situación política nacional no nos iba a dejar otro remedio que irnos del país, porque ya no hay para donde irnos. Y bien bueno que así sea porque por primera vez en diez años vamos a tener que asumir que no hay ninguna otra opción que enfrentar aquí y ahora al régimen autoritario, despótico y corrupto que encabeza el presidente Chávez. Llegó el momento de decidir si el país que queremos es el que está delineando el delirio revolucionario o si por el contrario nos merecemos otro.
En el caso del gobierno, también se quedó sin alternativas. Habiendo derrochado más de ochocientos millardos de dólares, ahora deberá enfrentar una merma sustancial de sus ingresos petroleros, y por lo tanto tendrá que tomar decisiones dolorosas. La primera de ellas una muy probable devaluación del debilitado bolívar fuerte, cuya robustez duró menos que un suspiro. La segunda, sufrir los costos que le va a significar ser el país latinoamericano que exhibe el mayor riesgo para los inversionistas. La tercera, asumir que nadie va a apoya a un gobierno que ha mermado agudamente su reputación internacional, su prestigio y sus redes de relaciones. La cuarta, reconocer frente al país que se acabó el crecimiento económico chavista, lubricado por el petróleo convertido en gasto público irresponsable. La quinta, abandonar el afán imperial que determina sus relaciones internacionales, y por lo tanto, dejar de lado el subsidio a la sinvergüencería de Evo, Cristina, Correa, Castro y Ortega, o sacrificar al país nacional por un tiempo más para mantener esas expectativas de dominio continental que tanto le afanan. La sexta, intentar gobernar por primera vez en diez años. Tratar de encarar la solución de la inseguridad, la inflación, el desabastecimiento y el desempleo, sin tanto real como tenía antes.
En el caso del gobierno la alternativa  de atajar la protesta social  con un bozal de arepa ya no parece tan viable. Y el intento de justificarlo todo con el cuento de la conspiración o el magnicidio no ha tenido la pegada que inicialmente pretendían. Y sin plan B, sin renta petrolera suficiente, sin el único recurso que realmente sabe utilizar que no es otro que el derroche y la corrupción de todas las instituciones a punta de real, el gobierno se muestra desprovisto de cualquier posibilidad y despojado de opciones que pueda presentarle al pueblo. Solamente le queda el arrebato. Puede intentar imponer un “período económico especial” a la imagen y semejanza del que impuso a sangre y fuego su asesor Fidel cuando cayó el muro de Berlín. Puede pretender que más represión, intervención estatal y autoritarismo es la única salida que le queda mientras espera que se recomponga el sistema capitalista. Si esta es finalmente su decisión, tendrá que pagar el sobrecosto imprevisto de someter a la sociedad democrática que no acepta ni su estilo ni sus propuestas, y que ahora sabe que no tiene más remedio que dar la batalla hasta el final.
 
Víctor Maldonado C
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Octubre de terror

Por: Víctor Maldonado C.

