Cine WAYUU, LA NIÑA DE MARACAIBO
MISTERIOS EN LA GUAJIRA
La lucha entre la tradición colectiva y los deseos individuales conforma el espacio emocional donde se libra la batalla dramática de Wayuu, la niña de Maracaibo, segundo largometraje de Miguel Curiel que no sólo explora las contradicciones entre el mundo europeo y el latinoamericano sino también entre el universo de la cultura indígena y las actitudes y conductas de los criollos. La historia se establece en la Guajira (o Goajira, como usted prefiera), espacio cultural que no pertenece ni a Colombia ni a Venezuela sino a los habitantes de esa región cálida y desconcertante. Gamero, el Rey de los Guajiros, y Chiquinquirá, la bella maracucha que le roba el corazón, enfrentan las leyes de una etnia y las apetencias de sus rivales en los negocios oscuros de la zona. Para investigar quiénes quieren su muerte, Gamero trae desde España el detective vasco Alatriste, quien se sumergirá en unas costumbres y pasiones que lo arrollarán. Bajo esta premisa dramática, el cineasta venezolano propone su interpretación del género negro desde una perspectiva muy particular en un film que se aleja de las convenciones del policial.
Han pasado treinta años desde que Curiel estrenó su ópera prima Una noche oriental(1982), adaptación de la pieza teatral homónima de José Ignacio Cabrujas. Desde entonces se dedicó a la producción y dirección de documentales para al televisión sobre muy diversos temas. Wayuu, la niña de Maracaibo es un proyecto cuyo desarrollo le ha tomado unos cuanto años. Trabaja el proceso de destrucción de un hombre consumido por el deseo y la pasión en un ambiente que desconoce. Un esquema tradicional que se inicia con la llegada de Alatriste a los predios de Gamero y su hermosa Chiquinquirá y avanza hasta un final lleno de dudas y desconciertos. En el camino el detective vasco descubrirá el erotismo y la sensualidad en una tierra cálida donde la muerte puede ser una constante. Del tono de comedia histórica de Una noche oriental al clima de drama exótico de Wayuu, la niña de Maracaibo media una actitud más trágica y a la vez más universal.
Sin embargo, el espectador se pregunta quién ese hombre que habla en castellano y por momentos en vascuence cuyo nombre rememora a un héroe de Arturo Pérez-Reverte. Nada sabemos de sus motivaciones, de sus fracasos anteriores, de su trayectoria puesta al servicio del mejor postor. El guión del propio Curiel no ofrece pistas y simplemente lo presenta como el extraño que viene de lejos, de la misma forma que evade el pasado de Chiquinquirá y las razones que la ubican allí en la aridez de la península y tan lejos de su Maracaibo. Todos los personajes están dibujados con trazos rápidos, sin un desarrollo interno. El mismo Gamero —el mejor construido— constituye un misterio. se supone que su amor por la chica marabina constituye una transgresión a las leyes de su etnia, pero en realidad esta situación dramática es difusa. Salvo lo que declara ante su su invitado, su vida es enigmática, poco precisa. Las operaciones de contrabando conforman un telón de fondo más que una verdadera motivación para la inquietud del Rey de los Guajiros. Algo similar sucede con personajes secundarios que surgen sin mayor explicación. En esta ausencia reside la mayor debilidad del film, en la medida en que se torna difícil aprehender su médula dramática. La secuencia narrativa se encuentra obstaculizada por situaciones no totalmente claras.
En el plano interpretativo destaca un profesional como Daniel Alvarado, quien le otorga carácter a Gamero. En el fondo, gracias a su fuerza expresiva se convierte en el personaje conductor de la trama y desplaza en importancia a Alatriste, protagonizado por un Asier Hernández atrapado por la limitaciones guionísticas de su personaje. El actor vasco no puede levantar un personaje que virtualmente es apenas un esbozo. Por su parte, más que ofrecer una buena actuación, Karina Velázquez ofrece su perturbadora belleza como la propia niña de Maracaibo.
Curiel se planteó un thriller poco convencional —aunque rescata las claves básicas del cine negro— que evidencia un débil desarrollo dramático sustentado en las fragilidades de su guión y en la inquieta puesta en escena que a veces deja deja algunas cosas a la imaginación del espectador. Desafortunadamente, su exploración de las contradicciones entre las tradiciones colectivas y las necesidades personales se queda a medio camino.
WAYUU, LA NIÑA DE MARACAIBO, Venezuela y España, 2010. Dirección y guión: Miguel Curiel. Producción: Ricardo Dongellini. Fotografía: Luis Ernesto Betancourt y Juan Toledo. Montaje: Judilam Goncalves. Sonido: Xanti Salvador. Música: Sebastián Szinetar. Dirección de arte: Shakti Sánchez. Elenco: Daniel Alvarado, Karina Velásquez, Asier Hernández, Junior Berrio Gallardo, Divines Palmar. Distribución: Cines Unidos.
