Cine BASTARDOS SIN GLORIA

Bastardos sin gloria 2LOS HÉROES MALDITOS DE TARANTINO

Parece una película de guerra, pero no lo es. Tiene aire de spaghetti western pero echo en falta a Sergio Leone. ¿Cine negro? Lo más probable. A ratos semeja una película de gángsteres y podría serlo. Bastardos sin gloria puede ser todo eso, para satisfacción de muchos, pero es algo más. El nuevo film de Quentin Tarantino es un homenaje al cine de la serie B, al exceso estético con escaso presupuesto, a las historias de acción que se burlan de sí mismas con sonrisa irónica. Está inspirado en Aquel maldito tren blindado, film del italiano Enzo Castellari que data de 1978.  Pero sobre todo es un canto a la irrealidad que trasciende los límites de la historia. No hay muro de contención posible. El cine es capaz de cambiar la historia. Tarantino hizo lo que la Operación Valkiria no pudo. Creo que es lo mejor que ha hecho desde Reservoir dogs, en 1992. Eso sí, es cine fantástico.

Fue concebida como una fábula —comienza con “Érase una vez en la segunda guerra mundial…”— que avanza como un relato de venganza y locura a través de cinco capítulos que albergan tres líneas narrativas unidas por un mimo personaje: el implacable y políglota Hans Landa, jefe de seguridad de la SS durante la ocupación nazi de Francia. Es el hombre que une todas las tramas —porque son varias— y todos los odios hasta conformar un tejido dramático inverosímil pero muy entretenido en el que se encuentran y combaten alemanes, franceses, norteamericanos e ingleses. En dos horas y 34 minutos Landa despliega todos los trucos de una inteligencia malévola que se abre paso con crueldad y eficiencia.

La primera línea argumental une a Landa con Soshana Dreyfus, cuando Hans Landa —el magnífico Christoph Waltz— interroga en cordial francés a un campesino cristiano, monsieur La Padite, para ubicar a los últimos judíos del pueblo, a sabiendas de que los Dreyfus están escondidos en el sótano de la casa. Tanta amabilidad es el preámbulo de una masacre a la que escapa, por voluntad del propio Manda, una adolescente llamada Soshana —muy bien trabajada por Mélanie Laurent—, quien luego tendrá un rol importante en la trama, como dueña de una sala de cine de París donde se estrenará una película nazi. Esta secuencia inicial marca el tono narrativo de la película.

La segunda línea argumental presenta a Aldo Raine —con el cada vez más camaleónico Brat Pitt—, llamado el Apache, líder de los Bastardos, un comando de soldados norteamericanos judíos cuya misión es aniquilar nazis donde quiera que estén y cortarles el cuero cabelludo, como los apaches en los westerns de antaño. En un homenaje a Siete hombres y un destino y a Doce del patíbulo, Tarantino destaca especialmente a Donny Donowitz, conocido como el Oso Judío —interpretado por Eli Roth— y reconocido como el especialista en romperles la cabeza a los nazis con un bate de béisbol, y a Hugo Stigliz, un muchacho alemán judío que se enrola en las fuerzas de los aliados —protagonizado por Til Schweigwe— capaz de cualquier cosa por ver manar la sangre nazi. La verdad es que conforman una partida de asesinos que disfrutan su trabajo, más allá de consideraciones ideológicas, religiosas o patrióticas. A los Bastardos de Aldo no les importa la gloria.

La tercera línea argumental expone la participación de la célebre actriz de cine alemán Bridget Von Hammersmark —la siempre encantadora Diane Krueger— en las acciones de la resistencia antinazi en Francia y organizadora de un estreno cinematográfico en París, propiciado por Goebbels y  protagonizado por Frederick Zoller —con el rostro de Daniel Brühl, el mismo de Good bye Lenin—, un joven oficial alemán que dio muerte en la realidad a más de 300 soldados aliados. Es decir, el cine copia a la vida y se convierte en propaganda. A esa première acudirá el alto mando del Tercer Reich, incluido en mismísimo Adolf Hitler.

Los tres hilos narrativos se van articulando alrededor de la fecha del estreno e intervienen Hans Landa, Shosanna Dreyfus, Aldo Raine, Bridget Von Hammersmark y Frederick Zoller, entre otros, para ejecutar —o impedir— el atentado que acabará con Hitler y el alto mando militar nazi, es decir, que concluirá la segunda guerra mundial esa misma noche. Como trenes que marchan imparables a una misma estación, las tres líneas dramáticas van a un encuentro que tiene que ser explosivo. Aquel cine de París, como en cualquier première de Hollywood, viste el oropel del lujo y la fama, pero detrás se encuentran las artimañas de Landa para enfrentar a los bastardos de Aldo.

Todos sabemos que eso no ocurrió en la historia, que no hubo tal estreno y mucho menos un atentado y nadie olvida que Hitler resistiría hasta el final en su bunker de Berlín. Pero eso no importa. Tarantino no quiso hacer una película histórica sino una gran comic de acción con esa guerra como trasfondo. Ningún personaje es verosímil, ni siquiera parcialmente. Lo esencial en Bastardos sin gloria es un homenaje al cine desde distintas ópticas y a través de las claves básicas de determinados géneros. Es un gran divertimento fílmico que se burla de la historia y del propio cine serio. Y algo muy importante: está hablada en inglés, alemán, francés e incluso, en unas frases en italiano. Tarantino volvió a cometer una travesura.

BASTARDOS SIN GLORIA (“Inglourious Basterds”) EE UU y Alemania, 2009. Dirección y guión: Quentin Tarantino. Producción: Lawrence Bender. Fotografía: Bob Richardson. Montaje: Sally Menke. Elenco: Brad Pitt , Diane Kruger, Mélanie Laurent, Christoph Waltz, Michael Fassbender, Daniel Brühl, Eli Roth, B.J. Novak y Til Schweigwe. Distribución: The Walt Disney Company.

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