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Estamos advirtiendo el incremento de la presencia represiva del gobierno. Esta conducta tiene tres vertientes. La primera es el resultado de la ausencia y de la inhibición del Estado en temas cruciales como la inseguridad ciudadana, el sicariato, la  extorsión, el narcotráfico y la industria del secuestro. En todos estos problemas el régimen aparece replegado y completamente inocuo, dejando por lo tanto a la ciudadanía con el pesado fardo de intentar sobrevivir sin el respaldo eficaz de la autoridad. La segunda se expresa en el amedrentamiento selectivo. Dificultar el acceso al pasaporte, evitar que algunos tengan acceso a los dólares preferenciales, acosar a periodistas y dueños de medios de comunicación social, anular arbitrariamente un documento de identidad, utilizar al poder judicial como garrote para someter a los disidentes, e incluso el permitir que bandas paramilitares operen sin ninguna restricción significativa, son todos ellos buenos ejemplos del sistema de intimidación que con precisión de relojero está siendo utilizado para provocar inhibiciones de conductas que al gobierno le parezcan impropias. Y la tercera práctica de este repertorio implacable es la mentira sistemática. Aquí se ubican todas las versiones del magnicidio, así como el resto de situaciones montadas especialmente para causar el desasosiego de la población y el desconcierto de sus dirigentes, incluidas aquellas que describen a este régimen como implacable, certero y especialmente calculador. 
El gobierno sabe que el temor es uno de los resortes de su poder político, y también está plenamente consciente que al utilizarlo debe pagar el precio de suprimir la democracia, cuya esencia de controles mutuos y balances entre los poderes públicos atenúa significativamente la eficiencia del miedo como herramienta política. No es casual que uno de los pilares básicos del fascismo haya sido el miedo. Tampoco lo es que su mejor compañero sea la ignorancia porque ambos aseguran a cualquier tirano el sometimiento de la población. José Antonio Marina en su libro “Anatomía del miedo” trae una cita de Spinoza que expresa con elocuencia esta condición de la tiranía: “su máximo interés consiste en mantener engañados a los hombres, y en disfrazar el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si se tratara de su salvación, y no consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma para orgullo de un solo hombre”. 
La filosofía ha venido en nuestro auxilio para sacar en este caso dos conclusiones importantes a la hora de entender el proceso político venezolano. La primera de ellas es que este régimen flota sobre las oscuras aguas de nuestros temores. La segunda es paradójica. La población que apoya al régimen lo soporta sobre la base de sus propios miedos, y los que comparten con nosotros. Claro que a todos nos someten con la inseguridad. Pero ellos están encadenados a las amenazas de que la partida de Chávez significa la revancha contra ellos y contra las reivindicaciones que han logrado. Por eso el presidente no descansa de usar el garrote contra nosotros a la vez que nos expone como una amenaza inmensa contra el resto. Esa es la esencia de su política, y me atrevo a decir que el terror contra unos y otros va a llenar toda la agenda de octubre. Pero toda esa violencia esgrimida es solamente señal de su propio pavor. Él está muy claro que de aquí en adelante solamente puede perder. Advierte que su mengua va a ser el signo de cada elección, hasta que llegado el momento se imponga como natural el inexorable cambio que presiente como una pesadilla. 

Manual contra provocadores

Por: Víctor Maldonado C.
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Calma, cordura, coraje y foco. Esta es la cuarteta mínima que vamos a tener que aplicar en los próximos sesenta días. Lo mismo habrá que pedirle a nuestros aliados internacionales y a todos aquellos que se sientan aludidos por los mil y un retos que el presidente Chávez y sus acólitos van a proponernos de aquí en adelante. Expulsiones de embajadores, amenazas de invasión, denuncias de magnicidios, intimidaciones directas a la integridad de personas e instituciones, actos de repudio como los dirigidos por los tres chiflados de Caracas, exhibiciones de histeria calculadas como las de Lina Ron, bombas lacrimógenas y de otro tipo lanzadas contra medios de comunicación social, invasión de bienes privados, expropiaciones y nuevas estatizaciones, maniobras militares con Rusia, contratos militares con China, insultos directos, epítetos como “pitiyankies” acompañados por adjetivos como “estúpidos”, cadenas interminables, desafío a los derechos civiles y políticos más elementales, rumores de fraude masivo, cumbres del Alba, activación de los llamados “colectivos y movimientos sociales”, amagos de golpes militares y rebeliones, atentados contra las universidades, operativos contra supuestos especuladores, allanamiento de las atribuciones de los gobernadores y alcaldes, y casi cualquier situación extrema, rocambolesca o extravagante puede estar en el menú de los próximos días con el fin de evitar a cualquier costo que ocurran las elecciones de noviembre.
 
El presidente Chávez está haciendo todo lo posible por rebosar la paciencia nacional porque se sabe en peligro. Presiente la incomodidad del cambio que va a suponer el tener que compartir el poder después de años siendo un dictador de facto. Presagia una nueva derrota y con ella la ratificación de una tendencia a la decadencia y a la vejez política que no quiere ni puede aceptar. Siendo un gobernante autoritario intuye que el único factor realmente debilitante es el tener que exponerse fatalmente a un descalabro electoral, es caer en cuenta que no es tan hegemónico y absoluto como a si mismo se concibe, y que por lo tanto tiene que compartir el poder y reconocer la validez y legitimidad de otros dirigentes que compiten con él por el liderazgo del país. Una mayor diversidad política quiebra el espejo en donde el presidente Chávez se refleja como único e imprescindible. Pero es inevitable porque es imposible que unas nuevas elecciones no reflejen la realidad política nacional donde él chavismo radical y sectario está menguando y otras alternativas están floreciendo.
 
Por eso es que no podemos caer en las provocaciones que están por venir, ni cabe la duda sobre si el camino electoral es la única vía posible para exterminar el delirio comunista en el que estamos inmersos. Que cualquiera de estos retos tenga el éxito calculado por los estrategas del gobierno depende de nosotros y de la reacción que tengamos frente a cada uno de ellos. Las circunstancias y lo que está en juego exige que seamos más inteligentes, más resilientes y más visionarios. Algunas veces ello requerirá “pasar agachado” y muchas otras parecer perdedores. Sin embargo, nada de eso tendrá importancia si tenemos claro que por más doloroso, ofensivo y ultrajante que nos parezca, ninguna cosa será más determinante en nuestra suerte futura que colocar al gobierno en la infeliz circunstancia de una derrota electoral en noviembre, de otra derrota electoral en las elecciones de concejos municipales del 2009, de una tercera en las elecciones parlamentarias del 2010 y finalmente de la pérdida del poder en el 2012. Mantener este cronograma como una opción factible solamente exige que en el transcurso apliquemos calma, cordura, coraje y foco. Que sean ellos los que se desesperen ante lo inevitable, porque en ninguna parte del mundo un gobierno ineficaz, falsario y corrupto gana elecciones, y ese es precisamente nuestro caso.
 
 
 
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Cuestión de principios

Por: Víctor Maldonado C.
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El presidente Chávez se ufana de presidir una revolución centrada en valores. Argumenta que su gobierno es nacionalista, no tolera la intervención extranjera, es antiimperialista, objeta el modelo económico del capitalismo, vela por los derechos humanos de los más débiles de la sociedad, y sostiene que el centro de la estrategia latinoamericana debe ser político.
 
Pero cuando analizamos la práctica política del régimen vemos que que los valores humanos del socialismo del siglo XXI se hacen jirones y terminan embadurnados de la conveniencia del momento. Por ejemplo, acepta la escisión de  Osetia del Sur y Abjasia, pero le parece indignante la reacción autonómica de las provincias de Bolivia. Defiende “hasta con su sangre, si es posible” la integridad territorial de Bolivia, pero se ha mostrado más que interesado en dotar a las FARC de estatus beligerante y de la posibilidad de que administren una porción del territorio colombiano. Acusa a los Estados Unidos de intervencionistas, pero por otra parte amenaza con invadir a Bolivia, si le tocan un pelo a Evo. Exige para sí una línea de disciplina inalterable, pero disfruta al dirigirse directamente a los soldados colombianos, bolivianos o ecuatorianos, pasándose a toda la línea de mando sin pedir excusas o parecerle inapropiado. Practica una verborragia torrencial en los medios de comunicación, en las que se permite todas las indiscreciones posibles, y sin embargo reacciona ferozmente si un ministro de otro gobierno comenta su conducta o duda de la validez de sus propuestas. Rechaza la hegemonía militar “del imperio” pero parece estar desesperado por concertar unas bases militares rusas en suelo venezolano. Y en cuanto a los derechos humanos, depende. En ningún caso serán, por ejemplo, los de Nixon Moreno o los del prefecto del departamento de Pando, en Bolivia. Más bien defenderá los propios, advirtiendo detrás de cada sombra una conspiración magnicida, a la que ahora se suma el conspicuo José Vicente Rangel, experto montador de ollas noticiosas, a quien los achaques de la edad lo tienen viendo manos homicidas por todos los rincones de su casa.
 
Por lo general los gobernantes mantienen un compromiso con la verdad. Tratan por lo tanto de no mentir, tal vez porque saben que al hacerlo se vuelven esclavos y rehenes de sus propias palabras. Pero eso tampoco es un problema para el nuestro, cuya capacidad para dar rienda suelta a sus delirios es proverbial. Inventa conspiraciones, persecuciones y atentados; inventa capacidades de control, inteligencia y seguimiento, que ni la CIA ha podido igualar; inventa obras y proyectos que no con todo el dinero del mundo se pueden hacer; se inventa aliados (o los compra) y últimamente se inventa silencios muy convenientes, como cuando le preguntan sobre un tal Antonini, o de sus viejas afinidades con las guerrillas. Inventa con la desesperación de alguien que se está ahogando, para ganar tiempo, o para no dejarse abatir por la ola que viene. Inventa para procurarse a sí mismo un mito que lo iguale con sus próceres. Inventa el asesinato del Libertador, la conjura de Santander, y por supuesto, la animadversión de todos aquellos que le resultan diferentes. Inventa mientras compra audiencias, mientras extorsiona gobiernos, mientras el chorro de petrodólares le sostiene un auditorio conveniente de leales y de mercenarios.
 
Por lo que se ve, el único principio que vale la pena para el presidente es él mismo. El único valor es mantenerse en el poder, aun cuando estos dos objetivos lo hagan caer sistemáticamente en la contradicción y la mentira. Aun cuando la realidad sea una bofetada cotidiana en su rostro. Aun cuando en la emoción de un halago exitoso Aristóbulo confiese alguna que otra verdad: Que los tiranos y los criminales son ellos y no nosotros. 
 
 
 
Víctor Maldonado C
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Mr. Bla Bla Bla

Por: Víctor Maldonado C.
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O hablador de pendejadas, si al lector le parece mejor. Una persona con la que sería incluso grato pasar una tarde para solazarnos entre mentiras, exageraciones y falsos compromisos. Un domingo, por ejemplo, podría prometernos que va a extender el servicio de gas directo a todas las ciudades y pueblos, y semanas más tarde, habiéndose olvidado de lo  adeudado, prometer igualmente que ahora la cosa seguirá siendo con bombonas, como siempre. Como el caso de las bombonas de gas hay cientos, o quizás miles de promesas incumplidas que se solapan con su contradicción sin que el protagonista de todas ellas sienta el más mínimo rubor. Por allí han pasado desde los niños de la patria hasta las comunas socialistas, dejando como único rastro la falta de compromiso y la ausencia casi absoluta de persistencia. Las mismas promesas de amor eterno y de compromiso perpetuo han sido proclamadas a los conjurados del samán de Güere, Miquilena y Baduel, por solo nombrar los más conspicuos, ahora que han sido todos ellos desterrados del Olimpo chavista.  Ninguna promesa mantenida por mucho tiempo. Ninguna idea sostenida lo suficiente para transformarla en realidad. Puro bla bla bla.

La diferencia es que nuestro hablador de pendejadas es además el presidente de la república en su décimo año de gestión. Y desde esa perspectiva es que nuestra situación comienza a ser inquietante. Porque a la verborrea, la falta de persistencia, la deslealtad y la inmadurez emocional que caracterizan a nuestro personaje hay que añadir por lo menos tres características adicionales: una inmensa capacidad para el derroche de los recursos públicos, la imposibilidad para la gestión del Estado a través de las instituciones públicas, y una colosal vocación por la destrucción. Diez años después y luego de administras más de setecientos mil millones de dólares lo único que luce el país es la desolación del detenimiento y el deterioro. Apagones, puentes que se van derrumbando, viejas enfermedades redivivas, pueblos que lucen abandonados a su propia suerte, proyectos que antes lucían factibles tornados en imposibles gracias a la inoperancia del gobierno, la basura que se va comiendo nuestras playas y sitios públicos, la corrupción ahora exhibida con desparpajo, grupos paramilitares socialistas que se muestran a la luz del día sin que ninguna autoridad legítima sienta que debe intervenir, el desparpajo del resto de las instituciones, los gritos de Desiree Santos Amaral, todos éstos son signos de la destrucción que todos los días va corroyendo las bases del país, pero también del régimen. 

Chávez va a ser engullido por su propio remolino de promesas, resentimientos, destrucción y corrupción. Muy probablemente él crea que la destrucción es la condición para el surgimiento de una nueva sociedad, en su caso socialista. Lo mismo pensaba Nerón de Roma, de igual forma opinaba Hitler de Alemania. Chávez cree que su genio lo hace invencible. Lo mismo pensaba Napoleón, que sí era un genio militar, y sin embargo al sobrestimarse causó su propia ruina. Diez años deben significar algo para este pueblo tan resabiado. Tantas promesas dejadas al vuelo solo pueden indicar que este hombre es incapaz de fundar las bases de un país mejor. Incapaz de transformar la renta petrolera en bienestar duradero. Incapaz de ser el líder que permita a esta generación de venezolanos construir un liderazgo continental para la paz y el progreso. Diez años después es simplemente un hablador de pendejadas que se desgrana semana a semana en proyectos fatuos que lucen muy similares a otros que ya fracasaron. Lo único real es que ahora puede ser llamado Comandante en Jefe, tal vez su aspiración original. Cara la hemos pagado. 

Las gallinas de Elías

Por: Víctor Maldonado C.

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A Roberto
“En una brecha entre montañas, iluminando el cielo con un resplandor que llegaba hasta los tejados y paredes de una estación, la colina donde se asentaba la refinería Wyatt, era una sólida, densa masa de llamas”. Ellis Wyatt, a la sazón dueño de un inmenso emporio petrolero, había preferido acabar con todo antes que entregarlo dócilmente a la confiscación oficial. Solamente un cartel sirvió como epitafio: “Dejo esto tal como lo encontré. Tómenlo. Es de Ustedes”. Así concluye Ayn Rand el capítulo X de su libro “La Rebelión de Atlas”. 
Por supuesto que Rand se refiere en su libro a lo que ocurre dentro de una nación cuando un gobierno cae en la tentación de la demagogia socialista. El libro se refiere a la destrucción de las bases económicas de un país cuando sus dirigentes incurren en la estupidez de la utopía de la igualdad y transitan raudos por la senda aniquiladora de todos los supuestos de la libre empresa: rentabilidad, competitividad, emprendimiento, ingenio, y división del trabajo. El resultado no puede ser otro que el abatimiento de la modernidad y la reclusión de toda la sociedad en el más precario estado de necesidad. Porque cuando gobiernos como el de Chávez profieren todas sus energías verbales y todas sus acciones contra la empresa privada lo único que están logrando es la destrucción del empleo, condición indispensable para que todo el andamiaje de bienestar socialista tenga algún sentido. Sin empleo no hay política de seguridad social o de vivienda que valga. Sin empleo, ninguna participación ciudadana autónoma es concebible. Y no hay empleos de calidad si la empresa privada es finalmente engullida por el gobierno. 
Pero no solamente es el empleo el que va a faltar. También el ingenio y el emprendimiento, que por cientos están abandonando el país para ir a servir a otros proyectos en otros países, simplemente porque aquí reciben maltrato e inseguridad como parte de la paga por sus servicios. Sin empresa no hay variedad ni opciones. Sin empresa lo único posible son las gallinas de Elías, criadas en las casas y apartamentos, cacareantes intensas de la pobreza de oportunidades a la que todos vamos a ser sometidos. Sin empresas las gallinas y sus dueños competirán por las conchas de topochos y los desechos de la calle. Sin empresas la muerte llegará con la última gallina convertida en sancocho.  
El gobierno se ha convertido en un depredador sanguinario que con la excusa de defender los intereses del pueblo está destruyendo todas las posibilidades para que ese mismo pueblo pueda resolver sus problemas más acuciantes. Se ha transformado en un parásito de la empresa nacional, a la que no le reconoce ninguna virtud, a la que designa como pitiyanqui, pero a la que paradójicamente envidia intensamente. El gobierno se ha convertido en un vampiro cebado  con el éxito que obtienen los otros y que desea para sí mismo. El gobierno no entiende que podrá confiscar camiones, arroz, gallinas y haciendas, pero nunca podrá reducir la libertad de pensamiento y mucho menos comprar el talento que solamente se reproduce en libertad y respeto a los derechos. No llega a comprender que cuando lo compre todo, y sea dueño hasta del último topocho del país, se encontrará frente a 28 millones de venezolanos reclamando manutención y buena vida, igualdad de oportunidades y libertades crecientes. Una vez engullido todo, hasta el último activo del país, todavía seguirá con el mismo dilema: Sin empresa privada es imposible abordar a un país complejo. Sin los odiados empresarios, sin la odiosa capacidad de riesgo no hay ninguna posibilidad de darle la cara al país y recibir una sola palmada de apoyo. Mientras tanto, y cayendo todos en el mismo abismo, Presidente: ¡Tómelo todo. Es de Usted!